LA ENFERMA
OBRAS COMPLETAS DE
EDUARDO ZAMACOIS
NOVELAS DE LA PRIMERA EPOCA
LA ENFERMA.--PUNTO-NEGRO.--INCESTO.--TIK-NAY, _El payaso
inimitable._--EL SEDUCTOR.--DUELO A MUERTE.--MEMORIAS
DE UNA CORTESANA.--SOBRE EL ABISMO.
NOVELAS DE LA SEGUNDA EPOCA
EL OTRO.--EUROPA SE VA...--LA OPINIÓN AJENA.--EL MISTERIO
DE UN HOMBRE PEQUEÑITO.--MEMORIAS DE UN VAGÓN
DE FERROCARRIL.--UNA VIDA EXTRAORDINARIA.--TRAICIÓN POR
TRAICIÓN.--LAS RAÍCES.--LOS VIVOS MUERTOS.
NOVELAS CORTAS
PARA TI... (_Libro I._)--Rick.--El collar.--La cita.--El secreto.--El
paralítico.--Una mujer espiritual.
PARA TI... (_Libro II._)--La caída.--La virtud se paga.--El
hijo.--Historia de artistas.--Los ojos fríos.--Una buena
acción.
PARA TI... (_Libro III._)--Odios salvajes.--El maleficio amarillo.--Historia
de un drama que no gustó.--Astucias de mujer.--Sobre
el mar.--El emigrante.
EL GUIÑOL DEL DIABLO.--Obra de amor, obra de arte.--El
hotel vacío.--Don Paco “El Temerario”.--Lo horrible.--El
amo del mundo.
AUTOBIOGRAFIA
CONFESIONES DE “UN NIÑO DECENTE”.--AÑOS DE MISERIA
Y DE RISA.
TEATRO
NOCHEBUENA.--EL PASADO VUELVE.--FRÍO.--LOS REYES PASAN.--PRESENTIMIENTO.
VIAJES
LA ALEGRÍA DE ANDAR (_Crónicas de un viaje por tierras de
Puerto Rico y Cuba, Centro-América y América del Sur_).--DE
CÓRDOBA A ALCAZARQUIVIR.
CRITICA
IMPRESIONES DE ARTE.--DESDE MI BUTACA (_Apuntes para
una psicología del teatro_).--EL TEATRO POR DENTRO.
CUENTOS
La Risa, la Carne y la Muerte.
EN PREPARACION
EL DELITO DE TODOS (_novela_).
EDUARDO ZAMACOIS
OBRAS COMPLETAS
LA ENFERMA
NOVELA
UNICA EDICIÓN REFUNDIDA POR EL AUTOR
[Illustration: colofón: RENACIMIENTO]
COMPAÑÍA IBERO-AMERICANA DE PUBLICACIONES (S. A.)
RENACIMIENTO
Puerta del Sol, 15 Ronda Universidad, 1 Florida, 251
MADRID BARCELONA BUENOS AIRES
Compañía General de Artes Gráficas (S. A.)-Madrid
ADVERTENCIA
Este libro, publicado en 1896, es mi primera novela: afortunadamente, la
prensa apenas habló de ella, la edición fué corta y mi esfuerzo pasó
inadvertido. Aunque ogaño la presento muy corregida, el lector
sorprenderá en sus páginas candores y balbuceos de principiante,
descripciones borrosas, retratos que mi mano bisoña no supo dejar
rotunda y gallardamente concluídos, momentos psicológicos que el temor
de parecer machacón y difuso, dejó mal alumbrados. Conste así en
desagravio de la labor que luego he hecho.
E. Z.
Madrid, Junio 1903.
I
Consuelito Mendoza despertó presa de un ligero acceso de fiebre: toda la
noche estuvo viendo danzar ante ella varios personajes cubiertos de
sangre y con heridas horribles por las cuales asomaban entrañas
palpitantes. Las primeras claridades matutinas causáronla inmenso bien,
al ahuyentar aquel mundo fantástico y rojo; mas la penosa impresión de
la pesadilla y la falta de reposo, la dejaron rendida. Aún permaneció
largo rato echada, sin atreverse a mover pie ni mano, bostezando
nerviosamente, tiritando a pesar de la agradable temperatura de la
habitación y sintiendo en sus oídos un raro y sostenido murmujeo. Estaba
silenciosa, acurrucada en un ángulo de su gran cama matrimonial,
paseando miradas indiferentes de un sitio a otro: primero sus ojos
repararon en el abrigo de pieles que había dejado la víspera sobre una
silla. ¡Pícara camarera, no acordarse de llevarlo a su sitio!...
Aplicóse a examinarlo fijamente, por hacer algo y distraerse, batallando
por buscarle semejanza con otro objeto, pero sin conseguirlo; siempre
le parecía lo que era: un abrigo de pieles. Mas luego la endiablada
imaginación empezó a triunfar de los sentidos, y lo que los ojos no
pudieron ver lo vió el alma descomponiendo la realidad a través de los
misteriosos cristales imaginativos: una arruga se la antojó un sombrero
de copa antiguo, ancho de arriba y estrecho de abajo: aquello ya era
algo, pero no todo: el sombrero, sí, era perfecto; mas, ¿dónde estaba la
cabeza? Continuó mirando... y, nada; la realidad se obstinaba en no
doblegarse al capricho.
--Pues yo he de conseguirlo--murmuró la joven esbozando un mohín
picaresco.
Frunció los ojos y miró con uno de ellos a través de su mano derecha
medio cerrada a guisa de telescopio: así quedóse inmóvil, embelesada,
observando siempre: la autosugestión continuó y pronto la visión
rebuscada surgió de golpe, con claridad indudable. Bajo el gran sombrero
de copa, negro y peludo, había una cara redonda, mofletuda y riente;
aquel rostro tenía un ojo hinchado y la nariz torcida; una nariz
ciranesca, insolente y sensual. Consuelo se echó a reír recordando a
Gelasio, el cochero de una amiga suya, cuando iba en el pescante bajo su
pelerina de pieles, con el sombrero encajado hasta las orejas y los
carrillos amoratados por el frío. Siguió mirando y la imagen tornó a
descomponerse: el sombrero de copa se prolongaba convirtiéndose en
hocico; la cara, formada por un trozo de piel blanca, parecía el
terrible pechazo de un animal, las patas se bosquejaron en la sombra.
