--Ya no soy la misma mujer--murmuraba en sus amargos soliloquios--que

hace dos años llevó al altar; ya no soy su ángel custodio, porque el

demonio me cortó las alas... Sí, quiero morir para descansar, para no

acordarme; las caricias de Gabriel me dan frío; sus besos, asco...

algunas veces creo que se me conocen en la cara... Deseo morir, es el

único medio de que este secreto permanezca oculto; muerta yo, Alfonso

nada sabrá y seguirá amándome: soy buena, la conciencia no me reprocha

nada; merezco, pues, en cierto modo, que él siga amándome... y la idea

de que mi memoria le arranque lágrimas y de que irá a poner flores sobre

mi tumba, es lo único que me hace feliz... No quiero vengarme de ese

canalla; la persona a quien podía encomendar mi venganza es Alfonso, y

aunque el desgraciado le matara, se moriría después de dolor; ¡él mismo

me lo ha dicho muchas veces!...

Estos monólogos eran silenciosos, los discurría sin llegar a

pronunciarlos, y dando vueltas al mismo tema pasaba los días, mientras

Alfonso, sentado junto a ella, miraba sus labios, acechando alguna frase

que le pusiera en la pista del hecho que su corazón presentía. Cuando la

intensidad de aquel marasmo intelectual disminuía, Sandoval procuraba

distraerla refiriendo cuentos; ella le escuchaba atentamente, pero de

pronto, y cuando él estaba más satisfecho de la virtud terapéutica de su

conversación, el rostro de la joven se cubría de palidez cadavérica, sus

ojos se llenaban de lágrimas y se arrojaba llorando en brazos de su

marido.

--¡Ay, Alfonso, encanto de mi vida--decía entre sollozos--, qué

desgraciada soy!... ¡Qué pena, Dios mío, qué pena tan grande llevo en el

corazón!... Yo me siento morir, porque esto no me deja respirar, no

puedo vivir así... tengo metida en el pecho una serpiente que va

devorándome las entrañas poco a poco... ¡No, tú no sabes cuánto sufro...

es una espina, un veneno, un demonio... deseo morir o que me mates!...

Y en el paroxismo del dolor, con la voz enronquecida por la angustia y

como si quisiera descargar su conciencia:

--¡Ay, Alfonso--decía--, si tú supieras, si tú supieras!...

Al fin, caía rendida sobre el lecho, y Sandoval quedaba absorto,

devorando sus dudas, estudiando aquellas palabras misteriosas que el

dolor arrancaba a la prudencia de la enferma.

Cuando salía de su abstracción, ya Consuelo estaba desmayada y era

inútil preguntarla; entonces la sacudía desesperado, cogiéndola de un

brazo.

--¿Qué no sé yo? di... ¿qué es lo que ocultas?...

Después su excitación disminuía y tornaba a sentarse, con las piernas

extendidas y los brazos cruzados.

Había transcurrido un mes desde que Consuelo cayó enferma: los ataques

histéricos eran menos frecuentes, pero su salud quedó muy resentida.

Tenía los ojos más hundidos, el semblante enflaquecido, los labios sin

color, el cuerpo desmazalado; comía poco, dormía mal y la fatiga

avasallaba su espíritu.

Alfonso Sandoval decidió que los médicos la reconociesen, pues

Montánchez se había negado a ello rotundamente, y por la alcoba de

Consuelo pasaron varias celebridades científicas. Unos creyeron que se

trataba de una afección cardíaca, otros de un padecimiento cerebral,

quién de un desarreglo en las funciones del aparato generador, y quién

imputó al hígado la culpa de todo. Alfonso escuchaba sus pareceres y les

hacía recetar, y cuando hubo desfilado el último, reunió un montón de

prescripciones tan extensas, que entre todas hubiesen agotado los

medicamentos de una botica bien surtida: duchas, fricciones, pomadas,

cataplasmas, sanguijuelas, agua de azahar, éter, cloroformo, valeriana,

acónito, bromuro... de todo había allí.

El último médico que vió a Consuelito Mendoza fué un antiguo amigo de

Sandoval.

El anciano profesor la pulsó, la examinó los ojos, auscultó los latidos

cardíacos, reconoció detenidamente el vientre y los costados, y después

de repetir las mismas operaciones varias veces, sorprendido de no hallar

nada se encogió de hombros.

