--Porque yo no quería verle; ya sabes que siempre me fué antipático,

pero hoy me es más repulsivo que nunca... ahora, por tanto, necesito,

más que nunca, vivir lejos de él... Si yo estuviese buena o

convaleciente, te instigaría a que me sacases de Madrid, mas no hablemos

de esto porque sé que de esta cama no he de levantarme. Estoy enferma,

Alfonso mío, muy enferma... y mi mal es incurable: lo tengo metido en mi

corazón, en mi sangre, tan hondo, tan hondo, que es imposible llegar a

él con ninguna medicina... Deja que concluya--agregó, viendo que Alfonso

quería hablar--, me quedan pocas fuerzas y temo se agoten antes de decir

todo lo que pienso. Comprendo que siempre fuí una niña mimosa y

lunática, cuyos juicios raras veces has tomado en cuenta. Yo, que puedo

ahora examinarme bien, porque he dejado de parecerme a la Consuelo de

antes, no te recrimino por ello; tenías razón... siempre he sido una

cabeza de chorlito, sin más virtud que la de amarte con toda mi alma...

Óyeme con atención y ten fe en mis palabras, que los locos y los

moribundos dicen las verdades, y a mí poca vida me queda. Pues bien,

como iba diciendo... he tenido poco juicio, pero en cambio tuve una

penetración extraña, una doble vista que me permitía adivinar lo que mi

pobre entendimiento no razonaba: no acierto a explicarte de dónde

procede esta voz sobrenatural que habla en mí, pero la siento resonar

clara y distintamente en mi interior y sé que nunca me engañó... Esa voz

siempre me ha prevenido contra Montánchez y hecho sentir hacia él

aversión invencible; parece lo más natural, lo más lógico, puesto que yo

le odiaba, que ese hombre hubiese vivido fuera de mi intimidad más que

otro cualquiera, y, sin embargo, el Destino, por conducto tuyo, me le

puso constantemente delante de los ojos... Tú, desde antes de casarnos,

me hablabas de él; tú me lo presentaste en el teatro; tú, venciendo mi

repugnancia y su retraimiento, le aficionaste a frecuentar nuestra

amistad; por ti empezó a curarme, finalmente...

--¿Pero me acusas de haber provocado alguna desgracia?--preguntó Alfonso

sin poder contenerse--; ¿te ha ofendido ese hombre?... Habla, Consuelo,

por Dios; no es amigo mío quien te ofenda... si él te ultrajó, aún vivo

yo para arrancarle las entrañas... ¿Por qué te detienes?... ¿A dónde vas

a parar?...

--No te enfades, porque me asustas--dijo ella hablando con dificultad--,

y ya sabes que las impresiones me son funestas. Lo que iba a decir era

que, pues hasta aquí me has contradicho forzándome a aceptar su amistad,

no sigas violentándome en lo sucesivo. Alfonso, sé cariñoso como siempre

lo fuiste para mí y cede una vez más; éste es uno de los postreros

favores que te pido... ¡y es tan pequeño!... No quiero ver a tu amigo,

deseo morir tranquila junto a ti, sin ver a nadie, y si él se presentara

moriría rabiando... Quiero estar sola contigo, entregada a ti, ya que

soy completamente tuya... Háblame... ¡tengo tanta necesidad de oír tu

voz y de recibir tus besos!...

La enferma calló sofocada por los suspiros que subían a su garganta y

rompió a llorar.

--Consuelo--exclamó Sandoval--, tú sufres alguna desgracia, tú has sido

víctima de una asechanza inicua; me lo dicen mi amor y mis celos, que no

se engañan: tú me quieres, lo sé, pero disimulas en esta ocasión por no

disgustarme, y haces mal... quiero saberlo todo, ¡todo!... aunque la

rabia me ahogue después de oírte... ¡Habla; te lo ruego por caridad,

como un esclavo... te lo exijo como marido... habla!...

--No oculto nada--repuso ella con acento desmayado--, no hables así, me

infundes miedo.

