La última fecha conservada en la memoria del médico era la del cinco de

diciembre, día en que se parapetó en su casa con el propósito firme de

renunciar al mundo: a partir de allí, la realidad y la ficción se

fundían en inextricable laberinto y, como sus paseos eran poco

frecuentes, la ilusión persistió. La única persona que de tarde en tarde

le visitaba, era Alfonso Sandoval, su amigo íntimo. Éste procuró

arrancarle de la cabeza aquel inútil “odio al tiempo”, hablándole de su

próximo enlace con Consuelo Mendoza, recordándole las bellezas del

mundo y la posibilidad de matrimoniar con una joven guapa y rica, que le

colmase de comodidades y de muchachos.

--Hay que cumplir los preceptos divinos--decía Sandoval--, y ya que no

estamos en edad de crecer, debemos multiplicarnos para dejar a Dios

contento.

Montánchez, indiferente, alzábase de hombros.

--El mundo--decía--me hizo mucho daño; no quiero saber de él.

Así vivía, retraído, a solas con sus autores y sus ensueños de sabio,

luchando, ya que no por la inmortalidad del cuerpo, sí por la del

hombre, en aquella mansión fantástica, remedo exacto de la eternidad,

rodeado de libros y de objetos inmutables.

Este cambio radical de costumbres modeló notablemente los principales

rasgos fisonómicos del médico.

Tenía los labios finos, la nariz aguileña, la cara cuidadosamente

afeitada, conservando aún la fresca gallardía y desenvoltura de sus

buenos tiempos de galán, pero sin olvidar la sangre fría y el aplomo

propios del hombre de mundo.

Pero donde los efectos del trabajo mental se revelaron más

poderosamente, fué en su mirada enérgica, fascinante, dotada de una

fuerza magnética irresistible: había en ella algo sobrenatural y

misterioso que infundía miedo, horizontes inmensos, relampagueos

deslumbrantes de genio y de luz. Todas las actividades de su cuerpo

estaban concentradas en los ojos: el fuego y las pasiones de la juventud

dieron a su mirada la expresión de la audacia y del desprecio; la

ciencia y el estudio, la mansedumbre y la profundidad; era una mirada

fría y dura, dotada de fijeza mortificante, que acariciaba sondeando.

Aquellos ojos eran el terror de Consuelito Mendoza; eran los ojos que

tenía el muñeco vestido de tafetán verde de su pesadilla, y los que

algunas veces vió en sus horas de ensueño. A su juicio, el poseedor de

tales ojos no podía ser bueno.

Aquella mañana, Sandoval salió de su casa en busca de Montánchez: caía

una lluvia menudita, que el viento pulverizaba.

Al cruzar la Puerta del Sol miró el reloj del ministerio de la

Gobernación; eran las ocho. Cambió el paraguas a la mano izquierda y

llevóse la derecha a la boca para alentar sobre ella e infundirla calor;

después la guardó en el bolsillo del pantalón apretando mucho los dedos

unos contra otros. Al entrar en la calle Montera oyó una voz estentórea

que pregonaba: “¡Café caliente!...” Y vió un grupo de vendedores de

periódicos, colilleros, barrenderos y agentes de orden público, reunidos

alrededor de un hombrecillo regordete que sacaba un brevaje obscuro y

humeante de una no muy limpia cantimplora de hojalata, colocada sobre un

braserillo. Aquel cuadro de costumbres madrileñas trajo a Sandoval

recuerdos de otros tiempos.

Iba caminando maquinalmente hacia la calle de Hortaleza y abarcando los

detalles del cuadro. A su lado pasaban algunos obreros de prisa, con la

gorra sobre las cejas, la nariz amoratada por el frío, la americanilla

abrochada, los brazos cruzados sobre el pecho y las manos bajo los

sobacos, para calentárselas con el calor del propio cuerpo; criadas

madrugadoras que iban a la plaza envueltas en densos mantones a cuadros,

y grupos de barrenderos que quitaban la nieve de la noche anterior con

las mangas de riego y las escobas. Las puertas de los comercios se

abrían con estrépito y a ellas salían los horteras, con sus redondas

cabezas y sus semblantes inexpresivos, el centímetro alrededor del

cuello y las tijeras en el bolsillo; parados con las piernas abiertas y

frotándose sin cesar sus manos cuajadas de sabañones, miraban ufanos a

las mujeres transeúntes. Las porteras barrían sus zaguanes, quitando el

barro y sacudiendo las paredes, y los visillos de algunas ventanas se

corrían descubriendo caras macilentas que aún conservaban en las

mejillas las señales de la almohada.

