hombres y los pueblos. Hace media hora ese animal gozaba una vida
semejante a la mía, pero la suya era mejor porque sentía y pensaba
menos, y en las sensaciones siempre hay más dolor que placer; y ahora
nada; un pedazo de materia que dentro de algunas horas apestará y que
pasado mañana albergará muchos gusanos... “Acuérdate, hombre, de que
polvo eres y que en polvo te convertirás”, dice la Iglesia. No, no hay
cielo; desgraciadamente todo acaba aquí, todos morimos aquí como el sapo
que expira entre las tembladeras del pantano y parece no desempeñar
ningún papel en el concierto universal... El gran secreto de la vida
está en la sangre: cuando ésta deja de correr llega nuestro último
cuarto de hora, y la sangre corre mientras late nuestro corazón, y a
éste sólo le paraliza el tiempo, el implacable enemigo de la vida: todo
le está sometido, todo envejece por igual y corre hacia el no ser con la
misma velocidad; y yo, que no tengo relojes que me cuenten las horas, ni
almanaques que recuerden el curso de los días y de los meses, ni espejos
donde mirarme, también camino a la muerte con perseverancia aterradora,
pues, aunque en cierto modo viva separado del mundo, ¿dejaré por eso de
envejecer con él?...
Se puso de pie y colocó la mano sobre el cadáver del gato, que
continuaba mirándole con sus ojos vidriosos: estaba frío y rígido.
Entonces zafó las ligaduras que le sujetaban a la mesa y lo arrojó con
repugnancia sobre el trozo de cinc extendido delante de la chimenea: el
cuerpo produjo al chocar contra el suelo un ruido sordo y quedó
extendido con la cara hacia abajo y las patas abiertas.
--¡Imposible!--prosiguió diciendo el médico--, no puede adormecerme; me
sucede con el opio lo que a Mitrídates con los venenos, y lo siento,
porque me hace mucha falta descansar... ¡Oh! Tengo un amor funesto, una
pasión insensata que está cavando nuevos abismos a mis pies... Y la idea
de morir sin satisfacer este último capricho me llena de angustia... Amo
a Consuelo... Eso no me lo puedo negar, a mí, que me conozco
perfectamente; ¡casi no puedo ocultárselo tampoco a los demás!... No sé
cómo ni cuándo nació tan peligroso deseo, pero comprendo que me devora y
que soy impotente para dominarlo o cobarde para combatirlo. ¿Dónde me
arrastrará este postrer delirio? No lo sé; pero soy capaz de llegar por
él a donde sólo van los locos de amor. ¡Y todo por una mujer!... ¿Qué
misterioso encanto tiene esa criatura que no poseen las demás? No temo
las consecuencias de esta pasión por ella, sino por mí; sí, por mí, que
pierdo la tranquilidad, el único placer positivo de la tierra... Porque
Sandoval no me importa... Creo que me quiere bastante; en muchas
ocasiones dió prueba de ello; es lo que en el lenguaje vulgar se llama
“un buen amigo”; pero su cariño es finito como todos los afectos
humanos. Alfonso prefiere su bienestar al ajeno y no vacilaría en
sacrificar mi felicidad a la suya; me quiere lo suficiente para darme
todo el dinero que yo le pidiese y exponer su vida por mí; mas si yo le
dijera: no deseo dinero porque me sobran corazón y brazos para
adquirirlo, ni que arriesgues tu vida, porque me basto solo para
defenderme, pero sí pretendo que me des algo que vale más que la vida y
el dinero; deseo esa mujer en quien depositaste tu ternura y tu honor,
la dueña de tu corazón y de tu hogar, la compañera de toda tu vida, la
que te adormece con sus caricias y calma tus afanes con sus besos, la
que cerrará tus párpados el día de tu muerte... dámela o concédeme
permiso para conquistarla, porque esa mujer también forma mi encanto y
sin ella la existencia me es imposible... estoy cierto de que Alfonso se
echaría a reír...
Volvióse hacia la chimenea, quedando inmóvil, el ceño arrugado,
contemplando con ensimismamiento las lenguas de fuego que corrían sobre
los carbones encendidos.
--Eso no sucederá--agregó--, porque eso no se pide; se toma, se adquiere
de cualquier modo... con habilidad o por la fuerza... Somos dos hombres
para una mujer: él es bastante egoísta para cedérmela de buen grado, y
demasiado valiente para no defenderla, y a mí me sobran coraje y audacia
para renunciar mansamente a poseerla; él o yo, tal es el dilema; pero
si yo tengo más fuerza, más valor o más fortuna, el sacrificado será él.
