Siempre fui hombre que lo mismo servía para un fregado que para un
barrido, y de tanta actividad que solapadamente me multiplicaba,
esclavo de diversas y contrapuestas obligaciones, atento siempre al
servicio del estado y a mi propio interés, como Dios manda, vigilante
y despierto en todos los momentos de la vida para que ninguna ocasión
de ganancia se me escapase, y con cien ojos puestos en el panorama de
los acontecimientos para sacar de ellos provecho. Así es que ayudaba
a don Buenaventura en sus quebraderos de cabeza dentro de la Comisión
de Estado, y servía mi plaza en Paja y Utensilios, mereciendo plácemes
sinceros del jefe, y no poca envidia de mis compañeros. En poco tiempo
supe conquistar la amistad de muchos personajes eminentes de aquella
era feliz, tales como don Blas Ostolaza, espejo de los predicadores,
confesor del infante don Carlos y hombre de muchísimo influjo; don
Pedro Ceballos; don Juan Lozano de Torres; don Juan Pérez Villamil,
célebre por lo de Móstoles; don Pedro Labrador, el incomparable
diplomático que en el Consejo de Viena dejó pasmados a todos los
embajadores de las grandes potencias; don Miguel de Lardizábal,
ministro de Indias; el gran magistrado don Ignacio Villela; el señor
Vadillo, alcalde de Casa y Corte, y otros muchos individuos tan
insignes, tan eminentes, que bien podía decirse de ellos que tenían las
cabezas podridas de talento.
Como yo era tan entrometido, fácilmente ensanchaba el círculo de mis
amistades, unas veces solicitando favores con tal empeño que me los
concedían porque me quitase de encima; otras prestando los pequeños
servicios que de mi reducido poder dependían... Pues digo... cuando
alguno de aquellos señorones venía a mi oficina, a la inmediata de
Rentas Decimales (donde yo tenía tantos amigos), o a otra cualquiera
de las del ramo, a solicitar reservadamente que se hiciera perdidizo
un miserable expedientillo de Propios o de Arrendamiento de oficios...
vamos... aquello era una bendición. Viendo que yo abría la mano y no
me hacía de rogar, siempre que se trataba de poner mi firma en un
_Cargo_ y _Data_, enviado por el alcalde, por el contratista o por el
recaudador, me traían en volandas. ¿Qué le importaba a la nación que
se escurrieran entre los papeles algunos disimulados sapos y culebras,
o que se variara con caligráfico ingenio un par de números, siempre
que quedase contento aquel o el otro empingorotado repúblico, cuyo
bienestar importaba tanto al estado? ¡Pues no faltaba más, sino que,
por no hacer el gusto a un regidor amigo o a un alcabalero pariente, se
sofocara un esclarecido varón, y revolviéndosele los humores, perdiera
la salud, tan necesaria al buen servicio y esplendor de la monarquía!
Unas veces era preciso conseguir moratoria de diez años para que
tal o cual duque no se viese importunado por los estúpidos de sus
acreedores... Otras veces había que beber los vientos para conseguir
que el fuero del Honrado Concejo amparase a Fulanito, en cuyo caso, y
mientras aquel decidiera, este no tenía que apurarse por la fruslería
del pago de sus arrendamientos... Pues ¿y cuándo había que conseguir
de la sala de Alcaldes una provisioncita para que en tal o cual pueblo
se repartieran los oficios dos o tres individuos de una familia, de
modo que por ser hermanos el alcalde, el secretario, el escribano y
el procurador síndico, no había la más mínima disputa en el arreglo
del común? Existiendo estos asuntillos, era necesario entonces tener
en Madrid un amigo listo y de mucha mano en las oficinas, para que
volviese lo blanco negro y lo verde encarnado en las cuentas, para que
visitase a algún señor del Consejo y con él se entendiese; que si no,
capaz era el tal Consejo de darse de calabazadas por averiguar dónde
se había escurrido algún terreno baldío rematado en tiempo de los
franceses...
