ALGUNOS DETALLES CONCERNIENTES AL VIEJO CHISTOSO Y SUS ALUMNOS
SOBRESALIENTES.
ERA ya tarde cuando Oliverio se dispertó á la mañana siguiente. En el
aposento no habia mas que el viejo ocupado en hacer hervir café y
silvando por lo bajo mientras lo removia con una cuchara de hierro. De
vez en cuando se paraba para escuchar al menor ruido que oia y cuando
habia satisfecho su curiosidad volvia á remover el café y á silvar de
lo lindo.
Despues que el café estuvo hecho, puso la cafetera en el suelo y no
sabiendo como matar el tiempo, se volvió maquinalmente hacia Oliverio y
le llamó por su nombre. Era probable que el niño dormia, porque no
respondió. Luego que se hubo asegurado de ello se dirijió de puntillas
á la puerta y la cerró con los cerrojos. En seguida á lo que le
pareció á Oliverio (que realmente no dormia) levantó un ladrillo del
pavimento; sacó de un hoyuelo practicado debajo de el una cajita, y la
colocó sobre la mesa. Sus ojos brillaron al levantar la tapadera y al
sumerjir dentro de ella su mirada. Por último acercando una silla vieja,
se sentó y sacó de la caja un reloj de oro magnífico y resplandeciente
de diamantes.
--Ah! ah! --dijo encojiéndose de hombros y haciendo una mueca horrible
--Eran ellos unos famosos conejos! unos verdaderos hurones! Firmes hasta
el fin! Incapaces de decir al _negro bonete_ donde esto se encontraria!
Jamás, jamás han vendido al viejo Fagin! Además ¿les hubiera servido
esto acaso para librarse del balanceo? Pamema! Tampoco se hubiera
aflojado el nudo escurridizo. No, no! Ah! Eran buenos vivientes! Famosos
conejos!
Haciendo estas reflecciones y otras de la misma naturaleza, el judío
volvió el reló á su sitio primitivo. Otros cinco ó seis por lo menos
fueron sacados sucesivamente de la misma caja y pasados en revista con la
misma satisfaccion, como tambien sortijas, alfileres, braceletes y otros
artículos de joyeria de una materia tan magnífica y de un trabajo tan
precioso que su vista tenia á Oliverio en babia.
Despues de haber colocado el judío estas joyas en su sitio anterior
tomó otra tan pequeña que la tenia en el hueco de su mano. Esta parecia
tener cincelada una inscripcion muy diminuta, porque la puso sobre la
mesa y garantizándola de la falsa luz poniendo la mano ante ella, la
examinó largo tiempo con la mas viva atencion. En fin renunciando á la
esperanza de descifrar aquella leyenda remitió la joya en la cajita
inclinándose en el respaldo de su silla.
--Magnífica cosa la _pena capital_! --murmuró entre dientes-- Los
muertos no regresan para _bachillerear_. Oh! Es una gran garantia para el
comercio! lineó de ellos enfilados en la misma cuerda y ninguno tan ruin
para desembuchar el secreto!
Al decir esto el judío que hasta entonces habia tenido sus ojos negros y
penetrantes sobre la joya en un estado de fijeza estática los dirijió
á Oliverio y viendo que el niño le miraba con muda curiosidad,
comprendió que habia sido observado. Entonces cerrando bruscamente la
cajita, se apoderó de un cuchillo que estaba sobre la mesa y se levantó
furioso. Sin embargo no estaba seguro, pues Oliverio á pesar de su
espanto pudo notar que el cuchillo temblaba en la mano del viejo.
--Por vida de! --esclamó el judío --¿Me espiabas? Estabas dispierto?
Que has visto? Oh! habla . . . niño! responde pronto! va en ello tu vida!
--No he podido dormir mas tiempo señor! --respondió Oliverio --siento
haberos interrumpido.
--Tu no estabas dispierto hace media hora he? --preguntó el viejo con
acento estraviado.
--No señor es la pura verdad! --repuso Oliverio.
--Estás de ello seguro? --gritó el judío dando á su mirada una
espresion mas feroz y tomando una actitud amenazadora.
--Si, si señor! lo juro! --replicó el niño con ansia --Os aseguro que
no estaba dispierto! de toda verdad! de toda verdad!
--Cállate; cállate! --dijo el judío recobrado de repente sus maneras
ordinarias y aparentando jugar con el cuchillo antes de volverlo sobre la
mesa para dar á entender que no lo habia cojido mas que por broma --Ya
lo sabia buen amigo y esto no era mas que para darte miedo, para reirme.
