A casa de las de Porreño iba yo a menudo, y constantemente desde que
se apareció en aquellos tristes salones cierta condesa de Rumblar,
acompañada de un lindo femenil pimpollo, nombrado Presentacioncita, la
cual era un conjunto de gracias, seducciones y monerías de imposible
descripción. Tenía tal garabato para burlarse de Ostolaza y de mí,
elogiándonos en apariencia, que ni él ni yo sabíamos enfadarnos para
salvar la dignidad. Nos zahería muy sandungueramente, y por mi parte me
moría de gusto. La luz chispeante de sus ojitos, negros como la noche,
deslumbraba los míos y se me entraba y esparcía por todo el cuerpo,
escarbándome el corazón. Cuando reía, figurábasele a uno tener delante
un coro de angelitos insolentes, jugueteando de nube en nube; cuando
se ponía seria, era preciso estar en guardia, porque de fijo tramaba
alguna ingeniosa picardía. Su gravedad era una máscara, detrás de la
cual se fraguaban hipócritamente todas las aleves conspiraciones contra
nuestras casacas, contra nuestras chupas, y también contra nuestras
pobres carnes.
Temblábamos ante ella, y por mi parte me derretía de gozo cuando
mi cara se bañaba en su aliento durante una partida de mediator.
Moralmente hablando, nos pellizcaba sin cesar, pues no podían ser otra
cosa sus punzantes burlas. Digo punzantes, porque en cierta ocasión
clavó en los sillones donde Ostolaza y yo nos sentábamos, algunos
alfileres tan soberanamente dispuestos, que mi buen amigo y yo vimos,
sin ser astrólogos, todo el sistema planetario. Otra vez cosió mis
faldones a un infame aparato, que moviéndose echó por tierra la cesta
de la costura donde doña Paz tenía distintas suertes de labores,
ovillos, canutillos y lienzos, de tal modo que levantarme yo y venir
el mujeril aparato al suelo fue todo uno. A veces inventaba un juego
de acertijo, en el cual había un plato artificiosamente ahumado, que
nos aplicábamos a la cara para saber el secreto, y puesta la sala a
oscuras, resultaba después que aparecíamos Ostolaza y yo con la cara
tiznada, de lo cual se holgaban y reían mucho los concurrentes. A
menudo recibía yo cartitas y recados de monjas mandándome llamar,
y luego salíamos con que era mentira. Y no digo nada de aquella
graciosísima invención que consistía en darme un dulce, y cuando yo
todo almibarado de gozo me lo metía en la boca, resultaba más amargo
que la misma hiel.
¡Ay! En aquellas tertulias había verdadero entretenimiento; se divertía
uno con la más rigurosa honestidad, sin propasarse jamás a cosas
mayores, y aunque se padecía un poco del mal de Tántalo, el lindo
juego de la gallina ciega nos proporcionaba algún yo y tú casual entre
tapices, y se podía coger al vuelo un par de blancas manos, algún
torneado brazo, u otra cualquier obra admirable del Criador. Daba la
maldita casualidad de que, siempre que estábamos rezando el rosario,
sonaba adentro descomunal y pavoroso ruido, y a oscuras o con un
candilejo era preciso ir a ver lo que era, no faltando damas valerosas
que le acompañasen a uno por los solitarios corredores. Por supuesto,
al fin venía a resultar que aquellos espantables ruidos eran obra del
gato, haciendo de las suyas en la cocina.
Con estos y otros inocentes placeres, se pasaban dos o tres horas de la
noche sin sentirlo.
Una noche noté que Presentacioncita no nos dio bromas ni a Ostolaza
ni a mí. No di importancia al suceso. A la noche siguiente no fue a
la tertulia y se dijo que estaba enferma; pero apareció tres noches
después bastante desmejorada y muy triste, lo cual me sorprendió
mucho, y observé. Observé su semblante, su mirar, qué conversaciones
prefería, a cuáles palabras prestaba más atención. Atisbé sus suspiros
y la distracción honda en que comúnmente estaba, deduciendo de todo
que Presentacioncita tenía un gran pesar sobre su alma. Pero lo más
extraño fue que la graciosa niña no solo se abstenía por completo
de toda burla mordaz conmigo, sino que me trataba con inusitadas
consideraciones, fijando en mí su mirada, cual si quisiese leer mis
pensamientos, y por ellos adivinar mi voluntad para satisfacerla.