--El corazón--declaró--está sano, pero anda mal; sufre palpitaciones y

contracciones violentísimas que me inducen a creer que la enferma ha

experimentado una impresión muy grande.

--No sospecho qué pueda ser--repuso Alfonso.

--¡Es extraño!... yo juraría que algo grave la ha sobrecogido.

--Y usted no podría precisar...

--Imposible; si usted, que vive con ella, lo ignora, ¿cómo voy a saberlo

yo, que desconozco su historia y su vida?...

El médico se fué sin recetar y Alfonso volvió al cuarto de Consuelo

devorado por sus presentimientos.

La joven, que no se había enterado de nada, parecía dormir.

--En este misterio hay un hombre--murmuró Alfonso--; no sé quién es,

pero el corazón me dice que hay un traidor, cuyo nombre necesito

conocer; ¡si ella hablase, si pronunciase una palabra, una sola!...

Y se quedó mirando a Consuelo como quien contempla a una esfinge.

La vida de Consuelo iba extinguiéndose paulatinamente, como lámpara

falta de aceite. El cerebro perdía vigor y las nociones del mundo real

se borraban mezclándose unas a otras; los nervios, relajados por las

descargas eléctricas que habían sufrido, no vibraban y yacían

insensibles y lacios como las cuerdas de un instrumento musical roto; y

como consecuencia inmediata de aquel agotamiento intelectual, el cuerpo

también se hallaba rendido.

Consuelo empezó a enflaquecer de un modo alarmante: su repugnancia a

ingerir alimentos y su dolor silencioso y continuo, eran dos poderosos

agentes de destrucción a los cuales su delicada juventud no podía

sobreponerse. En su pálido semblante se acentuaban las dos arrugas

laterales que cava el desencanto desde las ventanas de la nariz a las

comisuras labiales, los ojos perdieron su brillo, el cuerpo su esbeltez,

el cuello su gracia. Una consunción terrible minaba su organismo

arrebatando lentamente la vitalidad a la sangre, la energía a los

músculos, su frescura a la carne.

Consuelito Mendoza se moría, pero rápidamente, por momentos, con una

velocidad tal, que casi podía apreciarse a simple vista: Sandoval lo

reconoció y su angustia fué mayor sabiendo que la joven moría de

tristeza, de anemia, de histerismo, del corazón, de una enfermedad, en

fin, sin nombre, vaga, misteriosa como la producida por aquellos

infernales venenos que componían los italianos del siglo XVI.

Hasta entonces se limitó a ver y callar, y cuando hablaba con ella lo

hacía de asuntos indiferentes, temiendo mortificarla con sus preguntas.

Entretanto, se devanaba los sesos discurriendo siempre acerca de la

misma cuestión. ¿Cómo enfermó tan repentinamente? ¿Quién la cubrió los

brazos de cardenales?... Un hombre, sin duda; y ese hombre, ¿quién era,

cómo se llamaba, dónde vivía?...

Muchas veces pensó en Gabriel Montánchez; el médico era su amigo, casi

su hermano, y aunque no hubiese renunciado por cansancio y desde hacía

mucho tiempo a su antigua vida libertina, el entrañable cariño que ambos

se profesaban imposibilitaba una traición: desconfiar de Montánchez

equivalía a dudar de la virtud de Consuelo o de sí mismo, presunciones

ambas inadmisibles.

Alfonso renunció, pues, a esta primera hipótesis y echóse a discurrir y

a fabricar castillos en el aire. Un enamorado desconocido no podía ser,

porque Consuelo jamás salía sola a la calle y nadie enloquece de amores

por una mujer a quien no ha tratado; el hombre que entró en su casa

tampoco fué un ladrón, pues nada faltaba; era, por tanto, lógico suponer

que habían ido por su honra y no por su dinero.

El silencio de la joven corroboraba sus conjeturas; era innegable que

ella, contra su costumbre, disimulaba algo. ¿Por qué no hablaba del

viaje con el interés que hasta entonces? ¿A qué causa atribuir su

tristeza y su enfermedad?... ¿Era admisible que una tronada de primavera

fuese origen de aquella gravísima perturbación nerviosa?... Y,

finalmente, ¿cómo Consuelo no le reveló el motivo de los arañazos y

verdugones que tenía en las piernas, en los brazos y en la cara?...

