IX

A casa de las de Porreño iba yo a menudo, y constantemente desde que

se apareció en aquellos tristes salones cierta condesa de Rumblar,

acompañada de un lindo femenil pimpollo, nombrado Presentacioncita, la

cual era un conjunto de gracias, seducciones y monerías de imposible

descripción. Tenía tal garabato para burlarse de Ostolaza y de mí,

elogiándonos en apariencia, que ni él ni yo sabíamos enfadarnos para

salvar la dignidad. Nos zahería muy sandungueramente, y por mi parte me

moría de gusto. La luz chispeante de sus ojitos, negros como la noche,

deslumbraba los míos y se me entraba y esparcía por todo el cuerpo,

escarbándome el corazón. Cuando reía, figurábasele a uno tener delante

un coro de angelitos insolentes, jugueteando de nube en nube; cuando

se ponía seria, era preciso estar en guardia, porque de fijo tramaba

alguna ingeniosa picardía. Su gravedad era una máscara, detrás de la

cual se fraguaban hipócritamente todas las aleves conspiraciones contra

nuestras casacas, contra nuestras chupas, y también contra nuestras

pobres carnes.

Temblábamos ante ella, y por mi parte me derretía de gozo cuando

mi cara se bañaba en su aliento durante una partida de mediator.

Moralmente hablando, nos pellizcaba sin cesar, pues no podían ser otra

cosa sus punzantes burlas. Digo punzantes, porque en cierta ocasión

clavó en los sillones donde Ostolaza y yo nos sentábamos, algunos

alfileres tan soberanamente dispuestos, que mi buen amigo y yo vimos,

sin ser astrólogos, todo el sistema planetario. Otra vez cosió mis

faldones a un infame aparato, que moviéndose echó por tierra la cesta

de la costura donde doña Paz tenía distintas suertes de labores,

ovillos, canutillos y lienzos, de tal modo que levantarme yo y venir

el mujeril aparato al suelo fue todo uno. A veces inventaba un juego

de acertijo, en el cual había un plato artificiosamente ahumado, que

nos aplicábamos a la cara para saber el secreto, y puesta la sala a

oscuras, resultaba después que aparecíamos Ostolaza y yo con la cara

tiznada, de lo cual se holgaban y reían mucho los concurrentes. A

menudo recibía yo cartitas y recados de monjas mandándome llamar,

y luego salíamos con que era mentira. Y no digo nada de aquella

graciosísima invención que consistía en darme un dulce, y cuando yo

todo almibarado de gozo me lo metía en la boca, resultaba más amargo

que la misma hiel.

¡Ay! En aquellas tertulias había verdadero entretenimiento; se divertía

uno con la más rigurosa honestidad, sin propasarse jamás a cosas

mayores, y aunque se padecía un poco del mal de Tántalo, el lindo

juego de la gallina ciega nos proporcionaba algún yo y tú casual entre

tapices, y se podía coger al vuelo un par de blancas manos, algún

torneado brazo, u otra cualquier obra admirable del Criador. Daba la

maldita casualidad de que, siempre que estábamos rezando el rosario,

sonaba adentro descomunal y pavoroso ruido, y a oscuras o con un

candilejo era preciso ir a ver lo que era, no faltando damas valerosas

que le acompañasen a uno por los solitarios corredores. Por supuesto,

al fin venía a resultar que aquellos espantables ruidos eran obra del

gato, haciendo de las suyas en la cocina.

Con estos y otros inocentes placeres, se pasaban dos o tres horas de la

noche sin sentirlo.

Una noche noté que Presentacioncita no nos dio bromas ni a Ostolaza

ni a mí. No di importancia al suceso. A la noche siguiente no fue a

la tertulia y se dijo que estaba enferma; pero apareció tres noches

después bastante desmejorada y muy triste, lo cual me sorprendió

mucho, y observé. Observé su semblante, su mirar, qué conversaciones

prefería, a cuáles palabras prestaba más atención. Atisbé sus suspiros

y la distracción honda en que comúnmente estaba, deduciendo de todo

que Presentacioncita tenía un gran pesar sobre su alma. Pero lo más

extraño fue que la graciosa niña no solo se abstenía por completo

de toda burla mordaz conmigo, sino que me trataba con inusitadas

consideraciones, fijando en mí su mirada, cual si quisiese leer mis

pensamientos, y por ellos adivinar mi voluntad para satisfacerla.

