Después el exceso del dolor determinó un nuevo accidente, perdió el

conocimiento y su espíritu sepultóse en aquel mundo caótico donde de

nada le servía a Alfonso la sonda de su buen juicio para guiarse y

llegar a la posesión de la verdad. Luego prorrumpió en gritos y frases

cuya misteriosa hilación era inapreciable, pues el cerebro funcionaba

como el cilindro de una caja de música al que le faltan muchas púas y,

por efecto de esta mutilación, produce acordes incompletos.

Así fueron resbalando las horas; eran las dos de la madrugada, la lluvia

y el viento habían cesado y en el silencio sólo resonaban las tenues

pisadas de los trasnochadores; el ruido de sus pasos se acercaba, se les

sentía pasar bajo los balcones y luego aquel rumoreo sordo decrecía

lentamente, hasta extinguirse con la sombra del transeúnte; y

entretanto, resonaban en la quietud de la casa los gritos de Consuelo;

gritos estridentes, espantosos, que erizaban el vello de la piel.

El éter y el agua de azahar fueron impotentes para contrarrestar los

efectos del ataque, y la crisis duró hasta el amanecer. Entonces la

enferma, dominada por la fatiga, cayó en un sopor profundo que fué

relajando sus tendones y quitando a los músculos energía: quedó tendida

sobre el lado derecho, la boca entreabierta, las mejillas demacradas,

los brazos sobre el embozo, la cabeza caída hacia atrás, sin fuerzas ni

aun para cerrar las manos...

Sandoval, que se había sentado junto a la cama, siguió largo rato sumido

en sus tenebrosas meditaciones: estaba frente al misterio y no podía

resignarse a no resolverlo.

El quinqué, falto de petróleo, se apagó y Alfonso quedó a obscuras, el

ceño fruncido, persiguiendo entre las sombras el semblante de aquel

hombre que desde hacía algunas horas procuraba inútilmente reconocer:

parecía Harpócrates velando la cuna de un niño. Pero el fresquecillo de

la mañana y el cansancio de aquella terrible noche rindieron su

voluntad, y acabó quedándose adormilado, la frente apoyada sobre el

lecho.

VIII

Estos violentos ataques de histerismo determinaron nuevos desarreglos en

la salud de Consuelo. La desdichada, presa de fuerte calentura, pasaba

las noches y casi todas las horas del día delirando o sumida en un sopor

del que despertaba temblando de miedo.

En los tres días consecutivos al primer ataque, el mal adquirió ventajas

decisivas; los desvanecimientos eran tan prolongados, los delirios tan

intensos, había tal confusión en las ideas de la paciente y tal

expresión de insensibilidad en su mirada, que Alfonso llegó a temer que

Consuelo perdiese la razón.

Alarmado por este pensamiento, encargó a las criadas el cuidado de la

joven y corrió a casa de Montánchez.

El médico estaba en su despacho escribiendo, cuando Sandoval llegó.

Alfonso refirió abreviadamente el objeto de su visita.

--¡Diablo!--exclamó Gabriel soltando la pluma--, ¿qué advertiste en

ella para alarmarte de ese modo?

--No acierto a decirlo concretamente--repuso Sandoval, a quien un íntimo

sentimiento de pudor contenía--; pero desde anteayer está desconocida.

Parece que la última tormenta le causó efectos horribles; el ruido de

los truenos o la electricidad de la atmósfera rompieron algún resorte

capital de su cerebro y la máquina está desorganizada: quiero que la

veas, que la examines bien, pero con interés, con verdadera pasión, como

si fuera cosa tuya. Me mata la inquietud; necesito conocer el estado de

Consuelo, pero pronto, aunque tu diagnóstico me sea fatal... soy de los

hombres que prefieren luchar con los obstáculos frente a frente, por

grandes que sean, a caminar entre sombras...

--Pues no puedo complacerte.

--¿Cómo?

--Porque no debo ir a tu casa.

--Y ¿por qué?

--Mi presencia perjudicaría a Consuelo; ¿no sabes que me detesta?

Alfonso miró a su amigo de un modo extraño.

--¡Y eso qué importa!... otras veces no te has preocupado de ello: tú

vas, la examinas, me prescribes lo que debo hacer y asunto terminado.

--No puedo--repuso Gabriel con entereza--, y no achaques esta negativa a

terquedad mía; no puedo, no debo ir, ¿entiendes?...

