_(Ap.)_ Cielos, si es verdad que sueño,

Suspendedme la memoria,

Que no es posible que quepan

En un sueño tantas cosas.

¡Válgame Dios, quién supiera,

Ó saber salir de todas,

Ó no pensar en ninguna!

¿Quién vió penas tan dudosas?

Si soñé aquella grandeza

En que me ví, ¿cómo ahora

Esta mujer me refiere

Unas señas tan notorias?

Luego fué verdad, no sueño;

Y si fué verdad (que es otra

Confusion, y no menor),

¿Cómo mi vida le nombra

Sueño? Pues ¿tan parecidas

A los sueños son las glorias,

Que las verdaderas son

Tenidas por mentirosas,

Y las fingidas por ciertas?

¡Tan poco hay de unas á otras,

Que hay cuestion sobre saber

Si lo que se ve y se goza,

Es mentira ó es verdad!

¿Tan semejante es la copia

Al original, que hay duda

En saber si es ella propia?

Pues si es así, y ha de verse

Desvanecida entre sombras

La grandeza y el poder,

La majestad y la pompa,

Sepamos aprovechar

Este rato que nos toca,

Pues sólo se goza en ella

Lo que entre sueños se goza.

Rosaura está en mi poder,

Su hermosura el alma adora;

Gocemos, pues, la ocasion;

El amor las leyes rompa

Del valor y la confianza

Con que á mis plantas se postra.

Esto es sueño; y pues lo es,

Soñemos dichas ahora,

Que despues serán pesares.

Mas ¡con mis razones propias

Vuelvo á convencerme á mí!

Si es sueño, si es vanagloria,

¿Quién por vanagloria humana

Pierde una divina gloria?

¿Qué pasado bien no es sueño?

¿Quién tuvo dichas heroicas

Que entre sí no diga, cuando

Las revuelve en su memoria:

Sin duda que fué soñado

Cuanto ví? Pues si esto toca

Mi desengaño, si sé

Que es el gusto llama hermosa,

Que la convierte en cenizas

Cualquiera viento que sopla,

Acudamos á lo eterno,

Que es la fama vividora

Donde ni duermen las dichas,

Ni las grandezas reposan.

Rosaura está sin honor;

Más á un príncipe le toca

El dar honor, que quitarle.

¡Vive Dios! que de su honra

He de ser conquistador,

Ántes que de mi corona.

Huyamos de la ocasion,

Que es muy fuerte.—Alarma, _(A un soldado.)_

Que hoy he dar la batalla,

Ántes que la oscura sombra

Sepulte los rayos de oro

Entre verdinegras ondas.

ROSAURA.

¡Señor! ¿pues así te ausentas?

¿Pues ni una palabra sola

No le debe mi cuidado,

Ni merece mi congoja?

¿Cómo es posible, señor,

Que ni me mires ni oigas?

¿Aun no me vuelves el rostro?

SEGISM.

Rosaura, al honor le importa,

Por ser piadoso contigo,

Ser cruel contigo ahora.

No te responde mi voz,

Porque mi honor te responda;

No te hablo, porque quiero

Que te hablen por mí mis obras,

Ni te miro, porque es fuerza,

En pena tan rigurosa,

Que no mire tu hermosura

Quien ha de mirar tu honra.

_(Vase, y los soldados con él.)_

ROSAURA.

¿Qué enigmas, cielos, son estas?

Despues de tanto pesar,

¡Aún me queda que dudar

Con equívocas respuestas!

ESCENA XI.

CLARIN.—ROSAURA.

CLARIN.

¿Señora, es hora de verte?

ROSAURA.

¡Ay Clarin! ¿dónde has estado?

CLARIN.

En una torre encerrado

Brujuleando mi muerte,

Si me da, ó si no me da;

Y á figura que me diera,

Pasante quínola fuera

Mi vida: que estuve ya

Para dar un estallido.

ROSAURA.

¿Por qué?

CLARIN.

Porque sé el secreto

De quien eres, y en efeto,

Clotaldo... ¿Pero qué ruido

Es este? _(Suenan cajas.)_

ROSAURA.

¿Qué puede ser?

CLARIN.