Atendía al juego, alegrándose mucho cuando yo ganaba, y demostrándome

en sus ojos profunda pena si la suerte no me era propicia. Al

retirarme, me preguntó con vivísimo interés si faltaría a la tertulia

de la noche siguiente.

Acosteme y no dormí. Los dos ojos de Presentación fulguraban en la

oscuridad de mi alcoba como estrellas en el negro cielo. Pero yo no soy

hombre que pierde el tino por afán de ideales amores, ni en mi vida he

sentido el embrutecimiento de que hablan los poetas, dolencia común a

cabezas hueras y a gente vagabunda. Reíme, pues, de aquello, y vino

el día y tras él la noche. Pareciome, al entrar en la tertulia, que

con mi vista se disipaba la tristeza de la preciosa niña, como con la

presencia del sol huyen las nieblas que oscurecen y enfrían la tierra.

¿A qué negarlo? Yo estaba inflado de orgullo.

Conocí que deseaba hablarme, y por mi parte sentía ardiente anhelo de

decirle un par de palabritas al oído, sin que lo viera mi señora la

condesa. Ofreciósenos a entrambos ocasión propicia cuando los demás

hablaban ardientemente de la caída de Macanaz. Presentacioncita me dijo

con la mayor zozobra:

—Señor de Pipaón, tengo que hablar con usted.

—Y yo también, señora doña Presentacioncita, tengo que... —repuse, sin

poder encontrar una fórmula de madrigal.

—Pero mucho, mucho —añadió ella, poniéndose más encarnada que un

cardenal.

—¿Mucho?

—Tengo... tengo que confiar a usted...

—Sí, yo también...

—Un gran pesar.

—¿Pesar?

—Sí, una gran pesadumbre, y espero...

—Yo también espero...

—Espero que usted me hará el favor que he de pedirle... Usted, sí, me

han dicho que solo usted...

Yo estaba confundido y nada contesté.

—Mañana, señor de Pipaón... —dijo disimulando todo lo posible su

inquietud—; mañana...

—Mañana, o cuando usted quiera...

—Venga usted aquí. Estaremos solas doña Salomé y yo. Mi madre, doña Paz

y doña Paulita van a visitar a las monjas de Chamartín. Yo he dicho que

vendré a ayudar a doña Salomé en una labor que trae entre manos.

Al siguiente día, a la hora marcada, acudí presuroso a la cita,

poniéndome de veinticinco alfileres. Retirose la de Porreño cuando yo

entré, y Presentacioncita no esperó a que me sentara para decir:

—Señor de Pipaón, en usted confío, en su mucha bondad y cortesanía. Se

trata de una obra de caridad.

—¡Una obra de caridad!... ¡y para eso...! —murmuré desconcertado.

—Se lo agradeceré a usted toda mi vida, toda mi vida —afirmó ella

cruzando las manos y clavando en mí hechiceras miradas.

Empecé a sospechar si sería yo víctima de una refinada ingeniosa burla.

—Veamos: ¿qué obra de caridad es esa? —pregunté tan inquieto y

sobrecogido cual si sintiera en el asiento de la silla los alfileres de

marras.

Presentacioncita fijó los ojos en el suelo, y doblando y desdoblando la

punta del pañuelo, dijo:

—Yo tengo...

—Vamos, acabe usted.

—Me cuesta mucho trabajo, señor de Pipaón; pero no me queda otro

remedio que decírselo a usted.

—Pues oigo. ¿Tiene usted...?

—Vergüenza.

—¿Es algún pecado?

—Pecado, no.

—Entonces, amor.

Presentación respiró cual si la quitaran de encima un gran peso.

—Eso es. Cuesta mucho decirlo... Gracias, señor don Juan. Me ha

adivinado usted. Bien dicen que otro de más pesquis no le hay bajo el

sol.

—¿Y quién es ese dichoso joven? —pregunté de muy mal talante,

esforzándome en poner cara indiferente.

—Ese joven... es... vamos, un joven... muy desgraciado por cierto, si

usted no lo remedia.

—¿Yo?... ¿Y en qué puedo servirle?

—¡Ay! Para un hombre como usted no hay nada imposible. Por su mucho

talento ha logrado ganarse una buena posición; es amigo de Antonio

I, del infante, y tiene gran poder en la Corte... —añadió con mucha

zalamería.

