Por estar seguro, apénas

Fuí bandolero novicio,

Cuando, por ser bandolero,

Me veo en tanto peligro.

Cuando yo era labrador,

Eran ellos los vencidos;

Y hoy, por que soy de la carda,

Va sucediendo lo mismo.

Sin ser avariento traigo

La desventura conmigo;

Pues tan desgraciado soy,

Que mil veces imagino

Que, á ser yo judío, fueran

Desgraciados los judíos.

_(Salen Menga, Bras, Tirso y otros villanos.)_

MENGA.

¡A ellos, que van huyendo!

BRAS.

No ha de quedar uno vivo

Tan solamente.

MENGA.

Hácia aquí

Uno dellos se ha escondido.

BRAS.

Muera este ladron.

GIL.

Mirad

Que yo soy.

MENGA.

Ya nos ha dicho

El traje que es bandolero.

GIL.

El traje les ha mentido,

Como muy grande bellaco.

MENGA.

Dale tú.

BRAS.

Pégale, digo.

GIL.

Bien dado estoy y pegado.

Advertid...

TIRSO.

No hay que advertirnos.

Bandolero sois.

GIL.

Mirad

Que soy Gil, votado á Cristo.

MENGA.

¿Pues no hablaras ántes, Gil?

TIRSO.

Pues, Gil, ¿no lo hubieras dicho?

GIL.

¿Que más ántes, si el _yo soy_

Os dije desde el principio?

MENGA.

¿Qué haces aquí?

GIL.

¿No lo veis?

Ofendo á Dios en el quinto:

Mato solo más, que juntos

Un médico y un estío.

MENGA.

¿Qué traje es este?

GIL.

Es el diablo.

Maté á uno, y su vestido

Me puse.

MENGA.

¿Pues cómo, dí,

No está de sangre teñido,

Si le mataste?

GIL.

Eso es fácil;

Murió de miedo, esta ha sido

La causa.

MENGA.

Ven con nosotros,

Que victoriosos seguimos

Los bandoleros, que agora

Cobardes nos han huido.

GIL.

No más vestido, aunque vaya

Titiritando de frio. _(Vanse.)_

ESCENA IX.

EUSEBIO, CURCIO, _peleando_.

CURCIO.

Ya estamos solos los dos.

Gracias al cielo que quiso

Dar la venganza á mi mano

Hoy, sin haber remitido

Á las ajenas mi agravio,

Ni tu muerte á ajenos filos.

EUSEBIO.

No ha sido en esta ocasion

Airado el cielo conmigo,

Curcio, en haberte encontrado;

Porque si tu pecho vino

Ofendido, volverá

Castigado y ofendido.

Aunque no sé qué respeto

Has puesto en mí, que he temido

Más tu enojo que tu acero:

Y aunque pudieran tus bríos

Darme temor, sólo temo

Cuando aquesas canas miro,

Que me hacen cobarde.

CURCIO.

Eusebio,

Yo confieso que has podido

Templar en mí de la ira,

Con que agraviado te miro,

Gran parte; pero no quiero

Que pienses inadvertido

Que te dan temor mis canas,

Cuando puede el valor mio.

Vuelve á reñir, que una estrella

Ó algun favorable signo,

No es bastante á que yo pierda

La venganza que consigo.

Vuelve á reñir.

EUSEBIO.

¿Yo temor?

Neciamente has presumido

Que es temor lo que es respeto;

Aunque, si verdad te digo,

La victoria que deseo

Es, á tus plantas rendido,

Pedirte perdon; y á ellas

Pongo la espada que ha sido

Temor de tantos.

CURCIO.

Eusebio,

No has de pensar que me animo

A matarte con ventaja.

Esta es mi espada. (_Ap._ Así quito

La ocasion de darle muerte.)

Ven á los brazos conmigo.

_(Abrázanse los dos, y luchan.)_

EUSEBIO.

No sé qué efecto has hecho

En mí, que el corazon dentro del pecho,

A pesar de venganzas y de enojos,

En lágrimas se asoma por los ojos,

Y en confusion tan fuerte,

Quisiera, por vengarte, darme muerte.