Atendía al juego, alegrándose mucho cuando yo ganaba, y demostrándome
en sus ojos profunda pena si la suerte no me era propicia. Al
retirarme, me preguntó con vivísimo interés si faltaría a la tertulia
de la noche siguiente.
Acosteme y no dormí. Los dos ojos de Presentación fulguraban en la
oscuridad de mi alcoba como estrellas en el negro cielo. Pero yo no soy
hombre que pierde el tino por afán de ideales amores, ni en mi vida he
sentido el embrutecimiento de que hablan los poetas, dolencia común a
cabezas hueras y a gente vagabunda. Reíme, pues, de aquello, y vino
el día y tras él la noche. Pareciome, al entrar en la tertulia, que
con mi vista se disipaba la tristeza de la preciosa niña, como con la
presencia del sol huyen las nieblas que oscurecen y enfrían la tierra.
¿A qué negarlo? Yo estaba inflado de orgullo.
Conocí que deseaba hablarme, y por mi parte sentía ardiente anhelo de
decirle un par de palabritas al oído, sin que lo viera mi señora la
condesa. Ofreciósenos a entrambos ocasión propicia cuando los demás
hablaban ardientemente de la caída de Macanaz. Presentacioncita me dijo
con la mayor zozobra:
—Señor de Pipaón, tengo que hablar con usted.
—Y yo también, señora doña Presentacioncita, tengo que... —repuse, sin
poder encontrar una fórmula de madrigal.
—Pero mucho, mucho —añadió ella, poniéndose más encarnada que un
cardenal.
—¿Mucho?
—Tengo... tengo que confiar a usted...
—Sí, yo también...
—Un gran pesar.
—¿Pesar?
—Sí, una gran pesadumbre, y espero...
—Yo también espero...
—Espero que usted me hará el favor que he de pedirle... Usted, sí, me
han dicho que solo usted...
Yo estaba confundido y nada contesté.
—Mañana, señor de Pipaón... —dijo disimulando todo lo posible su
inquietud—; mañana...
—Mañana, o cuando usted quiera...
—Venga usted aquí. Estaremos solas doña Salomé y yo. Mi madre, doña Paz
y doña Paulita van a visitar a las monjas de Chamartín. Yo he dicho que
vendré a ayudar a doña Salomé en una labor que trae entre manos.
Al siguiente día, a la hora marcada, acudí presuroso a la cita,
poniéndome de veinticinco alfileres. Retirose la de Porreño cuando yo
entré, y Presentacioncita no esperó a que me sentara para decir:
—Señor de Pipaón, en usted confío, en su mucha bondad y cortesanía. Se
trata de una obra de caridad.
—¡Una obra de caridad!... ¡y para eso...! —murmuré desconcertado.
—Se lo agradeceré a usted toda mi vida, toda mi vida —afirmó ella
cruzando las manos y clavando en mí hechiceras miradas.
Empecé a sospechar si sería yo víctima de una refinada ingeniosa burla.
—Veamos: ¿qué obra de caridad es esa? —pregunté tan inquieto y
sobrecogido cual si sintiera en el asiento de la silla los alfileres de
marras.
Presentacioncita fijó los ojos en el suelo, y doblando y desdoblando la
punta del pañuelo, dijo:
—Yo tengo...
—Vamos, acabe usted.
—Me cuesta mucho trabajo, señor de Pipaón; pero no me queda otro
remedio que decírselo a usted.
—Pues oigo. ¿Tiene usted...?
—Vergüenza.
—¿Es algún pecado?
—Pecado, no.
—Entonces, amor.
Presentación respiró cual si la quitaran de encima un gran peso.
—Eso es. Cuesta mucho decirlo... Gracias, señor don Juan. Me ha
adivinado usted. Bien dicen que otro de más pesquis no le hay bajo el
sol.
—¿Y quién es ese dichoso joven? —pregunté de muy mal talante,
esforzándome en poner cara indiferente.
—Ese joven... es... vamos, un joven... muy desgraciado por cierto, si
usted no lo remedia.
—¿Yo?... ¿Y en qué puedo servirle?
—¡Ay! Para un hombre como usted no hay nada imposible. Por su mucho
talento ha logrado ganarse una buena posición; es amigo de Antonio
I, del infante, y tiene gran poder en la Corte... —añadió con mucha
zalamería.