Y ella... ella me odia, me detesta, como su marido me ha dicho, con toda
su alma y todos sus nervios; mas no importa, yo sabré enamorarla y
predisponerla en mi favor, y pues me abraso de amor, es muy justo que
ella se queme también. Todo esto parecerá monstruoso, pero ya que la
naturaleza nos puso el corazón a un lado, ¿por qué no darle de lado
algunas veces?...
Presa de una agitación febril que le hacía temblar, Montánchez tornó a
sentarse.
--Vivo entregado a la ciencia--dijo--. ¡Ja, ja, ja! ¿Y qué es eso?
Removió un poco la lumbre con la badila, puso los pies sobre los
morillos para calentárselos mejor, encendió de nuevo su pipa y esperó...
Las azuladas espirales de humo desprendidas del tabaco y del opio
quemados, ascendían lentamente girando alrededor de su cabeza y
produciéndole enervamiento invencible. Sus pensamientos se obscurecían
difundiéndose en aquella especie de vaporosa neblina que bajaba del
mundo de lo inconsciente, quitando precisión a sus conceptos, lo mismo
que la neblina borra los contornos de los cuerpos: la conciencia se
sumergía en un delicioso no ser saturado de pereza y de suprema
tranquilidad, las nociones de la vida real fueron borrándose una tras
otra, olvidó el sitio donde estaba, la luz del quinqué palideció y su
luz tornóse más diáfana; un velo gris cubría los estantes y los muebles,
y al fin el opio consiguió apoderarse de su cerebro produciéndole
alucinaciones exquisitas.
La luz que irradiaban los carbones de la chimenea fué disminuyendo hasta
extinguirse, y sus ojos sólo vieron aún el cadáver del gato tendido
sobre la plancha de cinc, con las patas abiertas; pero el sangriento
despojo también acabó de borrarse y el médico se quedó soñando, sumido
en una atmósfera de humo.
La amorosa pasión de Gabriel tardó mucho tiempo en manifestarse, pero
una vez declarada se desató furiosa, arrollándolo todo: amistad,
afectos, conveniencias sociales. Aquel tardío rasgo de su vida afectiva
fué el más violento de todos los que hasta entonces experimentó: fué una
pasión salvaje, una inexplicable explosión de ternuras y de juventud en
un corazón de cuarenta años. Era la primera vez que Gabriel avanzaba
contrariando realmente el curso natural de las cosas, pues mientras el
mundo envejecía, él, en menos de un año, había logrado quitarse de
encima cerca de dos lustros.
No le importaban su pasado vituperable, ni el cansancio que las batallas
reñidas al Destino dejaron en su alma, ni las ilusiones malogradas, ni
aquella lozana juventud perdida: un mundo nuevo y alegre, una vida
seductora, un horizonte vastísimo iluminado con los mágicos
resplandores de una aurora primaveral, extendía ante sus ojos la
ilusión.
La vez primera que Gabriel Montánchez vió a Consuelo no sintió la menor
emoción: sólo recordaba que su amigo Alfonso se la presentó en el teatro
después de un estreno... y era una mujer como las demás... acaso más
guapa que otras... Luego, la obsequiosa amistad de Alfonso, los lazos
que a él le unían, la enfermedad de la joven y las tardes pasadas en la
intimidad de aquel hogar, contribuyeron a revestir de interés la figura
de Consuelito Mendoza.
Cuando Montánchez hizo votos de romper con el mundo y cayó en aquella
misantropía que le obligaba a vivir en una noche perpetua, ignorante de
la sucesión de los días, sin espejos, relojes, almanaques, termómetros,
ni nada que recordase el movimiento decadente de las cosas, creyó que en
aquel nido de anacoreta cortesano podría envejecer tranquilo entregado a
sus estudios y a sus libros: los mundanales deleites ya no constituían
para él un misterio, los conocía perfectamente; todos los fué apurando
uno tras otro y le eran familiares. Pasaron los años y de pronto su
viejo corazón despertó; y aquel despertar fué dulcísimo, pues su pasión,
como todas las pasiones grandes, empezó a desarrollarse lentamente. El
color blanco pálido de la joven, sus grandes ojos hebraicos que miraban
con tristeza y abandono orientales, su boquita entreabierta, sus
actitudes llenas de languidez y de gracia, todo concurrió a reavivar con
maravillosos artificios los recuerdos de la juventud pasada. El médico
creyó que se trataba de un afecto amistoso, limpio de todo pensamiento
carnal, y cuando aquel fugitivo destello de amistad se había convertido
en amor, casi se alegró, como hombre que no acostumbra a preocuparse
mucho de los acontecimientos que embarazan el porvenir.