--¿Me obligas, pues, a buscar otro médico?

--Sí, es preferible; otro cualquiera podrá dirigir a Consuelo con más

facilidad que yo, pues no tendrá que habérselas con la antipatía que

ella siente por mí. ¿Y delira?

--Constantemente; es una verbosidad inagotable.

Un ligero estremecimiento contrajo las facciones de Montánchez; sus

mejillas palidecieron.

--¿Cuál es ahora su tema favorito?

Alfonso repuso, temiendo que el médico descubriera su secreto:

--Ninguno, o mejor dicho, lo ignoro, porque habla con dificultad suma y

apenas la entiendo.

Con esto se fué Sandoval y Montánchez se quedó examinando su situación y

los acontecimientos que se precipitaban unos en pos de otros como los

eslabones de una cadena; estaba indeciso, fluctuando entre la idea de

esperar en su casa el trágico desenlace de aquel enredo, o luchar sobre

el campo empleando toda su audacia y todo su ingenio en ocultar su

crimen: al fin resolvió dejar transcurrir algunos días.

Por su parte, Alfonso no sabía qué hacer: el consejo de llamar a otro

médico y de inmiscuirle en sus secretos de alcoba le repugnaba, y

consecuente con el procedimiento favorito de los irresolutos, prefirió

quedarse en expectativa aguardando la llegada de algo que resolviese

aquella situación anómala.

Entretanto el espíritu de Consuelo experimentaba una revolución radical;

durante los primeros días la joven estuvo sepultada en un marasmo

preñado de siluetas de las que apenas se acordaba. La escena con Gabriel

Montánchez fué tan fuerte y concurrieron en ella tantas circunstancias

contrarias, que su razón cayó anonadada, cual si hubiese recibido el

choque de un rayo en la frente.

Pasado aquel momento en que su miedo y su amor propio la incitaron a

defenderse briosamente de su violador, su alma quedó sumida en un mundo

inconsciente, tenebroso, velado de sombras; era un vacío inmenso, sin

luz ni ruidos, sin sensaciones, poblado de fantasmas negros.

En aquel estado presentía débilmente la existencia del mundo real donde

hasta entonces había vivido, pero sus ecos eran tan tenues que no

bastaban a sacarla de su letargo: los percibía, sí, pero entre sueños,

vagamente, sin que su razón coordinase aquellas impresiones lejanas; era

una somnolencia extraña, semejante a un éxtasis, con la diferencia de

que el suyo era un éxtasis pasivo, sin alucinaciones visuales ni voces

proféticas, como si su alma durmiese con un sueño tan profundo que el

cuerpo, a pesar, de las vibraciones de sus nervios, no tuviera fuerzas

para despertarla.

A ratos aquel mundo sombrío se iluminaba con destellos fugitivos de

razón, y Consuelo entonces readquiría por breves momentos la conciencia

y el dominio de sí misma; pero la realidad era tan cruel que no tenía

valor para mirarla frente a frente, y tornaba a desvanecerse.

En aquella situación Consuelo se manifestaba exteriormente de dos

maneras distintas. Unas veces, particularmente de noche, caía en un

estado de idiotez y desmadejamiento completos, y otras su excitación

nerviosa era tan grande, que se convulsionaba, lanzando gritos y

retorciéndose los brazos como una endemoniada.

Cuando la hiperestesia de aquel primer período fué decreciendo, la

enferma presentó una nueva fase: iba recobrando la conciencia de un modo

lento, por grados casi insensibles, mientras sus facultades volvían poco

a poco al mundo de la luz y de la realidad.

Entonces, y sin procurarlo, se examinó, y advirtióse tan cambiada, tan

diferente de sí misma, que tardó mucho en reconocerse, como el borracho

a quien aplican un frasco de amoníaco a las narices y vuelve en sí, que

hallándose aún medio adormilado por los vapores del alcohol se palpa y

duda, a despecho de lo que sus sentidos le dicen, de si aquél es su

cuerpo y aquéllas sus manos. Así Consuelo se sentía desfallecida,

aplanada por un supremo cansancio moral.

Luego esta impresión indefinible y mortificante se precisó más,

trocándose en una tristeza muy grande, muda, taciturna, que no se

traducía en lágrimas ni en quejidos; algo así como un remordimiento.

