XI

Era Ugarte muy amigo del duque de Alagón, capitán de Guardias de la

Real persona, inseparable acompañante del monarca dentro y fuera de

Palacio. Yo también tuve relaciones estrechas con el duque, a quien

visitaba frecuentemente por encargo de don Antonio, para tratar de

asuntos reservados, en los cuales no era posible otra tercería que la

del nieto de mi abuela.

Por cuenta, pues, de Ugarte y por la mía propia (llevado del luminoso

plan que mencioné más arriba), fui a ver cierto día al señor duque

de Alagón, que vivía en Palacio. Cuando entré en su despacho, Su

Excelencia no estaba solo. Acompañábale un hombre de mediana edad, de

aspecto no desagradable, aunque tenía muy poco de fino, de semblante

fresco, rudo, como de quien en su crianza vivió más bien al desamparo

de los montes que en la regalada comodidad de los regios estrados;

vestido lujosamente, aunque sin ninguna elegancia, con librea de

flamantes galones; personaje, en fin, del cual se podía decir que era

un palaciego que parecía lacayo, y un lacayo que cortesano parecía.

Recostado en muelle sillón, fumaba un habano, y su coloquio con el

duque era tan corriente y por igual que dos duques no se hubieran

hablado de otro modo... ni tampoco dos lacayos.

Cuando entré, dijo el duque:

—Podemos seguir hablando, señor Collado. Pipaón es de confianza y no

importa que nos oiga.

—Es que Su Majestad se despertará pronto; llamará y tengo que llevar el

agua —repuso Collado mirando el reloj.

—Aún hay tiempo —dijo el duque vivamente—. Para concluir, señor

Collado...

—Para concluir, señor duque...

—Concedo las dos bandoleras, a cambio de la canonjía.

—Que no puede ser, que no puede ser...

—Pues vaya... tres bandoleras.

—¡Qué pesadez de hombre! —exclamó el de la librea, que no era otro que

el eminente Chamorro, ayuda de cámara de un alto personaje—. He dicho

a Su Excelencia que me pida el arzobispado de Toledo, o media docena

de mitras sufragáneas; pero que me deje en paz esa canonjía de Murcia,

plaza de gran empeño para mí, porque la tengo prometida al sobrino de

mi cuñada.

—Pues precisamente esa canonjía de Murcia y no otra es la que yo quiero

con preferencia al arzobispado metropolitano —afirmó el duque agitando

los brazos—. Se la prometí a la condesa, se la prometí, le di mi

palabra de honor... Señor Collado, por amor de Dios... Disponga usted

de dos plazas de guardia... vamos, de tres.

—Ni de cuatro. ¿Para qué quiero yo eso? —repuso Collado con desdén,

contemplando el humo que desde su boca subía hasta el techo en blancas

espirales—. Traigo entre manos la comandancia general de la plaza de

Santoña...

—Ya sé para quién es eso —dijo el duque con presteza—. Ya se convino en

darla al marido de la Pepita.

—De doña Rafaela, dirá usted, de doña Rafaela.

—¡Doña Rafaela! Esa mujer es insaciable. Se ha llevado ya todas las

plazas fuertes, y quiere también echar mano al Consejo Supremo de la

Guerra. No he visto mujer que tenga más parientes. Es prima, hermana y

sobrina de medio ejército... ¡Y la pobre Pepita a quien yo prometí...!

—No faltará para ella —repuso Collado—. En esa lista de vacantes que

tiene Su Excelencia, ¿no se le había señalado a Pepita (para su tío el

clérigo, se entiende) la Colecturía general de Expolios y Vacantes,

Medias Annatas y Fondo Pío beneficial?

—Si no hay tales vacantes —observó el duque con mal humor—; las he

provisto todas. Veamos otra cosa: ¿quién cae?

—Ya recordará Vuecencia los que perecieron anoche —manifestó Collado,

sonriendo con malicia—. Está abierto el hoyo para dos consejeros de

Órdenes, por _tibios_ y amigos de Macanaz.

—Y para el director de Tercias Reales, si mal no recuerdo.

—Y para dos beneficiados del _Venerable e inmemorial Cabildo de

Guadalajara_.

