Gabriel Montánchez era el hombre misterioso que fue infiltrándose poco a

poco en el seno de su hogar, antes tan tranquilo: Montánchez era el

espectro de todas sus pesadillas, el monigote de bayeta verde que quiso

besarla en un palco y la acariciaba con sus manos de nieve; el que

procuró abrazarla otra noche en que ella se murió por satisfacer el

capricho de saber lo que sucedería en su entierro; la sombra del crimen

y del adulterio que la acosaba desde hacía muchos meses; el fantasma que

antes sólo la persiguió en sueños y que ahora pretendía tejer con ella

en la realidad un idilio horrible.

Consuelo Mendoza reconocía la belleza física del médico, su talento, su

educación esmerada, su elegancia y su valor; pero creía que aquella

hermosa apariencia era la máscara de una íntima y repugnante

podredumbre. Su amabilidad era fingimiento; su misantropía, la del

hombre hastiado que no se divierte porque está ahito de placeres y ya no

le quedan fuerzas para seguir pecando; su valor, la crueldad del bandido

avezado al crimen; su talento y su hermosura, las del ángel caído. Y

aquel hombre era quien, invocando sus tristezas y soledades de soltero,

fué a pedirla un poco de amistad; ¿para qué?... ¿Qué necesidad tenía de

que ella fuese amiga suya? ¿No vivieron separados hasta entonces?... Y

si esto era cierto, ¿cómo explicar aquellas debilidades y aquellos

arranques de ternura en un hombre tan esquivo y dueño de sí mismo?...

Consuelo discurrió largamente a solas acerca de los incidentes de su

conversación con el médico, recordando sus palabras, sus preguntas

llenas de miel, sus frases saturadas de fuego de amor.

Gabriel estaba enamorado de ella; el hielo se había derretido; el

corazón, embotado por los desengaños y los abusos, renacía a la vida

del placer; el hombre sesudo de ahora se transformaba por ensalmo en el

fogoso aventurero de antaño; aquel volcán dormido bajo su capa de nieve,

despertaba. Las figuras del escritor y del sabio se obscurecían ante la

del calavera desertor de las tropas argelinas. Y aquel hombre, poderoso

y atrayente como un héroe legendario, la había declarado su amor con los

ojos, con sus ademanes, casi con los labios, la tarde en que estuvo

mendigando de ella un poco de amistad: y la fascinaba como al pajarillo

la serpiente cazadora, y la aturdía con su conversación apasionada y la

dormía mirándola...

Pero lo que más sorprendió a Consuelo fué no haber sospechado antes la

existencia de una pasión que indudablemente era ya antigua, puesto que

Gabriel no podía disimularla más tiempo, y empezaba a insinuarse a

despecho de todas las conveniencias, y el apoyo que inconscientemente

prestaba Alfonso a las torpes cábalas de su enemigo.

Meditó mucho acerca de aquel período de su vida que parecía llamado a

formar el nudo de una novela, en su enfermedad, en sus ataques de

histerismo, en su carácter caprichoso merced al cual nadie apreciaba

seriamente sus deseos; en la estrecha amistad que unía a su marido con

el médico, en la prodigiosa facilidad con que éste la dormía, en sus

primeras insinuaciones, y, finalmente, en aquella vida mundana a que

querían acostumbrarla, y en favor de la cual Alfonso abogaba

continuamente. En toda esta serie de pequeñas circunstancias que

parecían dispuestas por un genio infernal, creía entrever Consuelo la

mano oculta del Destino que la separaba de sus deberes para entregarla

indefensa al individuo que tanto temía.

Con los primeros fríos otoñales readquirió Madrid su fisonomía habitual;

las calles y los cafés se llenaron de gente, enmudecieron los Jardines

del Buen Retiro, se cerraron los circos, y los teatros de invierno

abrieron de nuevo sus puertas.

Entonces Alfonso Sandoval procuró nuevamente convencer a Consuelo de que

“en la emancipación moral radicaba el secreto de sus padecimientos y de

su curación, y que para libertarse moralmente no había medio más eficaz

ni divertido que el de andar sola, acostumbrándose a discurrir con su

cabeza y a moverse por sí misma...”

