Como aqueso contra mí

Hará mi estrella cruel.

Yo (¡ay de mí!) cuando le vía

El cuidado con que andaba,

Pensó que lo sospechaba,

Pero no que lo sabía.

Llegó á mí descolorido,

Y entre apacible y airado,

Me dijo que habia jugado,

Arminda, y que habia perdido:

Que una joya le prestase

Para volver á jugar.

Por presto que la iba á dar,

No aguardó á que la sacase:

Tomó él la llave y abrió

Con una cólera inquieta,

Y en la primera naveta

Los papeles encontró.

Miróme y volvió á cerrar.

Y sin decir nada (¡ay Dios!)

Buscó á mi padre, y los dos

(¿Quién duda es para tratar

Mi muerte?) gran rato hablaron

Cerrados en su aposento;

Salieron, y hácia el convento

Los dos sus pasos guiaron,

Segun Octavio me dijo.

Y si lo que está tratado

Ya mi padre ha efectuado,

Con justa causa me aflijo;

Porque si de aquesta suerte

Que olvide á Eusebio desea,

Ántes que monja me vea,

Yo misma me daré muerte.

ESCENA VI.

EUSEBIO.—DICHAS.

EUSEBIO.

(_Ap._ Ninguno tan atrevido,

Si no tan desesperado,

Viene á tomar por sagrado

La casa del ofendido.

Ántes que sepa la muerte

De Lisardo Julia bella,

Hablar quisiera con ella,

Porque á mi tirana suerte

Algun remedio consigo

Si, ignorado mi rigor,

Puede obligarla el amor

Á que se vaya conmigo;

Y cuando llegue á saber

De Lisardo el hado injusto,

Hará de la fuerza gusto

Mirándose en mi poder.)

Hermosa Julia.

JULIA.

¿Qué es esto?

¿Tú en esta casa?

EUSEBIO.

El rigor

De mi desdicha y tu amor

En tal peligro me ha puesto.

JULIA.

Pues ¿cómo has entrado aquí

Y emprendes tan loco extremo?

EUSEBIO.

Como la muerte no temo.

JULIA.

¿Qué es lo que intentas así?

EUSEBIO.

Hoy obligarte deseo,

Julia, porque agradecida

Des á mi amor nueva vida,

Nueva gloria á mi deseo.

Yo he sabido cuánto ofende

Á tu padre mi cuidado:

Que á su noticia ha llegado

Nuestro amor, y que pretende

Que tú recibas mañana

El estado que desea,

Para que mi dicha sea,

Como mi esperanza, vana.

Si ha sido gusto, si ha sido

Amor el que me has mostrado,

Si es verdad que me has amado,

Si es cierto que me has querido,

Vente conmigo; pues ves

Que no tiene resistencia

De tu padre la obediencia,

Deja tu casa; y despues

Que habrá mil remedios piensa;

Pues ya en mi poder, es justo

Que haga de la fuerza gusto,

Y obligacion de la ofensa.

Villas tengo en que guardarte,

Gente con que defenderte,

Hacienda para ofrecerte

Y un alma para adorarte.

Si darme vida deseas,

Si es verdadero tu amor,

Atrévete, ó el dolor

Hará que mi muerte veas.

JULIA.

Oye, Eusebio.

ARMINDA.

Mi señor

Viene, señora.

JULIA.

¡Ay de mí!

EUSEBIO.

¿Pudiera hallar contra mí

La fortuna más rigor?

JULIA.

¿Podrá salir?

ARMINDA.

No es posible

Que se vaya; porque ya

Llamando á la puerta está.

JULIA.

¡Grave mal!

EUSEBIO.

¡Pena terrible!

¿Qué haré?

JULIA.

Esconderte es forzoso.

EUSEBIO.

¿Dónde?

JULIA.

En aquese aposento.

ARMINDA.

Presto, que sus pasos siento.

_(Escóndese Eusebio.)_

ESCENA VII.

CURCIO.—JULIA, ARMINDA; EUSEBIO, _escondido_.

CURCIO.

Hija, si por el dichoso

Estado que tú codicias,

Y que ya seguro tienes,

No das á mis parabienes

La vida y alma en albricias,

Del deseo que he tenido

No agradeces el cuidado.

