diciembre, día en que se parapetó en su casa con el propósito firme de
renunciar al mundo: a partir de allí, la realidad y la ficción se
fundían en inextricable laberinto y, como sus paseos eran poco
frecuentes, la ilusión persistió. La única persona que de tarde en tarde
le visitaba, era Alfonso Sandoval, su amigo íntimo. Éste procuró
arrancarle de la cabeza aquel inútil “odio al tiempo”, hablándole de su
próximo enlace con Consuelo Mendoza, recordándole las bellezas del
mundo y la posibilidad de matrimoniar con una joven guapa y rica, que le
colmase de comodidades y de muchachos.
--Hay que cumplir los preceptos divinos--decía Sandoval--, y ya que no
estamos en edad de crecer, debemos multiplicarnos para dejar a Dios
contento.
Montánchez, indiferente, alzábase de hombros.
--El mundo--decía--me hizo mucho daño; no quiero saber de él.
Así vivía, retraído, a solas con sus autores y sus ensueños de sabio,
luchando, ya que no por la inmortalidad del cuerpo, sí por la del
hombre, en aquella mansión fantástica, remedo exacto de la eternidad,
rodeado de libros y de objetos inmutables.
Este cambio radical de costumbres modeló notablemente los principales
rasgos fisonómicos del médico.
Tenía los labios finos, la nariz aguileña, la cara cuidadosamente
afeitada, conservando aún la fresca gallardía y desenvoltura de sus
buenos tiempos de galán, pero sin olvidar la sangre fría y el aplomo
propios del hombre de mundo.
Pero donde los efectos del trabajo mental se revelaron más
poderosamente, fué en su mirada enérgica, fascinante, dotada de una
fuerza magnética irresistible: había en ella algo sobrenatural y
misterioso que infundía miedo, horizontes inmensos, relampagueos
deslumbrantes de genio y de luz. Todas las actividades de su cuerpo
estaban concentradas en los ojos: el fuego y las pasiones de la juventud
dieron a su mirada la expresión de la audacia y del desprecio; la
ciencia y el estudio, la mansedumbre y la profundidad; era una mirada
fría y dura, dotada de fijeza mortificante, que acariciaba sondeando.
Aquellos ojos eran el terror de Consuelito Mendoza; eran los ojos que
tenía el muñeco vestido de tafetán verde de su pesadilla, y los que
algunas veces vió en sus horas de ensueño. A su juicio, el poseedor de
tales ojos no podía ser bueno.
Aquella mañana, Sandoval salió de su casa en busca de Montánchez: caía
una lluvia menudita, que el viento pulverizaba.
Al cruzar la Puerta del Sol miró el reloj del ministerio de la
Gobernación; eran las ocho. Cambió el paraguas a la mano izquierda y
llevóse la derecha a la boca para alentar sobre ella e infundirla calor;
después la guardó en el bolsillo del pantalón apretando mucho los dedos
unos contra otros. Al entrar en la calle Montera oyó una voz estentórea
que pregonaba: “¡Café caliente!...” Y vió un grupo de vendedores de
periódicos, colilleros, barrenderos y agentes de orden público, reunidos
alrededor de un hombrecillo regordete que sacaba un brevaje obscuro y
humeante de una no muy limpia cantimplora de hojalata, colocada sobre un
braserillo. Aquel cuadro de costumbres madrileñas trajo a Sandoval
recuerdos de otros tiempos.
Iba caminando maquinalmente hacia la calle de Hortaleza y abarcando los
detalles del cuadro. A su lado pasaban algunos obreros de prisa, con la
gorra sobre las cejas, la nariz amoratada por el frío, la americanilla
abrochada, los brazos cruzados sobre el pecho y las manos bajo los
sobacos, para calentárselas con el calor del propio cuerpo; criadas
madrugadoras que iban a la plaza envueltas en densos mantones a cuadros,
y grupos de barrenderos que quitaban la nieve de la noche anterior con
las mangas de riego y las escobas. Las puertas de los comercios se
abrían con estrépito y a ellas salían los horteras, con sus redondas
cabezas y sus semblantes inexpresivos, el centímetro alrededor del
cuello y las tijeras en el bolsillo; parados con las piernas abiertas y
frotándose sin cesar sus manos cuajadas de sabañones, miraban ufanos a
las mujeres transeúntes. Las porteras barrían sus zaguanes, quitando el
barro y sacudiendo las paredes, y los visillos de algunas ventanas se
corrían descubriendo caras macilentas que aún conservaban en las
mejillas las señales de la almohada.
