Y así seguía, soltando la abundosa vena de mi inspiración, para que
sin tasa corriese, con lo cual se embobaba el vulgo, llegando mi fama
como escritor hasta el punto de que un padre de la Merced, el venerable
Salmón, dijese de mí que allá me iba con Cervantes en el manejo de la
pluma. Pero la verdad es que mi genio me llamaba por caminos distintos
de los de la literatura. ¿Se creerá que en aquella felicísima noche del
10 de mayo, no pudiendo contener mi exaltación en pro de Fernando, ni
menos mi enojo contra los llamados _mamones_, me uní a los esbirros y
jueces que iban de calle en calle prendiendo en sus casas a los famosos
corifeos de las Cortes?
Uno de los jueces de policía era amigo mío, y también un oficial
de los que mandaban la tropa encargada de proteger a los jueces.
Fui, pues, de casa en casa, y no puedo dar idea de la indignación
que ardía en mi alma contra aquellos bribones, a quienes era preciso
buscar dentro de sus propias guaridas para prenderles. Era en realidad
vergonzoso que varones tan eminentes como aquellos intachables jueces
de policía, anduviesen, cual cuadrilleros de la Santa Hermandad,
corriendo a caza de un Argüelles, de un Martínez de la Rosa, de un
Calatrava... ¡Tunantes! ¡Cuándo recibieron ellos mayor honra que la
de ser huroneados por individuos de toga, los cuales, en su desmedido
ardor por la causa del rey, iban sudando gotas como puños; que tales
angustias trae el oficio de polizonte!
La pesquería no fue mala, y si bien se nos escaparon Toreno, Antillón,
Gallego y otros, cogimos a Argüelles (a quien no le valió su
_divinidad_) en la calle de la Reina; a Gallardo, en la del Príncipe;
a Canga Argüelles, en la misma calle y casa de San Ignacio; a Page, en
la de Hita; a Cepero y a Martínez de la Rosa, en la calle de San José;
a Larrazábal, en la de Jacometrezo; a García Herreros, en la plazuela
de Celenque, y en diversos sitios que no recuerdo, a Quintana _el
Seminarista_, a Feliú, Villanueva, Muñoz Torrero, Cano Manuel, Álvarez
Guerra, O’Donojú, Capaz, Cuartero, a los cómicos Máiquez y Bernardo
Gil, sin omitir al célebre _Cojo de Málaga_.
¡Oh, vil caterva de charlatanes! ¡Y qué bien os llegó vuestro San
Martín! ¡Y con qué oportunidad y destreza fueron burladas vuestras
malas artes, y destruidos vuestros planes diabólicos! Mala peste os
consuma, y demos gracias a Dios que nos deparó el remedio contra tanta
perfidia en la férrea mano de Eguía. Ni qué falta hacían en el mundo
vuestros heréticos discursos, ni a cuenta de qué venía esa endiablada
Constitución... ¡Ay! Aquella noche las almas se desbordaban de gozo,
viendo destruida la infame facción, muerta la herejía, enaltecido
el sacrosanto culto, restaurado el trono, confundidos volterianos y
masones. Yo no cesaba de dar gracias a Dios por lo bien que conducía
desde su celeste altura la empresa, y siempre que salíamos de una
madriguera para entrar en otra, asegurado ya uno de los abominables
delincuentes, me santiguaba devotísimamente, poniendo los ojos en el
cielo, para que ni por un instante nos desamparase la bondad divina en
tal trance, y llegáramos al fin de la jornada sin tropiezo alguno.
A medida que iban cayendo les llevábamos a la cárcel de la Corona y al
cuartel de Guardias de Corps o a San Martín, donde quedaban encerrados.
No hubo papel que no se guardase para dar luz sobre los procesos que
se les iban a formar, porque habría sido en verdad lastimoso que las
picardías de tanto malsín no tuviesen comprobación cumplida en los
autos, para que a nadie quedara duda de sus maldades. Pues digo... si
no se hubiera tenido mucho cuidado de cogerles los papeles, la justicia
habría tenido que romperse los cascos par inventarlos después, lo
cual es tarea larga y que da larga fatiga y quita mucho tiempo a los
señores de la Comisión de Estado.
Siempre me acordaré de la insolencia de les diputadillos, que en vez de
echarse a llorar y pedirnos perdón cuando les prendíamos, nos miraban
con altaneros ojos, afectando una serenidad tranquila, propia de
justos o inocentes, y expresándose en tales términos, que al oírles,
¡mal pecado!, pudiéramos creer que no habían roto plato ni escudilla.
Quien los viera, creyéralos a ellos jueces y a nosotros ladrones en
cuadrilla, trocados los papeles, y convertidos los ajusticiadores en
ajusticiados. Viendo tan descarada desvergüenza no me pude contener,
y a varios de ellos les dije cuatro frescas bien dichas y dos docenas
de verdades como puños, siendo tal su cobardía que no se atrevieron a
contestarme, ni aun siquiera a soportar el mortífero rayo de mis ojos.
Yo les veía pasar de sus casas a las cárceles, y siempre me parecían
pocos. Hubiera deseado que aquellos bergantes se multiplicaran para que
fuese más grande el esplendor de la fazaña que estábamos consumando.