Que del palacio sitiado

Sale un escuadron armado

A resistir y vencer

El del fiero Segismundo.

ROSAURA.

¿Pues cómo cobarde estoy,

Y ya á su lado no soy

Un escándalo del mundo,

Cuando ya tanta crueldad

Cierra sin órden ni ley? _(Vase.)_

ESCENA XII.

CLARIN.—SOLDADOS, _dentro_.

_Voces._

_(De unos.)_ ¡Viva nuestro invicto Rey!

_Voces._

_(De otros.)_ ¡Viva nuestra libertad!

CLARIN.

¡La libertad y el Rey vivan!

Vivan muy enhorabuena,

Que á mí nada me da pena

Como en cuenta me reciban

Que yo, apartado este dia

En tan grande confusion,

Haga el papel de Neron,

Que de nada se dolía,

Si bien me quiero doler

De algo, y ha de ser de mí:

Escondido, desde aquí

Toda la fiesta he de ver.

El sitio es oculto y fuerte,

Entre estas peñas.—Pues ya

La muerte no me hallará,

Dos higas para la muerte.

_(Escóndese: tocan cajas, y suena ruido de armas)._

ESCENA XIII.

BASILIO, CLOTALDO Y ASTOLFO, _huyendo_.—CLARIN, _oculto_.

BASILIO.

¡Hay más infelice rey!

¡Hay padre más perseguido!

CLOTAL.

Ya tu ejército vencido

Baja sin tino ni ley.

ASTOLFO.

Los traidores vencedores

Quedan.

BASILIO.

En batallas tales

Los que vencen son leales,

Los vencidos los traidores.

Huyamos, Clotaldo, pues,

Del cruel, del inhumano

Rigor de un hijo tirano.

_(Disparan dentro y cae Clarin herido de donde está.)_

CLARIN.

¡Válgame el cielo!

ASTOLFO.

¿Quién es

Este infelice soldado,

Que á nuestros piés ha caido

En sangre todo teñido?

CLARIN.

Soy un hombre desdichado,

Que por quererme guardar

De la muerte, la busqué.

Huyendo della, encontré

Con ella, pues no hay lugar,

Para la muerte, secreto:

De donde claro se arguye,

Que quien más su efecto huye,

Es quien se llega á su efeto.

Por eso tornad, tornad

A la lid sangrienta luego;

Que entre las armas y el fuego

Hay mayor seguridad

Que en el monte más guardado,

Pues no hay seguro camino

A la fuerza del destino

Y á la inclemencia del hado;

Y así, aunque á libraros vais

De la muerte con huir,

Mirad que vais á morir,

Si está de Dios que murais. _(Cae dentro.)_

BASILIO.

¡Mirad que vais á morir,

Si está de Dios que murais!

¡Qué bien (¡hay cielos!) persuade

Nuestro error, nuestra ignorancia

A mayor conocimiento

Este cadáver que habla

Por la boca de una herida,

Siendo el humor que desata

Sangrienta lengua que enseña

Que son diligencias vanas

Del hombre, cuantas dispone

Contra mayor fuerza y causa!

Pues yo, por librar de muertes

Y sediciones mi patria,

Vine á entregarla á los mismos

De quien pretendí librarla.

CLOTAL.

Aunque el hado, señor, sabe

Todos los caminos, y halla

A quien busca entre lo espeso

De las peñas, no es cristiana

Determinacion decir

Que no hay reparo á su saña.

Sí hay, que el prudente varon

Victoria del hado alcanza;

Y si no estás reservado

De la pena y la desgracia,

Haz por donde te reserves.

ASTOLFO.

Clotaldo, señor, te habla

Como prudente varon

Que madura edad alcanza,

Yo como jóven valiente.

Entre las espesas matas

De ese monte está un caballo,

Veloz aborto del aura;

Huye en él, que yo entre tanto

Te guardaré las espaldas.

BASILIO.

Si está de Dios que yo muera,

Ó si la muerte me aguarda

Aquí, hoy la quiero buscar,

Esperando cara á cara.

_(Tocan al arma.)_

ESCENA XIV.

