no necesita usted implorar la intercesión de un Dios, en quien no creo,
ni tampoco la de ninguna mujer querida, pues mi primera pasión está
muerta y enterrada, y la única que luego reverdeció mi corazón es la que
ahora siento por usted. Por eso me iré, por complacerla, pero antes
quiero que sepa usted todo lo que siento, todo lo que sufro... hoy aún
es tiempo; mañana ya sería tarde... Consuelo--prosiguió Montánchez,
cogiendo una de las manos de la joven, que estaba inmóvil y helada--,
repare usted en lo grande que será mi pasión cuando obliga a un hombre,
tan altivo y bien curado de calenturas amorosas como yo, a dar este
paso. Yo, desengañado del mundo, renuncié a él; cansado de una vida en
que sólo pesares y miserias coseché, me escondí en mi estudio resuelto a
morir lejos de aquella sociedad que mi juventud amó tanto; usted, mejor
que nadie, sabe cómo vivo... y vivía feliz, porque vivía tranquilo, con
esa felicidad helada de los que no sienten; y tan dichoso era en mi
nuevo estado y tal miedo me inspiraban los combates del mundo, que ni la
virtud de Penélope ni la hermosura de Safo, me hubiesen hecho renacer a
mi pasada vida aventurera. Usted, sin embargo, tuvo habilidad para
transformarme antes de que yo mismo preveyera lo que iba a ocurrir...
Ahora la deseo a usted con frenesí, con un arrebato que da vértigos, con
la ceguedad que deben de poner en sus pasiones los salvajes o los
dementes. Mucho quiero a Sandoval, pero antes que su felicidad está la
mía; y como mi dicha es usted y usted es también la suya, estoy
dispuesto a disputársela palmo a palmo, cara a cara, riñendo
noblemente...
--¡Oh, no!--interrumpió Consuelo--, usted no hará nada en contra de mi
marido... entonces le odiaría más y hasta sería capaz de asesinarle.
--No sé aún qué haré--repuso Montánchez levantándose--, pero confieso
que algunas veces me ciega una nube de sangre... La noche en que fué
usted al baile de la Zarzuela, yo era la máscara disfrazada de astrólogo
que la obligó a bailar... ¡Estaba usted tan hermosa... miraba usted a
Sandoval con tanto cariño, resultaba tan horrible mi soledad comparada
con su alegría!... que enloquecí de celos y tentado anduve de reñir con
él para desafiarle y matarle después.
--Es usted un miserable--gritó la joven con violencia y acercándose al
balcón--; váyase usted, salga usted de aquí, porque si Alfonso viene y
le encuentra se lo cuento todo.
--No me importa.
--¡Váyase usted!
--No puedo.
--Pediré socorro.
--No podrá usted; tengo yo más fuerza y se lo impediré.
--Me da usted miedo--murmuró Consuelo levantándose--; parece usted un
demonio.
--¡Y lo soy!--gritó impetuosamente Montánchez atrayéndola hacia sí--;
soy un ángel rebelde que sólo tiembla ante sus propias pasiones; no me
preocupa la muerte, pues cien veces luché cuerpo a cuerpo con ella sin
inmutarme; ni el mundo, porque le desprecio profundamente; ni temo a los
hombres, porque al más fuerte de ellos estoy cierto de aplastarle bajo
mis pies... Lo único que me seduce es usted, por quien vivo...
Un segundo relámpago, seguido inmediatamente de un trueno horrísono,
iluminó la habitación; su luz cárdena resbaló sobre los muebles.
La luz fué tan vivísima que Consuelo cayó temblando sobre el sofá.
El médico la cogió las manos: en aquel momento estaba muy lejos de
representar una comedia.