Véngate en mí; rendida

A tus plantas, señor, está mi vida.

CURCIO.

El acero de un noble, aunque ofendido,

No se mancha en la sangre de un rendido;

Que quita grande parte de la gloria

El que con sangre borra la victoria.

_Voces._

_(Dentro.)_ Hácia aquí están.

CURCIO.

Mi gente victoriosa

Viene á buscarme, cuando temerosa

La tuya vuelve huyendo.

Darte vida pretendo;

Escóndete, que en vano

Defenderé el enojo vengativo

De un escuadron villano,

Y solo tú, imposible es quedar vivo.

EUSEBIO.

Yo, Curcio, nunca huyo

De otro poder, aunque he temido el tuyo;

Que si mi mano aquesta espada cobra,

Verás, cuanto valor en tí me falta,

Que en tu gente me sobra.

ESCENA X.

OCTAVIO, GIL, BRAS _y los demas_ VILLANOS.—DICHOS.

OCTAVIO.

Desde el más hondo valle á la más alta

Cumbre de aqueste monte, no ha quedado

Alguno vivo; solo se ha escapado

Eusebio, porque huyendo aquesta tarde...

EUSEBIO.

Mientes, que Eusebio nunca fué cobarde.

TODOS.

¿Aquí está Eusebio? ¡Muera!

EUSEBIO.

¡Llegad, villanos!

CURCIO.

¡Tente, Octavio, espera!

OCTAVIO.

¿Pues tú, señor, que habias

De animarnos, agora desconfías?

BRAS.

¿Un hombre amparas que en tu sangre y honra

Introdujo el acero y la deshonra?

GIL.

¿A un hombre, que atrevido

Toda aquesta montaña ha destruido?

A quien en el aldea no ha dejado

Melon, doncella que él no haya catado,

Y á quien tantos ha muerto,

¿Cómo así le defiendes?

OCTAVIO.

¿Qué es, señor, lo que dices? ¿Qué pretendes?

CURCIO.

Esperad, escuchad (¡triste suceso!):

¿Cuánto es mejor que á Sena vaya preso?

Dáte á prision, Eusebio; que prometo,

Y como noble juro, de ampararte,

Siendo abogado tuyo, aunque soy parte.

EUSEBIO.

Como á Curcio no más, yo me rindiera;

Mas como á juez, no puedo;

Porque aquél es respeto, y éste es miedo.

OCTAVIO.

¡Muera Eusebio!

CURCIO.

Advertid...

OCTAVIO.

Pues qué, ¿tú quieres

Defenderle? ¿A la patria traidor eres?

CURCIO.

¿Yo traidor? Pues me agravian desta suerte,

Perdona, Eusebio, porque yo el primero

Tengo de ser en darte triste muerte.

EUSEBIO.

Quítate de delante,

Señor, porque tu vista no me espante;

Que viéndote, no dudo

Que te tenga tu gente por escudo.

_(Vanse todos peleando con él.)_

CURCIO.

Apretándole van. ¡Oh quién pudiera

Darte agora la vida,

Eusebio, aunque la suya misma diera!

En el monte se ha entrado,

Por mil partes herido:

Retirándose baja despeñado

Al valle. Voy volando,

Que aquella sangre fria,

Que con tímida voz me está llamando,

Algo tiene de mia;

Que sangre, que no fuera

Propia, ni me llamara, ni la oyera. _(Vase.)_

ESCENA XI.

EUSEBIO, _que baja despeñado_.

Cuando, de la vida incierto,

Me despeña la más alta

Cumbre, veo que me falta

Tierra donde caiga muerto:

Pero si mi culpa advierto,

Al alma reconocida,

No el ver la vida perdida

La atormenta, sino el ver

Cómo ha de satisfacer

Tantas culpas una vida.

Ya me vuelve á perseguir

Este escuadron vengativo;

Pues no puedo quedar vivo,

He de matar ó morir:

Aunque mejor será ir

Donde al cielo perdon pida;

Pero mis pasos impida

La Cruz, porque desta suerte

Ellos me den breve muerte,

Y ella me dé eterna vida.

