Aquellas horas de soledad y recogimiento eran su delicia, pues podía

discutir consigo misma los mil proyectos que bullían en su cabeza, y

fantasear a su antojo. Allí nadie la forzaba a seguir ésta o la otra

conversación, podía discurrir libremente, sin aguardar a que su

interlocutor hablase para responder ella, ni que observar cierto

comedimiento en las palabras: allí no había estorbos; estaba sola,

entregada a su albedrío, con un mundo de quimeras por delante.

La soñadora se fastidiaba porque ni sabía seguir con paciencia el lento

curso de los acontecimientos naturales, ni podía doblegar el mundo a sus

caprichos. Sabiendo que esta imposibilidad duraría lo que su vida, hizo

lo que los filósofos idealistas: fabricar un mundo arbitrario para

refugiarse dentro de él cuando lo estimara conveniente y vivir feliz.

Consuelito Mendoza quedó largo rato sin pensamientos, perdido el magín

en un vacío infinito, la cabeza inclinada sobre el pecho y los ojos

cerrados: después levantó la frente y sus miradas se fijaron en el

espejo situado sobre la chimenea, fronterizo al sofá. Allí, dentro de la

luna, había otra muchacha, otra Consuelo envuelta, como ella, en un

mantón negro, y como ella peinada con los cabellos sobre la frente.

--Ésa soy yo--dijo la joven--; porque es indudable que lo que ahí veo es

mi propia imagen.

Agitó un brazo en el aire cerciorándose de que su sombra lo haría

también, y pareció quedar más tranquila.

--Estas cosas tan raras que me suceden--murmuró--, no sé si atribuirlas

a que estoy medio chiflada, como dice Alfonso, o a que tengo mucho

talento. A ratos creo que no vivo y que cuanto siento y pienso es pura

invención mía, como le pasaba al famoso personaje de Calderón. Voy por

la calle y me pregunto: ¿Andaré yo como las demás personas, vestiré lo

mismo, no habrá sobre mi cuerpo nada estrafalario que haga volver la

cabeza?... ¡Quién se viera por detrás!... Si pudiese hacer lo que San

Cristóbal, que cogió su propia cabeza después de cortada... Si yo me

encontrase a mí misma en la calle, ¿me reconocería?... Seguramente,

porque cuando me observo en un espejo sé que la figura aquella es otra

yo. A veces pienso que mis palabras carecen de significado, que nadie me

entiende y hasta que mis labios se mueven sin formular ningún sonido

comprensible. ¿Qué es una sílaba, qué es una palabra, qué es un

idioma?... No acabo de entender por qué todos los hombres se mueven de

la misma manera, aplican a cada objeto un nombre particular y argumentan

de idéntico modo. Necesariamente esto se debe a algún convenio que

celebraron nuestros abuelos, los cuales acordaron llamar sombrero a la

prenda de vestir que se pone en la cabeza, y zapato a la destinada a

abrigar los pies, y hombres... a los hombres, vamos... y mujeres, a

nosotras. Tampoco comprendo por qué los franceses hablan de diferente

modo que los rusos, y los españoles que los chinos. A mí me enseñan una

carta geográfica y me dicen: este pedacito pintado de amarillo, es

España; y este otro muy largo y del mismo color, que parece una bota de

montar, Italia; el encarnado, Francia y el verdoso, Dinamarca. ¡Concho!

Pues yo pregunto: ¿Por qué los de aquí no hablarán como los de allá, y

éstos tienen su bandera y aquéllos la suya, y los unos se llaman

austriacos y los otros ingleses?... Todo en el mundo es convencional;

por eso a ratos dudo de mí y creo que la suerte me hizo diferente de los

demás, y que parezco a los ojos de los que me rodean un bicho raro. Y el

carácter... ¿qué será eso?... Siempre que se habla de una persona dicen

que es de este modo o del otro, que tiene bueno o mal carácter... De

modo que el carácter es el humor o genio de cada quisque; esto es claro.

Pero, ¿qué carácter es el mío? ¿En qué grupo debo clasificarlo?...

¡Concho, qué pena tan grande... si creo que no tengo ninguno!... Yo

desearía ser algo, poseer algo exclusivamente mío: hay mujeres frías,

chismosas, indiferentes, alegres, apasionadas... y yo no siento ninguna

de estas tendencias; no tengo amor patrio, ni fe religiosa, ni

entusiasmo por nada; lo podré aparentar, pero, en el fondo, no es

cierto, lo sé perfectamente. Es decir, según y cómo; apasionada sí soy,

¡qué concho!... no me lo vaya a quitar todo ahora, porque lo que es a

Alfonsito le quiero con delirio; pero en cuanto a sentir entusiasmo por

mis semejantes... que no puede ser, vaya...