Consuelo quiso reconocer al cochero y ya no pudo: Gelasio se había
trocado en un oso negro, enorme, que por momentos adquiría mayores visos
de objetividad. La joven lanzó un grito; la fiera no se movió; entonces
ella encogióse más aún, presa de un temblor nervioso que estremecía el
lecho moviendo hasta los cortinajes de muselina: al fin, sacando bríos
de su propio terror y flaqueza, y con desatinados aspavientos, apoderóse
de un zapatito que la víspera quedó olvidado sobre la mesilla de noche y
lo arrojó violentamente contra la quimera: el fantasma del oso se
deshizo y el zapatito cayó al suelo, reapareciendo el abrigo de pieles.
Pero Consuelo estaba tan nerviosa que no podía sosegar, y quiso
distraerse examinando las figuritas de porcelana que exornaban su
tocador, y estudiando la razón de que se reflejasen en el techo del
gabinete las sombras de las personas que ambulaban por la calle. No
podía distinguir si eran hombres o mujeres, mas sí la dirección que
llevaban, lo que bastó a entretenerla algunos momentos. Cuando aquel
juego ya la aburría quiso cambiar de actitud, mas la cama estaba tan
fría que no supo moverse. Volvióse boca arriba y empezó a bostezar,
desperezándose lentamente, con esa lasciva parsimonia de los gatos: sus
blancos brazos extendiéronse hacia arriba, luego se abrieron en cruz y
acabaron desplomándose pesadamente sobre el embozo de las colchas.
--Cuando venga Alfonso--murmuró cerrando los ojos--le diré: “Señor
Sandoval, ¿cómo me tiene usted tan abandonada? ¿No me quiere usted
ya?... Y le daré muchos besos, muchos... y un abrazo muy apretado”.
Tornó a bostezar y sus párpados se llenaron de agua; mareada por sus
propios antojos y por aquel interminable desfile de sombras que
recorrían el techo con sempiterno vaivén, apoyó un timbre; un prolongado
repiqueteo metálico vibró en los aposentos interiores de la casa.
Después resonaron pasos cautelosos.
Cuando Alfonso penetró en la alcoba, Consuelito Mendoza parecía dormir.
--¿Qué quiere mi dueña?--preguntó él socarronamente, acercándose.
Ella no contestó, pero al sentirse abrazar hizo un violento esfuerzo
para desasirse y escondió la cabeza bajo las almohadas. Alfonso, a quien
ya no sorprendían aquellos humorismos de su mujer, intentó
reconquistarla con lagoterías y discretas razones de amante ducho. Ella
mantúvose inexorable. ¡No, aquella vez no le perdonaba aunque se pusiera
de rodillas y en cruz!... Vaya, irse y dejarla sola, sabiéndola enferma;
¿cuándo se vió entre buenos enamorados nada igual?... Alfonso sonreía;
ella, por fin, abrió los ojos, con los labios y las cejas fruncidas y
la expresión agria del muchacho revoltoso que se ha enfadado.
--Ande usted, bicho indómito--exclamó él bromeando y alargando una
mano--; bese usted aquí.
--¿Qué hora es?
--No sé; bese usted humildemente aquí y se le contestará.
--He preguntado qué hora es--gritó Consuelo muy irritada--. ¡Jesús,
hijo!... ¿Estás sordo?
Alfonso la dió un cachetito en la mejilla y ella se echó a reír: hasta
entonces no comprendió que se había irritado un poco sin querer.
Sandoval abrió completamente las hojas de madera del balcón, y descorrió
las cortinas; la claridad gris de la mañana invadió el dormitorio. Eran
las diez.
--No debes levantarte--aconsejó--; llueve y el aire húmedo podría
perjudicarte.
Mas ella quiso llevarle la contraria: sí, señor; se levantaría a todo
trance, aunque en ello se jugase la vida.
--Es un capricho que merecías pagar caro; tienes los labios fríos, la
frente ardiendo...
Consuelo rompió a llorar.
--¡Qué desgraciada soy, qué desgraciada!--repetía--; ¡tampoco quieren
dejarme andar tranquila por mi cuarto!...
Preciso fué complacerla: Alfonso cogió una bata y con mil trabajos
consiguió que la enferma metiese los brazos por las mangas.
--Corre, muchacha--repetía--; si andas con esa cachaza atraparás un
enfriamiento.
--No importa; cuando quise, tú no quisiste; ahora que quieres, no quiero
yo. ¡Ea, chúpate ésa; para que aprendas!
Quedóse sentada al borde del lecho, con las ropas medio subidas y las
piernas colgando, y una encantadora carita de mal humor. Sandoval
acomodóse en el suelo, sobre la alfombra pintarrajeada de negro y
amarillo, apercibido a calzarle a su mujer los zapatos: antes de hacerlo
la besó los pies, esbozando al mismo tiempo, para obligarla a reír,
extravagantes pamplinerías y visajes; después la tomó en brazos y la
puso de pie, echándola, para mayor abrigo, un pañuelo de seda por la
cabeza y un mantón peludo sobre los hombros. Consuelito Mendoza se
acercó a un espejo.
--¡Mala jeta tengo!--exclamó--; me parece que el Día del Juicio no he de
tenerla peor. Sí, queridito; voy a morirme muy pronto.
Pasados algunos segundos de autoinspección y religioso recogimiento,
acercóse a la ventana con el semblante descompuesto por la fiebre. Del
cielo plomizo atravesado por los hilos de una red telefónica, semejante
a un pentagrama gigantesco, caía una lluvia fina y compacta; la calle
Arenal y parte de la Puerta del Sol, estaban casi desiertas: bajo el
balcón, los caballos de los coches de alquiler formados a lo largo de la
acera, sacudían sus arreos moviendo resignadamente la cabeza para
quitarse el agua que les corría orejas adentro; mientras, los cocheros,
envueltos en sus viejos capotones de pardo paño, cabeceaban soñolientos
bajo sus paraguas de algodón. Consuelo seguía ensimismada, mirando hacia
afuera, los ojos medio cerrados, como meciendo su alma en brazos del
ensueño: luego sus labios se agitaron y palideció intensamente. Sandoval
corrió a ella.
--¿Te sientes peor?--inquirió solícito--. ¿Quieres acostarte?
Hizo ella un signo afirmativo, y él, cogiéndola entre sus brazos
robustos, la volvió al lecho sin esfuerzo, ensabanándola después con
cariño y compasión maternales. Transcurrieron quince o veinte minutos.
El calorcillo reparador de los cobertores fué disipando el malestar de
la mimada y su semblante picaresco tornó a sonreír sobre el embozo.
--¡Hola, mosquita--exclamó Alfonso--, parece que vuelves a la vida!...
¿Reconoces ya cómo tu empeño de levantarte era un disparate?
--Pero ya estoy tan famosa.