—¡Yo!

—O en el gobierno. ¡Qué gusto para la madre que tal hijo crió! Verle

encumbrado por sus méritos nada más, por su entendimiento; verle

solicitado de los grandes señores y hasta de los obispos... No sabemos

a dónde va a llegar usted, señor de Pipaón, y si no para de subir, le

veremos ministro o gobernador del Consejo, o embajador el día menos

pensado.

—Gracias, señora doña Presentacioncita. Pero...

—Pero... déjeme usted seguir —repuso impaciente, porque la revelación

del principal secreto le había devuelto su normal viveza y desenvoltura.

—Ya oigo.

—Decía que si usted me libra de la profunda aflicción que tengo,

rezaré todas las noches un padrenuestro para que Dios le haga a usted

embajador o ministro.

—Hecho el trato —respondí riendo—. Su novio de usted...

—¡Por Dios y todos los santos, sea usted reservado! Hago a usted esta

confianza porque conozco su prudencia, su bondad, su discreción. Antes

moriría que fiarme de Ostolaza.

—Lo creo.

—Si usted dice una palabra por la cual mi señora madre pueda

sospechar...

—¡Oh! Lo que es eso...

—Entonces tomaré venganza tan horrenda, tan espantosa...

—Lo creo, sí, lo creo sin juramento.

—Tan espantosa, que... vamos: ya estoy teniendo compasión de usted.

¡Oh! de veras... será usted el más desgraciado de los hombres.

—El más feliz seré si consigo sacar a usted de ese mal paso.

—A mí no, a él —declaró con viveza.

—¿Quién es? ¿No se puede saber?

—Usted le conoce —dijo fiando a mi penetración lo que solo correspondía

a su franqueza.

Avergonzábase de pronunciar el nombre de su adorado; y todo era medias

palabritas, reticencias, adivinanzas, mucho de _que se quema usted_,

hasta que al fin, con más trabajo que para sacar alma del Purgatorio,

le saqué del cuerpo el dichoso vocablo, resultando que aquella Tisbe

tenía por Píramo a un mozalbete de buena familia llamado Gasparito

Grijalva, hijo de don Alonso de Grijalva, propietario muy adinerado.

—¿Y en qué apreturas se encuentra ese joven, que tanto necesita de mí?

Presentacioncita se sintió conmovida, y llevándose el pañuelo a los

ojos, dijo:

—Está preso.

—Vamos, madamita, no llorar. Eso no conduce a nada —repuse dándole

algunas palmadas en el hombro—. ¿Y qué diabluras ha hecho el mozo?...

¿Alguna pendencia, alguna disputa quizás por esos lindos ojos?...

—No es nada de eso —añadió sollozando—. Le prendieron porque en el café

dijo que Su Majestad era narigudo.

No pude contener la risa.

—¿Por eso, nada más que por eso?

—Y por haber dicho que Su Majestad escribía cartas a Napoleón desde

Valencey, felicitándole y pidiéndole una princesa para casarse.

—¡Oh! grave desacato es ese...

—¡Ay! Señor don Juan —exclamó cubriéndose el rostro y llorando sin

freno—, yo me muero de aflicción, yo no puedo vivir...

—Calma, mucha calma, señora mía, y discurramos lo que se ha de hacer.

—¡Y dicen que le van a ahorcar, señor de Pipaón! —agregó, volviendo

a mostrar los ojos, más bellos entre la humedad del llanto, como es

más bello el sol después de la lluvia—. Eso sería una iniquidad, un

crimen... ¡Ahorcarle por una tontería!...

—Por eso se ahorca hoy... Discurramos. El delito es horrendo...

—¿Horrendo?

—Sí: ¡calumniar a Su Majestad, diciendo que anduvo en tratos con el

infame monstruo!

—¡Cosas de muchachos! Como su padre es algo liberal, según dicen, y

parece que no quiere toda la Inquisición, sino una parte de ella,

desean castigarle en la persona del pobre, del inocente Gaspar... ¡Ah!