Arbol, donde el cielo quiso

Dar el fruto verdadero

Contra el bocado primero,

Flor del nuevo paraíso,

Arco de luz, cuyo aviso

En piélago más profundo

La paz publicó del mundo,

Planta hermosa, fértil vid,

Arpa del nuevo David,

Tabla del Moisés segundo:

Pecador soy, tus favores

Pido por justicia yo;

Pues Dios en tí padeció

Sólo por los pecadores.

A mí me debes tus lôres;

Que por mí sólo muriera

Dios, si más mundo no hubiera:

Luego eres tú Cruz por mí,

Que Dios no muriera en tí

Si yo pecador no fuera.

Mi natural devocion

Siempre os pidió con fe tanta,

No permitieseis, Cruz santa,

Muriese sin confesion.

No seré el primer ladron

Que en vos se confiese á Dios.

Y pues que ya somos dos,

Y yo no lo he de negar,

Tampoco me ha de faltar

Redencion que se obró en vos.

Lisardo, cuando en mis brazos

Pude ofendido matarte,

Lugar dí de confesarte,

Ántes que en tan breves plazos

Se desatasen los lazos

Mortales. Y agora advierto

En aquel viejo, aunque muerto:

Piedad de los dos aguardo.

¡Mira que muero, Lisardo;

Mira que te llamo, Alberto!

ESCENA XII.

CURCIO.—EUSEBIO.

CURCIO.

Hácia aquesta parte está.

EUSEBIO.

Si es que venís á matarme,

Muy poco hareis en quitarme

Vida que no tengo ya.

CURCIO.

¡Qué bronce no ablandará

Tanta sangre derramada!

Eusebio, rinde la espada.

EUSEBIO.

¿A quién?

CURCIO.

A Curcio.

EUSEBIO.

Esta es. _(Dásela.)_

Y yo tambien á tus piés,

De aquella ofensa pasada

Te pido perdon. No puedo

Hablar más, porque una herida

Quita el aliento á la vida,

Cubriendo de horror y miedo

Al alma.

CURCIO.

Confuso quedo.

¿Será en ella de provecho

Remedio humano?

EUSEBIO.

Sospecho

Que la mejor medicina

Para el alma es la divina.

CURCIO.

¿Dónde es la herida?

EUSEBIO.

En el pecho.

CURCIO.

Déjame poner en ella

La mano, á ver si resiste

El aliento. ¡Ay de mí triste!

_(Registra la herida, y ve la Cruz.)_

¿Qué señal divina y bella

Es esta, que al conocella

Toda el alma se turbó?

EUSEBIO.

Son las armas que me dió

Esta Cruz, á cuyo pié

Nací; porque más no sé

De mi nacimiento yo.

Mi padre, á quien no señalo,

Aun la cuna me negó;

Que sin duda imaginó

Que habia de ser tan malo.

Aquí nací.

CURCIO.

Y aquí igualo

El dolor con el contento,

Con el gusto el sentimiento,

Efectos de un hado impío

Y agradable. ¡Ay, hijo mio!

Pena y gloria en verte siento.

Tú eres, Eusebio, mi hijo,

Si tantas señas advierto,

Que, para llorarte muerto,

Ya justamente me aflijo.

De tus razones colijo

Lo que el alma adivinó.

Tu madre aquí te dejó

En el lugar que te he hallado;

Donde cometí el pecado,

El cielo me castigó.

Ya aqueste lugar previene

Informacion de mi error;

¿Pero cuál seña mayor

Que aquesta Cruz, que conviene

Con otra que Julia tiene?

Que no sin misterio el cielo

Os señaló, porque al suelo

Fuerais prodigio los dos.

EUSEBIO.

No puedo hablar, padre, ¡adios!

Porque ya de un mortal velo

Se cubre el cuerpo, y la muerte

Niega, pasando veloz,

Para responderte voz,

Vida para conocerte,

Y alma para obedecerte.

Ya llega el golpe más fuerte,

Ya llega el trance más cierto.

¡Alberto!

CURCIO.

¡Que llore muerto

A quien aborrecí vivo!

EUSEBIO.

¡Ven, Alberto!