También solían ocuparme los señores de Madrid y muchos de provincias en
diversos negocios referentes a Tercias Reales, o ciertos atrasillos de
Alcabalas, a compaginar las cuentas del receptor de bulas de tal pueblo
para que no apareciesen distintas de las del alcalde, a resucitar cuál
expediente de Manda Pía forzosa, añadiéndole un par de planas a la
antigua, tan diestramente imitadas que ni aun les faltaba la polilla,
y... ¿para qué cansar más?... ocupábanme en todo lo que fuese del
mangoneo subterráneo de las oficinas, pues yo, por mi índole rebuscona,
mi carácter dulce, y la prodigiosa facultad de insinuación que me
otorgó Natura, había establecido una red oculta, hilos de connivencia
tendidos de covachuela en covachuela y de despacho en despacho, con tal
arte que nada me era difícil.
Verdad es que algunos envidiosos dieron en decir que se deshonraban
teniéndome a su lado, y hasta se susurró que Su Excelencia quería
echarme a la calle... (ya se hubiera tentado la ropa antes de hacerlo);
pero yo tenía muy buenos asideros en la administración y de todo me
burlaba. Antes hubieran movido de sus graníticos cimientos el Escorial,
que moverme a mí de mi silla en Paja y Utensilios. Como que mis
calumniadores eran unos pobres papanatas que apenas sabían hacer otra
cosa que el trabajo material de su oficina, y así era de ver el mal
trato de sus casas, pues muchos de ellos no tenían camisa que poner a
sus chiquillos. En cuanto al aspecto de sus rostros y personas, daba
grima verles, según estaban de rotos, descomidos y trasijados, y no
podía uno menos de avergonzarse al pensar qué idea formarían de la
administración española los extranjeros que acertaran a conocerles.
Mi casa, por el contrario, era una tierra de promisión. ¡Bendito sea
Dios que a nadie desampara! Tan pronto venía la caja de dulce como la
tarea de chocolate macho, ora las sartas de chorizos, ora un par de
jamones: el plato de leche no faltaba nunca en las solemnidades, ni el
par de capones en 24 de julio... en fin, aquello parecía una colmena.
Tanto iban creciendo mi clientela y buena suerte, que me ocurrió poner
una agencia de negocios. Había que ver cómo me solicitaban damas,
oficiales, canónigos, marquesitos, ¿qué digo?... ¡hasta un señor obispo
me honró con su confianza! Mi nombre fue bien pronto conocido en todo
Madrid, quizás en todo el reino y sus Indias; transformose mi persona;
me sentí crecer, ¡oh!, crecer hasta sobresalir por encima de las
eminencias cortesanas; vi bajo mis pies a muchos de carroza y venera;
miré cara a cara el sol de la grandeza y del poder, y la ambición
empezó a morderme las entrañas; ¡pero qué ambición y qué entrañas las
mías!
Entre tanto, mi don Buenaventura seguía enredado con los procesos,
sin acertar a despacharlos. Las causas eran un embrollo estúpido, y
en ellas no constaba nada positivo ni terminante, por lo cual los
tontainas de la Comisión de Estado no acertaban a condenar a muerte
a ningún diputadillo. Lleno de ansiedad el rey porque se hiciera
pronta justicia, nombró una segunda Comisión de Estado, y como esta
se atascara también, fue preciso designar la tercera, hasta que el
gobierno se cansó de Comisiones que nada hacían, y supo dictar por sí
aquella saludable medida que cortó de plano la cuestión. Hízolo, si se
quiere, por humanidad, pues a los infelices diputados que se estaban
pudriendo en las fétidas mazmorras de Madrid les venía bien tomar los
salutíferos aires de Melilla y el Peñón por ocho o diez años.