—¡Yo!
—O en el gobierno. ¡Qué gusto para la madre que tal hijo crió! Verle
encumbrado por sus méritos nada más, por su entendimiento; verle
solicitado de los grandes señores y hasta de los obispos... No sabemos
a dónde va a llegar usted, señor de Pipaón, y si no para de subir, le
veremos ministro o gobernador del Consejo, o embajador el día menos
pensado.
—Gracias, señora doña Presentacioncita. Pero...
—Pero... déjeme usted seguir —repuso impaciente, porque la revelación
del principal secreto le había devuelto su normal viveza y desenvoltura.
—Ya oigo.
—Decía que si usted me libra de la profunda aflicción que tengo,
rezaré todas las noches un padrenuestro para que Dios le haga a usted
embajador o ministro.
—Hecho el trato —respondí riendo—. Su novio de usted...
—¡Por Dios y todos los santos, sea usted reservado! Hago a usted esta
confianza porque conozco su prudencia, su bondad, su discreción. Antes
moriría que fiarme de Ostolaza.
—Lo creo.
—Si usted dice una palabra por la cual mi señora madre pueda
sospechar...
—¡Oh! Lo que es eso...
—Entonces tomaré venganza tan horrenda, tan espantosa...
—Lo creo, sí, lo creo sin juramento.
—Tan espantosa, que... vamos: ya estoy teniendo compasión de usted.
¡Oh! de veras... será usted el más desgraciado de los hombres.
—El más feliz seré si consigo sacar a usted de ese mal paso.
—A mí no, a él —declaró con viveza.
—¿Quién es? ¿No se puede saber?
—Usted le conoce —dijo fiando a mi penetración lo que solo correspondía
a su franqueza.
Avergonzábase de pronunciar el nombre de su adorado; y todo era medias
palabritas, reticencias, adivinanzas, mucho de _que se quema usted_,
hasta que al fin, con más trabajo que para sacar alma del Purgatorio,
le saqué del cuerpo el dichoso vocablo, resultando que aquella Tisbe
tenía por Píramo a un mozalbete de buena familia llamado Gasparito
Grijalva, hijo de don Alonso de Grijalva, propietario muy adinerado.
—¿Y en qué apreturas se encuentra ese joven, que tanto necesita de mí?
Presentacioncita se sintió conmovida, y llevándose el pañuelo a los
ojos, dijo:
—Está preso.
—Vamos, madamita, no llorar. Eso no conduce a nada —repuse dándole
algunas palmadas en el hombro—. ¿Y qué diabluras ha hecho el mozo?...
¿Alguna pendencia, alguna disputa quizás por esos lindos ojos?...
—No es nada de eso —añadió sollozando—. Le prendieron porque en el café
dijo que Su Majestad era narigudo.
No pude contener la risa.
—¿Por eso, nada más que por eso?
—Y por haber dicho que Su Majestad escribía cartas a Napoleón desde
Valencey, felicitándole y pidiéndole una princesa para casarse.
—¡Oh! grave desacato es ese...
—¡Ay! Señor don Juan —exclamó cubriéndose el rostro y llorando sin
freno—, yo me muero de aflicción, yo no puedo vivir...
—Calma, mucha calma, señora mía, y discurramos lo que se ha de hacer.
—¡Y dicen que le van a ahorcar, señor de Pipaón! —agregó, volviendo
a mostrar los ojos, más bellos entre la humedad del llanto, como es
más bello el sol después de la lluvia—. Eso sería una iniquidad, un
crimen... ¡Ahorcarle por una tontería!...
—Por eso se ahorca hoy... Discurramos. El delito es horrendo...
—¿Horrendo?
—Sí: ¡calumniar a Su Majestad, diciendo que anduvo en tratos con el
infame monstruo!
—¡Cosas de muchachos! Como su padre es algo liberal, según dicen, y
parece que no quiere toda la Inquisición, sino una parte de ella,
desean castigarle en la persona del pobre, del inocente Gaspar... ¡Ah!