Allí había un secreto, tanto mayor cuanto más inexplicable era el

silencio de la enferma, y era necesario despejarlo en seguida porque le

iba en ello su tranquilidad y tal vez la vida de la joven.

Alfonso Sandoval dejó de salir; permanecía día y noche sentado en un

sillón junto al lecho, cuidando a Consuelo, tapándola cuando se

desnudaba, inventando farsas para distraerla en sus ratos de juicio,

procurándola bocados substanciosos y exquisitos al paladar, y acechando

el momento de arrancar a sus delirios alguna revelación. Esta esperanza

era la que le sostenía impidiendo que la fatiga cerrase sus párpados; no

tenía sueño, ni ganas de comer, ni de salir: era también un estado

patológico de sus nervios, acuciados siempre por una idea fija.

De noche se embozaba con su capa para no sentir frío, y mientras

apuraba, una tras otra, varias tacitas de café, vigilaba a Consuelo con

atención y paciencia incansables; cuando ella balbuceaba alguna frase,

Alfonso se inclinaba sobre el pecho de la enferma procurando entender lo

que decía por el movimiento de las labios; mas aquellos sonidos mal

articulados eran tan débiles que nunca podía entenderlos, y tornaba a

sentarse desesperado, bregando siempre con el mismo tema.

Y otra vez desfilaron por su cabeza aquel ladrón desconocido y las

figuras de sus compañeros de casino, aun las de aquéllos que menos

trataba, y la de Montánchez; y después de examinarlas minuciosamente

volvía a empezar con la primera de la serie, obligándolas a girar en

torno suyo como los caballejos de un tío vivo.

De pronto sus ojos se iluminaron y cuatro palabras que envolvían una

duda espantosa surgieron ante él entre dos signos de interrogación.

--¿Y si fuese Montánchez?--preguntó la voz reveladora.

--¿Y si fuese Montánchez?--murmuraron como un eco los labios de

Sandoval.

Pero, no, eso era imposible; ya se lo había preguntado antes y rechazó

tal pensamiento como absurdo... ¿Y por qué lo rechazó?... Ah, sí, por

varias razones que eran de gran peso. Sin embargo, no estaba

tranquilo.--¿Y si fuese, y si fuese?...--repetía en sus profundos la voz

misteriosa.

--Gabriel--agregó--siempre fué un calavera, un perdido con talento y

buena fortuna, pero también un vicioso con el alma manchada de cieno. Un

hombre que no cree en el honor, ni en sí mismo, ¿no es capaz de todo?...

¡Horror!... Hacerme él traición... no, no lo creo; yo, tratándose de un

amigo íntimo, tampoco sería capaz de cometer villanía semejante...

Además, Gabriel me quiere bien, tengo recibidas de su cariño pruebas

inconcusas, y aunque sea un pillo es también un valiente que, antes de

traicionarme, me diría sus intenciones claramente. ¡Además!... él está

muy hastiado de placeres y el cansancio es la moral que más santos ha

hecho. Por otra parte, Consuelo le odia con toda su alma... ¡No, cuando

digo que eso es imposible!...

Sandoval se pasó la mano por la frente horrorizado de la ofensa que

mentalmente infiriera a la honradez y fidelidad del médico, y nuevamente

comenzó a girar el fantástico tío vivo de sus amistades.

Pero la figura de Gabriel Montánchez volvió a presentarse una vez y otra

con tal insistencia, que llegó a dominarle. Recordó las palabras que

había oído a Consuelo en diferentes ocasiones, la inexplicable aversión

que sintió siempre hacia su amigo, el malestar que experimentaba en su

presencia y la facilidad que Gabriel adquirió para dormirla...

--¡Y si el miserable, abusando de ese poder, hubiera llegado hasta el

punto...!

El concepto embozado en aquella frase despertó en él una ira salvaje y,

sin saber lo que hacía, dió tal patada en el suelo, que las paredes

retemblaron y Consuelo abrió los ojos; mas el ruido se extinguió y sus

párpados volvieron a cerrarse con la tranquilidad del caminante que,

tras una jornada de muchas leguas, se abandona al sueño sobre un colchón

de plumas.

