Señor, ¿qué nueva pasion

Causa tu imaginacion?

CURCIO.

Rigores que el alma siente

Son, Octavio; y mis enojos,

Para publicar mi mengua,

Como los niego á la lengua,

Me van saliendo á los ojos.

Haz, Octavio, que me deje

Solo esa gente que sigo,

Porque aquí de mí y conmigo

Hoy á los cielos me queje.

OCTAVIO.

Ea, soldados, despejad.

BRAS.

¿Qué decís?

TIRSO.

¿Qué pretendeis?

GIL.

Despiojad, ¿no lo entendeis?

Que nos vamos á espulgar.

_(Vanse todos, ménos Curcio.)_

ESCENA VIII.

CURCIO.

¿A quién no habrá sucedido,

Tal vez lleno de pesares,

Descansar consigo á solas

Por no descubrirse á nadie?

Yo, á quien tantos pensamientos

A un tiempo afligen, que hacen

Con lágrimas y suspiros

Competencia al mar y al aire,

Compañero de mí mismo

En las mudas soledades,

Con la pension de mis bienes

Quiero divertir mis males.

Ni las aves, ni las fuentes

Sean testigos bastantes:

Que al fin las fuentes murmuran,

Y tienen lengua las aves.

No quiero más compañía

Que aquestos rústicos sauces;

Pues quien escucha y no aprende,

Será fuerza que no hable.

Teatro este monte fué

Del suceso más notable,

Que entre prodigios de celos

Cuentan las antigüedades,

De una inocente verdad.

Pero ¿quién podrá librarse

De sospechas, en quien son

Mentirosas las verdades?

Muerte de amor son los celos,

Que no perdonan á nadie,

Ni por humilde le dejan,

Ni le respetan por grave.

Aquí pues, donde yo digo,

Rosmira y yo... De acordarme,

No es mucho que el alma tiemble,

No es mucho que la voz falte;

Que no hay flor que no me asombre,

No hay hoja que no me espante,

No hay piedra que no me admire,

Tronco que no me acobarde,

Peñasco que no me oprima,

Monte que no me amenace;

Porque todos son testigos

De una hazaña tan infame.

Saqué al fin la espada, y ella,

Sin temerme y sin turbarse,

Porque en riesgos de amor nunca

El inocente es cobarde:

«Esposo, dijo, detente;

No digo que no me mates,

Si es tu gusto, porque yo

¿Cómo he de poder negarte

La misma vida que es tuya?

Solo te pido que ántes

Me digas por lo que muero,

Y déjame que te abrace.»

Yo la dije: «En tus entrañas,

Como la víbora, traes

A quien te ha de dar la muerte.

Indicio ha sido bastante

El parto infame que esperas.

Mas no le verás, que ántes

Dándote muerte, seré

Verdugo tuyo y de un ángel.»

«Si acaso, me dijo entónces,

Si acaso, esposo, llegaste

A creer flaquezas mias,

Justo será que me mates.

Mas á esta Cruz abrazada,

A esta que estaba delante,

Prosiguió, doy por testigo

De que no supe agraviarte

Ni ofenderte; que ella sola

Será justo que me ampare.»

Bien quisiera entónces yo,

Arrepentido, arrojarme

A sus piés, porque se vía

Su inocencia en su semblante.

El que una traicion intenta,

Ántes mire lo que hace;

Porque una vez declarado,

Aunque procure enmendarse,

Por decir que tuvo causa,

Lo ha de llevar adelante.

Yo, pues, no porque dudaba

Ser la disculpa bastante,

Sino porque mi delito

Más amparado quedase,

El brazo levanté airado,

Tirando por várias partes

Mil heridas; pero solo

Las ejecuté en el aire.

Por muerta al pié de la Cruz

Quedó, y queriendo escaparme

A casa llegué, y halléla

Con más belleza que sale

El alba, cuando en sus brazos

Nos presenta el sol infante.