--Gracias a mí.
--Y a mí, que soy de buena madera.
--El refrán lo dijo: bicho malo...
--Bien podías--repuso ella--contarme un cuento.
--¡Un cuento!... ¡lindo compromiso!...
Sabía muchos, pues era gran aficionado a leer, y cuando no recordaba
ninguno los inventaba sobre la marcha, poquito a poco, según hablaba,
de suerte que en una inmensa mayoría de casos estaba tan ignorante del
desenlace de la narración como su auditorio. Esto hacía que los cuentos
fuesen unas veces cortos y otras excesivamente largos, según el ingenio
y la vena del narrador. En aquella ocasión, teniendo la memoria vacía de
argumentos, empezó a inventar uno. Reducíase éste a la prolija
enumeración de las aventuras, malandanzas y pesadumbres sufridas por
tres soldados ingleses a quienes apresaron los salvajes habitantes de un
país que, desde luego, suponíase clavado en el corazón del africano
continente. Las primeras peripecias ocurrían a orillas de un lago
rodeado de selvas vírgenes impenetrables, a la puesta del sol, hora
precisa en que los elefantes, hipopótamos, cocodrilos y demás
respetables huéspedes del bosque, iban a refocilarse remojando sus
cuerpos en las verdosas aguas del pantano, y en que las manadas de
leones hambrientos acechaban en los claros del bosque la llegada de las
tímidas jirafas.
Estas relaciones infantiles, soporíferas de puro inverosímiles,
transportaban a Consuelito Mendoza a un mundo de aventuras y desatinos
del cual no quería volver; siendo lo más chistoso que si no la petaba el
hilo del cuento ella misma se erigía en autora y lo modificaba: este
episodio no estaba bien y convenía suprimirlo, o buscar otro, pues de lo
contrario se negaba a seguir escuchando: también los personajes habían
de llevar nombres simpáticos...
Aquella vez Sandoval, a costa de esfuerzos mentales inimaginables,
consiguió urdir una fábula de bastante interés, bautizó bien sus héroes,
supo elegir episodios y arribó con toda felicidad y gallardía al término
de su relato después de hablar sin interrupción más de una hora; él
mismo quedó admirado de su locuacidad y fértil ingenio de cuentista, y
Consuelo Mendoza, que compartía su sorpresa, permaneció silenciosa,
saboreando las escenas oídas. Cuando llegó la hora de almorzar la joven
obligó a Alfonso a comer allí, pues no quería quedarse sola: él accedió.
El resto de la tarde lo pasaron sin salir del cuarto, refiriendo cuentos
y tarareando aires populares y trozos de ópera al compás de una guitarra
que Alfonso solía pulsar medianamente. Habían dado órdenes terminantes a
las criadas de no recibir a nadie, y siempre que sonaba el timbre de la
escalera, Consuelo se incorporaba, procurando conocer por la voz a la
persona que llegaba. Después, al oír que el importuno se iba, dejábase
caer en el lecho retorciéndose de risa.
--¡Qué cara llevará!--decía--; el muy tontísimo vendría aterido y calado
hasta los calzoncillos pensando rejuvenecerse al amor de la chimenea, de
los pasteles y de las copitas de Jerez. ¡Pues, hijo, límpiate por
hoy!... Así te caigas al salir de aquí y llegues a tu casa embarrado y
hecho un adefesio, y los porteros no quieran dejarte pasar... Y, ¿qué
más diré?... Que encuentres la sopa fría, y tu mujer te arañe...
Ensartaba disparates, sin poder contenerse, como obedeciendo a un
impulso irrefrenable, hasta que Sandoval, aturdido, acordaba cerrarla
los labios a besos.
A media tarde Alfonso, cansado de no hacer nada entretenido, rindióse al
sueño. Despertó ya de noche; la luz de los faroles callejeros bañaba
gran parte de la habitación, y otra vez danzaban por el techo las
sombras de los transeúntes que iban o venían: levantóse perezosamente,
corrió las cortinas y encendió el quinqué de la chimenea. Al volver a la
alcoba, sus pies tropezaron una silla: el ruido despertó a Consuelo.
--¡Ay!--exclamó ésta lanzando un suspiro de liberación--.
¡Afortunadamente es mentira! ¡Oye!... Una pesadilla horrible... Soñaba
que un hombre... cuya cara no recuerdo... extendía los brazos para
cogerme; yo huía y aquellos brazos se alargaban detrás de mí; eran
negros... parecían dos cuerdas llenas de nudos...
Su cuerpo tiritaba de espanto ante la presencia imaginaria de aquel
fantasma que pretendía abrazarla. Tenía la frente ardiendo, las mejillas
arreboladas, la mirada brillante, el pulso insólito.
--¡Diablo!--murmuró Sandoval contrariado--; nunca te vi tan sobresaltada
como esta noche.
Sentóse a los pies de la cama y quedó pensativo, maldiciendo en su
interior la tardanza de Gabriel, a quien esperaba desde el mediodía.
Consuelo le observaba con ojos febriles, paladeando mucho, cual si su
seca garganta no pudiese deglutir la saliva. Pasó otra media hora; el
timbre de la escalera volvió a sonar; Consuelo, que se había quedado
traspuesta, abrió los ojos.
--Han llamado--dijo.
Alfonso se levantó; la voz de la doncella preguntaba desde el pasillo:
--Señorito, ¿puede pasar el doctor?
Sandoval miró a su mujer, inquieto.
--Diríase--murmuró--que le presentiste en tu pesadilla...
Gabriel Montánchez abrió la puerta y allí se detuvo, esperando a que su
amigo saliera a recibirle.
--Adelante, querido--dijo Alfonso--, y ve a Consuelo; no sé qué tiene.
--¿Jaqueca?
--Jaqueca y mimo, de todo un poco.
--¡Bah! El mimo y los celos, achaques son de recién casadas.
Consuelo hizo un gesto de mal humor y escondió los brazos bajo las
sábanas. Gabriel Montánchez era alto, representaba cuarenta años y sus
ademanes y actitudes tenían naturalidad y sencillez encantadoras; era
hermoso, con esa arrogancia y satisfecha osadía de los retratos
antiguos: la frente desembarazada, pobladas las cejas, la nariz
correcta, los labios finos, las mejillas siempre pálidas, sin barbas ni
bigote. Pero lo más notable de su fisonomía eran los ojos; ojos pardos
muy obscuros, que miraban fijamente, con expresión punzante, cual si
fuesen capaces de leer a través de los cuerpos opacos; su fascinadora
atracción llegaba a ser insoportable; era la mirada del hombre de genio
que todo lo sabe, y también la del aventurero audaz que a todo se
atreve.