Cuando Sandoval procuraba distraerla con sus burletas y sus cuentos, la

pobre enfermita permanecía silenciosa, sin comprender bien a su marido.

Éste hablaba de teatros, del viaje que emprenderían en cuanto ella se

restableciese un poco, y de las mil preciosas chucherías que pensaba

comprarle en los bazares de París: y como ella moviese la cabeza en

señal de duda:

--Sí, niña--se apresuraba a decir Alfonso--, lo que tú tienes es una

debilidad que desaparecerá no bien aspires los aires del campo; te he

examinado y sé que tus órganos están intactos: el corazón y la cabeza,

que son los dos centros motores más importantes, funcionan

perfectamente, y cuando logres sobreponerte a ese decaimiento que dejó

en ti la fiebre, te quedarás mejor que al principio de la enfermedad.

¡Ya verás--proseguía dominando el sombrío curso de sus pensamientos para

distraer a la joven y apartarla de los suyos--, en cuanto lleguemos a

unos de esos villorrios que blanquean entre las peñas del mar, vamos a

ponernos desconocidos; tú más gorda que una sultana favorita, y yo más

negro que un moro; porque en eso consiste la mitad de la diversión; en

volver bien bronceados por el sol y los aires costeros. Por las mañanas

nos levantaremos temprano y en casa de cualquier vaquero vecino

ordenaremos nos sirvan dos vasos muy grandes de leche: luego me terciaré

una escopeta al hombro y nos iremos al bosque a cazar, cogidos de la

mano como dos chicos. Tú llevarás el morral y serás la encargada de

coger los pajaritos muertos, o las liebres, que de todo hay en el campo,

y tan bien puedo andar de puntería que acaso mate algo; y si quisieras

acostumbrarte a los tiros, yo me echaría el fusil a la cara, tú

apretarías el gatillo, y así los estragos que causásemos los llevaríamos

a medias sobre la conciencia. Cuando el calor apretase mucho nos

refugiaríamos al pie de los árboles frondosos, hechos dos filósofos

peripatéticos de aquéllos que antiguamente se sentaban, con un libro en

las rodillas a arrancarle secretos a la ciencia, al pie de un alcornoque

o de un ciruelo. Yo me acostaría tripa arriba, con la cabeza sobre el

morral o sobre un canto, y me metería unos taponcillos de hilas en los

oídos, para impedir que las hormigas, compañeras inseparables de los que

comen en el campo, cayesen en la tentación de amenizarnos la siesta

tocándome las trompas de Eustaquio; tú, como eres más delicadita, te

acostarías con la cabeza apoyada en mi pecho, y así nos quedaríamos

haciendo con nuestros cuerpos la señal de la cruz para ahuyentar al

diablo que podía andar por allí y tener la tentación de cargar la

carabina para darnos luego un susto. Aunque mejor sería no asustarle

para que nos espantase las moscas con el rabo... ¿Qué te parece?

Consuelo casi nunca respondía; cuando más articulaba un monosílabo o

hacía un gesto; esto era todo: su atención era tan débil que cuando su

marido acababa de hablar no recordaba lo que había dicho, y tanto se

acentuó su pasividad intelectual, que Alfonso se convenció de que su

mujer había sufrido un golpe que iba privándola de razón y

convirtiéndola en una idiota.

No obstante, las ideas de Consuelo fueron precisándose, y comprendía

mejor las diferencias de tiempo y de espacio; y la distancia que

separaba al ayer del presente, y al hoy del mañana.

Sabía que estaba enferma, y que lo estuvo mucho más, y que sufrió

fiebres y delirios espantosos, porque su marido y las criadas se lo

dijeron; pero esto no era todo.

Había en su historia de la anterior semana un punto obscuro del cual no

recordaba por más empeño que ponía en ello; contraía las cejas, se

golpeaba la frente llamando al recuerdo fugitivo y nada, su memoria no

conseguía despejar las sombras; y, sin embargo, Consuelo presentía que

aquel punto obscuro encerraba un secreto de donde provenía el origen de

su enfermedad y de su tristeza.

Cuando su mejoría se acentuó un poco más y pudo hablar, interrogó a su

marido acerca de aquella incógnita que tanto la preocupaba; Alfonso,

temiendo provocar alguna nueva crisis, rehuía la conversación, aplazando

la ocasión de hablar.

