I
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, doy principio
a la historia de una parte muy principal de mi vida; quiero decir que
empiezo a narrar la serie de trabajos, servicios, proezas y afanes,
por los cuales pasó, en poco tiempo, desde el más oscuro antro de las
regias covachuelas, a calentar un sillón en el Real Consejo y Cámara de
Castilla.
Abran los oídos, y escuchen, y entiendan cómo un varón listo y honrado
podía medrar y sublimarse por la sola virtud de sus merecimientos,
sin sentar el pie en los tortuosos caminos de la intriga, ni halagar
lisonjero las orejas de los grandes con la música de la adulación, ni
poner tarifa a su conciencia, o vil tasa a su honor, cual suelen hacer
los menguados ambiciosillos del día, después que las sanas costumbres,
la modestia, la sobriedad y la cristiana mansedumbre han huido
avergonzadas del mundo, y son tan míseros de virtud los tiempos, que
no se encuentra un hombre de bien aunque den por él medio millón de
pícaros vividores.
¡Bendito sea Dios, padre de los menesterosos, sustento de los débiles,
proveedor de los hambrientos, aposentador de los desamparados, amparo
de los desnudos, alivio de todos los pobrecitos que quieren ganarse
la vida, y despensero de las hormigas, de los pájaros y de los
pretendientes!... ¡Bendito sea Dios, digo, que me ha conservado mis
sueldos, gajes, pensiones, viáticos, emolumentos y obvenciones, para
que desahogadamente y sin importunos cuidados pueda contar todos los
pasos de mi fabulosa carrera! ¡Oh! ¿Por qué he de ocultarlo? Carrera
como la mía no la hicieron más de cuatro, desde que brotó en la fecunda
tierra el tallo de los empleos públicos, y abrieron sus polvorientas
corolas de papel los expedientes de Arbitrios, Propios, Tercias reales,
Noveno, Pósitos, Paja y Utensilios, Frutos civiles, Mandas, Renta de la
Abuela, Chapín de la Reina, y demás hierbas que componían el placentero
jardín de la Administración.
Verdad es que, si a grandes altitudes llegué, buenos porrazos recibí
en aquella bendita escala, luchando y desgreñándome a machacaliendres
con los que querían subir antes que yo. Si mucho y rápidamente subí,
agarreme también a buenos faldones. Y no se diga que manchan mi
vida, como la de otros muy lucidos en sus carreras, acciones feas
y vergonzosas. Eso no; que antes que nada es la inmaculada blancura
de mi alma cristiana. Dios es testigo de que jamás metí la mano en
bolsillo ajeno... ¡Jesús, qué horror! Antes me habría dejado tostar
en parrillas que tomar de las arcas del Tesoro un ochavo de los que
allí estaban, conforme a los libros de cuenta y razón... ¡Huye, Luzbel
maldito! ¡_Vade retro_!... Detesto las violentas acciones, mayormente
cuando al varón allegador y celoso de su propio bien, no faltan mil
ingeniosos arbitrios, sutilezas prudentes y habilísimas industrias para
remediar sus escaseces. No fui yo el inventor de tales alivios; que
los aprendí de maestros muy doctos, cargados de emolumentos, veneras,
excelencias, y que pasaban por las más firmes columnas del estado y de
la Iglesia, de lo cual colijo que las trazas antedichas no debían de
ser pecaminosas. Y no digo más por ahora, que a su tiempo y sazón se
verán palmariamente las agudezas de mi ingenio, y el filósofo, así como
el moralista, no podrán menos de aprobarlas.
