¡Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar!... Señor, ¿con qué
lengua cantaré tus alabanzas? ¿Qué palabras hay que no sean pálidas y
frías para expresar mi gratitud? En la humildad nací, y del muladar de
mi oscura condición sacome tu mano poderosa para llevarme a los dorados
alcázares, donde las grandezas humanas dan idea de las grandezas
divinas. Mi corazón se estremece de gozo al recordar mi primer paso por
la dorada senda.
Era un domingo; habían pasado algunos días después de la entrada del
rey; funcionaba ya el nuevo ministerio; habían levantado su majestuosa
cabeza, coronada con los laureles de cien siglos, el Real Consejo y
Cámara de Castilla y la Sala de Alcaldes, cuando don Buenaventura
(algún nombre he de dar a mi buen protector para que se le distinga
entre los individuos de que haré mención) me llamó a su despacho, y
melifluamente me habló así:
—Dime, Braguitas, en cuál oficina quieres colocarte, pues ya he
dado tu nombre al ministro, y no falta más que saber tu deseo para
satisfacerlo al punto.
—Señor —repuse—, como vayan por delante los veinte mil reales que
Vuecencia me ha prometido, lo demás es cuestión secundaria. Sin
embargo, mis aficiones...
—Ya sé que tú te inclinas a la Real Hacienda. Vas a lo positivo.
¿Te convendría la Caja de Amortización, los Pósitos, la Revisión de
juros?...
—Iré, si Vuecencia no lo toma a mal, a Paja y Utensilios.
—Corriente... Mañana mismo tendrás tu nombramiento... Dime, ¿has
llevado la carta a las monjas bernardas?
—Esta mañana.
—¿Me has limpiado las botas?
—Están como espejos.
—Bueno: antes de marcharte pídele a doña Nicanora los calzones y la
casaca que te prometí ayer. Con un poco de obra quedarán ambas prendas
como nuevas... Ahora necesitas cierta ostentación, Juan: es preciso
que te presentes como corresponde a un señor oficial segundo de Paja
y Utensilios, y lo primero que has de hacer es dar gracias al señor
ministro...
—¿Las gracias?
—Seguramente. Ganabas cinco mil reales en las covachuelas de la
secretaría de Gracia y Justicia, y de golpe y porrazo pasas con veinte
mil a Paja y Utensilios...
Mortificado por mi dignidad, un poco ofendida, permanecí en silencio;
pero el insigne repúblico debió de adivinar mis pensamientos con su
seguro tino, y me dijo:
—¿Qué, no estás contento todavía? No sé en qué piensan los muchachos
del día... Ya se ve... ¡los tiempos que corren y los escándalos de
estos últimos años han despertado las ambiciones de tal modo!... En mis
tiempos, lo que hoy se te da equivalía a un arzobispado de los de mejor
renta.
—No me quejaré —repuse humildemente—, porque es propio de mi condición
no pedir nada y aceptar lo que me dan; pero... si han de acomodarse las
recompensas a los merecimientos...
—¡Tus merecimientos! —exclamó su señoría con desdén—. ¿Cuáles son?
¿Qué letras has cursado, perillán? ¿Qué tratados de materia jurídica o
teológica has escrito? ¿Qué servicios has prestado a la Administración,
bergante? ¿Qué ejércitos acaudillaste, zopenco, ni qué rey te debió la
corona?
—Sobre eso hay mucho que hablar, señor don Buenaventura de mi alma
—respondí con brío—. Si a todos se repartiera por igual, no me
quejaría; pero se están viendo improvisaciones escandalosas. Ahí tiene
usted a Antonio Moreno. ¿Qué era hace un mes? Ayuda de peluquero, pues
ni siquiera podía llamarse maestro peluquero. ¿Qué es hoy?... Consejero
de Hacienda.
Don Buenaventura calló. Le dejé suspenso y absorto.
—Es verdad —dijo al fin—. Ya lo sabía... pero eso no tiene nada de
particular. Antonio Moreno era... un excelente profesor de cabezas...
No debe olvidarse que en Valencia sirvió de amanuense cuando se redactó
el célebre decreto del 4.
—¡Consejero de Hacienda! —exclamé yo alzando los brazos—. ¡Consejero de
Hacienda un vil peluquero!
—Pero a nosotros, ¿qué nos importa? Allá se las compongan... Dime tú,
¿qué pedazo de pan nos quitan de la boca, haciendo a Moreno consejero?
Además, el honor de haber redactado tan sublime documento, merece
perpetuarse con una posición decente... ¿Qué piensas? ¿Qué opinas? ¿Por
qué has hecho ese gesto de monja escandalizada, cuando he nombrado el
decreto del 4 de mayo? ¿No te gusta? ¿No te parece categórico? ¿No lo
crees una obra admirable y que nada deja que desear?
Yo callaba, porque mil dudas y desconfianzas ocupaban mi espíritu.
—No puede escribirse nada más contundente —continuó don Buenaventura
leyendo un papel— que el párrafo en el cual se declara «aquella
Constitución y decretos nulos y de ningún valor ni efecto, ahora ni
en tiempo alguno, como si no hubiesen pasado jamás tales actos, y _se
quitaran de en medio del tiempo..._» Está dicho todo, y con tales
palabras bastaba.