SEGISMUNDO, ESTRELLA, ROSAURA, SOLDADOS, ACOMPAÑAMIENTO.—BASILIO,

ASTOLFO, CLOTALDO.

SOLDADO.

En lo intrincado del monte,

Entre sus espesas ramas,

El Rey se esconde.

SEGISM.

¡Seguidle!

No quede en sus cumbres planta

Que no examine el cuidado,

Tronco á tronco, y rama á rama.

CLOTAL.

¡Huye, señor!

BASILIO.

¿Para qué?

ASTOLFO.

¿Qué intentas?

BASILIO.

Astolfo, aparta.

CLOTAL.

¿Qué quieres?

BASILIO.

Hacer, Clotaldo,

Un remedio que me falta.—

Si á mí buscándome vas, _(A Segismundo.)_

Ya estoy, príncipe, á tus plantas:

_(Arrodillándose.)_

Sea dellas blanca alfombra

Esta nieve de mis canas.

Pisa mi cerviz, y huella

Mi corona; postra, arrastra

Mi decoro y mi respeto;

Toma de mi honor venganza,

Sírvete de mí cautivo;

Y tras prevenciones tantas,

Cumpla el hado su homenaje,

Cumpla el cielo su palabra.

SEGISM.

Corte ilustre de Polonia,

Que de admiraciones tantas

Sois testigos, atended,

Que vuestro príncipe os habla.

Lo que está determinado

Del cielo, y en azul tabla

Dios con el dedo escribió,

De quien son cifras y estampas

Tantos papeles azules

Que adornan letras doradas,

Nunca engaña, nunca miente;

Porque quien miente y engaña

Es quien, para usar mal dellas,

Las penetra y las alcanza.

Mi padre, que está presente,

Por excusarse á la saña

De mi condicion, me hizo

Un bruto, una fiera humana:

De suerte, que cuando yo

Por mi nobleza gallarda,

Por mi sangre generosa,

Por mi condicion bizarra

Hubiera nacido dócil

Y humilde, sólo bastara

Tal género de vivir,

Tal linaje de crianza,

Á hacer fieras mis costumbres:

¡Qué buen modo de estorbarlas!

Si á cualquier hombre dijesen:

«Alguna fiera inhumana

Te dará muerte:» ¿escogiera

Buen remedio en despertalla

Cuando estuviera durmiendo?

Si dijeran: «Esta espada

Que traes ceñida, ha de ser

Quien te dé la muerte;» vana

Diligencia de evitarlo

Fuera entónces desnudarla

Y ponérsela á los pechos.

Si dijesen: «Golfos de agua

Han de ser tu sepultura

En monumentos de plata;»

Mal hiciera en darse al mar,

Cuando soberbio levanta

Rizados montes de nieve,

De cristal crespas montañas.

Lo mismo le ha sucedido

Que á quien, porque le amenaza

Una fiera, la despierta;

Que á quien, temiendo una espada,

La desnuda; y que á quien mueve

Las ondas de una borrasca:

Y cuando fuera (escuchadme)

Dormida fiera mi saña,

Templada espada mi furia,

Mi rigor quieta bonanza,

La fortuna no se vence

Con injusticia y venganza,

Porque ántes se incita más;

Y así, quien vencer aguarda

Á su fortuna, ha de ser

Con cordura y con templanza.

No ántes de venir el daño

Se reserva ni se guarda

Quien le previene; que aunque

Puede humilde (cosa es clara)

Reservarse dél, no es

Sino despues que se halla

En la ocasion, porque aquesta

No hay camino de estorbarla.

Sirva de ejemplo este raro

Espectáculo, esta extraña

Admiracion, este horror,

Este prodigio; pues nada

Es más, que llegar á ver

Con prevenciones tan várias,

Rendido á mis piés á un padre,

Y atropellado á un monarca.

Sentencia del cielo fué;

Por más que quiso estorbarla

Él, no pudo; ¿y podré yo

Que soy menor en las canas,

En el valor y en la ciencia,

Vencerla?—Señor, levanta, _(Al Rey.)_

Dame tu mano; que ya

Que el cielo te desengaña

De que has errado en el modo

De vencerla, humilde aguarda

Mi cuello á que tú te vengues:

Rendido estoy á tus plantas.

