Sandoval reía con la íntima satisfacción de un bienaventurado, arrullado

por aquellos borbotones de palabras que le acariciaban como manos

enguantadas.

--¿Qué te parece esto?--dijo.

--Me parece un sueño--repuso Montánchez.

Consuelo seguía hablando, desvariando como una loca de amor.

Por el semblante del médico pasó una nube de tristeza. Para disimular

los sentimientos que le agitaban, preguntó bruscamente:

--¿Qué piensas de mí?...

--Tú... tú...

--Sí, yo.

--Apuesto a que le pareces muy mal--dijo Alfonso en voz baja.

--¿Y quién eres tú--preguntó la joven.

--¿Y tú, quién crees que soy?

--No lo sé.

--Mírame bien.

--No sé... no veo nada.

--¿No ves?

--No.

--Fíjate; esta frente...

--¡Ah! sí... esa frente...

--Estos ojos...

--Sí, sí... esos ojos... esos ojos...

Su voz tenía la languidez y el misterio vago de los ecos...

--Soy Montánchez; ¿qué te parezco?

--¡Ah, sí!... Veo una sombra, un bulto... parece un hombre; sí, es

pequeñito, tiene la cara afeitada y los mofletes muy encendidos... ¿será

el espectro de tafetán verde?... ¡Qué daño me hace ese color!...

--No es el muñeco de tafetán, no...

--¡Dice que no es el muñeco de tafetán!--repuso la joven perpleja.

--Soy Montánchez.

Consuelo retrocedió cubriéndose el rostro con un pañuelo.

--¡Qué miedo!--dijo--; ¡oh, yo no sabía quién era usted!... Pero sí, esa

es su voz... sí, ya veo su cara y sus manos... ya le veo... Me da usted

mucho miedo, no puedo remediarlo... lo siento mucho, y, sin embargo, hay

en mí algo que me incita a huir de usted... Por eso le ruego que no me

haga daño nunca, ni a mi marido tampoco; Alfonso le quiere a usted

mucho...

Mientras hablaba fué retrocediendo hasta tropezar con la pared, y allí

permaneció extendiendo las manos hacia adelante como para rechazar una

agresión.

--Usted es el hombre de los brazos negros que quiso sujetarme una noche

y me besó estando ensayando conmigo una ópera... una ópera, sí... ahora

recuerdo... una ópera que no sé cómo se llama...

Alfonso miró a Montánchez.

--¡Es singular!--murmuró.

--Y tanto...--repuso Gabriel cual saliendo de un sueño.

--¡No le quiero, no puedo verle, suélteme usted, me ahogo!... ¡¡Alfonso,

Alfonso!!...--gritó Consuelo luchando por desasirse de un abrazo

invisible.

Cuando el sueño magnético desapareció y Consuelo supo lo que acababan de

hacer con ella, se fué a la cama llorando y diciendo que tenía el cuerpo

molido.

Bien pronto se redujeron aquellos tratamientos sugestivos a dos curas

semanales, pues la enferma pareció hallar desde las primeras curas

notable mejoría, y Montánchez no quiso abusar del hipnotismo por no

desvirtuar su acción.

El carácter de la joven se regularizó levemente y fué más sostenido,

uniforme y consecuente, ofreciendo alegrías motivadas y lágrimas

razonables; era, pues, seguro que la enfermedad retrocedía.

Una tarde Consuelito Mendoza, hallándose en el comedor, recibió la

visita de Montánchez.

--Sandoval ha salido hace un momento--dijo la joven--, pero si desea

verle puede buscarle en el casino.

El médico pareció muy contrariado.

--Siento no encontrarle aquí--repuso--, porque ir al casino es exponerme

a soportar el insípido saludo de personas a quienes apenas conozco, y a

las cuales mi salud no interesa...

Consuelo se encogió de hombros tímidamente, no teniendo nada que agregar

a lo ya dicho.

--¿Quiere usted que vayan a buscarle?--preguntó súbitamente.

--¡Oh, no... no merece la pena!

--Sí, sí... eso es lo mejor, irán en seguida...

--No, de ningún modo, no se moleste usted; iré yo a buscarle.

Consuelo volvió a sentarse, recogió su labor, que había caído al suelo,

y cruzó las manos sobre la falda; parecía inquieta, como si ya sintiera

el influjo de un flúido extraño y molesto. Hubo algunos minutos de

silencio durante los cuales el médico examinaba atentamente a su

interlocutora, y ésta, sin atreverse a levantar la vista del suelo, se

rebullía desasosegada en su asiento. Luego recordó que tenía que ordenar

a la criada algo importante...

