--Repito que no puedo satisfacer tu curiosidad más que con suposiciones:

yo no he estado en ningún sitio donde no pueda entrar contigo, y con

esto digo bastante: ni he hablado con mujeres. Ese hilo maldito habrá

caído de algún balcón y se enredaría ahí... ¿qué sé yo?...

--¡Mentira!--gritó la joven con vehemencia--, conozco que mientes en tu

manera tibia de negar; porque si fueras inocente y te doliesen mis

dudas, protestarías fogosamente, como todo el que tiene su conciencia

limpia.

Y continuó mesándose los cabellos:

--¡Con otra, Virgen santa, con otra, dejarme a mí por otra, a mí, que le

quiero tanto!... ¡Eres un criminal que va matándome poco a poco!... Y es

que ya no me quieres... estás harto de mí y con mi enfermedad, Dios mío,

te aburro más aún... y me castigas así, dejándome, como si yo tuviese la

culpa de los dolores que sufro...

--¿Quieres escucharme una observación?

--No, este desengaño me mata... no podré resistirlo... ¡Con otra, padre

mío, con otra!...

Aquel ataque de celos fue tan violento, que su delicado organismo no

pudo soportarlo. Calló repentinamente, permaneciendo de pie, con la

cabeza un poco inclinada hacia adelante y los brazos inertes a lo largo

del cuerpo; parecía la imagen del abatimiento: después, perdiendo el

equilibrio, lanzó un grito ronco y hubiese caído al suelo si Alfonso no

la coge del talle.

Inmediatamente una criada fué en busca de Montánchez, que no tardó en

acudir: cuando llegó, la joven seguía tendida en la cama sin recobrar el

conocimiento: tenía los ojos un poco abiertos y entre los párpados dos

gruesos lagrimones que parecían congelados; el semblante conservaba su

color habitual, pero el pulso era casi imperceptible y la respiración

fatigosa. Gabriel la llamó por su nombre y no obtuvo contestación.

--Está insensible--dijo--; todo lo que ahora hiciésemos por despertarla

a la vida sería inútil; esperemos a que decline la crisis.

--¿Te parece--observó Alfonso--que le echemos agua fría por la cara?...

Acaso reaccione.

--No consigues nada, pues no hay reacción donde la sensibilidad falta;

es preferible aguardar a que vuelva en sí, y probablemente no tardará

mucho, pues ya la naturaleza estará luchando y poniendo en juego sus

resortes para triunfar del mal.

Alfonso, lleno de impaciencia, comenzó a pasear por el gabinete,

mientras Montánchez permanecía de pie junto a la cama, mirando a la

enferma: estaba un poco pálido y en su semblante impasible vagaba una

ligera expresión de tristeza y ansiedad. En aquel momento Consuelo

sonrió y sus facciones denotaron bienestar infinito.

--Consuelo--exclamó Alfonso cogiéndola una mano--, ¿te sientes mejor?

Montánchez le hizo seña de que era inútil hablar, pues la enferma no

oía.

--¿Que no me oye... y está riendo?

--Ríe... ¡vaya al diablo a saber de qué! Esta muchacha es histérica y

casi todos los ataques de histerismo se presentan así.

--Nunca la he visto igual.

--Es porque el mal sigue creciendo.

--¡No quiero café, concho!... ¿No sabes que me pone nerviosa?--gritó de

repente la joven.

Los dos hombres se miraron.

--De eso hablamos hoy a la hora de almorzar--dijo Alfonso--. ¿Pero será

posible que no me oiga?... ¡Consuelo, Consuelo!...

--Alfonsete, ¡qué rico!...--exclamó ella--, las consecuencias serán de

oro, ya verás... si no te quedas ciego... ¿Sabes que me duele el

corazón?

--¡Si parece loca!--murmuró Sandoval consternado--; ¿es posible que se

discurra así sin haber perdido la razón?...

--Lo que presenciamos no es extraordinario; cuando recobre el

conocimiento estará como de costumbre y sin acordarse de nada.

Consuelo se había quedado seria y su semblante expresó ira, cansancio,

después miedo.

--¿Y si muriera en un ataque de esos?...--preguntó Alfonso.

--Imposible, en el caso presente, por lo menos.

Sandoval empezó de nuevo a pasear con los brazos cruzados a la espalda,

mientras el médico continuaba en la alcoba mirando a la joven con

insistente fijeza. Entonces Consuelo sonreía con sonrisita semejante a

un iris de paz, cual si sus oídos gozasen los acordes de una música

deliciosa.