--Consuelo--dijo modificando el tratamiento para imprimir mayor dulzura
a sus palabras--, no te aflijas ni asustes de ese modo, porque estando a
mi lado nada debes temer. No vengo a proponerte un adulterio vulgar que
repugnaría a tu virtud y que a mí también me sería odioso, mas no por
eso renuncio a la esperanza de obtenerte. Yo te robaría de aquí, iríamos
a vivir a otro país donde nadie nos conociese y en que no tuvieras que
avergonzarte de nada, y allí disfrutaríamos de esta pasión gigante que
me consume y de la que no tardarías en participar... Yo quise atraerte
poco a poco y disminuir la influencia que Alfonso tiene sobre ti, pero
el odio que te inspiro y las circunstancias inutilizaron mis planes;
ahora te quiero más, mucho más que antes... y la misma violencia de mi
amor, aniquila mi paciencia y no me deja suplicar... Consuelo, cariño de
mi alma, esperanza mía, quiéreme... te lo pido de rodillas como esclavo
sumiso, te lo mando, si es necesario, como un rey absoluto... pero calma
mi sed y pon remedio a mis dolores...
Ella, que había permanecido indiferente, con la cabeza caída sobre el
pecho, se irguió altanera.
--¡Gabriel, váyase usted!--gritó iracunda, desasiéndose del médico que
la retenía por las muñecas.
--Consuelo--repuso Montánchez levantándose y sonriendo fríamente--, yo
estoy loco y a los locos no se les razona; se les pega; de lo contrario
el loquero está perdido.
--¿Y qué quiere usted decir con esto?
--Que, con palabras, nada consigues de mí.
--¡Ay sí... es verdad, es usted demasiado cruel para enternecerse!
--A ser cruel me enseñó el mundo; ¿no lo eres tú también conmigo?
--Pues me defenderé cuanto pueda; pediré socorro.
--Tampoco conseguirás nada; yo soy el más fuerte.
Montánchez miró su reloj, vió que aún podía disponer de una hora y
procuró conquistar mañosamente lo que, por la violencia de sus manos y
el imperio de su voluntad, hubiera obtenido al momento.
--Consuelo--repitió acercándose al mirador en que la joven se había
refugiado--, acércate, aquí dentro no estarás tan expuesta al flúido
eléctrico de la tempestad.
--No, no, antes me muero--repuso ella mirándole con ojos de loca--,
prefiero sucumbir abrasada por un rayo a estar junto a usted.
Entonces Montánchez sintió que su calma y su prudencia se agotaban y que
las oleadas de ira le invadían el corazón.
--Pero, insensata--rugió asiendo fuertemente a la joven por el talle y
atrayéndola hacia sí--, ¿no ves que tu resistencia es inútil y que si ya
no apelé a la fuerza es porque te quiero demasiado para lastimarte antes
de agotar todos mis recursos y toda mi paciencia?
--¡Piedad!...
--Tú eres mía, mía en cuanto yo quiera... Estás sola, indefensa,
entregada a mi pasión... ¿No comprendes que eres mi esclava porque mis
ojos te fascinan y no resistes mi mirada?...
--Déjeme usted, suélteme--murmuró la joven pugnando por desasirse.
--No, eso nunca, mañana te vas y el Destino te habrá separado de mí para
siempre.
--Va usted a perderme, a envilecerme...
--¿Qué importa? Aquí tiene que haber una víctima... y esa víctima serás
tú, pues si yo llevase mi abnegación al extremo de inmolarme por ti, mi
sacrificio sería una de esas heroicidades anónimas que nadie agradece y
que pronto se olvidan. Tú o yo, es el dilema; pero como me disputas la
felicidad me incitas a seguir tu ejemplo, y el triunfo, por tanto, será
del que más pueda; ven...
--Piedad, Gabriel, piedad para mí...
--Y de mí, ¿quién tendrá piedad?
--Dios, que lo ve todo.
--No creo en su justicia.
--Por Alfonso, Gabriel.
--Tampoco. Alfonso, en mi caso, sería traidor como yo.
--¡Ay!... ¿Cómo es usted tan insensible?