--Vivimos--dijo--en este mundo para amar y ser amados, para reír y
gozar, y lo que tienda a fortalecer nuestra felicidad, es bueno y santo.
No soporto imposiciones morales que son al espíritu lo que las esposas
para las muñecas del preso; me gusta la amistad en tanto mis amigos no
me molestan; y el mundo, siempre que no quiera volver a ponerme sobre la
cabeza su gorro de plomo; y la ética, siempre que esté de acuerdo con
mis deseos; y hasta me agrada respetar, como al que más, la mujer del
prójimo, cuando comprendo que ese prójimo la quiere con toda su alma...
y que ella no me gusta mucho. Pero renunciar a una pasión que me hace
enteramente feliz, por temor al escándalo o por no lastimar a un amigo,
es imbecilidad indiscutible: seré un monstruo de egoísmo, pero el mundo
me enseñó a discurrir así; son muy contadas las personas que quieren a
un amigo tanto como a sus muelas, a sus brazos o a sus piernas, y, sin
embargo, cuando aquéllas duelen más de lo justo corren a casa del
dentista, y si los otros se enferman, el cirujano se encarga de
amputarlos; ¿con cuánta más razón podremos amputarlos del corazón un
afecto que nos amarga la vida en vez de embellecerla?...
Firme en este criterio, entregóse a su nueva pasión con el frenesí del
jugador que aventura a una carta su última peseta; y como Gabriel
Montánchez creía, con todos los que han corrido mucho, que el verdadero
placer reside más en el deseo que en el goce, así como los secretos más
deliciosos de la mujer son los que tiene mejor guardados, no se dió
prisa en conquistar lo que por un medio u otro estaba seguro de obtener.
El carácter impetuoso y uraño de Consuelo, sus murrias, sus histerismos,
la profunda aversión que le tenía y las dificultades de tiempo y de
lugar con que continuamente tropezaba, le desconcertaron bastante, y
entonces apeló a otro sistema, quizá más lento, pero indudablemente más
seguro. Durante aquellas tardes de invierno que Alfonso Sandoval y él
distraían contando cuentos, Montánchez sorprendió muchas veces el efecto
que sus palabras, sus narraciones y hasta sus gestos, ejercían sobre el
ánimo de Consuelo; y aunque estaba cierto de que un odio infundado, pero
invencible, le separaba de ella, sabía que esta repulsión era ineficaz
porque la joven vivía subyugada y fascinada en absoluto por él, que a su
lado no tenía pensamientos, ni voluntad, ni conciencia de sus actos, y
que la sugestión magnética la convertía en una muñequita dócil a cuanto
se la quisiera imponer; sabía también que Consuelo le adivinaba
obedeciendo a esas misteriosas relaciones merced a las cuales los
animales presienten la aproximación de una tempestad, y que su presencia
la atortolaba como a una perdiz los ladridos del perro que se acerca, y
reconociendo que el terror le hacía déspota único de aquella alma niña,
esperó, con la cachaza del cocodrilo que acecha una presa mientras toma
el sol, la ocasión propicia de rendir el cuerpo. Para asegurar la
victoria probó en Consuelo el sueño hipnótico, deseando saber de
antemano la facilidad con que podría rendirla, y aconsejó a Alfonso que
se apartase de la joven para favorecer su emancipación moral. La primera
parte del plan salió según su deseo; la mujer, convertida en máquina,
estaba dispuesta a entregarse; sólo faltaba la ocasión, el eterno
“cuarto de hora” que, afortunadamente para Consuelito Mendoza, aún no
había llegado.