¡Si viera usted qué carta me escribió ayer!... Yo no sé cómo se las
compuso para escribirla en la cárcel y enviármela; pero ello es que la
recibí. Me suplica que le mande secretamente un cordel o un puñal para
darse la muerte, antes que el verdugo ponga sus manos sobre él. ¡Esto
parte el corazón! Parece que siento ya el puñal clavado en mi pecho, y
la cuerda alrededor de mi cuello... Y gracias a que Dios me ha deparado
un amigo tan bueno y generoso como usted; pues ¿quién duda que beberá
los vientos para que pongan a Gasparito en libertad?
—Falta que lo consiga, porque la justicia de estos tiempos no se anda
con bromas; y si bien es posible que el niño no lleve corbata de cáñamo
por ahora, casi casi se le puede dar una carta de recomendación para
los huéspedes de Ceuta o de Melilla.
—¡En África, en presidio!... Para usted, según dicen, no hay nada
difícil; todo lo allana, y es el más activo correveidile, el más
bullidor y hormiguilla de los empleados públicos de hoy.
—Gracias.
—De modo que si usted no quiere verme morir de pena; si no quiere que
le maldiga en mi última hora, y que desde este momento le aborrezca
como a mi más cruel enemigo, prométame que dentro de unos pocos días
estará Gaspar en libertad.
—Mucho pedir es, señora doña Presentacioncita. Yo no tengo poder en la
Corte ni en la camarilla, que es donde se prende y se suelta a todo el
mundo. ¿Por qué no se franquea usted con Ostolaza?
—¡Jesús, ni pensarlo! —exclamó con terror—. Se lo contaría todo a mamá.
—En fin, yo haré lo que pueda —dije, prometiéndome interiormente no
volver a ocuparme de tal asunto.
—¡Lo que pueda!... eso es bien poco. Ha de hacer usted lo que no pueda,
lo imposible, señor de Pipaón. Por ahí le llaman a usted Santa Rita.
—Mucho se me pide —indiqué dulcemente, discurriendo que bien podían
darse algunos pasos, con tal que fueran remunerados de alguna manera—,
y nada se me ofrece.
—¿Y mi agradecimiento eterno, mi amistad, lo mucho que rezaré por
usted para que siempre goce buena salud y llegue a ser, cuando menos,
ministro, y pueda repartir beneficios a los necesitados? —observó con
hechicera sonrisa, que valía más que todas las razones, y podía más que
todos los ruegos.
—Presentacioncita —le dije, acercándome más a ella—, nunca creí que una
niña tan linda, tan discreta, tan bondadosa, de tantísimo mérito como
usted, fuese a caer en las redes de un...
—Menos incienso, señor don Juan —replicó con malicia—: hoy no estoy
para zalamerías.
—Pues qué, ¿esos ojos celestiales, esos...?
Alargué una mano para tocar la suya, cuando rechinaron los goznes de
la puerta y yo salté en mi silla. La puerta se abrió, dando entrada a
una figura pomposa, que desde su primer paso y desde su primera mirada
empezó a irradiar magnificencia dentro de la habitación. Era doña
María de la Paz Jesús, hermana del señor marqués de Porreño, y desde
la muerte de este, jefe de la ilustre cuanto desgraciada familia[2].
Venía de la calle, y como era mujer de corpulencia, con el cansancio
y la pesadez de sus carnes traía muy sofocado el rostro y fatigosa la
respiración. Sentose al punto, sin despojarse del mantón ni soltar el
ridículo, el abanico, sombrilla y manojo de papeles que en la mano
traía, como Minerva sus atributos, y lejos de enojarse por verme allí a
hora tan impropia, pareció alegrarse mucho de mi presencia.
[2] Véase _La Fontana de Oro_.
Aquella señora tan grave, tan rigurosa, tan ceñuda, enemiga feroz de
toda clase de libertades, sonreía ante mí, dignándose echar el velo de
su delicadísimo disimulo sobre aquel coloquio a solas, que en época
posterior habría sido inocente, pero que en tiempos tan honestos era
poco menos que escandaloso, casi nefando. Yo esperaba una tempestad, y
me encontré con un arco iris.
Oigámosla ahora.
X
Antes de responder a mi saludo, me dijo:
—Espero que usted, señor de Pipaón, como hombre de gran influencia,
amigo de Ugarte, Alagón y Pedro Collado, nos apoyará en nuestra justa
pretensión, haciendo cuanto esté en su mano para que salgamos adelante.
—¿Y cuál es el asunto?... —pregunté confundido.