Mas ella se mantuvo inflexible: iría, sí, de paseo, al teatro, a

cualquier parte, pero siempre que fuese con su marido; sola, nunca.

--Bueno--dijo al fin Sandoval, creyendo que por la vía diplomática

adelantaría más--; estoy conforme contigo; nos divertiremos juntos, pero

concédeme permiso para que Montánchez empiece a curarte como antes.

--¡Tampoco, tampoco--gritó Consuelo--, no quiero nada que venga de manos

de ese hombre, ni saber siquiera que vive en este mundo! Además, cuando

yo me niego a complacerte, mis razones tendré.

--¿Qué razones, ni qué pájaros fritos?...

--Está bien.

--Tú no tienes razones, sólo tienes caprichos.

--Eso es lo que ignoras... y haces mal en tratarme así, pero muy mal...

cuando sabes que mi único defecto es quererte más que a las niñas de mis

ojos...

--No importa, te trato con dureza porque va en ello tu salud.

--Pues, si me muero, mejor; ea, ya lo he dicho otras veces; me entierras

o me tiras en mitad del regajo, que no faltará quien cuide de recogerme

cuando empiece a oler mal... Y, ¡tal día hizo un año que aquella mártir

empezó a mascar tierra!...

Sandoval se empeñó en averiguar el origen de la aversión que Consuelo

sentía hacia Montánchez, pero la joven se negó a responder

explícitamente.

--No me atormentes con más preguntas--agregó--, porque ni puedo ni sé

decirte más de lo dicho; Gabriel es fino, elegante, tiene talento y

gracia innegables; es hasta bueno... Pero, chico, me revienta, no puedo

soportarle, parece que cuando viene a visitarnos se me sienta en la boca

del estómago y ahí permanece hasta marcharse.

--Como sigas dando rienda suelta a esas humoradas--dijo Sandoval--,

cualquiera mañana despiertas convencida de que ya no puedes aguantarme

y me dices sencillamente: “Querido, en esta casa sobra uno, y eres tú;

conque coge el sombrero y vete, que la puerta no está cerrada con

llave”.

--Y cualquiera mañanita lo hago.

--Ya digo que no me cogería de susto.

--Lo que debíamos hacer--repuso Consuelo conciliadora--era salir de

Madrid, emprender un viaje largo por España o por Europa, recorrer

muchas tierras y enterarnos de cómo está el mundo. ¡Eso sí que me

gustaría a mí, viajar!... ¡Tengo tantos deseos de ver Granada!... ¿No

dices que necesito mucha distracción?... pues, mira: nada mejor que

amanecer hoy aquí y acostarme sesenta leguas más allá. ¡Visitar Roma,

Nápoles, Venecia, París... especialmente París!...

--¡Eche usted tierras!

--Mas, en fin: me es indiferente ir a un sitio o a otro, llegar a

Londres o no pasar del Escorial; lo único que deseo ardientemente es

salir de Madrid, a ver si durante nuestra ausencia me curo, o la

sociedad que ahora conocemos, cambia. Nos vamos a cualquiera parte, a

Málaga, a Valencia... o a uno de esos villorrios que, por sobradamente

pequeños, no aparecen consignados en ninguna carta geográfica: lo

importante es que nadie sepa de nosotros, que nos crean viajando por el

extranjero... Di, ¿te parece bien mi idea?... ¿No te agradaría vivir

fuera de Madrid un par de añitos?... Me es indiferente el nombre y

situación del retiro que elijamos, por aquello de que quien se ahoga no

mira el agua que bebe, y porque, teniéndote a mi lado y estando

persuadida de que ningún mal nos amenazaba, todos me parecerían

igualmente seductores. Habla: ¿me complacerás? Ese viaje me haría

infinito bien, los desarreglos de esta cabecita y de este corazón se

curarían y ¡quién sabe!...--añadió poniéndose un poco colorada--, si se

realizarían nuestros deseos de tener un hijo...

Alfonso sonrió.

--Eres una tunantuela con mucho jarabe en el pico: tú quieres salir de

Madrid no para ver mundo, sino para estar lejos de Montánchez...

--Precisamente.

