IV

Siempre fui hombre que lo mismo servía para un fregado que para un

barrido, y de tanta actividad que solapadamente me multiplicaba,

esclavo de diversas y contrapuestas obligaciones, atento siempre al

servicio del estado y a mi propio interés, como Dios manda, vigilante

y despierto en todos los momentos de la vida para que ninguna ocasión

de ganancia se me escapase, y con cien ojos puestos en el panorama de

los acontecimientos para sacar de ellos provecho. Así es que ayudaba

a don Buenaventura en sus quebraderos de cabeza dentro de la Comisión

de Estado, y servía mi plaza en Paja y Utensilios, mereciendo plácemes

sinceros del jefe, y no poca envidia de mis compañeros. En poco tiempo

supe conquistar la amistad de muchos personajes eminentes de aquella

era feliz, tales como don Blas Ostolaza, espejo de los predicadores,

confesor del infante don Carlos y hombre de muchísimo influjo; don

Pedro Ceballos; don Juan Lozano de Torres; don Juan Pérez Villamil,

célebre por lo de Móstoles; don Pedro Labrador, el incomparable

diplomático que en el Consejo de Viena dejó pasmados a todos los

embajadores de las grandes potencias; don Miguel de Lardizábal,

ministro de Indias; el gran magistrado don Ignacio Villela; el señor

Vadillo, alcalde de Casa y Corte, y otros muchos individuos tan

insignes, tan eminentes, que bien podía decirse de ellos que tenían las

cabezas podridas de talento.

Como yo era tan entrometido, fácilmente ensanchaba el círculo de mis

amistades, unas veces solicitando favores con tal empeño que me los

concedían porque me quitase de encima; otras prestando los pequeños

servicios que de mi reducido poder dependían... Pues digo... cuando

alguno de aquellos señorones venía a mi oficina, a la inmediata de

Rentas Decimales (donde yo tenía tantos amigos), o a otra cualquiera

de las del ramo, a solicitar reservadamente que se hiciera perdidizo

un miserable expedientillo de Propios o de Arrendamiento de oficios...

vamos... aquello era una bendición. Viendo que yo abría la mano y no

me hacía de rogar, siempre que se trataba de poner mi firma en un

_Cargo_ y _Data_, enviado por el alcalde, por el contratista o por el

recaudador, me traían en volandas. ¿Qué le importaba a la nación que

se escurrieran entre los papeles algunos disimulados sapos y culebras,

o que se variara con caligráfico ingenio un par de números, siempre

que quedase contento aquel o el otro empingorotado repúblico, cuyo

bienestar importaba tanto al estado? ¡Pues no faltaba más, sino que,

por no hacer el gusto a un regidor amigo o a un alcabalero pariente, se

sofocara un esclarecido varón, y revolviéndosele los humores, perdiera

la salud, tan necesaria al buen servicio y esplendor de la monarquía!

Unas veces era preciso conseguir moratoria de diez años para que

tal o cual duque no se viese importunado por los estúpidos de sus

acreedores... Otras veces había que beber los vientos para conseguir

que el fuero del Honrado Concejo amparase a Fulanito, en cuyo caso, y

mientras aquel decidiera, este no tenía que apurarse por la fruslería

del pago de sus arrendamientos... Pues ¿y cuándo había que conseguir

de la sala de Alcaldes una provisioncita para que en tal o cual pueblo

se repartieran los oficios dos o tres individuos de una familia, de

modo que por ser hermanos el alcalde, el secretario, el escribano y

el procurador síndico, no había la más mínima disputa en el arreglo

del común? Existiendo estos asuntillos, era necesario entonces tener

en Madrid un amigo listo y de mucha mano en las oficinas, para que

volviese lo blanco negro y lo verde encarnado en las cuentas, para que

visitase a algún señor del Consejo y con él se entendiese; que si no,

capaz era el tal Consejo de darse de calabazadas por averiguar dónde

se había escurrido algún terreno baldío rematado en tiempo de los

franceses...

