¿Quién deja

De sentir que otro le haga

Competencia en el ingenio?

Y aunque responder no falta,

Dejo de hacerlo, porque

Gente en este monte anda,

Y es hora de que prosiga

A la ciudad mi jornada.

CIPRIAN.

Id en paz.

DEMONIO.

Quedad en paz.

(_Ap._ Pues tanto tu estudio alcanza,

Yo haré que el estudio olvides,

Suspendido en una rara

Beldad. Pues tengo licencia

De perseguir con mi rabia

A Justina, sacaré

De un efecto dos venganzas.) _(Vase.)_

CIPRIAN.

No ví hombre tan notable.

Mas pues mis criados tardan,

Volver á repasar quiero

De tanta duda la causa.

_(Vuelve á leer, sin reparar en los que vienen.)_

ESCENA IV.

LELIO, FLORO.—CIPRIANO.

LELIO.

No pasemos adelante;

Que estas peñas, estas ramas

Tan intrincadas, que al mismo

Sol le defienden la entrada,

Solo pueden ser testigos

De nuestro duelo.

FLORO.

La espada

Sacad; que aquí son las obras,

Si allá fuéron las palabras.

LELIO.

Ya sé que en el campo, muda

La lengua, el acero habla

Desta suerte. _(Riñen.)_

CIPRIANO.

¿Qué es aquesto?

Lelio, tente; Floro, aparta,

Que basta que esté yo en medio,

Aunque esté en medio sin armas.

LELIO.

¿De dónde, dí, Ciprïano,

A embarazar mi venganza

Has salido?

FLORO.

¿Eres aborto

Destos troncos y estas ramas?

ESCENA V.

MOSCON, CLARIN.—DICHOS.

MOSCON.

Corre, que con mi señor

Han sido las cuchilladas.

CLARIN.

Para acercarme á esas cosas

No suelo yo correr nada;

Mas para apartarme, sí.

MOSCON Y CLARIN.

Señor...

CIPRIANO.

No hableis más palabra.—

Pues ¿qué es esto? Dos amigos,

Que por su sangre y su fama

Hoy son de toda Antioquía

Los ojos y la esperanza,

Uno del Gobernador

Hijo, y otro de la clara

Familia de los Colaltos,

¡Así aventuran y arrastran

Dos vidas que pueden ser

De tanto honor á su patria!

LELIO.

Ciprïano, aunque el respeto

Que debo por muchas causas

A tu persona, este instante

Tiene suspensa mi espada,

No la tienes reducida

A la quietud de la vaina

Tú sabes de ciencias más

Que de duelos, y no alcanzas

Que á dos nobles en el campo

No hay respeto que les haga

Amigos, pues sólo es medio

Morir uno en la demanda.

FLORO.

Lo mismo te digo, y ruego

Que con tu gente te vayas,

Pues que riñendo nos dejas

Sin traicion y sin ventaja.

CIPRIAN.

Aunque os parece que ignoro

Por mi profesion las várias

Leyes del duelo que estudia

El valor y la arrogancia,

Os engañais; que nací

Con obligaciones tantas

Como los dos, á saber

Qué es honor y qué es infamia.

Y no el darme á los estudios

Mis alientos acobarda;

Que muchas veces se dieron

Las manos letras y armas.

Si el haber salido al campo

Es del reñir circunstancia,

Con haber reñido ya

Esa calumnia se salva.

Y así, bien podeis decir

Desta pendencia la causa;

Que yo, si habiéndola oido,

Reconociere al contarla

Que alguno de los dos tiene

Algo que se satisfaga,

De dejaros á los dos

Solos, os doy la palabra.

LELIO.

Pues con esa condicion

De que en sabiendo la causa

Nos has de dejar reñir,

Yo me prefiero á contarla.

Yo quiero á una dama bien,

Y Floro quiere á esta dama:

¡Mira tú cómo podrás

Convenirnos! pues no hay traza

Con que dos nobles celosos

Den á partido sus ánsias.

FLORO.

Yo quiero á esta dama, y quiero

Que no se atreva á mirarla

Ni áun el sol; y pues no hay

Medio aquí, y que la palabra

Nos has dado de dejarnos

Reñir, á un lado te aparta.