--Y entonces, esas señales que tienes aquí, ¿de qué provienen?

Fuera de sí, no podía contenerse más tiempo.

--¿Cuáles?--exclamó Consuelo abriendo mucho los ojos y mirando espantada

a su alrededor.

--Éstas que tienes aquí, en los brazos... no lo niegues, porque hasta

ahora creí que sólo había un infame y si te obstinas en fingir,

Consuelo... creeré que hay dos.

La joven miró hacia el sitio indicado y no pudo responder; su impresión

fué tan grande que perdió el conocimiento y empezó a delirar en voz alta

y perfectamente inteligible.

--No, no puedo más, ¡qué dolor, si parece que están partiéndome los

brazos con tenazas de hierro!... Sobre todo éste, el derecho... so...

so... corro... Y esa tempestad, esos rayos malditos, esos truenos que me

aturden... Alfonso, ven, que ya no puedo más... ¡ay, ay!...

Su voz se ahogó y sus labios barbotaron algunas palabras que Sandoval no

pudo entender.

--No--prosiguió Consuelo esforzándose en sonreír--, si no lloro, ¡qué

tontería!... estoy muy bien, muy alegre... tengo los ojos llenos de

lágrimas porque he estado picando cebollas... Nadie tiene derecho a

averiguar mi historia, nadie... y menos usted, que es una vecina a quien

apenas conozco; pero, en fin, para que no crea usted que oculto algo se

lo diré todo, sí, señora... como si fuese usted mi confesor. Esta niñita

tan mona, tan gordita, con esos ojos tan grandes, es mía, mía sola...

¿que no puede ser?... Ya lo creo, ¿quién lo sabrá mejor que yo, que soy

su madre, quien la ha parido?... Ea, es usted tan cabezona que no hay

más remedio que ceder... Pues sí... es hija de Alfonso... por eso la

tengo vestida siempre con trajecitos azules adornados de encajes

blancos, porque esos eran los colores que más le gustaban... Pero luego

me dejó... hace ya tres o cuatro años... ¡ay!... ¿Dónde andará?... Me

dejó porque me volví muy mala, muy mala; una tía completa. No, él era

bueno; no ha nacido ningún hombre más hermoso ni más caballero que él...

y no tuerza usted el gesto porque reñimos... Él me dejó porque yo era

una perdida, por eso no me quejo... ¡pero si él supiera que yo no tuve

la culpa de nada!... Le aseguro a usted que esta niña es de Alfonso; lo

juro, vaya... si fuese de otro cualquiera, lo mismo lo diría...

Calló, suspirando honda y largamente.

--¡Ah, sí!--continuó--, esas manchas no sé de qué serán... ¡Cuidado si

eres fastidioso!... ¿Cómo he de decir que no me acuerdo?... Serán de

tinta o de betún...

Lanzó una carcajada corta y estridente, y luego se puso muy seria;

frunció las cejas y levantó un poco la cabeza, procurando percibir un

ruido lejano.

Entonces se oyeron el repiqueteo de un timbre y los pasos de la doncella

que salió a abrir: después entró en el gabinete Gabriel Montánchez.

--¿Duerme?--dijo.

--No--repuso Sandoval--, delira.

Montánchez se acercó al lecho, y Consuelo, cual si hubiese tenido

conciencia de su llegada, se cubrió la cara y fué encogiéndose hasta

quedar hecha un ovillo, como los chicos cuando se suben las mantas a la

cabeza para librarse del coco.

--¡Qué miedo... ya está ahí... se acerca... me callaré, schiii,

silencio!...

El médico la miraba con todo el poder fascinador de sus ojos.

--Estoy temblando... que no me sienta...

No dijo más y quedó inmóvil, rendida por un sueño magnético.

Los ataques que sobrevinieron en los días sucesivos tuvieron un

desenlace idéntico: en cuanto el médico la miraba, la infeliz histérica

enmudecía como amordazada, y ya no volvía a desplegar los labios ni a

moverse en muchas horas.