Y no se crea que un rey tan recto y tan celoso por el buen gobierno
se dormía en las pajas. Él mismo extendió de su real puño una orden
disponiendo que el señor Argüelles no se moviese de Ceuta durante ocho
años, sin duda porque así convenía a la quebrantada salud del divino
asturiano.
Este decreto contra los diputados y el que en 30 de mayo de 1814 se
dio contra los afrancesados que estaban en la emigración, además de
sus ventajas como contraveneno del constitucionalismo, ofreció el
inestimable beneficio de librarnos de toda la plaga de literatos,
poetas y prosadores que desde años atrás habían empezado a infestar al
país. Pues no sé... ¡Si no andan listos nuestros gobernantes, buenas se
hubieran puesto las cosas! De seguro que Moratín nos habría aturdido
con sus comedias y Meléndez con su pastoril caramillo, y Gallego con
su retumbante trompa. De fijo que Quintana y Sánchez Barbero, Burgos y
Lista, Tapia y Martínez de la Rosa habrían lanzado sobre la afligida
nación un diluvio de obras poéticas de diversos géneros, teniendo
después el descaro de pretender que el público se las pagara en época
de tan poco dinero. También Conde y Toreno nos hubieran mareado con
sus historietas, y Antillón y Ciscar con sus obras científicas,
soliviantando a la nación y metiendo ruido, para que los españoles
despertaran del plácido letargo sabroso en que por fortuna vivían
entonces.
A fin de establecer en todo el país aquella calma perfecta y
absoluta que es condición precisa para que puedan lucirse los buenos
gobernantes, fue preciso encausar a muchos que no habían sido
diputados, ni literatos, ni siquiera poetas, sino simples particulares
oscuros, aunque cargados de crímenes nefandos. ¡Si era cosa que
daba horror oír contar las maldades de aquella gente!... Hubo
quien conversando en los cafés, en círculo de amigos, habló mal del
despotismo. Me acuerdo de la causa formada al brigadier Moscoso _por
no haber desplegado los labios_, mientras otros oficiales elogiaban la
Constitución... Vamos, si no se puede uno contener tratando de esto.
Bien hizo el fiscal en pedir para Moscoso la pena de muerte, porque
el deber de este era reprender a los desvergonzados oficiales... Pues
¿y los muchos a quienes se formó sumaria y fueron a Ceuta por haber
escrito en los papeles públicos en tiempo de la Constitución, o por
haber sido partidarios de ella, a pesar de que nunca dijeron «esta boca
es mía»?... Nada, nada se les escapaba a aquellos benditos señores de
la Comisión de Estado, y de ellos puede decirse que se excedían a sí
mismos y hacían los imposibles por la rápida y eficaz administración de
justicia.
Verdad es que tenían en su auxilio a multitud de patricios vehementes
que delataban sin cesar a los pícaros, refiriendo lo que oyeron tres
años antes y descifrando minuciosa y hábilmente el pensamiento de tal o
cual persona. La delación, ¡ay!, no era cosa fácil, sino muy trabajosa
y comprometida, porque había que meterse en las casas fingiéndose
amigo, interceptar cartas en el correo, seducir a los criados, engañar
a los tontos y llevarles a los cafés, excitándoles a hablar; en fin,
era obra difícil, a la cual solo podían hacer frente la mucha fe y el
desmedido amor al monarca.
No se crea que este dejó sin premio tan grandes virtudes y la
abnegación de aquellos leales sujetos que olvidaban los menesteres de
sus casas para meterse en las ajenas; no, aquel sabio gobierno premió
largamente a los delatores, dando a unos el privilegio de abastos
de tal villa; a otros una plaza de fiel de matanza; a Fulano una
procuraduría; a Zutano un oficio enajenable, etc., etc.