¡Si viera usted qué carta me escribió ayer!... Yo no sé cómo se las

compuso para escribirla en la cárcel y enviármela; pero ello es que la

recibí. Me suplica que le mande secretamente un cordel o un puñal para

darse la muerte, antes que el verdugo ponga sus manos sobre él. ¡Esto

parte el corazón! Parece que siento ya el puñal clavado en mi pecho, y

la cuerda alrededor de mi cuello... Y gracias a que Dios me ha deparado

un amigo tan bueno y generoso como usted; pues ¿quién duda que beberá

los vientos para que pongan a Gasparito en libertad?

—Falta que lo consiga, porque la justicia de estos tiempos no se anda

con bromas; y si bien es posible que el niño no lleve corbata de cáñamo

por ahora, casi casi se le puede dar una carta de recomendación para

los huéspedes de Ceuta o de Melilla.

—¡En África, en presidio!... Para usted, según dicen, no hay nada

difícil; todo lo allana, y es el más activo correveidile, el más

bullidor y hormiguilla de los empleados públicos de hoy.

—Gracias.

—De modo que si usted no quiere verme morir de pena; si no quiere que

le maldiga en mi última hora, y que desde este momento le aborrezca

como a mi más cruel enemigo, prométame que dentro de unos pocos días

estará Gaspar en libertad.

—Mucho pedir es, señora doña Presentacioncita. Yo no tengo poder en la

Corte ni en la camarilla, que es donde se prende y se suelta a todo el

mundo. ¿Por qué no se franquea usted con Ostolaza?

—¡Jesús, ni pensarlo! —exclamó con terror—. Se lo contaría todo a mamá.

—En fin, yo haré lo que pueda —dije, prometiéndome interiormente no

volver a ocuparme de tal asunto.

—¡Lo que pueda!... eso es bien poco. Ha de hacer usted lo que no pueda,

lo imposible, señor de Pipaón. Por ahí le llaman a usted Santa Rita.

—Mucho se me pide —indiqué dulcemente, discurriendo que bien podían

darse algunos pasos, con tal que fueran remunerados de alguna manera—,

y nada se me ofrece.

—¿Y mi agradecimiento eterno, mi amistad, lo mucho que rezaré por

usted para que siempre goce buena salud y llegue a ser, cuando menos,

ministro, y pueda repartir beneficios a los necesitados? —observó con

hechicera sonrisa, que valía más que todas las razones, y podía más que

todos los ruegos.

—Presentacioncita —le dije, acercándome más a ella—, nunca creí que una

niña tan linda, tan discreta, tan bondadosa, de tantísimo mérito como

usted, fuese a caer en las redes de un...

—Menos incienso, señor don Juan —replicó con malicia—: hoy no estoy

para zalamerías.

—Pues qué, ¿esos ojos celestiales, esos...?

Alargué una mano para tocar la suya, cuando rechinaron los goznes de

la puerta y yo salté en mi silla. La puerta se abrió, dando entrada a

una figura pomposa, que desde su primer paso y desde su primera mirada

empezó a irradiar magnificencia dentro de la habitación. Era doña

María de la Paz Jesús, hermana del señor marqués de Porreño, y desde

la muerte de este, jefe de la ilustre cuanto desgraciada familia[2].

Venía de la calle, y como era mujer de corpulencia, con el cansancio

y la pesadez de sus carnes traía muy sofocado el rostro y fatigosa la

respiración. Sentose al punto, sin despojarse del mantón ni soltar el

ridículo, el abanico, sombrilla y manojo de papeles que en la mano

traía, como Minerva sus atributos, y lejos de enojarse por verme allí a

hora tan impropia, pareció alegrarse mucho de mi presencia.

[2] Véase _La Fontana de Oro_.

Aquella señora tan grave, tan rigurosa, tan ceñuda, enemiga feroz de

toda clase de libertades, sonreía ante mí, dignándose echar el velo de

su delicadísimo disimulo sobre aquel coloquio a solas, que en época

posterior habría sido inocente, pero que en tiempos tan honestos era

poco menos que escandaloso, casi nefando. Yo esperaba una tempestad, y

me encontré con un arco iris.

Oigámosla ahora.

X

Antes de responder a mi saludo, me dijo:

—Espero que usted, señor de Pipaón, como hombre de gran influencia,

amigo de Ugarte, Alagón y Pedro Collado, nos apoyará en nuestra justa

pretensión, haciendo cuanto esté en su mano para que salgamos adelante.

—¿Y cuál es el asunto?... —pregunté confundido.

—¿Pues no lo sabe usted? ¿No estuvimos hablando de eso más de dos horas

anteanoche?