Gabriel Montánchez seguía un plan maravilloso.

Estaba seguro de que Consuelo no viviría más de un mes; la ciencia se lo

dijo y la ciencia en ciertos casos no se engaña. La joven se hallaba

herida de muerte; tenía una anemia crónica que por sí sola hubiese

bastado a destruir su vida; y como si aquel padecimiento obrase con

demasiada lentitud, sufría una inflamación en uno de los lóbulos del

cerebro que podía causar de un momento a otro la muerte por congestión,

y un principio de aneurisma en el cayado de la aorta: la infeliz, por

tanto, estaba sentenciada de modo irrevocable, y todo el trabajo del

médico, durante aquellas semanas de agonía, se reducía a velar a

Consuelo constantemente, para impedir que hablase, resultado que

conseguía fácilmente merced a su influencia sugestiva.

Para esto, y amparado por la amistad de Alfonso, pasaba todo el día y

gran parte de la noche velando a la enferma y espiando sus palabras con

el mismo interés que Sandoval, y, en cuanto el delirio la impulsaba a

hablar, torcía instantáneamente con una mirada el curso de sus ideas y

sellaba su boca.

Abusando de estos sopores magnéticos, el infame conseguía dos objetos:

impedir que revelara inconscientemente su caída y acortar su existencia,

pues como los ataques se sucedían casi sin interrupción, apenas tenía

tiempo de tomar alimentos entre acceso y acceso, lo cual acrecía

enormemente los destructores efectos de la debilidad.

Los resultados de tan infernales maquinaciones se apreciaban ya a simple

vista: la postración de Consuelo era espantosa, su cuerpo y su espíritu

iban sumergiéndose en el no ser, rápidamente, y la nostalgia y la anemia

se daban la mano para completar el aniquilamiento del organismo; sus

largos desmayos la dejaban postrada, y cuando volvía en sí, la

conciencia de su triste estado la precipitaba otra vez en nuevos

delirios.

Más que para Montánchez, las noches se hacían insoportables para

Sandoval, que comprendía cuán equívoca y terrible era su situación. A

las ocho de la noche la doncella iba a decirles que la cena estaba

servida, y entonces los dos salían del dormitorio de la enferma para

pasar al comedor. Las comidas eran tristes; se sentaban el uno frente al

otro y permanecían silenciosos, comiendo maquinalmente, preocupados con

sus pensamientos.

Después de tomar el café, Montánchez se sentaba en un sillón, cargaba

una pipa de sándalo y fumaba tranquilamente, adormeciéndose con las

voluptuosas emanaciones de aquel humo perfumado; Sandoval quedábase

inmóvil, los codos sobre la mesa y la cara entre las manos, mirando

detenidamente su taza, ya vacía, llena de cenizas de cigarro. Así

estaban una hora, dos... hasta que la campana del reloj o algún grito de

Consuelo les sacaba de su éxtasis; entonces se levantaban cual si sólo

hubiesen estado aguardando aquella señal para ponerse en movimiento y

volvían al cuarto de la joven. Allí se instalaban, cada cual en su

butaca, y dejaban transcurrir el tiempo entretenidos, al parecer, en

mirarse la bigotera de sus botas o los dibujos de la alfombra.

A pesar de esta calma aparente, empezaba a surgir entre ambos un

disgusto, un antagonismo, una tirantez magnética que acrecía por

momentos; eran amigos o, por lo menos, lo fueron hasta allí, y la

amistad y la consecuencia que creían deber guardar a su antiguo cariño,

era lo que les impedía abofetearse. Aquella animosidad radicaba

principalmente en Alfonso: su instinto suspicaz había convertido sus

recelos en certidumbres y un odio mortal iba invadiendo su corazón; y si

no estalló de una vez fué porque algo misterioso le retenía, poniéndole

ese pelo que se enreda al frenillo de la lengua, aun en las

circunstancias más críticas, y que rara vez deja hablar a tiempo.

