Consuelo andaba por allí calladamente, sorprendida de que sus pasos no

tuvieran eco y de la prolongada ausencia de Alfonso: también

maravillábase de la pequeñez de los muebles y de la gran altura a que

fueron colocados los cuadros: la cama no llegaba a sus rodillas, la

mesita de noche apenas levantaba dos palmos del suelo. Alarmada por

tanto silencio salióse al pasillo y llamó a la camarera; a sus voces

sólo contestó un eco lejano, un quejido moribundo semejante al del

viento penetrando por una abertura estrecha. Entonces recorrió el

corredor, las alcobas, la cocina; todo estaba desierto: en la despensa,

encaramado sobre un queso de bola, había un ratoncillo gris, de largos y

blancos bigotes. Siguió adelante y se detuvo frente a la puerta del

despacho; aplicó el oído a la cerradura y no oyó nada; llamó ligeramente

con la yema de los dedos... y nadie respondió. Animándose a entrar

empujó la puerta, y al comprender lo que en la habitación sucedía, quiso

huir; una fuerza invencible se lo impidió. Delante de la chimenea y

alrededor de un hombrecillo de pelo rojo, se hallaban repantigadas en

sendos butacones de cuero claveteado, varias personas: el hombrecillo

era un gnomo; los demás, las estatuas del despacho que habían dejado sus

pedestales: todas tenían sus hermosas cabezas de yeso asentadas sobre

pequeños cuerpos vestidos con jubones acuchillados, gregüescos y gola, y

sus voces resonaban temerosamente como si saliesen de una caverna o del

fondo de una tinaja vacía.

Consuelo colocóse sin ruido tras una cortina para no llamar la atención

de los misteriosos personajes. La conversación de éstos llenóla de

espanto; hablaban de ella, querían buscarla, prenderla, llevarla

maniatada a un paraje lejano, a un mundo chiquitín que brillaba en medio

del espacio... Quien entonces usaba de la palabra era Cervantes, y le

respondían Quevedo y Marco Aurelio. Byron callaba, mirándoles con sus

ojos sin luz. Todos ellos, y éste fue un detalle que no sorprendió a

Consuelo, se expresaban fácilmente en correcto castellano. Entonces

estuvo a punto de salir de su escondrijo diciendo a gritos:

--Concho, ¿qué es eso?... ¡Fuera de aquí, espíritus y desatinos mágicos!

¡Zape! ¡Cada mochuelo a su olivo!...

Mas se contuvo, sobrecogida de curiosidad y de miedo. El gnomo hechicero

acababa de levantarse; iba vestido de encarnado, como el Mefistófeles

de Fausto, y después de dar una cabriola en el aire, empezó a describir

con su mano izquierda movimientos cabalísticos y a pronunciar palabras

en un idioma desconocido. Obedeciendo a su irresistible llamamiento,

penetraron por la ventana muchos espíritus revestidos de formas extrañas

y tan pequeños, que el más grande, que tenía cabeza de elefante y cuerpo

de pescado, no era mayor que una sopera.

Aquellos diablejos trabaron entre sí reñida batalla: un sapo que volaba

por la habitación montado en un plumero, atravesó con su espadín a otro

espíritu con trazas de zorro; dos escarabajos horripilantes trepaban

cachazudamente por las flacas y torcidas piernas del gnomo, quien subido

sobre un tambor, continuaba dirigiendo con los movimientos de su mano

zurda la espantosa bataola; las estatuas dejaron los butacones para

volver a sus sitiales respectivos. Consuelo las veía trepar por

inseguras escalerillas de cuerda, pendientes del techo, apreciando las

violentas contracciones musculares de sus brazos y de sus piernecillas

negras, impotentes para soportar el peso abrumador de sus cabezotas; y

por entre aquel perpetuo flujo y reflujo de figurillas disparatadas, de

ratonzuelos que corrían por el suelo empujando quesos de bola, de machos

cabríos, de lagartos verdes que se arrastraban por las paredes cazando

tortugas con alas de murciélago, los ilustres padres del habla

castellana, del romanticismo moderno y de la grave filosofía estoica,

continuaban trepando en busca de sus pedestales vacíos. La joven les

observaba atentamente, deseando verles arribar sanos y sin magulladuras

al término de sus afanes. Cervantes llegó el primero; luego Calderón; al

recobrar su puesto sus cuerpecillos desaparecían y tornaban a ser las

pacíficas estatuas que ella misma compró por doce o quince pesetas a un

mercader italiano.

