Era Ugarte muy amigo del duque de Alagón, capitán de Guardias de la
Real persona, inseparable acompañante del monarca dentro y fuera de
Palacio. Yo también tuve relaciones estrechas con el duque, a quien
visitaba frecuentemente por encargo de don Antonio, para tratar de
asuntos reservados, en los cuales no era posible otra tercería que la
del nieto de mi abuela.
Por cuenta, pues, de Ugarte y por la mía propia (llevado del luminoso
plan que mencioné más arriba), fui a ver cierto día al señor duque
de Alagón, que vivía en Palacio. Cuando entré en su despacho, Su
Excelencia no estaba solo. Acompañábale un hombre de mediana edad, de
aspecto no desagradable, aunque tenía muy poco de fino, de semblante
fresco, rudo, como de quien en su crianza vivió más bien al desamparo
de los montes que en la regalada comodidad de los regios estrados;
vestido lujosamente, aunque sin ninguna elegancia, con librea de
flamantes galones; personaje, en fin, del cual se podía decir que era
un palaciego que parecía lacayo, y un lacayo que cortesano parecía.
Recostado en muelle sillón, fumaba un habano, y su coloquio con el
duque era tan corriente y por igual que dos duques no se hubieran
hablado de otro modo... ni tampoco dos lacayos.
Cuando entré, dijo el duque:
—Podemos seguir hablando, señor Collado. Pipaón es de confianza y no
importa que nos oiga.
—Es que Su Majestad se despertará pronto; llamará y tengo que llevar el
agua —repuso Collado mirando el reloj.
—Aún hay tiempo —dijo el duque vivamente—. Para concluir, señor
Collado...
—Para concluir, señor duque...
—Concedo las dos bandoleras, a cambio de la canonjía.
—Que no puede ser, que no puede ser...
—Pues vaya... tres bandoleras.
—¡Qué pesadez de hombre! —exclamó el de la librea, que no era otro que
el eminente Chamorro, ayuda de cámara de un alto personaje—. He dicho
a Su Excelencia que me pida el arzobispado de Toledo, o media docena
de mitras sufragáneas; pero que me deje en paz esa canonjía de Murcia,
plaza de gran empeño para mí, porque la tengo prometida al sobrino de
mi cuñada.
—Pues precisamente esa canonjía de Murcia y no otra es la que yo quiero
con preferencia al arzobispado metropolitano —afirmó el duque agitando
los brazos—. Se la prometí a la condesa, se la prometí, le di mi
palabra de honor... Señor Collado, por amor de Dios... Disponga usted
de dos plazas de guardia... vamos, de tres.
—Ni de cuatro. ¿Para qué quiero yo eso? —repuso Collado con desdén,
contemplando el humo que desde su boca subía hasta el techo en blancas
espirales—. Traigo entre manos la comandancia general de la plaza de
Santoña...
—Ya sé para quién es eso —dijo el duque con presteza—. Ya se convino en
darla al marido de la Pepita.
—De doña Rafaela, dirá usted, de doña Rafaela.
—¡Doña Rafaela! Esa mujer es insaciable. Se ha llevado ya todas las
plazas fuertes, y quiere también echar mano al Consejo Supremo de la
Guerra. No he visto mujer que tenga más parientes. Es prima, hermana y
sobrina de medio ejército... ¡Y la pobre Pepita a quien yo prometí...!
—No faltará para ella —repuso Collado—. En esa lista de vacantes que
tiene Su Excelencia, ¿no se le había señalado a Pepita (para su tío el
clérigo, se entiende) la Colecturía general de Expolios y Vacantes,
Medias Annatas y Fondo Pío beneficial?
—Si no hay tales vacantes —observó el duque con mal humor—; las he
provisto todas. Veamos otra cosa: ¿quién cae?
—Ya recordará Vuecencia los que perecieron anoche —manifestó Collado,
sonriendo con malicia—. Está abierto el hoyo para dos consejeros de
Órdenes, por _tibios_ y amigos de Macanaz.
—Y para el director de Tercias Reales, si mal no recuerdo.
—Y para dos beneficiados del _Venerable e inmemorial Cabildo de
Guadalajara_.