--Hay algo de fiebre--afirmó Montánchez pasados algunos momentos de
silenciosa observación--, ¿qué siente usted?
--Nada--repuso Consuelo--, sino son muchas ganas de comer golosinas.
Pero, sí... me duele bastante la cabeza y hasta parece que la habitación
gira en torno mío.
--Yo creo--interrumpió Alfonso viendo que su mujer no acertaba a
explicarse--que a ese cuerpo le falta algún resorte esencialísimo, y de
ahí que los demás órganos funcionen mal. A ratos y sin motivo, sufre
fríos horribles, contra los cuales fracasan cuantos medios de
calefacción se empleen, y que sólo yo puedo curar contando cuentos o
discurriendo tonterías extravagantes: ¿qué te parece? Y otras, un calor
extraño que la sofoca hasta bañarla en sudor. A veces la atormentan
ridículos terrores, o se vuelve irritable y antojadiza... En fin, que la
niña es un manojito de estrafalarios caprichos y de rarezas.
Montánchez encendió un fósforo y aproximándolo al rostro de la joven:
--Míreme usted--dijo--de frente, sin pestañear.
Consuelo sostuvo aquel examen cinco o seis segundos y empezó a
parpadear.
--Estése usted quietecita--exclamó Gabriel sonriendo--; así no puedo
observarla los ojos.
--Ni falta--repuso ella con su habitual mohín de desdén y atropellando
todo género de miramientos--; no quiero que me mire usted; me hace usted
daño.
--¿Dónde?
--Concho, en todo el cuerpo...
Montánchez la examinó el interior de los párpados y las encías.
--¿Tiene usted palpitaciones?--inquirió.
--No sé tampoco; a ratos me duele el corazón.
--¿Mucho?
--Mucho: es decir, regular... No sé...
--¿En qué quedamos?
--¡Ea, ya lo dije!... en que no sé.
El médico continuó preguntando lentamente, interrumpiéndola a cada
momento para reflexionar.
--¿Siente usted, de cuando en cuando, un cuerpo extraño, a guisa de
bola, que sube del estómago y se detiene en la garganta cual si no
pudiera pasar de allí?
--Psch... ¡no recuerdo!
--¿Y no experimenta usted vahídos al levantarse después de haber
permanecido mucho tiempo sentada?
--Tampoco--replicó Consuelito Mendoza con aquella vaguedad que ponía en
todas sus respuestas--: es decir, vahídos, sí... muchas veces, cada
lunes y cada martes...
--¿Se la hinchan los pies?
--Nunca, ¡concho, qué miedo!...
A cada nueva contestación Gabriel Montánchez, perplejo, enarcaba las
cejas. Concluyó marchándose sin recetar.
Entonces Consuelito Mendoza se enfureció; estaban ofendiéndola y su
marido lo permitía. Hola, ¿conque todos menospreciaban sus dolores? Pues
ella sabría de qué modo comportarse en lo sucesivo: desde aquel momento
quedaba libre para hacer cuanto se la ocurriese, comería lo que
quisiera, iría al teatro sin permiso de nadie, y, sobre todo, no
consentiría que volviesen a hablarla de aquel médico cazurro y
antipático...
Sandoval, que había salido a despedir a Montánchez, le interrogó acerca
de la enfermedad de Consuelo.
--Por ahora--repuso el médico--, el daño es insignificante, pero puede
ser germen de perturbaciones gravísimas. Al principio, creí habérmelas
con un desarreglo cardíaco, pero no, el corazón funciona perfectamente.
Aquí todo el mal radica en el cerebro, o por decir mejor, en la médula
espinal: los nervios son los causantes de esos vahídos y palpitaciones
que sufre, y los conturbadores únicos de su carácter. Consuelo es
extraordinariamente impresionable, parece una sensitiva o una balanza de
precisión, y el menor disgusto, el accidente más nimio, la alteran: el
color de sus cabellos, la expresión de su mirada, la palidez y suavidad
de la piel, todo acusa un desarrollo neurológico excesivo; y los
desmanes de esos nervios es lo que importa corregir. Para ello debes
evitarla todo clase de emociones; las emociones son un veneno para los
enfermos del corazón o del cerebro. Prohíbela el uso de perfumes, no la
lleves al teatro cuando representen dramas demasiado vehementes, ni a la
ópera, porque la música, según Goncourt, es el haschisch de las mujeres
y las vuelve locas; no la contradigas nunca abiertamente, para que la
contradicción no la excite irritándola, y distráela cuanto puedas: los
nervios son a modo de sutilísimos hilos telegráficos que siempre están
vibrando, y ya que no se les puede reducir al reposo absoluto,
procuremos, al menos, que vibren agradablemente. Por ahora, nada de
medicamentos. El agua de azahar sólo la procuraría alivios pasajeros, y
el bromuro es un calmante demasiado enérgico. Más adelante, si la
enfermedad se mostrase rebelde, recurriremos a las duchas o al
hipnotismo, único sistema que puede emplearse con éxito en la curación
de los padecimientos nerviosos.
Con esto se fue Montánchez, y Alfonso regresó al dormitorio donde su
mujer continuaba llorando, muy pesarosa de que nadie creyera en la
gravedad de su estado.
En días sucesivos la joven experimentó alguna mejoría.
Por las mañanas su refugio predilecto era el despacho; un cuarto grande
y bien empapelado, con dos ventanas a un patio espacioso. A un lado de
la habitación había un retrato de Víctor Hugo, ya viejo, con sus dulces
ojos azules y su melena blanca; debajo estaba la mesa de escribir
adornada por un tintero de plata que Sandoval conservaba como recuerdo
de familia: los demás testeros los decoraba una rica estantería de caoba
repleta de libros cuidadosamente colocados; los grandes a un lado, los
chicos a otro, los encuadernados ocupaban sitios preferentes, los en
rústica los lugares menos visibles. Sobre aquellos estantes varios
bustos de hombres célebres levantaban sus escorzos inmóviles: Cervantes
y Calderón, junto a Demóstenes y a Esquilo; Byron y Shakespeare, frente
a Confucio y a Marco Aurelio; así, todos revueltos, como celebrando
desde lo alto de los armarios un congreso misterioso a despecho de los
siglos y de la muerte.