--¿Desde cuándo estoy mala?--preguntaba la joven.

--Desde la semana anterior.

--¿Qué día de la semana?

--El viernes.

--¡El viernes!--repetía ella que revelaba por las contracciones de su

semblante sus esfuerzos mentales--, no sé qué hice ese día ni a qué hora

me acosté, ¿fuimos al teatro aquella noche?

--No.

--Y por la tarde, ¿qué hicimos?

--Lo de costumbre; yo me marché al casino y tú te quedaste cosiendo; ¿no

recuerdas que al día siguiente debíamos irnos de viaje?...

--¿Qué viaje?

--¡Por Europa, chiquilla!... Pues apenas si tenías entonces ganas de ver

mundo...

--Por Europa... Europa... ¡Es raro! No establezco bien la conexión que

hay entre los objetos y las palabras... En cuanto me separo un poquitín

de lo visible, mi cerebro empieza a dar vueltas y todas mis ideas

desaparecen en una nube de humo... Europa... Tengo de ello una noción

que no concreto bien.

--¿Y del viaje?...

--¡Psch!... eso del viaje me parece un sueño, un proyecto que tuvimos

hace mucho tiempo.

--Pues no es un sueño, querida mía, porque ahí está nuestro equipaje.

Consuelo no sabía qué responder; sus pensamientos perdían su hilación

al llegar a aquel lugar obscuro que dividía su existencia en dos

mitades, y todos sus esfuerzos imaginativos para pasar de allí eran

inútiles.

Los días se sucedían sin que en la salud de la enferma se iniciase

ningún progreso notable: su sueño siempre intranquilo, interrumpido por

pesadillas que a cada momento la despertaban, y los días los pasaba

inmóvil, mirando un objeto cualquiera con la fijeza de un hipnotizado;

por las tardes era preciso arroparla mucho porque la fiebre la hacía

tiritar; en cuanto comía empezaba a quejarse del corazón y se mantenía

con ponches y tazas de caldo que Alfonso cuidaba de administrarla de

hora en hora.

Conforme su organismo iba reconstituyéndose con los buenos alimentos y

el descanso, sus ideas se fortalecían y el campo de los recuerdos se

agrandaba.

Cierta tarde Consuelo mostróse algo más comunicativa que de ordinario, y

hasta se extralimitó a pedir unas rodajitas de pan frito para acompañar

el chocolate. Sandoval, maravillado de tan evidente mejoría, procuró

animarla a levantarse un ratito, mas ella dijo que la dejasen tranquila

pues quería dormir. Pero, mientras su cuerpo permaneció indolentemente

inclinado como si realmente disfrutase de un sueño reparador, el

espíritu continuaba trabajando, inquiriendo, analizando, zurciendo

ideas, evocando impresiones y desmenuzando recuerdos allá en las

microscópicas retortas de su invisible laboratorio. Ello fué que la

conciencia avanzó un poco más que otras veces, logrando asir un concepto

que hasta entonces anduvo huído; aquél trajo otro y éste otro, que a su

vez arrastró tras sí algunos más, pues los recuerdos son como las

cerezas, y la luz, la terrible luz tanto tiempo buscada, brotó al fin.

Por primera vez vió Consuelo iluminarse aquel punto tan negro hasta

entonces; su conversación con Montánchez, la tempestad, la lucha, la

caída... todo desfiló ante sus ojos como las figuras de una terrible

linterna mágica.

La impresión causada por este doloroso recuerdo fué tan viva, que la

joven dió un salto sobre la cama exhalando un grito angustioso.

Sandoval se levantó precipitadamente.

--¡Consuelo, Consuelo!...

Pero la infeliz ya no le oía.

Cuando, pasado aquel ataque que duró varias horas, recobró Consuelo la

conciencia de sí misma, su tristeza hasta entonces muda y sin nombre,

sacudió la embotada sensibilidad de sus nervios deshaciéndose en

torrentes de lágrimas.

¡Al fin lo recordaba “todo”, estremeciéndose ante el secreto encerrado

en aquella palabra!...