CIPRIAN.

Esperad, que hay que saber

Más. Decidme, ¿es esta dama

A la esperanza posible,

Ó imposible á la esperanza?

LELIO.

Tan principal es, tan noble,

Que si el sol celos causara

A Floro, áun dél no podria

Tenerlos con justa causa,

Porque presumo que el sol

Aun no se atreve á mirarla.

CIPRIAN.

¿Casáraste tú con ella?

FLORO.

Ahí está mi confianza.

CIPRIAN.

¿Y tú?

LELIO.

¡Pluguiera á los cielos

Que á tanta dicha llegara!

Que aunque es en extremo pobre,

La virtud por dote basta.

CIPRIAN.

Pues si á casaros con ella

Aspirais los dos, ¿no es vana

Accion, culpable é indigna,

Querer ántes disfamarla?

¿Qué dirá el mundo, si alguno

De los dos con ella casa,

Despues de haber muerto al otro

Por ella? que aunque no haya

Ocasion para decirlo,

Decirlo sin ella basta.

No digo yo que os sufrais

El servirla y festejarla

A un tiempo, porque no quiero

Que de mí partido salga

Tan cobarde; que el galan

Que de sus celos pasara

Primero la contingencia,

Pasará despues la infamia;

Pero digo que sepais

De cuál de los dos se agrada,

Y luego...

LELIO.

Detente, espera;

Que es accion cobarde y baja

Ir á que la dama diga

A quién escoge la dama,

Pues ha de escogerme á mí

O á Floro. Si á mí, me agrava

Más el empeño en que estoy,

Pues es otro empeño que haya

Quien quiera á la que me quiere.

Si á Floro escoge, la saña

De que á otro quiera quien quiero,

Es mayor: luego excusada

Accion es que ella lo diga,

Pues con cualquier circunstancia

Hemos en apelacion

De volver á las espadas:

El querido por su honor,

Y el otro por su venganza.

FLORO.

Confieso que esa opinion

Recibida es y asentada,

Mas con las damas que amores

Elegir y dejar tratan;

Y así, hoy pedírsela intento

A su padre. Y pues me basta

Habiendo al campo salido,

Haber sacado la espada

(Mayormente cuando hay

Quien el reñir embaraza),

Con satisfaccion bastante

La vuelvo, Lelio, á la vaina.

LELIO.

En parte me ha convencido

Tu razon; y aunque apurarla

Pudiera, más quiero hacerme

De su parte, ó cierta ó falsa.

Hoy la pediré á su padre.

CIPRIAN.

Supuesto que aquesta dama

En que los dos la sirvais

Ella no aventura nada,

Pues que confesais los dos

Su virtud y su constancia,

Decidme quién es; que yo,

Pues que tengo mano tanta

En la ciudad, por los dos

Quiero preferirme á hablarla,

Para que esté prevenida

Cuando á eso su padre vaya.

LELIO.

Dices bien.

CIPRIAN.

¿Quién es?

FLORO.

Justina,

De Lisandro hija.

CIPRIAN.

Al nombrarla

He conocido cuán pocas

Fueron vuestras alabanzas;

Que es virtuosa y es noble.

Luégo voy á visitarla.

FLORO.

_(Ap.)_ El cielo en mi favor mueva

Su condicion siempre ingrata. _(Vase.)_

LELIO.

Corone amor al nombrarme,

De laurel mis esperanzas. _(Vase.)_

CIPRIAN.

¡Oh, quiera el cielo que estorbe

Escándalos y desgracias! _(Vase.)_

ESCENA VI.

MOSCON, CLARIN.

MOSCON.

¿Ha oido vuesa merced

Que nuestro amo va á la casa

De Justina?

CLARIN.

Sí señor,

¿Qué hay, que vaya ó que no vaya?

MOSCON.

Hay que no tiene que hacer

Allá usarced.

CLARIN.

¿Por qué causa?

MOSCON.

Porque yo por Livia muero,

Que es de Justina criada,

Y no quiero que se atreva

Ni el mismo sol á mirarla.

CLARIN.