Todo queda efectuado,

Y todo tan prevenido,

Que sólo falta ponerte

La más bizarra y hermosa,

Para ser de Cristo esposa:

Mira ¡qué dichosa suerte!

Hoy aventajas á todas

Cuantas se ven envidiar,

Pues te verán celebrar

Aquestas divinas bodas.

¿Qué dices?

JULIA.

_(Ap.)_ ¿Qué puedo hacer?

EUSEBIO.

_(Ap.)_ Yo me doy la muerte aquí,

Si ella le dice que sí.

JULIA.

(_Ap._ No sé cómo responder.)

Bien, señor, la autoridad

De padre, que es preferida,

Imperio tiene en la vida;

Pero no en la libertad.

¿Pues que supiera ántes yo

Tu intento, no fuera bien?

¿Y que tú, señor, tambien

Supieras mi gusto?

CURCIO.

No,

Que sola mi voluntad

En lo justo, ó en lo injusto,

Has de tener tú por gusto.

JULIA.

Sólo tiene libertad

Un hijo para escoger

Estado; que el hado impío

No fuerza el libre albedrío.

Déjame pensar y ver

Despacio eso; y no te espante

Ver que término te pida;

Que el estado de una vida

No se toma en un instante.

CURCIO.

Basta que yo lo he mirado,

Y yo por tí he dado el sí.

JULIA.

Pues si tú vives por mí,

Toma tambien por mí estado.

CURCIO.

¡Calla, infame! ¡calla, loca!

Que haré de aquese cabello

Un lazo para tu cuello,

Ó sacaré de tu boca

Con mis manos la atrevida

Lengua, que de oir me ofendo.

JULIA.

La libertad te defiendo,

Señor, pero no la vida.

Acaba su curso triste,

Y acabará tu pesar;

Que mal te puedo negar

La vida que tú me diste:

La libertad que me dió

El cielo, es la que te niego.

CURCIO.

En este punto á crêr llego

Lo que el alma sospechó,

Que no fué buena tu madre,

Y manchó mi honor alguno;

Pues hoy tu error importuno

Ofende el honor de un padre,

A quien el sol no igualó,

En resplandor y belleza,

Sangre, honor, lustre y nobleza.

JULIA.

Eso no he entendido yo,

Por eso no he respondido.

CURCIO.

Arminda, salte allá fuera. _(Vase.)_

ESCENA VIII.

CURCIO, JULIA.

CURCIO.

Y ya que mi pena fiera

Tantos años he tenido

Secreta, de mis enojos

La ciega pasion obliga

A que la lengua te diga

Lo que te han dicho los ojos.

La señoría de Sena,

Por dar á mi sangre fama,

En su nombre me envió

A dar la obediencia al papa

Urbano Tercio. Tu madre,

Que con opinion de santa

Fué en Sena comun ejemplo

De las matronas romanas,

Y áun de las nuestras (no sé

Cómo mi lengua la agravia;

Mas ¡ay infelice! tanto

La satisfaccion engaña),

En Sena quedó, y yo estuve

En Roma con la embajada

Ocho meses; porque entónces

Por concierto se trataba

Que esta señoría fuese

Del pontífice: Dios haga

Lo que á su estado convenga,

Que aquí importa poco ó nada.

Volví á Sena, y hallé en ella...

Aquí el aliento me falta,

Aquí la lengua enmudece,

Y aquí el ánimo desmaya.

Hallé (¡ay injusto temor!)

A tu madre tan preñada,

Que para el infeliz parto

Cumplia las nueve faltas.

Ya me habia prevenido

Por sus mentirosas cartas

Esta desdicha, diciendo

Que, cuando me fuí, quedaba

Con sospecha; y yo la tuve

De mi deshonra tan clara,

Que discurriendo mi agravio,

Imaginé mi desgracia.

No digo que verdad sea;

Mas quien tiene sangre hidalga,

No ha de aguardar á creer,

Quel imaginar le basta.

¿Qué importa que un noble sea

Desdichado (¡oh ley tirana

De honor! ¡oh bárbaro fuero

Del mundo!) si la ignorancia

Le disculpa? Mienten, mienten

Las leyes; porque no alcanza

Los misterios al efecto

Quien no previene la causa.