Sandoval, agradablemente sorprendido por un espectáculo que, por

perezoso y dormilón, veía pocas veces, ambulaba recomponiendo un mundo

de memorias.

Recordó los años en que su padre le obligaba a ir todas las mañanas a

un colegio de primera enseñanza situado en la calle del Pez, esquina a

la de Pozas, y donde tenían que habérselas, él y sus condiscípulos, con

un cura que les abofeteaba y vejaba sin motivo. A las siete en punto la

criada iba a despertarle: ¡horrible iniquidad!... Él procuraba eludir la

orden todo lo posible, seducido por el calor del lecho, la

semiobscuridad encantadora de la habitación y el ruido de la lluvia;

pero a las siete y cuarto volvían a llamarle y luego a las siete y

media... A las ocho no había salvación; su padre en persona iba a

visitarle armado con un jarro lleno de agua recién sacada de la fuente,

amenazándole con echársela por la espalda si no se levantaba en seguida.

Después, tras un buen chapuzón, le vestían su trajecito marinero, le

daban un pocillo de chocolate y una ensaimada, le ponían su boina, le

terciaban a la espalda la cartera de los libros y le echaban a la calle.

Y recordó también las noches que aprovechaba estudiando las lecciones de

Gramática, de Historia o de Aritmética, del siguiente día; el repaso que

les daba camino del colegio, los cinco céntimos de castañas asadas que

siempre compraba al salir de su casa, no sólo por el gusto de comerlas,

sino para calentarse con ellas las manos; el invariable mal humor del

presbítero pedagogo, los insultos, los pescozones recibidos, muchas

veces injustamente; y luego las correrías hechas con otros chicos por

las orillas del Manzanares, las riñas con las lavanderas, las peleas con

los granujillas del barrio de Pozas y de la Moncloa, y la ovación que le

tributaron sus compañeros de hazañas una tarde en que luchó y venció a

dos pilletes en la Fuente de la Teja.

De estas excursiones clandestinas regresaba entre seis y siete de la

tarde, y a esa hora se iba por las calles de Fuencarral y Montera muy

despacito, parándose embelesado ante los escaparates de las tiendas, con

la gorrilla encasquetada, las manos en los bolsillos del pantalón y la

bufanda muy levantada alrededor del cuello.

Los comercios que más le cautivaban eran los de juguetes y los de

cuadros, sobre todo si éstos representaban batallas o cacerías; y luego,

dentro de esos mismos establecimientos, se aficionó a determinados

objetos. Había, por ejemplo, en la calle Caballero de Gracia, un cuadro

representando una carga de coraceros franceses, que le gustaba

apasionadamente; la cara de los jinetes, la actitud de un oficial

herido, la posición de los caballos, los accidentes del terreno, el

color del cielo, de todos los detalles se acordaba: este grabado y un

teatro de fantoches expuestos en la vidriera de Medel, fueron los dos

mayores caprichos de su niñez. Habló de ellos en su casa, y como cuantas

diligencias hizo por adquirirlos resultaron inútiles, hubo de resignarse

a ver sus dos codiciados juguetes a distancia y a través de un cristal.

La tarde en que uno y otro, teatro y cuadro, desaparecieron, fue para él

tristísima; perdió el apetito, la alegría y el color, se le marcaron las

ojeras, recibió una azotaina paternal y hubo de tomar una purga.

En este detalle, aunque con variantes leves, la niñez de Consuelito

Mendoza y de Alfonso, se parecían.

Cuando Sandoval llegó a casa del médico, supo que éste se había acostado

pocas horas antes, y entonces pasó al despacho a esperar que fuese más

tarde.

El estudio del médico era un vasto salón con dos balcones a la calle

Hortaleza, decorado con magníficos muebles de felpa, color verde musgo.

Todos los detalles indicaban que la noche anterior el trabajo se

prolongó hasta muy tarde: sobre la mesa había un manojo de cuartillas

escritas y varios libros abiertos y con las márgenes plagadas de

anotaciones; el tintero estaba destapado, las plumas diseminadas aquí y

allá, el depósito del quinqué casi vacío; en todo el cuarto se percibía

un fuerte olor a petróleo y al carbón quemado en la chimenea.