—También tiene la marca en la frente —añadió el duque, con satisfacción

parecida a la de los labradores cuando hablan de buena cosecha— el

superintendente de Correos, por haberse negado a dar cuenta de aquellas

cartas sobre el baile de máscaras.

—Muchos puestos hay —afirmó Chamorro con enfáticas pretensiones de

gracejo—; pero hoy han venido tres obispos con trescientas solicitudes

de Guerra o Marina. Esto es mezclar berzas con capachos.

—¡Qué demonio!... Y destierros, ¿hay algunos?

—Tal cual... así andamos. Pero ¿no se le concedieron a Vuecencia unos

trece o catorce la semana pasada?

—Es verdad; pero los he gastado todos. Quisiera más —dijo Alagón

con disgusto—. ¿No ve usted que necesito muchos puestos vacíos? ¡La

condesa, Juanita, doña Romualda! ¡Si no me dejan respirar!... Esa gente

con nada se satisface. Creen que la nación se ha hecho para ellas. Ya

se ve: como ellas parecen hechas para la nación...

—Pues Su Majestad hace días que anda muy reacio, señor duque —afirmó

Pedro con burda socarronería.—. Dice que abusamos.

—¡Que abusamos!

—Y que es preciso, en la provisión de destinos, dejar algo a los

ministros, porque estos se quejan de la nulidad a que están reducidos y

del tristísimo papel que hacen.

—Aquí hay alguna mano oculta, señor Collado —exclamó con rabia el

duque—. Aquí hay intriga. A usted y a mí nos están engañando, y con

vivir tan cerca de Su Majestad, no sabemos lo que pasa.

Chamorro se encogió de hombros. El duque mirome con atención, y sus

ojos parecían decirme: «¿Qué piensa usted?»

—Todo depende —dije yo, rompiendo el silencio que, por darme mayor

importancia, había guardado hasta entonces—, todo depende de los humos

que han echado algunos ministros, como el fatuo, el insolente don Pedro

Ceballos, como don Juan Pérez Villamil y otros.

—Bien, muy bien dicho —exclamó el antiguo aguador de la fuente

del Berro, dándome una palmada en la rodilla para demostrarme su

conformidad absoluta con mi parecer.

—Observen ustedes bien cuál es el plan de los ministros —proseguí

enfáticamente—. El plan de esos señores bien claro se ve... es

apoderarse del ánimo de Su Majestad, inclinarle a aceptar cuantas

medidas ellos propongan, ordenar las cosas de modo que todos los

asuntos públicos sean resueltos por ellos, y todos los destinos dados y

quitados por ellos.

—Justo, eso, eso es —afirmó el duque—. Pipaón ha puesto el dedo en la

llaga.

—Bien claro lo demuestran las providencias que se están tomando —dijo

Chamorro con ademán meditabundo—. Para imponer su voluntad, han

empezado por aconsejar al rey que vaya dejando a un lado las medidas

de rigor. ¡Oh, aquí hay algo! En el aldehuela, más mal hay del que se

suena.

—Como que ya han acordado suprimir las Comisiones de Estado, y se han

prohibido las denominaciones de _serviles_ y _liberales_ —indiqué

yo—. En suma, señores, hay en el ministerio algunos individuos que se

manifiestan deferentes ante el Monarca; pero ¿qué pensaremos de un

Ceballos, de un Villamil? ¿Qué pensaremos, repito, al verles empeñados

en llevar el gobierno por los torcidos caminos de una tibieza hipócrita?

—Una tibieza que no es más que constitucionalismo disfrazado —dijo

Alagón, dándoselas de muy perspicuo.

—¡Constitucionalismo! —repitió Collado—. Así se lo he dicho esta

mañana. Debajo del sayal hay al...

—¿Y qué dijo? ¿No hizo alguna observación chusca? —preguntó con interés

vivísimo el duque.

—Siempre que le hablo de esto calla como un cartujo —repuso con

descorazonamiento Collado—. Al buen callar llaman Fernando.

Los dos palaciegos permanecieron meditabundos por breve rato.

—Yo no sé qué raíces echa el tal don Pedro dondequiera que pone los

pies —dije yo—; pero es lo cierto que, cuando se instala, no se deja

echar a dos tirones.