Alfonso, que se había detenido delante del lecho, exclamó:

--¿Es hermosa, verdad?

--¡Oh... es preciosa!--repuso Montánchez cerrando los ojos, distraído y

como en éxtasis.

Sandoval le miró un instante y dijo:

--No puedo estar tranquilo mientras la vea tendida ahí, como una muerta;

¿quieres que probemos a despertarla dándole a oler amoníaco?

--Probemos.

Alfonso salió del gabinete trayendo a poco un frasquito destapado que

puso bajo las narices de la enferma; ésta, al principio, no demostró

sentir nada; luego ladeó la cara con un gesto de repugnancia, se

colorearon sus mejillas y empezó a toser.

--Hola--murmuró Sandoval alegre--, ya parece volver a la vida.

Pero Montánchez le obligó a retirar el brazo, diciendo:

--No lo creas; esa tos proviene, no de que su olfato perciba el olor,

sino de la irritación que el amoníaco produce en la membrana pituitaria;

tengamos paciencia, pues, para ser espectadores.

Transcurrieron algunos minutos y Consuelo comenzó a inquietarse; la

sonrisa huyó de sus labios y su entrecejo se contrajo; parecía ahogarse;

luego balbuceó palabras incoherentes...

--A... aa.. ven, ven... siento que suben... la escalera, qué miedo, qué

frío... es un hombre, un hombre alto... ¡¡Alfonso!!

Dió un grito fortísimo, y como si los músculos del cuello hubieran

perdido instantáneamente el vigor, su hermosa cabeza rodó sobre la

almohada, y su boca se llenó de espumarajos que en vano pretendía

escupir; después llevóse las manos al corazón y su respiración fué

difícil, agitóse violentamente presa de movimientos espasmódicos y

volvió a quedar tranquila. Luego bostezó profundamente y abrió los ojos;

sus miradas, que parecían por lo inmóviles las de una idiota, se fijaron

alternativamente en su marido y en Montánchez.

--¡Uy, qué miedo!--murmuró.

--¿Quieres agua?--dijo Alfonso acercándola un vaso a los labios.

--Agua... agua--repitió ella como un eco.

Bebió algunos sorbos y volvió a tenderse diciendo que tenía mucho sueño.

El acceso histérico había pasado.

Aquellas crisis se repitieron. Ocurrían sin pretexto justificativo, a

veces por la menor contrariedad, y se anunciaban por un malestar general

y una laxitud indefinible que obligaban a la paciente a adoptar

distintas posturas sin que en ninguna de ellas acertara a estar bien:

entonces sentía frío y calor, contento y tristeza, miedo y ganas de

llorar; era una modorra suprema que la hacía maldecir de sí misma.

Con los primeros amagos de sueño experimentaba deseos de estirarse y de

suspirar: extendía los brazos y las piernas, arqueaba la columna

vertebral con la voluptuosidad de los gatos que se desperezan al sol, y

su boca se abría bajo la acción de grandes bostezos que hacían crujir

sus mandíbulas y llenaban sus ojos de lágrimas. Después quedaba inmóvil,

los párpados temblaban un momento antes de cerrarse, la cabeza perdía su

posición, y sus miembros, atacados de súbito desmadejamiento, adoptaban

la actitud más conforme con las leyes de la gravedad: en seguida

sobrevenía el desvanecimiento y la insensibilidad era completa.

Aquello era una muerte que sólo conservaba de la vida el aliento y un

poco de calor: perdido el oído, la vista y el olfato, el mundo exterior

desaparecía completamente.

En ciertas ocasiones el ataque era pasivo y Consuelito Mendoza

conservaba durante muchas horas la misma posición, sin parpadear ni

moverse: otras su espíritu rebrincaba furioso en su cárcel de células,

víctima de pesadillas intraducibles, y entonces refería escenas que

había presenciado o lo que pensaba hacer, y todo con perfecta hilación y

notable claridad y lógica, como si estuviera despierta.

Cuando las crisis eran habladoras, Alfonso y su amigo escuchaban con

vivísimo interés aquellas confesiones inconscientes en que la enferma

refería todos sus pensamientos con la prolijidad y franqueza del que

charla sin saber que le oyen; y tan íntimas fueron en más de una ocasión

sus confidencias, que Sandoval hubo de taparle la boca.