—¿Pues no lo sabe usted? ¿No estuvimos hablando de eso más de dos horas
anteanoche?
—¡Oh! sí, señora mía, ya recuerdo: es...
—La moratoria que pretendemos... Ya hemos hecho la solicitud a Su
Majestad, y se nos ha prometido que pronto se dará cuenta de ella en la
regia Cámara, y que la apoyarán los más cariñosos amigos del soberano.
—¿Una moratoria? ¿Conque una moratoria?...
—Nada más justo —dijo doña María de la Paz, con acento de convicción
profundísima—. Ni se me alcanza por qué han de ser tan lentas y
fastidiosas las formalidades para concederla; debiera ser cuestión de
un par de días, y de una esquelita de Su Majestad al Real Consejo.
—Señora, una moratoria siempre es asunto de gravedad.
—Pero no en el caso presente, señor de Pipaón —declaró con viveza,
arrojando de sí una llamarada de orgullo que se extinguió bien pronto,
como las chispas brotadas del pedernal—. Nosotros reclamamos una cosa
muy justa. Mi padre y mi hermano contrajeron algunas deudas... la
cantidad no hace al caso. Hiciéronlo así, porque el lustre de nuestra
casa lo exigía, pues solo en una comida y fiesta de caza y pesca que se
dio al rey, al pasar por Montoro, cuando la batalla de las Naranjas,
se gastaron treinta mil ducados. Ahora los acreedores, de los cuales
el principal es don Alonso de Grijalva, han dado en reclamar su dinero
y quieren apropiarse las fincas libres que nos quedan, pues bien sabe
usted que el mayorazgo, conforme a la ley de su principal instituto, se
ha extinguido en nuestra línea por falta de varón.
—Ya, ya sé. ¿Ustedes, por falta de varón...? Comprendido.
—¿Cómo es posible, pues, que un rey justiciero, que ha venido a
restablecer en España las buenas doctrinas y a limpiar el reino de toda
impiedad y bajeza, consienta en este despojo, en este embargo inicuo,
insólito, con que se nos amenaza?
—Señora, los acreedores... dieron, mejor dicho, colocaron su dinero...
—indiqué respetuosamente.
—Sí, señor —añadió, despidiendo otro chispazo de soberbia que iluminó
velozmente su rostro—. ¿Pero qué vale su dinero?... ¡Miserable metal!
Como si no hubiera en el mundo más que dinero... ¿Pues y las virtudes,
pues y las glorias y grandezas del reino, pues y el lustre, fíjese
usted bien, el lustre de las familias?
—El lustre. Sí, convengo en que el lustre...
—No, no es posible que un gobierno justo nos quite la hacienda que
honrosamente poseyeron nuestros antepasados. ¡A dónde vamos a parar!
Estaría bueno que un don Alonso de Grijalva, un hombre que ha salido de
la nada, pues público es y notorio que vino a Madrid de la Maragatería,
arreando un par de mulas; estaría bueno, repito, que un don Alonso de
Grijalva, fíjese usted bien, un don Alonso de Grijalva, se calzase
nuestros estados de Galicia y Aragón. ¡Oh! Es zapato muy grande para
tal pie. Esos hombrecillos, nacidos de los romeros y mastranzos,
tienen una osadía que espanta. Tanto alzaron el vuelo en tiempos de
la Constitución, que se creían dueños del mundo, y por lo que veo,
aun después de vueltas las cosas a su ser y estado primero, continúan
alzando la cabeza y amenazando con sus viles usurpaciones.
—En suma, ustedes solicitan que se ponga coto al inconcebible
atrevimiento de los que han dado en la flor de llamarse acreedores.
—¡Oh! Nosotras no negamos la deuda, ni tampoco el propósito firmísimo
de pagar algún día —repuso con voz firme—. Pero deseamos que esos
señores confíen en nuestra probidad, y esperen tranquilos la hora
oportuna de recoger lo suyo. ¿Pues quién duda que es suyo? Nuestra
pretensión no puede ser más natural. Solo pedimos a Su Majestad que nos
conceda una moratoria nada más que de diez años, fíjese usted bien, de
diez años...
—Ya estoy fijo, sí. Me parece muy justo. Dentro de diez años...