Ella en sus brazos tenía

A Julia, divina imágen

De hermosura y discrecion:

(¿Qué gloria pudo igualarse

A la mia?) que su parto

Habia sido aquella tarde

Al mismo pié de la Cruz;

Y por divinas señales,

Con que al mundo descubria

Dios un milagro tan grande,

La niña que habia parido,

Dichosa con señas tales,

Tenía en el pecho una Cruz

Labrada de fuego y sangre.

Pero ¡ay! que tanta ventura

Templaba el que se quedase

Otra criatura en el monte:

Que ella, entre penas tan graves,

Sintió haber parido dos;

Y yo entónces...

ESCENA IX.

OCTAVIO.—CURCIO.

OCTAVIO.

Por el valle

Atraviesa un escuadron

De bandoleros; y ántes

Que cierre la noche triste,

Será bien, señor, que bajes

A buscarlos, no oscurezca;

Porque ellos el monte saben,

Y nosotros no.

CURCIO.

Pues junta

La gente vaya adelante;

Que no hay gloria para mí,

Hasta llegar á vengarme. _(Vanse)_

* * * * *

_Vista exterior de un convento._

ESCENA X.

EUSEBIO, RICARDO, CELIO, _con una escala_.

RICARDO.

Llega con silencio, y pon

A esa parte las escalas.

EUSEBIO.

Icaro seré sin alas,

Sin fuego seré Faeton:

Escalar al sol intento,

Y si me quiere ayudar

La luz, tengo de pasar

Mas allá del firmamento.

Amor ser tirano enseña.

En subiendo yo, quitad

Esa escala, y esperad

Hasta que os haga una seña.

Quien subiendo se despeña,

Suba hoy y baje ofendido,

En cenizas convertido;

Que la pena del bajar,

No será parte á quitar

La gloria de haber subido.

RICARDO.

¿Qué esperas?

CELIO.

Pues ¿qué rigor

Tu altivo orgullo embaraza?

EUSEBIO.

¿No veis cómo me amenaza

Un vivo fuego?

RICARDO.

Señor.

Fantasmas son del temor.

EUSEBIO.

¿Yo temor?

CELIO.

Sube.

EUSEBIO.

Ya llego.

Aunque á tantos rayos ciego,

Por las llamas he de entrar;

Que no lo podrá estorbar

De todo el infierno el fuego. _(Sube y entra.)_

CELIO.

Ya entró.

RICARDO.

Alguna fantasía

De su mismo horror fundada,

En la idea acreditada,

O alguna ilusion sería.

CELIO.

Quita la escala.

RICARDO.

Hasta el dia

Aquí le hemos de esperar.

CELIO.

Atrevimiento fué entrar,

Aunque yo de mejor gana

Me fuera con mi villana;

Mas despues habrá lugar. _(Vanse.)_

* * * * *

_Celda de Julia_

ESCENA XI.

EUSEBIO; JULIA, _en el lecho_.

EUSEBIO.

Por todo el convento he andado,

Sin ser de nadie sentido,

Y por cuanto he discurrido,

De mi destino guiado,

A mil celdas he llegado

De religiosas, que abiertas

Tienen las estrechas puertas,

Y en ninguna á Julia ví.

¿Dónde me llevais así,

Esperanzas siempre inciertas?

¡Qué horror! ¡qué silencio mudo!

¡Qué oscuridad tan funesta!

Luz hay aquí; celda es esta,

Y en ella Julia. ¡Qué dudo!

_(Corre una cortina, y ve á Julia durmiendo.)_

¿Tan poco el valor ayudo,

Que ahora en hablarla tardo?

¿Qué es lo que espero? ¿qué aguardo?

Más con impulso dudoso,

Si me animo temeroso,

Animoso me acobardo.

Más belleza la humildad

Deste traje la asegura;

Que en la mujer la hermosura

Es la misma honestidad.

Su peregrina beldad,

De mi torpe amor objeto,

Hace en mí mayor efeto;

Que á un tiempo á mi amor incito,

Con la hermosura apetito,

Con la honestidad respeto.

¡Julia! ¡ah Julia!

JULIA.

¿Quién me nombra?

Mas ¡cielos! ¿qué es lo que veo?

¿Eres sombra del deseo,

O del pensamiento sombra?