Todo cuanto se hacía para arrancarla de aquel estado, era inútil; no

había medio de conmoverla; los nervios estaban rotos o embotados y era

imposible hacerlos vibrar.

Lo más sorprendente de aquellas crisis eran los presentimientos, las

corazonadas. Consuelo, que no veía la luz encendida delante de sus ojos,

ni oía las voces dadas cerca de ella para despertarla, experimentaba

pequeñas sensaciones inapreciables para otro cualquiera.

--En toda mi carrera de médico, y a pesar de lo mucho que he estudiado

las afecciones mentales--decía Montánchez--, he visto nada semejante: a

veces creo habérmelas con una de aquellas adivinas que el fanatismo de

la Edad Media asesinó en las hogueras inquisitoriales; a una posesa que

mantiene relaciones sobrehumanas con ese mundo fantástico que no vemos y

dicen está habitado por millones de almas de personas que ya murieron y

de otras que no han nacido aún. Porque en esos momentos, aunque Consuelo

no disfrute una vida semejante a la nuestra, tiene otra enteramente

suya, en la cual discurre con perfecta lógica; un retablo poblado de

imágenes y de escenas que ella misma dispone y al cual raras veces

llegan las luces y rumores del mundo.

Y esto era cierto, pues la joven, que parecía ajena a toda sensación

física, contraía súbitamente los ojos, como herida por una luz vivísima.

--¡Oh, qué miedo!--murmuraba--, ¿has visto, Alfonso?... Por ahí ha

pasado una sombra; será la de algún bandido; sal al balcón y llama a los

guardias, di que quieren robarte... pero no, no vayas, porque teniéndote

junto a mí estoy más tranquila. Ven, acércate, ¿dónde te escondes?...

¿Es que no quieres estar conmigo?... ¿No quieres?

Extendía las manos y sus dedos se agitaban en el aire buscando un

fantasma, un vapor impalpable, y luego cerraba los brazos apretando

entre ellos aquel ser misterioso que su imaginación la ofrecía, en tanto

su bello semblante expresaba placer y sosiego subidísimos.

Pero la sombra de que hablaba no era un antojo; Sandoval y Montánchez la

habían visto también: fué la de un coche que se dibujó fugazmente en el

techo del gabinete, o un reflejo ligerísimo que entró por la ventana,

casi nada... y, sin embargo, Consuelo la vió, puesto que sus párpados

temblaron en el preciso instante de cruzar la sombra y hasta explicó su

aparición diciendo que era la de un hombre que huía... Otras veces sus

cejas se arqueaban y permanecía inmóvil, conteniendo el aliento y

abriendo la boca para oír mejor; después se incorporaba en el lecho,

apoyándose sobre un codo y estirando el cuello, como escuchando la

revelación de algún espíritu a través del espacio infinito...

--Algo debe de impresionarla--decía Montánchez--; todos sus gestos lo

indican.

--¡Consuelo, Consuelo!--gritaba Alfonso--, ¿me oyes?

Pero la joven le rechazaba, imponiéndole silencio con el ademán,

mientras escuchaba aquellos ruidos que sólo ella percibía.

--¡Ah, sí, es él... le conozco perfectamente por el modo de andar!...

¡Qué oportunamente llega! Cuando sepa que ha entrado aquí un ladrón y

que estuve sola con él, se pondrá furioso... Sí; ya ha entrado en el

zaguán; ya empieza a subir la escalera...

En efecto, se oía ruido de pisadas.

--¡Ya viene, ya va a tocar!--exclamaba Consuelo alegremente--; voy a

abrirle.

Y como hiciese ademán de levantarse y Alfonso se lo impidiera:

--Dejadme, concho--decía--; quiero abrirle la puerta; es mi marido...

Y sus misteriosos ensueños la daban, efectivamente, la facultad de

presentir y de ver a despecho de la distancia y de los cuerpos opacos,

pues mientras decía aquello el timbre de la escalera sonaba. Las agudas

vibraciones del metal disipaban instantáneamente su ilusión; Consuelo se

entristecía, echaba la cabeza hacia atrás y volvía a tenderse en la cama

suspirando profundamente.

--¡No es él, no es él!--murmuraba--. ¡Dios mío! ¿dónde andará?... ¿Por

qué no viene?...