Basta, que no he de reñir

En ningun tiempo por dama

Que ha de ser esposa mia.

MOSCON.

Aquesa opinion me agrada,

Y así es bien que diga ella

Quién la obliga, ó quién la cansa.

Vámonos allá los dos,

Y ella elija.

CLARIN.

Es buena traza;

Aunque ha de escogerte, temo.

MOSCON.

¿Ya tienes deso confianza?

CLARIN.

Sí, que lo peor escogen

Siempre las Livias ingratas. _(Vanse.)_

* * * * *

_Sala en casa de Lisandro._

ESCENA VII.

JUSTINA, LISANDRO.

JUSTINA.

No me puedo consolar

De haber hoy visto, señor,

El torpe, el comun error

Con que todo ese lugar

Templo consagra y altar

A una imágen que no pudo

Ser deidad, pues que no dudo

Que al fin, sin algun testimonio

Da de serlo, es el demonio,

Que da aliento á un bronce mudo.

LISAND.

No fueras, bella Justina,

Quien eres, si no lloraras,

Sintieras y lamentaras

Esa tragedia, esa ruina

Que la religion divina

De Cristo padece hoy.

JUSTINA.

Es cierto, pues al fin soy

Hija tuya, y no lo fuera

Si llorando no estuviera

Ansias que mirando estoy.

LISAND.

¡Ay, Justina! no ha nacido

De ser tú mi hija, no,

Que no soy tan feliz yo.

Mas ¡ay Dios! ¿cómo he rompido

Secreto tan escondido?

Afecto del alma fué.

JUSTINA.

¿Qué dices, señor?

LISAND.

No sé.

Confuso estoy y turbado.

JUSTINA.

Muchas veces te he escuchado

Lo que ahora te escuché,

Y nunca quise, señor,

A costa de un sufrimiento

Apurar tu sentimiento,

Ni examinar mi dolor;

Pero viendo que es error

Que de entenderte no acabe,

Aunque sea culpa grave;

Que partas, señor, te pido,

Tu secreto con mi oido,

Ya que en tu pecho no cabe.

LISAND.

Justina, de un gran secreto

El efecto te callé,

La edad que tienes, porque

Siempre he temido el efeto;

Mas viéndote ya sujeto

Capaz de ver y advertir,

Y viéndome á mí que el ir

Con este báculo dando

En la tierra, ir es llamando

A las puertas del morir,

No te tengo de dejar

Con esta ignorancia, no,

Porque no cumpliera yo

Mi obligacion con callar:

Y así, atiende á mi pesar

Tu placer.

JUSTINA.

Conmigo lucha

Un temor.

LISAND.

Mi pena es mucha,

Pero esto es ley y razon.

JUSTINA.

Señor, desta confusion

Me rescata.

LISAND.

Pues escucha.

Yo soy, hermosa Justina,

Lisandro... No de que empiece

Desde mi nombre te admires;

Que aunque ya sabes que es este,

Por lo que se sigue al nombre

Es justo que te le acuerde,

Pues de mí no sabes más

Que mi nombre solamente.

Lisandro soy, natural

De aquella ciudad que en siete

Montes es hidra de piedra,

Pues siete cabezas tiene:

De aquella que es silla hoy

Del romano imperio, albergue

Del cristiano digno, pues

Solo Roma lo merece.

En ella nací de humildes

Padres, si es que nombre adquieren

De humildes los que dejaron

Tantas virtudes por bienes.

Cristianos nacieron ambos,

Venturosos descendientes

De algunos que con su sangre

Rubricaron felizmente

Las fatigas de la vida

Con los triunfos de la muerte.

En la religion cristiana

Crecí instruido, de suerte

Que en su defensa daré

La vida una y muchas veces.

Jóven era, cuando á Roma

Llegó encubierto el prudente

Alejandro, papa nuestro,

Que la apostólica sede

Gobernaba, sin tener

Donde tenerla pudiese;

Que como la tiranía

De los gentiles crueles

Su sed apaga con sangre

De la que á mártires vierte,

Hoy la primitiva Iglesia

Ocultos sus hijos tiene;

No porque el morir rehusan,

No porque el martirio temen,

Sino porque de una vez

No acabe el rigor rebelde

Con todos, y destruida

La Iglesia, en ella no quede

Quien catequice al gentil,

Quien le predique y le enseñe.