CURCIO.

¡Oh trance esquivo!

¡Guerra injusta!

EUSEBIO.

¡Alberto! ¡Alberto! _(Muere.)_

CURCIO.

Ya al golpe más violento

Rindió el último aliento:

Paguen mis blancas canas

Tanto dolor. _(Tírase de los cabellos.)_

ESCENA XIII.

BRAS, _y luego_ OCTAVIO.—CURCIO; EUSEBIO, _muerto_.

BRAS.

Ya son tus quejas vanas.

¿Cuándo puso inconstante la fortuna

En tu valor extremos?

CURCIO.

En ninguna

Llegó el rigor á tanto.

Abrasen mis enojos

Este monte con llanto,

Puesto que es fuego el llanto de mis ojos.

¡Oh triste estrella! ¡oh rigurosa suerte!

¡Oh atrevido dolor!

_(Sale Octavio.)_

OCTAVIO.

Hoy, Curcio, advierte

La fortuna en los males de tu estado,

Cuántos puede sufrir un desdichado.

El cielo sabe cuánto hablarte siento.

CURCIO.

¿Qué ha sido?

OCTAVIO.

Julia falta del convento.

CURCIO.

El mismo pensamiento, dí, ¿pudiera

Con el discurso hallar pena tan fiera,

Que es mi desdicha airada,

Sucedida, áun mayor que imaginada?

Este cadáver frio,

Este que ves, Octavio, es hijo mio.

Mira si basta en confusion tan fuerte

Cualquiera pena destas á una muerte.

Dadme paciencia, cielos,

Ó quitadme la vida,

Agora perseguida

De tormentos tan fieros.

ESCENA XIV.

GIL, TIRSO, VILLANOS.—DICHOS.

GIL.

¡Señor!

CURCIO.

¿Hay más dolor?

GIL.

Los bandoleros,

Que huyeron castigados,

En busca tuya vuelven, animados

De un demonio de un hombre,

Que encubre dellos mismos rostro y nombre.

CURCIO.

Agora que mis penas fueron tales,

Que son lisonjas los mayores males.

El cuerpo se retire lastimoso

De Eusebio, en tanto que un sepulcro honroso

A sus cenizas da mi desventura.

TIRSO.

¿Pues cómo piensas darle sepultura

Hoy en lugar sagrado,

Cuando sabes que ha muerto excomulgado?

BRAS.

Quien desta suerte ha muerto,

Digno sepulcro sea este desierto.

CURCIO.

¡Oh villana venganza!

¿Tanto poder en tí la ofensa alcanza,

Que pasas desta suerte,

Los últimos umbrales de la muerte?

_(Vase llorando.)_

BRAS.

Sea en penas tan graves,

Su sepulcro las fieras y las aves.

OTRO.

Del monte despeñado

Caiga, por más rigor, despedazado.

TIRSO.

Mejor es darle agora

Rústica sepultura entre estos ramos.

_(Colocan entre las ramas el cuerpo de Eusebio.)_

Pues ya la noche baja,

Envuelta en esa lóbrega mortaja;

Aquí en el monte, Gil, con él te queda,

Porque sola tu voz avisar pueda,

Si algunas gentes vienen

De las que huyeron. _(Vanse.)_

GIL.

¡Linda flema tienen!

A Eusebio han enterrado

Allí, y á mí aquí solo me han dejado.

Señor Eusebio, acuérdese, le digo,

Que un tiempo fuí su amigo.

¿Mas qué es esto? ó me engaña mi deseo,

O mil personas á esta parte veo.

ESCENA XV.

ALBERTO.—GIL, EUSEBIO, _muerto_.

ALBERTO.

Viniendo agora de Roma,

Con la muda suspension

De la noche, en este monte

Perdido otra vez estoy.

Aquesta es la parte adonde

La vida Eusebio me dió,

Y de sus soldados temo

Que en grande peligro estoy.

EUSEBIO.

¡Alberto!

ALBERTO.

¿Qué aliento es este

De una temerosa voz,

Que repitiendo mi nombre

En mis oidos sonó?

EUSEBIO.

¡Alberto!

ALBERTO.