Sabes hijuelo mio que eres un valenton! Ah! ah! eres un valenton
Oliverio! --Mientras decia esto frotaba sus manos con falsa sonrisa y no
dejando de mirar la cajita con alguna inquietud. Luego poniendo su mano
sobre la tapadera añadió despues de un momento de silencio. --Has visto
tu algunas de esas cosas hermosas amigo mio?
--Si señor. --respondió Oliverio.
--Ah! --hizo el judío cambiando de color --Estos son . . . es mi
pequeño haber Oliverio; es mi propiedad, todo lo que tengo para
descansar en mis viejos días! El mundo dice que soy avaro; si amigo mio,
solamente avaro; nada mas que esto.
Oliverio pensó que efectivamente el _viejo señor_ debia ser avaro pues
que vivia en un sitio tan miserable con tantos relojes; imaginándose
luego que tal vez su ternura por el _fino camastron_ y los demás
muchachos le costaba mucho dinero no dejó de tenerlo en mayor estima y
le preguntó respetuosamente si podia levantarse.
--Ciertamente amigó mio! ciertamente! --respondió él viejo judío
--Espera; detras de la puerta hay un cantaro de agua: traelo aquí: voy
á darte una cofaina para lavarte.
Oliverio se levantó, atravesó el aposento y se bajó para tomar el
cantaro; cuando se volvió la cajita habia desaparecido.
Apenas habia concluido de lavarse y poner cada cosa en su sitio despues
de haber arrojado el agua de la cofaina por la ventana á tenor de las
órdenes del judío, cuando el _fino camastron_ Volvió á entrar
acompañado de uno de sus amigos, jóven alegrillo que Oliverio habia
visto la víspera anterior. Este le fué presentado con todas las
fórmulas debidas, como que era el Señor Cárlos Bates. Cada uno se
sentó á la mesa y comió con el café bollos todavia calientes y jamon
que el Camastron habia traido en la copa de su sombrero.
--Y bien amigos! --dijo el judío lanzando sobre Oliverio una mirada
maligna el propio tiempo que se dirijia al Camastron --Espero que habreis
estado en el _taller_ esta mañana.
--Un poco abuelo! --respondió el Camastron.
--Y con unas ganas deliciosas! --repuso Cárlos.
--Vaya, vaya! sois buenos chicos; muy buenos chicos! --dijo el judío
--Que es lo que tu has traido Jaime?
--Dos _agenda_ --respondió este.
--Guarnecidos he! --preguntó él viejo con interes.
--Asi asi . . . --replicó el Camastron sacando de su faltriquera dos
_agenda_ la una colorada y la otra verde.
--No tan macisos como deberian! --esclamó el viejo despues de haber
examinado el interior con una atencion escrupulosa --Pero con todo no
deja de ser un trabajo exquisito: de _mano maestra_.
No es así Oliverio?
--Oh! de un trabajador muy hábil os cierto señor! --respondió Oliverio.
--Aquí el Señor Cárlos esplotó en una estrepitosa carcajada con
grande asombro de Oliverio que no veia en ello ningun motivo de risa.
--Y tu viejecito! --dijo Fagin á Cárlos --Que es lo que tu nos traes?
--_Pingajos_. --respondió maese Bates sacando cuatro pañuelos de
faltriquera.
--Bravo! --repuso el judío despues de haberles pasado revista --No son
malejos á fé mia! Si; pero no los has señalado bien; será preciso
quitarles estas marcas con una aguja, y ya enseñaremos á Oliverio como
es preciso gobernarse para ello.
--Te gustará aprenderlo Oliverio! he?
--Si señor! --respondió Oliverio.
--Gustarias de hacer el _moscardon_ con tanta maestría como Cárlos
Bates ¿no es así amigito? --preguntó el judío.
--Oh! si señor: me gustaria mucho. Si quisierais enseñarmelo?
--Maese Bates vió en esta peticion algo de chistoso, pues esplotó en
una nueva carcajada que habiéndole hecho tragar el café malamente, poco
faltó para que no le ahogase.
--A la verdad es bien _nuevo_! --dijo luego que se hubo repuesto, como
para excusar su conducta impolítica.
El Camastron pasando su mano por la cabeza de Oliverio y aplanándole los
cabellos sobre su frente dijo que pronto sabria bastante. En esto el
judío viendo que el rostro del niño se ponia colorado, cambió de
conversacion preguntando si habia habido mucha gente en la sentencia de
muerte que habia tenido lugar en aquella misma mañana. Esto sorprendió
tanto mas á Oliverio comprendiendo por las respuestas de los dos
muchachos que habian asistido á ella y no podiendo darse razon como
habian tenido tiempo bastante para haber sido tan laboriosos.