A Roma, pues, Alejandro

Llegó; y yendo oculto á verle,

Recibí su bendicion,

Y de su mano clemente

Todos los órdenes sacros,

A cuya dignidad tiene

Envidia el ángel, pues solo

El hombre serlo merece.

Mandóme Alejandro pues

Que á Antioquía me partiese

A predicar de secreto

La ley de Cristo. Obediente,

Peregrinando á merced

De tantas diversas gentes,

A Antioquía vine; y cuando

Desde aquestos eminentes

Montes llegué á descubrir

Sus dorados chapiteles,

El sol me faltó, y llevando

Tras sí el dia, por hacerme

Compañía me dejó

A que le sostituyesen

Las estrellas, como en prendas

De que presto vendria á verme.

Con el sol perdí el camino,

Y vagueando tristemente

En lo intrincado del monte,

Me hallé en un oculto albergue,

Donde los trémulos rayos

De tanta antorcha viviente,

Aun no se dejaban ya

Ver, porque confusamente

Servian de nubes pardas

Las que fueron hojas verdes.

Aquí, dispuesto á esperar

Que otra vez el sol saliese,

Dando á la imaginacion

La jurisdiccion que tiene,

Con las soledades hice

Mil discursos diferentes.

Desta suerte, pues, estaba,

Cuando, de un suspiro leve

El eco mal informado,

La mitad al dueño vuelve.

Retraje al oido todos

Mis sentidos juntamente,

Y volví á oir más distinto

Aquel aliento y más débil,

Mudo idioma de los tristes,

Pues con él solo se entienden.

De mujer era el gemido,

A cuyo aliento sucede

La voz de un hombre, que á media

Voz decia desta suerte:

«Primer mancha de la sangre

Más noble, á mis manos muere,

Ántes que á morir á manos

De infames verdugos llegues.»

La infeliz mujer decia

En medias razones breves:

«Duélete tú de tu sangre,

Ya que de mí no te dueles.»

Llegar pretendí yo entónces

A estorbar rigor tan fuerte;

Mas no pude, porque al punto

Las voces se desvanecen,

Y ví al hombre en un caballo,

Que entre los troncos se pierde.

Iman fué de mi piedad

La voz, que ya balbuciente

Y desmayada decia,

Gimiendo y llorando á veces:

«Mártir muero, pues que muero

Por cristiana y inocente;»

Y siguiendo de la voz

El norte, en espacio breve

Llegué donde una mujer,

Que apénas dejaba verse,

Estaba á brazo partido

Luchando ya con la muerte.

Apénas me sintió, cuando

Dijo, esforzándose: «Vuelve,

Sangriento homicida mio,

Ni áun este instante me dejes

De vida.—No soy (le dije)

Sino quien acaso viene,

Quizá del cielo guiado,

A valeros en tan fuerte

Ocasion.—Ya que imposible

Es (dijo) el favor que ofrece

Vuestra piedad á mi vida

Pues que por puntos fallece,

Lógrese en esa infeliz,

En quien hoy el cielo quiere,

Naciendo de mi sepulcro,

Que mis desdichas herede.»

Y espirando, ví...

ESCENA VIII.

LIVIA.—JUSTINA, LISANDRO.

LIVIA.

Señor,

El mercader á quien debes

Aquel dinero, á buscarte

Hoy con la justicia viene.

Que no estás en casa, dije:

Por esotra puerta véte.

JUSTINA.

¡Cuánto siento que á estorbarte

En aquesta ocasion lleguen,

Que estaba á tu relacion

Vida, alma y razon pendiente!

Mas véte ahora, señor:

La justicia no te encuentre.

LISAND.

¡Ay de mí! ¡qué de desaires

La necesidad padece! _(Vase.)_

JUSTINA.

Sin duda entran hasta aquí,

Porque siento afuera gente.

LIVIA.

No son ellos, Ciprïano

Es.

JUSTINA.