—Es hombre listo y que sabe manejarse —añadió el duque—. ¡Cuando ha

sabido hacer olvidar sus servicios a Bonaparte en Bayona, y a las

Cortes en Cádiz...!

—Pues si he de ser franco, señores —observé yo con hinchazón y

petulancia—, manifestaré a ustedes una cosa, y es que... Vamos, lo diré

en dos palabras. Si yo viviera en esta casa, don Pedro Ceballos no

duraría una semana en el ministerio.

—¡Ay, amigo! —me dijo el duque, poniéndome familiarmente su noble mano

en el hombro—. ¡Usted no sabe qué clase de casa es esta!

—Se intentará, señores, se intentará —dijo Collado, rascándose la

frente—. Otras cosas ha habido más difíciles.

—Mucho más fácil sería dar en tierra con Villamil; ¿no es verdad, señor

Pedro?

—Ese tiene su pasaporte colgado de un pelo, como la espada de

Demóstenes —afirmó socarronamente el aguador.

—De Damocles, querrá usted decir —indicó Alagón—. Pues es preciso

romper ese cabello; ¿me entiende usted, señor Collado?

—Ya, ya se hará —murmuró el exaguador, dándose importancia—. Yo creo

que Su Majestad tiene razón, señor duque. Estamos abusando, estamos

abusando de su mucha bondad. Verdad es que, si algo hacemos, muévenos

el gran cariño que le tenemos todos.

—¡Abusar! —exclamó el duque con desabrimiento—. Por mi parte hace

tiempo que estoy casi en desgracia. Recibo muy pocos favores.

—¡Hombre de Dios, y todavía se queja! —gruñó Collado, con cierto

enojo—. ¡Después que, a cambio de las condenadas bandoleras, se ha

llevado la mitad de los beneficios, de las prebendas, de las raciones,

de las abadías, de las capellanías, de las colecturías, de las

examinadurías sinodales, de las difinidurías de la Santa Iglesia! Y

todavía pide más. ¿Qué es lo que pide la mona? Piñones mondados.

—Ya ve usted... —dijo el prócer con mal humor—. No he podido conseguir

la canonjía de Murcia, que es para mí de gran empeño... Pero no cedo:

esta noche misma hablaré de ello a Su Majestad... Veremos si cuento con

Artieda, hombre de gran poder en la provisión de piezas eclesiásticas.

—Artieda —repuso Chamorro— trae entre manos una moratoria que solicitan

las señoras de Porreño.

—¿Y se la concederán? —pregunté sin mostrar interés.

—Creo que sí. Viene recomendada por una cáfila de reverendos.

—Si es cosa de Artieda —añadió el duque—, la doy por ganada. Ese

endiablado guardarropas, con su aire mortecino y su cabeza caída como

higo maduro, vale más que pesa.

—Fue criado de la casa de Porreño —observó Collado con distracción,

arrojando la cola del cigarro.

—¡Pobre señor de Grijalva! —exclamó Alagón—. Buen chasco se lleva si

las de Porreño consiguen la moratoria.

—Por cierto que soy amigo de Grijalva —manifestó Chamorro—, y ha venido

esta mañana a solicitar mi favor para que pongan en libertad a su hijo.

—Un mal criado niño que en los cafés ha calumniado al mejor de los

reyes, y al más generoso de los hombres —dije.

—¡Calaveradas! —balbució el duque—. Y usted, señor Collado, ¿aboga por

Gasparito?

—Sí, señor —repuso el ayuda de cámara—. Tengo empeño en ello, y creo

que no me será difícil...

—Si es usted omnipotente...

Collado se levantó.

—Repito mi proposición —le dijo el duque, agarrándole por la solapa de

la librea—. Doy dos bandoleras.

—No.

—Tres.

—No... he dicho que no.

—¿Pero se va usted?

De repente callaron ambos porque se abrió la puerta, y apareciendo en

ella un lacayo, gritó:

—¡Señor Collado, la campanilla!

Chamorro corrió fuera de la habitación con la rapidez de un gato.

—Ha llamado —dijo el duque sentándose—. Señor de Pipaón, hablemos.

Memorias de un cortesano de 1815 · 第 12 / 28 题