Su exasperación provenía de su situación harto equívoca; sabía que su

honor fué pisoteado, que sus ensueños de felicidad estaban muertos y que

el único autor de aquella catástrofe era un hombre, quizá el mismo que

tenía delante, y a quien, por falta de pruebas, no podía estrangular. La

idea de representar un papel ridículo y de que alguien estuviera

riéndose en silencio de su ceguedad le ponían fuera de sí: hubiera

preferido habérselas con un demonio de cien cabezas, a reprimirse y

sufrir por no hablar fuera de razón: su actitud era agresiva, pero aún

no estaba bien determinada y padecía ese raro furor que acomete a los

perros de presa cuando oyen el gruñido provocador de un rival invisible.

La posición de Gabriel Montánchez era bien distinta: conocía

perfectamente qué circunstancias le favorecían y cuáles le perjudicaban,

y la única persona de quien debía guardarse, caso de que el enredo se

descubriese. Estaba, por tanto, a la defensiva, pero tranquilo,

confiando a la ciencia el éxito lisonjero de su empresa, y en último

caso, y cuando toda compostura fuese imposible, encomendándose a su

valor.

Así iban filando las horas para ambos, inquiriendo el uno y esperando el

otro, los dos silenciosos, velando atentamente el sueño de aquella pobre

mujer que se moría.

Pasaron más días, todos monótonos y tristes como las vibraciones de la

campana que anuncia en los cementerios la llegada de los difuntos, y el

trágico desenlace de la enfermedad previsto por Montánchez tampoco era

un misterio para Alfonso: Consuelo se moría, era preciso ser ciego para

no verlo.

Cuando Gabriel se lo advirtió, Sandoval no dijo nada, no se le ocurrió

nada, apenas experimentó una pequeña sensación, como si fuere una

noticia insignificante que ya supiera desde hacía mucho tiempo: era una

insensibilidad absurda, de loco o de imbécil; sus preocupaciones

invadían su espíritu desquiciándolo; no aquilataba los hechos que a su

alrededor ocurrían, ni que Consuelo, la mujer amada, su encanto, su

esperanza, su espíritu bienhechor, su ángel guardián, iba a morir.

¡Morir!... aquella palabra lúgubre llenaba su cerebro produciéndole una

noción vaga cuya importancia desconocía.

Una noche se levantaron de la mesa peor humorados que nunca; sabían que

el desenlace de la tragedia se acercaba y que sólo algunas horas

bastarían para romper aquella situación. Alfonso asomó la cabeza por

entre las cortinas que separaban el gabinete de la alcoba; la joven

estaba tendida de lado, la cabeza sobre el antebrazo izquierdo,

descansando toda ella con el lánguido abandono de una persona

profundamente dormida.

Entonces se retiró de puntillas y fué a sentarse en un sillón, después

de cubrir con un papel la parte inferior del quinqué colocado sobre la

chimenea, para que su luz no le molestase. Montánchez se había tendido

en el sofá. Alfonso empezó a contemplarle a su sabor aprovechando la

circunstancia de tener el médico los ojos cerrados. Hasta entonces nunca

pudo fijarse bien en su amigo, y quiso corregir aquel descuido de su

atención; examinó su ancha frente surcada de arrugas, sus cejas bien

arqueadas, su nariz recta, sus mejillas hundidas y la blancura marmórea

de aquel semblante que parecía más pálido de lo que era en realidad,

visto a los reflejos del quinqué: después, aquellos rasgos fueron

borrándose y concluyó viendo en el sitio ocupado por la cabeza una

sombra blanca. Vencido por el sueño, inclinó la cabeza sobre el pecho...

A pesar de los recelos que hasta allí le sostuvieron en perpetua

vigilia, su cuerpo y su espíritu, extenuados, reclamaban imperiosamente

el derecho que tiene todo lo que vive al reposo; la materia estaba

aniquilada, las piernas no querían moverse, los oídos eran dos órganos

inservibles, sordos a toda impresión; sus ojos, abiertos por un

esfuerzo supremo de voluntad, no veían; los nervios estaban embotados,

el cerebro dormido; la naturaleza exigía descanso y fué preciso

rendirse.

