OLIVERIO SE ENTERA MEJOR DEL CARÁCTER DE SUS NUEVOS COMPAÑEROS, Y
ADQUIERE EXPERIENCIA Á COSTAS SUYAS. --IMPORTANCIA DE LOS DETALLES
CONTENIDOS EN ESTE CAPITULO.
DURANTE muchos dias Oliverio permaneció en la estancia del judío
quitando las señales á los pañuelos de faltriquera que llegaban en
tumulto al domicilio y algunas veces tomando tambien parte en el
susodicho juego, en el que este y los dos mozalbetes se ejercitaban
regularmente todas las mañanas. Al fin; comenzó á tener ansia de
respirar el aire libre y buscó muchas ocasiones para pedir al viejo le
dejará salir para _trabajar_ junto con sus camaradas.
Deseaba con tanto mas ardor el ser puesto en actividad por haber visto un
canto de la moral austera del _viejo señor_. Cada vez que el Camastron
ó Cárlos Bates volvian por la noche con las manos vacias, les
suministraba una larga Filipica, estendiéndose largamente sobre los
males que engendran la pereza y la ociosidad, y para gravar mas
fuertemente esta verdad en su memoria, los enviaba á la cama sin cenar.
Una vez entre otras los arrojó escaleras abajo; pero este esceso de celo
en el _virtuoso_ viejo, no siempre era llevado hasta este punto.
En fin una hermosa mañana obtuvo el permiso tan ardientemente anhelado.
Habia ya dos ó tres dias que faltaban pañuelos para quitar las señales
y las comidas eran flacas. Tal vez estos fueron los motivos que
dicidieron á Fagin á que diera su permiso. Que fueran ó no; dijo á
Oliverio que podia salir y le colocó bajo la salvaguardia de Cárlos
Bates y de su amigo el Camastron.
Los tres compañeros se marcharon: el Camastron con las mangas
arremangadas y el sombrero en el cogote segun costumbre; maese Cárlos
con las manos en las faltriqueras y meneándose á lo lechugino y
Oliverio entre ambos cavilando á donde podian ir y en que ramo de
industria iban á lanzarse por de pronto.
Andaban con tanta calma y parecian tan inciertos en cuanto al camino que
debian tomar; que Oliverio pensó que sus camaradas engañaban al _viejo
señor_ no yendo al taller. El Camastron tenia un instinto maligno, y era
quitar todas las gorras de los párvulos y hechárselas en seguida en las
entradas. Cárlos por su parte demostraba principios mas relajados en
cuanto al respeto que se debe á la propiedad ageua, escamoteando de los
cestos de las fruteras cebollas y manzanas que metia en sus faltriqueras
tan grandes que parecian invadir su traje en todos sentidos. Esto
pareció tan inconveniento á Oliverio que estuvo á punto de declararles
su intencion de dejarles para volverse á casa como pudiera, cuando sus
pensamientos fueron dirijidos de improviso hácia otro objeto por un
cambio misterioso en la conducta del Camastron.
Acababan de salir de un estrecho callejon cerca de Clerkenwell, que se
llama aun hoy dia por una estraña corrupcion de palabras Boulingrin,
cuando el Camastron se paró de repente y poniendo su dedo sobre sus.
labios hizo retroceder á sus compañeros con la mayor cautela.
--Que significa!
--Chut! --dijo el Camastron. --Ves esa _panza vieja_ delante de la parada
del librero?
--El señor anciano del otro lado de la calle? contestó el niño. --Si;
le veo.
--Pues atencion que va sacar la tripa!
--Y gorda que será! --dijo Cárlos.
Oliverio los miró alternativamente ya al uno ya al otro con suma
sorpresa; pero no tuvo tiempo de hacer pregunta alguna, porque sus dos
compañeros atravesaron la calle y se deslizaron furtivamente tras el
caballero sobre quien estaba fija su atencion. El á su vez dió algunos
pasos en la misma direccion y no sabiendo si debia adelantar ó
retroceder, los miró con un silencio de estupefaccion.
Este caballero que llevaba la cabellera empolvada y anteojos de oro,
parecia ser respetable; vestia una casaca color verdebotella con cuello
de terciopelo negro y un pantalon blanco sosteniendo por debajo el sobaco
un elegante bambú. Acababa de tomar un libro de la parada y estaba allí
como en su casa leyendo tan tranquilamente lo mismo que si estuviera
sentado en su sillon y es probable que se creia realmente en el porque
era claro que absorvido como estaba en su lectura no veia ni la parada
del librero, ni la calle, ni los dos muchachos, ni otra cosa en fin que
el libro que recorria letra por letra volviendo la hoja cuando llegaba á
lo último de la página, empezando la primera línea de la siguiente y
así consecutivamente, con el mas vivo interes y el mayor afan.
Cuales fueron la sorpresa y el horror de Oliverio, cuando abriendo tantos
ojos como le permitieron sus párpados vió al Camastron sumergir su mano
en la faltriquera del caballero y retirar de ella un pañuelo que pasó
á Cárlos y luego volver la esquina de la calle y correr á toda pierna.
En un momento se descifró en su alma todo el misterio de los pañuelos,
de los relojes, de las joyas y hasta el del mismo judío. Permaneció
allí un instante absorto; su sangre herbia en sus venas con fuerza tal,
que se creia dentro un brasero ardiente; luego confuso y aterrorizado á
la vez echó á correr, y sin saber lo que hacia ni donde iba, huyó
desatentado.