Lo más notable es que no se vio en aquellos días ninguna ejecución
de pena capital, pues ni el mismo _Cojo de Málaga_ llegó a bailar en
la cuerda, como lo tenía dispuesto el gobierno, en castigo de haber
alborotado y aplaudido en las tribunas públicas de las Cortes. Delito
tan feo, tan contrario a los fueros de la Nación, a la dignidad del
rey y a la fe católica, exigía expiación durísima, y un ejemplar que
sonase en todos los ámbitos de la feliz España. Furioso estaba el
pueblo contra el _Cojo_, el clero escandalizado, los patricios muertos
de impaciencia porque de una vez y sin pérdida de tiempo desapareciese
de entre los vivos el inmundo reo; pero ved aquí que el embajador
de Inglaterra (son los extranjeros muy amigos de farandulear) se
interpuso, rogó, suspiró, aun dicen que amenazó, hasta que nuestro
rey, no queriendo malquistarse con la Gran Bretaña por un cojo de más
o de menos, le conmutó la pena capital por la de presidio indefinido.
La suerte fue que cuando llegó la orden, ya estaba Pablo Rodríguez con
un pie en el cadalso y había tragado lo más amargo de la alcuza. Quien
más perdió fue el pueblo, que ya contaba por segura la ejecución y se
quedó a media miel.
Tampoco subió al cadalso doña María Villalba, señora de mucha bondad y
hermosura, según decían. Sí, ¡buena sería ella!... ¿Qué puede pensarse
de una dama que cometió la felonía de escribir en confianza a cierta
amiga, contándole algunos lances amorosos del rey?... Afortunadamente
el gobierno de entonces tenía la gracia de que no se escapaba en
correos una pícara carta que contuviese algo importante... ¡Y la doña
María se quedaría tan fresca, creyendo que su gran crimen no iba
a ser descubierto! ¡Véase si vale de mucho el ojo diligente de la
Administración; véanse las ventajas de una estafeta celosa del bien
público! Los buenos gobiernos han de estar en todo, y meter la cabeza
hasta dentro de las faltriqueras de los gobernados, porque si no...
¡No faltaba más sino que cada uno pudiera escribir lo que le diese la
gana, y después encargar al gobierno la comisión de llevarlo!... En
fin, doña María Villalba fue puesta a la sombra, y si conservó la vida,
fue porque se movieron en su pro muchas personas de influencia y todo
Madrid se puso sobre un pie.
Pero todo no había de ser blanduras, porque en aquellos días
restablecimos la Inquisición.
V
_Restablecimos_: permitidme que hable en plural. Yo tenía derecho a
ello desde que logré meter mi cucharada en la tertulia del infante don
Antonio. ¡Quién me había de decir que me vería en tales excelsitudes,
mano a mano con gente nacida de vientre de reinas! Parecíame mentira,
y me causaban admiración mi propia persona, mis propias palabras.
Sin quererlo me hacía cortesías a mí mismo. Aprendí a vestirme con
elegancia, y los que me habían conocido meses antes, se asombraban de
mi transformación.
Antes de dar a conocer la tertulia del infante, enumeraré la serie de
relaciones que me condujeron a Palacio.
Desde que comencé a hacerme hombre de pro solía visitar a las señoras
de Porreño, una de ellas hermana del señor marqués de Porreño, que
había muerto poco antes; hija del mismo la otra, y sobrina la tercera.
Aquella casa, que ya venía muy agrietada desde el siglo anterior,
estaba a punto de hundirse completamente, por cuya razón las tres
excelentes señoras necesitaban buenos amigos que les ayudaran con amena
tertulia y delicado trato a conllevar las pesadumbres de su lamentable
decadencia.
En casa de estas señoras conocí a don Blas Ostolaza, confesor del
infante don Carlos y predicador de Palacio, hombre de los más eminentes
que han vivido en España. Eclesiásticos como aquel debieran nacer
aquí todos los días, y aunque saliera uno detrás de cada piedra, no
estaría de más. Él fue quien felicitó a Fernando desde el púlpito
por el restablecimiento de la Inquisición, diciéndole: «Apenas ha
vuelto Vuestra Majestad de su cautiverio y ya se han borrado todos los
infortunios de su pueblo. La sabiduría y el talento han salido a la
pública luz del día, y se ven recompensados con los grandes honores, y
la religión, sobre todo, protegida por Vuestra Majestad, ha disipado
las tinieblas como el astro luminoso del día.»