Largo rato hacía que los dos hombres disfrutaban el más reparador de los

sueños, cuando Consuelo, que se revolvía en la cama articulando

palabras, lanzó un grito tan penetrante que les despertó.

--¡Socorro, socorro, suélteme usted!--decía.

Ellos se levantaron, pero Alfonso había entendido las palabras

pronunciadas por la enferma y aquello fué para él un rayo de luz.

--No te muevas--dijo con tono imperioso y sujetando por un brazo a

Montánchez que se dirigía a la alcoba.

--¿Por...?

--Porque quiero oír lo que dice.

--¡Valiente antojo!... Dirá mil simplezas, como siempre; suelta,

conviene cortar el ataque para impedir que aumente...

--¡Socorro, que me ahogan, no puedo respirar!...--gritó Consuelo.

--No te muevas--dijo Sandoval poniéndose de un salto delante de la

alcoba--, a esa mujer la ha sucedido algo muy grave cuando grita de ese

modo, y necesito saber qué es.

--Quieres una tontería; dejándola entregada a sí misma, la crisis puede

matarla.

--No importa; he de arrancarla ese secreto que me oculta... y por

saberlo diera su vida; ¡ya ves si deseo conocerlo!... Parece que no

quieres que hable, que te da miedo oírla, que tratas de amordazarla con

tu magnetismo...

--¡Basta, Alfonso!--replicó Gabriel haciendo un gesto despreciativo--;

mi corazón no conoce el miedo; no temo a nadie y menos a una mujer

histérica, y si no creyese que discurres así porque la fiebre nubla tu

razón, me iba de aquí para no volver, pues hay ofensas que la amistad

más estrecha no disculpa...

Diciendo esto sentóse en el sofá con toda la indolencia del que se

dispone a dormir, y Alfonso permaneció de pie, escuchando la voz amada.

Consuelo hablaba tranquilamente.

--No sé cómo arreglármelas para meter mi equipaje en estos baúles; ¡y

cuidado que son grandes los malditos!... ¿Pero en qué pensaría Alfonso?

Debió de comprar muchos, muchos, veinticinco o treinta, aunque fuesen

pequeñitos... Y ahora no puedo cerrarlos, no tengo fuerzas... ¡Ay!...

qué triste estoy; el día se presenta malo, ¡cómo llueve!... Voy a

helarme en el tren... si me parece que estoy metida en el coche y que

junto a mí va un señor muy gordo, con unas narices muy coloradas,

durmiéndose sobre una maleta... Pero no, aún no he salido de mi casita,

ni saldría nunca si en mí consistiera; Alfonso cree que deseo viajar,

correr mundo... como si me importase algo verle los bigotes al emperador

de los chinos o patinar por el Sena; lo que necesito es huir, poner

muchas leguas por medio... ¡Uy, ahora que se han ido ésas empiezo a

sentir miedo!... Me aterroriza pensar que estoy solita en esta casa tan

grande y tan obscura; parece que las estatuas del despacho se descuelgan

a lo largo de los armarios para visitarme... Sí, cerraré la puerta para

que no entren. ¡Cómo llueve! Lo que más temo son los relámpagos y los

truenos... Y Alfonso sin venir...

Calló haciendo sonar su lengua contra el paladar, como saboreando algo.

Sandoval continuaba inmóvil, con el oído pegado a la cortina de la

alcoba, poseído de ansiedad creciente; tenía el presentimiento de que

iba a saber el misterio con que luchaba desde hacía tanto tiempo, y que

Consuelo sería la pitonisa reveladora. Montánchez seguía en el sofá,

pálido y frío.

--Y han llamado--continuó diciendo la joven--, juraría que es el timbre

de la escalera... Dios santo, vuelven a llamar, ¿quién será?...

