En los últimos años del siglo anterior, Ugarte había venido de Vizcaya
a los quince de su edad. Menos afortunado que yo y con menos recursos,
tuvo que ponerse a servir de mozo de esportilla en casa del señor
Consejero de Hacienda don Juan José Eulate y Santa, donde se dio tan
buena maña y mostró tanto ingenio, que bien pronto, ayudado de su
buena letra y de sus conocimientos aritméticos, logró ser amanuense
de la casa. Habiendo nacido Antoñuelo para grandes empresas, no
quiso su destino que se prolongase por mucho tiempo la oscuridad de
aquella vida, y ved aquí que una aventurilla doméstica, en la cual
apareció demasiado listo, le obligó a separarse del señor Eulate. El
mancebo vizcaíno, viéndose sin arrimo, pasó revista a todas las artes
y ciencias, y discurriendo cuál de ellas tomaría por instrumento de la
gran ambición que en su noble pecho abrigaba, adoptó la coreografía.
Ya le tenemos de maestro de baile, o como si dijéramos, con ambos
pies dentro de la esfera de la fortuna, que en aquellos tiempos solía
favorecer a la gente danzante.
Era Ugarte de hermosa presencia, agraciado, vivaracho, ingeniosísimo
en las frases, saludos y cumplidos, y extremadamente listo, con el más
claro ojo del mundo para conocer a las personas y captarse su simpatía
y buena voluntad. Vestía con toda la elegancia que sus mermados
emolumentos le permitían; conocía a fondo el _ars umbelaria_, que era
el modo de ponerse el sombrero, y el _ars ingrediaria_, que era lo que
modernamente y con más llaneza llamamos el _modo de andar_. No solo
daba lecciones de baile, sino que las daba también de _zorongo_, es
decir, enseñaba a los jóvenes a hacer con la mayor elegancia posible el
gesto de afectadísima urbanidad conocido con este nombre.
A pesar de tan supinos talentos, Ugarte no salía de su pobreza, que
entonces acompañaba, como el lazarillo al ciego, a las más nobles artes
de la cabeza o de los pies. Pero quiso el cielo que se prendase del
bailante vizcaíno una dama burgalesa (cuyo nombre no hace al caso),
la cual vivía en la Costanilla de Capuchinos de la Paciencia. Desde
entonces todo cambió. Baste decir que Godoy gobernaba a España y sus
Indias. Para medrar, Antoñuelo, que tanto había movido los pies, no
necesitó más que el apoyo de una blanca mano. Sintiéndose con un gran
caudal de iniciativa y de recursos de ingenio, resolvió no meterse
entre las telarañas de las covachuelas, y se hizo agente de negocios
de Indias, de los Cinco Gremios y de la Dirección de Rentas. ¡Colosal
mina! Antoñuelo tenía talento en la cabeza, y dedos en las manos.
Por lo que yo hice con mediana ciencia en tiempos posteriores, y ya
muy explotados, júzguese lo que haría Ugarte con más genio para los
negocios que Nelson para la Marina, y en tiempos tan primitivos y
virginales que bastaba alargar la mano para coger el sustento de hoy...
y el de mañana. La Providencia divina, que en lo de mimar a Ugarte era
una madre débil y complaciente, le puso entonces en relaciones con
el barón Strogonoff, embajador de Rusia, el cual encargó a nuestro
exbailarín el desempeño de diversos asuntillos. Hízolo a pedir de boca,
quedando el moscovita tan complacido, que se fue para las Rusias en
1808, y dejó a cargo de Ugarte todos sus intereses.
Durante la guerra, don Antonio no se movió de Madrid. Firme en su
agencia, servía a españoles y franceses, sin malquistarse jamás
con unos ni con otros, que este es privilegio de ciertos hombres
sutilísimos. Ni los franceses le molestaron en 1812, aunque
encubiertamente favorecía a los nacionales, ni en 1814 le persiguieron
por afrancesado los españoles de la restauración. Con todo el mundo
tenía buenas relaciones; para todo se echaba mano de Ugarte. Murat y
José lo mismo que los regentes de Cádiz, el cardenal de la Scala lo
mismo que Fernando, el _botellesco_ Cabarrús igualmente que el leal
Eguía, le consideraban y atendían. Hízose superior a los partidos, y
a todos servía. Había tenido hasta entonces el singular talento de
no funcionar dentro de la jurisdicción de las pasiones políticas,
reservándose la esfera interior de los negocios. Mientras arriba los
bobos andaban al pelo por la soberanía del pueblo y los derechos del
trono, él resbalaba abajo ingiriéndose en los intereses públicos y
particulares... No era nada; no era más que agente.
Aquí hemos visto muchos hombres de esta clase; pero el maestro, el
patriarca, el Adán de estos bienaventurados camaleones, fue, sin duda
alguna, Antonio I, agente de todo lo agenciable.
Por entonces empezó la gran influencia de los rusos en la corte de
España, aunque todavía no habían aparecido por las Ventas de Alcorcón.
