VIII

En los últimos años del siglo anterior, Ugarte había venido de Vizcaya

a los quince de su edad. Menos afortunado que yo y con menos recursos,

tuvo que ponerse a servir de mozo de esportilla en casa del señor

Consejero de Hacienda don Juan José Eulate y Santa, donde se dio tan

buena maña y mostró tanto ingenio, que bien pronto, ayudado de su

buena letra y de sus conocimientos aritméticos, logró ser amanuense

de la casa. Habiendo nacido Antoñuelo para grandes empresas, no

quiso su destino que se prolongase por mucho tiempo la oscuridad de

aquella vida, y ved aquí que una aventurilla doméstica, en la cual

apareció demasiado listo, le obligó a separarse del señor Eulate. El

mancebo vizcaíno, viéndose sin arrimo, pasó revista a todas las artes

y ciencias, y discurriendo cuál de ellas tomaría por instrumento de la

gran ambición que en su noble pecho abrigaba, adoptó la coreografía.

Ya le tenemos de maestro de baile, o como si dijéramos, con ambos

pies dentro de la esfera de la fortuna, que en aquellos tiempos solía

favorecer a la gente danzante.

Era Ugarte de hermosa presencia, agraciado, vivaracho, ingeniosísimo

en las frases, saludos y cumplidos, y extremadamente listo, con el más

claro ojo del mundo para conocer a las personas y captarse su simpatía

y buena voluntad. Vestía con toda la elegancia que sus mermados

emolumentos le permitían; conocía a fondo el _ars umbelaria_, que era

el modo de ponerse el sombrero, y el _ars ingrediaria_, que era lo que

modernamente y con más llaneza llamamos el _modo de andar_. No solo

daba lecciones de baile, sino que las daba también de _zorongo_, es

decir, enseñaba a los jóvenes a hacer con la mayor elegancia posible el

gesto de afectadísima urbanidad conocido con este nombre.

A pesar de tan supinos talentos, Ugarte no salía de su pobreza, que

entonces acompañaba, como el lazarillo al ciego, a las más nobles artes

de la cabeza o de los pies. Pero quiso el cielo que se prendase del

bailante vizcaíno una dama burgalesa (cuyo nombre no hace al caso),

la cual vivía en la Costanilla de Capuchinos de la Paciencia. Desde

entonces todo cambió. Baste decir que Godoy gobernaba a España y sus

Indias. Para medrar, Antoñuelo, que tanto había movido los pies, no

necesitó más que el apoyo de una blanca mano. Sintiéndose con un gran

caudal de iniciativa y de recursos de ingenio, resolvió no meterse

entre las telarañas de las covachuelas, y se hizo agente de negocios

de Indias, de los Cinco Gremios y de la Dirección de Rentas. ¡Colosal

mina! Antoñuelo tenía talento en la cabeza, y dedos en las manos.

Por lo que yo hice con mediana ciencia en tiempos posteriores, y ya

muy explotados, júzguese lo que haría Ugarte con más genio para los

negocios que Nelson para la Marina, y en tiempos tan primitivos y

virginales que bastaba alargar la mano para coger el sustento de hoy...

y el de mañana. La Providencia divina, que en lo de mimar a Ugarte era

una madre débil y complaciente, le puso entonces en relaciones con

el barón Strogonoff, embajador de Rusia, el cual encargó a nuestro

exbailarín el desempeño de diversos asuntillos. Hízolo a pedir de boca,

quedando el moscovita tan complacido, que se fue para las Rusias en

1808, y dejó a cargo de Ugarte todos sus intereses.

Durante la guerra, don Antonio no se movió de Madrid. Firme en su

agencia, servía a españoles y franceses, sin malquistarse jamás

con unos ni con otros, que este es privilegio de ciertos hombres

sutilísimos. Ni los franceses le molestaron en 1812, aunque

encubiertamente favorecía a los nacionales, ni en 1814 le persiguieron

por afrancesado los españoles de la restauración. Con todo el mundo

tenía buenas relaciones; para todo se echaba mano de Ugarte. Murat y

José lo mismo que los regentes de Cádiz, el cardenal de la Scala lo

mismo que Fernando, el _botellesco_ Cabarrús igualmente que el leal

Eguía, le consideraban y atendían. Hízose superior a los partidos, y

a todos servía. Había tenido hasta entonces el singular talento de

no funcionar dentro de la jurisdicción de las pasiones políticas,

reservándose la esfera interior de los negocios. Mientras arriba los

bobos andaban al pelo por la soberanía del pueblo y los derechos del

trono, él resbalaba abajo ingiriéndose en los intereses públicos y

particulares... No era nada; no era más que agente.

Aquí hemos visto muchos hombres de esta clase; pero el maestro, el

patriarca, el Adán de estos bienaventurados camaleones, fue, sin duda

alguna, Antonio I, agente de todo lo agenciable.

Por entonces empezó la gran influencia de los rusos en la corte de

España, aunque todavía no habían aparecido por las Ventas de Alcorcón.