Transcurrido algún tiempo, la crisis disminuía y su desaparición se

indicaba por caracteres semejantes a los que fueron heraldo de su

llegada.

Empezaba a desperezarse y a bostezar, paladeaba mucho, chasqueando la

lengua como si tuviese mal sabor de boca o se la hubiera atravesado

algún cabello en la garganta, se pasaba las manos por la frente y abría

los ojos.

Al volver en sí no recordaba nada y permanecía atontada largo rato,

sorprendida de oír los detalles que su marido y el médico referían de su

accidente. No tenía conciencia de lo pasado y su memoria no hallaba

solución de continuidad entre lo último que dijo o hizo antes de perder

el conocimiento y el instante en que lo recobró, aun cuando el acceso

hubiese durado varias horas.

La buena alimentación, los largos paseos por el campo, los vasos de

leche recién ordeñada bebidos en el Retiro o en la Moncloa, y las

distracciones de que Sandoval procuró rodear a la joven, no modificaron

su salud, que, aparte de su histerismo y de sus ratos de negra

pesadumbre, era excelente.

Los primeros días de junio fueron de distracción para Consuelo; el

cumpleaños de su marido se acercaba y era preciso celebrarlo según

costumbre.

“El día grande”, como ella lo llamaba, estuvo atareadísima. Aquella

mañana fué a la joyería de Ansorena a recoger una preciosa sortija de

oro, con esmalte verde, que había encargado; luego, a una tienda de

bisutería de la calle del Príncipe; después a casa de Tournié en busca

de dulces y fiambres. Por la tarde no quiso salir de la cocina, empeñada

en preparar por sí misma los flanes y las fuentes de natillas que debían

de servirse a los postres; aquel desusado trajín y el calor de la

lumbre la rindieron, y tuvo que sentarse junto a la ventana, fatigada,

sudorosa, aventándose con el delantal.

La hora de la cena deslizóse agradablemente; el único invitado a ella

fué Montánchez. Se habló de literatura; el médico, contra lo que de un

empirista acérrimo podía esperarse, sostuvo la preeminencia de la forma

sobre el fondo.

--Si hubiera caído la caja de Pandora entre mis manos--dijo--, no la

hubiese abierto.

Después, ponderando la magnitud de sus pesadumbres, agregó:

--Aseguraba Ernesto Renán, que para leer todo lo que se ha escrito, para

amar y para escribir, se necesitan tres vidas; figuraos yo, que he

escrito bastante y leído mucho y amado mucho también, si habré sufrido

condensando las amarguras de esas tres existencias en una sola.

Después de tomar el café, y cuando los tres se disponían a prolongar en

la sala la reunión, dijo el médico:

--Sandoval es un Nabab que me ha tratado espléndidamente, pero esto no

pasa de ser una comida europea. Yo, a mi vez, deseo invitaros a una

fiesta oriental, si es que os dignáis aceptar el modesto ofrecimiento de

un persa con levita: mi festín se reducirá a algunos exquisitos licores

que yo mismo compongo, porque aquí son desconocidos; a frutas de entre

trópicos y a media docena de pipas cargadas de opio: ahí es donde

escondo los deleites de mi orgía.

--Opio he tomado una vez--repuso Sandoval--, y creí volverme loco;

después de aquel ensayo anduve atontado varios días, y prometí

contentarme con los sueños que tuviera cuando me acostase del lado

izquierdo.

--Pero yo lo sé administrar y respondo de que no sufrirás la menor

molestia.

--¡Tú no tomarás eso!--gritó Consuelo acercándose a Alfonso y

sacudiéndole por un brazo--; no lo tomarás porque es un veneno, y no

hagas caso de lo que ese hombre te diga...

--No te apures--repuso Sandoval rechazándola suavemente--; aún no ha

sucedido nada.

--Pero sucederá...

--No, mujer.

--Lo que Gabriel te brinda no es opio, es ponzoña... lo sé... me lo ha

revelado ahora mismo una voz misteriosa...

Y agregó con excitación creciente:

--¡Júramelo!... Júrame que no tomarás nada de su mano... Júrame que no

te separarás de mí ni el negro de una uña... ¡Júramelo!

Palideció.

--¡Consuelo, Consuelo!

Ella no contestó: sus labios balbucearon algunas palabras, arreboláronse

sus mejillas, se llevó las manos al corazón y empezó a vacilar.

--¡Agua, agua en seguida!...--pidió Sandoval.