—¡Oh! sí, señora mía, ya recuerdo: es...

—La moratoria que pretendemos... Ya hemos hecho la solicitud a Su

Majestad, y se nos ha prometido que pronto se dará cuenta de ella en la

regia Cámara, y que la apoyarán los más cariñosos amigos del soberano.

—¿Una moratoria? ¿Conque una moratoria?...

—Nada más justo —dijo doña María de la Paz, con acento de convicción

profundísima—. Ni se me alcanza por qué han de ser tan lentas y

fastidiosas las formalidades para concederla; debiera ser cuestión de

un par de días, y de una esquelita de Su Majestad al Real Consejo.

—Señora, una moratoria siempre es asunto de gravedad.

—Pero no en el caso presente, señor de Pipaón —declaró con viveza,

arrojando de sí una llamarada de orgullo que se extinguió bien pronto,

como las chispas brotadas del pedernal—. Nosotros reclamamos una cosa

muy justa. Mi padre y mi hermano contrajeron algunas deudas... la

cantidad no hace al caso. Hiciéronlo así, porque el lustre de nuestra

casa lo exigía, pues solo en una comida y fiesta de caza y pesca que se

dio al rey, al pasar por Montoro, cuando la batalla de las Naranjas,

se gastaron treinta mil ducados. Ahora los acreedores, de los cuales

el principal es don Alonso de Grijalva, han dado en reclamar su dinero

y quieren apropiarse las fincas libres que nos quedan, pues bien sabe

usted que el mayorazgo, conforme a la ley de su principal instituto, se

ha extinguido en nuestra línea por falta de varón.

—Ya, ya sé. ¿Ustedes, por falta de varón...? Comprendido.

—¿Cómo es posible, pues, que un rey justiciero, que ha venido a

restablecer en España las buenas doctrinas y a limpiar el reino de toda

impiedad y bajeza, consienta en este despojo, en este embargo inicuo,

insólito, con que se nos amenaza?

—Señora, los acreedores... dieron, mejor dicho, colocaron su dinero...

—indiqué respetuosamente.

—Sí, señor —añadió, despidiendo otro chispazo de soberbia que iluminó

velozmente su rostro—. ¿Pero qué vale su dinero?... ¡Miserable metal!

Como si no hubiera en el mundo más que dinero... ¿Pues y las virtudes,

pues y las glorias y grandezas del reino, pues y el lustre, fíjese

usted bien, el lustre de las familias?

—El lustre. Sí, convengo en que el lustre...

—No, no es posible que un gobierno justo nos quite la hacienda que

honrosamente poseyeron nuestros antepasados. ¡A dónde vamos a parar!

Estaría bueno que un don Alonso de Grijalva, un hombre que ha salido de

la nada, pues público es y notorio que vino a Madrid de la Maragatería,

arreando un par de mulas; estaría bueno, repito, que un don Alonso de

Grijalva, fíjese usted bien, un don Alonso de Grijalva, se calzase

nuestros estados de Galicia y Aragón. ¡Oh! Es zapato muy grande para

tal pie. Esos hombrecillos, nacidos de los romeros y mastranzos,

tienen una osadía que espanta. Tanto alzaron el vuelo en tiempos de

la Constitución, que se creían dueños del mundo, y por lo que veo,

aun después de vueltas las cosas a su ser y estado primero, continúan

alzando la cabeza y amenazando con sus viles usurpaciones.

—En suma, ustedes solicitan que se ponga coto al inconcebible

atrevimiento de los que han dado en la flor de llamarse acreedores.

—¡Oh! Nosotras no negamos la deuda, ni tampoco el propósito firmísimo

de pagar algún día —repuso con voz firme—. Pero deseamos que esos

señores confíen en nuestra probidad, y esperen tranquilos la hora

oportuna de recoger lo suyo. ¿Pues quién duda que es suyo? Nuestra

pretensión no puede ser más natural. Solo pedimos a Su Majestad que nos

conceda una moratoria nada más que de diez años, fíjese usted bien, de

diez años...

—Ya estoy fijo, sí. Me parece muy justo. Dentro de diez años...

—No creo que Su Majestad, tan piadoso, tan buen cristiano, tan

justiciero, tan cariñoso para todos los que no nos hemos contaminado

de la constitucional pestilencia, niegue una pretensión tan razonable,

mayormente si considera que el fiero enemigo, de cuyas garras queremos

librarnos, es un hombre a quien suponen un poco desafecto al régimen

actual.