Todo esto fué obra de un segundo. En el mismo instante que Oliverio
emprendia la fuga dió la casualidad que el caballero buscó en su
faltriquera el pañuelo y no encontrándolo se volvió bruscamente, y
como vió al niño escaparse con tanta rapidez concluyó de ello que era
él quien habia cometido el hurto y se puso á perseguirlo con el libro
en la mano gritando con todas sus fuerzas: Al ladron! Al ladron!
--No era él solo quien gritaba favor! contra Oliverio: el Camastron y
Cárlos Bates temiendo llamar la atencion sobre ellos corriendo, se
habian ocultado de pronto trás la primera puerta cochera que encontraron
al paso; pero no bien hubieron oido el grito y visto correr al muchacho
cuando adivinando lo que era ello se mezclaron con los perseguidores
(como buenos ciudadanos que eran.) gritando como los demás. Al ladron!
Al ladron!
Oliverio aunque educado por _filósofos_ ignoraba en teoría su mácsima
sublime de que: _el cuidado de sí mismo es la primera ley de la
naturaleza_. Si la hubiera conocido aquel percance tal vez le hubiera
hallado prevenido; pero como no lo estaba, no hizo mas que aumentar su
espanto; asi es que corria como el viento llevando al anciano caballero y
á los dos muchachos trás sus talones.
--Al ladron! Al ladron!
Hay algo de sublime en este grito. El mercader deja su mostrador y el
carretero su carro, el carnicero abandona su trabajo, el panadero su
canasto, la lechera sus jarros, el fajin su bulto, el estudiante su
carambola, el empedrador su martillo, el muchacho su pelota; todos corren
revueltos gritando, ahullando, arrollándose, derribando los transeuntes
al revolver las esquinas, excitando á los perros, alborotando las
gallinas y haciendo retemblar las calles, los callejones, las plazas y
las plazuelas con este grito:
--Al ladron! Al ladron!
Este grito es repetido por cien voces y la multitud crece á cada
esquina. Ella lo dilata chapoteando en el lodo y haciendo resonar el
estrépito de sus pasos sobre las aceras. Las ventanas se abren, los
vecinos salen de las casas, la gente se empuja, todo un auditorio
abandona polichinela en el momento mas interesante de la comedia y
juntándose al tropel aumenta el ruido prestando nuevo vigor á los
gritos repetidos de:
--Al ladron! Al ladron!
Existe en el hombre un instinto fuertemente arraigado de correr trás
cualquiera cosa. Un niño infeliz, sofocado y llenó de fatiga, con el
terror en los ojos y la agonía en el corazon, llevando el rostro
inundado de sudor, redobla sus esfuerzos para conservar el avance sobre
sus perseguidores, mientras estos á medida que se aprocsiman de su
alcance saludan sus fuerzas desfallecidas con _hurras_ y vociferaciones
de alegria: Al ladron! Al ladron! Detenedle! por amor de Dios detenedle!
aunque no sea mas que por piedad detenedle!
Al fin ya está detenido! Golpe famoso! Helo allí tendido sobre la
acera; rodeado por la apiñada multitud y cada recien llegado codeando y
empujando para poder verle! --Haceos atrás! Dejadle un poco de aire! Que
bestialidad! No lo merece. Donde está el caballero? Allá viene. Abrid
paso al caballero! Caballero es este el pilludo? Si.
Oliverio cubierto de lodo y polvo, con la boca ensangrentada miraba con
aire estraviado todas aquellas figuras que le rodeaban, cuando el anciano
caballero fué introducido por no decir llevado dentro el círculo por la
vanguardia de los perseguidores.
--Si! --dijo con acento bondadoso --Temo que sea él!
--Teme! --murmuró la muchedumbre --Esta si que es buena!
--Pobre diablillo! --dijo el caballero --Se ha hecho daño!
--Yo soy quien le ha arreglado como esta --dijo un solemne _paja larga_
adelantándose --Me he corlado lindamente la mano contra sus dientes. Yo
soy señor quien le ha cojido.
Esto diciendo, el individuo llevó la mano á su sombrero sonriendo
bestialmente, y esperando sin duda recibir algo por el trabajo que se
habia tomado; pero el caballero examinándole con aire de desprecio,
echó una mirada inquieta á su alrededor sin duda para buscar un medio
de evadirse; lo que tal vez hubiera hecho, dando con ello lugar á otra
persecucion si en este momento un agente de policía (la última persona
que llega siempre en semejantes casos) no hubiese atravesado la multitud
y cojido á Oliverio por el cuello.
--Yo no he sido señor! Estad seguro! Es la verdad! Fueron otros dos
muchachos! --dijo Oliverio plegando las manos en ademan suplicante y
mirando á su alrededor --Deben estar aquí ó no lejos.
--Oh! que no . . . que no están aquí! --repuso el agente de policía
con acento burlon.
Oliverio decia verdad sin saberlo. El Camastron y Cárlos se habian
escabullido en la primera escalera que habian encontrado al paso.
--Ea! levántate!
--No le hagais daño! --dijo el anciano caballero con compasion.
--Oh! no pretendo hacerle daño alguno. --replicó el otro rasgando el
chaleco del niño, al obligarle á levantarse, en prueba de lo dicho.
--Vamos . . . ven . . . Te conozco . . . estos colores no me la pegan.
Quieres tenerte sobre tus piés pillastrón?
[Illustration: El Camastron explota el bolsillo del Caballero anciano á
la vista de Oliverio estupefacto.]