Sandoval, agradablemente sorprendido por un espectáculo que, por
perezoso y dormilón, veía pocas veces, ambulaba recomponiendo un mundo
de memorias.
Recordó los años en que su padre le obligaba a ir todas las mañanas a
un colegio de primera enseñanza situado en la calle del Pez, esquina a
la de Pozas, y donde tenían que habérselas, él y sus condiscípulos, con
un cura que les abofeteaba y vejaba sin motivo. A las siete en punto la
criada iba a despertarle: ¡horrible iniquidad!... Él procuraba eludir la
orden todo lo posible, seducido por el calor del lecho, la
semiobscuridad encantadora de la habitación y el ruido de la lluvia;
pero a las siete y cuarto volvían a llamarle y luego a las siete y
media... A las ocho no había salvación; su padre en persona iba a
visitarle armado con un jarro lleno de agua recién sacada de la fuente,
amenazándole con echársela por la espalda si no se levantaba en seguida.
Después, tras un buen chapuzón, le vestían su trajecito marinero, le
daban un pocillo de chocolate y una ensaimada, le ponían su boina, le
terciaban a la espalda la cartera de los libros y le echaban a la calle.
Y recordó también las noches que aprovechaba estudiando las lecciones de
Gramática, de Historia o de Aritmética, del siguiente día; el repaso que
les daba camino del colegio, los cinco céntimos de castañas asadas que
siempre compraba al salir de su casa, no sólo por el gusto de comerlas,
sino para calentarse con ellas las manos; el invariable mal humor del
presbítero pedagogo, los insultos, los pescozones recibidos, muchas
veces injustamente; y luego las correrías hechas con otros chicos por
las orillas del Manzanares, las riñas con las lavanderas, las peleas con
los granujillas del barrio de Pozas y de la Moncloa, y la ovación que le
tributaron sus compañeros de hazañas una tarde en que luchó y venció a
dos pilletes en la Fuente de la Teja.
De estas excursiones clandestinas regresaba entre seis y siete de la
tarde, y a esa hora se iba por las calles de Fuencarral y Montera muy
despacito, parándose embelesado ante los escaparates de las tiendas, con
la gorrilla encasquetada, las manos en los bolsillos del pantalón y la
bufanda muy levantada alrededor del cuello.
Los comercios que más le cautivaban eran los de juguetes y los de
cuadros, sobre todo si éstos representaban batallas o cacerías; y luego,
dentro de esos mismos establecimientos, se aficionó a determinados
objetos. Había, por ejemplo, en la calle Caballero de Gracia, un cuadro
representando una carga de coraceros franceses, que le gustaba
apasionadamente; la cara de los jinetes, la actitud de un oficial
herido, la posición de los caballos, los accidentes del terreno, el
color del cielo, de todos los detalles se acordaba: este grabado y un
teatro de fantoches expuestos en la vidriera de Medel, fueron los dos
mayores caprichos de su niñez. Habló de ellos en su casa, y como cuantas
diligencias hizo por adquirirlos resultaron inútiles, hubo de resignarse
a ver sus dos codiciados juguetes a distancia y a través de un cristal.
La tarde en que uno y otro, teatro y cuadro, desaparecieron, fue para él
tristísima; perdió el apetito, la alegría y el color, se le marcaron las
ojeras, recibió una azotaina paternal y hubo de tomar una purga.
En este detalle, aunque con variantes leves, la niñez de Consuelito
Mendoza y de Alfonso, se parecían.
Cuando Sandoval llegó a casa del médico, supo que éste se había acostado
pocas horas antes, y entonces pasó al despacho a esperar que fuese más
tarde.
El estudio del médico era un vasto salón con dos balcones a la calle
Hortaleza, decorado con magníficos muebles de felpa, color verde musgo.
Todos los detalles indicaban que la noche anterior el trabajo se
prolongó hasta muy tarde: sobre la mesa había un manojo de cuartillas
escritas y varios libros abiertos y con las márgenes plagadas de
anotaciones; el tintero estaba destapado, las plumas diseminadas aquí y
allá, el depósito del quinqué casi vacío; en todo el cuarto se percibía
un fuerte olor a petróleo y al carbón quemado en la chimenea.