¿Qué ley culpa á un inocente?

¿Qué opinion á un libre agravia?

Miente otra vez; que no es

Deshonra, sino desgracia.

¡Bueno es que en leyes de honor

Le comprenda tanta infamia

Al Mercurio que le roba,

Como al Argos que le guarda!

¿Qué deja el mundo, qué deja,

Si así al inocente infama,

De deshonra, para aquel

Que lo sabe y que lo calla?

Yo entre tantos pensamientos,

Yo entre confusiones tantas,

Ni ví regalo en la mesa,

Ni hice descanso en la cama.

Tan desabrido conmigo

Estuve, que me trataba

Como ajeno el corazon,

Y como á tirano el alma.

Y aunque á veces discurria

En su abono, y aunque hallaba

Verisímil la disculpa,

Pudo en mí tanto la instancia

Del temer que me ofendia,

Que con saber que fué casta,

Tomé de mis pensamientos,

No de sus culpas, venganza.

Y porque con más secreto

Fuese, previne una caza

Fingida, porque á un celoso

Ficciones sólo le agradan.

Al monte fuí, y cuando todos

Entretenidos estaban

En su alegre regocijo,

Con amorosas palabras

(¡Qué bien las dice quien miente!

¡Qué bien las cree quien ama!)

Llevé á Rosmira, tu madre,

Por una senda apartada

Del camino, y divertida

Llegó á una secreta estancia

Deste monte, á cuyo albergue

El sol ignoró la entrada,

Porque se la defendian

Rústicamente enlazadas,

Por no decir que amorosas,

Árboles, hojas y ramas.

Aquí, pues, adonde apénas

Huella imprimió mortal planta,

Solos los dos...

ESCENA IX.

ARMINDA.—DICHOS.

ARMINDA.

Si el valor,

Que el noble pecho acompaña,

Señor, y si la experiencia

Que te han dado honrosas canas,

En la desdicha presente

No te niega ó no te falta,

Exámen será el valor

De tu ánimo.

CURCIO.

¿Qué causa

Te obliga á que así interrumpas

Mi razon?

ARMINDA.

Señor...

CURCIO.

Acaba;

Que más la duda me ofende.

JULIA.

¿Por qué te suspendes? Habla.

ARMINDA.

No quisiera ser la voz

De mi pena y tu desgracia.

CURCIO.

No temas decirla tú,

Pues yo no temo escucharla.

ARMINDA.

A Lisardo, mi señor...

EUSEBIO.

Esto sólo me faltaba.

ARMINDA.

Bañado en su sangre traen,

En una silla por andas,

Cuatro rústicos pastores,

Muerto (¡ay Dios!) á puñaladas;

Mas ya á tu presencia llega:

No le veas.

CURCIO.

¡Cielos! ¿Tantas

Penas para un desdichado?

¡Ay de mí!

ESCENA X.

GIL, MENGA, TIRSO, BRAS Y TORIBIO, _que traen á_ LISARDO _muerto en una

silla_.—DICHOS.

JULIA.

Pues ¿qué inhumana

Fuerza ensangrentó la ira

En su pecho? ¿Qué tirana

Mano se bañó en mi sangre,

Contra su inocencia airada?

¡Ay de mí!

ARMINDA.

Mira, señora...

BRAS.

No llegues á verle.

CURCIO.

Aparta.

TIRSO.

Detente, señor.

CURCIO.

Amigos,

No puede sufrirlo el alma.

Dejadme ver ese cadáver frio,

Depósito infeliz de heladas venas,

Ruina del tiempo, estrago del impío

Hado, teatro funesto de mis penas.

¿Qué tirano rigor (¡ay hijo mio!)

Trágico monumento en las arenas

Construyó, porque hiciese en quejas vanas

Mortaja triste de mis blancas canas?

¡Ay amigos! decid: ¿quién fué homicida

De un hijo, en cuya vida yo animaba?

MENGA.

Gil lo dirá, que, al verle dar la herida,

Oculto entre unos árboles estaba.

CURCIO.

Dí, amigo, dí, ¿quién me quitó esta vida?

GIL.