Sandoval empezó a revolver cuartillas y vió que Gabriel se ocupaba en

componer una Memoria acerca del medio mejor y más seguro de provocar el

sueño hipnótico, y los peligros a que la ineptitud del operador expone

a las personas sugestionadas. Los otros manuscritos también trataban

asuntos puramente científicos.

Entonces cogió un número de la revista “Ambos Mundos” y fué a sentarse

junto a la chimenea; sobre ésta vió una gran cabeza de cartón que

explicaba el sistema frenológico de Gall, y el cráneo de un mono metido

en una urna. Aparte de un magnífico cuadro al óleo que representaba a

Cleopatra probando el poder de sus venenos en sus esclavas, las paredes

estaban adornadas por cuadros anatómicos: uno de ellos figuraba un

esqueleto en actitud de correr; otro, los lóbulos del cerebro; los demás

un hombre de espaldas y sin epidermis, enseñando el complicado mecanismo

de los músculos dorsales; y otro de frente, con el pecho y el abdomen

abiertos, y mostrando los órganos interiores; bronquios, pulmones,

diafragma, estómago, intestinos; aquella figura, que presentaba la

cabeza vuelta hacia un lado para descubrir mejor las venas y tendones

del cuello, parecía exhalar un olor nauseabundo y tenía una expresión

tan grande de dolor, que inspiraba asco y miedo. En un ángulo había un

esqueleto verdadero y un armario abastado de órganos de cartón; brazos,

piernas y caderas que parecían manar sangre, y multitud de caras

contraídas por muecas horribles.

Cansado de estar solo, Alfonso decidió despertar a su amigo, y allanó el

gabinete que Montánchez había convertido en laboratorio; allí estaban

las pilas de Volta, la máquina de Ramsden, metida en su funda de tela

gris, un sillón-cama para operaciones y reconocimientos obstétricos, y

buen número de vasijas de vidrio, frascos y tubos de reactivos colocados

en hilera a lo largo de la pared; una marmita de Papín, dos alambiques,

varias retortas, barómetros, higrómetros y un estantito lleno de

minerales, cada uno en su cajita de cartón y con su etiqueta

correspondiente.

Sandoval, sin fijarse en aquellos objetos, asomó la cabeza bajo los

cortinajes. Al fondo, tendido sobre una amplia cama de hierro, dormía

Montánchez: su rostro, habitualmente pálido, aparecía más delgado y

largo que de costumbre, y las arrugas de las mejillas daban a su

fisonomía la cansada expresión de los Cristos yacentes.

Alfonso se acercó al lecho y exclamó alegremente cogiéndole la mano que

tenía al descubierto:

--¡Despierta, hombre ilustre, que la ciencia y la amistad te reclaman!

Montánchez se estremeció ligeramente y entreabrió sus ojos serenos y

tranquilos.

--¡Cuánto he trabajado!--murmuró.

Sentado al borde de la cama, Sandoval expuso compendiosamente y sin

preámbulos el objeto de su visita: Consuelo estaba peor, de día en día

sus males se agravaban, a ratos sus nervios se exacerbaban de tal modo,

que había serios motivos para temer por la salud de su razón.

Gabriel se había quedado muy serio y oía atentamente.

--¿Ha sufrido en estos últimos meses alguna crisis violenta?--preguntó.

Sandoval comenzó a referir cuantos detalles recordaba que podían

contribuir a esclarecer la índole de la enfermedad. Describió la niñez

de Consuelo, el susto a que aquellos padecimientos parecían referirse,

las ocupaciones a que se entregaba, su afición a la lectura y al teatro,

sus ensueños y sus extravagantes supersticiones. Cuando refirió el

ahinco que la joven puso en ser azotada, Montánchez no pudo abstenerse

de sonreír.

--Todo eso--comentó--es muy serio y muy interesante, y acusa los

gérmenes de un grave desarreglo mental cuyos progresos debemos corregir

antes que echen nuevas y más robustas raíces. La gran dificultad que

ofrecen estas enfermedades es que ninguna de ellas presenta rasgos

característicos constantes, sino que en su misma naturaleza va envuelta

la vaguedad y multiplicidad de formas; lo inestable, lo anómalo, lo que

está fuera del curso natural de las cosas, es lo único que hay en ellas

de permanente. En estos casos los pobres médicos caminamos sin luz,

expuestos a caer a cada paso, de misterio en misterio, y es evidente que

el diagnóstico de la enfermedad no puede hacerse en tanto no haya una

base segura de dónde partir.