Las ideas que sucesivamente se ofrecían a su espíritu eran de tal

naturaleza, que comenzó a temblar violentamente.

--¡Es él, y yo aquí sola!... voy a morirme de espanto. No, señor; pero

mi marido volverá de un momento a otro... quizá no tarde ni diez

minutos... si quiere usted hacerle algún encargo yo se lo diré; sí, eso

es lo mejor; ¿para qué va usted a molestarse en esperar?... ¡Y estoy

sola!... Este hombre y el diablo se dan la mano para perderme.

Hubo otra pausa; Alfonso y Montánchez se miraron fijamente.

--No, no, señor--prosiguió Consuelo--, eso, de ninguna manera; o usted

ha perdido el juicio, o me toma por una tía del arroyo... Lo que usted

oye; sí, señor, eso mismo, no tengo nada que añadir, mis fallos son

irrevocables como los de las leyes absolutas. Por la violencia menos...

se lo juro a usted, antes muerta: yo tendré menos fuerza, pero a corazón

nadie me gana y el mío es de un hombre que quiero con toda mi alma; se

lo di enterito hace mucho tiempo... ya sabe usted demasiado a quién me

refiero; pues sí, él se lo llevó y aquí no me ha quedado ni una

piltrafa... ignoro la razón de mi cariño; es bueno y es guapo... ¡ya ve

usted si le quiero, que por él perdí hasta las ganas de besar a mi

padre!... Pero aunque así no fuera, a usted no puedo amarle nunca, le

odio demasiado para mirarle alguna vez con buenos ojos... me ha sido

usted siempre repulsivo; desde la primera vez que le vi... usted es malo

y las personas malas me infunden repugnancia y miedo.

--¿Pero con quién hablará esa mujer?--exclamó Sandoval--, ¿con quién?...

Montánchez no se movió.

--¡Uy, qué asco!--dijo Consuelo desvariando y echando poco a poco hacia

fuera la saliva que tenía en la boca--, ¡qué sabor tan repugnante tiene

esta agua de tila!... ¡Puf! me he tragado un cuerpecillo sólido, quizá

una pajilla o un pedacito de azúcar... pero no, es un sabor amargo, tal

vez habría en el fondo una araña muerta... ¡Qué asco, un bicho negro y

con tantas patas!...

Prorrumpió en arcadas como si fuese a vomitar; aquella alucinación

gustal aumentó la fuerza del ataque histérico y su cuerpo empezó a

crisparse.

Entonces Sandoval, temiendo que se lastimara, cogió el quinqué y penetró

en la alcoba; Gabriel, que a pesar de su aparente tranquilidad no había

perdido un solo detalle de la escena, se apresuró a seguirle,

comprendiendo que el momento decisivo llegaba.

Alfonso se sentó en la cama procurando dominar las sacudidas nerviosas

de la joven sujetándola por las muñecas, mientras Montánchez, no

queriendo que su solicitud despertase la ya alarmada suspicacia de su

amigo, permaneció al otro lado de la cama, con los brazos cruzados y la

impasibilidad del exorcista ante los calambres de una posesa a quien

está sacando con conjuros los demonios del cuerpo.

