20 de febrero.

--¡Qué revolución en mi vida!...

--¡Oh! qué inmenso agradecimiento el mío a mi buena y querida abuela...

Y pensar que estaba yo a punto de creer que su abnegación se

debilitaba... Qué monstruoso error y qué ingratitud sin ejemplo...

Esta mañana, almorzando, la abuela me hizo observar que estaba quedando

mal con la de Ribert y que no debía abandonarla así, después de haberla

molestado tanto con mis deseos de estudio.

Si ahora te interesan menos las solteronas--dijo la abuela con fina

sonrisa,--no por eso debes tomar ese aspecto despegado... Hace más de

cinco meses nos estás fastidiando con tus solteronas... ¡Dios mío! qué

disgustos me has dado... En fin, ya pasó...

--¿Qué es lo que ha pasado?--pregunté fingiendo no comprender el

pensamiento de la abuela.

--Tu incomprensible gusto... Para ti no había más que las solteronas...

Sólo ellas eran buenas y perfectas...

--No, abuela. Pero convengamos en que son tan buenas y tan perfectas

como las casadas... o más.

--¡Bah! no hablemos más... Para salvar tu reputación, iremos esta tarde

a casa de la de Ribert... No quiero que esta excelente amiga te juzgue

mal.

Se convino que a las tres dadas me encontraría dispuesta para acompañar

a la abuela, y como no quería, de ningún modo, sufrir un interrogatorio

malicioso, envié dos letras a Francisca para que se encontrase a las

tres en casa de la de Ribert. Contaba con ella para cambiar de

conversación e impedirla que fuese desagradable para mí.

A la hora indicada, y en el momento de entrar en casa de nuestras

amigas, nos tropezamos con Francisca, la cual, después de haber saludado

amablemente a la abuela, nos propuso acompañarnos. La abuela hizo un

movimiento de protesta que Francisca aparentó no ver ni yo tampoco. En

seguida llamé, para evitar la hostilidad de la abuela, a la que no hacía

ninguna gracia la compañía de Francisca.

Marieta, la doncella, nos abrió la puerta, y cambió un mirada con la

abuela, que me asombró. Pareció que la abuela le preguntaba:

--¿Hay alguien con la señora?

Y que Marieta había respondido:

--Sí.

Mientras subía la escalera, me sentí oprimida y rara. Francisca me

empujó con el codo y me dijo:

--Esto huele a misterio, ¿eh?...

Mi opresión aumentaba, y me parecía que marchaba hacia mi destino, casi

hacia mi desgracia... Si me hubiera atrevido, me hubiera escapado... Por

fin, se abre la puerta del salón y... ¿qué veo?

Delante de la ventana, ocupados en mirar fotografías, estaban la de

Ribert y un joven rubio... alto... delgado... de ojos azules... Es el

señor Baltet, estoy segura...

Las presentaciones no me enseñaron nada. Le había conocido... ¡Cómo se

parecía al hombre de mis sueños!... Su voz tiene las mismas inflexiones

corteses... ¡Es él!...

Pero... si es él, es que la abuela y la de Ribert me han adivinado...

¡Qué vergüenza!

Por un violento esfuerzo, logro recobrar un poco la calma, pero no puedo

hablar... Francisca, que lo ha comprendido todo, se divierte

grandemente, ríe, habla, afecta su expresión reservada de los buenos

días, y exhibe de vez en cuando algún ingenio. Está encantadora,

mientras que yo tengo la sensación de estar estúpida como una docena de

gansos reunidos... La de Ribert me mira con reproche, la abuela con

ansiedad, y las dos están casi duras con Francisca, y cortan

intencionadamente sus frases más brillantes... Por fortuna para mi

amiga, su humor parece estar en buen tiempo fijo y me quedo asombrada

de su dulzura desusada. ¡Pobre Francisca! Hace eso por mí... Qué buena

es...

La de Ribert nos explicó en pocas palabras cómo había conocido al señor

Baltet, y habló de sus investigaciones sobre el celibato... La abuela

sonrió... El señor Baltet tomó parte en la conversación... Genoveva

habló también... Solamente a mí no se me ocurrió nada que decir... Era

tan feliz con mi absurda angustia... No sé cuánto tiempo duró la visita,

pero cuando la abuela se levantó, di un suspiro de pena... La abuela lo

notó probablemente, pues invitó al señor Baltet a ir a casa al día

siguiente, con aquellas señoras, para ver unas antigüedades que podía

enseñarles.

El señor Baltet dio las gracias y aceptó, diciendo que quería aprovechar

su estancia en Aiglemont para hacer unos estudios arqueológicos del

mayor interés. Tiene una carta de recomendación para el padre Tomás, lo

que pareció encantar a la abuela.