Sandoval agregó nuevos pormenores.

--Todos son datos que merecen tenerse en cuenta--dijo Montánchez--, pues

aun cuando considerados aisladamente valgan poco, su conjunto constituye

la historia de una enfermedad. Consuelo es una desequilibrada; su

cerebro nació defectuoso o ha sufrido una alteración por efecto del

susto de que antes hablabas, y los síntomas de ese desequilibrio son los

que necesito conocer para remontarme por derechos caminos al origen o

matriz de la enfermedad.

Alfonso continuó narrando minuciosamente la vida íntima de su hogar, no

omitiendo ninguna particularidad, ni aun las más secretas y calladas,

con la confianza ciega del que habla delante del médico y del amigo.

Montánchez le escuchaba, murmurando como si dialogase consigo mismo:

--¡Es extraño todo eso!...

Y añadió:

--¿Sabes si tiene alguna manía constante?

--Manías tiene muchísimas, pero permanente creo que ninguna.

--¿No sorprendiste en ella alguno de esos extravismos del gusto que

impulsan a ciertos enfermos a comer pedacitos de barro o granos de

café?... ¿O si muestra deseo o aversión inmotivada hacia determinados

objetos o personas?

Sandoval vaciló.

--Hasta hoy nada he notado, pero en lo sucesivo me fijaré... Aunque

ahora se me ocurre una idea que confiaré sin rebozo, porque a ti poco

debe importarte. Consuelo no te quiere.

--¿No me quiere?... ¿Cómo lo sabes?

--Ella misma me lo ha dicho; no sólo no te quiere, sino que te aborrece

con ese ardor salvaje que pone en sus menores afectos.

--Pues no lo entiendo.

--Y lo entenderás menos sabiendo que ella me confesó muchas veces que

eres guapo y que tienes buen trato y mucho talento; pues a pesar de

comprender tus excelencias, sigue odiándote.

--He ahí un mal precedente para que yo pueda curarla con fortuna--dijo

Gabriel--, porque empezará a mostrarse rebelde a mis tratamientos, y el

enfermo que aborrece a su médico es como el chico que detesta a su

maestro, que no aprenderá nunca lo que éste pretenda enseñarle. Tu

revelación me contraría mucho; no por mí, sino por ella, pues tratándose

de enfermedades nerviosas en las cuales las impresiones lo pueden todo,

los peligros de la antipatía se multiplican en un cincuenta por ciento.

--No importa--repuso Sandoval levantándose--, quiero que la veas antes

que ningún otro médico; ahora te dejo para volver a casa, donde te

espero a las...

--Calla--interrumpió Montánchez--, ya sabes que los relojes y yo no nos

entendemos; explícaselo a mi ama de llaves y ella cuidará de llamarme.

--¿Seguramente?

--Seguramente.

Alfonso salió, corriendo los cortinones que separaban la alcoba del

gabinete; y Montánchez quedó sumido en esa semiobscuridad aliada

poderosa del sueño; luego encendió un cigarrillo y se puso a fumar

sosegadamente mirando al techo. El humo producía en su cerebro, según

las circunstancias, dos efectos contrarios; unas veces le excitaba,

otras le adormecía; pero entonces el silencio y aquella atmósfera

cargada de olor a tabaco, consiguieron emborracharle, las ideas

perdieron su lucidez y la realidad desapareció lentamente bajo gasas

impalpables.

Montánchez tiró el cigarro a medio apurar.

--¿Por qué me odiará esa mujer?...--dijo.

Y se quedó profundamente dormido.

Cuando Sandoval llegó a su casa encontró a Consuelo desayunándose.

--Hola, flor de la maravilla--exclamó--, ¿ya te levantaste a dar guerra?

--¿Dónde has ido?

--A la calle.

--Necesito saber a qué sitio.

--Aquí estamos perfectamente--dijo Alfonso acercando una butaca a la

chimenea recién encendida--; fuera hace un frío inaguantable.

--¡Concho!... ¿Quieres responder a lo que pregunto?... Estoy hablándote.

--¿Me convidas a chocolate?

--Vaya usted a paseo.

--Dame, una sopita siquiera, tragaldabas.

--Hasta que no digas lo que has hecho, no te miro a la cara, eso

mismo... ni te dejo catar el chocolate.