Sandoval empezó a revolver cuartillas y vió que Gabriel se ocupaba en
componer una Memoria acerca del medio mejor y más seguro de provocar el
sueño hipnótico, y los peligros a que la ineptitud del operador expone
a las personas sugestionadas. Los otros manuscritos también trataban
asuntos puramente científicos.
Entonces cogió un número de la revista “Ambos Mundos” y fué a sentarse
junto a la chimenea; sobre ésta vió una gran cabeza de cartón que
explicaba el sistema frenológico de Gall, y el cráneo de un mono metido
en una urna. Aparte de un magnífico cuadro al óleo que representaba a
Cleopatra probando el poder de sus venenos en sus esclavas, las paredes
estaban adornadas por cuadros anatómicos: uno de ellos figuraba un
esqueleto en actitud de correr; otro, los lóbulos del cerebro; los demás
un hombre de espaldas y sin epidermis, enseñando el complicado mecanismo
de los músculos dorsales; y otro de frente, con el pecho y el abdomen
abiertos, y mostrando los órganos interiores; bronquios, pulmones,
diafragma, estómago, intestinos; aquella figura, que presentaba la
cabeza vuelta hacia un lado para descubrir mejor las venas y tendones
del cuello, parecía exhalar un olor nauseabundo y tenía una expresión
tan grande de dolor, que inspiraba asco y miedo. En un ángulo había un
esqueleto verdadero y un armario abastado de órganos de cartón; brazos,
piernas y caderas que parecían manar sangre, y multitud de caras
contraídas por muecas horribles.
Cansado de estar solo, Alfonso decidió despertar a su amigo, y allanó el
gabinete que Montánchez había convertido en laboratorio; allí estaban
las pilas de Volta, la máquina de Ramsden, metida en su funda de tela
gris, un sillón-cama para operaciones y reconocimientos obstétricos, y
buen número de vasijas de vidrio, frascos y tubos de reactivos colocados
en hilera a lo largo de la pared; una marmita de Papín, dos alambiques,
varias retortas, barómetros, higrómetros y un estantito lleno de
minerales, cada uno en su cajita de cartón y con su etiqueta
correspondiente.
Sandoval, sin fijarse en aquellos objetos, asomó la cabeza bajo los
cortinajes. Al fondo, tendido sobre una amplia cama de hierro, dormía
Montánchez: su rostro, habitualmente pálido, aparecía más delgado y
largo que de costumbre, y las arrugas de las mejillas daban a su
fisonomía la cansada expresión de los Cristos yacentes.
Alfonso se acercó al lecho y exclamó alegremente cogiéndole la mano que
tenía al descubierto:
--¡Despierta, hombre ilustre, que la ciencia y la amistad te reclaman!
Montánchez se estremeció ligeramente y entreabrió sus ojos serenos y
tranquilos.
--¡Cuánto he trabajado!--murmuró.
Sentado al borde de la cama, Sandoval expuso compendiosamente y sin
preámbulos el objeto de su visita: Consuelo estaba peor, de día en día
sus males se agravaban, a ratos sus nervios se exacerbaban de tal modo,
que había serios motivos para temer por la salud de su razón.
Gabriel se había quedado muy serio y oía atentamente.
--¿Ha sufrido en estos últimos meses alguna crisis violenta?--preguntó.
Sandoval comenzó a referir cuantos detalles recordaba que podían
contribuir a esclarecer la índole de la enfermedad. Describió la niñez
de Consuelo, el susto a que aquellos padecimientos parecían referirse,
las ocupaciones a que se entregaba, su afición a la lectura y al teatro,
sus ensueños y sus extravagantes supersticiones. Cuando refirió el
ahinco que la joven puso en ser azotada, Montánchez no pudo abstenerse
de sonreír.
--Todo eso--comentó--es muy serio y muy interesante, y acusa los
gérmenes de un grave desarreglo mental cuyos progresos debemos corregir
antes que echen nuevas y más robustas raíces. La gran dificultad que
ofrecen estas enfermedades es que ninguna de ellas presenta rasgos
característicos constantes, sino que en su misma naturaleza va envuelta
la vaguedad y multiplicidad de formas; lo inestable, lo anómalo, lo que
está fuera del curso natural de las cosas, es lo único que hay en ellas
de permanente. En estos casos los pobres médicos caminamos sin luz,
expuestos a caer a cada paso, de misterio en misterio, y es evidente que
el diagnóstico de la enfermedad no puede hacerse en tanto no haya una
base segura de dónde partir.