--¿No lo sabes?--repuso el médico devorándola con los ojos--; porque
eres muy hermosa y tu cuerpo es de ésos que los hombres no perdonan.
Ven...
Consuelo echó a correr y, pasando por detrás de los sillones colocados
delante de la chimenea, se refugió en la alcoba.
Montánchez la siguió.
La tempestad había acortado la duración del crepúsculo, y las sombras
nocturnas aumentaban el pavoroso rumor de la lluvia contra los
cristales.
--Salga usted de aquí--exclamó Consuelo imperiosamente--; éste es el
dormitorio de una mujer honrada en el cual ningún hombre, que no sea su
marido, puede entrar; salga usted, repito: fuera, lo que usted quiera;
aquí, nada.
Su voz vibraba bajo el influjo de sus nervios crispados.
--Consuelo--repuso el médico, calculando que la cama era demasiado ancha
para salvarla de un salto y que la joven se disponía a correr
sirviéndose de ella como de un burladero--, acércate.
--¡Salga usted de aquí!--contestó ella.
Montánchez quiso atajarla por un lado, pero comprendió que si se
separaba de la puerta su víctima encontraría el paso libre para huir.
--Váyase usted--repitió la joven--, es muy tarde y Alfonso puede llegar.
--Vengo dispuesto a todo y le mataré; pero, antes, acércate.
--Nunca.
--¡Acércate!
--No, no.
--¡Consuelo--gritó Gabriel clavando en la joven su poderosa mirada--,
ven aquí!
El flúido magnético empezó a obrar.
--¿No oyes?
Ella lanzó un alarido desgarrador y se tapó la cara con las manos para
substraerse al poder de aquellos ojos devoradores.
--¡Ven aquí!--repitió Montánchez--, ¡ven aquí; yo te lo mando!
Después, adivinando que la infeliz, falta de voluntad, no podría
moverse, se acercó a ella a pasos lentos y mirándola siempre.
En aquel momento la angustia de Consuelo fué infinita: sabía que su
verdugo la sugestionaba desde lejos, que su pobre albedrío era esclavo
del suyo y que estaba perdida; Gabriel la envolvía con una red invisible
que paralizaba todos sus movimientos y hasta del uso de la palabra la
privaba; le vió acercarse y su piernas rígidas se negaron a andar; y
cuando sintió la vigorosa mano de Montánchez posarse sobre su hombro fué
tan grande la atonía que instantáneamente invadió sus miembros, que hubo
de apoyarse sobre el pecho del médico para no caer.
Mas aquel desmayo duró segundos, y otra vez su dignidad ofendida
protestó contra las vergonzosas debilidades de los nervios.
--¡Piedad, piedad para mí!--murmuró.
Y con un esfuerzo se zafó de Montánchez y corrió al gabinete: allí se
detuvo junto a la ventana, pálida, los cabellos en desorden, la
respiración anhelante, perdido el color, mirando a todas partes con una
siniestra expresión de idiota asustada.
Pero Gabriel Montánchez, que corría tras ella borracho de lujuria, la
asió brutalmente y la arrojó sobre el sofá.
Entonces se trabó entre ambos una lucha desesperada en que la joven, no
pudiendo desembarazarse de aquellas manos que la oprimían como dos
anillos de hierro, se revolcaba desesperadamente, retorciéndose como un
trozo de pergamino sobre el fuego.
--¡No quiero, no quiero!...--repetía.
Mientras, el médico, a quien su pasión fatigaba más que los esfuerzos
que hacía para sujetar a su presa, alentaba penosamente como un caballo
cargado después de subir una larga cuesta. Luego apoyó una rodilla sobre
una de las piernas de la joven, inclinóse hacia adelante y sus labios se
acercaron.