Aquellas primeras cavilaciones arrastraron en pos de sí otras memorias y

Sandoval fué acordándose del empeño que mostró Gabriel en curar el

histerismo de Consuelo por la sugestión; sus consejos acerca de la

conveniencia de conceder a la joven más libertad y permitir que

anduviese sola y por donde quisiera, so color de fortalecer su voluntad

y acostumbrarla a discurrir por sí misma; su empeño en referir en sus

reuniones íntimas del invierno, lances maravillosos que cautivaban la

imaginación de Consuelo y le ofrecían como a un personaje novelesco

rodeado de esa aureola fantástica que envuelve a los protagonistas de

los cuentos orientales; y, sobre todo, recordó un detalle... una frase

que entonces creyó insignificante, pero que ahora era para él la

expresión indubitable de un pensamiento criminal.

En cierta ocasión, estando Consuelo desmayada, él, subyugado por la

hermosura de la joven, le preguntó a Gabriel sin poder dominar su

pensamiento:

--¿Es hermosa, verdad?

Y Montánchez repuso:

--¡Oh, es perfecta!...

Sandoval recordó bien los pormenores de aquella escena: su amigo estaba

de pie, mirando a la enferma con un arrobamiento que le alejaba del

mundo; al oír su pregunta se estremeció, y como quien despierta de un

sueño lanzó aquella exclamación; exclamación leal, que le salía de muy

hondo, porque Montánchez la dijo con el acento del hombre que, creyendo

estar solo, habla consigo mismo. Era, pues, indudable, que en tal

momento el médico también admiraba la belleza de Consuelo, y este

pensamiento envolvía un deseo, un principio de amor, que pudo ir muy

lejos.

Sí, era innegable que Montánchez le había traicionado con el

pensamiento, y el que las imagina las hace, no bien la ocasión se

presenta; ¡y si aquella ocasión fatal hubiese llegado!...

Sandoval quedó estupefacto ante su descubrimiento, pues ya imaginaba que

el criminal estaba descubierto y que sólo faltaba castigarle. Levantóse

cautelosamente del sillón y, apartando la sábana y las mantas, examinó

nuevamente los brazos de Consuelo a la luz del quinqué: las señales

moradas habían disminuído mucho, pero aún se distinguían perfectamente;

y tan grande, tan íntima era ya la convicción de Alfonso, que creyó

reconocer en ellas las manos y los dedos de Montánchez.

--Sí, es él--exclamó a media voz--; ¿por qué buscar sofismas que le

disculpen? Aquí ha ocurrido una escena horrible; en ausencia mía la ha

fascinado, arrojándome a la cara un estigma que nadie puede borrar...

El crimen adquiría a los ojos de Sandoval proporciones tan gigantescas,

que la magnitud de su venganza no le cabía en la frente. Levantóse

desesperado y abrió con estrépito las hojas de la ventana; eran cerca de

las siete de la mañana y la rojiza luz del quinqué palideció bajo la

claridad diurna. El tiempo era hermoso, por la calle discurrían algunos

barrenderos con sus escobas al hombro, en la Puerta del Sol había un

grupo de desarrapados junto a un puesto de café.

--Pero necesito una prueba--murmuró Sandoval--, una sola, porque de lo

contrario no sabré acusarle... Cuando venga le recibiré secamente, como

nunca; a él le sorprenderá mi conducta, y como a los criminales los

dedos les parecen agentes de policía, dirá: “Éste ya sabe algo”. Y como

es de los templados, se pondrá fosco.--¿Por qué estás así?--Porque eres

un canalla, Gabriel.--¿Yo?--Tú, sí; abusaste de Consuelo y voy a

arrancarte las entrañas... no lo niegues, ten agallas para confesar tu

crimen, cobarde ladrón... Atrévete, tú que has realizado tantas proezas,

que has hecho correr a tantos... ven a mí, quiero reñir contigo en un

cuarto cerrado, como pelean los hombres de verdad, no los fantoches de

novela... Y él se encrespará furioso y se arrojará sobre mí, y

entonces... ¡me le como a mordidas, le despedazo!... Le saco los riñones

y se los pateo; le trituro, le reduzco los huesos a polvo, me baño en su

sangre... ¡Toma, charrán, miserable, villano, bandido, toma!...

Comenzó a dar puntapiés, presa de terrible cólera; los muebles caían al

suelo.

--¿Qué habías creído, bellacón--prosiguió--, que yo no era capaz de

vengar tamaño agravio?... Toma, en las tripas, ¡pum! en la cabeza...