—El señor de Grijalva no se mezcla en política. Es hombre modestísimo,

que solo se ocupa en gobernar su casa y sus intereses.

—¡Oh, qué mal le conoce usted! —repuso con súbito arranque—. Si yo

dijera que no hay lengua más cortante contra el gobierno ni tijera más

diestra que la suya para cortar vestidos a los amigos de Su Majestad...

En fin, ¡qué tal hombre será y qué tal educación dará a sus hijos,

cuando ha sido preso Gasparito por desacatos al rey y no sé qué

abominables dichos y hechos!

—Parece que el niño dijo en un café que Su Majestad es un tanto

narigudo.

—Algo más sería —afirmó doña María de la Paz, con verdadera saña—.

Descubriose que andaba en logias, escribiendo papeles, y reclutando

gente de mal vivir.

Presentación parecía de cera.

—¡Oh, si es cierto —afirmé—, el hijo y el padre lo pasarán mal!

Presentación parecía de mármol.

—No, tales infamias no pueden quedar sin castigo. Veo que Su Majestad,

llevado de su buen corazón, está por las blanduras, y perdona a todo

el mundo. ¡Escarmiento!... duro en ellos, señor de Pipaón. ¡Si no se

castiga a nadie!

Presentación había enrojecido, y parecía de fuego.

—Pero cualquiera que sea el fin de estas abominables conspiraciones

y disturbios, usted tomará a pechos nuestro negocio, nos prestará su

poderoso auxilio, y arrimará su hombro al sagrado muro, fíjese usted

bien, al sagrado muro de nuestra moratoria. ¿No es verdad, amigo mío?

—dijo doña María de la Paz, levantándose para retirarse.

—Yo...

No pude decir más, porque en aquel instante concebí una idea grandiosa,

colosal; una de esas ideas que de tarde en tarde fulguran en el cerebro

del hombre, abriendo ante sus ojos inmenso horizonte en los espacios de

la vida; una idea que absorbió mis potencias todas por breve rato, no

permitiéndome ver cosa alguna, ni pensar en nada que estuviese fuera

de la esfera de mí mismo. Tras de la idea vino un propósito firme,

poderoso, y después un plan, cuyo sencillo organismo se me representó

clarísimo en todas sus partes.

—Señora, no necesito decir que haré los imposibles porque se consiga

esa moratoria —manifesté con artificioso interés a la dama, cuando se

retiraba.

Después volví al lado de Presentacioncita. Su cólera mal contenida se

desahogaba en amargo llanto.

—Adorada y adorable niña —le dije con acento de profundísima verdad—.

No llore usted: todo se arreglará.

—Usted es muy bueno, ¿usted será capaz...? —dijo levantándose y

poniéndose ante mí con las manos cruzadas, como se pone la gente

piadosa y afligida delante de una imagen.

—Tranquilícese usted: Gasparito será puesto en libertad —afirmé con el

mayor aplomo.

—¿Cuándo?

—Cuando se pueda. No hay que impacientarse. El muchacho no irá a

presidio.

—¡Oh! ¡Qué hermosas palabras! —dijo saltando de alegría y secando sus

lágrimas—. ¿De modo que no...?

—No le condenarán.

—¿Usted lo promete?

— Solemnemente.

—¡Qué bueno es usted... pero qué bueno! ¡Ay, qué guapo es usted! Sí,

¡qué guapo y buen mozo me parece! ¿Por qué no lo he de decir? ¿Conque

usted promete que no le harán daño?

—Lo juro. Oígalo usted bien. Lo juro.

—¡Oh, gracias, gracias, señor de Pipaón! Que Dios le dé a usted la

gloria eterna, y en este mundo mucha salud, toda la felicidad, todos

los destinos de la nación, todos los sueldos, todas las encomiendas,

todas las grandes cruces del mundo, y aún me parece poco para lo mucho

que usted se merece.

Diciéndolo así, y desahogando en tiernos votos la loca alegría de su

corazón, alargaba hacia mí sus cruzadas manos con ademán patético.

Salí de la casa. ¿Cuál era mi idea, mi propósito, mi plan? Se verá más

adelante.

Memorias de un cortesano de 1815 · 第 11 / 28 题