«¿Y quién es usted?...» —preguntarán seguramente los que me leen—. Yo
soy aquel —respondo— que en los primeros años de su vida administrativa
se llamaba Juan Bragas, nombre que a decir verdad no se distingue por
su música, ni tiene saborcillo de elegancia, ni sonsonete o cancamurria
de nobleza; así es que, no bien comencé a sacar el pie del lodo, añadí
al apellido de mis padres el lugar de mi nacimiento, por lo cual,
siendo este Pipaón en Rioja de Álava, vine a llamarme don Juan Bragas
de Pipaón. Sonaba esto pomposamente en mis orejas, y yo repetía en
voz alta mi propio nombre para engreírme con su grandiosidad, la cual
anunciaba por el solo efecto del silabeo la persona de un embajador,
consejero de Indias, fiscal de la Rota o asistente de Sevilla. Más
adelante, como el Bragas no me pareciese del mejor gusto, lo suprimí
completamente, quedándome para el mundo presente y para la posteridad
en don Juan de Pipaón, nombre breve y rotundo, que va dejando ecos
armoniosos doquiera que se pronuncia, y al cual no le vendría mal la
conterilla del marquesado o condado que tengo entre ceja y ceja.
Bendito sea Dios, vuelvo a decir, que no abandona jamás a los
menesterosos; bendita sea la pródiga mano que a cada cual le da su
remedio, ora un pedazo de pan, si padece hambre, ora un buen amigo que
le ayude, si tiene ambicioncillas de medro. ¿Qué habría sido de mí, si
no hubiera tropezado de manos a boca con aquel nobilísimo, con aquel
sin par sujeto, que echó de ver mis disposiciones, y me llevó desde el
Purgatorio de la oscuridad y miseria, al Paraíso del favor, de la fama
y de la hartura? Hombre mejor no nació del vientre de mujer, ni se ha
visto un talentazo igual para todo aquello que fuera de la jurisdicción
de la suprema intriga, por cuyas prendas era la gran cabeza de aquellos
tiempos; y un maravilloso regalo hecho por Dios a la afortunada nación
española, para que la sacara del mal traer en que se encontraba.
No estamparé aquí su nombre, porque los de personajes insignes no
deben ser puestos a la vergüenza de las letras de molde, donde corren
riesgo de que la Historia y la Posteridad (ambas señoras muy amigas de
meterse en vidas ajenas) los tomen por su cuenta, atribuyéndoles esta
o la otra picardía, y desfigurando con pérfido criterio sus honrados
manejos. Pero sin nombrar al santo, puedo referir los milagros. Era mi
protector diputado en las Cortes del año 14, donde brilló por su buen
ojo y mejor mano para meter en un laberinto de enredos y compromisos al
bando reformador. Acaudilló con singular tino a los que poco después
se llamaron _Persas_, y fue uno de los que prepararon el paso dado por
Fernando (a quien todos llamaban entonces el _suspirado_) contra la
Constitución. Gozaba mi protector fama de hombre ignorantísimo, opinión
que hubo de ser efecto de la ruin envidia, pues de su excelso ingenio
fueron muestras la zancadilla que echó a todos los reformistas, y aquel
celo y consumada destreza suya para ponerse en primer lugar, luego que
el _rey recobró sus legítimos derechos_, así como la prontitud con
que se proporcionó tres o cuatro sueldos por Obra Pía, Pósitos, Penas
de Cámara, etc., de los cuales el menor habría contentado a un triste
pedigüeño de otros tiempos.
Dios Todopoderoso, a quien no cesa de invocar mi gratitud, hizo que
el cuitado narrador de estos sucesos topara con Su Excelencia en
enero de 1814, y que le cautivase principalmente por su buena letra y
singularísima habilidad para remedar la ajena, especialmente en toda
suerte de firmas y rúbricas. ¡Oh, qué elogios hacía aquel buen hombre
de mis talentos caligráficos! ¡Y cómo ponderaba mi pulso, mi excelente
ojo, y aquella soltura con que despachaba en cuatro rasgos las más
difíciles y para él inverosímiles imitaciones! Así es que me traía en
palmitas, regalábame copiosamente, y aunque a veces solía decirme las
cosas entre una sofocante llovizna de bofetones, mi humildad, y la
mansedumbre cristiana que Dios me dio, le volvían a su pacífico ser, y
a sus bondades y deferencias conmigo.