Él fue quien escandalizó en las Cortes de Cádiz por su frescura
olímpica, que hacía reír a la gente de las tribunas; y como mi hombre,
tanto a los _galerios_ como a los diputados, les aporreaba a verdades,
cada vez que hablaba todo Cádiz se ponía en movimiento. La fama de
estas hazañas, así como la de sus mortíferos discursos, corrió por todo
el reino de tal suerte que, cuando Su Majestad volvió de Valencey,
estuvo en un tris que me le hiciera obispo.
Él fue quien, durante las causas de que antes hablé, reveló los
_pensamientos_ de sus compañeros de Congreso en las sesiones secretas.
Eso sí, tenía mi don Blas una memoria asombrosa, y no dijeron los
charlatanes palabrilla pecaminosa ni herética argucia que él no
recordase, por lo cual su boca fue una mina de oro en aquellos
benditos autos.
Era tan celoso por la causa del rey y del buen régimen de la monarquía,
que si le dejaran, ¡Dios poderoso!, habría suprimido por innecesaria
la mitad de los españoles, para que pudiera vivir en paz y disfrutar
mansamente de los bienes del reino la otra mitad. Fue de ver cómo
se puso aquel hombre cuando se restableció la Inquisición. Parecía
no caber en su pellejo de puro gozoso. Una sola pena entristecía su
alma cristiana, y era que no le hubieran nombrado Inquisidor general.
¡Oh!, entonces no se habría dado el escándalo de que se pasearan
tranquilamente por Madrid muchos tunantes que tenían sus casas
atestadas de libros y que recibían gacetas extranjeras sin que nadie se
metiese con ellos.
No solo era predicador insigne, sino que como escritor religioso
bien puede decirse que Melchor Cano, Sánchez y el padre Rivadeneyra,
comparados con él, ignoraban dónde tenían las narices. ¿A qué rincón
de la Europa culta no llegaron sus célebres novelas, impresas con
las armas reales, amén del retrato del monarca, y en las cuales, ora
en prosa, ora en verso, aparecían charlando barba con barba Dios y
Fernando VII? ¡Válganme los cielos! Aquello era escribir, y quien no ha
visto tales cosas no sabe lo que es literatura.
En tratándose de púlpito no había otro. Era cosa de oírle con la boca
abierta, sin perder ni una sílaba de su pasmosa elocuencia. No le
habían de pedir que hablase de los santos ni de religión, que eso era
para predicadorcillos de tumba y hachero. Él, desde que ponía el pie
en la grada, la emprendía con las Cortes, con los diputados, con las
ideas liberales, y mientras más hablaba, aún parecía que se le quedaban
dentro más vituperios por decir. En tocando este punto, llevaba hilo
de no acabar en tres días. La gente se aporreaba en las puertas de los
templos para entrar a oírle, y... no hay que darle vueltas... ni don
Ramón de la Cruz con sus sainetes populares atrajo más gente. ¡Y cómo
entusiasmaba a la multitud! Oíanse gritos dentro de la iglesia, y si al
salir de ella hubieran topado los fieles con algún liberal, ya habría
podido este encomendarse al diablo.