EUSEBIO.

¿Tanto el mirarme te asombra?

JULIA.

¿Pues quién habrá que no intente

Huir de tí?

EUSEBIO.

Julia, detente.

JULIA.

¿Qué quieres, forma fingida,

De la idea repetida,

Solo á la vista aparente?

¿Eres, para pena mia,

Voz de la imaginacion?

¿Retrato de la ilusion?

¿Cuerpo de la fantasía?

¿Fantasma en la noche fria?

EUSEBIO.

Julia, escucha. Eusebio soy,

Que vivo á tus piés estoy;

Que si el pensamiento fuera,

Siempre contigo estuviera.

JULIA.

Desengañándome voy

Con oirte, y considero

Que mi recato ofendido

Más te quisiera fingido,

Eusebio, que verdadero.

Donde yo llorando muero,

Donde yo vivo penando,

¿Qué quieres? ¡estoy temblando!

¿Qué buscas? ¡estoy muriendo!

¿Qué emprendes? ¡estoy temiendo!

¿Qué intentas? ¡estoy dudando!

¿Cómo has llegado hasta aquí?

EUSEBIO.

Todo es extremos amor,

Y mi pena y tu rigor

Hoy han de triunfar de mí.

Hasta verte aquí, sufrí

Con esperanza segura;

Pero viendo tu hermosura

Perdida, he atropellado

El respeto del sagrado,

Y la ley de la clausura.

De lo cierto ó de lo injusto

Los dos la culpa tenemos,

Y en mí vienen dos extremos,

Que son la fuerza y el gusto.

No puede darle disgusto

Al cielo mi pretension;

Ántes de esta ejecucion,

Casada eres en secreto,

Y no cabe en un sujeto

Matrimonio y religion.

JULIA.

No niego el lazo amoroso,

Que hizo con felicidades

Unir á dos voluntades,

Que fué su efecto forzoso;

Que te llamé amado esposo,

Y que todo eso fué así,

Confieso; pero ya aquí,

Con voto de religiosa,

A Cristo de ser su esposa

Mano y palabra le dí.

Ya soy suya, ¿qué me quieres?

Véte, porque el mundo asombres.

Donde mates á los hombres,

Donde fuerces las mujeres.

Véte, Eusebio; ya no esperes

Fruto de tu loco amor;

Para que te cause horror,

Que estoy en sagrado piensa.

EUSEBIO.

Cuanto es mayor tu defensa,

Es mi apetito mayor.

Ya las paredes salté

Del convento, ya te ví;

No es amor quien vive en mí,

Causa más oculta fué.

Cumple mi gusto, ó diré

Que tú misma me has llamado,

Que me has tenido encerrado

En tu celda muchos dias:

Y pues las desdichas mias

Me tienen desesperado,

Daré voces; sepan...

JULIA.

Tente,

Eusebio, mira... (¡ay de mí!)

Pasos siento por aquí,

Al coro atraviesa gente.

¡Cielos, no sé lo que intente!

Cierra esa celda, y en ella

Estarás, pues atropella

Un temor á otro temor.

EUSEBIO.

¡Qué poderoso es mi amor!

JULIA.

¡Qué rigorosa es mi estrella! _(Vanse.)_

* * * * *

_Vista exterior del convento._

ESCENA XII.

RICARDO, CELIO.

RICARDO.

Ya son las tres, mucho tarda.

CELIO.

El que goza su ventura,

Ricardo, en la noche oscura,

Nunca el claro sol aguarda.

Yo apuesto que le parece

Que nunca el sol madrugó

Tanto, y que hoy apresuró

Su curso.

RICARDO.

Siempre amanece

Más temprano á quien desea;

Pero al que goza, más tarde.

CELIO.

No creas que al sol aguarde

Que en el oriente se vea.

RICARDO.

Dos horas son ya.

CELIO.

No creo

Que Eusebio lo diga.

RICARDO.

Es justo;

Porque al fin son de su gusto

Las horas de tu deseo.

CELIO.

¿No sabes lo que he llegado

Hoy, Ricardo, á sospechar?