Pero Francisca dio un violento golpe a su encanto, expresando que

tendría mucho gusto en ser admitida a contemplar esas cosas que tanto le

gustan. La abuela no había comprendido ciertamente a Francisca en la

invitación, pero la curiosilla desempeñó perfectamente bien el papel de

aficionada a antigüedades, y hasta tomó cierta expresión profunda al

hablar de arqueología, todo para ablandar a la abuela y conseguir que no

se le cerrase la puerta... El señor Baltet parecía ver con placer las

diversas evoluciones de Francisca. Cómo se hubiera reído si hubiera

sospechado la comedia que nos estaba representando...

Genoveva me acompañó hasta la puerta y me dio un beso tan tierno, que

me sentí instantáneamente animada y libre de mi absurda angustia.

--Qué lástima, dejar a la de Ribert--dije a la abuela en cuanto

salimos.--Creo ahora haber recobrado mi presencia de ánimo y hubiera

gozado más de la presencia de mi alma hermana...

--Silencio--dijo la abuela;--esperemos a estar en casa para hablar

libremente...

Al llegar, me eché en los brazos de la abuela, y sólo mis lágrimas le

dijeron elocuentemente mi agradecimiento.

--¡Querida abuela!--suspiré, cubriéndola de besos.

--¿Estás contenta, hija mía?--me preguntó con voz conmovida,

devolviéndome con usura mis caricias.

--Abuela, abuela... ¿Habías adivinado?... Qué ángel guardián...

--No era difícil--respondió.--Eres tan misteriosa, pobre hija mía, que

llevas el secreto escrito en la frente...

--¡Dios mío! y yo que apenas lo sabía... Sin Francisca, no lo hubiera

sospechado siquiera...

--Dichosa inocencia--exclamó la abuela riéndose.--Pero--añadió más

severamente,--te ruego, Magdalena, que no acojas a Francisca como lo

haces... Es astuta esa muchacha... Me contraría el verla mañana con el

señor Baltet...

--¿Por qué?--pregunté sorprendida.

--Por nada--respondió la abuela, haciendo un movimiento como para

ahuyentar un pensamiento importuno.--Hablemos de nuestro complot...

Me contó entonces que había vigilado mis impresiones, que se había

confiado al padre Tomás, y que la de Ribert había prestado su concurso

a la conspiración. Con el pretexto de comunidad de ideas, había

respondido directamente al señor Baltet. Este había pedido con la misma

ocasión algunos datos sobre los descubrimientos arqueológicos hechos en

Aiglemont, y la de Ribert había respondido tan bien, que el señor Baltet

manifestó el deseo de venir a juzgar personalmente. Y todo se había

arreglado.

--De modo--pregunté mordida en el corazón por una secreta angustia,--que

no se ha tratado de mí...

--Nada de eso--respondió la abuela.--Acuérdate de la declaración de

principios del señor Baltet... Creo que hablaba de exterminar a todo

intermediario en un asunto matrimonial... No era este el caso de

probar...

--Mejor--respondí;--me quitas un gran peso...

--Un poco de buen sentido, Magdalena--dijo la abuela.--Ya me haces

incurrir en cosas bastante extraordinarias sin llegar a ofrecer a nadie

mi nieta... ¡Ah! qué débil es el corazón de una abuela... Por cariño a

ti, me veo metida en la más tonta historia que he visto jamás... La

culpa es de las solteronas... Las abomino...

--Querida abuela--respondí, apoyando la cabeza en su hombro,--si esas

aborrecidas solteronas fuesen la causa de mi felicidad, ¿las

detestarías?...

--No, hija mía--dijo la abuela enternecida.--Tu dicha es mi única

preocupación... de modo que tú crees...

--Sí--balbucí confusa,--sí, creo...

--¿Ya no eres opuesta al matrimonio?

--Muy poquito ya... casi nada.

--¡Ay! hija mía, qué alegría me das... Al fin podré morir tranquila...

--No hables así, abuela adorada. Lo que hace falta es que vivas mucho

tiempo... siempre.

La abuela movió la cabeza con expresión de pena, y para no enternecerse

más, me habló de la buena posición del señor Baltet, de sus gustos

serios y de sus relaciones con el mundo de la ciencia.

--¡Es alguien!--dijo la abuela.

--Con tal de que yo llegue a ser algo para ese alguien...--murmuré con

nueva angustia.

--¿Por qué no?--respondió la abuela con orgullo.--Tendría que ver que a

ese señor se le ocurriera criticarte...

--Sin criticarme, podría sencillamente no reparar en mí...

--¿En ti?...

Esta pregunta fue un poema de amor, de confianza y de admiración y dijo

todo el cariño de mi abuela querida y su fe ciega en el porvenir de su

nieta.

¡Pobre abuela!...

Las Solteronas · 第 39 / 50 题