Pues ¿qué es lo que pretende

Ciprïano aquí?

ESCENA IX.

CIPRIANO, CLARIN, MOSCON.—JUSTINA, LIVIA.

CIPRIAN.

Serviros

Mi deseo es solamente.

Viendo salir la justicia

De vuestra casa, se atreve

Á entrar aquí mi amistad,

Por lo que á Lisandro debe,

Á sólo saber (_Ap._ Turbado

Estoy.) si acaso (_Ap._ ¡Qué fuerte

Hielo discurre mis venas!)

En algo serviros puede

Mi deseo. (_Ap._ ¡Qué mal dije!

Que no es hielo, fuego es este.)

JUSTINA.

Guárdeos el cielo mil años;

Que en mayores intereses

Habeis de honrar á mi padre

Con vuestros favores.

CIPRIAN.

Siempre

Estaré para serviros.

(_Ap._ ¿Qué me turba y enmudece?)

JUSTINA.

Él ahora no está en casa.

CIPRIAN.

Luego bien, señora, puede

Mi voz decir la ocasion

Que aquí me trae, claramente;

Que no es la que habeis oido,

La que sola á entrar me mueve

Á veros.

JUSTINA.

Pues ¿qué mandais?

CIPRIAN.

Que me oigais. Yo seré breve.

Hermosísima Justina,

En quien hoy obstenta ufana

La naturaleza humana

Tantas señas de divina:

Vuestra quietud determina

Hallar mi deseo este dia;

Pero ved que es tiranía,

Como el efecto lo muestra,

Que os dé yo la quietud vuestra,

Y vos me quiteis la mia.

Lelio, de su amor movido

(¡No ví amor más disculpado!),

Floro, de su amor llevado

(¡No ví error más permitido!),

El uno y otro han querido

Por vos matarse los dos:

Por vos lo he estorbado (¡ay Dios!);

Pero ved que es error fuerte

Que yo quite á otros la muerte,

Para que me la deis vos.

Por excusar el que hubiera

Escándalo en el lugar,

De su parte os vengo á hablar

(¡Oh nunca á hablaros viniera!),

Porque vuestra eleccion fuera

Árbitro de sus recelos,

Como juez de sus desvelos;

Pero ved que es gran rigor

Que yo componga su amor,

Y vos dispongais mis celos.

Hablaros, pues, ofrecí,

Señora, para que vos

Escogierais de los dos

Cuál quereis (¡infeliz fuí!)

Que á vuestro padre (¡ay de mí!)

Os pida. Aquesto pretendo;

Pero ved (estoy muriendo)

Que es injusto (estoy temblando)

Que esté por ellos hablando,

Y que esté por mí sintiendo.

JUSTINA.

De tal manera he extrañado

Vuestra vil proposicion,

Que el discurso y la razon

En un punto me han faltado.

Ni á Floro ocasion he dado

Ni á Lelio, para que así

Vos os atrevais aquí:

Y bien pudiérades vos

Escarmentar en los dos

Del rigor que vive en mí.

CIPRIAN.

Si yo, por haber querido

Vos á alguno, pretendiera

Vuestro favor, mi amor fuera

Necio, infame y mal nacido.

Ántes por haber vos sido

Firme roca á tantos mares,

Os quiero, y en los pesares

No escarmiento de los dos;

Que yo no quiero que vos

Me querais por ejemplares.

¿Qué diré á Lelio?

JUSTINA.

Que crea

Los costosos desengaños

De un amor de tantos años.

CIPRIAN.

¿Y á Floro?

JUSTINA.

Que no me vea.

CIPRIAN.

¿Y á mí?

JUSTINA.

Que osado no sea

Vuestro amor.

CIPRIAN.

¿Cómo, si es dios?

JUSTINA.

¿Será más dios para vos,

Que para los dos lo ha sido?

CIPRIAN.

Sí.

JUSTINA.

Pues ya yo he respondido

Á Lelio, á Floro y á vos.

_(Vase, y tambien Cipriano.)_

ESCENA X.

CLARIN, MOSCON, LIVIA.

CLARIN.

Señora Livia.

MOSCON.

Señora

Livia.