¡así! ven acá, levántate, ya te dejo, acércate, acércate más... Parece

que mi cabeza va a dar un estallido... ¡Qué martilleo, estoy

atontado!... ¿Y si fuera inocente, o tan hipócrita que negase a pies

juntillas el mal que ha hecho? ¿Cómo la emprendo a bofetadas con quien

jura ser mi mejor amigo?... ¿Y si con sus razones consigue calmarme y

mientras yo me sosiego el indecente se ríe por dentro de mi

credulidad?... ¿Qué hago yo entonces?... Por eso necesito una prueba de

esas que se ven y se tocan... que son irrecusables... y con un testigo

así ya no dudaré aunque él me aseverase lo contrario de rodillas. Señor,

¿por qué no habla Consuelo, por qué ese espejo no conserva la imagen de

lo que aquí sucedió aquella tarde maldita?...

Acercóse a la chimenea y oprimió un timbre; la doncella se presentó.

--Ten--dijo Alfonso entregándola una tarjeta en donde había escrito

algunas palabras--, ve corriendo a casa del señor Montánchez y entrégale

esto. Vuelve pronto.

Cuando la muchacha llegó al domicilio del médico, éste se disponía a

meterse en la cama.

Montánchez cogió la tarjeta y leyó:

“Gabriel: Necesito verte en seguida; ven”.

Montánchez estrujó el cartoncillo entre sus dedos y empezó a pasear por

su despacho con la cabeza inclinada sobre el pecho y los brazos echados

atrás, sin acordarse de que la mujer que tenía delante esperaba una

contestación.

--¿Qué hora es?--preguntó.

--Las siete y media.

--¿De la mañana o de la noche?

--¡De la mañana!--replicó la doncella estupefacta.

Hubo una pausa.

--Bueno; dile a don Alfonso que iré después de la una...

En el transcurso de aquel mes Gabriel Montánchez había tenido tiempo

suficiente para examinar su situación y el curso probable de los

acontecimientos. Al principio creyó que todo estaba irremisiblemente

perdido, pues lo más fácil era que Consuelo, en un momento de locura o

de debilidad, se lo dijese todo a Sandoval, y resolvió permanecer

alejado del teatro de los sucesos, esperando el desenlace de aquel drama

cuyas últimas páginas iban necesariamente a mancharse de sangre; pero

cuando vió que todo continuaba tranquilo y que Consuelo Mendoza se moría

poco a poco y sin hablar, recobró su aplomo.

Montánchez se había engañado respecto de sí mismo una vez más, pues

tomando por verdadera pasión lo que sólo fué un arrebato de su

sensualidad, creyó que el amor hacia Consuelo era el mayor cariño de su

vida; pero cuando satisfizo aquel deseo, la indiferencia consiguiente a

la posesión le demostró que su corazón estaba frío y que la cabeza era

demasiado dueña de sí para consentirle nuevas locuras, y lo único que

deploró fué haberse expuesto tanto por lo que le interesaba tan de

soslayo.

--Si Consuelo muere--pensó Montánchez disponiéndose a dormir--, el

conflicto queda resuelto, pues los difuntos no hablan; si vive,

procuraré estar a su lado todo el tiempo posible para sujetar su lengua.

A la hora indicada llegó el médico a casa de Sandoval. Éste le recibió

en el gabinete; estaba un poco pálido por las cavilaciones y las noches

de insomnio.

Gabriel se sentó en una butaca junto a la chimenea.

--¿Y Consuelo?--preguntó.

--Peor que nunca--repuso Alfonso secamente--; ninguno de los médicos que

la han reconocido sabe decirme qué tiene; parece hechizada.

--Pues yo no pensaba venir--dijo Gabriel poniendo indolentemente una

pierna sobre otra y apoyando sus manos cruzadas sobre la rodilla

cabalgadora--, pero me has enviado un mensaje tan despótico que más bien

parece un cartel de desafío, y en la duda he venido, ignorando

ciertamente si me quieres para pedirme consejo o para reñir.

Sandoval miró a su interlocutor de hito en hito, y Montánchez sostuvo la

mirada con perfecta tranquilidad, sonriente, como si no comprendiera que

los ojos de su amigo querían leer su pensamiento.

--Te he llamado--dijo Alfonso--para ambas cosas; para pedirte

consejos... y para reñir contigo si te negabas a dármelos.

