VI

Nos tratamos, como he dicho, en casa de las señoras de Porreño. Él

había oído hablar de mí, y deseaba conocerme. Pidiome el primer día de

nuestro trato algunos favores, y se los hice con el mayor gozo. No era

más que emparedar ciertos expedientes de un hermano suyo, teniente de

resguardo, a quien la Real Hacienda se había empeñado en mortificar

impíamente por unas cuentas... ¿Pues no se le había antojado al

badulaque del ministro oprimir y vejar instituciones tan honradas como

las tenencias de resguardo? En fin, todo se arregló a maravilla, y se

acabaron los disgustos. Por mi parte, nada pedí a don Blas sino que me

tuviera presente en sus oraciones; pero un día, sin previa solicitud,

ni esperanza, ni aun sospecha, encontreme ascendido a una plaza de

cuarenta mil reales en Tercias Reales.

Es que el gobierno buscaba empleados celosos, y cuando alguno llegaba

a hacerse nombre en la Administración, no necesitaba empeños. Llegó a

mis oídos que el ministro, al ver mi nombramiento, se puso furioso,

diciendo de mí cuanto la envidia y mala voluntad pueden inspirar a un

ministro regañón, y no solo me puso cual no digan dueñas, sino que se

negó a darme posesión del nuevo destino; pero la orden venía de arriba,

es decir, venía de la cámara real, en forma de minuta, extendida por

el ayuda de cámara y firmada por ÉL... Don Cristóbal Góngora, ministro

de Hacienda, bajó la cabeza y yo alcé la mía. No está de más decir que

los ministros eran entonces ceros a la izquierda, secretarillos del

despacho que a veces daban compasión. No servían para maldita la cosa,

y fuera del _coram vobis_, allá se iban con cualquier escribiente.

Todos saben que a un célebre ministro y hombre de estado y gran

repúblico le destituyó el rey entonces _por su cortedad de vista_.

Llevome Ostolaza, como he dicho, a la tertulia del infante don Antonio,

hijo de Carlos III y famoso por su despedida _al señor Gil_ en 2 de

mayo de 1808. Aquella epopeya tuvo también su bufonada. El infante era

viejo y no tenía pretensiones de buen decir, siendo su lenguaje, así

como sus ideas, de hombre campechano y rudo. Hacía gala de ignorancia.

Carlos III, ante quien los ayos de don Antonio se alzaron en queja,

lamentando la desaplicación del niño, dijo: «_Si el infante no quiere

estudiar, que no estudie_», y el chico lo hizo al pie de la letra.

Cuando fue grande, se dedicó a los libros... quiero decir que era

encuadernador.

Sí; encuadernaba primorosamente, hacía jaulas y tocaba la zampoña,

artes de gran utilidad y nobleza en un hijo de reyes. Su fisonomía

era inocentona, y cuantos le veían juzgábanle bueno. En su edad

madura aprendió a conspirar. Conspiró en Aranjuez para echar a Godoy

y destronar a su hermano. Conspiró en Valencia y en todo el camino de

Valencey a Madrid para dar el golpe a la Constitución. Últimamente

había descuidado la zampoña y las jaulas, y metídose a repúblico,

mostrándose tan entusiasta que su cuarto era, como si dijéramos, el

gabinete de las piadosas delaciones o la primera instancia de las

Comisiones de Estado. La Inquisición restablecida, el decreto contra

los afrancesados, el que dispuso la devolución a los frailes de los

bienes vendidos, fueron primero, ¡oh Providencia!, huevecillos que,

al calor de aquella reunión y bajo las alas del infante, se abrieron

para echar al mundo arrogantes polluelos. ¡Cuántas medidas benéficas

salieron de allí! ¡Cuántos hombres modestos y oscuros se dieron a

conocer por tal medio! ¡Cuántas grandezas dio a luz la famosa tertulia,

en que resplandecían astros tan brillantes como don Pedro Gravina, el

célebre nuncio a quien dio los pasaportes la Regencia de Cádiz; el

duque del Infantado, general que tenía la mejor mano del mundo para

perder todas las batallas en que se encontraba; el famoso canónigo

Escóiquiz, a quien Napoleón tiraba de las orejas, y mi buen Ostolaza,

del cual ya he dicho todo cuanto hay que decir!

¡Qué hombres tan eminentes! ¡Cuán agradable era su conversación, cuán

ameno su trato, sin dejar de ser provechoso, por las muchas enseñanzas

útiles que a cada instante caían como celestial maná de aquellas

insignes bocas! No se crea que el nuncio don Pedro Gravina nos aburría

con teologías ni palabrotas de moral cristiana; por el contrario, era

el hombre más salado del mundo para idear persecuciones, y su agudo

ingenio nos tenía siempre con la felicitación en los labios.