Allí era donde Consuelito Mendoza pasaba las mañanas, cosiendo junto a
la ventana hasta la hora de almorzar; a ratos apoyaba la frente sobre el
cristal para sentir una impresión de frialdad que aliviaba los ardores
de su cerebro, y permanecía embelesada, mirando las paredes del patio
renegridas a trechos por grandes manchas de humedad, y oyendo las voces
de los vecinos o el adormecedor murmullo de la lluvia. Entonces su
espíritu parecía desligarse del cuerpo; éste yacía inmóvil, conservando
la actitud que adoptó al sentarse, mientras el otro se disipaba en lo
infinito o era absorbido por ese “no ser” que en las horas de reflexión
y recogimiento flota sobre nuestras cabezas: sus ojos abiertos, apenas
veían el objeto reflejado en la retina, el tímpano vibraba transmitiendo
al cerebro ecos indefinidos...
El alma, como el mundo, tiene sus desiertos, infinitamente más grandes
que los terrestres; arenales inmensos, piélagos sin playas por las
cuales vuela el pensamiento sin hallar una idea seductora. Cuando
Consuelo Mendoza, harta de mirar hacia abajo, levantaba los ojos para
complacerse viendo caer la nieve, apreciaba la velocidad con que
descendían los copos a pesar de su extraordinaria rapidez, y entonces
seguía mirando con nuevo ahinco, hasta que aquella multiplicación
interminable de puntitos blancos empezaba a trastornarla: sucedíala con
ellos lo que a los viajeros de un tren, para quienes los árboles, los
postes telegráficos y los pueblos enteros corren hacia atrás, cuando son
ellos los que caminan hacia adelante. Viéndolos caer, Consuelo pensaba
subir. Esta ascensión comenzaba poco a poco, luego su rapidez aumentaba
y al fin convertíase en carrera furiosa, trasportándose a través del
abismo cual si fuese una pluma; y si no se estrellaba la cabeza contra
el techo, era porque su casa y todas las adyacentes ascendían también
con el mismo anhelo y premura con que los copos de nieve bajaban. Cuando
la joven podía reconocer oportunamente su alucinación, apartaba los ojos
del objeto que tan fuertemente la atraía; pero si el embeleso cobraba
apariencias de realidad no podía substraerse a él, y muchas veces la
hallaron junto a la ventana, la cabeza caída hacia atrás, jadeante,
mirando al cielo con ojos alocados, cual si un hipnotizador sobrehumano
la sugestionara desde la inmensidad del vacío.
Otras mañanas, hallándose con verdaderos deseos de trabajar, se
entretenía repasando la ropa de su marido, examinando cada prenda una
por una, y cuando muy a despecho suyo reconocía que todo estaba bien,
arrancaba los botones de un chaleco para procurarse el gusto de
ponérselos otra vez; o bien deshacía una camisa y luego empezaba a
recoserla, poniendo todo su empeño en concluir aquella labor antes de
que Alfonso volviese: lo importante, pues, era estar haciendo algo que
aludiese a su marido, en quien no dejaba de pensar.
El origen de aquel desarreglo nervioso, que el tiempo y los azares y
tropezones de la vida fueron desarrollando, nadie lo supo.
Consuelo era hija única de don Felipe Mendoza y Sorero, anciano militar
que lidió en la primera guerra civil y se reintegró al tranquilo hogar
cuando el reuma y las heridas le inutilizaron: su mujer murió de
sobreparto y Consuelo quedó al cuidado de una tía solterona que la
amparó desde muy pequeña y veló por ella con solicitud maternal.
Su niñez deslizóse plácidamente en una casita del barrio Pozas, que
tenía ventanas a un vasto solar donde las vecinas iban por las tardes a
tender ropa. Consuelito salía a las cinco y media de un colegio situado
en la calle Don Evaristo, junto a la de Ferraz, y con dos o tres
amiguitas de su edad íbase a rondar el solar, atisbando por entre las
tablas mal unidas que lo circuían, la ocasión propicia de penetrar en
él.
En aquel espacio cubierto de hierba lozana, que servía de pasto a las
vacas de las lecherías inmediatas, había una casuca con techumbre de
teja y chimenea de ladrillo, y agrandada en sus fachadas anterior y
posterior por dos viejísimos soportales de madera. En aquella choza
reinaba como omnipotente y única soberana la señora Daniela, viejecilla
pequeña y canija como las brujas de Teniers. Vivía con su marido, que
siempre estaba borracho, y por tanto impotente para nada útil, y con una
hija, ya moza; pero ésta tampoco la ayudaba en sus quehaceres porque
tenía un señorito que la compraba pendientes finos de oropel, y
vestidos y zapatos de charol y camisas de treinta pesetas... Todo, menos
mantenerla y casarse con ella.
Daniela, por tanto, era la administradora única de aquellos dominios:
ella fué quien impuso a las vecinas que llevaban su ropa a secar allí,
cinco céntimos de contribución, y diez o veinte, según las
circunstancias y la abundancia de pastos, a los dueños de las vacas y
burras de leche; la que regaba el solar con agua sacada de un pozo,
hacía calceta por las noches, y barría y repasaba lo más apremiante de
lo roto que tenían las ropas de su marido y las suyas; ella, finalmente,
era propietaria de un copioso enjambre de pollitos culones y vivarachos,
hechizo de Consuelo y de sus amigas.
Desde la ventana de su cuarto, Consuelito Mendoza los veía correr por el
solar, moviendo las inteligentes cabecitas y riñendo sobre los montones
de estiércol: todos eran hermanos, y cuando a la caída del sol su madre
los llamaba, acudían en tropel a guarecerse bajo el soportal trasero de
la casa. Poseer uno de aquellos pollitos, dormir con él y comérselo a
besos, constituía la mayor ilusión de Consuelo.
Resuelta a dar satisfacción a este deseo, espió pacientemente la
oportunidad de allanar los dominios de la señora Daniela: pasaron más de
quince días sin que la anhelada coyuntura se presentase; ¡qué mala
suerte!... los pollitos serían, cuando ella los cogiese, casi unos
gallos. Pensando así la pobre niña lloró mucho, perdió el apetito y fué
necesario llamar al médico. Cuando los tan codiciados animalitos
crecieron, aquel antojo quedó repentinamente olvidado. Esta volubilidad
de carácter presidió la psicología, toda la psicología, de Consuelo
Mendoza.
A los diez y siete años, la joven sufrió un accidente que puso en riesgo
su vida.
Una tarde, yendo con su padre, varios granujillas intentaron prenderla
en el abrigo una obscena figura de papel: don Felipe, justamente
irritado contra el atrevimiento de los chicuelos, quiso aplicarles una
buena mano de azotes que, sin romperles hueso, les escociese, cuando se
vió detenido por un hombre que, luego de insultarle groseramente por lo
que llamó “cobardía y barbaridad”, intentó agredirle con un cuchillo.