—También tiene la marca en la frente —añadió el duque, con satisfacción
parecida a la de los labradores cuando hablan de buena cosecha— el
superintendente de Correos, por haberse negado a dar cuenta de aquellas
cartas sobre el baile de máscaras.
—Muchos puestos hay —afirmó Chamorro con enfáticas pretensiones de
gracejo—; pero hoy han venido tres obispos con trescientas solicitudes
de Guerra o Marina. Esto es mezclar berzas con capachos.
—¡Qué demonio!... Y destierros, ¿hay algunos?
—Tal cual... así andamos. Pero ¿no se le concedieron a Vuecencia unos
trece o catorce la semana pasada?
—Es verdad; pero los he gastado todos. Quisiera más —dijo Alagón
con disgusto—. ¿No ve usted que necesito muchos puestos vacíos? ¡La
condesa, Juanita, doña Romualda! ¡Si no me dejan respirar!... Esa gente
con nada se satisface. Creen que la nación se ha hecho para ellas. Ya
se ve: como ellas parecen hechas para la nación...
—Pues Su Majestad hace días que anda muy reacio, señor duque —afirmó
Pedro con burda socarronería.—. Dice que abusamos.
—¡Que abusamos!
—Y que es preciso, en la provisión de destinos, dejar algo a los
ministros, porque estos se quejan de la nulidad a que están reducidos y
del tristísimo papel que hacen.
—Aquí hay alguna mano oculta, señor Collado —exclamó con rabia el
duque—. Aquí hay intriga. A usted y a mí nos están engañando, y con
vivir tan cerca de Su Majestad, no sabemos lo que pasa.
Chamorro se encogió de hombros. El duque mirome con atención, y sus
ojos parecían decirme: «¿Qué piensa usted?»
—Todo depende —dije yo, rompiendo el silencio que, por darme mayor
importancia, había guardado hasta entonces—, todo depende de los humos
que han echado algunos ministros, como el fatuo, el insolente don Pedro
Ceballos, como don Juan Pérez Villamil y otros.
—Bien, muy bien dicho —exclamó el antiguo aguador de la fuente
del Berro, dándome una palmada en la rodilla para demostrarme su
conformidad absoluta con mi parecer.
—Observen ustedes bien cuál es el plan de los ministros —proseguí
enfáticamente—. El plan de esos señores bien claro se ve... es
apoderarse del ánimo de Su Majestad, inclinarle a aceptar cuantas
medidas ellos propongan, ordenar las cosas de modo que todos los
asuntos públicos sean resueltos por ellos, y todos los destinos dados y
quitados por ellos.
—Justo, eso, eso es —afirmó el duque—. Pipaón ha puesto el dedo en la
llaga.
—Bien claro lo demuestran las providencias que se están tomando —dijo
Chamorro con ademán meditabundo—. Para imponer su voluntad, han
empezado por aconsejar al rey que vaya dejando a un lado las medidas
de rigor. ¡Oh, aquí hay algo! En el aldehuela, más mal hay del que se
suena.
—Como que ya han acordado suprimir las Comisiones de Estado, y se han
prohibido las denominaciones de _serviles_ y _liberales_ —indiqué
yo—. En suma, señores, hay en el ministerio algunos individuos que se
manifiestan deferentes ante el Monarca; pero ¿qué pensaremos de un
Ceballos, de un Villamil? ¿Qué pensaremos, repito, al verles empeñados
en llevar el gobierno por los torcidos caminos de una tibieza hipócrita?
—Una tibieza que no es más que constitucionalismo disfrazado —dijo
Alagón, dándoselas de muy perspicuo.
—¡Constitucionalismo! —repitió Collado—. Así se lo he dicho esta
mañana. Debajo del sayal hay al...
—¿Y qué dijo? ¿No hizo alguna observación chusca? —preguntó con interés
vivísimo el duque.
—Siempre que le hablo de esto calla como un cartujo —repuso con
descorazonamiento Collado—. Al buen callar llaman Fernando.
Los dos palaciegos permanecieron meditabundos por breve rato.
—Yo no sé qué raíces echa el tal don Pedro dondequiera que pone los
pies —dije yo—; pero es lo cierto que, cuando se instala, no se deja
echar a dos tirones.