Concluida la guerra, vino acá el célebre Tattischief (a quien daré a
conocer más adelante), el cual, por su antecesor, tenía ya noticia de
las sutilezas de nuestro agente. Se hicieron tan amigos, que ambos
salían de paseo, dándose el brazo, confundiéndose los bailarinescos
antecedentes del uno con la noble prosapia del otro, para regocijo
de la democracia, que ya empezaba a invadirlo todo. El ruso, que era
emprendedorcillo, como se verá en lo sucesivo, y no había venido a
Madrid a coger moscas, encontró su mano derecha en Ugarte, y este halló
en el ruso un admirable espantajo que le sirviese de pantalla en la
corte. Llevó Tattischief a Antonio I a la tertulia de Fernando, hízole
conocer a este las altas dotes del antiguo maestro de _zorongo_, y no
fue preciso más. La agencia de Ugarte se extendió; puso una mano en el
corazón de la monarquía, y extendió la otra a los últimos confines de
ella en Europa y en América. Un solo mundo no le bastaba.
Por aquella época (repito que al concluir 1814) nos hicimos
amigos. Habíame ocupado don Antonio en diversos menesteres de mi
incumbencia, los cuales desempeñé tan bien que se me confirieron
secretos importantes y fui asociado a empresas de mayor cuantía. Nos
comprendimos; encajamos el uno en el otro como el pie en el zapato: él
conociéndome y yo conociéndole, habíamos hecho la principal conquista
de nuestra vida.
Y aquí levanto la mano del bosquejo de este hombre, porque sus hechos
principales no han ocurrido aún en los días a que me refiero. Ellos
irán saliendo poco a poco, y le pintarán por completo en todas sus
fases, siendo tan solo mi propósito ahora trazar una breve figura
lineal, que por sí irá vistiéndose de colorido con la misma luz de
los próximos sucesos. Cuando yo conocí a don Antonio, empezaba el gran
poder de aquel hombre, arbitrista, asentista, _factotum_; de aquel
agente universal, que resolvió, en connivencia secreta con el rey,
graves negocios de estado; que tramó revoluciones y mudanzas, celebró
tratados y manejó la Hacienda publica sin responsabilidad; organizó
ejércitos y compró buques, todo esto sin intervención ninguna de los
vanos ministros, y obrando casi siempre a espaldas del llamado gobierno.
La figura de mi don Antonio no revelaba entonces su antiguo oficio
de maestro danzante, ni tenía la ligereza que arte de tantos vuelos
exigía: era bastante obeso y de procerosa estatura, rostro de
satisfacción, doble barba con mucha enjundia, ojos muy movibles y una
sonrisa más bien esculpida que pintada en su rostro por la fijeza
de ella, y por la feliz concordancia con todas sus palabras. Ponía
semblante afectuoso a chicos y grandes, y con todos aparecía obsequioso
y servicial, aunque después no lo fuese. Tenía suma destreza para
resolver en todo; respondía siempre a medida, sin decir más ni menos de
lo necesario; disimulaba sus proyectos con discreción excelsa, a prueba
de ajena perspicacia; jamás emitía ideas exageradas; por el contrario,
era juicioso, y en sus conversaciones sobre fútil política siempre daba
la razón a su interlocutor; hablaba con veneración del rey, guardando
prudente silencio sobre la dominación francesa, y no insultaba jamás
a los vencidos, sin duda por la consideración de que pudieran ser
vencedores. Cuando nombraba a alguno de los personajes desterrados
o presos, decía _mi desgraciado amigo Fulano de Tal_, y a todos los
hombres de viso que entonces privaron, les sahumaba con vanos elogios
en presencia y ausencia.
Delante de los tontos decía afectadamente tonterías, y sabidurías
delante de los sabios, y jamás habló mal de ninguna persona, aunque
esta estuviese en Melilla o Ceuta. Era religioso y cuchicheaba
con frailes y monjas; pero nunca le vi abogar celosamente por la
Inquisición, ni dio al fuego sus libros filosóficos y enciclopedistas,
pues los tenía buenos. Se lamentaba de que los revolucionarios fueran
tan malos; pero en más de una ocasión le sorprendí en secreto con
ciertos pajarracos que a cien leguas me olían al musguillo húmedo de
las logias y a sociedad secreta; en fin, era hombre tan completo que
difícilmente se encontraría otro ejemplar, ni quien, como él, estuviese
siempre en la justa medida, atento a su beneficio, y realizando las
supremas leyes de la vida con tal arte que el Criador del mundo debía
de estar muy satisfecho por haber criado a Ugarte. Sin duda después que
lo echó al mundo vio que era bueno.
Este y Ostolaza fueron los dos arcángeles que tiraron (permítaseme la
figura) del carro celestial de mi encumbramiento. Si uno me introdujo
en el cuarto del infante, llevome el otro al del rey. Muchas y no
despreciables cosas tengo que contar de mis conexiones con los primeros
cortesanos de la época; pero antes de llegar al lugar sagrado, se me
permitirá que me ocupe de otras menudencias que, no por serlo, dejan
de ser indispensables para el conocimiento de lo que vendrá después, y
de cierto asunto que por mi propia cuenta emprendí. Como aquí entran
personas de menos copete y algunas madamitas, también abro capítulo
aparte.