--¿Y por huir de un hombre que hasta ahora no nos ha hecho ningún daño,

y que se guardaría de hacerlo, porque para eso vivo yo, vamos a salir de

aquí punto menos que huídos y renunciando al bienestar de que ahora

disfrutamos?

--Sí, Alfonso, ¿qué quieres?... ese hombre me asusta... Todas las leguas

que pongamos entre él y yo, son necesarias.

Alfonso Sandoval tardó poco en decidirse a emprender aquel largo éxodo:

a él también le agradaba dar otro paseíto por Europa, ya que ni la

juventud, ni el buen humor, ni el dinero le faltaban. Resolvieron, por

tanto, que pasado el invierno saldrían de Madrid para Italia, pasarían

un mes en Roma, invertirían otros dos recorriendo Nápoles y Venecia, y

al empezar la estación veraniega irían a instalarse en los alrededores

de París, allí donde pudiesen gozar simultáneamente de la tranquilidad y

comodidades del campo y del bullicio de la gran ciudad. Entretanto su

cuartito de la calle Arenal seguiría como hasta entonces: dejarían los

armarios bien perfumados con alcanfor para que la polilla no hiciese de

las suyas en las ropas; cerrarían las persianas de los balcones para que

la luz no deteriorase el color de las alfombras, y con estas

precauciones y las limpiezas que de vez en cuando hiciese la cocinera,

que sería la persona encargada de quedarse con la llave del cuarto, todo

estaba arreglado.

Los fríos y las humedades de octubre influyeron perjudicialmente en la

salud de Consuelo Mendoza: los días lluviosos la inspiraban tristeza

mortal; sus ojos se llenaban de lágrimas, no podía respirar, el corazón

la dolía como si se lo apretasen con un nudo corredizo y sufría accesos

de fiebre y dolores neurálgicos.

--Parece--decía explicando su enfermedad--, que están metiéndome una

barrena de sien a sien, y siento un objeto muy duro y muy frío que gira

en mi cabeza como queriendo rompérmela en dos pedazos.

Una tarde de tormenta produjo en ella un violentísimo ataque histérico;

era el primero que sufría después de los baños.

Las sacudidas nerviosas fueron terribles, y Sandoval, que estaba solo

con ella, tuvo que apelar a todo su brío y coraje para sujetarla y

evitar que se destrozase la cabeza contra los pilares de la cama. Como

siempre, la enferma fué insensible a las exhortaciones de su marido, y

el ruido de la lluvia que chocaba contra los cristales del mirador y los

silbidos del viento tampoco la impresionaron. Pero los fenómenos

eléctricos de la tormenta la produjeron angustias mortales; la vívida

luz de los relámpagos, a pesar de ser casi imperceptible dentro de la

alcoba, la hacía parpadear fuertemente. Entonces lanzaba un grito, un

grito horrible, como si el rayo la hubiese herido en la frente, y al

pavoroso fragor del trueno respondía con salvajes alaridos: su boca se

llenaba de grandes espumarajos pegajosos que no podía escupir, y en su

semblante, tan pronto contraído por el gesto del miedo como por el de la

ira, empezaban a manifestarse síntomas de asfixia. Dejaba de alentar,

sus mejillas se coloreaban de sangre, sus pupilas se dilataban bajo sus

párpados cerrados, hinchábanse las venas de su cuello, inclinaba la

cabeza sobre el pecho apretándose furiosamente la garganta con la

mandíbula inferior, y de su pecho salía un ruido ronco, inarticulado,

como el último estertor de los moribundos. Los efectos de la asfixia

aumentaban rápidamente y su cuerpo se doblaba como el arco de un violín;

hincaba la nuca sobre la almohada y los talones en el colchón, e iba

arqueándose poco a poco hacia arriba, formando con el cuerpo un puente,

mientras sus brazos permanecían fuertemente unidos a los costados;

después, cuando la contracción histérica alcanzaba su mayor intensidad,

daba un grito formidable seguido de grandes silbidos causados por el

aire al penetrar violentamente en los pulmones, y caía desmadejada sobre

el lecho, como si careciese de coyunturas y sus brazos y piernas

pudieran doblegarse lo mismo en un sentido que en otro. Luego suspiraba

profundamente, entreabría los párpados, bebía algunos sorbos de agua y

quedaba tranquila.