BASILIO.

Hijo, que tan noble accion

Otra vez en mis entrañas

Te engendra, príncipe eres.

A tí el laurel y la palma

Se te deben; tú venciste;

Corónente tus hazañas.

TODOS.

¡Viva Segismundo, viva!

SEGISM.

Pues que ya vencer aguarda

Mi valor grandes victorias,

Hoy ha de ser la más alta

Vencerme á mí.—Astolfo dé

La mano luego á Rosaura,

Pues sabe que de su honor

Es deuda y yo he de cobrarla.

ASTOLFO.

Aunque es verdad que la debo

Obligaciones, repara

Que ella no sabe quién es;

Y es bajeza y es infamia

Casarme yo con mujer...

CLOTAL.

No prosigas, tente, aguarda;

Porque Rosaura es tan noble

Como tú, Astolfo, y mi espada

Lo defenderá en el campo;

Que es mi hija, y esto basta.

ASTOLFO.

¿Qué dices?

CLOTAL.

Que yo hasta verla

Casada, noble y honrada,

No la quise descubrir.

La historia desto es muy larga;

Pero, en fin, es hija mia.

ASTOLFO.

Pues siendo así, mi palabra

Cumpliré.

SEGISM.

Pues porque Estrella

No quede desconsolada,

Viendo que príncipe pierde

De tanto valor y fama,

De mi propia mano yo

Con esposo he de casarla

Que en méritos y fortuna,

Si no le excede, le iguala.

Dáme la mano.

ESTREL.

Yo gano

En merecer dicha tanta.

SEGISM.

A Clotaldo, que leal

Sirvió á mi padre, le aguardan

Mis brazos, con las mercedes

Que él pidiere que le haga.

SOLDADO.

Si así á quien no te ha servido

Honras, ¿á mí que fuí causa

Del alboroto del reino,

Y de la torre en que estabas

Te saqué, qué me darás?

SEGISM.

La torre; y porque no salgas

Della nunca, hasta morir

Has de estar allí con guardas;

Que el traidor no es menester

Siendo la traicion pasada.

BASILIO.

Tu ingenio á todos admira.

ASTOLFO.

¡Qué condicion tan mudada!

ROSAURA.

¡Qué discreto y qué prudente!

SEGISM.

¿Qué os admira? ¿qué os espanta,

Si fué mi maestro un sueño,

Y estoy temiendo en mis ánsias

Que he de dispertar y hallarme

Otra vez en mi cerrada

Prision? Y cuando no sea,

El soñarlo sólo basta;

Pues así llegué á saber

Que toda la dicha humana

En fin pasa como un sueño,

Y quiero hoy aprovecharla

El tiempo que me durare:

Pidiendo de nuestras faltas

Perdon, pues de pechos nobles

Es tan propio el perdonarlas.

LA DEVOCION DE LA CRUZ.

PERSONAS.

EUSEBIO.

CURCIO, _viejo_.

LISARDO.

OCTAVIO.

ALBERTO, _sacerdote_.

CELIO. }

RICARDO. } _Bandoleros._

CHILINDRINA. }

GIL, _villano gracioso_.

BRAS. }

TIRSO. } _Villanos._

TORIBIO. }

JULIA, _dama_.

ARMINDA, _criada_.

MENGA, _villana graciosa_.

_Bandoleros._

_Villanos._

_Soldados._

La accion es en Sena y en sus contornos.

JORNADA PRIMERA.

_Arboleda inmediata á un camino que se dirige á Sena._

ESCENA PRIMERA.

MENGA, GIL.

MENGA.

_(Dentro.)_ ¡Verá por dó va la burra!

GIL.

_(Dentro.)_ Jo, dimuño; jo mohina.

MENGA.

Ya verá por dó camina:

Arre acá.

GIL.

¡El diabro te aburra!

¿No hay quien una cola tenga,

Pudiendo tenella mil? _(Salen.)_

MENGA.

¡Buena hacienda has hecho, Gil!

GIL.

¡Buena hacienda has hecho, Menga,

Pues tú la culpa tuviste!