Otra vez pronuncia

Mi nombre, y me pareció

Que es á esta parte; yo quiero

Ir llegando.

GIL.

¡Santo Dios!

Eusebio es, y ya es mi miedo

De los miedos el mayor.

EUSEBIO.

¡Alberto!

ALBERTO.

Más cerca suena.

Voz, que discurres veloz

El viento, y mi nombre dices,

¿Quién eres?

EUSEBIO.

Eusebio soy;

Llega, Alberto, hácia esta parte,

Adonde enterrado estoy;

Llega y levanta estos ramos.

No temas.

ALBERTO.

No temo yo.

GIL.

Yo sí. _(Alberto le descubre.)_

ALBERTO.

Ya estás descubierto.

Díme de parte de Dios,

¿Qué me quieres?

EUSEBIO.

De su parte,

Mi fe, Alberto, te llamó,

Para que, ántes de morir,

Me oyeses en confesion.

Rato há que hubiera muerto;

Pero libre se quedó

Del espíritu el cadáver;

Que de la muerte el feroz

Golpe le privó del uso,

Pero no le dividió. _(Levántase.)_

Ven adonde mis pecados

Confiese, Alberto, que son

Más que del mar las arenas

Y los átomos del sol.

¡Tanto con el cielo puede

De la Cruz la devocion!

ALBERTO.

Pues yo cuantas penitencias

Hice hasta agora, te doy,

Para que en tu culpa sirvan

De alguna satisfaccion.

_(Vanse Eusebio y Alberto.)_

GIL.

¡Por Dios, que va por su pié!

Y para verlo mejor,

El sol descubre sus rayos.

A decirlo á todos voy.

ESCENA XVI.

JULIA, _algunos_ BANDOLEROS; _despues_ CURCIO Y VILLANOS.—GIL.

JULIA.

Agora, que descuidados

La victoria los dejó

Entre los brazos del sueño,

Nos dan bastante ocasion.

UNO.

Si has de salirles al paso,

Por esta parte es mejor;

Que ellos vienen por aquí.

_(Salen Curcio y villanos.)_

CURCIO.

Sin duda que inmortal soy

En los males que me matan,

Pues no me mata el dolor.

GIL.

A todas partes hay gente;

Sepan todos de mi voz

El más admirable caso

Que jamás el mundo vió.

De donde enterrado estaba

Eusebio, se levantó,

Llamando á un clérigo á voces.

Mas ¿para qué os cuento yo

Lo que todos podeis ver?

Mirad con la devocion

Que está puesto de rodillas.

CURCIO.

¡Mi hijo es! ¡Divino Dios!

¿Qué maravillas son estas?

JULIA.

¿Quién vió prodigio mayor?

CURCIO.

Así como el santo anciano

Hizo de la absolucion

La forma, segunda vez

Muerto á sus plantas cayó.

ESCENA XVII.

ALBERTO.—DICHOS.

ALBERTO.

Entre sus grandezas tantas,

Sepa el mundo la mayor

Maravilla de las suyas,

Porque la ensalce mi voz.

Despues de haber muerto Eusebio,

El cielo depositó

Su espíritu en su cadáver,

Hasta que se confesó;

Que tanto con Dios alcanza

De la Cruz la devocion.

CURCIO.

¡Ay, hijo del alma mia!

No fué desdichado, no,

Quien en su trágica muerte

Tantas glorias mereció.

Así Julia conociera

Sus culpas.

JULIA.

¡Válgame Dios!

¿Qué es lo que estoy escuchando?

¿Qué prodigio es este? ¿Yo

Soy la que á Eusebio pretende,

Y hermana de Eusebio soy?

Pues sepa Curcio, mi padre,

Sepa el mundo y todos hoy

Mis graves culpas: yo misma,

Asombrada á tanto horror,

Daré voces: sepan todos

Cuantos hoy viven, que yo

Soy Julia, en número infame

De las malas la peor.

Mas ya que ha sido comun

Mi pecado, desde hoy

Lo será mi penitencia;

Pidiendo humilde perdon

Al mundo del mal ejemplo,

De la mala vida á Dios.

CURCIO.