—Esa es mi opinión. Con eso bastaba. Pero más arriba, el rey,
obedeciendo a pérfidas inspiraciones, ha dicho que aborrece el
despotismo, que convocará Cortes, que establecerá la seguridad
individual, con otras zarandajas que, o mucho me engaño, o son el
primer paso para volver a las andadas, mi señor don Buenaventura.
—Pero ven acá, majadero impenitente, ¿cuándo has visto que tales
fórmulas sean otra cosa que una satisfacción dada a esas entrometidas
naciones de Europa, que quieren ver las cosas de España marchando
al compás y medida de lo que pasa más allá de los Pirineos? Ríete
de fórmulas. No se pueden hacer, ni menos decir, las cosas tan en
crudo que los afeminados cortesanos de Francia, Inglaterra y Prusia
se escandalicen. ¡Reunir Cortes! Primero se hundirá el cielo que
verse tal plaga en España, mientras alumbre el sol... ¡Seguridad
individual! ¡Bonito andaría el reino, si se diesen leyes para que los
vasallos obraran libremente dentro de ellas, y se dictaran reglas
para enjuiciar, y se concedieran garantías a la acción de gente tan
ingobernable, díscola y revoltosa! El rey, sus ministros y esos
sapientísimos y útiles Consejos y Salas, sin cuyo dictamen no saben
los españoles dónde tienen el brazo derecho, bastan para consolidar
el más admirable gobierno que han visto humanos ojos. Así es y así
seguirá por los siglos de los siglos... ¿Eres tan tonto que crees en
manifiestos de reyes? Como los de los revolucionarios, dicen lo que no
se ha de cumplir y lo que exigen las circunstancias. Bajo las fugaces
palabras están las inmóviles ideas, como bajo las vagas nubes las
montañas ingentes, que no dan un paso adelante ni atrás. Las nubes
pasan y los montes se quedan como estaban. Así es el absolutismo, hijo
mío: sus palabras podrán ser bonitas, rosadas, luminosas y movibles;
pero sus ideas son fijas, inmutables, pesadas. No mires lo de fuera,
sino lo de dentro. Estudia el corazón de los hombres y no atiendas a
lo que articulan los labios, que siempre han de pagar tributo a las
conveniencias, a la moda, a las preocupaciones...
Don Buenaventura se expresaba con calor. No me atreví a contestarle, y
mis pensamientos se acomodaron a los suyos, como sucedía casi siempre
que hablábamos de política.
—¡Ah! Se me olvidaba una cosa —exclamó después de breve pausa—: ya he
dicho al ministro que te exima durante algunos días de ir a la oficina.
Es preciso que me ayudes en este delicado negocio que tengo entre
manos... Ya sabes que Su Majestad me ha nombrado fiscal de la Comisión
de Estado que ha de sentenciar a los presos de la noche del 10.
—Tarea fácil, a mi modo de ver, mientras no desaparezcan del mapa
Melilla, Ceuta y el Peñón.
—Eres excesivamente ejecutivo. No puede hacerse la distribución, sin
fundar en algo los castigos. Es preciso buscarle el pelo al huevo, como
suele decirse; registrar papeles, sacar de ellos la quintaesencia de
la maldad, allegar testigos aunque sea en las entrañas de la tierra,
estrujar los autos hasta que destilen la amarga hiel de la evidencia,
cumplir en todas sus partes la larga serie de procedimientos que son
gloria de nuestra jurisprudencia, y, en fin, _hacer_ los procesos
de tal modo que no les falte ni una tilde, y aparezcan en toda su
horrible desnudez las necesarias maldades de esos hombres.
—Con el plan de república (algo más verosímil que el de la Iberiana),
revelado por el padre Castro en su _Atalaya_ —repuse—, bastará para
hacer las más lindas causas que se han visto en tribunales españoles.
—A eso vamos. La _Confederación_ descubierta por el Atalayero es
ingeniosa. Además, algunos testigos han hecho declaraciones de perlas.
—El conde del Montijo...
—Asegura que los liberales formaron causa al rey en un café de Cádiz y
le condenaron a muerte.
—Ostolaza...
—Ha delatado los _pensamientos_ de sus compañeros de Cortes, asegurando
que querían deshonrar al rey, con otras preciosísimas afirmaciones que
constituyen un verdadero tesoro.
—La persecución del obispo de Orense y del marqués del Palacio, así
como el destierro del nuncio señor Gravina, son materia abundante.
—Abundantísima.
—Bien sabemos todos que Mejía dijo en las Cortes _que no existe Dios_;
Argüelles, _que no debían obedecerse los preceptos de la Iglesia_.
—Feliú sostuvo _que la religión era una farsa_...
—Y Arispe afirmó que la grandeza española _tenía sangre de perro_. Bien
mirado, el testigo más explícito, más claro, es el archivo, las actas
de las Cortes.
—Sin duda. ¿No está allí escrito que el danzante de Martínez de la Rosa
propuso fuera condenado a muerte el que propusiese adición o reforma en
la Constitución de Cádiz?