Concluida la guerra, vino acá el célebre Tattischief (a quien daré a

conocer más adelante), el cual, por su antecesor, tenía ya noticia de

las sutilezas de nuestro agente. Se hicieron tan amigos, que ambos

salían de paseo, dándose el brazo, confundiéndose los bailarinescos

antecedentes del uno con la noble prosapia del otro, para regocijo

de la democracia, que ya empezaba a invadirlo todo. El ruso, que era

emprendedorcillo, como se verá en lo sucesivo, y no había venido a

Madrid a coger moscas, encontró su mano derecha en Ugarte, y este halló

en el ruso un admirable espantajo que le sirviese de pantalla en la

corte. Llevó Tattischief a Antonio I a la tertulia de Fernando, hízole

conocer a este las altas dotes del antiguo maestro de _zorongo_, y no

fue preciso más. La agencia de Ugarte se extendió; puso una mano en el

corazón de la monarquía, y extendió la otra a los últimos confines de

ella en Europa y en América. Un solo mundo no le bastaba.

Por aquella época (repito que al concluir 1814) nos hicimos

amigos. Habíame ocupado don Antonio en diversos menesteres de mi

incumbencia, los cuales desempeñé tan bien que se me confirieron

secretos importantes y fui asociado a empresas de mayor cuantía. Nos

comprendimos; encajamos el uno en el otro como el pie en el zapato: él

conociéndome y yo conociéndole, habíamos hecho la principal conquista

de nuestra vida.

Y aquí levanto la mano del bosquejo de este hombre, porque sus hechos

principales no han ocurrido aún en los días a que me refiero. Ellos

irán saliendo poco a poco, y le pintarán por completo en todas sus

fases, siendo tan solo mi propósito ahora trazar una breve figura

lineal, que por sí irá vistiéndose de colorido con la misma luz de

los próximos sucesos. Cuando yo conocí a don Antonio, empezaba el gran

poder de aquel hombre, arbitrista, asentista, _factotum_; de aquel

agente universal, que resolvió, en connivencia secreta con el rey,

graves negocios de estado; que tramó revoluciones y mudanzas, celebró

tratados y manejó la Hacienda publica sin responsabilidad; organizó

ejércitos y compró buques, todo esto sin intervención ninguna de los

vanos ministros, y obrando casi siempre a espaldas del llamado gobierno.

La figura de mi don Antonio no revelaba entonces su antiguo oficio

de maestro danzante, ni tenía la ligereza que arte de tantos vuelos

exigía: era bastante obeso y de procerosa estatura, rostro de

satisfacción, doble barba con mucha enjundia, ojos muy movibles y una

sonrisa más bien esculpida que pintada en su rostro por la fijeza

de ella, y por la feliz concordancia con todas sus palabras. Ponía

semblante afectuoso a chicos y grandes, y con todos aparecía obsequioso

y servicial, aunque después no lo fuese. Tenía suma destreza para

resolver en todo; respondía siempre a medida, sin decir más ni menos de

lo necesario; disimulaba sus proyectos con discreción excelsa, a prueba

de ajena perspicacia; jamás emitía ideas exageradas; por el contrario,

era juicioso, y en sus conversaciones sobre fútil política siempre daba

la razón a su interlocutor; hablaba con veneración del rey, guardando

prudente silencio sobre la dominación francesa, y no insultaba jamás

a los vencidos, sin duda por la consideración de que pudieran ser

vencedores. Cuando nombraba a alguno de los personajes desterrados

o presos, decía _mi desgraciado amigo Fulano de Tal_, y a todos los

hombres de viso que entonces privaron, les sahumaba con vanos elogios

en presencia y ausencia.

Delante de los tontos decía afectadamente tonterías, y sabidurías

delante de los sabios, y jamás habló mal de ninguna persona, aunque

esta estuviese en Melilla o Ceuta. Era religioso y cuchicheaba

con frailes y monjas; pero nunca le vi abogar celosamente por la

Inquisición, ni dio al fuego sus libros filosóficos y enciclopedistas,

pues los tenía buenos. Se lamentaba de que los revolucionarios fueran

tan malos; pero en más de una ocasión le sorprendí en secreto con

ciertos pajarracos que a cien leguas me olían al musguillo húmedo de

las logias y a sociedad secreta; en fin, era hombre tan completo que

difícilmente se encontraría otro ejemplar, ni quien, como él, estuviese

siempre en la justa medida, atento a su beneficio, y realizando las

supremas leyes de la vida con tal arte que el Criador del mundo debía

de estar muy satisfecho por haber criado a Ugarte. Sin duda después que

lo echó al mundo vio que era bueno.

Este y Ostolaza fueron los dos arcángeles que tiraron (permítaseme la

figura) del carro celestial de mi encumbramiento. Si uno me introdujo

en el cuarto del infante, llevome el otro al del rey. Muchas y no

despreciables cosas tengo que contar de mis conexiones con los primeros

cortesanos de la época; pero antes de llegar al lugar sagrado, se me

permitirá que me ocupe de otras menudencias que, no por serlo, dejan

de ser indispensables para el conocimiento de lo que vendrá después, y

de cierto asunto que por mi propia cuenta emprendí. Como aquí entran

personas de menos copete y algunas madamitas, también abro capítulo

aparte.

Memorias de un cortesano de 1815 · 第 10 / 28 题