Pero Marco Aurelio fué menos afortunado que los otros: al llegar a la

cornisa del estante, un condenado diablillo que andaba por el suelo

jugando al trompo, quiso subir por la escalerilla en que, desde hacía

diez minutos, realizaba prodigios de agilidad el desgraciado emperador y

filósofo romano, y aquélla empezó a oscilar. Consuelo hubiera deseado

ahuyentar al maligno espíritu, mas como no podía moverse, tuvo que

resignarse a permanecer inactiva. No obstante las importunas sacudidas

del demoncejo revoltoso, el autor de “Los doce libros” estaba a punto de

salvarse: ya había afianzado su pie izquierdo en la cornisa y

reconcentraba todas sus energías para separarse con un último esfuerzo

de la escala fatal, cuando una lagartija que huía de un repugnante sapo

armado de adarga y lanza, tropezó con tal violencia al desventurado

filósofo, que le arrebató el equilibrio. Consuelo le vió vacilar,

inclinarse hacia atrás, dar una vuelta de campana y caer pesadamente al

suelo, saltando en añicos. Al quedar la venerable cabezota de Marco

Aurelio reducida a un montón de pedacitos de yeso, la joven lanzó un

grito. Entonces desaparecieron por ensalmo los detalles de aquel

aquelarre y la joven permaneció inmóvil, creyendo que la llamaban: luego

aquella audición fue más clara; parecía la voz de Alfonso.

--¿Qué es eso?--murmuró.

--Despierta, mujer; tienes una pesadilla.

--Es que el pobrecito Aurelio se ha roto la cabeza...

Sus ideas tornaban a confundirse y calló.

--¿Qué dices, loca?... Vuelve en ti; no sueñes.

Era otra vez la voz de Alfonso. Consuelito Mendoza oyó que la hablaban

casi al oído, un aliento tibio rozó su cara, manos vigorosas la

sacudieron. Despertó sobresaltada, frotándose los ojos.

--Alfonso--balbuceó.

--¿Qué?

--¿Pasó ya?

--Sí; era una pesadilla; como te empeñas en acostarte del lado

izquierdo... Ahora duerme y déjame en paz; tengo mucho sueño.

--¡Hijo... qué miedo tan grande!... ¡Si vieras!

Dió media vuelta, abrazándose al cuello de Sandoval.

--¿Qué hora es?--preguntó.

No dijo más y volvió a dormirse. Transcurridos algunos minutos, la

pesadilla se reanudó.

Estaba con su marido en un palco del teatro Real, viendo una ópera cuyo

argumento desconocía. De pronto tuvo frío y se levantó para vestirse el

abrigo que había dejado en el antepalco: éste era una alcoba, su

dormitorio de la calle Arenal, con su otomana, su mesa de noche y su

cama matrimonial vestida de blanco. Sentóse en el lecho a reposar; tenía

jaqueca; las notas llegaban a sus oídos debilitadas, tenues, remedando

suspiros.

De pronto reapareció el gnomo con su luenga barba gris, su caperucita

roja y una linterna en la mano. Corría de un lado a otro callado y sin

ruido, como buscando algún pequeño objeto extraviado. Consuelo no tuvo

ganas de seguir mirándole.

--Este hombre--pensó--es un pillo. ¿A qué vendrá esta noche aquí?

Seguramente entró por el cristal roto de alguna ventana, como hacen las

brujas, o por la puerta, bajo las faldas de alguna señora: como es tan

chiquitín... Pero, ¿a qué habrá venido, a qué?... Yo antes lo sabía y la

idea está aquí; se va... se me escapa, no consigo agarrarla bien. ¡Ah,

sí... ya sé... ahora recuerdo!... Lo que pretende es organizar una

reunión de diablos para que bailen un poquito al son de la música.

Reapareció el gnomo: sin fijarse en ella atravesó el cuarto y procuró

ocultarse bajo la otomana: después de tenderse de pecho al suelo

comenzó a estirarse alargando los miembros, doblegándose de diferentes

modos con una suavidad de movimientos semejante a la de los gatos cuando

quieren meterse por debajo de una puerta. Consuelo le observaba

fijamente: el misterioso espíritu pasó primero la cabeza, luego la mitad

del busto, en seguida la otra mitad, las piernecillas también fueron

entrando poco a poco hasta desaparecer enteramente: y entonces sólo vió

el reflejo de la linterna que continuaba luciendo bajo la otomana,

iluminando su vientre, convirtiéndola en un gigantesco gusano de luz.