Despues de levantada la mesa, el viejo chistoso y los dos muchachos
empezaron un juego tan curioso como poco comun. El primero metió una
petaca en uno de los bolsillos de su pantalon y una cartera en el otro;
en la faltriquera de su chaleco un reloj unido á una gruesa cadena de
seguridad que pasó al rededor de su cuello y clavando en la pechera de
su camisa una aguja de quincalla se abotonó hasta debajo la barba; luego
colocando el estuche de sus anteojos y su pañuelo en los bolsillos de su
leviton, se paseó arriba y abajo del aposento empuñando un baston, del
mismo modo que vemos á nuestros viejos señores en las calles á cada
momento del dia. Unas veces se paraba ante la chimenea; otras á la
puerta finjiendo examinar las mercaderias en los aparadores de las
tiendas. En ciertos momentos, miraba á su alrededor y tentaba
alternativamente sus faltriqueras para asegurarse de que no le habian
hurtado nada y esto lo hacia tan naturalmente que Oliverio se
desternillaba de risa. Durante este tiempo los dos _mozalvetes_ le
seguian de cerca evitando tan diestramente sus miradas cada vez que se
volvia, que era imposible al ojo seguir sus movimientos. Al fin, el
Camastron le picó los talones y Cárlos, tropezó con él (se entiende
sin hacerlo expresamente) y en el propio instante le birlaron en un decir
Jesus y con la mas asombrosa destreza, petaca, cartera, reló, cadena de
seguridad, ajuja, pañuelo de faltriquera y hasta el estuche de los
anteojos. Si el viejo señor sentia una mano en una de sus faltriqueras,
decia en cual y volvia á empezar el juego.
Rato habia que se estaba repitiendo esta diversion, cuando dos _jóvenes
señoritas_ entraron á hacer visita á los dos _señoritos_. La una se
llamaba Betsy y la otra Nancy. Sus cabelleras naturalmente espesas, se
ostentaban algo descuidadas del peine; sus zapatos no llevaban cordones y
sus medias iban tiradas con mucha negligencia. Tal vez no eran lo que
puede llamarse precisamente bonitas; pero tenian subidos colores,
abultadas mejillas y parecian bastante alegrillas. Como manifestaban
ademanes excesivamente libres y desenvueltos, Oliverio pensó que debian
ser muy amables (y lo eran sin ninguna clase de duda.)
Las tales _señoritas_ se quedaron un buen rato y habiéndose traido
algunas botellas de licores en atencion á haberse quejado una de ellas
de que tenia el estómago _seco_, la conversacion se hizo viva y animada.
Al fin Cárlos dijo era de opinion que habia ya llegado el buen tiempo de
_trillar la cemilla_, expresion que Oliverio entendió por salir; porque
inmediatamente el Camastron, Cárlos y las dos _señoritas_ se marcharon
juntos provistos de algun dinero que les dió el bueno del judío para
refocilarse durante el camino.
--Y bien amigito! No te parece agradable esta vida? --dijo Fagin --Ya se
han marchado por todo el dia!
--Y han concluido su trabajo Señor? --preguntó Oliverio.
--Si; á menos que no encuentren ocupacion en el camino; entonces, no se
estarán con las manos plegadas, está seguro. Toma ejemplo de ellos hijo
mio: toma ejemplo de ellos! --continuó golpeando el suelo del hogar con
el badil como para dar mas fuerza á sus palabras --Haz todo lo que te
digan y consúltales en todo, especialmente al Camastron. Este llegará
muy alto y tú lo mismo si lo tomas por modelo. ¿Acaso sale el pañuelo
de mi faltriquera amiguito? --dijo interumpiéndose secamente.
--Si señor. --respondió Oliverio.
--Prueba pues un poquito si podrias sacarlo sin que yo lo advirtiese, del
mismo modo que has visto hacerlo, cuando nos divertíamos hace poco.
Oliverio levantó la faltriquera con una mano como habia visto hacerlo al
Camastron y con la otra tiró ligeramente el pañuelo.
--Esta hecho? --preguntó el judío.
--Ahí lo teneis señor! --contestó Oliverio enseñándoselo.
--Eres un muchacho muy diestro amiguito! --dijo el viejo adulador pasando
su mano cadavérica sobre la cabeza de Oliverio en señal de aprobacion
--No he visto un chico mas hábil. Toma é aquí un _schelling_ para ti.
Si continuas de este modo serás el mas grande hombre de tu siglo. Ahora
ven aquí para que te enseñe á quitar las señales de los pañuelos.
Oliverio se preguntó á sí mismo que tenia de comun la accion de
escamotear divirtiéndose el pañuelo del viejo con la espectativa de
llegar á ser un grande hombre; pero refleccionando que por ser el judío
de muchísima mas edad que el debia ser mas sabedor de ello, se arrimó
á la mesa y pronto fué entregado profundamente á su nuevo estudio.