--Pero, ¿a muerte?

--A muerte; como riñen los hombres.

--Veo que la enfermedad de Consuelo--repuso Montánchez burlesco--te ha

avinagrado el carácter y haces mal en ponerte así, porque la dolencia de

tu mujer no es grave; si enviudaras serías un viudo intratable, un

traidor de melodrama.

--Gabriel--interrumpió Sandoval levantándose--, no te llamé para pasar

un rato riendo, sino para discutir seriamente: quiero que cures a

Consuelo; lo quiero y la curarás... porque eres el único hombre que

puede curarla.

--Gracias.

--¿La curarás?

--Haré lo posible--repuso Montánchez fríamente--; vamos a verla.

Entraron en la alcoba.

--Ahí la tienes--dijo Alfonso señalando a la joven que parecía dormir--;

así está desde hace un mes, desde la tarde del ciclón... ¿recuerdas

aquella tarde?

--Perfectamente.

--¿Cuánto tiempo hará?

--Eso que has dicho; un mes.

--¿Nos vimos aquella tarde en el casino?

--No.

--¿Dónde estuviste?

--¿Te importa saberlo?

Sandoval miró al médico fijamente, no sabiendo si atribuir la ingenuidad

de sus respuestas a su inocencia o a su descaro; pero la escasa luz que

atravesaba los visillos de la ventana le impidió ver la expresión

impasible de Gabriel.

--Pues bien, cúrala tú, que sabes el origen de su enfermedad.

--Lo supongo, pero puedo equivocarme.

--No, Gabriel; tú no lo supones, tú lo sabes...

--Te engañas.

--¡Mentira! Tú lo sabes... por consiguiente no caminas a ciegas.

Montánchez no respondió y se acercó a la enferma. Inmediatamente los

ojos de Consuelo, cual si hubiesen adivinado la mirada del médico,

empezaron a parpadear y después todo su cuerpo vibró con un temblor

nervioso: entonces Montánchez la cogió una mano y ella, como si acabase

de recibir la descarga de una máquina eléctrica, despertó súbitamente

lanzando un grito. Al fijarse en el médico sus ojos, expresaron un

terror supremo; abrió la boca y sin poder articular palabra ninguna se

desvaneció.

Cuando la intensidad del ataque hubo pasado, Gabriel se levantó para

marcharse.

--La enfermedad--dijo--reviste los caracteres de costumbre, y por tanto

no desconfío de poder curarla: todos los días vendré y lucharé hasta el

fin; en el poder de la sugestión fundo mis esperanzas.

Montánchez tenía demasiado mundo para no comprender lo que en el ánimo

de su amigo sucedía: el lenguaje lacónico y duro empleado por Sandoval

para llamarle, la sequedad de su recibimiento y el marcado retintín con

que pronunció ciertas palabras, le revelaron que sospechaba la traición

de que había sido víctima.

Otras razones no menos poderosas concurrieron a corroborar su

pensamiento; al acercarse al lecho de Consuelo para pulsarla, vió que

los brazos de la joven estaban señalados en ciertos sitios por dos

manojitos de manchas negras, y supuso cuerdamente que aquellas señales

pusieron a Sandoval sobre la pista del crimen: lo que Alfonso ignoraba

era el nombre del criminal y esta ignorancia fué la que Montánchez quiso

prolongar indefinidamente, aun cuando la empresa durase años.

Después que pasó el ataque nervioso motivado por la visita del médico,

Consuelo se incorporó en la cama y con un aplomo que sorprendió a

Sandoval:

--Alfonso--dijo posando sobre su marido una mirada llena de dolor--,

¿Montánchez va a volver?

--Sí, hermosa, le he llamado para que te cure, porque los otros médicos

son unos burros que no ven más allá de sus narices.

--¡Ah!... ¿Tú le llamaste?

--Sí, porque él no quería venir, temiendo que su presencia te

impresionase desagradablemente.

La miró procurando sorprender el efecto que en ella causaban estas

palabras; pero Consuelo, que parecía sumida en graves cavilaciones, se

pasó la mano por la frente y repuso con la impasibilidad de un

sonámbulo:

--¡Qué fatalidad!... ¡Tú, siempre tú!

--¿Por qué dices eso?

La enferma: novela · 第 13 / 15 段