Aquel ataque fué seguido de otros muchos: rara era la semana en que

Alfonso no tenía que deplorar algún nuevo accidente: un cambio de

temperatura, una escena desagradable o la opresión del corsé, ponían a

Consuelo repentinamente enferma; otras veces, sin causa ninguna

justificativa, empezaba a sentirse muy triste, muy acongojada por una

pena sin nombre, y, como no podía llorar y desahogarse, sobrevenía la

crisis inmediatamente. Sandoval recurrió una vez más a Montánchez,

solicitando de su experiencia nuevos consejos.

--No puedo añadir nada a lo que ya sabes--dijo Gabriel--, es necesario

dominar a Consuelo, rendirla, esclavizarla...

--Pero, si no puedo, si te odia con sus cinco sentidos, con toda su

alma, con todos sus nervios...

--¡Me odia!...--repuso Gabriel fríamente--, ¡ya lo sé!... y por algo te

dije que ese odio dificultaría mi gestión. Ese odio me abruma, soy

impotente para luchar con él, no sé cómo vencerlo... y, sin embargo, hay

que dominarlo, es indispensable, absolutamente indispensable...

--Pues, chico, no quiere.

--¡Pues, aunque no quiera!--exclamó Montánchez con arrebato--, en uno de

esos ataques puede sobrevenir la ruptura de la aorta y morirse... Ya

ves, estamos jugándonos su vida, que es preciosa, y debemos disputársela

a la muerte con energía y por cuantos medios sean oportunos; yo estoy

resuelto a todo; ahora, quien tiene que decidirse eres tú...

VI

Gabriel Montánchez acompañó a su amigo hasta el recibimiento y luego

volvió a su laboratorio a continuar un experimento que la inesperada

visita de Sandoval había interrumpido.

Montánchez vestía su ropa de trabajo: una dulleta con el cuello y las

bocamangas de piel, y un gorro colorado adornado por una larga borla de

seda negra.

Las hojas de madera de los balcones estaban cerradas, según costumbre, y

las cortinas corridas; sobre la mesa de escribir lucía un gran quinqué

con depósito de cristal y pantalla verde, que sólo iluminaba la parte

inferior de la habitación, dejando la mitad superior de los armarios, el

cuadro de Cleopatra y las sangrientas figuras de los atlas anatómicos,

envueltos en sombras.

A pocos pasos delante de Montánchez había una mesita pequeña, con piedra

de mármol, y sobre ella un gato, víctima inocente sacrificada por la

ciencia en aras del progreso.

El animalito se hallaba tendido boca arriba, sujeto a la mesa por una

correa que le pasaba por mitad del cuerpo y con las manos y las patas

hábilmente atadas por fuertes ligaduras, que le impedían todo

movimiento, excepto los respiratorios.

Montánchez quería comprobar la posibilidad de contener la vida psíquica

en una cabeza separada del tronco. Muchas veces lo había intentado y

jamás sus investigaciones le satisficieron. El primer gato que utilizó

para esto murió medio minuto después de la decapitación, sin darle

tiempo a someterlo a la circulación artificial; la segunda víctima

sacrificada fué un conejo, que también sucumbió a los dolores

prematuramente, y las sucesivas experiencias tampoco dieron mejores

resultados.

La operación era difícil y exigía una habilidad de manos y un golpe de

vista perfectos para aprovechar los segundos y establecer la circulación

mecánica antes de que la muerte sobreviniese. Junto a la mesita de

operaciones estaba un aparatito semejante al usado por Schiff en sus

curiosos experimentos, y al cual Gabriel Montánchez agregó ciertos

detalles que omitió su inventor, y que él estimaba esenciales.

Era un aparato de aspecto irregular, formado por dos depósitos: uno

grande, cuya mitad inferior era de metal y estaba destinado a recibir el

calor de un reverbero, y otro más pequeño de cristal, puesto en

comunicación con el primero por un tubito casi capilar de vidrio. En el

receptáculo mayor se ponía la sangre ya desfibrinada, para que no se

solidificara al contacto del aire e imposibilitase la operación; la

sangre, sometida a la presión de un émbolo de “caoutchouc” que el

operador podía elevar o deprimir según estimase oportuno, ascendía por

el tubito capilar a la otra esfera y desde allí pasaba a cuatro

conductos muy delgados destinados a enchufarse en las yugulares y

arterias carótidas y vertebrales de la cabeza, y mantener en ésta la

circulación.