Yo solo sé que Eusebio se llamaba

Cuando con él reñia.

CURCIO.

¿Hay más deshonra?

Eusebio me ha quitado vida y honra.

_(A Julia.)_

Disculpa agora tú de sus crueles

Deseos la ambicion; dí que concibe

Casto amor, pues, á falta de papeles,

Lascivos gustos con tu sangre escribe.

JULIA.

Señor...

CURCIO.

No me respondas como sueles:

A tomar hoy estado te apercibe,

O apercibe tambien á tu hermosura,

Con Lisardo temprana sepultura.

Los dos á un tiempo el sentimiento esquivo,

En este dia sepultar concierta,

El muerto al mundo, en mi memoria vivo,

Tú, viva al mundo, en mi memoria muerta.

Y en tanto que el entierro os apercibo,

Porque no huyas cerraré esta puerta.

Queda con él, porque de aquesta suerte,

Lecciones al morir te dé su muerte. _(Vanse.)_

ESCENA XI.

JULIA; LISARDO, _muerto_; EUSEBIO.

JULIA.

Mil veces procuro hablarte,

Tirano Eusebio, y mil veces

El alma duda, el aliento

Falta, y la lengua enmudece.

No sé, no sé cómo pueda

Hablar; porque á un tiempo vienen

Envueltas iras piadosas

Entre piedades crueles.

Quisiera cerrar los ojos

A aquesta sangre inocente,

Que está pidiendo venganza,

Desperdiciando claveles:

Y quisiera hallar disculpa

En las lágrimas que viertes;

Que al fin heridas y ojos

Son bocas que nunca mienten.

Y en una mano el amor,

Y en otra el rigor presente,

A un mismo tiempo quisiera

Castigarte y defenderte;

Y entre ciegas confusiones

De pensamientos tan fuertes,

La clemencia me combate,

Y el sentimiento me vence.

¿Desta suerte solicitas

Obligarme? ¿Desta suerte,

Eusebio, en vez de finezas,

Con crueldades me pretendes?

Cuando de mi boda el dia

Resuelta esperaba, ¡quieres

Que en vez de apacibles bodas,

Tristes obsequias celebre!

Cuando por tu gusto era

Á mi padre inobediente,

¡Lutos funestos me das

En vez de galas alegres!

Cuando, arriesgando mi vida,

Hice posible el quererte,

¡En vez de tálamo (¡ay cielos!)

Un sepulcro me previenes!

Y cuando mi mano ofrezco,

Despreciando inconvenientes

De honor, ¡la tuya bañada

En mi sangre me la ofreces!

¿Qué gusto tendré en tus brazos,

Si para llegar á verme

Dando vida á nuestro amor,

Voy tropezando en la muerte?

¿Qué dirá el mundo de mí,

Sabiendo que tengo siempre,

Si no presente el agravio,

Quien le cometió presente?

Pues cuando quiera el olvido

Sepultarle, sólo el verte

Entre mis brazos, será

Memoria con que me acuerde.

Yo entónces, yo, aunque te adore,

Los amorosos placeres

Trocaré en iras, pidiendo

Venganzas; pues ¿cómo quieres

Que viva sujeta un alma

A efectos tan diferentes,

Que esté esperando el castigo

Y deseando que no llegue?

Basta, por lo que te quise,

Perdonarte, sin que esperes

Verme en tu vida, ni hablarme.

Esa ventana, que tiene

Salida al jardin, podrá

Darte paso; por ahí puedes

Escaparte; huye el peligro,

Porque, si mi padre viene,

No te halle aquí. Véte, Eusebio,

Y mira que no te acuerdes

De mí; que hoy me pierdes tú

Porque quisiste perderme.

Véte, y vive tan dichoso,

Que tengas felicemente

Bienes, sin que á los pesares

Pagues pension de los bienes.

Que yo haré para mi vida

Una celda prision breve,

Si no sepulcro, pues ya

Mi padre enterrarme quiere.

Allí lloraré desdichas

De un hado tan inclemente,

De una fortuna tan fiera,

De una inclinacion tan fuerte,

De un planeta tan opuesto,

De una estrella tan rebelde,

De un amor tan desdichado,

De una mano tan aleve,

Que me ha quitado la vida

Y no me ha dado la muerte,

Porque entre tantos pesares

Siempre viva y muera siempre.