De pronto las miradas de Consuelo repararon en una puertecilla que

acababan de abrir y por la cual entró un hombre muy pálido, sin pelo de

barba, con las mejillas arreboladas, las orejas grandes y separadas del

cráneo, los labios descoloridos, el pelo áspero y cortado a rape, la

mirada inmóvil y sin expresión, las manos exangües como las de un

muerto, el cuerpo vestido con un burdo traje de tafetán verde; aquel

extraño antojo avanzaba lentamente, sin mover los brazos ni las piernas,

como patinando... La joven comenzó a tiritar de miedo: no podía huir, ni

gritar, ni defenderse; la espeluznante aparición ejercía sobre ella una

atracción fascinante. Entretanto, la sombra fatídica se acercaba sin

ruido, sin movimientos, sin voz, extendiendo hacia su víctima sus brazos

y sus labios. Consuelo sintió que aquellos brazos la enlazaban con un

anillo de hielo. El fantasma maldito tenía la fuerza de una realidad

espantable: la boca del horrible engendro oprimió la suya con un beso

mortal, mientras una mano, fría como el mármol, la palpaba bajo las

faldas. Estaba tendida en el suelo, sin poder desasirse, jadeante, a

punto de ser vencida... Entonces la expresión del hombrecillo del traje

de tafetán empezó a cambiar: sus apagados ojuelos fueron transformándose

en otros grandes, expresivos, penetrantes, de color pardo o verde muy

obscuro, sombreados por largas pestañas negras. Consuelo, que había

visto aquellos ojos en otra parte, miró mejor... El muñeco había

desaparecido y en su lugar estaba Montánchez. La vergüenza y su dignidad

de esposa sublevaron el valor de Consuelo, que empezó a defenderse.

--¿Qué hace usted?--exclamó.

--Nada, no se apure usted--repuso él con su acostumbrada finura--; vamos

a representar la última escena de la ópera.

--No, no... puede venir Alfonso y enfadarse conmigo. Espere usted a que

yo se lo diga; vuelvo pronto... Hombre, ¿usted no dice que deben

evitarme las impresiones fuertes?... ¡No me irrite usted!

--Señora--insistía Montánchez sin soltarla--, tenga usted paciencia;

concluímos en seguida.

--Suélteme usted, se lo ruego, porque si Alfonso nos ve aquí solos y

abrazados, es capaz de matarnos. ¡Oh!... Si él supiera que un hombre me

ha tenido entre sus brazos, me daba un tiro... Suélteme usted... oigo

pasos... ¡es él... es él!...

Ya no percibía la música del teatro, ni los rumores de la sala, ni las

voces de los cantantes: la decoración había cambiado.

En aquel momento apareció Sandoval. Consuelo le vió dar un paso atrás,

ponerse horriblemente pálido y coger un cuchillo, una faca enorme, cuya

hoja brillaba a la luz siniestramente; la faca, tal vez, con que

quisieron matar a don Felipe: luego caminó hacia ellos... Montánchez no

se movió: hubiérase creído que esperaba resignado el golpe, o que poseía

algún medio oculto y sobrenatural para conjurar el peligro y detener el

brazo agresor. Mas Consuelo no pudo contenerse y lanzó un grito.

--¡Yo no quería!--exclamó--; ¡es... él!...

Iba subiendo la voz. Luego oyó la de Sandoval, y el trágico caramillo se

disipó.

--Es Montánchez--repetía la joven.

Abrió los ojos y vió que ya amanecía. Alfonso la riñó duramente; no le

había dejado dormir en toda la noche.

--¡No te enfades, hijito!--repuso ella--. ¿Ves?... yo no soy responsable

de mis males. Es que he tenido pesadillas horribles. Creí que un muñeco

de estuco, vestido de verde, me abrazaba, y después aquel monigote se

convirtió en Gabriel Montánchez, que quería representar conmigo la

última escena de una ópera...

Y volvió a temblar, recordando aquellas quimeras.

Poco a poco, sin embargo, tornó a quedarse dormida. Tenía el semblante

pálido, sus ojos cerrados temblaban ligeramente, los labios se movían

balbuceando palabras que no llegaban a ser inteligibles...

Al día siguiente, y sin otro contratiempo o motivo, Consuelito Mendoza

amaneció tiritando otra vez bajo las garras de la calentura.