Quedó silenciosa, contemplándose en el espejo con religioso

arrobamiento, examinando su fisonomía con el prolijo cuidado del

naturalista que escudriña los órganos de un insecto a través de los

cristales de un microscopio.

Primero reparó en su frente, un poco pequeña, orlada de cabellos

ondulantes; luego en sus grandes ojos adormecidos entonces por la

pereza; en su boca de labios finos, en sus mejillas un poco pálidas, en

la parte superior de su busto redondo y esbelto...

--Soy guapa--dijo--; lo reconozco aunque tengo el buen juicio de

juzgarme sin apasionamiento: además, lo que dicen por ahí y los delirios

que le inspiro a mi maridito, lo confirman. ¡Lástima que no tenga la

boca un poco más chica, concho!... ¿En qué estarían pensando mi madre y

padre?... Así, en esta posición, estaré el día en que me muera. No...

así mejor, con la cabeza caída sobre el hombro y las manos cruzadas...

¡Uy, si ahora me quedase muerta, valiente susto iban a pasar los que

fuesen entrando! ¿Qué haría Alfonso?... Probablemente echaría unas

cuantas lágrimas de cocodrilo o de viudo joven, que es lo mismo; muy

pocas, las indispensables para parecer bien... y luego se consolaría con

otra. ¡Concho, si eso fuese verdad, resucitaba, y después de reventarle

me volvería a morir tranquila!...

Tendióse en el sofá y cerró los ojos, quedando con las manos cruzadas

sobre el pecho. Insensiblemente experimentó en todo el cuerpo una

extraña sensación de flojedad, una laxitud invencible y creciente, cual

si algún mecánico desconocido fuese aflojándola uno tras otro los

resortes y tornillos de su ser; los órganos se independizaban poco a

poco de la voluntad, los nervios se negaban a transmitir impresiones y

la actividad cerebral decrecía paulatinamente según aquel agotamiento

psíquico iba invadiendo las celdillas donde el pensamiento elabora sus

maravillosas pulsaciones.

Consuelo sentía que su yo se desdoblaba en dos personalidades o

entidades distintas; una material, de carne y hueso, que permanecía

tendida en el sofá; y otra aérea, vaporosa como un jirón de neblina,

que flotaba en el aire yendo de un lado a otro cual si quisiera escapar

por algún intersticio de las paredes o del techo, y que sólo se hallaba

unida a la primera por un hilo sutilísimo.

--Estoy medio muerta--pensó la joven--; concho, lo que siento es haberlo

procurado tan bien, porque voy a morirme de verdad... y eso,

francamente, me haría poquísima gracia. Me parece que dentro de mi

cuerpo se ha roto algo y que por el agujerillo se escapa el alma sin

pedirme consejo... ¡Eh, señora!... ¿Dónde se camina tan diligente?...

Ahora la veo flotar; sí... es ella; concho, ¡qué delgadita y qué blanca

es!... y está prendida a mí por un rabo fino y muy largo... como esas

tenias que exhiben los boticarios, metidas en tubos de cristal. ¡Qué

lástima! Si tuviese aquí una de esas redecillas con que los naturalistas

salen al campo a cazar mariposas, la atrapaba. ¡Ay, Virgen de la

Soledad, Cristo de la Misericordia, qué miedo tengo!... Si esa lombriz

se rompe, mi alma se escapa y quedo más muerta que mi abuela... Cuidado

si soy burra; ¿quién me mandaría abrir la boca para que el espíritu se

escapara?... Vamos, eso de morirse sin motivo no tiene sentido común.

Bien; ahora la cuestión se arregla, y el alma, comprendiendo que fuera

hace demasiado frío, vuelve a refugiarse dentro de mí: perfectamente,

porque así, estando yo cierta de no correr ningún peligro, representaré

mejor y con más tranquilidad mi papel de difunta... Ya me han metido en

el ataúd; el maldito, por lo duro, parece de piedra: ¡bien se conoce que

los colchones de muelles no se hacen para los muertos! Tengo las manos y

los pies helados, circunstancia que ayuda mucho a encubrir mi

superchería; ¡qué frío! Por ahí debe de haber alguna puerta abierta...