EUSEBIO.

Si acaso más que tus voces

Son ya tus manos crueles

Para tomar la venganza,

Rendido á tus piés me tienes.

Preso me trae mi delito,

Tu amor es la cárcel fuerte,

Las cadenas son mis yerros,

Prisiones que el alma teme,

Verdugo es mi pensamiento;

Si son tus ojos los jueces,

Y ellos me dan la sentencia,

Por fuerza será de muerte.

Mas dirá entónces la fama

En su pregon: «Este muere

Porque quiso,» pues que solo

Es mi delito quererte.

No pienso darte disculpa;

No parezca que la tiene

Tan grande error; sólo quiero

Que me mates y te vengues.

Toma esta daga, y con ella

Rompe un pecho que te ofende,

Saca un alma que te adora,

Y tu misma sangre vierte.

Y si no quieres matarme,

Para que á vengarse llegue

Tu padre, diré que estoy

En tu aposento.

JULIA.

¡Detente!

Y por última razon,

Que he de hablarte eternamente,

Has de hacer lo que te digo.

EUSEBIO.

Yo lo concedo.

JULIA.

Pues véte

Adonde guardes tu vida.

Hacienda tienes, y gente

Que te podrá defender.

EUSEBIO.

Mejor será que yo quede

Sin ella; porque si vivo,

Será imposible que deje

De adorarte, y no has de estar,

Aunque un convento te encierre,

Segura.

JULIA.

Guárdate tú,

Que yo sabré defenderme.

EUSEBIO.

¿Volveré yo á verte?

JULIA.

No.

EUSEBIO.

¿No hay remedio?

JULIA.

No le esperes.

EUSEBIO.

¿Que al fin me aborreces ya?

JULIA.

Haré por aborrecerte.

EUSEBIO.

¿Olvidarásme?

JULIA.

No sé.

EUSEBIO.

¿Veréte yo?

JULIA.

Eternamente.

EUSEBIO.

Pues ¿aquel pasado amor...?

JULIA.

Pues ¿esta sangre presente...?—

La puerta abren: véte Eusebio.

EUSEBIO.

Iré por obedecerte.

¡Que no he de volverte á ver!

JULIA.

¡Que no has de volver á verme!

_(Suena ruido, vanse cada uno por una parte, y entran el cuerpo algunos

criados.)_

JORNADA SEGUNDA.

_Monte._

ESCENA PRIMERA.

RICARDO, CELIO, EUSEBIO, _en traje de bandoleros, con arcabuces_.

_(Suena un tiro dentro.)_

RICARDO.

Pasó el plomo violento

Su pecho.

CELIO.

Y hace el golpe más sangriento,

Que con su sangre la tragedia imprima

En tierna flor.

EUSEBIO.

Ponle una cruz encima,

Y perdónele Dios.

RICARDO.

Las devociones

Nunca faltan del todo á los ladrones.

_(Vanse Ricardo y Celio)_

EUSEBIO.

Y pues mis hados fieros

Me traen á capitan de bandoleros,

Llegarán mis delitos

A ser, como mis penas, infinitos.

Como si diera muerte

A Lisardo á traicion, de aquesta suerte

Mi patria me persigue,

Porque su furia y mi despecho obligue

A que guarde una vida,

Siendo de tantas bárbaro homicida.

Mi hacienda me han quitado,

Mis villas confiscado,

Y á tanto rigor llegan,

Que el sustento me niegan.

No toque pasajero

El término del monte, si primero

No rinde hacienda y vida.

ESCENA II.

RICARDO, BANDOLEROS; ALBERTO, _preso_.—EUSEBIO.

RICARDO.

Llegando á ver la boca de la herida,

Escucha, capitan, el más extraño

Suceso.

EUSEBIO.

Ya deseo el desengaño.

RICARDO.

Hallé el plomo deshecho

En este libro que tenía en el pecho,

Sin haber penetrado,

Y al caminante solo desmayado:

Vesle aquí sano y bueno.

EUSEBIO.

De espanto estoy y admiraciones lleno.