Que como ibas caballera,

Que en el hoyo se metiera

Al oido la dijiste,

Por hacerme regañar.

MENGA.

Por verme caer á mí,

Se lo dijiste, eso sí.

GIL.

¿Cómo la hemos de sacar?

MENGA.

¿Pues en el lodo la dejas?

GIL.

No puede mi fuerza sola.

MENGA.

Yo tiraré de la cola,

Tira tú de las orejas.

GIL.

Mejor remedio sería

Hacer el que aprovechó

A un coche, que se atascó

En la corte esotro dia.

Este coche, Dios delante,

Que arrastrado de dos potros,

Parecia entre los otros

Pobre coche vergonzante;

Y por maldicion muy cierta

De sus padres (¡hado esquivo!)

Iba de estribo en estribo,

Ya que no de puerta en puerta;

En un arroyo atascado,

Con ruegos el caballero,

Con azotes el cochero,

Ya por fuerza, ya por grado,

Ya por gusto, ya por miedo,

Que saliesen procuraban:

Por recio que lo mandaban,

Mi coche quedo que quedo.

Viendo que no importan nada

Cuantos remedios hicieron,

Delante el coche pusieron

Un harnero de cebada.

Los caballos, por comer,

De tal manera tiraron,

Que tosieron y arrancaron;

Y esto podemos hacer.

MENGA.

¡Que nunca valen dos cuartos

Tus cuentos!

GIL.

Menga, yo siento

Ver un animal hambriento,

Donde hay animales hartos.

MENGA.

Voy al camino á mirar

Si pasa de nuestra aldea

Gente, cualquiera que sea,

Porque te venga á ayudar,

Pues te das tan pocas mañas.

GIL.

¿Vuelves, Menga, á tu porfía?

MENGA.

¡Ay burra del alma mia! _(Vase.)_

ESCENA II.

GIL.

¡Ay burra de mis entrañas!

Tú fuiste la más honrada

Burra de toda la aldea;

Que no ha habido quien te vea

Nunca mal acompañada.

No eres nada callejera:

De mijor gana te estabas

En tu pesebre, que andabas

Cuando te llevaban fuera.

Pues ¿altanera y liviana?

Bien me atrevo á jurar yo

Que ningun burro la vió

Asomada á la ventana.

Yo sé que no merecia

Su lengua desdicha tal;

Pues jamás por habrar mal

Dijo: Aquesta boca es mia.

Pues como á ella la sobre

De lo que comiendo está,

Luego al punto se lo da

A alguna borrica pobre. _(Ruido dentro.)_

Mas ¿qué ruido es este? Allí

De dos caballos se apean

Dos hombres, y hácia mí vienen,

Despues que atados los dejan.

¡Descoloridos, y al campo

De mañana! Cosa es cierta

Que comen barro, ó están

Opilados. Mas ¿si fueran

Bandoleros? ¡Aquí es ello!

Pero lo que fuere sea,

Aquí me escondo: que andan,

Que corren, que salen, que entran.

_(Escóndese.)_

ESCENA III.

EUSEBIO, LISARDO.—GIL, _escondido_.

LISARDO.

No pasemos adelante,

Porque esta estancia encubierta

Y apartada del camino,

Es para mi intento buena.

Sacad, Eusebio, la espada;

Que yo de aquesta manera,

A los hombres como vos

Saco á reñir.

EUSEBIO.

Aunque tenga

Bastante causa en haber

Llegado al campo, quisiera

Saber lo que á vos os mueve.

Decid, Lisardo, la queja

Que de mí teneis.

LISARDO.

Son tantas,

Que falta voz á la lengua,

Razones á la razon,

Y al sufrimiento paciencia.

Quisiera, Eusebio, callarlas,

Y áun olvidarlas quisiera;

Porque cuando se repiten,

Hacen de nuevo la ofensa.

¿Conoceis estos papeles?

EUSEBIO.

Arrojadlos en la tierra,

Y los alzaré.

LISARDO.

Tomad.

¿Qué os suspendeis? ¿Qué os altera?

EUSEBIO.

¡Mal haya el hombre, mal haya

Mil veces aquel que entrega

Sus secretos á un papel!