También solían ocuparme los señores de Madrid y muchos de provincias en

diversos negocios referentes a Tercias Reales, o ciertos atrasillos de

Alcabalas, a compaginar las cuentas del receptor de bulas de tal pueblo

para que no apareciesen distintas de las del alcalde, a resucitar cuál

expediente de Manda Pía forzosa, añadiéndole un par de planas a la

antigua, tan diestramente imitadas que ni aun les faltaba la polilla,

y... ¿para qué cansar más?... ocupábanme en todo lo que fuese del

mangoneo subterráneo de las oficinas, pues yo, por mi índole rebuscona,

mi carácter dulce, y la prodigiosa facultad de insinuación que me

otorgó Natura, había establecido una red oculta, hilos de connivencia

tendidos de covachuela en covachuela y de despacho en despacho, con tal

arte que nada me era difícil.

Verdad es que algunos envidiosos dieron en decir que se deshonraban

teniéndome a su lado, y hasta se susurró que Su Excelencia quería

echarme a la calle... (ya se hubiera tentado la ropa antes de hacerlo);

pero yo tenía muy buenos asideros en la administración y de todo me

burlaba. Antes hubieran movido de sus graníticos cimientos el Escorial,

que moverme a mí de mi silla en Paja y Utensilios. Como que mis

calumniadores eran unos pobres papanatas que apenas sabían hacer otra

cosa que el trabajo material de su oficina, y así era de ver el mal

trato de sus casas, pues muchos de ellos no tenían camisa que poner a

sus chiquillos. En cuanto al aspecto de sus rostros y personas, daba

grima verles, según estaban de rotos, descomidos y trasijados, y no

podía uno menos de avergonzarse al pensar qué idea formarían de la

administración española los extranjeros que acertaran a conocerles.

Mi casa, por el contrario, era una tierra de promisión. ¡Bendito sea

Dios que a nadie desampara! Tan pronto venía la caja de dulce como la

tarea de chocolate macho, ora las sartas de chorizos, ora un par de

jamones: el plato de leche no faltaba nunca en las solemnidades, ni el

par de capones en 24 de julio... en fin, aquello parecía una colmena.

Tanto iban creciendo mi clientela y buena suerte, que me ocurrió poner

una agencia de negocios. Había que ver cómo me solicitaban damas,

oficiales, canónigos, marquesitos, ¿qué digo?... ¡hasta un señor obispo

me honró con su confianza! Mi nombre fue bien pronto conocido en todo

Madrid, quizás en todo el reino y sus Indias; transformose mi persona;

me sentí crecer, ¡oh!, crecer hasta sobresalir por encima de las

eminencias cortesanas; vi bajo mis pies a muchos de carroza y venera;

miré cara a cara el sol de la grandeza y del poder, y la ambición

empezó a morderme las entrañas; ¡pero qué ambición y qué entrañas las

mías!

Entre tanto, mi don Buenaventura seguía enredado con los procesos,

sin acertar a despacharlos. Las causas eran un embrollo estúpido, y

en ellas no constaba nada positivo ni terminante, por lo cual los

tontainas de la Comisión de Estado no acertaban a condenar a muerte

a ningún diputadillo. Lleno de ansiedad el rey porque se hiciera

pronta justicia, nombró una segunda Comisión de Estado, y como esta

se atascara también, fue preciso designar la tercera, hasta que el

gobierno se cansó de Comisiones que nada hacían, y supo dictar por sí

aquella saludable medida que cortó de plano la cuestión. Hízolo, si se

quiere, por humanidad, pues a los infelices diputados que se estaban

pudriendo en las fétidas mazmorras de Madrid les venía bien tomar los

salutíferos aires de Melilla y el Peñón por ocho o diez años.