¿Quién eres, venerable

Caduco, á quien los cielos, admirable

Han hecho con prodigio milagroso?

ALBERTO.

Yo soy, oh capitan, el más dichoso

De cuantos hombres hay; que he merecido

Ser sacerdote indigno, y he leido

En Bolonia sagrada teología

Cuarenta y cuatro años con desvelo.

Dióme Su Santidad, por este celo,

De Trento el obispado

Premiando mis estudios; y admirado

Yo de ver que tenía

Cuenta de tantas almas,

Y que apénas la daba de la mia,

Los laureles dejé, dejé las palmas,

Y huyendo sus engaños,

Vengo á buscar seguros desengaños

En estas soledades,

Donde viven desnudas las verdades.

Paso á Roma á que el Papa me conceda

Licencia, capitan, para que pueda

Fundar un órden santo de eremitas;

Mas tu saña atrevida

Quita el hilo á mi suerte y á la vida.

EUSEBIO.

¿Qué libro es este, dí?

ALBERTO.

Este es el fruto,

Que rinde á mis estudios el tributo

De tantos años.

EUSEBIO.

¿Qué es lo que contiene?

ALBERTO.

Él trata del orígen verdadero

De aquel divino y celestial madero

En que animoso y fuerte,

Muriendo, triunfó Cristo de la muerte.

El libro, en fin, se llama

«Milagros de la Cruz.»

EUSEBIO.

¡Qué bien la llama

De aquel plomo inclemente,

Más que la cera, se mostró obediente!

¡Pluguiera á Dios, mi mano,

Ántes que blanco su papel hiciera

De aquel golpe tirano,

Entre su fuego ardiera!

Lleva ropa y dinero

Y la vida; sólo este libro quiero.

Y vosotros salidle acompañando

Hasta dejarle libre.

ALBERTO.

Iré rogando

Al Señor te dé luz para que veas

El error en que vives.

EUSEBIO.

Si deseas

Mi bien, pídele á Dios que no permita

Muera sin confesion.

ALBERTO.

Yo te prometo

Seré ministro en tan piadoso efeto,

Y te doy mi palabra

(Tanto en mi pecho tu clemencia labra)

Que si me llamas en cualquiera parte,

Dejaré mi desierto

Por ir á confesarte:

Un sacerdote soy; mi nombre Alberto.

EUSEBIO.

¿Tal palabra me das?

ALBERTO.

Y la confieso

Con la mano.

EUSEBIO.

Otra vez tus plantas beso.

_(Vase Alberto con Ricardo y los bandoleros.)_

ESCENA III.

CHILINDRINA.—EUSEBIO.

CHILIND.

Hasta venir á hablarte,

El monte atravesé de parte á parte.

EUSEBIO.

¿Qué hay, amigo?

CHILIND.

Dos nuevas harto malas.

EUSEBIO.

Á mi temor el sentimiento igualas.

¿Qué son?

CHILIND.

Es la primera

(Decirla no quisiera),

Que al padre de Lisardo

Han dado...

EUSEBIO.

Acaba, que el efecto aguardo.

CHILIND.

Comision de prenderte ó de matarte.

EUSEBIO.

Esotra nueva temo

Mas, porque en un confuso extremo,

Al corazon parece que camina

Toda el alma, adivina

De algun futuro daño.

¿Qué ha sucedido?

CHILIND.

Á Julia...

EUSEBIO.

No me engaño

En prevenir tristezas,

Si para ver mi mal, por Julia empiezas.

¿Julia no me dijiste?

Pues eso basta para verme triste.

¡Mal haya amén la rigurosa estrella

Que me obligó á querella!

En fin, Julia... prosigue.

CHILIND.

En un convento,

Seglar está.

EUSEBIO.

¡Ya falta el sufrimiento!

¡Que el cielo me castigue

Con tan grandes venganzas,

De perdidos deseos,

De muertas esperanzas.

Que de los mismos cielos,

Por quien me deja, vengo á tener celos!

Mas ya tan atrevido,

Que viviendo matando.

Me sustento robando,

No puedo ser peor de lo que he sido.

Despéñese el intento,

Pues ya se ha despeñado el pensamiento.

Llama á Celio y Ricardo. (_Ap._ ¡Amando muero!)