Mientras Gabriel Montánchez urdía y maduraba sus endiablados proyectos
fumando sendas pipas morunas cargadas de opio y de sándalo en su estudio
de la calle Hortaleza, Consuelo esperaba ansiosamente el fin del
invierno para realizar aquel delicioso “viaje de novios” que tenía
proyectado. No era por satisfacer una curiosidad, pues nunca sintió
grandes deseos de ver mundo, ni por el gusto tonto de deslumbrar a sus
amigas refiriendo las mil y una maravillas que pensaba ver en su
excursión, porque las pocas personas que conocía habían viajado más que
ella y la importaban tanto las montañas suizas o las nieblas del Rhin,
como las nubes de antaño; ni tampoco el deseo de escribir sus
impresiones, pues nunca tuvo pujos de escritora, y las contadas veces
que cogió la pluma en su vida fué para escribir a Sandoval cartas en las
cuales la pasión y la ortografía andaban en razón inversa. La pobre niña
sólo quería huir de Madrid, adivinando que Gabriel Montánchez constituía
un peligro para ella y para Alfonso.
Cuando le conoció no supo formar idea ninguna de él; sí recordaba que le
había saludado con bastante encogimiento y que hasta dudó en alargarle
la mano; pero, como aquello la sucedió con otras personas, no dió
importancia a su vacilación. Más tarde, la noche en que Gabriel estuvo
examinándola, pudo reconocer mejor los rasgos más salientes de aquella
extraña fisonomía: su palidez marmórea, sus labios delgados, su ancha
frente que las tempestades del alma surcaron de arrugas indelebles, sus
ojos grandes, indescifrables y traidores; entonces sintió gravitar sobre
ella todo el peso de aquella mirada penetrante que registraba sus
pensamientos, y quedó sobrecogida de pavor; fué una descarga eléctrica
que la dejó sin movimientos y sin fuerzas.
Quién había comunicado a Montánchez aquel ascendiente sobre ella, fué
lo que Consuelo no se explicaba; mas no por eso dejó de padecer los
efectos del fenómeno con menor intensidad: sentía que el médico le
robaba las ideas, los movimientos, la voluntad; junto a él no tenía
fuerzas, porque él se las quitaba con sólo mirarla, le imitaba
inconscientemente y hasta de gustos propios carecía; siempre estaba
conforme con sus opiniones, y su docilidad era tan absoluta, que antes
de que hablase ya daba ella con la cabeza señales de asentimiento. De
esta pasividad moral Consuelo se daba exacta cuenta, y la idea de estar
incapacitada para defenderse de un “algo” misterioso, y criminal que
presentía en Montánchez, la infundió hacia él repulsión espantosa.
Sus accidentes y la influencia hipnótica de Gabriel acabaron de
aterrarla: creyó que Montánchez era un encantador, un mago de buena
sociedad que se perfumaba todas las mañanas para no oler a azufre y al
que no se podía espantar con cuentas de azabache ni matas de ruda, y se
consideró perdida: por eso le dijo cuantos descomedimientos la vinieron
a la boca, e hizo cuanto pudo por que Alfonso riñese con él; y cuando se
convenció de que la cizaña moral no existiría si todas las personas
fuesen tan torpes como ella para sembrarla, concibió el proyecto de
viajar mucho, medio fácil de poner entre ella y el odiado médico
centenares de leguas. Esta idea significó para Consuelo un rayo de
felicidad, y tan bienhechores fueron sus efectos que hasta los ataques
de histerismo disminuyeron.
Nunca se levantaba antes de las once: tomaba el chocolate en la cama, y
mientras apuraba lentamente el contenido de la jícara y partía los
bizcochos y casi lloraba porque un pedacito que “le era simpático” se
cayó al suelo, su mano, un poco torpe, equivocaba frecuentemente el
camino que conducía a la boca, y el bizcocho, mojado en chocolate, solía
marcar sobre la nariz una manchita obscura; entonces, la joven se dejaba
caer hacia atrás riendo a carcajadas, con el cuello y los pechos
descubiertos, la boquirrita y los ojos contraídos por la risa.
--¡Concho, qué bien debo de estar así--decía--; pareceré un clown!...
Y cuando ya estaba más serena:
--Alfonsito--continuaba--, ¿quieres una sopa de chocolate? Está muy
rico; anda, concho, cernícalo, si no te pinto... ¡pero, qué mal pensado
eres!... Si a mí me hubiesen dicho que querían hacer contigo, es decir,
que querían que tú hicieras conmigo... ¿entiendes?...
--Ahora entiendo menos.
--Que si tú quisieras hacer conmigo lo que yo he procurado hacer
contigo... ¿está bien así? ¡Vaya, ya salió!... te hubiera dicho en
seguida que sí, porque nunca pienso que puedas engañarme, y eso que el
nene, concho, es de oro... Conque, ¿quieres?... Anda, sosón...