Sandoval agregó nuevos pormenores.
--Todos son datos que merecen tenerse en cuenta--dijo Montánchez--, pues
aun cuando considerados aisladamente valgan poco, su conjunto constituye
la historia de una enfermedad. Consuelo es una desequilibrada; su
cerebro nació defectuoso o ha sufrido una alteración por efecto del
susto de que antes hablabas, y los síntomas de ese desequilibrio son los
que necesito conocer para remontarme por derechos caminos al origen o
matriz de la enfermedad.
Alfonso continuó narrando minuciosamente la vida íntima de su hogar, no
omitiendo ninguna particularidad, ni aun las más secretas y calladas,
con la confianza ciega del que habla delante del médico y del amigo.
Montánchez le escuchaba, murmurando como si dialogase consigo mismo:
--¡Es extraño todo eso!...
Y añadió:
--¿Sabes si tiene alguna manía constante?
--Manías tiene muchísimas, pero permanente creo que ninguna.
--¿No sorprendiste en ella alguno de esos extravismos del gusto que
impulsan a ciertos enfermos a comer pedacitos de barro o granos de
café?... ¿O si muestra deseo o aversión inmotivada hacia determinados
objetos o personas?
Sandoval vaciló.
--Hasta hoy nada he notado, pero en lo sucesivo me fijaré... Aunque
ahora se me ocurre una idea que confiaré sin rebozo, porque a ti poco
debe importarte. Consuelo no te quiere.
--¿No me quiere?... ¿Cómo lo sabes?
--Ella misma me lo ha dicho; no sólo no te quiere, sino que te aborrece
con ese ardor salvaje que pone en sus menores afectos.
--Pues no lo entiendo.
--Y lo entenderás menos sabiendo que ella me confesó muchas veces que
eres guapo y que tienes buen trato y mucho talento; pues a pesar de
comprender tus excelencias, sigue odiándote.
--He ahí un mal precedente para que yo pueda curarla con fortuna--dijo
Gabriel--, porque empezará a mostrarse rebelde a mis tratamientos, y el
enfermo que aborrece a su médico es como el chico que detesta a su
maestro, que no aprenderá nunca lo que éste pretenda enseñarle. Tu
revelación me contraría mucho; no por mí, sino por ella, pues tratándose
de enfermedades nerviosas en las cuales las impresiones lo pueden todo,
los peligros de la antipatía se multiplican en un cincuenta por ciento.
--No importa--repuso Sandoval levantándose--, quiero que la veas antes
que ningún otro médico; ahora te dejo para volver a casa, donde te
espero a las...
--Calla--interrumpió Montánchez--, ya sabes que los relojes y yo no nos
entendemos; explícaselo a mi ama de llaves y ella cuidará de llamarme.
--¿Seguramente?
--Seguramente.
Alfonso salió, corriendo los cortinones que separaban la alcoba del
gabinete; y Montánchez quedó sumido en esa semiobscuridad aliada
poderosa del sueño; luego encendió un cigarrillo y se puso a fumar
sosegadamente mirando al techo. El humo producía en su cerebro, según
las circunstancias, dos efectos contrarios; unas veces le excitaba,
otras le adormecía; pero entonces el silencio y aquella atmósfera
cargada de olor a tabaco, consiguieron emborracharle, las ideas
perdieron su lucidez y la realidad desapareció lentamente bajo gasas
impalpables.
Montánchez tiró el cigarro a medio apurar.
--¿Por qué me odiará esa mujer?...--dijo.
Y se quedó profundamente dormido.
Cuando Sandoval llegó a su casa encontró a Consuelo desayunándose.
--Hola, flor de la maravilla--exclamó--, ¿ya te levantaste a dar guerra?
--¿Dónde has ido?
--A la calle.
--Necesito saber a qué sitio.
--Aquí estamos perfectamente--dijo Alfonso acercando una butaca a la
chimenea recién encendida--; fuera hace un frío inaguantable.
--¡Concho!... ¿Quieres responder a lo que pregunto?... Estoy hablándote.
--¿Me convidas a chocolate?
--Vaya usted a paseo.
--Dame, una sopita siquiera, tragaldabas.
--Hasta que no digas lo que has hecho, no te miro a la cara, eso
mismo... ni te dejo catar el chocolate.