CLARIN.

Aquí estamos los dos.

LIVIA.

Pues ¿qué quereis vos? Y vos

¿Qué quereis?

CLARIN.

Que usted ahora,

Por si por dicha lo ignora,

Sepa que bien la queremos.

Para matarnos nos vemos;

Pero atentos á no dar

Escándalo en el lugar,

Que uno escoja pretendemos.

LIVIA.

Es tan grande el sentimiento

De que así me hayais hablado,

Que mi dolor me ha dejado

Sin razon ni entendimiento.

¡Que uno escoja! ¿Hay sufrimiento

En lance tan importuno?

¡Uno yo! ¿Pues oportuno

No es para tener (¡ay Dios!)

Este ingenio á un tiempo dos

Que quereis que escoja uno?

CLARIN.

¿Dos á un tiempo, cómo quieres?

¿No te embarazaran dos?

LIVIA.

No, que de dos en dos los

Digerimos las mujeres.

MOSCON.

¿De qué suerte te prefieres

Á eso?

LIVIA.

¡Qué necia porfía!

Queriéndôs la lealtad mia...

MOSCON.

¿Cómo?

LIVIA.

_Alternative._

CLARIN.

Pues

¿Qué es _alternative_?

LIVIA.

Es

Querer á cada uno un dia. _(Vase.)_

MOSCON.

Pues yo escojo este primero.

CLARIN.

Mayor será el de mañana:

Yo le doy de buena gana.

MOSCON.

Livia, en fin, por quien yo muero,

Hoy me quiere, y hoy la quiero.

Bien es que tal dicha goce.

CLARIN.

Oye usted, ya me conoce.

MOSCON.

¿Por qué lo dice? Concluya.

CLARIN.

Porque sepa que no es suya,

Así como den las doce. _(Vase.)_

* * * * *

_Calle._

ESCENA XI.

FLORO Y LELIO, _de noche, cada uno por su parte_.

LELIO.

_(Para sí.)_ Apénas la oscura noche

Extendió su manto negro,

Cuando yo á adorar la esfera

De aquestos umbrales vengo;

Que aunque hoy por Ciprïano

Tengo suspenso el acero,

No el afecto; que no pueden

Suspenderse los afectos.

FLORO.

_(Para sí.)_ Aquí me ha de hallar el alba;

Que en otra parte violento

Estoy, porque en fin, en otra

Estoy fuera de mi centro.

¡Quiera amor que llegue el dia

Y la respuesta que espero

Con Ciprïano, tocando

Ó la ventura ó el riesgo!

LELIO.

_(Ap.)_ Ruido en aquella ventana

He sentido.

FLORO.

_(Ap.)_ Ruido han hecho

En aquel balcon.

ESCENA XII.

EL DEMONIO, _abriendo una ventana de casa de Lisandro_.—FLORO, LELIO.

LELIO.

_(Ap.)_ Un bulto

Sale dél, á lo que puedo

Distinguir.

FLORO.

_(Ap.)_ Gente se asoma

Á él, que entre sombras veo.

DEMONIO.

_(Para sí.)_ Para las persecuciones

Que hacer en Justina intento,

Á disfamar su virtud

Desta manera me atrevo.

_(Baja por una escalera.)_

LELIO.

_(Ap.)_ Mas ¡ay infeliz! ¡Qué miro!

FLORO.

_(Ap.)_ Pero ¡ay infeliz! ¡Qué veo!

LELIO.

_(Ap.)_ El negro bulto se arroja

Ya desde el balcon al suelo.

FLORO.

_(Ap.)_ Un hombre es, que de su casa

Sale. No me mateis, celos,

Hasta que sepa quién es.

LELIO.

_(Ap.)_ Reconocerle pretendo,

Y averiguar de una vez

Quién logra el bien que yo pierdo.

_(Llegan los dos con las espadas desnudas á reconocer quién bajó.)_

DEMONIO.

_(Para sí.)_ No sólo he de conseguir

Hoy de Justina el desprecio,

Sino rencores y muertes.

Ya llegan: ábrase el centro,

Dejando esta confusion

A sus ojos.