Montánchez encendió el reverbero, y esperó a que un termómetro colocado

dentro de la vasija mayor, y cuyo depósito de mercurio estaba sumergido

en la sangre, marcase cierta temperatura, y en seguida, valiéndose de un

bisturí muy cortante, cercenó con dos golpes la cabeza del animal,

procediendo inmediatamente con singular destreza y sangre fría a atar

con hilo encerado las venas, que no podían relacionarse con los tubos

del aparato, para evitar por ellas la hemorragia, y luego de poner éstos

en comunicación con las yugulares, vertebrales y carótidas, colocó bajo

la mesita un vaso de porcelana destinado a recibir la sangre, que en

abundancia manaba del cuello cortado, apoyó una mano sobre el émbolo y

empezó a imprimirle un movimiento acompasado y lento, procurando que

fuesen idénticos en intensidad y rapidez a las palpitaciones del

corazón.

La cabeza del gato, fuertemente sujeta a la mesa por una correa y

comunicando solamente con el resto del cuerpo por los nervios y

ligamentos espinales, después de algunas contorsiones agónicas que

sucedieron a la decapitación, cerró los ojos y quedó insensible, cual si

la muerte se hubiese apoderado de ella. Pero así que los movimientos del

aparato ingirieron parte de la sangre desfibrinada restableciendo la

circulación craneal, la vida reapareció en todos los órganos: abrió la

boca y agitó varias veces la lengua, queriendo expresar con mayidos los

dolores del suplicio; pero los pulmones faltaban y la laringe no pudo

articular sonido ninguno; también abrió los ojos y sus pupilas rodaron

en todos sentidos quedando fijas en el médico, y mirándole permanecieron

inmóviles.

Montánchez, satisfecho del sesgo que adquiría la operación, se recostó

en el sillón y, extendiendo la mano, hizo girar un sistema de dos

cristales de aumento colocados encima de la mesa sobre un soporte

metálico.

La luz del quinqué atravesó la primer lente, y el rayo luminoso, ya

reforzado por la potencia concentrativa del cristal, atravesó el

segundo, yendo a proyectarse sobre los ojos del animal decapitado. Aquél

era el objeto único del difícil experimento, pues había de demostrar la

existencia o ausencia de la vida psíquica en la cabeza amputada.

Montánchez se inclinó hacia delante anhelando ver comprobadas sus

teorías acerca de las fuentes de las vidas orgánicas y pensantes. Al

caer el haz de rayos luminosos sobre los ojos del gato, los párpados,

hasta entonces inmóviles, se contrajeron violentamente, y el médico, que

antes de hacer girar los lentes reflectores palideció de ansiedad, tornó

a palidecer de alegría; aquello era lo que él buscaba, lo que tantas

veces afirmó antes de poder comprobarlo por sí mismo.

La vida intelectual, como la física, depende exclusivamente de la

circulación sanguínea, tanto, que el órgano donde ésta se mantuviese con

perfecta regularidad, podría vivir y desarrollarse separado del cuerpo.

El movimiento producido por el rayo de luz en los ojos del gato,

pertenecía al orden de los movimientos llamados reflejos, pues implicaba

acción y reacción nerviosa: acción directa o sea transmisión de la

impresión visual por los nervios centrípetos a los tálamos ópticos, y

reacción instintiva o voluntaria a lo largo de los nervios centrífugos

desde los tálamos ópticos a los músculos constrictores del ojo, que eran

los que inmediatamente determinaron la contracción de los párpados. Se

trataba, por tanto, de un fenómeno nervioso perfecto.

La sensación de dolor causada en la retina por la luz del quinqué,

determinó un movimiento puramente físico que hirió al nervio óptico y se

transmitió al cerebro; y luego esta conmoción física engendró otra de

un orden reflejo o psíquico, que partía del centro a la periferia

implicando la existencia de un entendimiento que comprende dónde están

el peligro y el dolor, y de una voluntad ordenadora que cierra los

párpados para impedir que la luz mortifique la retina.