III

Gabriel Montánchez vivía en un piso tercero de la calle Hortaleza, sin

otra familia que una vieja sirvienta y un hermoso perrazo negro que

agonizaba de viejo y de gordo.

La primera juventud de Montánchez fué borrascosa. Cuando cursaba el

cuarto año de Medicina se enamoró de una modista vecina suya, y fué

correspondido; su familia, sabiendo que el joven pagaba largamente las

mercedes de la muchacha y que la pasión amorosa le quitaba la del

estudio, intentó romper el idilio. La escena entre el padre y el hijo

fué violentísima y se separaron sin avenirse.

Al día siguiente Gabriel corrió al Monte de Piedad a empeñar su reloj,

sus sortijas y cuantas alhajas tenía, malbarató sus libros y algunos

trajes, pidió dinero a varios amigos de posición holgada, aguzó el

ingenio hasta conseguir que un prestamista conocido le facilitase dos

mil reales, y con más de cuatrocientos duros en la bolsa, y en compañía

de la moza que le había vuelto el juicio, emigró a París: fué un viaje

relámpago, salpicado de peripecias interesantes, de escenas imprevistas.

Los primeros meses pasados en la ciudad del Sena no fueron malos.

Embriagados Montánchez y su coima de amor y de libertad, no miraron al

porvenir hasta que su caja de caudales estuvo casi vacía. Entonces

recordaron que ninguno de ellos era hijo de millonarios, y alarmados por

tan razonable observación procuraron contener a la miseria con su

trabajo: ella buscó quehacer en un obrador; él pidió dinero prestado a

un viejo corredor de vinos con quien hubo de intimar en sus días de

prosperidad y bonanza, y con aquel dinero y el que pudo allegar dando

lecciones de español, pudo continuar evitando la bancarrota definitiva

algunos meses más.

La situación, no obstante, fué agravándose: la patrona, sospechando que

nunca vendría de España aquella letra de dos mil pesetas con que sus

huéspedes parecían pretender engatusarla eternamente, empezó a

desconfiar; púsoles mala cara y acabó negándose a mantenerles si no

satisfacían su deuda.

Ante esta dificultad que las circunstancias hacían insuperable, Gabriel

Montánchez procedió con el acierto y resolución que siempre fueron los

rasgos sobresalientes de su carácter; obligó a su querida a ponerse unos

sobre otros sus vestidos; él hizo lo mismo; y una mañana escaparon

dejando a la patrona, por todo recuerdo, una maletilla vieja llena de

piedras cuidadosamente envueltas en papeles para que no sonasen unas

contra otras.

Esta aventura fué como la introducción o prólogo que el Destino maleante

quiso poner a los muchísimos enredos en que más tarde el aventurero

había de verse preso y trabado. Gabriel y su amiga descendieron los

últimos peldaños del moral rebajamiento: la miseria corrompió sus

costumbres y su amor; ella llegó a vivir de la prostitución; él, cuando

la veía regresar a su boardilla despeinada y oliendo a vino, se encogía

de hombros despreciativamente, feliz de que nunca le faltase tabaco con

que llenar su pipa.

Una noche la pobre mujer no volvió: al día siguiente Montánchez supo,

por los periódicos, que la habían asesinado en una taberna de los

arrabales.

No tardó Montánchez en consolarse de aquel descalabro, y al fin, libre

de la malhadada pasión que en un momento de fiebre le robó a su familia

y a su patria, decidió regresar a Madrid, lo que hubiera hecho si el

Destino no hubiese dispuesto el curso de los acontecimientos de muy

distinta manera.

La esposa de un alemán de quien Montánchez era íntimo amigo, tuvo el

imperdonable antojo de enamorarse del joven español a los cuarenta años

cumplidos: fué una pasión tardía, pero abnegada y generosa, que

proporcionó al antiguo estudiante ganancias pingües.

Más tarde la mujer de un sueco, recién venido a París de agregado a la

embajada de su país, cautivó el corazón del arriscado mozo,

arrastrándole a nuevos azares.

En este tercer enredo Montánchez fué menos afortunado. El marido,

sospechando la verdad, le desafió, y Gabriel recibió una estocada que

puso en gravísimo riesgo su vida.