Y no se crea que un rey tan recto y tan celoso por el buen gobierno

se dormía en las pajas. Él mismo extendió de su real puño una orden

disponiendo que el señor Argüelles no se moviese de Ceuta durante ocho

años, sin duda porque así convenía a la quebrantada salud del divino

asturiano.

Este decreto contra los diputados y el que en 30 de mayo de 1814 se

dio contra los afrancesados que estaban en la emigración, además de

sus ventajas como contraveneno del constitucionalismo, ofreció el

inestimable beneficio de librarnos de toda la plaga de literatos,

poetas y prosadores que desde años atrás habían empezado a infestar al

país. Pues no sé... ¡Si no andan listos nuestros gobernantes, buenas se

hubieran puesto las cosas! De seguro que Moratín nos habría aturdido

con sus comedias y Meléndez con su pastoril caramillo, y Gallego con

su retumbante trompa. De fijo que Quintana y Sánchez Barbero, Burgos y

Lista, Tapia y Martínez de la Rosa habrían lanzado sobre la afligida

nación un diluvio de obras poéticas de diversos géneros, teniendo

después el descaro de pretender que el público se las pagara en época

de tan poco dinero. También Conde y Toreno nos hubieran mareado con

sus historietas, y Antillón y Ciscar con sus obras científicas,

soliviantando a la nación y metiendo ruido, para que los españoles

despertaran del plácido letargo sabroso en que por fortuna vivían

entonces.

A fin de establecer en todo el país aquella calma perfecta y

absoluta que es condición precisa para que puedan lucirse los buenos

gobernantes, fue preciso encausar a muchos que no habían sido

diputados, ni literatos, ni siquiera poetas, sino simples particulares

oscuros, aunque cargados de crímenes nefandos. ¡Si era cosa que

daba horror oír contar las maldades de aquella gente!... Hubo

quien conversando en los cafés, en círculo de amigos, habló mal del

despotismo. Me acuerdo de la causa formada al brigadier Moscoso _por

no haber desplegado los labios_, mientras otros oficiales elogiaban la

Constitución... Vamos, si no se puede uno contener tratando de esto.

Bien hizo el fiscal en pedir para Moscoso la pena de muerte, porque

el deber de este era reprender a los desvergonzados oficiales... Pues

¿y los muchos a quienes se formó sumaria y fueron a Ceuta por haber

escrito en los papeles públicos en tiempo de la Constitución, o por

haber sido partidarios de ella, a pesar de que nunca dijeron «esta boca

es mía»?... Nada, nada se les escapaba a aquellos benditos señores de

la Comisión de Estado, y de ellos puede decirse que se excedían a sí

mismos y hacían los imposibles por la rápida y eficaz administración de

justicia.

Verdad es que tenían en su auxilio a multitud de patricios vehementes

que delataban sin cesar a los pícaros, refiriendo lo que oyeron tres

años antes y descifrando minuciosa y hábilmente el pensamiento de tal o

cual persona. La delación, ¡ay!, no era cosa fácil, sino muy trabajosa

y comprometida, porque había que meterse en las casas fingiéndose

amigo, interceptar cartas en el correo, seducir a los criados, engañar

a los tontos y llevarles a los cafés, excitándoles a hablar; en fin,

era obra difícil, a la cual solo podían hacer frente la mucha fe y el

desmedido amor al monarca.

No se crea que este dejó sin premio tan grandes virtudes y la

abnegación de aquellos leales sujetos que olvidaban los menesteres de

sus casas para meterse en las ajenas; no, aquel sabio gobierno premió

largamente a los delatores, dando a unos el privilegio de abastos

de tal villa; a otros una plaza de fiel de matanza; a Fulano una

procuraduría; a Zutano un oficio enajenable, etc., etc.