—No creo que Su Majestad, tan piadoso, tan buen cristiano, tan
justiciero, tan cariñoso para todos los que no nos hemos contaminado
de la constitucional pestilencia, niegue una pretensión tan razonable,
mayormente si considera que el fiero enemigo, de cuyas garras queremos
librarnos, es un hombre a quien suponen un poco desafecto al régimen
actual.
—El señor de Grijalva no se mezcla en política. Es hombre modestísimo,
que solo se ocupa en gobernar su casa y sus intereses.
—¡Oh, qué mal le conoce usted! —repuso con súbito arranque—. Si yo
dijera que no hay lengua más cortante contra el gobierno ni tijera más
diestra que la suya para cortar vestidos a los amigos de Su Majestad...
En fin, ¡qué tal hombre será y qué tal educación dará a sus hijos,
cuando ha sido preso Gasparito por desacatos al rey y no sé qué
abominables dichos y hechos!
—Parece que el niño dijo en un café que Su Majestad es un tanto
narigudo.
—Algo más sería —afirmó doña María de la Paz, con verdadera saña—.
Descubriose que andaba en logias, escribiendo papeles, y reclutando
gente de mal vivir.
Presentación parecía de cera.
—¡Oh, si es cierto —afirmé—, el hijo y el padre lo pasarán mal!
Presentación parecía de mármol.
—No, tales infamias no pueden quedar sin castigo. Veo que Su Majestad,
llevado de su buen corazón, está por las blanduras, y perdona a todo
el mundo. ¡Escarmiento!... duro en ellos, señor de Pipaón. ¡Si no se
castiga a nadie!
Presentación había enrojecido, y parecía de fuego.
—Pero cualquiera que sea el fin de estas abominables conspiraciones
y disturbios, usted tomará a pechos nuestro negocio, nos prestará su
poderoso auxilio, y arrimará su hombro al sagrado muro, fíjese usted
bien, al sagrado muro de nuestra moratoria. ¿No es verdad, amigo mío?
—dijo doña María de la Paz, levantándose para retirarse.
—Yo...
No pude decir más, porque en aquel instante concebí una idea grandiosa,
colosal; una de esas ideas que de tarde en tarde fulguran en el cerebro
del hombre, abriendo ante sus ojos inmenso horizonte en los espacios de
la vida; una idea que absorbió mis potencias todas por breve rato, no
permitiéndome ver cosa alguna, ni pensar en nada que estuviese fuera
de la esfera de mí mismo. Tras de la idea vino un propósito firme,
poderoso, y después un plan, cuyo sencillo organismo se me representó
clarísimo en todas sus partes.
—Señora, no necesito decir que haré los imposibles porque se consiga
esa moratoria —manifesté con artificioso interés a la dama, cuando se
retiraba.
Después volví al lado de Presentacioncita. Su cólera mal contenida se
desahogaba en amargo llanto.
—Adorada y adorable niña —le dije con acento de profundísima verdad—.
No llore usted: todo se arreglará.
—Usted es muy bueno, ¿usted será capaz...? —dijo levantándose y
poniéndose ante mí con las manos cruzadas, como se pone la gente
piadosa y afligida delante de una imagen.
—Tranquilícese usted: Gasparito será puesto en libertad —afirmé con el
mayor aplomo.
—¿Cuándo?
—Cuando se pueda. No hay que impacientarse. El muchacho no irá a
presidio.
—¡Oh! ¡Qué hermosas palabras! —dijo saltando de alegría y secando sus
lágrimas—. ¿De modo que no...?
—No le condenarán.
—¿Usted lo promete?
— Solemnemente.
—¡Qué bueno es usted... pero qué bueno! ¡Ay, qué guapo es usted! Sí,
¡qué guapo y buen mozo me parece! ¿Por qué no lo he de decir? ¿Conque
usted promete que no le harán daño?
—Lo juro. Oígalo usted bien. Lo juro.
—¡Oh, gracias, gracias, señor de Pipaón! Que Dios le dé a usted la
gloria eterna, y en este mundo mucha salud, toda la felicidad, todos
los destinos de la nación, todos los sueldos, todas las encomiendas,
todas las grandes cruces del mundo, y aún me parece poco para lo mucho
que usted se merece.
Diciéndolo así, y desahogando en tiernos votos la loca alegría de su
corazón, alargaba hacia mí sus cruzadas manos con ademán patético.
Salí de la casa. ¿Cuál era mi idea, mi propósito, mi plan? Se verá más
adelante.