--¡Ah! pues, tienes razón... ¡Pícara cabeza la mía!... He visto a

Gabriel.

--¿A ese albéitar indecoroso?

--Al mismo; y no ponga usted esa carita porque no hay motivos para

tanto.

--¡Lástima de albarda!

--Sí, señora doña Consuelito Mendoza; fuí a eso; a decirle que te riña y

te meta en cintura.

--¡Pues que se ande con tiento!

--¿Qué ibas a hacerle?

--¡Reventarle, concho!... Mira... si entrase ahora, le tiraba el pocillo

a la cabeza. Yo no quiero ver más a ese tío, eso es; porque ese hombre

es un tío y quiera Dios que alguna vez no andes a trastazos con ese

amigote de los infiernos.

--Ya no hay remedio, princesa; Montánchez vendrá dentro de algunas horas

a tomarte el pulso y a mirarte la lengua; le he referido nuestra vida

íntima sin omitir un detalle, ¿entiendes? ni uno solo... y el muy pillo

se ha reído bastante.

--¡Asqueroso!

Alfonso se acercó a ella y quiso darle un beso; ella se defendió; al

fin, las dulces paces quedaron hechas.

Entonces Consuelo se levantó muy solícita, le trajo una zapatillas para

que se quitara el calzado húmedo y se abrigase bien los pies, y obligóle

a vestirse una dulleta con cuello y bocamanga de pieles; luego, por

tenerle más cerca, le hizo sentar a su lado, en una banqueta.

--Ponte aquí--dijo.

Él obedeció, quedándose con las piernas extendidas casi horizontalmente,

el cuerpo entre las rodillas de la joven y la cabeza caída sobre sus

faldas. Viéndole en tal posición, Consuelo, presa de un violento acceso

de ternura, empezó a despeinarle suavemente, besándole.

--¡Qué guapo eres!--decía--. ¡Qué bien estás así!... No hay quien tenga

tus cejas, ni tus ojos, ni tus pestañas, ni una nariz como la tuya...

Ese Apolo de que hablan los libros no valía lo que este mechón que

tienes sobre la frente. ¡Concho, si la señora Venus te hubiese cogido

por su vereda, buenos ratos hubiera pasado contigo, diosa y todo!... Así

te quiero yo, por supuesto, que estoy lela en cuanto te veo y no vivo si

no es pensando en ti. ¿Y tú, también me quieres mucho, verdad?... ¿Y

andarás siempre conmigo y no te juntarás con nadie, eh?... ¿Verdad que

no?... Bueno, ¡concho, contesta pronto, ya me había asustado!... Parece

que fué ayer cuando nos casamos. Entonces te quería mucho, muchísimo,

¡ya lo creo! como que pasaba las noches leyendo tus cartas a hurtadillas

de mi padre; pero ahora te amo más y con mayor tranquilidad, porque eres

mío, mío sólo. ¡Uy!... esto de poder llamarte Alfonso mío, maridito mío,

delante de todo el mundo, me llena la boca y el corazón. ¡Quia! tú no

sabes lo que te quiero; vosotros, los hombres, por muy apasionados que

seáis, siempre tenéis en el pecho un pedacito de corcho.

Y añadió:

--¡Quién te quiere a ti!

Sandoval, que ya sabía la forma de este interrogatorio, repuso:

--Mi burra.

--¿Tu burra chiquinina?...

--Ella solita.

--¿Y tú, a quién quieres?

--A ti y a dos niñas que tengo en los ojos y son tan guapas y tan

monísimas como tú.

--Pues yo a ti y a los Alfonsitos de mis pupilas. Dios mío, ¿por qué no

tendré muchas bocas para besarte al mismo tiempo en muchos sitios? Y

esta pasión que por ti siento es contagiosa, pues la extiendo a los

objetos de tu propiedad; y así quiero más a tus trajes viejos que a los

recién traídos de la sastrería, con los cuales aún no tengo confianza.

¡Esto sí que es querer!... Tengo celos de tu camisa, de tu chaleco, de

tu corbata, de todo, concho, lo que llevas encima; ninguno de esos

chismes se separa de ti, te acompañan a todas partes, corretean las

calles contigo, van al casino... ¡Quién fuera petaca o botón de camisa

para custodiarte y fisgarlo todo!... Hay el inconveniente de que cuando

una elástica se rompe se tira, pero no importa... Yo cambiaría treinta

años de vida por cinco, con tal de pasar éstos pegadita a tu cuerpo como

una pieza de punto...