Lo más notable es que no se vio en aquellos días ninguna ejecución

de pena capital, pues ni el mismo _Cojo de Málaga_ llegó a bailar en

la cuerda, como lo tenía dispuesto el gobierno, en castigo de haber

alborotado y aplaudido en las tribunas públicas de las Cortes. Delito

tan feo, tan contrario a los fueros de la Nación, a la dignidad del

rey y a la fe católica, exigía expiación durísima, y un ejemplar que

sonase en todos los ámbitos de la feliz España. Furioso estaba el

pueblo contra el _Cojo_, el clero escandalizado, los patricios muertos

de impaciencia porque de una vez y sin pérdida de tiempo desapareciese

de entre los vivos el inmundo reo; pero ved aquí que el embajador

de Inglaterra (son los extranjeros muy amigos de farandulear) se

interpuso, rogó, suspiró, aun dicen que amenazó, hasta que nuestro

rey, no queriendo malquistarse con la Gran Bretaña por un cojo de más

o de menos, le conmutó la pena capital por la de presidio indefinido.

La suerte fue que cuando llegó la orden, ya estaba Pablo Rodríguez con

un pie en el cadalso y había tragado lo más amargo de la alcuza. Quien

más perdió fue el pueblo, que ya contaba por segura la ejecución y se

quedó a media miel.

Tampoco subió al cadalso doña María Villalba, señora de mucha bondad y

hermosura, según decían. Sí, ¡buena sería ella!... ¿Qué puede pensarse

de una dama que cometió la felonía de escribir en confianza a cierta

amiga, contándole algunos lances amorosos del rey?... Afortunadamente

el gobierno de entonces tenía la gracia de que no se escapaba en

correos una pícara carta que contuviese algo importante... ¡Y la doña

María se quedaría tan fresca, creyendo que su gran crimen no iba

a ser descubierto! ¡Véase si vale de mucho el ojo diligente de la

Administración; véanse las ventajas de una estafeta celosa del bien

público! Los buenos gobiernos han de estar en todo, y meter la cabeza

hasta dentro de las faltriqueras de los gobernados, porque si no...

¡No faltaba más sino que cada uno pudiera escribir lo que le diese la

gana, y después encargar al gobierno la comisión de llevarlo!... En

fin, doña María Villalba fue puesta a la sombra, y si conservó la vida,

fue porque se movieron en su pro muchas personas de influencia y todo

Madrid se puso sobre un pie.

Pero todo no había de ser blanduras, porque en aquellos días

restablecimos la Inquisición.

V

_Restablecimos_: permitidme que hable en plural. Yo tenía derecho a

ello desde que logré meter mi cucharada en la tertulia del infante don

Antonio. ¡Quién me había de decir que me vería en tales excelsitudes,

mano a mano con gente nacida de vientre de reinas! Parecíame mentira,

y me causaban admiración mi propia persona, mis propias palabras.

Sin quererlo me hacía cortesías a mí mismo. Aprendí a vestirme con

elegancia, y los que me habían conocido meses antes, se asombraban de

mi transformación.

Antes de dar a conocer la tertulia del infante, enumeraré la serie de

relaciones que me condujeron a Palacio.

Desde que comencé a hacerme hombre de pro solía visitar a las señoras

de Porreño, una de ellas hermana del señor marqués de Porreño, que

había muerto poco antes; hija del mismo la otra, y sobrina la tercera.

Aquella casa, que ya venía muy agrietada desde el siglo anterior,

estaba a punto de hundirse completamente, por cuya razón las tres

excelentes señoras necesitaban buenos amigos que les ayudaran con amena

tertulia y delicado trato a conllevar las pesadumbres de su lamentable

decadencia.

En casa de estas señoras conocí a don Blas Ostolaza, confesor del

infante don Carlos y predicador de Palacio, hombre de los más eminentes

que han vivido en España. Eclesiásticos como aquel debieran nacer

aquí todos los días, y aunque saliera uno detrás de cada piedra, no

estaría de más. Él fue quien felicitó a Fernando desde el púlpito

por el restablecimiento de la Inquisición, diciéndole: «Apenas ha

vuelto Vuestra Majestad de su cautiverio y ya se han borrado todos los

infortunios de su pueblo. La sabiduría y el talento han salido a la

pública luz del día, y se ven recompensados con los grandes honores, y

la religión, sobre todo, protegida por Vuestra Majestad, ha disipado

las tinieblas como el astro luminoso del día.»