Fue en verdad grandísimo error que no le dieran la mitra que pretendió
y por la cual bebió vientos y tempestades en las antecámaras de
Palacio. El señor Creux, a quien prefirieron, no había revelado
tan fielmente como Ostolaza los pensamientos de sus compañeros los
diputados. Pero no era hombre mi don Blas de los que se quedan callados
ante el desaire, y volviendo por los fueros de su dignidad ofendida,
habló más que siete procuradores, aderezando su charla con cierta
intriga un poco subida de punto. Pero ni por esas: en vez de hacerle
caso, le mortificaron más. No puede darse mayor injusticia. Llegó la
crueldad hasta el extremo de alejarle de la Corte, nombrándole director
de la Casa de niñas huérfanas de Murcia. Y lo peor es que no paró
aquí la persecución del inimitable don Blas, pues, ¡mentira parece!,
se dijo que su conducta en el referido colegio no era un modelo de
honestidad; y lo aseguraba todo el mundo, siendo tales y tan feos
los casos que se contaban, que parecían pura verdad. Lo que más me
confirmaba a mí, conocedor de nuestra Justicia, en que don Blas era
inocente, fue el ver que le formaron causa. ¡Desgraciado sujeto! Preso
estuvo en la Cartuja de Sevilla, y después confinado en las Batuecas,
consumiéndose de tristeza. ¡Quién se lo había de decir a él y a todos
sus amigos! ¡Triste era en verdad considerar incapacitados aquellos
grandes bríos que tenía para todo, oscurecida aquella luminosa facundia
para el púlpito, imposibilitadas aquellas manos de ángel para enredar
los hilos de la conspiración menuda!
De su piedad y devoción, ¿qué puedo decir sino que edificaba a todos,
y especialmente al infante, de quien era director espiritual? Pues ¿a
quién sino a mi amigo debió don Carlos el haber salido tan temeroso
de Dios, tan fiel esclavo de los preceptos religiosos, que más que
príncipe y futuro candidato al trono, parecía un santo, según era de
compungido dentro de la iglesia, y ejemplar fuera de ella en todos sus
actos y palabras? Amaba tan entrañablemente don Carlos a su confesor
que no podía vivir sin él. Rezaban juntos por las noches, y cuando el
príncipe se acostaba, Ostolaza, después de decir las últimas oraciones,
fervorosamente prosternado ante la imagen de Nuestra Señora, rociaba el
lecho de Su Alteza con agua bendita para alejar los sueños pecaminosos.
No se crea por esto que mi amigo era gazmoño ni melindroso, que esto
habría sido grave falta en un hombre llamado a las luchas del mundo.
Sabía perfectamente dar a cada hora su propio afán, concediendo parte
del tiempo a las buenas relaciones sociales, porque igualmente se ha
de cumplir con Dios y con los hombres. Por tal ley, Ostolaza, luego
que dejaba a su hijo espiritual dentro de las purificadas sábanas,
bien santiguado y bien rociado por banda y banda, de tal modo que en
la alcoba regia se podrían pasear los serafines; luego que don Blas,
repito, desempeñaba así su difícil cargo, se embozaba en su capa,
ya avanzada la noche, y corría a la calle, apretado por el deseo de
compensar los muchos afanes con un poco de libre holganza. Yo no sé a
dónde iba, porque se recataba mucho de los amigos; pero es indudable
que no pasaba la noche al raso, ni buscando hierbas a lo anacoreta,
ni mirando al cielo como astrólogo. Lo de no querer que sus amigos le
vieran a tales horas, y el esconderse de ellos, se explican en varón
tan meticuloso por su deseo de apartarse de los peligros que siempre
traen consigo las malas compañías.
Cara redonda y arrebolada; gestos muy vivos, y un modo de mirar que
daba a conocer a tiro de ballesta su superioridad; cuerpo sólido; voz
campanuda y gruesa, como toda voz creada para decir grandes cosas,
formaban el físico de aquel mi nuevo amigo, a quien tanto debí, y a
quien hoy pago un piquillo nada más de la inmensa deuda de gratitud que
con él tengo, sacándole a relucir en estas mis _Memorias_, aunque su
fama no necesita tardías trompetas para sonar por todo el orbe.
¡Ay!, ya no nacen hombres como aquel. No sé qué se ha hecho del jugo
poderoso de esta tierra fecunda. Generación de enanos, mira aquí los
gigantes de que has nacido.