_(Húndese, y quedan frente á frente Floro y Lelio.)_

ESCENA XIII.

FLORO, LELIO.

LELIO.

Caballero,

Quienquiera que seais, á mí

Me ha importado conoceros;

Y á todo trance restado

Con esta demanda vengo.

Decid quién sois.

FLORO.

Si os obliga

A tan valiente despecho

Saber en quién ha caido

Vuestro amoroso secreto,

Más que á vos el conocerme,

Me importa á mí el conoceros;

Que en vos es curiosidad,

Y en mí más, porque son celos.

¡Vive Dios, que he de saber

Quién es de la casa dueño,

Y quién á estas horas gana,

Por ese balcon saliendo,

Lo que yo pierdo llorando

A estas rejas!

LELIO.

¡Bueno es eso,

Querer deslumbrar ahora

La luz de mis sentimientos,

Atribuyéndome á mí

Delito que sólo es vuestro!

Quién sois tengo de saber,

Y dar muerte á quien me ha muerto

De celos, saliendo ahora

Por ese balcon.

FLORO.

¡Qué necio

Recato, encubrirse, cuando

Está el amor descubriendo!

LELIO.

En vano la lengua apura

Lo que mejor el acero

Hará.

FLORO.

Con él os respondo. _(Riñen los dos.)_

LELIO.

Quién ha sido, saber tengo,

Hoy el admitido amante

De Justina.

FLORO.

Ese es mi intento.

Moriré, ó sabré quién sois.

ESCENA XIV.

CIPRIANO, MOSCON, CLARIN.—FLORO, LELIO.

CIPRIAN.

Caballeros, deteneos,

Si á aquesto puede obligaros

Haber llegado á este tiempo.

FLORO.

Nada me puede obligar.

A que deje el fin que intento.

CIPRIAN.

¿Floro?

FLORO.

Sí, que con la espada

En la mano, nunca niego

Mi nombre.

CIPRIAN.

A tu lado estoy;

Muera quien te ofende.

LELIO.

Ménos

Que temer me dareis todos,

Que él me daba solo.

CIPRIAN.

¿Lelio?

LELIO.

Sí.

CIPRIAN.

Ya no estoy á tu lado, _(A Floro.)_

Porque es fuerza estar en medio.

¿Qué es esto? ¡En un dia dos veces

He de hallarme á componeros!

LELIO.

Esta la última será,

Porque ya estamos compuestos;

Que con haber conocido

Quién es de Justina dueño,

No le queda á mi esperanza

Ni áun el menor pensamiento.

Si no has hablado á Justina,

Que no la hables te ruego

De parte de mis agravios

Y mis desdichas, habiendo

Visto que Floro merece

Sus favores en secreto.

Dese balcon ha bajado

De gozar el bien que pierdo;

Y no es mi amor tan infame,

Que haya de querer, atento

A celos averiguados,

Con desengaños tan ciertos. _(Vase.)_

FLORO.

Espera.

ESCENA XV.

CIPRIANO, FLORO, MOSCON, CLARIN.

CIPRIAN.

No has de seguirle

(_Ap._ De haberle oido estoy muerto);

Que si es él el que ha perdido

Lo que has ganado, y dispuesto

A olvidar está, no es bien

Apurar su sufrimiento.

FLORO.

Tú y él apurais el mio

Con estas cosas á un tiempo;

Y así, á Justina no hables

Por mí; que aunque yo pretendo

A costa de mis agravios

Vengarme de mis desprecios,

Ya la esperanza de ser

Suyo cesó, porque creo

Que no es noble el que porfía

Sobre averiguados celos. _(Vase.)_

ESCENA XVI.

CIPRIANO, MOSCON, CLARIN.

CIPRIAN.

(_Ap._ ¿Qué es esto, cielos? ¿qué escucho?

¿El uno del otro á un tiempo

Unos mismos celos tienen?

¿Yo de uno y otro los tengo?

Los dos sin duda padecen

Algun engaño, y yo tengo

Que agradecerles, pues ya

Los dos desisten en esto

De su pretension. Desdichas,

Aunque haya sido consuelo

Este discurso, buscado

De mis ánsias, le agradezco.)