Con sus ardides y marrullerías entretenía a Sandoval hasta las doce o la
una; entonces se levantaba, y luego de bien lavoteada y peripuesta iba
al comedor.
Después de la comida, y mientras llegaba la hora de que Alfonso se fuese
al casino, hablaban del pesado sueño que tenían por las mañanas, de lo
que ella le dijo para obligarle a abrir los ojos y de la grandísima
picardía que él contestó; de teatros, del último estreno, del “crimen de
ayer” referido con prolijidad enojosa por los periódicos de la mañana,
de si saldrían o no por la noche, de modas y del viaje; ¡sobre todo, del
viaje!
Esta conversación era inagotable para Consuelo: por docenas podían
contarse las veces que habló de cada detalle, invirtiendo horas en
discutir la clase en que debían viajar, el sitio que ocuparían en el
vagón y hasta el color de los vestidos, que serían grises por ser los
más sufridos...
Cuando Alfonso se marchaba, Consuelito Mendoza se encerraba en su
gabinete o en el despacho, y allí se ponía a coser. Por las noches el
matrimonio cenaba un bocadillo ligero antes de ir al teatro.
Aquel invierno también picó en lluvioso y frío, pero Consuelo, a
despecho de la estación y de la falta de medicinas, pues se había negado
rotundamente a tomar ninguna, temiendo que estuviesen prescritas por
Montánchez, estaba mejor de salud.
La soledad de sus tardes la entretenía con los preparativos del viaje.
Aunque propensa a la vida holgazana y contemplativa, desplegó una
actividad ejemplar. Le parecía que entre todos los relojes de Madrid
estaba verificándose la apuesta de cuál de ellos daría más vueltas en
menos tiempo, lo que hacía que las horas, por su brevedad, pareciesen
minutos; que las hojas de los calendarios se cayesen solas, que los
meses huyeran como golondrinas y que el momento de la partida iba a
sorprenderla sin tener arreglados sus trapitos.
--¿Cuánta ropa llevaremos?--le preguntó a Sandoval.
--La que calcules que podamos necesitar en un viaje de ocho o nueve
meses.
La respuesta era algo vaga, y Consuelo no supo a qué atenerse; y después
de contar las semanas que tiene cada mes y las veces que ella mudaba sus
ropas interiores a la semana, más las prendas que se pierden y las que
se rompen, creyó necesario llevar, por lo menos, cuatro docenas de cada
artículo.
Preparar cuarenta y ocho camisas suyas y otras tantas de Alfonso, más
otro número igual de calzoncillos, pantalones de señora, calcetines,
sábanas, etc... era un trabajo enorme para cuyo desempeño tuvo que
desplegar todo su celo.
Las festividades de Pascua pasaron para ella casi inadvertidas, pues los
preparativos del viaje absorbían de tal modo su atención, que hasta las
ganas de dormir le quitaban. En todo este tiempo su salud fué
inmejorable; se puso más gruesa y de mejor color, con más alegría en los
ojos y menos electricidad en los nervios. Sandoval estaba encantado: era
indudable que la robustez de la joven triunfaba de todo, y que por
aquella vez quedarían chasqueadas la ciencia y las profecías de
Montánchez.
Hasta muy vencida la segunda quincena de enero no creyó Consuelito
Mendoza que el equipaje estaba terminado y que podía enseñarle a Alfonso
su obra de tantos meses; y éste, aunque la había visto andar muy afanosa
de un lado a otro saqueando roperos, y notó los vacíos que dejaron en
los estantes los libros secuestrados, se quedó estupefacto ante el
convoy que su mujercita tenía preparado.
--Pero, muchacha--dijo--, ¿tú sabes lo que eso pesa y el dineral que
cuesta su traslado?
Consuelo, avergonzada, no se atrevía a hablar.
--Veamos--dijo Alfonso--, ¿cuántos baúles destinas a la ropa blanca?
--¿Yo?--repuso ella con el aplomo de la persona que sabe bien lo que ha
dispuesto--, pues... siete.
--¡Siete baúles, es decir, siete mundos, pues apostaría la cabeza a que
los elegiste así!--exclamó Sandoval encogiéndose cómicamente de hombros
como temiendo que aquel sistema planetario, repleto de ropa blanca, se
desplomara sobre él.
--¿Qué, te parecen muchos?
--Ay, niña; no me asustan esos siete, si no los que irán saliendo,
porque para tus trajes y los míos, ¿qué menos vamos a necesitar que
otros tres?