Como por arte mágico desfilaron por su imaginación los recuerdos de

aquellos dos últimos años y la historia de la insensata pasión de

Gabriel: la noche en que Sandoval le presentó a su amigo, la

desagradable emoción que experimentó al sondear con una mirada el

semblante del médico, las circunstancias innúmeras que más tarde

concurrieron a aumentar el antagonismo que involuntariamente sentía por

él, la repugnancia a someterse a sus planes curativos, sus ensueños que

parecían profetizar lo que luego sucedió, sus congojas cuando estaba

junto a aquel hombre misterioso que, a despecho de su amabilidad, la

infundía miedo; los perversos planes ideados por Montánchez para

alejarla de su marido y disminuir la bienhechora influencia de Sandoval;

y, finalmente, sus proyectos de viaje o, más bien, de fuga, único medio

de evitar las fatales consecuencias del amor que bien a pesar suyo había

encendido.

La pasión creció poco a poco en Gabriel hasta dominarle por completo;

era un fuego tardío que volvía a caldear las cenizas aún tibias que le

dejaron otros amores, pero que por lo mismo de ser el postrero brotaba

con ardor y pujanza juveniles; que así como los crepúsculos matutino y

vespertino se parecen, de igual modo las pasiones que marcan la

primavera y el otoño del corazón se asemejan también.

Consuelo adivinó la tempestad que en aquella alma iba formándose, la

sintió crecer y rugir, y tembló por ella y por Sandoval. Cohibida por

las circunstancias, sin energía para tomar una resolución decisiva y

temiendo provocar un conflicto grave entre Montánchez y Alfonso, cuyo

genio arrebatado no necesitaba excitaciones para desbocarse, prefirió

esperar creyendo que manifestando repugnancia hacia el médico

conseguiría separar a Alfonso de su amigo y disuadir a éste de su amor.

Pero la enfermedad era muy grande y un remedio tan débil no dió

resultado.

Gabriel no se preocupó de aquel odio de paloma, seguro de conquistar

tarde o temprano los favores que Consuelo no quisiera otorgarle de buena

voluntad, y Alfonso se rió de las antipatías de su mujer como de un

capricho infantil. ¡La pobre no consideró que estando enferma nadie

tomaría en serio sus deseos, y la tratarían como a una loca mansa y

bonita a la que era necesario dispensar todo!

Quiso protestar y no pudo; le faltaban palabras, conceptos propios y una

voluntad enérgica que la sostuviese; si alguna vez procuró hablar con su

marido de aquel asunto, Alfonso la embromaba llamándola monigote mimado,

la besaba, la daba azotitos, la hacía cosquillas... y ella entonces

también reía y olvidaba sus negros presentimientos: así fueron

sucediéndose los meses a los días, y cuando Consuelo, quebrantando su

letargo, comprendió que era preciso huir, el Destino torció un instante

la buena marcha de las cosas, despeñándola al abismo cuando iba tocando

con sus manos las puertas de la salvación.

El recuerdo de aquella caída obscura y sin placer, la causaba infinita

angustia. ¡Ay!... nadie lo sabía, a nadie se lo dijo, el horrible

misterio moriría con ella, pero adivinaba que ya no era la misma, que la

Consuelo de ahora era semejante pero no idéntica a la Consuelo de antes,

y que sobre su cuerpo, hasta entonces tan fiel, había caído una mancha

imborrable, que Alfonso no la perdonaría nunca. Recordaba las

conversaciones de su marido acerca de la fidelidad conyugal, la idea

elevadisísima que tenía éste formada de la mujer, y lo que dijo una

noche en que, siendo novios aún, ella le reprochó llorando sus

relaciones con una cantante de zarzuela.

--Ése es un pecadillo que debes perdonarme--había contestado Alfonso--,

pues los hombres que como yo están acostumbrados a la vida alegre, no

pueden prescindir de ciertas distracciones; pero eso acabará hoy mismo,

y si alguna vez mis ojos y mi cuerpo te han sido infieles, mi corazón y

mis pensamientos siempre fueron tuyos; la materia podrá caer arrastrada

por la tentación, pero el alma te pertenece.

--Esos distingos no me convencen--repuso ella--; ¿te gustaría que yo

hiciese otro tanto? ¿O eres tú de los caballeretes que defienden la ley

del embudo?...

Entonces Sandoval se extendió en una larga disertación acerca de la

citada ley, diciendo que pues las primitivos legisladores no disfrutaron

de sueldo, no es raro procuraran recompensarse su trabajo concediendo a

los hombres libertades especiales.