El duque del I... era otro que tal. ¡Cuántas grandezas podrían contarse

de aquel insigne prócer y guerrero! Acaudillando nuestras tropas en la

guerra de la Independencia, tuvo la amargura de verlas derrotadas. Como

político, aunque en Cádiz le calumniaron, suponiéndole algo liberal,

bien puede asegurarse que era más realista que el rey. En 1815 ocupaba

uno de los primeros puestos de la nación: la presidencia del Real

Consejo de Castilla. Había que ver su llaneza en todo lo que no fuera

de oficio. ¡Excelente señor! ¡Cuántas veces le vi en un palco del

teatro del Príncipe, acompañado de _Pepa la Malagueña_!

En la tertulia del infante era el noticiero mayor, por lo cual,

siempre que entraba, decíamos: «Ahí viene la _Gaceta de Holanda_.» No

faltaban nunca nuevas de importancia que nos sirvieran de placentera

distracción, tales como un buen cargamento de presos para Filipinas,

el feliz éxito de las comisiones militares en provincias, y el

inimitable celo con que Negrete sentaba la mano a los liberalotes de

Andalucía.

Escóiquiz criticaba mucho al gobierno porque no era bastante enérgico

y consentía que un Macanaz soñase con resucitar las Cortes, aunque

vestidas a la antigua. Ostolaza y yo hacíamos un expurgo de todos,

absolutamente de todos los individuos que figuraban por aquellos días.

Señalábamos los que nos parecían buenos a carta cabal, los tibios o

fililíes, y los sospechosos a quienes precisaba quitar de en medio lo

más pronto posible. Aquí era donde yo me lucía, porque se me ocurrían

invenciones tan peregrinas para echar por tierra a cualquier señorón de

los más trompeteados, sin hacer ruido ni ofenderle descubiertamente,

que se embobaban oyéndome. Bien pronto gané tal ascendiente en la

pequeña corte del infante, que este mismo, siempre que se hablaba

de zancadillas en proyecto o de quiebros por realizar, me miraba

atentamente para conocer mi opinión antes de emitir la suya.

¡Y cuidado si era sabio el príncipe! Como que la Universidad de Alcalá

le hizo doctor de golpe y porrazo, dándole patente de Aristóteles.

Nombrole el rey poco después gran almirante de sus escuadras, por

cuyo motivo, aunque nunca había visto el mar, diose al estudio de la

náutica, y en la conversación corriente encajaba términos de marina,

diciendo con mucho énfasis: «_Las cosas van viento en popa_», o bien:

«_echaremos a pique a los liberales_.»

Yo crecía en favor, en importancia, en poder de día en día. Eran tantos

los asuntos delicados, espinosos y resbaladizos que se me confiaban,

que me vi obligado a valerme de agentes. ¡Y cómo me festejaban y

mimaban los grandes señores, sin dejarme nunca de la mano! Todo era

«Pipaón acá, Pipaón allá», y a cualquier hora, Pipaón para todo.

Pues ¿y las peticiones de destinos? Como las minutas que yo extendía en

la tertulia del infante pasaban muy bien recomendadas a manos de quien

sabía despacharlas con gran primor, no había candidato que no cuajase,

ni ahijado mío que no se viese en camino de papa o senescal desde que

yo le tornaba por mi cuenta. Así es que llovían las peticiones. Las

cartas entraban en mi casa por almudes, no siempre solas, en verdad,

sino a menudo acompañadas del bocadito, de la caja de cigarros, del

tarro de dulce. Siempre que iba a mi vivienda encontrábala atestada de

hambrones menudos, como portería de convento en tiempo de miserias.

Yo procuraba quitarme de encima tanto gorrón holgazán que, cual

enjambre de langosta, caía o anhelaba caer sobre la Real Hacienda; pero

son los pretendientes como las moscas, que cuanto más las sacuden,

más se pegan. A muchos coloqué; pero como el frecuente ir y venir

de oficina en oficina me obligaba a gastar mucho tiempo y no pocos

zapatos, discurrí el arbitrio de que los interesados me indemnizaran

módicamente de aquellas pérdidas.

Cuando se me presentaba alguno en cuya facha conocía yo que era hombre

de posibles, mayormente si venía de provincias con cierto cascarón de

inocencia, lo recibía cordialmente, nos encerrábamos, conferenciábamos

a solas, le persuadía de la necesidad de tapar la boca a la gente

menuda de las oficinas, conveníamos en la cantidad que me había de dar,

y si se brindaba rumbosamente a ello, cogía su destino. Siempre era

una friolera, obra de diez, doce o veinte mil reales, lo que cerraba

el contrato, menos cuando se trataba de una canonjía, pensión sobre

encomienda, u otro terrón apetitoso, en cuyo caso había que remontarse

a cifras más altas. Si nos arreglábamos, se depositaba la cantidad en

casa de un comerciante que estaba en el ajo, y después yo me entendía

con los superiores.

Asunto era este delicadísimo y que exigía grandes precauciones. Por no

tomarlas y fiarse de personas indiscretas, no dotadas de aquella fina

agudeza a pocos concedida, cayó desde la altura de su poltrona a la

ignominia de un calabozo un célebre ministro de Gracia y Justicia.[1]

[1] Macanaz.

Memorias de un cortesano de 1815 · 第 8 / 28 题