Que Julia le envió á llamar.

RICARDO.

Pues si no fuera llamado,

¿Quién á escalar se atreviera

Un convento?

CELIO.

¿No has sentido,

Ricardo, á esta parte ruido?

RICARDO.

Sí.

CELIO.

Pues llega la escalera.

ESCENA XIII.

JULIA, EUSEBIO, _á una ventana_.—RICARDO, CELIO.

EUSEBIO.

Déjame, mujer.

JULIA.

Pues cuando

Vencida de tus deseos,

Movida de tus suspiros,

Obligada de tus ruegos,

De tu llanto agradecida,

Dos veces á Dios ofendo,

Como á Dios, y como á esposo,

¡Mis brazos dejas, haciendo

Sin esperanzas desdenes,

Y sin posesion desprecios!

¿Dónde vas?

EUSEBIO.

Mujer, ¿qué intentas?

Déjame, que voy huyendo

De tus brazos, porque he visto

No sé qué deidad en ellos.

Llamas arrojan tus ojos,

Tus suspiros son de fuego,

Un volcan cada razon,

Un rayo cada cabello,

Cada palabra es mi muerte,

Cada regalo un infierno:

Tantos temores me causa

La Cruz que he visto en tu pecho.

Señal prodigiosa ha sido,

Y no permitan los cielos

Que, aunque tanto los ofenda,

Pierda á la Cruz el respeto.

Pues si la hago testigo

De las culpas que cometo,

¿Con qué vergüenza despues

Llamarla en mi ayuda puedo?

Quédate en tu religion,

Julia: yo no te desprecio,

Que más agora te adoro.

JULIA.

Escucha, detente, Eusebio.

EUSEBIO.

Esta es la escala.

JULIA.

Detente,

Ó llévame allá.

EUSEBIO.

No puedo, _(Baja.)_

Pues que, sin gozar la gloria

Que tanto esperé, te dejo.

¡Válgame el Cielo! caí. _(Cae.)_

RICARDO.

¿Qué ha sido?

EUSEBIO.

¿No veis el viento

Poblado de ardientes rayos?

¿No mirais sangriento el cielo

Que todo sobre mí viene?

¿Dónde estar seguro puedo,

Si airado el cielo se muestra?

Divina Cruz, yo os prometo,

Y os hago solemne voto

Con cuantas cláusulas puedo,

De en cualquier parte que os vea,

Las rodillas por el suelo,

Rezar un Ave María.

_(Levántase, y vanse los tres, dejando la escala puesta.)_

ESCENA XIV.

JULIA. (_En la ventana._)

Turbada y confusa quedo.

¿Aquestas fueron, ingrato,

Las firmezas? ¿Estos fueron

Los extremos de tu amor?

¿Ó son de mi amor extremos?

Hasta vencerme á tu gusto,

Con amenazas, con ruegos,

Aquí amante, allí tirano,

Porfiaste; pero luego

Que de tu gusto y mi pena

Pudiste llamarte dueño,

Ántes de vencer, huiste.

¿Quien, sino tú, venció huyendo?

¡Muerta soy, cielos piadosos!

¿Por qué introdujo venenos

Naturaleza, si habia,

Para dar muerte, desprecios?

Ellos me quitan la vida;

Pues que con nuevo tormento

Lo que me desprecia busco.

¿Quién vió tan dudoso efecto

De amor? Cuando me rogaba

Con mil lágrimas Eusebio,

Le dejaba; pero agora,

Porque él me deja, le ruego.

Tales somos las mujeres,

Que contra nuestros deseos,

Aun no queremos dar gusto

Con lo mismo que queremos.

Ninguno nos quiera bien,

Si pretende alcanzar premio;

Que queridas despreciamos

Y aborrecidas queremos.

No siento que no me quiera,

Sólo que me deje siento.

Por aquí cayó, tras él

Me arrojaré. ¿Mas qué es esto?

¿Esta no es escala? Sí.

¡Qué terrible pensamiento!

Detente, imaginacion,

No me despeñes; que creo

Que si llego á consentir,

Á hacer el delito llego.