La viva luz de un relámpago iluminó el cuadro con resplandores de
incendio, y ella lanzó un grito estridente: acababa de ver al médico
junto a sí, devorándola con sus ojos inyectados, y sentido su aliento
mezclarse al suyo y el primer beso, beso frenético que debió de hacerla
sangre en las encías. Aquella era la realización de sus horribles
pesadillas de calenturienta; por fin estaba a punto de consumarse el
crimen que tanto temió; aquél era el hombre siniestro, encarnación viva
de todos los fantasmas que en otras épocas la persiguieron; era el mismo
semblante afeitado, pálido y frío, del fatídico monigote vestido de
bayeta verde...
Hizo otro esfuerzo supremo para librarse, pero no lo consiguió: no podía
respirar ni defenderse; tenía una pierna colgando fuera del sofá y la
otra rígida, inmóvil, bajo una rodilla de Gabriel que, ebrio de pasión,
la sofocaba besándola los ojos, la boca, detrás de las orejas; ella
sentía repugnancia y desmadejamiento invencibles y unas manos que la
acariciaban bajo las faldas, causándola un sentimiento de asco que
helaba su corazón. Después resonó un trueno, y Consuelo, como si acabase
de recibir una descarga eléctrica, dió un bote tan violento que
Montánchez perdió el equilibrio y los dos cayeron al suelo. Pero la
víctima, privada de conocimiento, ya no se defendía y únicamente se
agitaba presa de una crisis nerviosa que la hacía prorrumpir en
exclamaciones y frases incoherentes, en tanto Montánchez la mordía,
estrujándola entre sus brazos...
Luego se levantó, colocando a Consuelo sobre el sofá, a su lado: también
a él le faltaban fuerzas para respirar y lanzó un suspiro profundo,
aspirando con regocijo el aire de aquella habitación, tan pura hasta
entonces, y que ya parecía oler a adulterio y a cuerpo de mujer gozada:
sentía en sus profundos un pequeño escozor, algo así como un
remordimiento, por haber vencido a una infeliz desmayada, y al mismo
tiempo un sentimiento de orgullo satisfecho que le esponjaba.
Y como Consuelo siguiera gritando y retorciéndose bajo el influjo del
ataque histérico que sufría:
--Calla, pobrecita--dijo sujetándola las manos para evitar que se
lastimase--, soy malo, es cierto, soy criminal... pero este crimen no
quedará así, pues pienso unir para siempre mi vida a la tuya... y con
el tiempo conquistaré tu cariño y serás mía en cuerpo y alma...
Las luces de los faroles de la calle iluminaban el cuarto con claridad
incierta.
Entonces fué cuando Montánchez reparó en el gran espejo puesto sobre la
chimenea, y en que sobre su luna, débilmente alumbrada y preñada de
sombras se percibía la cabeza de un hombre; aquella cabeza era la suya.
Levantóse lleno de curiosidad para examinarse mejor; hacía más de tres
años que no se veía y la súbita aparición de su imagen le cautivó. Era
el mismo de siempre, con aquélla su hermosura varonil de atleta romano;
comparóse mentalmente a su último retrato y vió que no había cambiado
notablemente; quizá su frente fuese algo más espaciosa que antes, y las
arrugas de su entrecejo, largas horas contraído por la meditación, se
hubiesen acentuado; pero la nariz, los ojos, la expresión de la mirada,
todo seguía igual, como insensible a los años, a las vigilias y a los
sufrimientos.
Montánchez permaneció algunos minutos delante del espejo, inmóvil y
preocupado, pensando en la misteriosa relación que tal vez mediase entre
su última hazaña y la súbita aparición de su imagen que volvía a ponerse
delante de sus ojos, mostrándole tal como fué siempre.
--Ese soy yo--dijo--, el Gabriel de hace quince años... pero desde
Amalia a Consuelo, cuántos nombres de mujer, cuántas aventuras, cuántos
acontecimientos han pasado... ¿Por qué la memoria seguirá inmutable en
medio de las transformaciones de la materia?... ¿Habrá en el hombre algo
más que huesos que se rompen, tendones que se relajan y carne que se
pudre?...