Afortunadamente, varias de las personas allí reunidas mediaron en la
cuestión, evitando que ésta tuviese mal desenlace; pero Consuelo, que
desde los primeros momentos comenzó a sentirse muy excitada, al ver
brillar el arma dió un grito espantoso y cayó al suelo sin conocimiento.
Este accidente, complicándose con las manifestaciones primeras de la
pubertad, provocó una violentísima fiebre que la hizo delirar varias
noches consecutivas y de la cual tardó mucho tiempo en reponerse.
Desde entonces su naturaleza quedó resentida: adelgazó, perdió el
color, sus ojos se agrandaron, su mirada fué más profunda y brillante, y
su carácter adquirió una irritabilidad morbosa. Todo llamaba su atención
y de todo se aburría; sus cuadernos de dibujo estaban llenos de esbozos
y figuras a medio terminar, y al piano farfullaba seguidamente los
trozos musicales más opuestos, sin acabar ninguno: sus labores
inconcluídas, la pluralidad de libros que empezó a leer y que rodaban de
una silla a otra con las hojas a medio cortar, el desorden de sus
conversaciones y propósitos, todo descubría un carácter inconstante,
sujeto a crisis nerviosas y a inmotivados accesos de ternura. Pero, como
el ataque primitivo no volvió a repetirse, los médicos opinaron
neciamente que todo ello desaparecería con los años y el matrimonio, y
dejaron que la enfermedad, al parecer dormida, siguiese echando mejores
y más profundas raíces.
Dos años después conoció a Sandoval, un muchacho de muy buena familia
que acababa de salir de la Universidad, y que, falto de obligaciones y
no necesitando de su carrera para vivir, divertía agradablemente el
tiempo en viajes o riendo con amigos y pecadoras de buen humor. Aquel
noviazgo formó una pareja perfecta: ella de regular estatura, cabello
negro y ondeado, ojos soñadores, un poco fruncidos, como los del árabe
que explora el desierto; las curvas abultadas, breve la cintura, las
manos y los pies aniñados; él, alto, vigoroso, alegre, con el
ilusionado corazón siempre propicio a enamorarse de todo lo noble y
digno de aplauso. Las relaciones fueron cortas, y tras un viaje de
novios más empalagoso que un idilio de Mosco, los nuevos cónyuges se
establecieron en un cuartito entresuelo de la calle Arenal. Poco después
murió el padre de Consuelo, y la pérdida de aquel ser querido reforzó
los lazos que ya la unían apretadamente a su esposo. El idilio de la
niñez había terminado y empezaba la novela de la juventud.
II
Jorge Sand dijo que “una mujer no puede amar al hombre a quien considere
inferior a ella, porque el amor sin veneración y sin entusiasmo sólo es
amistad”. Con este idolátrico, ciego y bienhechor frenesí, quería
Consuelito Mendoza a Sandoval: más fuerte que ella, dominándola por la
amplitud y serenidad de su pensamiento y la entereza de su resolución.
Alfonso era condescendiente, benévolo, fácil siempre a la súplica y al
perdón; pero a ratos, en los asuntos de riesgo y trascendencia, sabía
desenvolver su voluntad inexorable, probando cuán recta y dura eran su
orientación y su temple.
A despecho de tales rozaduras, acaso por este mismo antagonismo de
caracteres, ambos se amaban locamente. Consuelo reconocía ciertamente
que Alfonso Sandoval era muy celoso, pues no la permitía salir sola a
ninguna parte, y hasta dió a entender a sus amigos que las puertas de su
casa no se abrían con gusto para ninguno de ellos, creyendo fundadamente
que, si bien hay mujeres en quienes puede tenerse absoluta seguridad
por lo que a ellas atañe y concierne, de los hombres, aun de los más
fieles y allegados, debe siempre desconfiarse: mas aquel exceso de
pasión halagaba el amor propio de la joven, y como no quería nada fuera
de su hogar, no sintió el peso de tales prohibiciones. Vivía consagrada
a su marido, con exclusión rotunda de todo otro afecto; y, sin
procurarlo, imitó su manera de hablar, sus gestos, sus frases favoritas:
le adivinaba en el modo de pisar, de toser, de subir la escalera; y a
obscuras, sólo por el olor, reconocía sus ropas, aun cuando estuviesen
recién lavadas, en algo simpático que sólo ella percibía. Hallándose
sola, esperándole, solía suceder que su corazón, de pronto, latiese con
más violencia.
--¡Ahí viene!--exclamaba corriendo a la ventana.
Y ¡cosa rara! su agudo instinto de mujer enamorada jamás la engañó:
había necesariamente entre ellos un flúido que les ponía en relación
constante, permitiendo que se buscaran sin verse, por la misma ley
magnética que mueve a la aguja imantada a señalar al norte. En lo que
Alfonso Sandoval mostrábase absolutamente intransigente era en cuanto a
la salud de su mujer concernía: a verla sana y fuerte, aspiraban sus
empeños.
--Acerca de esto procederé según mi criterio y mi conciencia me
aconsejen--decía--; Montánchez, que, como médico y como amigo, está
interesado en curarte, me aconseja evitarte toda clase de malas
impresiones, que no te deje llorar ni reír con exceso... y yo, que
cumplo fielmente estas cuerdas prescripciones, inmolando muchas veces mi
voluntad y mis deseos a tu bien, ¿consentiré que nadie, sea quien fuere,
llegue con su imbecilidad a destruir mi obra?
A pesar de tan prolijos cuidados, la flaca salud de Consuelito Mendoza
no mejoraba; el diablillo inapresable de la neurosis mordía sus nervios;
sus risas y sus lágrimas sucedíanse caprichosa e inesperadamente, como
las grupadas en los días vernales o de otoño.
Una tarde, después de almorzar, el matrimonio pasó al gabinete a tomar
el café. Era aquella una habitación cuadrangular, ricamente alfombrada.
Sandoval arrimó su butaca a la chimenea, cruzó una pierna sobre otra y
encendió un tabaco.
--Acércame el café, niña, ya que estás ahí--dijo con su tono cariñoso
habitual.
Ella apresuróse a obedecerle trayendo un velador con dos tazas. Alfonso
cogió la suya y bebió un sorbo.
--¡Uy, qué rico está!--dijo.