Él fue quien escandalizó en las Cortes de Cádiz por su frescura

olímpica, que hacía reír a la gente de las tribunas; y como mi hombre,

tanto a los _galerios_ como a los diputados, les aporreaba a verdades,

cada vez que hablaba todo Cádiz se ponía en movimiento. La fama de

estas hazañas, así como la de sus mortíferos discursos, corrió por todo

el reino de tal suerte que, cuando Su Majestad volvió de Valencey,

estuvo en un tris que me le hiciera obispo.

Él fue quien, durante las causas de que antes hablé, reveló los

_pensamientos_ de sus compañeros de Congreso en las sesiones secretas.

Eso sí, tenía mi don Blas una memoria asombrosa, y no dijeron los

charlatanes palabrilla pecaminosa ni herética argucia que él no

recordase, por lo cual su boca fue una mina de oro en aquellos

benditos autos.

Era tan celoso por la causa del rey y del buen régimen de la monarquía,

que si le dejaran, ¡Dios poderoso!, habría suprimido por innecesaria

la mitad de los españoles, para que pudiera vivir en paz y disfrutar

mansamente de los bienes del reino la otra mitad. Fue de ver cómo

se puso aquel hombre cuando se restableció la Inquisición. Parecía

no caber en su pellejo de puro gozoso. Una sola pena entristecía su

alma cristiana, y era que no le hubieran nombrado Inquisidor general.

¡Oh!, entonces no se habría dado el escándalo de que se pasearan

tranquilamente por Madrid muchos tunantes que tenían sus casas

atestadas de libros y que recibían gacetas extranjeras sin que nadie se

metiese con ellos.

No solo era predicador insigne, sino que como escritor religioso

bien puede decirse que Melchor Cano, Sánchez y el padre Rivadeneyra,

comparados con él, ignoraban dónde tenían las narices. ¿A qué rincón

de la Europa culta no llegaron sus célebres novelas, impresas con

las armas reales, amén del retrato del monarca, y en las cuales, ora

en prosa, ora en verso, aparecían charlando barba con barba Dios y

Fernando VII? ¡Válganme los cielos! Aquello era escribir, y quien no ha

visto tales cosas no sabe lo que es literatura.

En tratándose de púlpito no había otro. Era cosa de oírle con la boca

abierta, sin perder ni una sílaba de su pasmosa elocuencia. No le

habían de pedir que hablase de los santos ni de religión, que eso era

para predicadorcillos de tumba y hachero. Él, desde que ponía el pie

en la grada, la emprendía con las Cortes, con los diputados, con las

ideas liberales, y mientras más hablaba, aún parecía que se le quedaban

dentro más vituperios por decir. En tocando este punto, llevaba hilo

de no acabar en tres días. La gente se aporreaba en las puertas de los

templos para entrar a oírle, y... no hay que darle vueltas... ni don

Ramón de la Cruz con sus sainetes populares atrajo más gente. ¡Y cómo

entusiasmaba a la multitud! Oíanse gritos dentro de la iglesia, y si al

salir de ella hubieran topado los fieles con algún liberal, ya habría

podido este encomendarse al diablo.