El primer asunto importante en que su merced me ocupara fue aquel que
la historia llama _el asunto Oudinot_, y que fue saladísimo, como obra
de tales ingenios, aunque de escaso efecto por torpeza de algunos.
Con su poderosa inventiva fantaseó mi protector una conspiración
que se suponía fraguada por los liberales, de acuerdo con Napoleón,
para establecer en España la república _Iberiana_. ¡Diantre con la
república, y cuánto nos dio que reír, y cuántas cuchufletas y bufonadas
entretuvieron las nocturnas horas en que a solas nos dedicábamos a
inventar cartas, a remedar tipos de letra, a confeccionar programas y
comunicaciones en cifra! Lo cierto es que la conspiración salió que ni
pintada, y daba gusto ver aquella sutil trama, en la cual don Agustín
Argüelles aparecía carteándose con un pinche francés, a quien nosotros
por ensalmo hicimos _general Oudinot_, con otras muchas imaginarias
picardías, puestas tan al vivo, que aun los autores de todo llegamos
a creerlo, y nos indignábamos contra los _republicanos iberianos
napoleónicos_.
Todo se lo llevó la trampa, a pesar de estar hecho con tanto esmero en
largas vigilias... ¡Lástima de trabajo! La torpeza del necio Berteau,
criado de la duquesa de Osuna, y de cierto cura de Granada (a quien
después hicieron arzobispo), echó por tierra el más grandioso edificio
que levantaran humanos entendimientos. Descubriose que todo era
invención; formose causa, y aunque nadie se metió con nosotros, tuvimos
el pesar de que los mismos jueces se escandalizaran de tan _atrevida y
necia calumnia_.
Pero desde entonces se redobló la buena amistad y estimación de mi
generoso protector, quien me puso en el secreto de graves planes,
convidándome a cooperar en su realización con todas las fuerzas de mi
talento y travesura. Véase, pues, qué pronto me había destinado la
divina Providencia a tomar parte en sucesos culminantes, de esos que
mudan y trastornan las naciones. Sí, señores: delante de mí, en una
sala del convento de Atocha, mi buen amigo, asistido de algunos padres
graves de dicha casa, redactó el famoso manifiesto de los _Persas_, que
quedó perfilado y puesto en limpio por mí, en 12 de abril. Firmáronlo
sesenta y nueve individuos de lo más aprovechado que había en el reino
y en las Cortes, hombres estimadísimos del soberano, que entre ellos
repartió mitras y togas, para que no quedara sin premio su lealtad.
En cuanto a la mía acrisolada, continuó sin más premio por entonces
que el antiguo destinillo en la covachuela, y hasta después del 10 de
mayo, y de la caída de la _Mamancia_, y de la entrada en Madrid del
_encantador_ Fernando, no di señales de adelanto en mi carrera. ¡Oh,
qué días aquellos! ¡Cuánta ansiedad sentíamos los buenos patricios,
esclavos de la libertad, suspensos entre la vida y la muerte, sin
saber cuándo veríamos el fin de la horrible tiranía de los _mamones,
caparrotas, cuácaros, lameplatos_ y _ceposquedos_, pues estos y otros
graciosos nombres daba a los liberales en su _Atalaya de la Mancha_
el reverendo padre Castro! ¡Y qué trasudores y congojas hubimos de
pasar en todo abril, ora creyendo segura la llegada del rey con el
desquiciamiento de todo el catafalco constitucional, ora sospechando
que los infames francmasones nos secuestrarían al _suspirado_ rey,
haciéndole perdidizo en cualquier desfiladero, para encajarnos la
república Iberiana, que tanto daba que hablar en los barrios bajos, y
en los claustros de mendicantes!