Ya siento ruido de gente que se acerca y oigo voces, pero no puedo

conocer quiénes son. Están dándome tentaciones de abrir un ojo un

poquitín para ver lo que sucede; estoy segura de que todos los

asistentes vienen vestidos de negro, con unas caras muy compungidas y

hasta pálidos, porque hay personas que tienen, como los camaleones, la

capacidad de cambiar de color; pero por dentro están perfectamente,

deseando salir a la calle para charlar y reír a sus anchas... ¡Qué

diablo! Voy a mirar; para eso me he muerto, para enterarme de lo que

harán conmigo el día en que la cuestión vaya de veras. Ea, vamos allá;

¡uf, cuánta gente y qué serios están todos!... Allí está Alfonso; ¡oh,

granuja! ¿Pues no está fumando y riéndose con aquel tipo de patillas

rubias como si nada grave le hubiera sucedido? ¿Y quién será ese

mamarracho? Me revienta; los rubios no deben asistir a los entierros. En

ese grupo de hombres y mujeres sólo trato a dos o tres... y ellas no son

feas... y miran a mi marido de una manera... Lo que me molesta mucho a

los ojos es la luz de los cirios... y éste que tengo junto a mi cabeza

está derritiéndose, y como me caiga una gota de cera en la cara voy a

freírme. Esa maldita puertecita que dejaron abierta tiene la culpa; si

me quemo no podré contenerme y daré un grito. ¡Puf!... ¿No lo dije? ya

está aquí, en la frente ha sido; menos mal que no he chillado. ¡Concho,

aquí están los de la funeraria! ¡Qué pantorrillas tan delgadas

tienen!... Y me bajan sin acordarse de cerrar la caja... me agarraré,

porque, si no, estos bárbaros me matan sin remisión. Me llevan por unos

pasillos muy anchos atestados de gente que mira con estúpida curiosidad;

no conozco a nadie: atravieso la antesala, en pies ajenos, se entiende,

y empiezo a bajar la escalera. Lo dicho; esta bromita me cuesta un

riñón; en un recodo he visto una anciana llorando, conmovida;

¡pobrecita, si supiera que todo esto es una farsa!... Eh, ¿qué es

eso?... Siento un ruido extraño de pasos que se acercan; los de la

funeraria no se mueven y mi ataúd ha quedado en el suelo; tengo mucho

frío y mucho miedo, y no me atrevo a abrir los ojos... Dios mío, ¿qué

ocurrirá?... ¡Ay! Pretendo incorporarme y no puedo; siento una opresión

en el pecho que no me deja respirar y me duele el corazón. ¡Aaa...

aaa!... este nudo que tengo en la garganta me ahoga... No puedo desunir

las manos... las manos cruzadas y... ¡aaa... aaa!... Un hombre se acerca

muy de prisa, oigo sus pisadas, ya está aquí; me toca, me sacude por un

brazo, me acaricia... ¡No puedo moverme ni gritar!... Me toca el cuerpo

con sus manos ardientes, ¡qué horror, va a besarme!... Tiene su boca

junto a la mía, su aliento roza mi cara... ¿Quién es?... No sé, no lo

veo... pero le presiento, le adivino y me infunde mucho miedo... Ya le

reconozco; esa mirada... esos ojos me aterrorizan y me atraviesan de

parte a parte como cuchillos; son los de Montánchez, es él... ¡Soo...

socoo... rrooó!... Sí... si ya le dije a usted las otras noches en el

palco que no podía ser... que no po... po... día...

La joven perdió la conciencia de su ensueño y empezó a luchar

defendiéndose de aquella agresión imaginaria, hasta que su mano derecha

tropezó violentamente contra la pared: el dolor físico la despertó.

Era ya tarde: incorporóse en el sofá, y al tenue reflejo de los faroles

de la calle vió su imagen dibujarse confusamente sobre el cristal del

espejo como una mancha negra.

En el silencio, el timbre de la puerta de la calle vibró largamente.

IV

Eran Sandoval y Gabriel Montánchez. La joven murmuró:

--Os había presentido.

--¿Estabas soñando?--preguntó Alfonso.

--Sí.

Luego agregó, mirando al médico de soslayo y torvamente:

--Esto parece una maldición. Le encuentro a usted en todas mis

pesadillas...

El quinqué que Sandoval acababa de encender esparcía por la habitación

una suave luz verdosa que realzaba las diversas expresiones de aquellos

tres semblantes.