Quiso incorporarse, y al levantar la cabeza sus ojos vieron los de

Montánchez que la miraban con frialdad y sañuda dureza.

No tuvo valor ni alientos para moverse y volvió a sentarse, acongojada.

--¡Ay--balbuceó entre dientes--; no puedo!...

Después empezó a temblar.

--¿Qué tiene usted?--preguntó Gabriel.

--Nada... mucho frío.

--Señora, veo con dolor que está usted tiritando de miedo; si soy causa

de ese malestar la ruego me lo diga para retirarme inmediatamente, pues

todo pretendo menos incomodarla; si no soy responsable de ese daño,

dígamelo también para mi sosiego.

--No, señor; es que me atortolo sin motivo; ya sabe usted, los

nervios...

--Pero, suponiendo que esto carezca de importancia, ¿no abusaré de su

bondad rogándola me otorgue un rato de conversación?

--No, señor... de ningún modo...

Pronunció estas palabras desmayadamente, maldiciendo de sus piernas que

se negaban a sostenerla.

--Yo vine esta tarde--continuó Montánchez--creyendo hallar a Alfonso y

con el único objeto de divertir un rato agradablemente. ¡Estaba tan solo

en mi casa, tan triste, tan aburrido con mis libros y mis retortas!...

que todo, hasta mi máquina de electricidad, lo hubiera dado por tener un

amigo verdadero con quien hablar. En busca de ese rato de plática

sabrosa, de confianza y abandono, he venido; mi mala estrella quiere que

no encuentre a Alfonso, pero como hace tiempo que nos conocemos me he

atrevido a quedarme. ¿Hice mal?... responda usted francamente.

--No, señor... ¿por qué?...

--Consuelo--prosiguió el médico acercando su silla a la joven--, ¿usted

y yo somos amigos?

--¡Oh, amigos!...

--Sí, amigos; ¿usted cree que es amiga mía?

--Sí... ¿por qué no?

--¡Es extraño su modo de responderme! Siempre acaba usted lo que dice

con una interrogación que desvirtúa lo que afirma o niega al principio.

Yo pregunto si somos o no amigos, y usted contesta: “¿por qué no hemos

de serlo?”... Pues, eso digo yo: ¿por qué no lo somos?

--No le entiendo... no comprendo bien...

--Consuelo--agregó Gabriel con acento insinuante--, hace tiempo que me

examino y no me reconozco, pues en menos de un año parece que una mano

invisible y bienhechora fué quitándome de encima los siete años que más

pesan sobre mi conciencia. Cuando huí de Madrid para abandonarme al

mundo de los lances imprevistos, era como usted: noble, leal, ingenuo,

sin malos pensamientos ni pasiones bastardas, todo corazón y buena fe...

La lucha por la vida, que según el parecer de los sabios selecciona el

cuerpo, sólo sirve para endurecer el espíritu, y el mío perdió cuantos

gérmenes bondadosos puso en él mi madre. Pero he sufrido mucho, he

recibido grandes traiciones, me han apuñalado cobardemente por la

espalda, me han engañado muchas veces, y eso me disculpa... Pues aunque

a Cristo le dictase otras máximas su divina bondad, todos, cuando somos

escarnecidos por los mismos infames que nos ofendieron, sentimos la

necesidad de devolverles afrenta por afrenta... y aun derramar la sangre

de los hijos cuando no podernos verter la de los padres... Hastiado de

la vida huí del mundo, y en la ciencia y el estudio busqué tranquilidad

para mi alma. Usted, mejor que nadie, sabe que vivo, solo, como un

faisán; para el vulgo imbécil soy un sabio que no morirá sin descubrir

la cuadratura del círculo, la dirección de los globos o el movimiento

continuo; para los escritores, uno de tantos amantes de la gloria que

moriría feliz sabiendo que en la casa mortuoria habían de poner después

la lápida conmemorativa de su nombre; para mi portera, que conoce

algunas particularidades de mi vida íntima, un monomaníaco; para muchos,

un criminal cargado de remordimientos, que vive solo para que nadie le

oiga delirar por las noches... ¡entre los últimos está usted!...

Consuelo lanzó un quejido.

--¿Pero qué pretende usted de mí?--dijo--; yo sólo sé que le temo; que

ese miedo me lo infundió desde la primera vez que le vi, y que luego

esta aprensión o esta locura mía fue aumentando inmotivadamente.