CHILIND.

Voy por ellos. _(Vase.)_

EUSEBIO.

Vé, y diles que aquí espero.—

Asaltaré el convento que la guarda.

Ningun grave castigo me acobarda;

Que por verme señor de su hermosura,

Tirano amor me fuerza

Á acometer la fuerza,

Á romper la clausura,

Y á violar el sagrado;

Que ya del todo estoy desesperado.

Pues si no me pusiera

Amor en tales puntos,

Solamente lo hiciera

Por cometer tantos delitos juntos.

ESCENA IV.

GIL, MENGA.—EUSEBIO.

MENGA.

¿Mas que encontramos con él,

Segun mezquina nací?

GIL.

Menga, yo ¿no voy aquí?

No temas ese cruel

Capitan de buñuleros,

Ni el hallarlo te alborote;

Que honda llevo yo y garrote.

MENGA.

Temo, Gil, sus hechos fieros;

Si no, á Silvia á mirar ponte,

Cuando aquí la acometió;

Que doncella al monte entró,

Y dueña salió del monte,

Que no es peligro pequeño.

GIL.

Conmigo fuera cruel,

Que tambien entro doncel,

Y pudiera salir dueño. _(Reparan en Eusebio.)_

MENGA.

_(A Eusebio.)_ ¡Ah señor! que va perdido,

Que anda Eusebio por aquí.

GIL.

No eche, señor, por ahí.

EUSEBIO.

_(Ap.)_ Estos no me han conocido,

Y quiero disimular.

GIL.

¿Quiere que aquese ladron

Le mate?

EUSEBIO.

(_Ap._ Villanos son.)

¿Con qué podré yo pagar

Este aviso?

GIL.

Con huir

De ese bellaco.

MENGA.

Si os coge,

Señor, aunque no le enoje

Ni vuestro hacer ni decir,

Luego os matará; y creed

Que con poner tras la ofensa

Una cruz encima, piensa

Que os hace mucha merced.

ESCENA V.

RICARDO, CELIO.—DICHOS.

RICARDO.

¿Dónde le dejaste?

CELIO.

Aquí.

GIL.

_(A Eusebio.)_ Es un ladron, no le esperes.

RICARDO.

Eusebio, ¿qué es lo que quieres?

GIL.

¿Eusebio le llamó?

MENGA.

Sí.

EUSEBIO.

Yo soy Eusebio; ¿que os mueve

Contra mí? ¿No hay quien responda?

MENGA.

Gil, ¿tienes garrote y honda?

GIL.

Tengo el diablo que te lleve.

CELIO.

Por los apacibles llanos

Que hace del monte la falda,

A quien guarda el mar la espalda,

Ví un escuadron de villanos

Que armado contra tí viene,

Y pienso que se avecina;

Que así Curcio determina

La venganza que previene.

Mira qué piensas hacer:

Junta tu gente, y partamos.

EUSEBIO.

Mejor es que agora huyamos,

Que esta noche hay más que hacer.

Venid conmigo los dos,

De quien justamente fío

La opinion y el honor mio.

RICARDO.

Muy bien puedes, que por Dios

Que he de morir á tu lado.

EUSEBIO.

Villanos, vida teneis,

Sólo porque le lleveis

A mi enemigo un recado.

Decid á Curcio que yo

Con tanta gente atrevida

Solo defiendo la vida,

Pero que le busco no.

Y que no tiene ocasion

De buscarme de esta suerte,

Pues no dí á Lisardo muerte

Con engaño ó con traicion.

Cuerpo á cuerpo le maté,

Sin ventaja conocida,

Y ántes de acabar la vida,

En mis brazos le llevé

Adonde se confesó,

Digna accion para estimarse;

Mas que si quiere vengarse,

Que he de defenderme yo.—

Y agora porque no vean

_(A los bandoleros.)_

Aquestos por dónde vamos,

Atadlos entre estos ramos:

Vendados sus ojos sean,

Porque no avisen.

RICARDO.

Aquí

Hay cordel.

CELIO.

Pues llega presto.

GIL.

De San Sebastian me han puesto.

MENGA.

De San Sebastian á mí.

Mas ate cuando quisiere,

Señor, como no me mate.

