Con estas y otras artimañas iba yo _viento en popa_, como diría el
infante. Era tan considerable el número de mis amigos, que no acertaba
a contarlos.
Seguía en buenas relaciones con mi antiguo protector don Buenaventura;
pero ni este se atrevía a ocuparme en viles menesteres, ni yo lo
habría consentido. Despachábamos juntos y mano a mano algunos asuntos
delicados, tocantes al Real Consejo, porque ha de saberse que el don
Ventura, desde que cuajara el despotismo y se restableciera el régimen
antiguo, alcanzó la plaza de camarista, por la cual tenía antojos el
pobrecito señor desde su mocedad, o casi desde el vientre materno.
¡Oh! ¡Ningún arrimo se puede comparar al arrimo del Real Consejo
y Cámara! Daba gana de dormir en aquellos sillones, bajo aquellos
techos eminentes, en medio de aquella paz, de aquel reposo, de aquella
estabilidad inalterable, de aquella majestuosa petrificación de los
siglos, de aquel silencio, solo turbado por los estornudos de algún
camarista y el ruido de los viejos, polvorosos y amarillos folios,
cuando la flaca, la rapante mano del escribano los volvía. Era una
tumba para el mundo, y un paraíso para los que estaban dentro... Para
el reino la muerte; para los privilegiados dulce y reposada vida.
—No hay institución más sabia que esta del Consejo —me decía don
Buenaventura, con aquel entusiasmo que ponía siempre en sus palabras,
al hablar de las cosas venerandas, sublimadas por los siglos—. Eso
de que no pueda moverse un dedo en todo el reino sin que nosotros
entendamos de ello, es admirable para el buen concierto de las Españas
y sus Indias. Nuestra sala de Alcaldes vale un imperio. Con ser tan
pequeña todo lo abraza: sin que ella lo autorice no puede el español
sacar un pececillo de las aguas de un río, ni vender una libra de
uvas, ni echar la sal al puchero. Todo lo pequeño está en nuestras
manos, lo mismo que lo grande; sin nuestro permiso el reino no puede
sublevarse ni tampoco rascarse. No puede hacer revoluciones, ni cambiar
de dinastía, ni reunir Cortes, ni establecer formas de gobierno, ni
tampoco ir a los toros, ni cazar con hurón, ni tener un desahoguillo
mujeril, ni escupir, ni toser.
»Somos una máquina admirable que con sus grandes palancas aporrea
el mundo, y con sus dientecillos roe lo que encuentra. Aquí todo se
convierte en polilla. Nada se nos escapa, y el vasallo de Fernando VII
tiene que venir aquí para que le digamos dónde tiene las manos. ¡Ay de
aquel que se atreva a alterar la dulce armonía en que vive la Nación,
regocijándose en sí misma y mirándose en el espejo de su estabilidad
secular, como Narciso en la fuente! Si alguna cabeza hueca concibe
proyectos de aparente utilidad para desviar el suave curso de la
española vida, bien alterando las leyes del comercio, bien las de la
fabricación, ora los impuestos, ora la agricultura, nosotros acudimos
solícitos allí donde prendió el incendio de la reforma y procuramos
apagarlo, apoderándonos del proyecto, solicitud o requisitoria, informe
o memorándum, para ponerle encima una losa de papel, bajo la cual se
queda criando musgo, si no gusanos, ¡por los siglos de los siglos!
»En suma, es nuestra misión sostener en las esferas todas del país
el estado de sabrosísimo sueño que constituye su felicidad desde que
renunció a las conquistas. Nosotros arrullamos esta inmensa cuna,
cantando el _ro-ro_; y si por acaso en la agitación de su placentero
dormir saca la criatura una mano, se la metemos entre las sábanas; si
pronuncia alguna palabra, le tapamos la boca; si suspira, la rociamos
con agua bendita; si se mueve, ¡ay!, si se mueve nos asustamos mucho,
porque creemos que va a despertar... Pero ahora tenemos tranquilidad
para un rato, amigo mío: el turbulento niño duerme; todo es calma, todo
es silencio, todo es paz, y apenas oímos un murmullo de inquietud en el
fondo de este gran pecho, que suavemente se alza y se deprime con el
reposado aliento de la satisfacción.»
Así dijo. Concluía de comer, y levantándose, añadió:
—Adiós, Pipaón; me voy al Consejo a dormir la siesta.
La pintura de aquella alta institución narcótico-nacional
despertaba más en mí el deseo de afincarme en ella, como quien dice,
proporcionándome una plaza de camarista, que era la mejor almohada
del mundo para reposar una cabeza cargada de años y de trabajos.
Contrariábame mi juventud, y la poca duración de mis servicios; si bien
es verdad que para cubrir una vacante en aquellos tiempos no había los
ridículos escrúpulos y reparos de antaño. Ya no se buscaba con candil,
como en los días de Jovellanos y Campomanes, un vejete sabihondo para
endilgarle la cédula de nombramiento, sin más méritos que haber escrito
mil indigestos informes. Godoy echó por tierra estos abusos, llevando
a la Cámara a quien le dio la gana, sin distinción de talentos reales
o postizos; y en mi época esta tolerancia había llegado a su colmo,
siendo evidente que, desde la entrada de don Antonio Moreno en el
Consejo de Hacienda, todos los peluqueros de Madrid se vieron ya con un
pie dentro de la Sala.
Esto me daba alientos, y no me acostaba ninguna noche sin pensar, al
persignarme, en las dulzuras de la anhelada canonjía del Consejo.
Crecía mi favor como la espuma, y a los comienzos de 1815 pude pasar
del cuarto del príncipe al del rey, que era el Olimpo de la cortesanía,
y trabar comercio más íntimo con personajes del mayor prestigio, y que,
al decir de las gentes, traían en los cinco dedos de su mano toda la
grandeza del reino, del cual eran árbitros, sin dar de ello cuenta al
diablo ni a Dios.
Impulsome por estos excelsos caminos la amistad que en octubre de 1814
contraje con un hombre que en aquella época comenzaba a ser poderoso,
y después lo fue en tan alto grado, que, siendo su nombre don Antonio
Ugarte, el vulgo le llamaba _Antonio I_ para significar un poder,
grandeza y predominio que al del mismo monarca se igualaba.
¿Y quién era ese Ugarte, quién era ese hombre poderoso que por algún
tiempo dispuso del tesoro de la nación, y tuvo a sus pies a todas las
eminencias civiles y militares, y dio que hablar dentro y fuera de
España casi tanto como Godoy en el reinado de Carlos IV? Pues era,
simplemente, un maestro de baile.
Hombre tan insigne merece capítulo aparte.