De pronto recordó que era muy tarde y salió precipitadamente de la
habitación; Consuelo quedaba desmayada y expuesta a romperse la cabeza
contra el suelo, pero era preciso huir antes de que la llegada de
Alfonso agravase la situación. Al llegar al recibimiento sintió que
abrían la puerta de la escalera y apenas tuvo tiempo para esconderse
tras la cortina que cubría la entrada del despacho.
En aquel momento entró Sandoval, y Consuelito Mendoza, cual si hubiese
adivinado su llegada, dió un grito desgarrador, llamándole; Alfonso
lanzó otro de sorpresa y corrió hacia el cuarto de su mujer sin
acordarse, en su atolondramiento, de cerrar la puerta, circunstancia que
aprovechó Montánchez para salir de la casa sin ruido.
Consuelo se revolcaba por la alfombra dando gritos horribles,
golpeándose la hermosa cabeza contra los muebles, con el pelo suelto y
las ropas jironadas.
Alfonso se arrojó sobre ella para impedir que se destrozase, y
trabajosamente consiguió levantarla en brazos y llevarla al lecho. Allí
la lucha continuó; ella lanzaba gemidos de angustia, barbotaba frases
incoherentes que no podía terminar porque su boca se llenaba de
espumarajos blancos, y se retorcía de un lado a otro agitando los brazos
como si rechazase las furiosas acometidas de un enemigo invisible.
Pocos momentos después llegaron las criadas. Sandoval las interrogó
acerca de cómo había comenzado aquel ataque, pero ellas no supieron qué
responder: cuando salieron, la señorita quedó en el gabinete cosiendo;
no sabían nada más.
Las convulsiones de la joven eran tan violentas que fué necesario atarla
los brazos al cuerpo y los pies a los pilares de la cama, mientras
Alfonso agotaba los recursos de su menguada ciencia casera poniéndola un
pañuelo empapado en amoníaco debajo de la nariz, friccionando sus
muñecas con alcohol, apretándola fuertemente entre sus manos el dedo que
llaman “del corazón” y rociándola con agua los ojos y la frente. Después
de forzarla a tomar un baño de pies, casi hirviendo, disminuyó la
intensidad de la crisis y pasados algunos instantes la enferma abrió los
ojos.
--¡Pobre niñita mía!--exclamó con júbilo Sandoval acariciando las
mejillas ardientes de Consuelo y desatando sus ligaduras--, no te
apures; la tempestad ha pasado; los truenos te asustaron, ¿verdad,
nena?... ¡Pícaros truenos! ¡Asustar a mi niña, a la mujercita de mi
alma!... ¡Como tope por ahí alguno voy a hacer con él un escarmiento!
Pero no los encontraré, porque son unos cobardones que sólo saben meter
ruido!...
Consuelito Mendoza estaba inmóvil, insensible a aquellas frases cuyo
cariñoso significado no comprendía; sus ojos abiertos no parpadeaban.
--Consuelo--dijo Sandoval, poniéndose en la línea que seguían las
miradas de la enferma para obligarla a fijarse en él--, ¿no me
conoces?...
--Yo...--repuso ella moviendo la lengua con suma dificultad--, yo... yo
no le conozco a usted.
--¿Que no me conoces?
--No, señor.
--¡Muchacha; mírame bien!
Consuelo se alzó de hombros.
--Vaya, cuando digo que no sé quién es usted... Sí, quizá le he visto
alguna vez, pero ahora no recuerdo... Lo que tengo es mucho sueño;
déjeme dormir...
Y entornó los ojos tranquilamente.
--¡Pero, fíjate bien--insistió Sandoval--, soy yo, tu maridito...
Alfonso!...
--Alfonso...--repitió la joven coordinando las ideas rebeldes que se
obstinaban en escapar--; sí, recuerdo... ¡pero hace de eso tanto
tiempo!... Además... Alfonso ha muerto; ha muerto, sí--añadió
suspirando--, le mataron, yo quise defenderle y no pude... le dió una
puñalada ese amigo suyo... a quien él quería mucho... ¡hombre, usted
debe de conocerle! Concho, ¿qué hace usted ahí callado, que no lo
dice?...