--¡Ah! pues, tienes razón... ¡Pícara cabeza la mía!... He visto a
Gabriel.
--¿A ese albéitar indecoroso?
--Al mismo; y no ponga usted esa carita porque no hay motivos para
tanto.
--¡Lástima de albarda!
--Sí, señora doña Consuelito Mendoza; fuí a eso; a decirle que te riña y
te meta en cintura.
--¡Pues que se ande con tiento!
--¿Qué ibas a hacerle?
--¡Reventarle, concho!... Mira... si entrase ahora, le tiraba el pocillo
a la cabeza. Yo no quiero ver más a ese tío, eso es; porque ese hombre
es un tío y quiera Dios que alguna vez no andes a trastazos con ese
amigote de los infiernos.
--Ya no hay remedio, princesa; Montánchez vendrá dentro de algunas horas
a tomarte el pulso y a mirarte la lengua; le he referido nuestra vida
íntima sin omitir un detalle, ¿entiendes? ni uno solo... y el muy pillo
se ha reído bastante.
--¡Asqueroso!
Alfonso se acercó a ella y quiso darle un beso; ella se defendió; al
fin, las dulces paces quedaron hechas.
Entonces Consuelo se levantó muy solícita, le trajo una zapatillas para
que se quitara el calzado húmedo y se abrigase bien los pies, y obligóle
a vestirse una dulleta con cuello y bocamanga de pieles; luego, por
tenerle más cerca, le hizo sentar a su lado, en una banqueta.
--Ponte aquí--dijo.
Él obedeció, quedándose con las piernas extendidas casi horizontalmente,
el cuerpo entre las rodillas de la joven y la cabeza caída sobre sus
faldas. Viéndole en tal posición, Consuelo, presa de un violento acceso
de ternura, empezó a despeinarle suavemente, besándole.
--¡Qué guapo eres!--decía--. ¡Qué bien estás así!... No hay quien tenga
tus cejas, ni tus ojos, ni tus pestañas, ni una nariz como la tuya...
Ese Apolo de que hablan los libros no valía lo que este mechón que
tienes sobre la frente. ¡Concho, si la señora Venus te hubiese cogido
por su vereda, buenos ratos hubiera pasado contigo, diosa y todo!... Así
te quiero yo, por supuesto, que estoy lela en cuanto te veo y no vivo si
no es pensando en ti. ¿Y tú, también me quieres mucho, verdad?... ¿Y
andarás siempre conmigo y no te juntarás con nadie, eh?... ¿Verdad que
no?... Bueno, ¡concho, contesta pronto, ya me había asustado!... Parece
que fué ayer cuando nos casamos. Entonces te quería mucho, muchísimo,
¡ya lo creo! como que pasaba las noches leyendo tus cartas a hurtadillas
de mi padre; pero ahora te amo más y con mayor tranquilidad, porque eres
mío, mío sólo. ¡Uy!... esto de poder llamarte Alfonso mío, maridito mío,
delante de todo el mundo, me llena la boca y el corazón. ¡Quia! tú no
sabes lo que te quiero; vosotros, los hombres, por muy apasionados que
seáis, siempre tenéis en el pecho un pedacito de corcho.
Y añadió:
--¡Quién te quiere a ti!
Sandoval, que ya sabía la forma de este interrogatorio, repuso:
--Mi burra.
--¿Tu burra chiquinina?...
--Ella solita.
--¿Y tú, a quién quieres?
--A ti y a dos niñas que tengo en los ojos y son tan guapas y tan
monísimas como tú.
--Pues yo a ti y a los Alfonsitos de mis pupilas. Dios mío, ¿por qué no
tendré muchas bocas para besarte al mismo tiempo en muchos sitios? Y
esta pasión que por ti siento es contagiosa, pues la extiendo a los
objetos de tu propiedad; y así quiero más a tus trajes viejos que a los
recién traídos de la sastrería, con los cuales aún no tengo confianza.
¡Esto sí que es querer!... Tengo celos de tu camisa, de tu chaleco, de
tu corbata, de todo, concho, lo que llevas encima; ninguno de esos
chismes se separa de ti, te acompañan a todas partes, corretean las
calles contigo, van al casino... ¡Quién fuera petaca o botón de camisa
para custodiarte y fisgarlo todo!... Hay el inconveniente de que cuando
una elástica se rompe se tira, pero no importa... Yo cambiaría treinta
años de vida por cinco, con tal de pasar éstos pegadita a tu cuerpo como
una pieza de punto...