Moscon, prevenme mañana

Galas; Clarin, tráeme luego

Espada y plumas; que amor

Se regala en el objeto

Airoso y lucido; y ya,

Ni libros ni estudios quiero,

Porque digan que es amor

Homicida del ingenio. _(Vanse.)_

JORNADA SEGUNDA.

ESCENA PRIMERA.

CIPRIANO, MOSCON Y CLARIN, _vestidos de gala_.

CIPRIAN.

(_Ap._ Altos pensamientos mios,

¿Dónde, dónde me traeis,

Si ya por cierto teneis

Que son locos desvaríos

Los que osados intentais,

Pues atreviendôs al cielo,

Precipitados de un vuelo

Hasta el abismo bajais?

Ví á Justina... ¡Á Dios pluguiera

Que nunca viera á Justina,

Ni en su perfeccion divina

La luz de la cuarta esfera!

Dos amantes la pretenden,

Uno del otro ofendido;

Y yo á dos celos rendido,

Aun no sé los que me ofenden:

Sólo sé que mis recelos

Me despeñan con sus furias

De un desden á las injurias,

De un agravio á los desvelos.

Todo lo demas ignoro,

Y en tan abrasado empeño,

Cielos, Justina es mi dueño,

Cielos, á Justina adoro.)

Moscon.

MOSCON.

Señor.

CIPRIAN.

Vé si está

Lisandro en casa.

MOSCON.

Es razon.

CLARIN.

No es; yo iré, porque Moscon

Hoy no puede entrar allá.

CIPRIAN.

¡Oh qué cansada porfía

Siempre la de los dos fué!

¿Por qué no puede? ¿por qué?

CLARIN.

Porque hoy, señor, no es su dia;

Mio sí, y de buena gana

A dar el recado voy;

Que yo allá puedo entrar hoy,

Y Moscon no, hasta mañana.

CIPRIAN.

¿Qué nueva locura es esta,

Añadida al porfiar?

Ni tú ni él habeis de entrar

Ya, pues su luz manifiesta

Justina.

CLARIN.

De fuera viene

Hácia su casa.

ESCENA II.

JUSTINA Y LIVIA, _con mantos_.—CIPRIANO, MOSCON, CLARIN.

JUSTINA.

¡Ay de mí!

Livia, Cipriano está aquí. _(Ap. á ella.)_

CIPRIAN.

(_Ap._ Disimular me conviene

De mis celos los desvelos,

Hasta apurarlos mejor.

Sólo la hablaré en mi amor,

Si lo permiten mis celos.)

No en vano, señora, ha sido

Haber el traje mudado,

Para que, como criado,

Pueda á vuestros piés rendido

Serviros. Á mereceros

Esto lleguen mis suspiros:

Dad licencia de serviros,

Pues no la dais de quereros.

JUSTINA.

Poco, señor, han podido

Mis desengaños con vos,

Pues que no han podido...

CIPRIAN.

¡Ay Dios!

JUSTINA.

Mereceros un olvido.

¿De qué manera quereis

Que os diga cuánto es en vano

La asistencia, Ciprïano,

Que á mis umbrales teneis?

Si dias, si meses, si años,

Si siglos á ellos estais,

No espereis que á ellos oigais

Sino solos desengaños:

Porque es mi rigor de suerte,

De suerte mis males fieros,

Que es imposible quereros,

Ciprïano, hasta la muerte. _(Vase retirando.)_

CIPRIAN.

_(Siguiéndola.)_ La esperanza que me dais,

Ya dichoso puede hacerme.

Si en muerte habeis de quererme,

Muy corto plazo tomais.

Yo le acepto, y si á advertir

Llegais cuán presto ha de ser,

Empezad vos á querer,

Que ya empiezo yo á morir. _(Vase Justina.)_

ESCENA III.

CIPRIANO, MOSCON, CLARIN, LIVIA.

CLARIN.

En tanto que mi señor,

Livia, triste y discursivo,

Está de esqueleto vivo

Desengañando su amor,

Dáme los brazos.

LIVIA.

Teatro selecto, tomo 1 de 4 · 第 12 / 19 段