Porque es disparada piedra

Que se sabe quién la tira,

Y no se sabe á quién llega.

LISARDO.

¿Habeislos ya conocido?

EUSEBIO.

Todos están de mi letra,

Que no la puedo negar.

LISARDO.

Pues yo soy Lisardo, en Sena,

Hijo de Lisardo Curcio.

Bien excusadas grandezas

De mi padre consumieron

En breve tiempo la hacienda

Que los suyos le dejaron;

Que no sabe cuánto yerra

Quien, por excesivos gastos,

Pobres á sus hijos deja.

Pero la necesidad,

Aunque ultraje la nobleza,

No excusa de obligaciones

A los que nacen con ellas.

Julia, pues (¡saben los cielos

Cuánto el nombrarla me pesa!),

Ó no supo conservarlas,

Ó no llegó á conocerlas.

Pero al fin, Julia es mi hermana;

¡Pluguiera á Dios no lo fuera!

Y advertid que no se sirven

Las mujeres de sus prendas

Con amorosos papeles,

Con razones lisonjeras,

Con ilícitos recados,

Ni con infames terceras.

No os culpo en el todo á vos;

Que yo confieso que hiciera

Lo mismo, á darme una dama

Para servirla licencia.

Pero cúlpôs en la parte

De ser mi amigo, y en esta

Con más culpa os comprehende

La culpa que tuvo ella.

Si mi hermana os agradó

Para mujer (que no era

Posible, ni yo lo creo

Que os atrevierais á verla

Con otro fin, ni áun con este;

Pues ¡vive Dios! que quisiera,

Ántes que con vos casada,

Mirarla á mis manos muerta):

En fin, si vos la elegisteis

Para mujer, justo fuera

Descubrir vuestros deseos

Á mi padre, ántes que á ella.

Este era término justo,

Y entónces mi padre viera

Si le estaba bien el darla,

Que pienso que no os la diera;

Porque un caballero pobre,

Cuando en cosas como estas

No puede medir iguales

La calidad y la hacienda,

Por no deslucir su sangre

Con una hija doncella,

Hace sagrado un convento;

Que es delito la pobreza.

Aqueste á Julia mi hermana

Con tanta prisa la espera,

Que mañana ha de ser monja,

Por voluntad ó por fuerza.

Y porque no será bien

Que una religiosa tenga

Prendas de tan loco amor

Y de voluntad tan necia,

Á vuestras manos las vuelvo,

Con resolucion tan ciega,

Que no sólo he de quitarlas,

Mas tambien la causa dellas.

Sacad la espada, y aquí

El uno de los dos muera,

Vos, porque no la sirvais,

Ó yo, porque no lo vea.

EUSEBIO.

Tened, Lisardo, la espada,

Y pues yo he tenido flema

Para oir desprecios mios,

Escuchadme la respuesta.

Y aunque el discurso sea largo

De mi suceso, y parezca

Que, estando solos los dos,

Es demasiada paciencia;

Pues que ya es fuerza reñir,

Y morir el uno es fuerza;

Por si los cielos permiten

Que yo el infelice sea,

Oid prodigios que admiran

Y maravillas que elevan;

Que no es bien que con mi muerte

Eterno silencio tengan.

Yo no sé quién fué mi padre;

Pero sé que la primera

Cuna fué el pié de una Cruz,

Y el primer lecho una piedra.

Raro fué mi nacimiento,

Segun los pastores cuentan,

Que desta suerte me hallaron

En la falda de esas sierras.

Tres dias dicen que oyeron

Mi llanto, y que á la aspereza

Donde estaba, no llegaron

Por el temor de las fieras,

Sin que alguna me ofendiese;

Pero ¿quién duda que era

Por respeto de la Cruz,

Que tenía en mi defensa?

Hallóme un pastor, que acaso

Buscó una perdida oveja

En la aspereza del monte,

Y trayéndome á la aldea

De Eusebio, que no sin causa

Estaba entónces en ella,

Le contó mi prodigioso

Nacimiento, y la clemencia

Del cielo asistió á la suya.

Mandó en fin que me trajeran

A su casa, y como á hijo

Me dió la crianza en ella.