Sentada entre los dos hombres, Consuelo miraba al médico con ojos muy

abiertos y una expresión parecida a la de esos muchachos revoltosos que,

para persuadir al maestro de que se fijan mucho en la explicación, le

miran sin pestañeos. Sandoval la contemplaba ansiosamente, queriendo

adivinar sus palabras antes de oírlas; y Montánchez permanecía frío,

siempre encerrado en sí mismo, midiendo el alcance de sus preguntas y

aquilatando el valor de las respuestas, con los codos apoyados en los

brazos del sillón y las manos cruzadas sobre el pecho, atento a las

últimas particularidades.

--¿Cómo se encuentra usted ahora?--dijo.

Consuelito Mendoza se palpó el cuerpo como si se tratara de algún dolor

físico.

--Ahora, bien--repuso.

--¿No sufre nada?

--Nada, no, señor, absolutamente nada; y es raro... pues hace un momento

me quedé dormida aquí y desperté con mucho dolor de cabeza y mal sabor

de boca.

Montánchez inició un hábil interrogatorio. Iba enumerando uno a uno los

síntomas de la enfermedad que, según su criterio, padecía la joven, y

después la preguntaba minuciosamente acerca de ellos. Su trabajo fué

prolijo como el del juez que procura poner al reo en contradicción

consigo mismo: hablaba repetidamente y de diverso modo de los mismos

temas, unas veces preguntando y otras afirmando rotundamente, y en tanto

que sus palabras y sus argumentos de médico experto obtenían confesiones

de la enferma, sus ojos sagaces escudriñaban el semblante de Consuelo

con tenacidad infatigable.

La empresa, sin embargo, era difícil: las respuestas de la joven

carecían de fijeza.

--¿Suele usted sufrir mareos al levantarse de la cama o de la mesa?

--No, señor.

--Repase bien su memoria: probablemente los ha experimentado usted más

de una vez y más de dos; ¿qué digo?... lo aseguro, estoy persuadido de

ello; no lo niegue, porque es un síntoma muy característico.

Consuelo tardó bastante en contestar; quería complacer al médico

demostrando que meditaba sus respuestas, pero en aquellos momentos la

indócil imaginación vagaba muy lejos de allí. A pesar suyo no podía

fijarse en nada: la distraían los semblantes de Sandoval y de su amigo,

las arrugas de los cortinajes de la alcoba, la forma puntiaguda de la

llama del quinqué, el sempiterno tic-tac del reloj...

Aquellas nimiedades ejercían sobre su espíritu atracción invencible; no

podía desecharlas, ni mirar a otro sitio, ni proponerse otro asunto; era

una manía, una obsesión de loca; y cuando respondía procuraba hacerlo,

no con arreglo a su criterio, pues en circunstancias tales carecía de

voluntad y de pensamientos, sino del modo que más satisficiese a

Montánchez.

Éste llegó a comprenderlo.

--Es imposible entenderse con usted--dijo severo--; siempre contesta

usted lo primero que se la ocurre y esa falta de sindéresis reporta dos

males gravísimos: el de confundirme y el de engañarse a sí propia. Diga

usted lo que sienta y no lo que yo quiero oírla decir, pues yo no quiero

nada: vine a que usted me esclarezca respecto de un asunto para mí

desconocido, y si por pereza, indiferencia o volubilidad de carácter, me

lo oculta o desfigura, las consecuencias podrían ser fatales para usted.

El semblante de Consuelito Mendoza reflejó vergüenza y arrepentimiento,

y el esfuerzo brioso que sobre sí misma hacía para gobernar su atención.

Pero su buena voluntad no tardó en decaer y sus ideas empezaron de nuevo

a confundirse: el mundo de lo soñado volvió a surgir ante sus ojos; su

imaginación, harta de seguir paso a paso aquel interrogatorio odioso,

atropelló todas las conveniencias.

Miraba al médico sin verle, o sin poder apreciar, cuando menos, los

rasgos de su cara; le oía sin comprender claramente sus palabras y

replicaba con la vaguedad del alumno que responde sin conciencia de lo

que dice y movida sólo por la idea de complacer a su marido y a

Montánchez, y de que la dejasen sola.