Pero la aproximación de las tropas de Wittingham nos dio aliento, y
la llegada del general Eguía, completa tranquilidad acerca del buen
resultado de lo que entre manos traían los _Persas_. ¡Qué hombre
aquel! Era de los pocos, y es lástima que nuestra nación, agradecida
a su destreza y heroísmo, no le elevase una estatua ecuestre,
representándole con su peluca de coleta, su gran joroba y aquel aire
chusco y altanero que le hacía tan temible. General más valiente no
le han conocido los siglos. Los historiadores, que todo lo enredan,
han dado en decir que don Francisco Eguía no hizo más que majaderías
y desaciertos, cuando mandó el ejército del Centro en la Mancha,
antes de la batalla de Ocaña; pero aún falta probar que nuestro
general no fue un Gran Federico en aquella guerra. Han dicho que no
quería combatir; que apremiado por la Regencia para que atacase a los
franceses, contestó que _él solo anhelaba sucesos grandes que salvaran
a la nación_, dando a entender el noble deseo de no gastar su ingenio
estratégico en batallejas de tres por un cuarto.
Pero sea de esto lo que quiera, y aun considerando que la Regencia
tuvo razón al separarle del mando en 1809, no se le puede negar su
heroísmo y militar ciencia en 1814. Como que él solo, ayudado de una
división del ejército del Centro, dio al traste con la inmensa balumba
de las Cortes, poniendo en vergonzosa fuga a más de cien diputados
liberales, que se escondieron en sus casas sin atreverse a asomar las
narices... ¿Qué tal? Hombres como aquel bravísimo Eguía son el mayor
galardón que Dios Omnipotente puede dar a las atribuladas y huérfanas
naciones. Admirablemente lo hizo, y allí era de ver cómo se presentó
con su tropa en casa del Presidente de las Cortes, notificándole, con
serenidad sublime, la ruina de la Constitución, y cómo ocupó después
resueltamente y sin asomos de miedo, casi sin pestañear, el Palacio de
las Sesiones, declarando con voz entera y firme que todo estaba por los
suelos.
¡Qué noche la del 10 de mayo de 1814! ¡Oh sin igual ventura! ¡Oh
inolvidable regocijo del alma después de tan larga opresión! Yo
había pasado todo el día escribiendo un articulito, que remití a _La
Atalaya_, por encargo de mi excelente patrono. Estoy tan orgulloso
de aquella pieza, fruto precioso del frenético entusiasmo mío y de
los ardores fernandistas de mi exaltado corazón, que no quiero que
estas fieles memorias vayan a los confines de la posteridad sin llevar
siquiera un par de párrafos, muestra de mi caliente estilo y de las
gallardías de mi pluma. Decía así:
«¡Adónde estáis, potencias de mi alma! ¡Os busco, y por ninguna parte
os encuentro! ¿Habéis volado en busca de aquel imán de nuestros
corazones? ¿Adónde está FERNANDO? Hechizo de mi corazón, ¿adónde
te encontraré? ¡Mi alma no acierta, en la efusión de su placer, a
expresar de ningún modo los sentimientos de que se halla inundada! ¡Mi
memoria... mi voluntad... mi entendimiento, sí!... Todo es vuestro,
¡Dios eterno! Pero si FERNANDO está en vos, y vos en FERNANDO, en vos
mismo gozaré de su amorosa presencia; sí, Dios Omnipotente, permitid
que me regocije en vos, pues que vos le elegisteis desde vuestros
eternos alcázares para nuestro digno REY; vos le perseverasteis con
vuestra providencia en el principio; vos le guardasteis bajo la sombra
de vuestras divinas alas... vos le quitasteis de un suelo manchado
con tantos crímenes, para que no presenciase el espantoso castigo
con que ibais, aunque tan lleno de misericordia, a castigar a tus
hijos... sí, amado FERNANDO... sí, apetecido consuelo de todas nuestras
aflicciones... sí, hermoso y deseado iris en todas nuestras horribles
borrascas... tus fieles y huérfanos hijos te lloraron como miserables
pupilos, y no hubo un placer verdadero en sus amantes corazones,
considerándote cautivo...»