¡Oh asombro de las maldades!

Con mis propias manos yo

Te mataré, porque sea

Tu vida y tu muerte atroz.

JULIA.

Valedme vos, Cruz divina;

Que yo mi palabra os doy,

De hacer, volviendo al convento,

Penitencia de mi error.

_(Al querer herirla Curcio, se abraza de la Cruz que estaba en el

sepulcro de Eusebio, y vuela.)_

ALBERTO.

¡Gran milagro!

CURCIO.

Y con el fin

De tan grande admiracion,

La _Devocion de la Cruz_

Felice acaba su autor.

EL MÁGICO PRODIGIOSO.

PERSONAS.

CIPRIANO.

EL DEMONIO.

FLORO.

LELIO.

MOSCON.

JUSTINA, _dama_.

LIVIA, _criada_.

LISANDRO, _viejo_.

EL GOBERNADOR DE ANTIOQUÍA.

FABIO, _criado_.

CLARIN.

UN CRIADO.

UN SOLDADO.

_Soldados._

_Gente._

La escena es en Antioquía y extramuros.

JORNADA PRIMERA.

_Bosque cercano á Antioquía._

ESCENA PRIMERA.

CIPRIANO, _vestido de estudiante_; CLARIN Y MOSCON, _de gorrones, con

unos libros_.

CIPRIAN.

En la amena soledad

De aquesta apacible estancia,

Bellísimo laberinto

De árboles, flores y plantas,

Podeis dejarme, dejando

Conmigo (que ellos me bastan

Por compañía) los libros

Que os mandé sacar de casa;

Que yo, en tanto que Antioquía

Celebra con fiestas tantas

La fábrica dese templo

Que hoy á Júpiter consagra,

Y su translacion, llevando

Públicamente su estatua

Adonde con más decoro

Y honor esté colocada;

Huyendo del gran bullicio

Que hay en sus calles y plazas,

Pasar estudiando quiero

La edad que al dia le falta.

Idos los dos á Antioquía,

Gozad de sus fiestas várias,

Y volved por mí á este sitio

Cuando el sol cayendo vaya

A sepultarse en las ondas,

Que entre oscuras nubes pardas

Al gran cadáver de oro

Son monumentos de plata.

Aquí me hallaréis.

MOSCON.

No puedo,

Aunque tengo mucha gana

De ver las fiestas, dejar

De decir, ántes que vaya

A verlas, señor, siquiera

Cuatro ó cinco mil palabras.

¿Es posible que en un dia

De tanto gusto, de tanta

Festividad y contento,

Con cuatro libros te salgas

Al campo solo, volviendo

A su aplauso las espaldas?

CLARIN.

Hace mi señor muy bien;

Que no hay cosa más cansada

Que un dia de procesion

Entre cofrades y danzas.

MOSCON.

En fin, Clarin, y en principio,

Viviendo con arte y maña,

Eres un temporalazo

Lisonjero, pues alabas

Lo que hace, y nunca dices

Lo que sientes.

CLARIN.

Tú te engañas

(Que es el mentís más cortés

Que se dice cara á cara,

Y yo digo lo que siento).

CIPRIAN.

Ya basta, Moscon, ya basta,

Clarin. ¡Que siempre los dos

Habeis con vuestra ignorancia

De estar porfiando, y tomando

Uno de otro la contraria!

Idos de aquí, y (como digo)

Me buscaréis cuando caiga

La noche, envolviendo en sombras

Esta fábrica gallarda

Del universo.

MOSCON.

¿Qué va,

Que aunque defendido hayas

Que es bueno no ver las fiestas,

Que vas á verlas?

CLARIN.

Es clara

Consecuencia: nadie hace

Lo que aconseja que hagan

Los otros.

MOSCON.

_(Ap.)_ Por ver á Livia,

Vestirme quisiera de alas. _(Vase.)_

CLARIN.

_(Ap.)_ Aunque, si digo verdad,

Livia es la que me arrebata

Los sentidos. Pues ya tienes

Más de la mitad andada

Del camino; llega, _Livia_,

Al _na_, y sé, Livia, _liviana_. _(Vase.)_

ESCENA II.