Eusebio soy de la Cruz,

Por su nombre, y por aquella

Que fué mi primera guía,

Y fué mi guarda primera.

Tomé por gusto las armas,

Por pasatiempo las letras;

Murió Eusebio, y yo quedé

Heredero de su hacienda.

Si fué prodigioso el parto,

No lo fué ménos la estrella

Que enemiga me amenaza,

Y piadosa me reserva.

Tierno infante era en los brazos

Del ama, cuando mi fiera

Condicion, bárbara en todo,

Dió de sus rigores muestra;

Pues con solas las encías,

No sin diabólica fuerza,

Partí el pecho de quien tuve

El dulce alimento; y ella,

Del dolor desesperada,

Y de la cólera ciega,

En un pozo me arrojó,

Sin que ninguno supiera

De mí. Oyéndome reir,

Bajaron á él, y cuentan

Que estaba sobre las aguas,

Y que con las manos tiernas

Tenía una Cruz formada

Y sobre los labios puesta.

Un dia que se abrasaba

La casa, y la llama fiera

Cerraba el paso á la huida,

Y á la salida la puerta,

Entre las llamas estuve

Libre, sin que me ofendieran:

Y advertí despues, dudando

Que haya en el fuego clemencia,

Que era dia de la Cruz.

Tres lustros contaba apénas,

Cuando por el mar fuí á Roma,

Y en una brava tormenta,

Desesperada mi nave

Chocó en una oculta peña:

En pedazos dividida,

Por los costados abierta;

Abrazado de un madero

Salí venturoso á tierra,

Y este madero tenía

Forma de Cruz. Por las sierras

De esos montes caminaba

Con otro hombre, y en la senda

Que dos caminos partia,

Una Cruz estaba puesta.

En tanto que me quedé

Haciendo oracion en ella,

Se adelantó el compañero;

Y despues dándome priesa

Para alcanzarle, le hallé

Muerto á las manos sangrientas

De bandoleros. Un dia,

Riñendo en una pendencia,

De una estocada caí,

Sin que hiciese resistencia,

En la tierra; y cuando todos

Pensaron hallarla ajena

De remedio, sólo hallaron

Señal de la punta fiera

En una Cruz que traia

Al cuello, que en mi defensa

Recibió el golpe. Cazando

Una vez por la aspereza

Deste monte, se cubrió

El cielo de nubes negras,

Y publicando con truenos

Al mundo espantosa guerra,

Lanzas arrojaba en agua,

Balas disparaba en piedras.

Todos hicieron las hojas

Contra las nubes defensa,

Siendo ya tiendas de campo

Las más ocultas malezas;

Y un rayo, que fué en el viento

Caliginoso cometa,

Volvió en ceniza á los dos

Que de mí estaban más cerca.

Ciego, turbado y confuso

Vuelvo á mirar lo que era,

Y hallé á mi lado una Cruz,

Que yo pienso que es la mesma

Que asistió á mi nacimiento,

Y la que yo tengo impresa

En los pechos; pues los cielos

Me han señalado con ella,

Para públicos efectos

De alguna causa secreta.

Pero aunque no sé quién soy,

Tal espíritu me alienta,

Tal inclinacion me anima,

Y tal ánimo me fuerza,

Que por mí me da valor

Para que á Julia merezca;

Porque no es más la heredada,

Que la adquirida nobleza.

Este soy, y aunque conozco

La razon, y aunque pudiera

Dar satisfaccion bastante

A vuestro agravio, me ciega

Tanto la pasion de veros

Hablando de esa manera,

Que ni os quiero dar disculpa,

Ni os quiero admitir la queja;

Y pues quereis estorbar

Que yo su marido sea;

Aunque su casa la guarde,

Aunque un convento la tenga,

De mí no ha de estar segura;

Y la que no ha sido buena

Para mujer, lo será

Para dama: así desea,

Desesperado mi amor

Y ofendida mi paciencia,

Castigar vuestro desprecio,

Y satisfacer mi afrenta.

LISARDO.

Eusebio, donde el acero

Ha de hablar, calle la lengua.