Gabriel Montánchez apartó dos o tres veces el haz luminoso de los ojos

del animal para volver a dirigirlo sobre ellos, y siempre obtuvo el

mismo feliz resultado.

--¡Ya está, ya conseguí lo que deseaba, ya llegué adonde me propuse

llegar!--exclamó en voz alta--. Lo sé todo: sé cómo nace el pensamiento,

cómo vibran los nervios, cómo se engendra el deleite en la médula

espinal... Los hombres son cadáveres galvanizados que van pudriéndose

poco a poco: somos una cloaca en que diariamente se disgrega lo que

ingerimos en ella por la boca; cuando la bala de un revólver o la hoja

de un cuchillo rompe las paredes de esa gran retorta, llena de

substancias putrefactas, todo ha concluído, y la última idea, la última

aspiración de la materia, sucumben con la última contracción nerviosa.

No hay alma, no hay espíritu, no hay en nosotros nada que recuerde lo

eterno. ¡Horrible verdad!... Saber que sólo tenemos huesos, carne,

nervios y cartílagos, materia frágil que se pudre sin cesar... Y, sin

embargo, fuerza es resignarse a tan espantoso suplicio y dejar que el

tiempo vaya abatiendo las energías de esta pobre armazón de barro que

apenas puede resistir, sin estallar, las furiosas acometidas de sus

propias pasiones.

Cogió de encima de una silla una larga pipa de ámbar amarillo y empezó a

cargarla lentamente de tabaco; sacaba la picadura de una tabaquerita de

plata y la metía en el depósito de la pipa, apretándola con los dedos;

luego, mezcló al tabaco algunos granos de opio y se puso a fumar.

En aquella posición, con el gorro tunecino echado sobre las cejas, la

pipa entre los dientes, la mirada inmóvil y más bien encogido que

sentado en su butaca, parecía un mercader judío tomando el sol a la

entrada de una sinagoga.

El médico había caído en una especie de sopor que confundía sus ensueños

y pasiones de hombre y de sabio; ya no recordaba su experimento, ni las

cuartillas que tenía preparadas para anotar las observaciones que

resultasen del ensayo, ni siquiera el sitio donde estaba; su imaginación

iba de un punto a otro, acariciando ideas que rechazaba en seguida, sin

detenerse en ninguna, cual soñando con los ojos abiertos.

En la casa reinaba silencio absoluto, semejante al que debe haber en el

interior de las tumbas cuando los gusanos acabaron de devorar el cadáver

y se retiran arrastrándose por las hendiduras de la tierra en busca de

otros festines; la luz del quinqué esparcía por la habitación reflejos

indecisos que aumentaban la hediondez y repulsivo aspecto de las

figuras anatómicas pendientes de la pared; el único sitio bien iluminado

por las lentes reflectoras era la mesilla, con piedra de mármol, sobre

la cual yacía aquella cabeza ensangrentada cuyas grandes pupilas, de un

color amarillento leonado, expresaban una angustia suprema. Los pelos de

la cola estaban erizados, el cuerpo temblaba bajo sus ligaduras, del

cuello medio cercenado salía un reguero de sangre que se solidificó al

caer de la mesa a la vasija y parecía un hilito de lacre obscuro...

Montánchez, absorto en sus pensamientos, miraba indiferente el

silencioso y trágico suplicio...

Poco a poco la sangre contenida en el receptáculo del aparato inhalador

fué enfriándose, el émbolo quedó inmóvil, la circulación sanguínea se

paralizó en los tubitos de goma, cesó la respiración artificial y la

muerte se extendió instantáneamente sobre aquel despojo que la ciencia

defendió algunos segundos. Los pelos de la cabeza se erizaron, la lengua

escapóse de la boca, como si el animal muriese por estrangulación, y sus

ojos sanguinolentos, tras una contracción espantosa, quedaron inmóviles,

turbios, mirando al médico iluminados por aquel frío rayo de luz que los

cubría bajo su brillante efluvio como en un sudario de puntos luminosos.

Gabriel Montánchez continuaba impasible, la pipa entre los dientes,

contemplando el cadáver.

La enferma: novela · 第 8 / 15 段