CIPRIANO.

Ya estoy solo, ya podré,

Si tanto mi ingenio alcanza,

Estudiar esta cuestion

Que me trae suspensa el alma,

Desde que en Plinio leí

Con misteriosas palabras

La difinicion de Dios;

Porque mi ingenio no halla

Ese Dios en quien convengan

Misterios ni señas tantas.

Esta verdad escondida

He de apurar. _(Pónese á leer.)_

ESCENA III.

EL DEMONIO, _vestido de gala_.—CIPRIANO.

DEMONIO.

_(Ap.)_ Aunque hagas

Más discursos, Ciprïano,

No has de llegar á alcanzarla,

Que yo te la esconderé.

CIPRIAN.

Ruido siento en estas ramas.

¿Quién va? ¿quién es?

DEMONIO.

Caballero,

Un forastero es, que anda

En este monte perdido

Desde toda esta mañana,

Tanto que rendido ya

El caballo, en la esmeralda

Que es tapete destos montes,

A un tiempo pace y descansa.

A Antioquía es el camino

A negocios de importancia;

Y apartándome de toda

La gente que me acompaña,

Divertido en mis cuidados

(Caudal que á ninguno falta),

Perdí el camino y perdí

Criados y camaradas.

CIPRIAN.

Mucho me espanto de que

Tan á vista de las altas

Torres de Antioquía, así

Perdido andeis. No hay de cuantas

Veredas á aqueste monte

Ó le linean ó le pautan,

Una que á dar en sus muros,

Como en su centro, no vaya:

Por cualquiera que tomeis,

Vais bien.

DEMONIO.

Esa es la ignorancia,

Á la vista de las ciencias,

No saber aprovecharlas.

Y supuesto que no es bien

Que entre yo en ciudad extraña,

Donde no soy conocido,

Solo y preguntando, hasta

Que la noche venza al dia,

Aquí estaré lo que falta;

Que en el traje y en los libros

Que os divierten y acompañan,

Juzgo que debeis de ser

Grande estudiante, y el alma

Esta inclinacion me lleva

De los que en estudios tratan. _(Siéntase.)_

CIPRIAN.

¿Habeis estudiado?

DEMONIO.

No;

Pero sé lo que me basta

Para no ser ignorante.

CIPRIAN.

Pues ¿qué ciencias sabeis?

DEMONIO.

Hartas.

CIPRIAN.

Aun estudiándose una

Mucho tiempo, no se alcanza,

¿Y vos (¡grande vanidad!)

Sin estudiar sabeis tantas?

DEMONIO.

Sí, que de una patria soy

Donde las ciencias más altas

Sin estudiarse se saben.

CIPRIAN.

¡Oh quién fuera de esa patria!

Que acá miéntras más se estudia,

Más se ignora.

DEMONIO.

Verdad tanta

Es esta, que sin estudios

Tuve tan grande arrogancia

Que á la cátedra de prima

Me opuse, y pensé llevarla,

Porque tuve muchos votos;

Y aunque la perdí, me basta

Haberlo intentado; que hay

Pérdidas con alabanza.

Si no lo quereis creer,

Decid qué estudiais, y vaya

De argumento; que aunque no

Sé la opinion que os agrada,

Y ella sea la segura,

Yo tomaré la contraria.

CIPRIAN.

Mucho me huelgo de que

A eso vuestro ingenio salga.

Un lugar de Plinio es

El que me trae con mil ánsias

De entenderle, por saber

Quién es el Dios de quien habla.

DEMONIO.

Ese es un lugar que dice

(Bien me acuerdo) estas palabras:

«Dios es una bondad suma

Una esencia, una sustancia,

Todo vista, todo manos.»

CIPRIAN.

Es verdad.

DEMONIO.

¿Qué repugnancia

Hallais en esto?

CIPRIAN.

No hallar

El Dios de quien Plinio trata;

Que si ha de ser bondad suma,

Aun á Júpiter le falta

Suma bondad, pues le vemos

Que es pecaminoso en tantas

Ocasiones: Dánae hable

Rendida, Europa robada.