--¿La ofendí alguna vez? ¿La he molestado en algo?...

--No, no, señor--repuso Consuelo con súbita energía--; pero comprendo

que tiene usted una voluntad de acero y que esa voluntad podría ahogarme

si usted quisiera... Yo sólo presiento la proximidad de mi marido y la

de usted; a Alfonso le adivino porque deseos extraños de cantar y de

reír me anuncian su llegada; y a usted... por un malestar, una opresión

misteriosa, asfixiante, que me obliga a bajar los ojos...

Y agregó vivamente y sonriendo:

--Es usted simpático y guapo, a mi marido se lo dije muchas veces...

pero tiene usted la hermosura del león o del tigre, y como además posee

usted talento, le creo doblemente peligroso...

Calló y se puso otra vez seria, temiendo haber hablado más de lo justo,

y sin atreverse a dar por terminada la entrevista.

--Usted lo dice--exclamó Montánchez--; parezco un criminal, una fiera...

y, claro, huye usted de mí... Esas apariencias que no adivino de dónde

nacieron son las que pretendo destruir. Hace una semana, estando

dormida, confesó usted que me odiaba, que no podía verme sosegadamente,

que yo era un malvado...

--¡Oh, si eso es cierto, crea usted que hablé sin conciencia de lo que

decía--interrumpió Consuelo juntando las manos suplicante--, y sin

deseo de ofenderle!...

--Haré lo posible por complacerla--respondió Gabriel fríamente.

Los ojos de Consuelito Mendoza se llenaron de lágrimas. El médico

continuó:

--Pero esas son impertinencias de enfermo en las cuales no me fijo; no

pienso recriminarla por la antipatía que me tiene; sí solicitar su

perdón y su amistad. ¿Puedo esperar ambos favores?

--Sí--repuso ella con la angustia de quien está en el tormento.

--¿No me engaña usted?

--No, no le engaño.

--¡Ay!... ¡Sería tan feliz si usted me quisiera un poco!...

--Le dije que soy su amiga, ¿qué más pretende usted?...

--Que esas palabras las dicte su corazón, no su miedo.

--No sé... no estoy para distingos ni argucias; parece que el comedor da

vueltas en torno mío...

--Usted me teme porque sólo ve mi lado malo; usted cree que soy un

criminal que ha recorrido el mundo huyendo de la justicia y de sus

remordimientos, o un hechicero como aquel famoso José Bálsamo, que

reveló a la reina María Antonieta su trágico fin mostrándoselo en el

fondo de una botella.

--¡Yo no sé... no sé!...

--¿Está usted mala?

--Estoy en un potro, mientras esté usted aquí.

--Bien, me voy; pero, su amistad, ¿podré obtenerla algún día?...

Entonces sonó el timbre de la escalera y Consuelo dió un grito.

Montánchez se levantó.

--No se atortole usted--dijo tranquilo--; será alguna visita.

--No, debe de ser Alfonso.

Era la modista; Consuelo lanzó un largo suspiro de liberación y

contento; el médico se despidió inclinándose gravemente.

--Señora...

--Adiós, don Gabriel.

--Beso a usted los pies.

A mediados de julio, Alfonso Sandoval y su mujer marcháronse a una

playa, de la que regresaron a fines de septiembre más gordos y con los

semblantes curtidos por el sol y los aires costeros.

Los buenos alimentos, el cambio de clima, las distracciones del viaje, y

el placer de reintegrarse a su cuartito de la calle Arenal, tan lleno de

sabrosos recuerdos, fueron circunstancias que influyeron eficazmente en

el humor y en la salud de Consuelo.

Los baños la beneficiaron perfectamente: vino más gruesa, con mejor

color, con más sangre en los labios y más alegría en los ojos; no sentía

palpitaciones cardíacas ni calofríos, ni dolores de cabeza, ni aquellos

súbitos desvanecimientos de la temporada anterior. Alfonso, creyéndola

definitivamente curada, visitó a Montánchez para hablarle del asunto. El

médico mostróse desconfiado. Dijo que el mal era muy antiguo y de raíces

harto profundas para que unos cuantos baños de placer hubiesen bastado a

extirparlo, que sin duda Consuelo estaba en mejores condiciones que

antes para someterse a un tratamiento higiénico y terapéutico regular,

pues su organismo tenía más sangre y más vida, pero que aún faltaba lo

más delicado y lo que más paciencia requería por parte de todos.