Entonces Montánchez se acercó a la enferma y, cogiéndola por un brazo,

la miró fijamente a los ojos: ella exhaló un pequeño grito y quedó

inmóvil, sosteniendo la mirada del médico.

Fué una escena relámpago que apenas duró tres segundos.

--Vamos--exclamó Gabriel con aire triunfal--, al fin se presentó la

ocasión que tanto hemos buscado y pude aprovecharla. Ya está

hipnotizada.

V

Las experiencias que siguieron a esta primera sugestión se realizaron

fácilmente.

Todas las tardes iba Gabriel Montánchez a casa de Alfonso, y era tan

grande la presión que ejercía sobre el ánimo de la joven, que no

necesitaba recurrir al procedimiento de la bolita metálica, ni a ninguno

de los medios que provocan la hipnotización por fatiga: le bastaba

mirarla repentinamente a los ojos para ponerla en estado cataléptico.

Una vez dormida, Gabriel imponía su voluntad de un modo absoluto, con

sólo tocar a la enferma, obedeciendo ésta los mandatos del médico con la

pasividad de una máquina.

--Como su desarreglo nervioso--explicaba Montánchez--procede

indudablemente de atonía cerebral o medular, podemos someterla a duchas

artificiales; esto es, a duchas imaginarias o nerviosas que, sobre ser

más intensas que las naturales, ofrecen la ventaja de aumentar o

disminuir en intensidad frigorífica a mi capricho. Ya verás qué remedio

tan raro, es un baño que puede tomar el paciente sin desnudarse ni

mojarse las puntas de los pies, y de cuya dolorosa impresión no se

acuerda en cuanto recobra el dominio de sí mismo.

Durante estas sesiones Alfonso se colocaba en un ángulo del aposento,

sin hablar y comunicándose con el médico por señas, mientras Consuelo,

en los momentos de descanso, permanecía de pie en medio de la

habitación.

Gabriel se acercaba a ella y, poniéndola una mano sobre el hombro o en

la frente, decía con acento enérgico:

--¡Hace un frío horrible, estás tiritando!...

Consuelito Mendoza dudaba un momento, luego empezaba a temblar y sus

dientes castañeteaban, corría de un lado a otro, acercándose a los

muebles, buscando algún calor que mitigase el frío que penetraba sus

huesos; poco a poco la alucinación adquiría mayor fuerza y los efectos

producidos por la voluntad del operador eran conmovedores. La joven se

arrodillaba, se encogía, doblegándose y enroscándose como un gato para

calentar unas con otras las partes de su cuerpo, lanzaba quejidos

angustiosos, se azotaba los sobacos con las manos, se alentaba las

puntas de los dedos e iba encogiéndose hasta quedar tendida sobre la

alfombra hecha un ovillo, casi sin conocimiento, acometida por tiritones

intermitentes, como una mendiga que hubiese caído medio helada bajo

nieve.

Entonces palidecía hasta la lividez, sus labios perdían el color, su

nariz se amorataba y los efectos de aquel frío imaginario eran tan

reales y valederos, que casi paralizaban los movimientos respiratorios y

las palpitaciones cardíacas; y era que sus nervios, sometidos en

absoluto a la voluntad del médico, vibraban al unísono coadyuvando a

producir la misma alucinación de frío.

--En estos momentos no hay para Consuelo más mundo que el que yo quiera

poner delante de sus ojos--decía Gabriel--: y reirá hasta morir o

llorará hasta que sus ojos queden secos, si ése fuere mi gusto: es un

cuerpo que, durante la operación, no tiene más inteligencia, ni otros

sentidos, ni más voluntad, ni más conciencia que mi capricho: y mira

cómo el hipnotismo ha proclamado, en este siglo de libertades, la

esclavitud del espíritu.

Luego, cuando calculaba que aquella sensación no debía prolongarse más,

ponía una mano sobre el cuerpo de la joven, diciendo con el mismo tono

autoritario de antes:

--¡Hace un calor insoportable; estás ahogándote!...

Instantáneamente Consuelo dejaba de tiritar y se ponía de pie; el

semblante readquiría su color natural; comenzaba a pasearse con la boca

abierta, cual si la faltase aire respirable; quería abrir los balcones

y era preciso sujetarla para que no se desnudase. En menos de dos

minutos aparecían los primeros síntomas de la asfixia, y se dejaba caer

sobre una silla o en el suelo, la faz congestionada, la frente inundada

en sudor copiosísimo, la mirada inmóvil, los ojos inyectados...