Volvió a besarle los ojos y la boca.

--¡No hay en el mundo nadie como tú; nadie, nadie!...

Sandoval se dejaba mimar, sonriendo y sin devolver aquel diluvio de

caricias.

--Oye, Alfonsito--dijo de pronto la joven--, ¿quieres referirme un

cuento?

--¡Un cuento!--exclamó él aterrado--. ¡Para romances tengo la cabeza!...

--¿Entonces, lo cuento yo? Y eso que, según vosotros, la mía está medio

descompuesta.

--¡Bravo, me parece muy requetebién! ¡Desembucha!

--Te advierto que es largo.

--No importa; aunque tenga más rabo que el diablo, lo oiré con gusto.

--Bueno, verás qué bonito es... pero no vayas a reírte, porque entonces

no lo concluyo y te dejo con las ganas de saber el desenlace.

--Espera a que encienda este cigarrillo.

Sandoval se acordaba en tales momentos de la vida en Persia y Arabia,

porque, a pesar de la estación y de la capa de nieve que cubría las

calles, había en aquel cuadro algo orientalesco, que hacía soñar con

las solitarias palmeras del desierto y los harenes musulmanes.

--Pues, señor--empezó Consuelo--, una mañana supo el gallo Pinto que su

amigo Periquito se casaba y quiso ir a la boda: para ello se lavó de

patas a cresta, se arregló las plumas y salió al campo; en la misma

puerta del corral encontró un cajón muy grande, lleno de trigo.

--Concho--pensó el gallo--; si como trigo se me ensuciará el pico y los

que me vean comprenderán que soy un tragón y se reirán de mí. Pero pudo

más el hambre que sus escrúpulos, y picotazo va, picotazo viene, dejó la

caja sin un solo granito, pensando que ya tendría ocasión favorable de

limpiarse el pico por el camino. Conque siguió andando, hasta que vió

una malva y dijo:

--Malva, limpia el pico del gallo Pinto para ir a la boda de Periquito.

Y la malva no quiso. Entonces continuó caminando muy triste, y a poco

rato encontró un borrego y le dijo:

--Borrego, cómete la malva que no quiso limpiar el pico del gallo Pinto

para ir a la boda de Periquito. Y tampoco quiso. Prosiguió su camino, y

al ver un lobo le dijo:

--Lobo, muerde al borrego que se negó a comer la malva que no quiso

limpiar el pico del gallo Pinto para ir a la boda de Periquito. Y

tampoco quiso...

Y por este estilo continuó hilvanando una retahila de nombres:

sucesivamente el gallo, héroe de tan conmovedora narración, fué

encontrando un perro, un palo, un haz de leña ardiendo, un río y un

burro, y a cada nuevo tropiezo volvía a repetir todo el rosario de

palabras que precedían, lo cual causaba efectos soporíferos decisivos.

Era una historia infantil que aprendió siendo niña, cuando iba al

colegio, y que frecuentemente se complacía en recordar para distraer a

su marido.

Alfonso cerró los ojos, dando muestras evidentes de cuán poco le

importaba saber lo que le acaeció al gallo del cuento en su accidentada

peregrinación.

Cuando Consuelo acabó de hablar, él parecía dormir; ella contemplóle en

silencio, después le rodeó la cabeza con sus brazos y empezó a

apretársela contra el pecho, mientras le prodigaba cariñosos epítetos;

pasado este segundo arrebato de ternura, abrió los brazos separándose

para mejor ver al amado, que continuaba con los ojos herméticos: la

joven lanzó un grito y Sandoval se incorporó sobresaltado.

--¿Qué sucede, mujer?--dijo--. Me has dejado sin sangre en el cuerpo.

--¡Jesús, concho--repuso ella lloriqueando--, qué susto tan grande! Como

te di un abrazo tan largo y tan fuerte... Pensé haberte ahogado.

La miró sonriendo, pero se convenció de que hablaba formalmente, porque

estaba pálida y con las manos frías.

Por la tarde, a la hora de costumbre, Sandoval cogió el gabán y el

sombrero para salir, y ella, contra lo que en semejantes ocasiones

sucedía, no opuso la menor resistencia: acompañóle hasta la puerta de la

escalera, puso la frente para recibir el beso de despedida, y retiróse

al gabinete después de dar orden a su doncella de no recibir a nadie.

La enferma: novela · 第 3 / 15 段