GIL.

Oye, señor, no me ate,

Y puto sea yo si huyere.

Jura tú, Menga, tambien

Este mismo juramento.

CELIO.

Ya están atados.

EUSEBIO.

Mi intento

Se va ejecutando bien.

La noche amenaza oscura

Tendiendo su negro velo.

Julia, aunque te guarde el cielo,

He de gozar tu hermosura. _(Vanse.)_

ESCENA VI.

GIL, MENGA, _atados_.

GIL.

¿Quién habrá que ahora nos vea,

Menga, aunque caro nos cueste,

Que no diga que es aqueste

Peralvillo de la aldea?

MENGA.

Véte llegando hácia aquí,

Gil, que yo no puedo andar.

GIL.

Menga, vénme á desatar,

Y te desataré á tí

Luégo al punto.

MENGA.

Ven primero

Tú, que ya estás importuno.

GIL.

¿Es decir, que vendrá alguno?

Pondré que falta un arriero

Las tres ánades cantando,

Un caminante pidiendo,

Un estudiante comiendo,

Una santera rezando,

Hoy en aqueste camino,

Lo que á ninguno faltó;

Mas la culpa tengo yo.

_Una voz._

_(Dentro.)_ Hácia esta parte imagino

Que oigo voces; llegad presto.

GIL.

Señor, en buen hora acuda

A desatar una duda,

En que ha rato que estoy puesto.

MENGA.

Si acaso buscais, señor,

Por el monte algun cordel,

Yo os puedo servir con él.

GIL.

Este es más gordo y mijor.

MENGA.

Yo, por ser mujer, espero

Remedio en las ánsias mias.

GIL.

No repare en cortesías,

Desáteme á mí primero.

ESCENA VII.

CURCIO, OCTAVIO, BRAS, TIRSO, SOLDADOS.—GIL, MENGA.

TIRSO.

Hácia aquesta parte suena

La voz.

GIL.

¡Que te quemas!

TIRSO.

Gil,

¿Qué es esto?

GIL.

El diablo es sutil;

Desata, Tirso, y mi pena

Te diré despues.

CURCIO.

¿Qué es esto?

MENGA.

Venga en buen hora, señor,

A castigar un traidor.

CURCIO.

¿Quién desta suerte os ha puesto?

GIL.

¿Quién? Eusebio, que en efeto

Dice... Pero ¿qué sé yo

Lo que dice? Él nos dejó

Aquí en semejante aprieto.

TIRSO.

No llores, pues, que no ha estado

Hoy muy poco liberal

Contigo.

BRAS.

No lo ha hecho mal,

Pues á Menga te ha dejado.

GIL.

¡Ay Tirso! no lloro yo

Porque piadoso no fué.

TIRSO.

Pues ¿por qué lloras?

GIL.

¿Por qué?

Porque á Menga me dejó.

La de Anton llevó, y al cabo

De seis, que no parecia,

Halló á su mujer un dia;

Hicimos un baile bravo

De hallazgo, y gastó cien reales.

BRAS.

¿Bartolo no se casó

Con Catalina, y parió

A seis meses no cabales?

Y andaba con gran placer

Diciendo: ¡Si tú lo vieses!

Lo que otra hace en nueve meses,

Hace en cinco mi mujer.

TIRSO.

Ello no hay honra segura.

CURCIO.

¿Que esto llegue á escuchar yo

Deste tirano? ¿quién vió

Tan notable desventura?

MENGA.

Cómo destruirle piensa;

Que hasta las mismas mujeres

Tomaremos, si tú quieres,

Las armas para su ofensa.

GIL.

Que aquí acude es lo más cierto;

Y toda esta procesion

De cruces que miras, son,

Señor, por hombres que ha muerto.

OCTAVIO.

Es aquí lo más secreto

De todo el monte.

CURCIO.

_(Ap.)_ Y aquí

Fué ¡cielos! donde yo ví

Aquel milagroso efeto

De inocencia y castidad,

Cuya beldad atrevido

Tantas veces he ofendido

Con dudas, siendo verdad

Un milagro tan patente.

OCTAVIO.

Teatro selecto, tomo 1 de 4 · 第 9 / 19 段