Volvió a besarle los ojos y la boca.
--¡No hay en el mundo nadie como tú; nadie, nadie!...
Sandoval se dejaba mimar, sonriendo y sin devolver aquel diluvio de
caricias.
--Oye, Alfonsito--dijo de pronto la joven--, ¿quieres referirme un
cuento?
--¡Un cuento!--exclamó él aterrado--. ¡Para romances tengo la cabeza!...
--¿Entonces, lo cuento yo? Y eso que, según vosotros, la mía está medio
descompuesta.
--¡Bravo, me parece muy requetebién! ¡Desembucha!
--Te advierto que es largo.
--No importa; aunque tenga más rabo que el diablo, lo oiré con gusto.
--Bueno, verás qué bonito es... pero no vayas a reírte, porque entonces
no lo concluyo y te dejo con las ganas de saber el desenlace.
--Espera a que encienda este cigarrillo.
Sandoval se acordaba en tales momentos de la vida en Persia y Arabia,
porque, a pesar de la estación y de la capa de nieve que cubría las
calles, había en aquel cuadro algo orientalesco, que hacía soñar con
las solitarias palmeras del desierto y los harenes musulmanes.
--Pues, señor--empezó Consuelo--, una mañana supo el gallo Pinto que su
amigo Periquito se casaba y quiso ir a la boda: para ello se lavó de
patas a cresta, se arregló las plumas y salió al campo; en la misma
puerta del corral encontró un cajón muy grande, lleno de trigo.
--Concho--pensó el gallo--; si como trigo se me ensuciará el pico y los
que me vean comprenderán que soy un tragón y se reirán de mí. Pero pudo
más el hambre que sus escrúpulos, y picotazo va, picotazo viene, dejó la
caja sin un solo granito, pensando que ya tendría ocasión favorable de
limpiarse el pico por el camino. Conque siguió andando, hasta que vió
una malva y dijo:
--Malva, limpia el pico del gallo Pinto para ir a la boda de Periquito.
Y la malva no quiso. Entonces continuó caminando muy triste, y a poco
rato encontró un borrego y le dijo:
--Borrego, cómete la malva que no quiso limpiar el pico del gallo Pinto
para ir a la boda de Periquito. Y tampoco quiso. Prosiguió su camino, y
al ver un lobo le dijo:
--Lobo, muerde al borrego que se negó a comer la malva que no quiso
limpiar el pico del gallo Pinto para ir a la boda de Periquito. Y
tampoco quiso...
Y por este estilo continuó hilvanando una retahila de nombres:
sucesivamente el gallo, héroe de tan conmovedora narración, fué
encontrando un perro, un palo, un haz de leña ardiendo, un río y un
burro, y a cada nuevo tropiezo volvía a repetir todo el rosario de
palabras que precedían, lo cual causaba efectos soporíferos decisivos.
Era una historia infantil que aprendió siendo niña, cuando iba al
colegio, y que frecuentemente se complacía en recordar para distraer a
su marido.
Alfonso cerró los ojos, dando muestras evidentes de cuán poco le
importaba saber lo que le acaeció al gallo del cuento en su accidentada
peregrinación.
Cuando Consuelo acabó de hablar, él parecía dormir; ella contemplóle en
silencio, después le rodeó la cabeza con sus brazos y empezó a
apretársela contra el pecho, mientras le prodigaba cariñosos epítetos;
pasado este segundo arrebato de ternura, abrió los brazos separándose
para mejor ver al amado, que continuaba con los ojos herméticos: la
joven lanzó un grito y Sandoval se incorporó sobresaltado.
--¿Qué sucede, mujer?--dijo--. Me has dejado sin sangre en el cuerpo.
--¡Jesús, concho--repuso ella lloriqueando--, qué susto tan grande! Como
te di un abrazo tan largo y tan fuerte... Pensé haberte ahogado.
La miró sonriendo, pero se convenció de que hablaba formalmente, porque
estaba pálida y con las manos frías.
Por la tarde, a la hora de costumbre, Sandoval cogió el gabán y el
sombrero para salir, y ella, contra lo que en semejantes ocasiones
sucedía, no opuso la menor resistencia: acompañóle hasta la puerta de la
escalera, puso la frente para recibir el beso de despedida, y retiróse
al gabinete después de dar orden a su doncella de no recibir a nadie.