Fue en verdad grandísimo error que no le dieran la mitra que pretendió

y por la cual bebió vientos y tempestades en las antecámaras de

Palacio. El señor Creux, a quien prefirieron, no había revelado

tan fielmente como Ostolaza los pensamientos de sus compañeros los

diputados. Pero no era hombre mi don Blas de los que se quedan callados

ante el desaire, y volviendo por los fueros de su dignidad ofendida,

habló más que siete procuradores, aderezando su charla con cierta

intriga un poco subida de punto. Pero ni por esas: en vez de hacerle

caso, le mortificaron más. No puede darse mayor injusticia. Llegó la

crueldad hasta el extremo de alejarle de la Corte, nombrándole director

de la Casa de niñas huérfanas de Murcia. Y lo peor es que no paró

aquí la persecución del inimitable don Blas, pues, ¡mentira parece!,

se dijo que su conducta en el referido colegio no era un modelo de

honestidad; y lo aseguraba todo el mundo, siendo tales y tan feos

los casos que se contaban, que parecían pura verdad. Lo que más me

confirmaba a mí, conocedor de nuestra Justicia, en que don Blas era

inocente, fue el ver que le formaron causa. ¡Desgraciado sujeto! Preso

estuvo en la Cartuja de Sevilla, y después confinado en las Batuecas,

consumiéndose de tristeza. ¡Quién se lo había de decir a él y a todos

sus amigos! ¡Triste era en verdad considerar incapacitados aquellos

grandes bríos que tenía para todo, oscurecida aquella luminosa facundia

para el púlpito, imposibilitadas aquellas manos de ángel para enredar

los hilos de la conspiración menuda!

De su piedad y devoción, ¿qué puedo decir sino que edificaba a todos,

y especialmente al infante, de quien era director espiritual? Pues ¿a

quién sino a mi amigo debió don Carlos el haber salido tan temeroso

de Dios, tan fiel esclavo de los preceptos religiosos, que más que

príncipe y futuro candidato al trono, parecía un santo, según era de

compungido dentro de la iglesia, y ejemplar fuera de ella en todos sus

actos y palabras? Amaba tan entrañablemente don Carlos a su confesor

que no podía vivir sin él. Rezaban juntos por las noches, y cuando el

príncipe se acostaba, Ostolaza, después de decir las últimas oraciones,

fervorosamente prosternado ante la imagen de Nuestra Señora, rociaba el

lecho de Su Alteza con agua bendita para alejar los sueños pecaminosos.

No se crea por esto que mi amigo era gazmoño ni melindroso, que esto

habría sido grave falta en un hombre llamado a las luchas del mundo.

Sabía perfectamente dar a cada hora su propio afán, concediendo parte

del tiempo a las buenas relaciones sociales, porque igualmente se ha

de cumplir con Dios y con los hombres. Por tal ley, Ostolaza, luego

que dejaba a su hijo espiritual dentro de las purificadas sábanas,

bien santiguado y bien rociado por banda y banda, de tal modo que en

la alcoba regia se podrían pasear los serafines; luego que don Blas,

repito, desempeñaba así su difícil cargo, se embozaba en su capa,

ya avanzada la noche, y corría a la calle, apretado por el deseo de

compensar los muchos afanes con un poco de libre holganza. Yo no sé a

dónde iba, porque se recataba mucho de los amigos; pero es indudable

que no pasaba la noche al raso, ni buscando hierbas a lo anacoreta,

ni mirando al cielo como astrólogo. Lo de no querer que sus amigos le

vieran a tales horas, y el esconderse de ellos, se explican en varón

tan meticuloso por su deseo de apartarse de los peligros que siempre

traen consigo las malas compañías.

Cara redonda y arrebolada; gestos muy vivos, y un modo de mirar que

daba a conocer a tiro de ballesta su superioridad; cuerpo sólido; voz

campanuda y gruesa, como toda voz creada para decir grandes cosas,

formaban el físico de aquel mi nuevo amigo, a quien tanto debí, y a

quien hoy pago un piquillo nada más de la inmensa deuda de gratitud que

con él tengo, sacándole a relucir en estas mis _Memorias_, aunque su

fama no necesita tardías trompetas para sonar por todo el orbe.

¡Ay!, ya no nacen hombres como aquel. No sé qué se ha hecho del jugo

poderoso de esta tierra fecunda. Generación de enanos, mira aquí los

gigantes de que has nacido.

Memorias de un cortesano de 1815 · 第 7 / 28 题