--Es indispensable--concluyó--que tu mujer vuelva a someterse al

hipnotismo: con este poderoso agente, el frío del invierno, que ya se

nos echa encima, y las diversiones que diariamente la proporciones,

podemos triunfar del mal antes de un año. Conviene, sobre todo, que la

distraigas mucho, para allanarme el camino. Consuelo te quiere

demasiado; su amor a ti constituye un capricho que la acosa diariamente

y la persigue hasta en sueños, como el recuerdo de un crimen, barrenando

su cabecita enferma: por eso las diversiones contribuirán eficazmente a

contrarrestar los destructores efectos de esa idea fija. Las ideas fijas

son los clavos del cerebro, las espadas invisibles que lo atraviesan

destruyendo la excelsa arquitectura de sus ruedas. He pensado

insistentemente en el temperamento de nuestra querida enferma, y

confieso que no vi nada tan digno de estudio. Consuelo, aunque

correspondas santamente a su cariño, sufre de amor; y así como hay

organismos animales y vegetales parasitarios que sólo pueden vivir

adheridos al cuerpo de otros animales mayores, así el espíritu de

Consuelo es un espíritu parásito que vive en el tuyo y por el tuyo. Te

tiene junto a sí y desearía sentirte más cerca, sobre sus rodillas,

entre sus brazos, para guardarte todo entero dentro de sí misma; estáis

separados y se divierte contando los golpecitos que da el segundero del

reloj, comprendiendo que cada uno de ellos acerca en un instante el de

tu regreso, y te presiente como si tu voluntad obrase a distancia sobre

la suya. Consuelo, y no lo digo para que te engrías, sino para que

procures remediar ese daño que inconscientemente produces, vive en ti y

para ti, como Santa Teresa de Jesús creía vivir en Dios: vive en ti,

porque sólo en ti piensa, y por ti, porque tú eres la voluntad que la

sostiene, el objeto de su amor, el elegido de su alma; eres la luz que

alumbra el mundo puesto ante sus ojos, la cabeza con que discurre, la

única voz que conmueve sus entrañas, la sangre que la nutre, su

presente, su porvenir, su vida entera, ahogándose en tu amor como el

duque de Clarens en su barril de malvasía. ¿Y crees que puede vivir bien

aquél cuya alma habita en otro cuerpo que el suyo? ¿Crees que Consuelo

tendrá alguna vez carácter, por más esfuerzos que yo haga para

infundírselo, mientras tú sigas viviendo y queriendo y pensando por

ella?... Imposible: aquí se trata de restituirla lo que ella sin querer

te dió y lo que tú, sin darte cuenta, aceptaste; es decir, su carácter,

su modo de ser, su idiosincrasia moral; o lo que es lo mismo: urge que

Consuelo tenga un alma que viva, obre y discurra libremente.

--¿Y para eso, qué debemos hacer?--preguntó Sandoval.

--Para eso necesitamos que, al mismo tiempo que la diviertes, dejes

sentir tu influencia lo menos posible, para que insensiblemente vaya

enajenándose de esa tutela psíquica que sobre ella ejerces. Sé que la

labor es escabrosa y que Consuelo será el primer obstáculo que estorbe

su emancipación; pero si tienes fe en mis consejos apóyalos en la

seguridad de que mis planes no han de fallar.

--Comprendo tu pensamiento: quieres que divierta a Consuelo, que la

lleve al teatro, a las reuniones de sus amigas, y que, según la entre el

mundo de la alegría y de los placeres por los ojos, me anule retirándome

discretamente por el foro, para que ella, viéndose sola y fuera de su

casita, se acostumbre a regirse por sí misma, ¿no es eso?...

--Exactamente.

--Tu proyecto no está mal urdido, pero... ese papel de simple tramoyista

es difícil para un hombre tan enamorado y celoso de su mujer como yo.

Tiene enjundia decir al entrar en un baile y aunque sólo sea

mentalmente: “Vaya, caballeros, aquí tienen ustedes a mi mujercita que

se ha enfermado de quererme; como ven, es joven y hermosa; tengan

ustedes la bondad de agasajarla y distraérmela a fin de que se

acostumbre a vuestras monadas y a quererme un poco menos”...