--Cinco calculé yo, y no son muchos.
--¿Cinco dijiste?... Más a mi favor. ¿Ves cómo hice bien no asustándome
de los siete primeros?... Y miren cómo mi mujercita me ha convertido en
una especie de Dios chico, que se permite el lujo de andar rodando por
ahí con sus mundos, maravillando a los carabineros y empleados de
ferrocarriles que sólo están acostumbrados a tratar con esos pobres
diablos que no tienen más que un baúl... quiero pensar en lo que,
gracias a ti, voy a reírme en el viaje cuando se hable de astronomía y
mi interlocutor me pregunte con acento inglés:
“--¿El Sol marcha, verdad?
“--Sí, señor--le responderé yo--; el Sol marcha; Eugenio Pelletán fue un
descortés que sólo se acordó de la Tierra; pero el Sol también le da a
las tabas lindamente a pesar de sus muchos años.
“--Y la Tierra, ¿hacia dónde camina?
“--La Tierra camina conmigo.
“--¿Cómo, con usted?--dirá mi inglés, un tío muy largo, como si le
viera, con grandes patillas rubias, un monóculo, una guía debajo del
brazo y un sombrero más chiquito que la cabeza--, ¿usted está loco?
“--No, señor; el mundo va conmigo, adonde yo quiera llevarlo, como otros
treinta o cuarenta que vienen ahí detrás; es todo un sistema planetario:
Flammarión no se ha enterado aún de esta francachela cósmica que vamos
corriendo, pero puede usted creerme bajo mi palabra”.
Consuelito Mendoza, aunque desconcertada y corrida, declaró que, a su
juicio, se necesitaban diez y ocho baúles de los grandes.
Sandoval se echó a reír.
--Todo nuestro equipaje--dijo--ha de caber en un baúl. ¿Oyes?... No
admito ni una sombrerera más.
--Pero, hombre, ¡qué cosas tienes! ¿Y dónde meto el contenido de los
diez y siete mundos restantes?
--En ninguna parte, lo dejas aquí.
--¿Y tus libros?
--Mis libros se quedan en su sitio; ¿qué necesidad tienen los pobretes
de exponerse a perder un canto por esos andurriales?
--¿Y cuando quieras leer?
--Compro uno.
--¿Y qué haremos de los libros comprados?
--Si encuentro alguno bueno lo guardaré; pero lo bueno escasea tanto que
probablemente me cabrán todos en un bolsillo del chaleco; los malos, los
tiro o los quemo, o los cambio en las estaciones del tránsito por vasos
de agua o por naranjas...
Estaban a mediados de febrero y la gente moza y alegre de Madrid,
animada por la festividad del día y por un hermoso sol primaveral,
bajaba al Prado y a Recoletos en bulliciosa manifestación.
Era domingo de Carnaval.
Las máscaras ejercían sobre Consuelo atracción irresistible, aunque
ignoraba, con el candor de una niña, los placeres de que las mujeres
disfrutan llevando el semblante bajo un antifaz.
El Carnaval se asociaba en su memoria a recuerdos infantiles que la
transportaban quince años atrás, cuando era una rapaza que pasaba las
noches pensando en los pollitos culones de la señora Daniela; eran
recuerdos inocentes, que todos los años se renovaban produciéndola la
misma dulce y poética complacencia.
Siendo niña se asomaba a la ventana a ver las máscaras mientras oía con
suave ensimismamiento “El carnaval de Venecia” de Schulhoff, tocado al
piano por una vecinita suya; y mezclando las notas populares que
sirvieron de tema al profesor alemán para componer su célebre obra, con
la idea que ella tenía formada de Venecia, llena de góndolas, y los
monigotes embadurnados de amarillo y de verde que desfilaban ante sus
ojos, con otras muchas tonterías aposentadas en su cerebro de muchacha,
formaba un carnaval extraño, fantástico, con músicas y tipos
enteramente suyos. Esta borrosa visión infantil duró muchos años, y
siempre recordaba con plácida melancolía aquel carnaval veneciano
escuchado por ella tras los cristales de su gabinete.
Alfonso y su mujer bajaban la calle Alcalá en un coche abierto. La
animación era inmensa. Al llegar a la fuente Cibeles la multitud se
bifurcaba, y mientras unos seguían por el Salón del Prado, hacia
Neptuno, otros caminaban hacia la plaza de Colón.