¿No saltó Eusebio por mí

Las paredes del convento?

¿No me holgué de verle yo

En tantos peligros puesto

Por mi causa? ¿Pues qué dudo?

¿Qué me acobardo? ¿qué temo?

Lo mismo haré yo en salir

Que él en entrar: si es lo mesmo,

Tambien se holgará de verme

Por su causa en tales riesgos.

Ya por haber consentido

La misma culpa merezco;

Pues si es tan grande el pecado,

¿Por qué el gusto ha de ser ménos?

Si consentí, y me dejó

Dios de su mano, ¿no puedo

De una culpa, que es tan grande,

Tener perdon? ¿Pues qué espero?

_(Baja por la escala.)_

Al mundo, al honor, á Dios

Hallo perdido el respeto,

Cuando á ceguedad tan grande

Vendados los ojos vuelvo.

Demonio soy, que he caido

Despeñado deste cielo,

Pues sin tener esperanza

De subir, no me arrepiento.

Ya estoy fuera de sagrado,

Y de la noche el silencio

Con su oscuridad me tiene

Cubierta de horror y miedo.

Tan deslumbrada camino,

Que en las tinieblas tropiezo,

Y áun no caigo en mi pecado.

¿Dónde voy? ¿qué hago? ¿qué intento?

Con la muda confusion

De tantos horrores, temo

Que se me altera la sangre,

Que se me eriza el cabello.

Turbada la fantasía,

En el aire forma cuerpos,

Y sentencias contra mí

Pronuncia la voz del eco.

El delito, que ántes era

Quien me animaba soberbio,

Es quien me acobarda agora.

Apénas las plantas puedo

Mover, que el mismo temor

Grillos á mis piés ha puesto.

Sobre mis hombros parece

Que carga un prolijo peso

Que me oprime, y toda yo

Estoy cubierta de hielo.

No quiero pasar de aquí,

Quiero volverme al convento,

Donde de aqueste pecado

Alcance perdon; pues creo

De la clemencia divina,

Que no hay luces en el cielo,

Que no hay en el mar arenas,

No hay átomos en el viento,

Que, sumados todos juntos,

No sean número pequeño

De los pecados, que sabe

Dios perdonar. Pasos siento.

Á esta parte me retiro

En tanto que pasan, luégo

Subiré sin que me vean. _(Retírase.)_

ESCENA XV.

RICARDO, CELIO.—JULIA, _retirada donde no los ve_.

RICARDO.

Con el espanto de Eusebio

Aquí se quedó la escala,

Y agora por ella vuelvo,

No aclare el dia, y la vean

Á esta pared.

_(Quitan la escala, y vanse; Julia llega donde estaba la escala.)_

JULIA.

Ya se fueron:

Agora podré subir

Sin que me sientan. ¿Qué es esto?

¿No es aquesta la pared

De la escala? Pero creo

Que hácia estotra parte está.

Ni aquí tampoco está. ¡Cielos!

¿Cómo he de subir sin ella?

Mas ya mi desdicha entiendo;

Desta suerte me negais

La entrada vuestra; pues creo

Que, cuando quiero subir

Arrepentida, no puedo.

Pues si ya me habeis negado

Vuestra clemencia, mis hechos

De mujer desesperada

Darán asombros al cielo,

Darán espantos al mundo,

Admiracion á los tiempos,

Horror al mismo pecado,

Y terror al mismo infierno.

JORNADA TERCERA.

_Monte._

ESCENA PRIMERA.

GIL, _con muchas cruces, y una muy grande al pecho_.

GIL.

Por leña á este monte voy,

Que Menga me lo ha mandado,

Y para ir seguro, he hallado

Una brava invencion hoy.

De la Cruz dicen que es

Devoto Eusebio; y así

He salido armado aquí

De la cabeza á los piés.

Dicho y hecho: ¡él es pardiez!

No encuentro, lleno de miedo.

Donde estar seguro puedo;

Sin alma quedo. Esta vez

No me ha visto; yo quisiera

Esconderme hácia este lado,

Miéntras pasa; yo he tomado

Por guarda una cambronera

Para esconderme. ¡No es nada!