--Búrlate cuanto quieras--repuso Montánchez--; pero si examinas el

asunto comprenderás que mis consejos son los únicos que pueden conducir

a un feliz resultado, pues mientras debilitas el influjo que tu voluntad

ejerce sobre su espíritu, el roce del mundo, la costumbre de discurrir y

de moverse por sí misma y el hipnotismo tonificarán su espíritu. La vida

es un cambio continuo de sugestiones; estudia lo que sucede cuando dos

personas viven juntas: siempre una de ellas, la más inteligente, la más

enérgica o la más graciosa, es quien actúa sobre la otra; influjo del

cual suelen no darse cuenta ninguna de las dos, pero cuyos efectos son

innegables, porque lo que al principio fué simple imitación, se

convierte luego en identidad moral y hasta en cierto parecido físico. Tu

matrimonio es un ejemplo de esto, pues la idiosincrasia de Consuelo y la

tuya armonizan perfectamente: ella es dócil y sumisa, aun cuando tratada

superficialmente parezca lo contrario; impresionable y cariñosa, de

inteligencia despierta, pero de voluntad débil y deseos tranquilos; y tú

eres apasionado, enérgico, arrebatado, dominador; naciste para vivir

libremente y ser cabeza en donde estuvieres; tu mujer nació para querer

mucho y obedecer ciegamente al objeto amado: cualquier hombre la hubiese

subyugado fácilmente, pero tú la esclavizaste en absoluto: padece un

“mimetismo” psíquico completo, y ahora, aunque quieras levantarla del

suelo donde se prosternó voluntariamente para adorarte y devolverla su

carácter y su libertad moral, no lo conseguirás sin grandes trabajos. Su

conciencia es para ti lo que Dios para Lutero: un cuadro en blanco sin

otras inscripciones que las que quieras poner. Tú eres la voz, Consuelo

el eco; tú eres el cuerpo, ella el espejo reflector; tú, en fin,

bribonazo, posees lo que tendrán muy pocos hombres: una boca que sólo se

abre para reír tus gracias y asentir a cuanto la tuya diga; unos ojos

que ven por los tuyos y que cegarían de tanto llorar si no los mirases;

un cerebro y un corazón que son eco de tus pensamientos y de tus

pasiones; una mujer que siente contigo, que llora o ríe cuando te ve

llorar o reír, y que si alguna vez se acuerda del mundo es porque vives

en él... Declaro, por tanto, que Consuelo ha lanzado un “mentís”

incontestable sobre mis teorías acerca del amor y de la duración de los

humanos afectos; pues ni he visto querer así, ni creí nunca que en

corazones femeninos cupiesen pasiones tan grandes.

--¿Y qué haré para principiar mi tarea?

--No ser celoso. Su salud lo exige. Debes dejarla en libertad, que salga

sola...

--¿Y si la enamoran por ahí?

--No es probable.

--Pero, ¿y si sucediera?

--Te aguantas y la vigilas desde lejos; de no comprometerte a hacerlo

así, no cuentes conmigo.

De vuelta a su casa, Alfonso se apresuró a comunicar a Consuelo lo que

Gabriel le había prescrito.

--Quiero que te diviertas, que vayas al teatro, que salgas de paseo, que

cultives la amistad de tus amiguitas predilectas y asistas a sus

reuniones... Cuando yo no pueda acompañarte--agregó Sandoval preparando

el terreno para acometer más tarde la magna obra de la emancipación

moral de su esposa--, saldrás con la muchacha y luego yo iré a buscarte:

deseo, en fin, que te muevas con libertad, ¡qué diantre!... no conviene

que estando tan delicadita de salud pierdas la juventud aquí, entre

cuatro paredes.

La joven, que al principio le oyó con mucha complacencia creyendo

hablaba de fiestas que había de compartir, al comprender que trataban de

transportarla sola a otro mundo de agitación, emociones y libertad, para

ella desconocido, se enfureció.

--¿Y eres tú quien propone eso?

--Naturalmente.

--¿Tú?...

--Claro, mujer--repuso Alfonso con aire inocente.

--¡Eres un embustero!

--Cómo, ¿hay en mi deseo algo extraordinario? ¿Te he pedido permiso para

vestir de moro, obligar a las personas que nos visiten a quitarse los

zapatos como si esto fuese una mezquita, o establecer la poligamia en mi

casa?... Pues, entonces, ¿de qué te asustas?

Pero Consuelo, irritada por el fingido candor de su esposo, prorrumpió

en un chaparrón de sollozos y pucheritos.