--Pues yo soy ese Alfonso de que hablas.
--¿Usted?... ¡Ca, ya quisiera! No nacerá otro hombre como aquél; usted
se le parece, pero no es el mismo.
--¿Y quién le mató?--dijo Sandoval emocionado por aquellas extrañas
confesiones.
--No sé...
--¿Era Gabriel?
Un súbito presentimiento le animaba.
--Era--repuso ella contrayendo los ojos para reunir mejor sus
recuerdos--, era... ¡concho, qué rabia, lo tengo aquí, en la punta de la
lengua y no sé decirlo!...
Su semblante se entristeció repentinamente y por sus mejillas resbalaron
dos lágrimas.
--Lo cierto es--murmuró con angustia--, que mi Alfonsito ha muerto o que
ya no se acuerda de mí, pues nunca viene a verme. Me trajeron a este
manicomio pretextando que estoy loca, cuando en realidad no estoy
enferma de aquí arriba, sino de aquí--dijo señalando el corazón--; éste
es el que me duele, porque ha querido mucho... sí, mucho... a ese
Sandoval, precisamente, de quien usted hablaba...
Alfonso, conmovido por aquellas lágrimas de amor, tan puras y tan
tristes, estrechó a Consuelo entre sus brazos; ella no hizo ningún
movimiento y volvió a quedar tendida sobre el lecho con los brazos
abiertos y los ojos cerrados. Sandoval aprovechó este período de calma
para desnudarla: la operación fué larga, el desmazalado cuerpo de la
joven cedía a la fuerza de la gravedad tan absolutamente, que cada uno
de sus miembros pesaba doble que en su estado normal, cual si estuviesen
rellenos de plomo. Alfonso, jadeante, se aceleraba cuanto podía,
recelando una nueva crisis; no pudo desembarazarla de sus pantalones y
tuvo que rasgarlos, y como el corsé también se obstinaba en no ceder,
cogió unas tijeras y cortó las cintas. Al quitarla el corpiño sus
miradas advirtieron un profundo arañazo en el cuello: sin duda se lo
hizo ella durante su delirio, como también algunas uñetadas en la
frente. Pero examinándola mejor, retrocedió con la estupefacción pintada
en el semblante: acababa de ver cinco manchas negras en cada brazo de la
enferma, cinco cardenales producidos por los dedos de una mano vigorosa:
las señales eran tan claras, tan evidentes, que era imposible dudar, y
Alfonso presintió que aquella crisis encerraba un misterio, acaso un
atropello abominable.
Consuelo seguía inerte, en medio de aquel lecho tan grande.
Volvió a estudiar Sandoval las manchas cárdenas de los brazos, y se
convenció de que sólo las manos de un hombre robusto pudieron causarlas.
Entonces sintió que la sangre afluía a sus sienes y con agitación febril
empezó a examinar el cuerpo de Consuelo: necesitaba pruebas que
corroborasen el lúgubre pensamiento que crecía por instantes en su
cerebro; la reconoció los brazos, el pecho, el vientre, la puso de
costado, boca abajo, volteándola en un sentido y en otro, como el tigre
que juega con una presa. En la parte anterior interna del muslo derecho
vió una manchita negra causada por un golpe o por una fuerte presión, y
en el lado posterior de la misma pierna, un arañazo: aquella última
señal por sí sola, era inocente, pues Consuelo pudo hacérsela con las
uñas, pero unida a las otras constituía una prueba más. Allí había un
problema, una incógnita que urgía despejar.
Alfonso Sandoval permanecía de pie, los brazos cruzados, absorto,
mirando con insistencia a un ángulo obscuro de la alcoba, como si allí
estuviese oculta la clave del misterio. Había en su cabeza tal confusión
de pensamientos que no podía meditar en ninguno sin que otros cien
vinieran a distraerlo. De pronto tapó a Consuelo que empezaba a tiritar
de frío, y apoyó un timbre. La doncella y la cocinera acudieron.