—Es hombre listo y que sabe manejarse —añadió el duque—. ¡Cuando ha
sabido hacer olvidar sus servicios a Bonaparte en Bayona, y a las
Cortes en Cádiz...!
—Pues si he de ser franco, señores —observé yo con hinchazón y
petulancia—, manifestaré a ustedes una cosa, y es que... Vamos, lo diré
en dos palabras. Si yo viviera en esta casa, don Pedro Ceballos no
duraría una semana en el ministerio.
—¡Ay, amigo! —me dijo el duque, poniéndome familiarmente su noble mano
en el hombro—. ¡Usted no sabe qué clase de casa es esta!
—Se intentará, señores, se intentará —dijo Collado, rascándose la
frente—. Otras cosas ha habido más difíciles.
—Mucho más fácil sería dar en tierra con Villamil; ¿no es verdad, señor
Pedro?
—Ese tiene su pasaporte colgado de un pelo, como la espada de
Demóstenes —afirmó socarronamente el aguador.
—De Damocles, querrá usted decir —indicó Alagón—. Pues es preciso
romper ese cabello; ¿me entiende usted, señor Collado?
—Ya, ya se hará —murmuró el exaguador, dándose importancia—. Yo creo
que Su Majestad tiene razón, señor duque. Estamos abusando, estamos
abusando de su mucha bondad. Verdad es que, si algo hacemos, muévenos
el gran cariño que le tenemos todos.
—¡Abusar! —exclamó el duque con desabrimiento—. Por mi parte hace
tiempo que estoy casi en desgracia. Recibo muy pocos favores.
—¡Hombre de Dios, y todavía se queja! —gruñó Collado, con cierto
enojo—. ¡Después que, a cambio de las condenadas bandoleras, se ha
llevado la mitad de los beneficios, de las prebendas, de las raciones,
de las abadías, de las capellanías, de las colecturías, de las
examinadurías sinodales, de las difinidurías de la Santa Iglesia! Y
todavía pide más. ¿Qué es lo que pide la mona? Piñones mondados.
—Ya ve usted... —dijo el prócer con mal humor—. No he podido conseguir
la canonjía de Murcia, que es para mí de gran empeño... Pero no cedo:
esta noche misma hablaré de ello a Su Majestad... Veremos si cuento con
Artieda, hombre de gran poder en la provisión de piezas eclesiásticas.
—Artieda —repuso Chamorro— trae entre manos una moratoria que solicitan
las señoras de Porreño.
—¿Y se la concederán? —pregunté sin mostrar interés.
—Creo que sí. Viene recomendada por una cáfila de reverendos.
—Si es cosa de Artieda —añadió el duque—, la doy por ganada. Ese
endiablado guardarropas, con su aire mortecino y su cabeza caída como
higo maduro, vale más que pesa.
—Fue criado de la casa de Porreño —observó Collado con distracción,
arrojando la cola del cigarro.
—¡Pobre señor de Grijalva! —exclamó Alagón—. Buen chasco se lleva si
las de Porreño consiguen la moratoria.
—Por cierto que soy amigo de Grijalva —manifestó Chamorro—, y ha venido
esta mañana a solicitar mi favor para que pongan en libertad a su hijo.
—Un mal criado niño que en los cafés ha calumniado al mejor de los
reyes, y al más generoso de los hombres —dije.
—¡Calaveradas! —balbució el duque—. Y usted, señor Collado, ¿aboga por
Gasparito?
—Sí, señor —repuso el ayuda de cámara—. Tengo empeño en ello, y creo
que no me será difícil...
—Si es usted omnipotente...
Collado se levantó.
—Repito mi proposición —le dijo el duque, agarrándole por la solapa de
la librea—. Doy dos bandoleras.
—No.
—Tres.
—No... he dicho que no.
—¿Pero se va usted?
De repente callaron ambos porque se abrió la puerta, y apareciendo en
ella un lacayo, gritó:
—¡Señor Collado, la campanilla!
Chamorro corrió fuera de la habitación con la rapidez de un gato.
—Ha llamado —dijo el duque sentándose—. Señor de Pipaón, hablemos.