--No me quieres ni me has querido nunca--decía--, pues si me quisieras

un poco no te atreverías a proponerme esa infamia. ¡Si no te conozco, si

pareces otro hombre, si estoy por creer que eres un cualquiera, un don

nadie, el vecino de enfrente, que se ha puesto una cara igual a la tuya

para engañarme!...

--Muchacha--respondió Sandoval desconcertado--, mi proposición es

inofensiva, pero tienes un geniecillo tan arrebatado, que ves un

bombardeo donde sólo hay un tiro de pichón.

Ella continuó:

--¿Qué hiciste de tus celos, de tu empeño en no dejar que nadie me viese

ni se acercara a mí, y de cuantos cuidados me rodearon hasta ahora?...

Te veo y no te conozco, y te oigo y me figuro que los oídos me engañan

también. ¿Quién te dijo que para curarme necesito andar sola de Ceca en

Meca, como una de esas vendedoras de específicos que ya están subidas

sobre una silla bajo los portales de la Plaza Mayor, como en el pescante

de un coche de alquiler en medio de la Glorieta de Bilbao?... Y, sobre

todo, si esa vida ambulante me es provechosa, ¿por qué no has de

soportarla también tú?...

--No me comprendiste, niña--repuso Alfonso disponiéndose a desarrollar

la teoría de cómo se influencian las personas que viven juntas--, y voy

a darte las razones que me asisten...

--Sí lo sé todo--replicó ella haciendo un mohín despreciativo--; no

tienes que molestarte; conozco la fuente, la cabeza, de donde ha brotado

esa idea tan huérfana de sentido común... Eso te lo dijo Montánchez, ese

tío infame, ese bandido con traje de persona decente, que será tu

perdición y la mía; sí, lo que oyes, soy medio bruja, voy a morirme

pronto y tengo la facultad de conocer lo futuro, como les sucede a

muchos moribundos. Y ahora sí te juro que no lo hago; aunque me muera,

no lo hago... ¡y yo sé por qué!... Montánchez es un miserable, un

criminal con más veneno que sangre en el cuerpo... Si no, el tiempo ha

de decirlo y entonces exclamarás, si tienes la desgracia de verlo:

“¡Pero con cuánta razón hablaba aquella pobrecita loca... que decía las

verdades!”

--Y suponiendo que Montánchez sea el autor de ese proyecto--interrumpió

Alfonso--, ¿por qué te parece mal?

--Porque... ¡no sé por qué!... pero él pone siempre, en cuanto dice,

segunda intención, y esa intención es perversa.

--¡Deliras con los ojos abiertos!

--Alfonso--gritó Consuelo muy excitada--, ¡no me hagas hablar!

--¿Tienes algún secreto?

--¡Quién sabe!

--No, no te tiro de la lengua... sé que no tienes nada que decir.

--¿No crees en la virtud profética de ciertos sueños?... ¿No recuerdas

aquél, tan espantoso, que tuve una noche?...

--¿Cuál?

--Aquél en que un monigote verde me abrazaba: pues ese antojo era

Gabriel, le vi perfectamente y recuerdo la escena como si ahora

sucediese... y el demonio que anda metido en esto hará que mi pesadilla

se realice...

--Hazme el obsequio de no seguir disparatando porque tus visiones me

lastiman.

--La verdad siempre cura con dolor.

Sandoval concluyó por irritarse formalmente; pero, a pesar de su

autoridad, no pudo vencer la obstinación de Consuelo.

--Ahora querría yo ver a Montánchez--decía Alfonso--, a él, que hace

unos momentos me aseguraba que tu enfermedad principal consistía en no

tener voluntad...

--Pues no quiero hacerlo--repetía ella triunfante--, no lo hago aunque

me descuarticen; no quiero hacer nada que venga por conducto o

iniciación suya, porque ese hombre sólo puede aconsejar maldades.

--¿Y si te mueres?

--Si me muero, mejor, en paz, así descansaremos todos; tú te distraes

con otra... ¡y tal día hizo un año!...

En semanas sucesivas Consuelito Mendoza continuó mostrándose insensible

a los ruegos de Sandoval y acabó por declararse francamente en rebeldía.

Ella tenía sus razones para obrar así.

Recordaba el cambio de costumbre que Montánchez introdujo en su manera

de vivir, sus frecuentes visitas, sus miradas de fuego, sus

conversaciones y la tarde en que estuvo departiendo con ella a solas.

Hasta entonces le temió sin motivo ninguno, pero después sintió hacia él

terror razonado y repugnancia invencibles.

La enferma: novela · 第 7 / 15 段