Tanta púa es la más chica:

¡Pléguete Cristo! más pica

Que perder una trocada,

Más que sentir un desprecio

De una dama Fierabras,

Que á todos admite, y más

Que tener celos de un necio.

ESCENA II.

EUSEBIO.—GIL, _escondido_.

EUSEBIO.

No sé adónde podré ir:

Larga vida un triste tiene,

Que nunca la muerte viene

Á quien le cansa el vivir.

Julia, yo me ví en tus brazos

Cuando tan dichoso era,

Que de tus brazos pudiera

Hacer amor nuevos lazos.

Sin gozar al fin dejé

La gloria que no tenía;

Mas no fué la causa mia,

Causa más secreta fué;

Pues teniendo mi albedrío,

Superior efecto ha hecho

Que yo respete en tu pecho

La Cruz que tengo en el mio.

Y pues con ella los dos,

¡Ay Julia! habemos nacido,

Secreto misterio ha sido

Que lo entiende sólo Dios.

GIL.

_(Ap.)_ Mucho pica, ya no puedo

Más sufrillo.

EUSEBIO.

Entre estos ramos

Hay gente. ¿Quién va?

GIL.

_(Ap.)_ Aquí echamos

Á perder todo el enredo.

EUSEBIO.

_(Ap.)_ Un hombre á un árbol atado,

Y una Cruz al cuello tiene:

Cumplir mi voto conviene

En el suelo arrodillado.

GIL.

¿Á quién, Eusebio, enderezas

La oracion, o de qué tratas?

Si me adoras, ¿qué me atas?

Si me atas, ¿qué me rezas?

EUSEBIO.

¿Quién es?

GIL.

¿Á Gil no conoces?

Desde que con el recado,

Aquí me dejaste atado,

No han aprovechado voces

Para que álguien (¡qué rigor!)

Me llegase á desatar.

EUSEBIO.

Pues no es aqueste el lugar

Donde te dejé.

GIL.

Señor,

Es verdad; mas yo que ví

Que nadie llegaba, he andado,

De árbol en árbol atado,

Hasta haber llegado aquí.

Aquesta la causa fué

De suceso tan extraño.

EUSEBIO.

(_Ap._ Este es simple, y de mi daño

Cualquier suceso sabré.)

Gil, yo te tengo aficion

Desde que otra vez hablamos,

Y así quiero que seamos

Amigos.

GIL.

Tiene razon;

Y quisiera, pues nos vemos

Tan amigos, no ir allá,

Sino andarme por acá,

Pues aquí todos seremos

Buñoleros, que diz que es

Holgada vida, y no andar

Todo el año á trabajar.

EUSEBIO.

Quédate conmigo, pues.

ESCENA III.

RICARDO, BANDOLEROS; JULIA, _vestida de hombre, y cubierto el

rostro_.—EUSEBIO, GIL.

RICARDO.

En lo bajo del camino

Que esta montaña atraviesa,

Ahora hicimos una presa,

Que segun es, imagino

Que te dé gusto.

EUSEBIO.

Está bien,

Luégo della trataremos.

Sabe agora que tenemos

Un nuevo soldado.

RICARDO.

¿Quién?

GIL.

Gil: ¿no me ve?

EUSEBIO.

Este villano,

Aunque le veis inocente,

Conoce notablemente

Desta tierra monte y llano,

Y en él será nuestra guía:

Fuera desto, al campo irá

Del enemigo, y será

En él mi perdida espía.

Arcabuz le podeis dar

Y un vestido.

CELIO.

Ya está aquí.

GIL.

_(Ap.)_ Tengan lástima de mí,

Que me quedo á embandolear.

EUSEBIO.

¿Quién es ese gentil hombre

Que el rostro encubre?

RICARDO.

No ha sido

Posible que haya querido

Decir la patria ni el nombre;

Porque al capitan no más

Dice que lo ha de decir.

EUSEBIO.

Bien te puedes descubrir,

Pues ya en mi presencia estás.

JULIA.

¿Sois el capitan?

EUSEBIO.

Sí.