—Recuerdo perfectamente su pedantesco discurso del 21 de abril
en que decía que _los pueblos deben darse ellos mismos las leyes
fundamentales_.
—También yo tengo buena memoria —añadió don Buenaventura—. Habló mucho
de _derechos imprescriptibles_, y concluyó así: _Se acabaron nuestras
desgracias. Ya reinan las leyes_.
—Que es como decir _que no reinará el rey_ —afirmé, tomando un polvo
que don Buenaventura me ofreció.
—¡Y qué más, mi querido Bragas! ¿No consta en el libro de las sesiones
la abominable expresión de Canga Argüelles?
—_Que estaba pronto a derramar la última gota de su sangre en defensa
de la Constitución_.
—Así mismo lo dijo.
—No recuerdo bien cuál de ellos aseguró que _destruidos los conventos,
se cortan las fuentes que mantienen las preocupaciones y cuentos de
viejas_.
—Page, el mismo que expresó la opinión de que _es delito de lesa
majestad llamar_ SOBERANO _al rey_... ¿No fue Istúriz quien dijo
aquellas palabrotas...?
—Sí, ya recuerdo. _Hoy somos ciudadanos de una gran república, aunque
bajo las formas características de la monarquía; el rey no es nuestro
señor, es nuestro jefe, porque queremos, y de la manera que queremos
que lo sea, y nada más_.
—Admirable memoria tienes —dijo don Buenaventura, tomando la pluma—.
Voy a apuntar eso. Se confrontarán las _Sesiones_.
—No olvidará usted los méritos y servicios de Gallardo. Fue el que
estampó en letras de molde _que los obispos debían echar bendiciones
con los pies, colgados de una cuerda_. Ahora recuerdo también que
Ramajo, redactor de _El Conciso_, amenazó al rey con la venida de
Carlos IV, si no juraba la Constitución.
—Deliciosísimo, amigo Bragas. Tras los diccionaristas y gaceteros,
viene la pestilente chusma de poetas, a quienes es preciso también
poner como nuevos. Ahí tienes, por ejemplo, a Sánchez Barbero.
—El autor de aquellos versitos:
Aquí nosotros los sagrados dones
De independencia y libertad gozamos,
Y monarca, no déspota, juramos.
—Yo también me acuerdo, yo también —exclamó con júbilo mi amigo—. El
infame bibliotecario de San Isidro se despachó a su gusto en estas
endechas:
El fanático error vencido cede,
Y la sin par _Constitución_ sucede;
_Constitución_ resuena
Doquiera ya; _Constitución_ inflama...
¡Ya te inflamarán a ti!... ¡Miserables poetas, se os ha acabado el
_doquiera_! Encerraditos en Melilla, podréis cantar la _soberana_.
—Muñoz Torrero —añadí, gozoso de poner mi retentiva al servicio del
estado— fue el que dijo que _la soberanía de la nación estaba en las
Cortes_, lo cual es como poner a la burra las arracadas.
—Justamente. _Y que las personas de los diputados eran inviolables_.
¡Inviolables el veneno de la serpiente y la lengua del escorpión!
—Pues ¿y García Herreros? Fue el que tuvo el atrevimiento de asentar
que _los reyes están sujetos a las leyes que les dicta la nación_.
—Y _que la ley es superior al rey_, lo cual es como decir que la
espuela gobierna al jinete.
—Casi todos ellos firmaron el decreto de 2 de febrero, en el cual se
dijo que _no se conocería por libre al rey, ni menos se le prestaría
obediencia, hasta que él prestase juramento a la Constitución_.
—Gutiérrez de Terán firmó como secretario el manifiesto de 19 de
febrero, que era la segunda parte del tal decreto.
—Y Martínez de la Rosa, o sea el señor _Bello Rosal_, como le llama _La
Abeja_, lo escribió.
—Y Feliú lo leía a voz en cuello en los cafés.
—A donde iban a emborracharse.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Don Buenaventura tomaba apuntes, demostrando a cada nueva adquisición
cierta alegría pueril. Como hombre que en el cumplimiento de sus
deberes y en el servicio del rey y del estado ponía su alma toda
entera, sin proceder jamás de ligero en ningún asunto grave, allegaba
cuantos datos pudieran ilustrar su entendimiento en materia tan ardua,
y con ansiedad de avariento los iba guardando. El buen señor se veía
precisado a sentenciar a muerte o a presidio a unos cuantos malvados, y
no pudiendo hacerse esto rectamente sin pruebas, las buscaba para que
aquellos infelices no fueran al patíbulo sin saber por qué. ¡Tunantes!
¡Cuándo merecieron ellos tropezar con varón tan justo, tan humanitario
y compasivo como aquel! ¡Ni cómo habían ellos de soñar que, merced a
los cristianos sentimientos de tan ejemplar magistrado, enemigo del
derramamiento de sangre, se verían galardonados, como quien dice, con
unos cuantos años de presidio en vez de la horca que merecían!
Más adelante se sabrá su destino; que ahora no puedo levantar mano del
trabajo de mi propia historia, en la cual ocupan lugar muy preferente
los sucesos que se verán a continuación.