Aquel era uno de sus mayores caprichos; el de fumar y beber café al amor
de la lumbre, sin discurrir nada serio, abandonándose a una pereza
enervante. Entonces reconocíase completamente feliz; el adormecedor
aroma del tabaco, el humo que caracoleaba alrededor de sus dedos y
luego subía en líneas sinuosas girando sobre sí mismo en caprichosas
espirales por el ambiente tibio, el sonsonete continuo de la lluvia y el
cálido chisporroteo de la madera quemada inspirábanle un placer
tranquilo, soporífero, paradisíaco.
Consuelo, sentada delante de él sobre el brazo de una butaca, le
contemplaba silenciosa, cubriéndole bajo una mirada de amor: tenía el
pelo graciosamente recogido, un pañuelo rojo de seda ceñía su cuello
mórbido y blanco; el vestido negro realzaba los contornos ondulantes,
exquisitamente pomposos, de su cuerpo; cuerpo juvenil, de carnes frías y
apretadas. Su frente pequeña, sus ojos grandes, la afilada nariz y el
tinte pálido del semblante y de los labios, daban a su fisonomía la
expresión dulce de esos retratos de mujeres hebreas que publican las
revistas ilustradas...
De pronto Sandoval miró su reloj; eran las tres, la hora de ir al Casino
para desentumecerse haciendo gimnasia o tirando al florete.
--¿Te vas?--preguntó Consuelo.
Alfonso repuso indeciso:
--Psch... ¿Llueve mucho?
Ella corrió al balcón y levantando los visillos:
--¡Qué atrocidad--dijo--, no se ve a cuatro metros! ¡Qué modo de caer
agua!... En toda la Puerta del Sol hay dos personas. Pero, chico, si los
tranvías parecen submarinos y los pobrecitos caballos tienen un canalón
en cada oreja...
Dejó caer la sutil cortinilla y fué a sentarse sobre las rodillas de
Sandoval.
--¿Conque, vas a salir?
--¡Diantre... no sé!...
Consuelo sintió uno de aquellos vehementes arrebatos mimosos que la
transfiguraban en otra mujer.
--Bien mío, no salgas, complace esta vez a tu mujercita. El tiempo es
malo, llegas al Casino mojado de pies a cabeza, manchado de barro,
tiritando de frío... ¿y para qué? Para ganar o perder una partida de
tresillo: mientras que aquí estás abrigadito, con los pies calientes y,
sobre todo, junto a mí, que te adoro. Verás: jugaremos al tute, al
ajedrez, me contarás cuentos... ¿verdad que sí? ¡Concho, hijo, cuánto
tardas en responder!... Di, ¿te quedas?... ¿Eh?... ¿Te quedas?...
Realmente Sandoval ya estaba decidido a quedarse, pero no quiso rendirse
tan pronto.
--Acceder a esto--dijo--no es cuestión de cariño, porque las pequeñeces
no merecen tenerse en cuenta. Lo que te quiero lo sabrás algún día, si
llega el caso. Yo me quedaría, ¡pero eso de no ir al Casino, ni un
ratito siquiera, es horrible!... La vida de Círculo llega a ser para
ciertos hombres, para mí, verbigracia, una segunda naturaleza.
Consuelo hizo un gesto impaciente.
--¡Qué Casino ni qué concho! Siempre estás mortificándome; es lo
primero que te pido y luego...
--Digo esto--agregó él complaciéndose en verla apurada--, porque
prescindir del Casino equivale a renunciar a la tertulia de mis amigos,
al riquísimo café que allí se bebe, a la sonrisa del criado que está en
el guardarropa y me ayuda a quitarme el gabán, a los asaltos que riñen
los aficionados en la sala de armas... y a otra multitud de atractivos;
¡celebraría que las mujeres tuvieran también sus círculos para que
apreciases cuánto vale todo esto!... Pero el hombre es débil, y
Hércules, hilando a los pies de Onfala, es el ejemplo que mejor
demuestra cuán grandes son el imperio y poderío que las faldas tienen
sobre los pantalones; por eso yo, que te quiero tanto o más que Hércules
a Onfala, también me rindo a tus súplicas, bribonzuela, y con tal de
verte alegre renuncio a todo y... ¡me quedo!
Ella, enajenada de gozo y no sabiendo cómo demostrar su regocijo,
acomodóse en el suelo entre las piernas de él, los brazos apoyados sobre
sus rodillas, besándole las manos. Alfonso sonreía satisfecho,
acariciando aquella frente preciosa cubierta de abundantes cabellos
negros que ponían a su cara un marco de azabache. Luego estuvieron
contemplándose, dictando con sus miradas un idilio mudo.
--¿Me quieres mucho?--preguntó Consuelo.
--Más que el primer día de casados, y nunca he sido tan feliz como hoy:
creo que ni en el paraíso cristiano, con sus santos repletos de teología
y sus once mil vírgenes insulsas y rezadoras, ni en el edén musulmán
poblado de huríes ardientes, puede estarse mejor que aquí: esto es un
ensueño de opio y hasta me creo un sultán vestido a la europea, y tú una
sultana más hermosa y discreta que _Schéhérazade_.
--¿Se te quitará el mal humor? ¿Serás bueno y tolerante para mí? ¿No
volverás a reñirme?...
--Tonta; defendiendo tu bienestar soy para los demás una fiera; para ti,
siempre seré un niño.
Consuelito, aburrida de permanecer en el suelo, quiso cambiar de
posición, mas no acertaba a colocar cómodamente las piernas.
--¡Concho, siempre me lastimo!
Harta de removerse inútilmente, acabó por estirarlas, dejando al
descubierto sus pantorrillas: tenía medias negras.
--¡Qué vergüenza!--exclamó Alfonso tapándose los ojos--; ¿le parece a
usted eso decente?
--¿El qué, concho?
--Esas dos cosas negras que te asoman por debajo de las faldas.
--Y, ¿qué importa?
--¿Cómo?... ¿No es un delito tenerme siempre el ánimo en pecado mortal?
Ella, bruscamente, se levantó.
--¡Ah, está bien--dijo--, te disgustan!... Pues no volverás a verlas en
toda tu vida, lo juro. Eso ya no es para nadie.
Parecía enfadada y corrió a echarse en el sofá, al otro extremo del
gabinete. Después, sin saber por qué, comenzó a ponerse seria, muy
seria; sus cejas se fruncieron; plegó los labios gravemente.
El crepúsculo fué breve y la noche cerró en seguida; la luz de los
faroles atravesaba los cristales del balcón dejando en el techo ligeros
resplandores que se movían en indeciso aquelarre.
Como la joven no depusiese su actitud esquiva, Sandoval la llamó.
--Acércate, quiero descubrirte un secreto al oído...
La requerida continuó impasible; él agregó incomodándose:
--¿Para eso me retuviste con tus ruegos? ¿Para luego ponerte a ensayar
mojigangas?