¡Oh! ¡Ver a Madrid limpio de liberales, de gaceteros, de discursistas,
de preopinantes, de soberanistas, de republicanos, de volterianos, de
masones...! ¡Esto era para enloquecer al menos entusiasta!
Llegaste al fin, ¡oh día 11 de mayo!, y tus primeras luces vieron
al devoto pueblo de Madrid corriendo por las calles como impetuoso
río, sin que ningún dique bastase a contener las desbordadas olas de
su gozo. ¡Oh, qué pueblo! ¡Y cómo gritaba celebrando el acabamiento
de la tiranía! ¡Y con cuánto amor invocaba al Dios Todopoderoso y
a su Santísima Madre, llevando en triunfo a los benditos frailes,
y arrastrando por las enlodadas calles las sacrílegas imágenes de
la libertad, que exornaban el palacio del charlatanismo; arrancando
la lápida de la Constitución y cuantos letreros, signos y figuras
recordasen la conjurada borrasca!... De seguro lo pasaran mal los
señores encarcelados si por acaso les echara la zarpa el discreto y
sapientísimo vulgo. Hubo quien a grito herido pidió que se permitiera
al pueblo hacer justicia por sí mismo en la ruin persona de los
orgullosos caídos; pero la cosa no pasó de aquí.
Por mi parte trabajé en aquel día más que en otro alguno de mi
vida. ¡Virgen de las Angustias! ¡Qué idas y venidas, qué mareo, qué
ansiedad!... Solo por causa tan santa y por el inextinguible amor del
inocente Fernando puede un hombre molerse y descoyuntarse como yo lo
hice aquel día, con los hígados en la boca durante diez horas, sin dar
paz a los pies ni a la lengua, ora arengando a estos, ora recomendando
a los otros lo que habían de hacer, disponiendo y ordenando, conforme a
la voluntad de mi patrono y de otros personajes de viso que andaban en
el negocio.
¡Jesús, María y José! Flojita era la tarea en gracia de Dios... Al
más pintado se la doy yo, seguro de que a la mitad de la jornada
desfallecería, como no recibiera del cielo broncíneas piernas y
garganta de bronce. Ahí es nada... teníamos que repartir dinero
por los barrios bajos, y convocar a determinados individuos de la
majería, cuidando de andar con pulso en lo del distribuir, porque a
mucho que se abriera la mano, no quedaba nada para el repuesto del
comisionado. Asimismo era indispensable ir de taberna en taberna y
de garito en garito, contratando gente; avistarse con el tío Mano de
Mortero, con Majoma y otros próceres del Rastro, para encomendarles
delicadas comisiones, de esas que solo a delicadísimos entendimientos
pueden fiarse. También había que avisar a los padres franciscos y
agustinos, que estaban ocultos, para que saliesen a arengar a la
muchedumbre; propalar noticias falsas de conspiraciones fraguadas por
los revolucionarios, con otros muchos menesteres y ocupaciones que
habrían rendido el organismo más fuerte, y desquiciado el más sólido
entendimiento y la más firme voluntad. ¿Pero de qué sirve la fe si no
es para hacer prodigios? Por la fe los hice yo en aquel memorable día;
por la fe tuve cuerpo y alma, sentidos e ideas para tantas cosas; por
la fe hice más yo solo que veinte compañeros encargados de iguales
trapisondas.
Recordando aquel día y mi cansancio, el alma se me inunda de frenético
gozo. Habíamos vencido a la infame pandilla, a un centenar de
deslenguados charlatanes; les habíamos destruido sin más auxilio que un
ejército y la autoridad del rey, acompañada de la grandeza, del clero,
de las clases poderosas; habíamos triunfado en sin igual victoria,
y la monarquía absoluta, tal como la gozaron con pictórica felicidad
nuestros bienaventurados padres, estaba restablecida; habíamos
pisoteado la hidra asquerosa del democratismo extranjero, de la inmunda
filosofía, devolviendo al trono su esplendor primero, y a la autoridad
real el emblema de su origen divino; habíamos derrotado a la impiedad,
sacando a la religión sacrosanta de la sombra y abatimiento en que
yacía; habíamos realizado una maravilla; habíamos sido los soldados de
Cristo; sentíamos en nuestro pecho el divino aliento, y el regocijo de
la bienaventuranza enardecía nuestras almas.
«¡Noche del 10 de mayo! —decía el padre Castro en su inolvidable
Atalaya—. ¡Ah, tú serás contada entre los días más solemnes que vio el
mundo!... Españoles, alabemos y ensalcemos al Señor; que nuestra lengua
no cese de cantar sus misericordias.
»Sí, españoles: _Confitemini Domino, quoniam bonus, quoniam in sæculum
misericordia ejus_. Los principales cabezas de esta rebelión están
ya presos en la capital y en las provincias. La sabiduría de nuestro
idolatrado FERNANDO ha sabido combinar de tal modo los caminos de
nuestra futura dicha, que es menester confesar que el Señor está en él.
En un mismo día y en una misma hora han sido sorprendidos todos estos
verdugos de nuestra patria, y su ejemplar castigo será la garantía más
segura de nuestra perpetua felicidad. _Confitemini Domino, quoniam
bonus, quoniam in sæculum misericordia ejus_. Españoles, alabad y
bendecid al Señor. Nuestra patria es ya feliz; ya reina FERNANDO.»
¡Sí, ya reinan Dios y Fernando!