--El amor--sostenía Alfonso--es una pasión única, inmensa, universal,

sin épocas ni fronteras; es el único destello que Dios puso en nosotros:

el sentimiento que nos hace discurrir, trabajar y caminar hacia

adelante; y si estudiásemos minuciosamente la historia, veríamos cuántos

adelantos ha realizado el amor en la humanidad. Esta pasión tiene dos

fases, dos aspectos diferentes; las mujeres lo consideran de un modo,

los hombres de otro. El amor lo ocupa todo en la vida de una mujer,

mientras en el hombre sólo llena una parte; la mujer cifra su felicidad

en querer hasta el delirio y ser amada de igual modo, y está dispuesta a

los mayores sacrificios aun cuando el hombre a quien entregó su albedrío

no corresponda cumplidamente a su pasión; y no le pregunta por su

pasado, ni le importa que haya tenido queridas; sólo ansía amor, amor

eterno; así quieren las mujeres de corazón, así me quieres tú... El

hombre no siente el amor así, pues su sexo, su educación y su

temperamento, se lo impiden. Yo, verbigracia, hago de mi mujer mi ángel

tutelar: tú eres mi amor, mi ilusión más querida, mi esperanza más

risueña, mi tesoro más preciado; en ti deposito mi felicidad y mi honor,

te doy mi juventud, mi existencia, mi fortuna, el vigor de mis caricias,

todo lo que poseo, hasta mi nombre... Nuestros destinos no pueden

separarse; tu sangre es mía; tu carne es mi carne, lo que a ti te

molesta a mí me ofende también; no tenemos más que una cabeza y un

corazón, un entendimiento y una sola voluntad, y, claro es, Consuelo

mía, que poniendo en ti toda mi alma, he de quererte más que a mí, pues

al amor que te profeso agrego el que tú me inspiras como mujer buena y

hermosa. Por mi persona no paso cuidados; soy fuerte y me sobran brazos

y corazón para defenderme de cualquier enemigo; pero en cambio tú, niña

de mi alma, que eres débil y tímida, me preocupas constantemente. Yo,

que conozco los lazos que el vicio enlaza a los pies de las mujeres,

¿cómo he de consentir que ande libremente por el arroyo la joya que yo

desearía guardar en un fanal para que el aire no la tocase?... Eso

equivaldría a poner una perla en el regajo, al alcance de la codicia

pública. No, Consuelo; yo te deseo con toda mi alma y todo mi cuerpo, y

por eso quiero que tu cuerpo y tu alma estén enteramente puros, que no

hayas querido a nadie, que no hayas besado a nadie, que yo sea el único

hombre que estreche tu brazo y llegue a tu corazón. Conozco tu historia;

tu buen padre, al echarte en mis brazos limpia de toda mancha, cumplió

su misión; ahora he de cumplir yo la mía. No tengo celos de ti, pero

debo tenerlos de todos los hombres, porque mi buen sentido me dice que

ellos te desean como yo te deseo, porque tu hermosura halaga su

sensualidad y despierta sus pasiones, y si no te enamoran es porque no

se atreven. Y no digas que soy mal pensado, porque eso mismo hice yo

antes de enamorarme de ti con todas las hembras hermosas que he visto, y

no soy más pecador que otro cualquiera... Pues bien; si alguno de ellos,

abusando de tu debilidad o de mi confianza, llegase a ti, manchando la

castidad de tu cuerpo, creería que el mundo me aplastaba. ¡Ay,

Consuelo!... Nada ha sucedido y, sin embargo, cuando pienso que esa

catástrofe entra en el número de las cosas posibles, siento vértigos de

ira. No hallaría ningún tormento para castigar al villano que nos

hubiera perdido, pues aunque sorprendiese a su mujer y a sus hijas y

devolviera en ellas la afrenta que en ti me hizo, aunque le cosiera a

puñaladas, su sangre no bastaría a lavar su crimen, porque las cosas que

sucedieron son irremediables. Tú eres luz que me guía, aire que dilata

mis pulmones, espejo donde mi honor se refleja... y antes que ese espejo

se rompa o se empañe, antes que esa luz se extinga o ese aire me falte,

prefiero morir.

De estas apasionadas conversaciones se acordaba Consuelo y cada frase

punzaba su corazón: Alfonso había sido un buen profeta, sus temores se

cumplieron.

La enferma: novela · 第 12 / 15 段