8 de enero.

Estaba hace ocho días deleitándome en el análisis de las cartas

recibidas y encontrando que los hombres tienen a veces buenas razones

para no casarse, cuando esta mañana recibí con gran satisfacción esta

esquela de Genoveva:

* * * * *

«Querida amiga:

»El alma hermana no es un mito, pues ha dado señales de vida. Adjuntas

esas señales, con muchos besos de tu

»GENOVEVA.»

* * * * *

Abro la carta y descubro con encanto el milagroso hallazgo... El alma

hermana está en mis manos, al menos por la expresión de sus

pensamientos... ¡Qué dichosa soy!...

* * * * *

«Señora:

«Agradezco infinito al periódico que me procure el honor de escribir a

usted sobre un asunto que tanto me interesa.

»Soy soltero y estaría bastante resuelto a casarme, si tuviese la

suerte de encontrar una mujer que me gustase a mí y no a la servicial

persona que quiera mediar para probarme que tal joven me conviene

muchísimo. Tengo horror a los intermediarios en esta especie de cosas y

votaría con gran placer una ley que castigase a las personas cuya

especialidad consiste en hacer la felicidad de los demás.

»A mi edad--30 años el mes próximo,--se sabe bien lo que se quiere y lo

que no se quiere. Puedo juzgar por mí mismo, y como mi fortuna me

permite no mirar a la de la mujer con quien me case, no me molesta

ningún prejuicio...»

--¡Ah! eso es--exclamé sin dejar de leer.

«No deseo ni dote, ni relaciones, ni gran trascendencia intelectual en

mi prometida, y sé que solamente con sentirla en perfecta comunidad de

ideas conmigo, podré amarla.

--Lo mismo que yo con un marido, murmuré con unos latidos del corazón

que no me dejaban respirar.

«Ahora bien, señora, no creo que se puede amar a una joven que en la

primera entrevista aparece desempeñando un papel convenido de antemano.

Cualesquiera que sean sus atractivos, son artificiales, y confieso que,

por mi parte, renunciaría a adivinar lo que pasa en aquel cerebro

velado, como no me arriesgaría a augurar las causas que hacen moverse a

un corazón que vive bajo tan lindos atavíos.

»La joven casadera es un enigma difícil de descifrar, siendo así, que yo

quiero descifrar a mi prometida antes de querer a mi mujer. Para amar

hay que conocer y no basta la etiqueta...

»Como usted ve, señora, tengo la debilidad de desear un matrimonio de

inclinación, pero, desagraciadamente, la vida de nuestras pequeñas

poblaciones se presta poco a ello. En Bellefontaine, donde vivo, los

hombres están agrupados de un lado y las mujeres de otro. Conocemos el

color de los sombreros de esas señoritas, pero no el de sus ideas.

»Me es imposible casarme en esas condiciones.

»Tengo fe, sin embargo, en la Providencia y espero tranquilamente que

suene mi hora. La mujer con quien debo casarme existe seguramente y

vendrá a mí. La espero con confianza y una ternura que no pide más que

entregarse...

»Perdone usted esta confidencia demasiado personal, en gracia de la

intención que la ha motivado. He querido dar a usted parte de esta causa

de celibato, más frecuente de lo que se cree. Nosotros, los hombres,

somos con frecuencia tímidos. ¿Por qué no confesarlo?

»Reciba usted, señora, el testimonio de mis respetos.

Las Solteronas · 第 31 / 50 题