--Pues... ¿por qué no quieres verme las piernas?
--Vaya, basta de tonterías, chiquilla mal criada.
--No haberlo dicho.
--Tonta.
--Mejor que mejor.
--Si quieres reconciliarte conmigo, ven aquí.
--¡No, ven tú!
--¡Eres más empalagosa que un tarro de almíbar! ¿Qué? ¡Haces lo que
mando o me marcho y no vuelvo hasta la madrugada!
Consuelo reanudó su llanto, lanzando a cortos intervalos largos y
entrecortados suspiros. Alfonso, compadecido, acercóse a ella; seguía
tendida con abandono delicioso; bajo su traje negro, sencillo como el de
una colegiala, se bocetaban las formas lujuriantes del cuerpo, y estaba
tentadora, con esa seducción irresistible que tienen las mujeres bonitas
cuando lloran de amor.
--Niña, no te excites, procura serenarte--dijo Sandoval--; levanta la
cabeza; ya me tienes aquí. Ea, ¿qué?... ¿te pasó el mal humor?
--No. ¿Por qué me llamaste empalagosa? Hijo, yo debo de darte náuseas;
las cosas muy dulces repugnan.
Decía esto abriendo mucho los ojos y arqueando las cejas con adorable
expresión inocente: Alfonso la abrazó conmovido, murmurando:
--¡Pobre enfermita!
--No estoy enferma; ésas son calumnias que el mundo inventa para
atormentarme. Lloro porque me tratas muy mal, porque no me quieres,
porque te aburre en mí todo lo que antes te divertía, porque soy para ti
menos que una esclava... Menos, sí; pues yo he oído contar que muchos
hombres quieren a sus esclavas como a sus propias mujeres...
--¡Loca... locuela... loquilla!...
--Eso querría yo, eso... porque prefiero morir loca a que me abandones.
Desgraciadamente no será así. Me lo aseguran tu manera de comportarte
conmigo, tus miradas, tus atenciones, que más parecen dictadas por el
deber que por el cariño; tu conversación...
Sandoval estaba perplejo, no sabiendo si entristecerse y tomar la
cuestión por su lado serio, o si reír.
--¡Ay, maridito mío!--exclamó de repente Consuelo--: yo tengo muchas
ganas de llorar.
--¡Cómo, tontuela! ¿qué motivo tienes?
--No sé, quizá ninguno, pero siento sobre el pecho un peso muy grande
que me impide respirar, y estoy cierta de quitármelo llorando.
--Pues llora.
--Es que no puedo...
Volvió a reclinarse en el sofá, prorrumpiendo en sollozos fingidos;
luego se sentó, oprimiéndose el pecho; pero las lágrimas no corrían, y
tal fué su desesperación que llegó a pegarse un vigoroso cachete en la
cara. El dolor permitió que los ojos se humedecieran momentáneamente,
pero en seguida volvieron a secarse.
--¡Virgen, qué nerviosa estoy!... Alfonso, dime algo, hazme algo, para
que llore...
Se retorcía los brazos como un reo en la tortura.
Sandoval la llevó al lecho, pero Consuelito Mendoza, insensible a sus
halagos, dejóse caer en la cama, sollozando furiosamente, pugnando por
derramar aquellas lágrimas rebeldes que se obstinaban en no correr. Su
excitación nerviosa fué aumentando, empezó a revolcarse y llegó a
tirarse del pelo.
--¡No seas imbécil!--gritó Alfonso realmente irritado--; vas a
lastimarte.
--Eso quiero.
--Pues cuida de que no te haga llorar de veras aplicándote unos buenos
azotes.
El semblante de Consuelo expresó alegría inmensa.
--¡Sí, por Dios, sí... dámelos!
--No instes, porque cumplo lo ofrecido.
--Bueno, pues, sí; anda pronto...
--Que van a escocerte...
--Lo que quieras, tirano mío; pégame cuanto gustes, tuyos son mi
espíritu y mi cuerpo, pero no dejes de amarme. Mírame a merced tuya,
sumisa, gozando ya con el castigo... ¡Pégame, Alfonso, pégame!...
Ella misma se tendió boca abajo, la cara sobre la almohada, esperando
impaciente. Toda aquella flagelación envolvía una voluptuosidad extraña.
Sandoval, sin otros ambages, sofaldó a la joven y cogiendo una chinela
levantó el brazo sobre aquellas carnes turgentes que parecían vibrar de
placer bajo la fina tela de la camisa. Consuelo permanecía inmóvil,
suspirando dulcemente, esperando el castigo, deleitándose con él: al fin
recibió el primer golpe y su cuerpo tembló más de sensualidad que de
dolor; luego recibió otro y seguidamente cinco o seis más, muy
fuertes... Después Sandoval, condolido, acarició la parte azotada.
Consuelito le abrazó diciendo:
--¡Esposo mío, piedad para mí, no me pegues más, basta, por Dios!...
Tenía los ojos colorados y las lágrimas corrían abundantes por sus
mejillas. Pero Alfonso, comprendiendo la refinada voluptuosidad de aquel
capricho, quiso extremarlo, y desasiéndose de la joven continuó
macerando sañudamente aquellas carnes blancas y duras; ella sollozaba;
después, juzgándola bastante castigada, se acostó a su lado para
consolarla. Consuelo se dejaba acariciar besándole y riendo y llorando
al mismo tiempo, complaciéndose en rendirse a su propio verdugo; y
cuando estuvo completamente tranquila acabó por confesarle, y aun lo
juró por su padre muerto, que desde aquel momento le quería más y que
los azotes mejores fueron los últimos.
Aquella noche, acobardados los dos por el frío, se acostaron temprano:
Consuelo tenía miedo; ese miedo a lo indeterminado y remoto que sólo
conocen los nerviosos: la seguridad de sufrir el asalto de alguna
pesadilla horrible, oprimía su ánimo.
--¿Qué tienes?--inquiría Alfonso sintiéndola temblar.
--¡Ay, no sé, pero... no me sueltes... se me antoja que van a
llevarme!...
Al fin, tras muchos esfuerzos, logró dormirse; el temido ensueño,
efectivamente, no tardó en llegar disfrazado bajo sus vagarosas
hopalandas negras y grises...
...Era una tarde de invierno; ella vivía en aquella misma casa, pues
todas las estancias guardaban entre sí idéntica disposición, pero las
habitaciones eran inmensas, las paredes de color plomizo se balanceaban
alejándose o acercándose cual si tramoyistas invisibles las pusieran en
movimiento por medio de mágicos resortes...