_(Sacan las espadas, y riñen; Lisardo cae en el suelo, y procurando

levantarse, torna á caer.)_

¡Herido estoy!

EUSEBIO.

¿Y no muerto?

LISARDO.

No, que en los brazos me queda

Aliento para... ¡Ay de mí!

Faltó á mis plantas la tierra.

EUSEBIO.

Y falte á tu voz la vida.

LISARDO.

No me permitas que muera

Sin confesion.

EUSEBIO.

¡Muere, infame!

LISARDO.

No me mates, por aquella

Cruz en que Cristo murió.

EUSEBIO.

Aquesa voz te defienda

De la muerte. Alza del suelo;

Que cuando por ella ruegas,

Falta rigor á la ira,

Y falta á los brazos fuerza.

Alza del suelo.

LISARDO.

No puedo;

Porque ya en mi sangre envuelta

Voy despreciando la vida,

Y el alma pienso que espera

Á salir, porque entre tantas

No sabe cuál es la puerta.

EUSEBIO.

Pues fíate de mis brazos,

Y anímate; que aquí cerca

De unos penitentes monjes

Hay una ermita pequeña,

Donde podrás confesarte

Si vivo á sus puertas llegas.

LISARDO.

Pues yo te doy mi palabra,

Por esa piedad que muestras,

Que si yo merezco verme

En la divina presencia

De Dios, pediré que tú

Sin confesarte no mueras.

_(Llévale Eusebio en brazos.)_

GIL.

¡Han visto lo que le debe!

La caridad está buena;

Pero yo se la perdono.

¡Matarle y llevarle á cuestas!

ESCENA IV.

BRAS, TIRSO, MENGA, TORIBIO.—GIL.

TORIBIO.

¿Aquí dices que quedaba?

MENGA.

Aquí se quedó con ella.

TIRSO.

Mírale allí embelesado.

MENGA.

Gil, ¿qué mirabas?

GIL.

¡Ay Menga!

TIRSO.

¿Qué te ha sucedido?

GIL.

¡Ay Tirso!

TORIBIO.

¿Qué viste? Dános respuesta.

GIL.

¡Ay Toribio!

BRAS.

Dí, ¿qué tienes,

Gil, ó de qué te lamentas?

GIL.

¡Ay Bras, ay amigos mios!

No lo sé más que una bestia.

Matóle y cargó con él,

Sin duda á salar le lleva.

MENGA.

¿Quién le mató?

GIL.

¿Qué sé yo?

TIRSO.

¿Quién murió?

GIL.

No sé quién era.

TORIBIO.

¿Quién cargó?

GIL.

¿Qué sé yo quién?

BRAS.

¿Y quién le llevó?

GIL.

Quienquiera.

Pero porque lo sepais,

Venid todos.

TIRSO.

¿Dó nos llevas?

GIL.

No lo sé, pero venid,

Que los dos van aquí cerca. _(Vanse.)_

* * * * *

_Sala en casa de Curcio, en Sena._

ESCENA V.

JULIA, ARMINDA.

JULIA.

Déjame, Arminda, llorar

Una libertad perdida,

Pues donde acaba la vida,

Tambien acaba el pesar.

¿Nunca has visto de una fuente

Bajar un arroyo manso,

Siendo apacible descanso

El valle de su corriente;

Y cuando le juzgan falto

De fuerza las flores bellas,

Pasa por encima dellas

Rompiendo por lo más alto?

Pues mis penas, mis enojos

La misma experiencia han hecho;

Detuviéronse en el pecho,

Y salieron por los ojos.

Deja que llore el rigor

De un padre.

ARMINDA.

Señora, advierte...

JULIA.

¿Qué más venturosa suerte

Hay, que morir de dolor?

Pena que deja vencida

La vida, ser gloria ordena;

Que no es muy grande la pena

Que no acaba con la vida.

ARMINDA.

¿Que novedad obligó

Tu llanto?

JULIA.

¡Ay, Arminda mia!

Cuantos papeles tenía

De Eusebio, Lisardo halló

En mi escritorio.

ARMINDA.

¿Pues él

Supo que estaban allí?

JULIA.

Teatro selecto, tomo 1 de 4 · 第 8 / 19 段