Cuando salió del hospital, como París le inspirase repugnancia

invencible, resolvió emigrar sentando plaza en un batallón de zuavos que

salía para la guerra de Argel. Al año siguiente, cansado de la vida del

campamento y comprendiendo que ni su carácter ni sus antiguas

disipaciones le permitían resistir aquellos trabajos, desertó, y merced

a un pasaporte falso pudo embarcarse con rumbo a Sicilia. Luego pasó a

Italia y en Roma vivió dos años, endulzando con su amor las soledades de

una rica viuda genovesa. Más tarde marchó a Grecia, recorrió el Asia

Menor y, finalmente, volvió a París, donde conoció a Sandoval, de quien

no tardó en ser muy camarada.

Aquélla fué para Montánchez una era de paz. Se colocó de traductor en

una casa editorial, y los ratos que sus ocupaciones y sus devaneos le

dejaban libres, los consagró al estudio de la Medicina. Por aquel

entonces las teorías criminalistas de Lombroso y el hipnotismo

empezaban a estar en boga; diariamente hablaban los periódicos y las

revistas profesionales de los descubrimientos hechos en un sentido o en

otro, y Montánchez, cediendo a ese impulso innato que arrastra a la

juventud hacia lo desconocido, aceptó inmediatamente las teorías

defendidas por la flamante escuela. Los misterios de la ciencia

hipocrática y los nuevos vastísimos horizontes extendidos ante sus ojos,

le sedujeron: los trabajos de Charcot, relativos al origen y desarrollo

de los padecimientos mentales, le aficionaron al estudio de la

psicología fisiológica; leyó a Wund y a Lotze, oyó las explicaciones de

Cullerre y de Luys, concurrió asiduamente a la escuela de Medicina y a

los hospitales, y bien pronto figuró entre los alumnos más aventajados:

su espíritu, hasta entonces adormecido por los placeres, despertó

súbitamente, adquiriendo en pocos meses un copioso caudal de

conocimientos.

Aquel otoño Sandoval y su amigo regresaron a Madrid, donde Gabriel

Montánchez tuvo la desgracia de saber muchas y muy amargas novedades: su

padre había muerto poco después de su fuga, y su madre, aniquilada por

tantos disgustos, vivía en una calle de las afueras, consagrada a sus

recuerdos y a la educación de una sobrina.

La reconciliación entre la anciana y el hijo pródigo fué completa y

dulcísima; pero Montánchez, para no tener nada que coartase su fanático

amor a la libertad, quiso vivir solo, y no sosegó hasta hallar un cuarto

al cual se fué a vivir con una antigua sirvienta de su familia.

Una vez establecido, tomó posesión de la parte que le correspondía de la

herencia de su padre, que era considerable, y tres años después se

graduaba doctor en Medicina; hecho lo cual compró aparatos de física y

química, retortas, alambiques, dialisadores, balanzas de precisión,

cajas de reactivos, pilas de Bunsen, una máquina eléctrica de Ramsden y

una soberbia biblioteca que importó más de cinco mil duros y en la cual

reunió lo más notable que en aquellos últimos años se había publicado

relativo a la ciencia de curar.

En aquella casa pasaba Gabriel casi todo el día y gran parte de la noche

estudiando a sus autores favoritos, sacando notas, escribiendo Memorias,

entregado a una labor incesante que ocupaba todas sus horas, y

disfrutando una vida anómala, más propia de un monomaníaco que de un

hombre cuyos tornillos razonadores estuviesen bien apretados.

Asustado de sus antiguas calaveradas y de los años perdidos en torpes

aventuras, odiaba al tiempo con todas las fuerzas de su alma, y a tener

forma corporal se hubiera batido con él.

--Es el único enemigo que me ha hecho temblar--decía.

Y le odiaba porque le temía, seguro de que contra la eterna sucesión de

las cosas no se puede luchar.

Cuando el amor al estudio transformó a Gabriel Montánchez en otro

hombre, el antiguo aventurero, parapetado en su gabinete sin más

entretenimientos que sus autores y sus recuerdos, echó una ojeada a su

alrededor considerando lo que fué, lo que era, lo que podía ser... Nueve

años eran pasados desde que una mujer le robó con el amor de sus padres

el aprecio de sí mismo; aquellos años huyeron veloces y sus deleites

podían compendiarse en estas palabras: amar y maldecir del objeto amado

para volver a enamorarse de otros ídolos tan falsos como el caído y

renegar de ellos también. Evocó aquella dichosa juventud que se cubría

bajo un cendal de poéticos encantos según se alejaba, recordó su

presente lleno de hastío y las nieves que coronarían los años venideros,

y quedó horrorizado ante los progresos del tiempo, ese monstruo que los

días hermosos se presenta con cara de risa y los nublados con ceño de

demonio, pero a quien siempre recibimos con gusto porque trae cabalgando

sobre cada amanecer una nueva esperanza.

