El señor Baltet me gusta cada vez más.
Ha estado delicioso esta tarde. Cada uno de los objetos que le
presentaba la abuela, era motivo para una disertación medio seria,
medio jocosa. La de Ribert y Genoveva han quedado conquistadas como
yo... aunque en distinto grado. Hasta Celestina manifiesta alguna
indulgencia hacia el señor Baltet. La abuela no habla más que de él, y
su nombre sale a cada instante en la conversación... Yo sonrío y me
pongo encarnada... Dios mío, qué dichosa soy...
Francisca me asombra prodigiosamente. Ella, que no tiene la costumbre de
hablar seriamente, está admirable de formalidad y de oportunidad. No sé
dónde ha ido a buscar las anécdotas que nos ha contado sobre un plato de
Bernardo Palissy; todas la hemos escuchado con la misma sorpresa. Sin
ese airecito reservado y dulce que ha inaugurado, sin duda en obsequio
del señor Baltet, se hubiera ganado algunas observaciones de la abuela o
de la de Ribert; pero nadie ha dicho nada, en consideración a un
esfuerzo tan meritorio. El mismo señor Baltet escuchaba con gusto lo que
decía Francisca. En varias ocasiones ha buscado su mirada y casi
solicitado su aprobación; y la deliciosa Francisca, encantadora de
ingenuidad y de modestia, sonreía, decía algunas palabras sin
incorrecciones, se callaba y bajaba los ojos... Hasta he notado que le
sale muy bien ese juego de miradas... Qué milagrosa conversión... No he
podido menos de hacérselo observar:
--Dime, Francisca, ¿se trata de una apuesta?
--No hagas caso, Magdalena--me respondió, soltando una carcajada, que me
pareció nerviosa,--es mi cara de hacer conquistas...
--¡Su cara de hacer conquistas!... ¡Qué broma!...