JULIA.

_(Ap.)_ ¡Ay Dios!

EUSEBIO.

Díme quién eres, y á qué

Viniste.

JULIA.

Yo lo diré,

Estando solos los dos.

EUSEBIO.

Retiraos todos un poco. _(Vanse.)_

ESCENA IV.

JULIA, EUSEBIO.

EUSEBIO.

Ya estás á solas conmigo;

Sólo árboles y flores

Pueden ser mudos testigos

De tus voces; quita el velo

Con que cubierto has traido

El rostro, y díme: ¿quién eres?

¿Dónde vas? ¿qué has pretendido?

Habla.

JULIA.

Porque de una vez _(Saca la espada.)_

Sepas á lo que he venido,

Y quién soy, saca la espada:

Pues desta manera digo,

Que soy quien viene á matarte.

EUSEBIO.

Con la defensa resisto

Tu osadía y mi temor;

Porque mayor habia sido

De la accion, que de la voz.

JULIA.

Riñe, cobarde, conmigo,

Y verás que con tu muerte

Vida y confusion te quito.

EUSEBIO.

Yo por defenderme, más

Que por ofenderte, riño,

Que ya tu vida me importa;

Pues si en este desafío

Te mato, no sé por qué;

Y si me matas, lo mismo.

Descúbrete agora pues,

Si te agrada.

JULIA.

Bien has dicho,

Porque en venganzas de honor,

Sino es que conste el castigo

Al que fué ofensor, no queda

Satisfecho el ofendido. _(Descúbrese.)_

¿Conócesme? ¿qué te espantas?

¿Qué me miras?

EUSEBIO.

Que rendido

A la verdad y á la duda

En confusos desvaríos,

Me espanto de lo que veo,

Me asombro de lo que miro.

JULIA.

Ya me has visto.

EUSEBIO.

Sí, y de verte

Mi confusion ha crecido

Tanto, que si ántes de agora

Alterados mis sentidos

Desearon verte, ya

Desengañados, lo mismo

Que dieran ántes por verte,

Dieran por no haberte visto.

¿Tú, Julia, en aqueste monte?

¿Tú con profano vestido,

Dos veces violento en tí?

¿Cómo sola aquí has venido?

¿Qué es esto?

JULIA.

Desprecios tuyos

Son, y desengaños mios.

Y porque veas que es flecha

Disparada, ardiente tiro,

Veloz rayo, una mujer

Que corre tras su apetito,

No sólo me han dado gusto

Los pecados cometidos

Hasta agora, mas tambien

Me le dan, si los repito.

Salí del convento, fuí

Al monte, y porque me dijo

Un pastor, que mal guiada

Iba por aquel camino,

Neciamente temerosa,

Por evitar mi peligro,

Le aseguré y le dí muerte,

Siendo instrumento un cuchillo

Que él en su cinta traia.

Con este, que fué ministro

De la muerte, á un caminante

Que cortésmente previno

En las ancas de un caballo,

A tanto cansancio alivio,

A la vista de una aldea,

Porque entrar en ella quiso,

Le pagué en un despoblado

Con la muerte el beneficio.

Tres dias fueron y noches

Los que aquel desierto me hizo

Mesa de silvestres plantas,

Lecho de peñascos frios.

Llegué á una pobre cabaña,

A cuyo techo pajizo,

Juzgué pabellon dorado

En la paz de mis mentidos.

Liberal huéspeda fué

Una serrana conmigo,

Compitiendo en los deseos

Con el pastor su marido.

Á la hambre y al cansancio

Dejé en su albergue rendidos

Con buena mesa, aunque pobre,

Manjar, aunque humilde, limpio.

Pero al despedirme dellos,

Habiendo ántes prevenido

Que al buscarme no pudiesen

Decir: «nosotros la vimos,»

Al cortés pastor, que al monte

Salió á enseñarme el camino,

Maté, y entré donde luego

Hago en su mujer lo mismo.

Mas considerando entónces

Que en el propio traje mio

Mi pesquisidor llevaba,

Mudármele determino.