Estos “baños nerviosos” sólo duraban cinco o seis minutos, pues aunque

Consuelo, al recobrar su personalidad, no se acordaba de lo hecho y

hasta se resistía a creer lo que su marido y el médico contaban, solía

quedar tan rendida que era necesario llevarla al lecho.

Una tarde Gabriel Montánchez tuvo una curiosidad.

--Alfonso--dijo--, ¿quieres que examinemos a esta criatura por dentro?

--No entiendo--repuso Sandoval.

--Propongo sondear su conciencia, lo que piensa, lo que siente, bañando

en luz cuanto lleva oculto en el corazón y detrás de la frente.

--¿Y lo dirá todo?

--Todo. Recuerdo que hace algunos años, estando en el Cairo de paso para

Grecia, conocí a Emanuele Cannezotti, un médico italiano con quien me

ligaba una amistad bastante estrecha. El hombre era partidario de las

antiguas teorías de Mésmer y de Teste, y a pesar de su poca ciencia

hipnotizaba fácilmente y disfrutaba en el Cairo de popularidad y

clientela envidiables. Me presentó a sus enfermas, porque debo

advertirte que el bigardo sólo curaba mujeres, diciendo que yo era su

primer ayudante, y desde entonces tuve derecho a acompañarle. Una vez me

propuso lo que ahora acabo de proponerte, y fingiéndose amigo íntimo de

las sugestionadas, empezó a sonsacarlas. De las confesiones resultó que

casi todas le querían, porque el dichoso italiano era guapo mozo; pero,

chico... al ayudante le querían más. Excuso decirte que no desaproveché

estas revelaciones, y aunque mi amigo lo supo, probablemente nos

hubiéramos separado bien, de haber yo respetado a su favorita: mi

traición le puso fuera de sí, y con energía y coraje propios de un

italiano, me pidió explicaciones una tarde que paseábamos por las

afueras de la ciudad: yo no quise dárselas, reñimos y le arrojé al Nilo;

un chapuzón nada más... Ahora la cuestión es muy diferente, pero siempre

gusta violar el alma de una mujer.

--Probemos--exclamó Sandoval--, aunque me parece que Consuelo no tiene

un pensamiento que yo desconozca.

--Sin embargo--dijo Montánchez cambiando súbitamente de tono--, si se

tratase de otra persona diría que todos estamos más o menos podridos por

dentro, y que las sentinas no deben revolverse porque huelen mal; pero

siendo Consuelo un espíritu puro, me limito a aconsejarte que no la

analices; no por ti... ¡dichoso tú, que puedes confiar en la persona a

quien amas!... Sino por mí, que podría descubrir, sin procurarlo, algún

secreto íntimo.

--No tengas escrúpulos; si Consuelo revela alguna intimidad, ni tú ni yo

hemos de asustarnos; por tanto...

--Pues descendamos al fondo de su alma: verás qué pronto sabemos lo que

guarda su conciencia.

Cogió a la joven por una mano y exclamó con tono imperativo:

--Di lo que piensas de tu marido; si le quieres mucho, si le amas ahora

más que el día en que te casaste con él; y di también lo que te parece

Gabriel Montánchez.

Como si las ideas estuviesen guardadas en vasijas y el médico hubiera

abierto al mismo tiempo las llaves de todas ellas, así empezaron a manar

de labios de Consuelo torrentes de palabras, de ideas y de confesiones

encantadoras.

Los dos hombres, sentados delante de ella, escuchaban silenciosos.

--Es la primera vez, y quizá la última--advirtió Montánchez--, que una

persona, mayor de veinte años, dice cuanto piensa y siente con entera

franqueza; aprovechemos, pues, tan feliz actualidad, porque es un

milagro de muy difícil repetición.

Consuelo hablaba dirigiéndose a aquel ser impersonal que la

sugestionaba.

A su marido le quería ciegamente, con frenesí, como ninguna mujer amó a

su esposo; por él daría su vida, su felicidad futura, toda la sangre de

su venas; era el hombre más simpático, el más elegante, el más

ilustrado, el más valiente de cuantos había conocido; era imposible

concebir un tipo que sobrepujase en belleza física y en cualidades

morales a su Alfonso, al Alfonsito de su alma...

La enferma: novela · 第 6 / 15 段