--¿A qué hora--preguntó Alfonso--he salido hoy de aquí?
--Pues... a las dos.
--¿Y vosotras?
--A las tres y media... o poco más.
--¿Había empezado a llover?
--No, señor.
--Cuando os marchasteis, ¿qué hacía la señora?
--La señorita estaba cosiendo aquí, junto a la ventana... aguarde usted,
me parece que era una camisa de usted lo que cosía...
--¿Y parecía alegre?
--Sí que lo parecía; “lo cual” que yo la dije que por qué no se echaba a
descansar un poquito...
--¿Y después de salir yo, vino alguien?
--No, señor; por lo menos, mientras nosotras estuvimos aquí.
--¿Nadie, nadie?--insistió Sandoval con un acento colérico que hizo
temblar a las dos mujeres.
--Le juro a usted que nadie--repuso la doncella--; ya ve usted, ¿qué
interés íbamos a tener en negar?...
--¡Basta! podéis acostaros; no ceno esta noche ni estoy para nadie.
Cuando se quedó solo cerró la puerta del aposento con llave y cogiendo
el quinqué se puso a escudriñar todos los rincones, buscando las pruebas
de aquella espantosa tragedia que creía aspirar en el aire.
Buscó sobre el sofá; debajo de las sillas; junto a la chimenea; sólo
halló una horquilla y era un dato tan mezquino, que apenas merecía
contarse. Entonces se sentó en una butaca y con los codos sobre las
rodillas y la cara entre las manos, abismóse en un mar de cavilaciones
inconexas.
Desde allí veía la cabeza de Consuelo iluminada por la luz del quinqué
colocado a la cabecera del lecho, sobre la mesilla de noche, y su
silueta seductora aumentaba sus dudas y sus celos. Porque Alfonso tenía
celos...
--Sí--exclamó a media voz--, aquí ha entrado un hombre, no puedo
dudarlo... y ese hombre no vino por mi dinero... sino por ella... Y
logró su intento: el miserable consiguió su objeto, porque una pobre
mujer enferma como ésta no tiene ni valor, ni energías, ni astucia para
defenderse... Pero, no--añadió levantándose--, estoy loco; ¿quién se
atrevería a tanto? ¿Quién pudo saber que ella estaba sola? Y, sin
embargo, esos cardenales que afean sus brazos no tienen explicación
posible; los arañazos y aun la mancha del muslo no encierran gravedad,
pero, ¿y las señales de los brazos?...
Sandoval se acercó otra vez a la desmayada como queriendo leer a través
de sus párpados cerrados la pureza de su alma, o arrancar a su ensueño
alguna confesión, algún nombre, que aclarase sus dudas. Las campanadas
de un reloj vecino, a pesar de lo amortiguadas que llegaron a la alcoba,
produjeron en la enferma el mismo efecto que todos los ruidos lejanos:
Consuelo se estremeció, cual si una corriente de aire frío la hubiese
azotado, bostezó profundamente y abrió los ojos. La brillantez de su
mirada revelaba que el ataque pasó y que la conciencia readquiría su
acostumbrado imperio.
--Consuelo, ¿qué tienes?--fueron las primeras palabras de Alfonso.
La joven le miró y sus hermosos ojos reflejaron un espanto indecible;
hizo ademán de arrojarse del lecho para huir, y como él se lo impidiera,
se echó en sus brazos dominada por una angustia suprema. Pronto aquel
paroxismo doloroso empezó a deshacerse en un abundante raudal de
lágrimas y suspiros.
--¡Ay, Dios mío, Dios de mi alma... Alfonso de mi vida, si tú supieras,
si tú supieras!
--¿El qué, hermosa; qué te ha sucedido?
Pero ella continuó llorando y sin contestar.