En tal ocasión experimentaba con redoblada fuerza el indefinible

malestar que sufría siempre que la examinaban con fijeza, pues los ojos

del médico la sugestionaban. Al principio de la entrevista pudo mirarle

con timidez, luego empezó a desconcertarse y una profunda turbación

invadió su espíritu; sus ideas se nublaron y acabó por no atreverse a

levantar la vista del suelo; a continuación sintió miedo y ese frío

íntimo y penetrante de la calentura; los ojos del médico la hormigueaban

en las entrañas. De pronto, rompiendo aquel exótico embrollo de

impresiones y de recuerdos, surgió una idea que murió casi al mismo

tiempo de nacer, iluminando el obscuro abismo de la conciencia con una

luz tenuísima de fuego fatuo; pero aquella imagen reapareció más tarde,

y entonces sus contornos fueron mejor definidos. Era algo soñado que

pretendía armonizarse con la realidad; un recuerdo, una figura

misteriosa, un jirón de gasa o de niebla cuyos vagos perfiles iban

acentuándose. En aquella forma incorpórea, Consuelo veía los rasgos de

una persona que en otra ocasión la impresionara fuertemente, pero que

entonces no recordaba bien...

--¿Sueña usted mucho?--inquirió Montánchez.

--Sí; casi todas las noches.

--¿Y se refieren sus pesadillas a asuntos determinados?...

--No, señor... es decir, no recuerdo...

--Insisto en ello--advirtió el médico--, porque el estudio de los sueños

es interesantísimo, no desde el punto de vista profético, como afirmaban

los antiguos y como aparentan creer las gitanas, sino por hallarse

ligados a muchas enfermedades nerviosas; y tan cierto es esto, que

algunas afecciones cardíacas o espinales, van siempre unidas a

determinados ensueños.

--Pues mis pesadillas varían mucho--contestó Consuelo--, pero

generalmente se refieren a lo que me ha impresionado durante el día.

--¿Y en ellas no vió usted nunca unos objetos muy grandes y otros muy

pequeños?

--No, señor, aunque... espere usted... ¡Ah, sí!... he tenido un delirio

horrible, que no puedo olvidar...

--Uno de los fantasmas que más activamente intervienen en las dislocadas

imaginaciones de mi mujercita--observó Sandoval--, eres tú.

--¡Yo!--repuso el médico sorprendido.

--Sí; noches atrás, cuando la desperté, me dijo que querías representar

con ella no sé qué ópera o qué belenes...

Estas palabras fueron para Consuelo una revelación; se acordó de las

quimeras que tanto la atormentaban, de aquellos brazos inconmensurables,

largos y negros como alambres quemados, que una tarde soñó se extendían

tras ella para sujetarla; de la reunión de espíritus celebrada por un

gnomo en un antepalco del teatro Real, y de aquel horripilante monigote

de estuco vestido con traje de tafetán verde, que al abrazarla se

convirtió repentinamente en Gabriel Montánchez...

Al recomponer este último detalle de su pesadilla, la imagen incolora

que momentos antes surgiera en su cerebro, reapareció en toda su fuerza,

y la vida ficticia de sus noches y la realidad se dieron la mano. El

hombre que tenía delante era el mismo con quien tantas veces soñó en sus

horas nocturnas de fiebre; era el original de aquel fantasma que

pretendió abrazarla so pretexto de representar una ópera desconocida;

aquellos ojos eran los mismos ojos verdes y penetrantes que en su

pesadilla de la última siesta la observaban cuando ella iba hacia el

Campo Santo en hombros de cuatro sepultureros imaginarios; la mirada

diabólica que registraba sus pensamientos más íntimos y gravitaba sobre

ella como una maldición. Ante aquel hombre tan temido, su valor flaqueó,

y tapándose la cara con un pañuelo rompió a llorar. Montánchez se

levantó.

--¿Qué es ello?--dijo--. ¿Se siente usted mal?

La joven no repuso y siguió llorando, dejando correr a lo largo de sus

dedos gruesos lagrimones.

El médico quiso pulsarla, mas ella le rechazó violentamente.

--¡No, por Dios... suélteme usted!...

--Consuelo--exclamó Sandoval procurando obligarla a levantar la

cabeza--: no te pongas así, ¿qué tienes?...

--¡Déjeme usted tranquila: no me toque usted!

--Pero si soy yo quien te habla... ¿no me conoces?...

Ella le miró: estaba hermosa, con las mejillas encendidas y cubiertas de

lágrimas y los ojos brillantes. Una sonrisa imperceptible alegró sus

labios; pero al ver a Montánchez que se había quedado un poco detrás,

sus facciones volvieron a contraerse penosamente. Alfonso insistió:

--¿Qué tienes?

--Nada, déjame en paz.

--Consuelo, está aquí Gabriel, que se enfadará contigo y con razón.