Gabriel Montánchez, no queriendo envejecer ni morir, soñó con ser

inmortal. Para lograrlo propúsose descubrir un elixir, que mantuviese la

juventud perpetuamente, de modo que los cabellos no blanqueasen, ni los

ojos perdieran su brillo, ni las carnes su tersura, ni el cuerpo se

encorvara, ni el corazón dejase de alentar los divinos entusiasmos de

la edad primera; quería, en fin, llegar a los treinta o treinta y cinco

años, edad en que el desarrollo ha terminado definitivamente, y no pasar

de allí. Y este propósito de substraerse a la muerte, de vivir en el

mundo contrariando la más inquebrantable de sus leyes al conservar para

sí la vida que la Naturaleza exige a todo lo que nace, era la ambición

más grande, el desvarío más original y prodigioso, que ningún espíritu

cultivado pudo concebir.

Gabriel Montánchez trabajó en su empresa cuanto supo; revolvió libros,

consultó autores, practicó experimentos en animales vivos y compuso

multitud de combinaciones químicas sin hallar la bebida que, reuniendo

todos los elementos constitutivos de los tejidos orgánicos, tuviese la

facultad de eliminar las substancias calizas que los años acumulan sobre

los órganos.

Al fin se convenció de que el tiempo era más fuerte que él, y ya no

pensó más en disputarle aquella vida miserable que se escapaba.

Pero el deseo de inmortalidad había logrado preocuparle tan hondamente,

que aun después de reconocerse vencido no quiso saber la duración de su

suplicio, y para conseguirlo apeló a un procedimiento original. Cerró

cuidadosamente las ventanas de sus habitaciones, tapando con burletes y

argamasa cuantos intersticios pudieran servir de paso a la luz exterior;

extendió, para mayor seguridad de no ser nunca sorprendido en su

refugio por un rayo de sol, grandes cortinajes de damasco sobre las

ventanas y encendió magníficas lámparas en todos los cuartos; de este

modo, permaneciendo sumido en una noche perpetua, ignoraba la sucesión

de los días. Para realizar más cumplidamente su alejamiento del mundo,

vendió todos los relojes, esos chismes fatales que amarran la humana

existencia al rítmico girar de sus manecillas; los almanaques, que

cuentan los días, los meses y los años, y cada una de cuyas hojas, al

caer, deposita sobre el corazón una gotita de hielo; los termómetros,

que al marcar la temperatura recuerdan indirectamente el nombre de la

estación; los periódicos, que cada veinticuatro horas compendian en sus

páginas los ecos todos de la opinión y de la vida, y los espejos, que al

reflejar nuestra imagen nos obligan a comparar involuntariamente lo que

fuimos y lo que somos... Y para estar más libre aún, su ama de llaves

quedó encargada de recibir al casero y a cuantos importunos pudiesen

recordarle que estaba en el mundo y que era esclavo de sus

impertinencias.

Al principio este nuevo plan de vida no dió los resultados apetecidos,

porque el hambre, el sueño y los ruidos que subían de la calle, le

recordaban vagamente las horas; mas poco a poco la realidad mundana fué

borrándose, la casa pareció un retiro encantado, los quinqués siempre

estaban encendidos, el silencio era casi completo, sobre las

habitaciones pesaba una noche eterna. Montánchez vivió así tres meses

consecutivos, pasados los cuales vió con satisfacción que no recordaba

fijamente ni la hora, ni el día, ni el mes en que vivía. Después empezó

a salir a la calle y se hizo socio del casino a que concurría Sandoval,

pero procurando siempre mantenerse alejado del movimiento de la vida. Si

al salir de su casa encontraba la luz del sol o la de los faroles, o

veía casualmente algún reloj, como no sabía ni el día ni el mes en que

estaba, aquellas impresiones no le causaban efecto ninguno: cuando tenía

que hacer alguna visita, su ama de llaves cuidaba de avisarle de un modo

especial, previamente convenido, y de ventilarle bien las habitaciones

durante sus ausencias, cerrándolas antes de que él volviese, para que

las encontrase según las dejó, y de servirle las comidas a horas

estrafalarias y desordenadamente. Merced a estas sapientísimas

precauciones, el encanto duraba.

La enferma: novela · 第 2 / 15 段