VII

Con estas y otras artimañas iba yo _viento en popa_, como diría el

infante. Era tan considerable el número de mis amigos, que no acertaba

a contarlos.

Seguía en buenas relaciones con mi antiguo protector don Buenaventura;

pero ni este se atrevía a ocuparme en viles menesteres, ni yo lo

habría consentido. Despachábamos juntos y mano a mano algunos asuntos

delicados, tocantes al Real Consejo, porque ha de saberse que el don

Ventura, desde que cuajara el despotismo y se restableciera el régimen

antiguo, alcanzó la plaza de camarista, por la cual tenía antojos el

pobrecito señor desde su mocedad, o casi desde el vientre materno.

¡Oh! ¡Ningún arrimo se puede comparar al arrimo del Real Consejo

y Cámara! Daba gana de dormir en aquellos sillones, bajo aquellos

techos eminentes, en medio de aquella paz, de aquel reposo, de aquella

estabilidad inalterable, de aquella majestuosa petrificación de los

siglos, de aquel silencio, solo turbado por los estornudos de algún

camarista y el ruido de los viejos, polvorosos y amarillos folios,

cuando la flaca, la rapante mano del escribano los volvía. Era una

tumba para el mundo, y un paraíso para los que estaban dentro... Para

el reino la muerte; para los privilegiados dulce y reposada vida.

—No hay institución más sabia que esta del Consejo —me decía don

Buenaventura, con aquel entusiasmo que ponía siempre en sus palabras,

al hablar de las cosas venerandas, sublimadas por los siglos—. Eso

de que no pueda moverse un dedo en todo el reino sin que nosotros

entendamos de ello, es admirable para el buen concierto de las Españas

y sus Indias. Nuestra sala de Alcaldes vale un imperio. Con ser tan

pequeña todo lo abraza: sin que ella lo autorice no puede el español

sacar un pececillo de las aguas de un río, ni vender una libra de

uvas, ni echar la sal al puchero. Todo lo pequeño está en nuestras

manos, lo mismo que lo grande; sin nuestro permiso el reino no puede

sublevarse ni tampoco rascarse. No puede hacer revoluciones, ni cambiar

de dinastía, ni reunir Cortes, ni establecer formas de gobierno, ni

tampoco ir a los toros, ni cazar con hurón, ni tener un desahoguillo

mujeril, ni escupir, ni toser.

»Somos una máquina admirable que con sus grandes palancas aporrea

el mundo, y con sus dientecillos roe lo que encuentra. Aquí todo se

convierte en polilla. Nada se nos escapa, y el vasallo de Fernando VII

tiene que venir aquí para que le digamos dónde tiene las manos. ¡Ay de

aquel que se atreva a alterar la dulce armonía en que vive la Nación,

regocijándose en sí misma y mirándose en el espejo de su estabilidad

secular, como Narciso en la fuente! Si alguna cabeza hueca concibe

proyectos de aparente utilidad para desviar el suave curso de la

española vida, bien alterando las leyes del comercio, bien las de la

fabricación, ora los impuestos, ora la agricultura, nosotros acudimos

solícitos allí donde prendió el incendio de la reforma y procuramos

apagarlo, apoderándonos del proyecto, solicitud o requisitoria, informe

o memorándum, para ponerle encima una losa de papel, bajo la cual se

queda criando musgo, si no gusanos, ¡por los siglos de los siglos!

»En suma, es nuestra misión sostener en las esferas todas del país

el estado de sabrosísimo sueño que constituye su felicidad desde que

renunció a las conquistas. Nosotros arrullamos esta inmensa cuna,

cantando el _ro-ro_; y si por acaso en la agitación de su placentero

dormir saca la criatura una mano, se la metemos entre las sábanas; si

pronuncia alguna palabra, le tapamos la boca; si suspira, la rociamos

con agua bendita; si se mueve, ¡ay!, si se mueve nos asustamos mucho,

porque creemos que va a despertar... Pero ahora tenemos tranquilidad

para un rato, amigo mío: el turbulento niño duerme; todo es calma, todo

es silencio, todo es paz, y apenas oímos un murmullo de inquietud en el

fondo de este gran pecho, que suavemente se alza y se deprime con el

reposado aliento de la satisfacción.»

Así dijo. Concluía de comer, y levantándose, añadió:

—Adiós, Pipaón; me voy al Consejo a dormir la siesta.

La pintura de aquella alta institución narcótico-nacional

despertaba más en mí el deseo de afincarme en ella, como quien dice,

proporcionándome una plaza de camarista, que era la mejor almohada

del mundo para reposar una cabeza cargada de años y de trabajos.

Contrariábame mi juventud, y la poca duración de mis servicios; si bien

es verdad que para cubrir una vacante en aquellos tiempos no había los

ridículos escrúpulos y reparos de antaño. Ya no se buscaba con candil,

como en los días de Jovellanos y Campomanes, un vejete sabihondo para

endilgarle la cédula de nombramiento, sin más méritos que haber escrito

mil indigestos informes. Godoy echó por tierra estos abusos, llevando

a la Cámara a quien le dio la gana, sin distinción de talentos reales

o postizos; y en mi época esta tolerancia había llegado a su colmo,

siendo evidente que, desde la entrada de don Antonio Moreno en el

Consejo de Hacienda, todos los peluqueros de Madrid se vieron ya con un

pie dentro de la Sala.

Esto me daba alientos, y no me acostaba ninguna noche sin pensar, al

persignarme, en las dulzuras de la anhelada canonjía del Consejo.

Crecía mi favor como la espuma, y a los comienzos de 1815 pude pasar

del cuarto del príncipe al del rey, que era el Olimpo de la cortesanía,

y trabar comercio más íntimo con personajes del mayor prestigio, y que,

al decir de las gentes, traían en los cinco dedos de su mano toda la

grandeza del reino, del cual eran árbitros, sin dar de ello cuenta al

diablo ni a Dios.

Impulsome por estos excelsos caminos la amistad que en octubre de 1814

contraje con un hombre que en aquella época comenzaba a ser poderoso,

y después lo fue en tan alto grado, que, siendo su nombre don Antonio

Ugarte, el vulgo le llamaba _Antonio I_ para significar un poder,

grandeza y predominio que al del mismo monarca se igualaba.

¿Y quién era ese Ugarte, quién era ese hombre poderoso que por algún

tiempo dispuso del tesoro de la nación, y tuvo a sus pies a todas las

eminencias civiles y militares, y dio que hablar dentro y fuera de

España casi tanto como Godoy en el reinado de Carlos IV? Pues era,

simplemente, un maestro de baile.

Hombre tan insigne merece capítulo aparte.

Memorias de un cortesano de 1815 · 第 9 / 28 题