Pues ¿cómo en suma bondad,

Cuyas acciones sagradas

Habian de ser divinas,

Caben pasiones humanas?

DEMONIO.

Esas son falsas historias

En que las letras profanas

Con los nombres de los dioses

Entendieron disfrazada

La moral filosofía.

CIPRIAN.

Esa respuesta no basta,

Pues el decoro de Dios

Debiera ser tal, que osadas

No llegaran á su nombre

Las culpas, áun siendo falsas.

Y apurando más el caso,

Si suma bondad se llaman

Los dioses, siempre es forzoso

Que á querer lo mejor vayan;

Pues ¿cómo unos quieren uno,

Y otros otro? Esto se halla

En las dudosas respuestas

Que suelen dar sus estatuas.

Porque no digais despues

Que alegué letras profanas...

Á dos ejércitos, dos

ídolos una batalla

Aseguraron, y el uno

La perdió: ¿no es cosa clara

La consecuencia de que

Dos voluntades contrarias

No pueden á un mismo fin

Ir? Luego yendo encontradas,

Es fuerza, si la una es buena,

Que la otra ha de ser mala.

Mala voluntad en Dios

Implica el imaginarla:

Luego no hay suma bondad

En ellos, si union les falta.

DEMONIO.

Niego la mayor, porque

Aquesas respuestas dadas

Así, convienen á fines

Que nuestro ingenio no alcanza,

Que es la providencia; y más

Debió importar la batalla

Al que la perdió el perderla,

Que al que la ganó el ganarla.

CIPRIAN.

Concedo; pero debiera

Aquel Dios, pues que no engañan

Los dioses, no asegurar

La victoria; que bastaba

La pérdida permitir

Allí, sin asegurarla.

Luego si Dios todo es vista,

Cualquiera Dios viera clara

Y distintamente el fin;

Y al verle, no asegurara

El que no habia de ser: luego

Aunque sea deidad tanta,

Distinta en personas, debe

En la menor circunstancia

Ser una sola en esencia.

DEMONIO.

Importó para esa causa

Mover así los afectos

Con su voz.

CIPRIAN.

Cuando importara

El moverlos, genios hay

(Que buenos y malos llaman

Todos los doctos), que son

Unos espíritus que andan

Entre nosotros, dictando

Las obras buenas y malas,

Argumento que asegura

La inmortalidad del alma:

Y bien pudiera ese Dios,

Con ellos, sin que llegara

Á mostrar que mentir sabe,

Mover afectos.

DEMONIO.

Repara

En que esas contrariedades

No implican al ser las sacras

Deidades una, supuesto

Que en las cosas de importancia

Nunca disonaron. Bien

En la fábrica gallarda

Del hombre se ve, pues fué

Solo un concepto al obrarla.

CIPRIAN.

Luego si ese fué un solo,

Ese tiene más ventaja

A los otros; y si son

Iguales, puesto que hallas

Que se pueden oponer

(Esta no puedes negarla)

En algo; al hacer el hombre,

Cuando el uno lo intentara,

Pudiera decir el otro:

«No quiero yo que se haga.»

Luego si Dios todo es manos,

Cuando el uno le criara,

El otro le deshiciera.

Pues eran manos entrambas

Iguales en el poder,

Desiguales en la instancia,

¿Quién venciera destos dos?

DEMONIO.

Sobre imposibles y falsas

Proposiciones, no hay

Argumento. Dí, ¿qué sacas

Deso?

CIPRIAN.

Pensar que hay un Dios,

Suma bondad, suma gracia,

Todo vista, todo manos,

Infalible, que no engaña,

Superior, que no compite,

Dios á quien ninguno iguala,

Un principio sin principio,

Una esencia, una sustancia,

Un poder y un querer solo;

Y cuando como éste haya

Una, dos ó más personas,

Una deidad soberana

Ha de ser sola en esencia,

Causa de todas las causas.

DEMONIO.

¿Cómo te puedo negar _(Levántase.)_

Una evidencia tan clara?

CIPRIAN.

¿Tanto lo sentís?

DEMONIO.

Teatro selecto, tomo 1 de 4 · 第 11 / 19 段