Consuelo procuraba desasirse de las manos de Alfonso, empleando para

conseguirlo un vigor sobrehumano. Tenía el semblante congestionado, el

pelo suelto y extendido sobre las revueltas almohadas, los ojos

apretados convulsivamente, las narices dilatadas, los labios

descoloridos, la boca llena de espumarajos, las venas del cuello

pletóricas de sangre, el cuerpo arqueado, los brazos rígidos. Conforme

la intensidad del ataque arreciaba, la curvatura del cuerpo aumentaba

también; hubo momento en que las nalgas estuvieron separadas del colchón

cerca de medio metro, y Sandoval creyó que la columna vertebral iría

doblándose hasta permitir que la cabeza se juntase con los pies: en

aquel instante la cara de Consuelo ofrecía un aspecto horrible; el pecho

contraído por un espasmo violentísimo no podía alentar y la falta de

respiración determinó un aumento considerable de sangre venosa; el

cuello y el semblante fueron obscureciéndose hasta renegrirse; sus ojos

se abrieron; los tenía inyectados como los de las personas que mueren

por asfixia, y entre las babas que salían de su boca entreabierta,

apareció un hilito de sangre. Pero el espasmo había llegado a su mayor

grado de intensidad sin conseguir romper ninguna fibra vital, y Consuelo

lanzó un grito y cayó sobre la cama: el aire penetró silbando por las

fosas nasales, el pecho alentó con placer y la cara recobró su color;

pasados algunos minutos, el delirio histérico empujaba los nervios hacia

otras sensaciones y la joven palideció como la persona que sucumbe

víctima de una sangría suelta. Después empezó a hablar.

--Esto es espantoso, váyase usted, se lo ruego de rodillas; mi marido

puede llegar... ¡Ay! no me apriete usted de ese modo, parece que se

parten mis brazos, yo desfallezco... ¡Alfonso de mi alma, ven aquí, ven

a favorecerme, que ya no puedo más!...

Se agitaba luchando con aquel enemigo que su imaginación la ponía

delante.

--¿Dónde estará Alfonso, que no viene?... No, la muerte antes... si yo

pudiera valerme de mis brazos o morder...

Aún se defendió un poco y al fin tendióse a discreción, destrozada de

tanto pelear. Hubo un largo silencio.

--Sí, maridito mío--agregó--, yo no quería contarte las causas de estas

señales, pero ahora he resuelto decírtelo todo; sí, todo; ya ves que me

pongo muy seria... Te lo explicaré todo, ¿entiendes? aunque el

recordarlo me hace mucho daño; pero promete que no te enfadarás conmigo

ni con nadie...

Entonces Gabriel se acercó a la cama.

--¡Déjala, no la mires!--gritó Sandoval de un modo siniestro--; déjala

que hable, mi vida depende de sus labios.

--Por esas incomprensibles temeridades tuyas, puede sobrevenir otra

crisis como la que ha sufrido hace un momento y de la que libró

milagrosamente.

--Montánchez--exclamó Alfonso con el acento del hombre resuelto a

todo--, te aconsejo que no la mires; sé que no quieres que hable y

tratas de callarla con los ojos, y haces mal en mantener tal empeño; no

me importa que muera, el corazón me dice que aquí habrá más de un

cadáver.

Pero la poderosa mirada del médico ya había producido su efecto y

Consuelo empezó a tartamudear:

--¡Qué miedo, ese hombre, ese... qué cara tiene tan seria!...

Y se cubrió los ojos con las manos.

Alfonso conoció la perfidia encerrada en la conducta de su amigo y

anhelando contrarrestar su influjo, asió violentamente una de las

muñecas de Consuelo.

--¡Habla--dijo en tono imperativo--, yo te lo mando!

El semblante de la joven expresó sorpresa, después alegría.

--¡Es él!--murmuró.

--¡Habla, habla!--repitió Alfonso colérico.

--Sí, sí... es él, ¡ay! pero no me atrevo, está ahí el otro, no le

veo... pero le siento cerca...

En efecto, Montánchez la miraba con toda la fuerza de sus ojos.

Sandoval nunca había puesto a prueba el poder magnético de su mirada, ni

sabía el estado psicológico en que debe colocarse el operador para

producir más fácilmente la sugestión; pero si le faltaban la ciencia y

la costumbre, en cambio poseía ese vigor extraordinario que desarrolla

en los espíritus el amor y los celos; y como el cerebro de Consuelo

tenía la sensibilidad de las agujas imantadas, no pudo substraerse a

aquella nueva y simpática corriente sugestiva que la libertaba de la

odiosa fascinación del médico.

--No puedo, no me atrevo--balbuceó aún.

La enferma: novela · 第 14 / 15 段