Al fin, pues, por varios casos,

Con las armas y el vestido

De un cazador, cuyo sueño,

No imágen, trasunto vivo

Fué de la muerte, llegué

Aquí, venciendo peligros,

Despreciando inconvenientes,

Y atropellando designios.

EUSEBIO.

Con tanto asombro te escucho,

Con tanto temor te miro,

Que eres al oido encanto,

Si á la vista basilisco.

Julia, yo no te desprecio;

Pero temo los peligros

Con que el cielo me amenaza,

Y por eso me retiro.

Vuélvete tú á tu convento;

Que yo temeroso vivo

De esa Cruz tanto, que huyo

De tí.—Mas ¿qué es este ruido?

ESCENA V.

RICARDO, BANDOLEROS.—DICHOS.

RICARDO.

Preven, señor, la defensa;

Que apartados del camino,

Al monte Curcio y su gente

En busca tuya han salido.

De todas esas aldeas

Tanto el número ha crecido,

Que han venido contra tí

Viejos, mujeres y niños,

Diciendo que han de vengar

En tu sangre, la de un hijo

Muerto á tus manos, y juran

De llevarte por castigo,

O por venganzas de tantos,

Preso á Sena, muerto ó vivo.

EUSEBIO.

Julia, despues hablaremos.

Cubre el rostro, y ven conmigo;

Que no es bien que en poder quedes

De tu padre y mi enemigo.—

Soldados, este es el dia

De mostrar aliento y brío.

Porque ninguno desmaye,

Considere que atrevidos

Vienen á darnos la muerte,

O prendernos, que es lo mismo:

Y si no, en pública cárcel,

De desdichas perseguidos,

Y sin honra nos veremos:

Pues si esto hemos conocido,

¿Por la vida y por la honra,

Quién temió el mayor peligro?

No piensen que los tememos,

Salgamos á recibirlos;

Que siempre está la fortuna

De parte del atrevido.

RICARDO.

No hay que salir; que ya llegan

A nosotros.

EUSEBIO.

Preveníos,

Y ninguno sea cobarde;

Que, vive el cielo, si miro

Huir alguno ó retirarse,

Que he de ensangrentar los filos

De aqueste acero en su pecho,

Primero que en mi enemigo.

ESCENA VI.

CURCIO Y GENTE, _dentro_.—DICHOS.

CURCIO.

_(Dentro.)_ En lo encubierto del monte

Al traidor Eusebio he visto,

Y para inútil defensa

Hace murallas sus riscos.

_Voces._

_(Dentro.)_ Ya entre las espesas ramas

Desde aquí los descubrimos.

JULIA.

¡A ellos! _(Vase.)_

EUSEBIO.

Esperad, villanos;

Que, vive Dios, que teñidos

Con vuestra sangre los campos,

Han de ser undosos rios.

RICARDO.

De los cobardes villanos

Es el número excesivo.

CURCIO.

_(Dentro.)_ ¿Adónde, Eusebio, te escondes?

EUSEBIO.

No escondo, que ya te sigo.

_(Vanse todos, y disparan arcabuces dentro.)_

* * * * *

_Otro lado del monte, en cuyo fondo habrá una Cruz._

ESCENA VII.

JULIA.

Del monte que yo he buscado,

Apénas las yerbas piso,

Cuando horribles voces oigo,

Marciales campañas miro.

De la pólvora los ecos,

Y del acero los filos,

Unos ofenden la vista,

Y otros turban el oido.

Mas ¿qué es aquello que veo?

Desbaratado y vencido

Todo el escuadron de Eusebio

Le deja ya el enemigo.

Quiero volver á juntar

Toda la gente que ha habido

De Eusebio, y volver á darle

Favor; que si los animo,

Seré en su defensa asombro

Del mundo, seré cuchillo

De la parca, estrago fiero

De sus vidas, vengativo

Espanto de los futuros,

Y admiracion destos siglos. _(Vase.)_

ESCENA VIII.

GIL, _de bandolero; despues_ MENGA, BRAS, TIRSO Y VILLANOS.

GIL.

Teatro selecto, tomo 1 de 4 · 第 10 / 19 段