--¡No guardo contemplaciones a nadie!--gritó la joven furiosa--; eso es

lo que quiero, que se enfade, que se vaya... que no vuelva más... Ea, ya

lo dije bien clarito para que todos me entiendan; ¿lo ha oído usted?...

pues me alegro mucho de que lo sepa. No le quiero; sin saber la causa me

pongo nerviosa en cuanto le siento... No me es usted antipático,

precisamente, pero le tengo miedo, muchísimo miedo...

Sandoval se había levantado y miraba estupefacto a su amigo; mientras

Montánchez, de pie y con los brazos cruzados sobre el pecho, según su

costumbre, sonreía con sonrisa burlona imperceptible.

--¿Pero quieres callar, imprudente?--gritó Alfonso exasperado.

--No, no... quiero que se vaya...

Continuaba echada sobre el diván, tapándose los ojos con ambas manos.

Gabriel, sin despedirse, dirigíase de puntillas hacia la puerta. Alfonso

le siguió. Cuando llegaron al recibimiento, Sandoval preguntó:

--¿Qué piensas de todo esto?

--Es un caso muy extraño--repuso el médico gravemente.

--Es que te odia.

--Sí, me odia y me teme: quizá la inspiro más miedo que aborrecimiento.

--¿Y qué opinas de su mal?

--No he conocido ningún temperamento tan original como el suyo: es un

carácter incomprensible que tan pronto está de un modo como de otro; o

más exactamente: son diez o doce caracteres diferentes arracimados en un

solo espíritu. Desde que me hablaste de ella hasta ahora, he pensado

mucho en su enfermedad, y con lo que me dijiste y lo que acabo de

presenciar, creo conocerla bien. Consuelo tiene un temperamento

extraordinariamente sensible; el menor accidente la contraría, el

obstáculo más insignificante la asusta; a solas se atreve a todo, en el

terreno de los hechos no es capaz de nada; su voluntad, por tanto, es

una actividad puramente subjetiva, que no trasciende al exterior, que no

sale fuera de su propio ser y se limita a elaborar ideas que, por no

tener cimiento sólido, son siempre descabelladas, y a voliciones que

ceden y se desvanecen al primer asomo de peligro. Consuelo es una

persona doble, o lo que es lo mismo: entre sus muchas manías, cada una

de las cuales constituye un carácter distinto, hay dos determinadas y

permanentes. En el seno del hogar, contigo o con otra persona que la

inspire confianza, debe de ser alegre, decidora, resuelta y hasta un

tantico amiga de imponer su voluntad; en cambio, cuando se halla entre

extraños, parece cohibida y acobardada. Al principio de la consulta me

miraba familiarmente; luego advertí en ella señales de turbación que

fueron aumentando hasta provocar el desenlace que hemos visto y del cual

la pobrecilla no es responsable: y es que se turba; que en su cerebro

debilitado desde aquel susto que me referiste, las ideas se confunden y

la falta de aplomo en los pensamientos origina esas vacilaciones y esos

terrores pueriles cuyo origen desconoce ella tanto como nosotros. Su

falta de carácter lo atestigua su modo de mirar; Consuelo no puede

sostener la mirada porque carece de voluntad.

--¿Y será fácil su curación?

--Creo que sí, y debemos intentarla en seguida, antes que el daño

crezca.

Hablaron del plan curativo.

--Yo emplearía el hipnotismo--dijo Montánchez--; es mi panacea para toda

clase de males. Además, el magnetismo no deja en el cuerpo, como el

mercurio, señales de su paso: el imán, cual la luz, obra sin manchar. El

hipnotismo es la gran terapéutica del espíritu: impón a Consuelo tu

voluntad, domínala, enséñala a tener firmeza en sus deseos y conciencia

de sus actos, tonifica mediante esa gimnasia espiritual los resortes de

su carácter relajado, y verás cómo esas veleidades ridículas

desaparecen.

--Pues, en ese caso--contestó Sandoval estrechando la mano de su amigo,

que ya se marchaba--, quedas en libertad de obrar según te acomode; ven

cuando gustes y procederemos al primer ensayo.

Despidióse Montánchez, y Alfonso volvió al gabinete donde Consuelo le

esperaba arreglándose los cabellos. Al verle entrar, la joven corrió a

echarse en sus brazos.

--Concho, ¿de qué habéis hablado tanto?... Hijo, desde aquí no oía más

que el “muu” de la conversación; parecíais dos moscones.

La enferma: novela · 第 4 / 15 段