Estaba hace ocho días deleitándome en el análisis de las cartas
recibidas y encontrando que los hombres tienen a veces buenas razones
para no casarse, cuando esta mañana recibí con gran satisfacción esta
esquela de Genoveva:
* * * * *
«Querida amiga:
»El alma hermana no es un mito, pues ha dado señales de vida. Adjuntas
esas señales, con muchos besos de tu
»GENOVEVA.»
* * * * *
Abro la carta y descubro con encanto el milagroso hallazgo... El alma
hermana está en mis manos, al menos por la expresión de sus
pensamientos... ¡Qué dichosa soy!...
* * * * *
«Señora:
«Agradezco infinito al periódico que me procure el honor de escribir a
usted sobre un asunto que tanto me interesa.
»Soy soltero y estaría bastante resuelto a casarme, si tuviese la
suerte de encontrar una mujer que me gustase a mí y no a la servicial
persona que quiera mediar para probarme que tal joven me conviene
muchísimo. Tengo horror a los intermediarios en esta especie de cosas y
votaría con gran placer una ley que castigase a las personas cuya
especialidad consiste en hacer la felicidad de los demás.
»A mi edad--30 años el mes próximo,--se sabe bien lo que se quiere y lo
que no se quiere. Puedo juzgar por mí mismo, y como mi fortuna me
permite no mirar a la de la mujer con quien me case, no me molesta
ningún prejuicio...»
--¡Ah! eso es--exclamé sin dejar de leer.
«No deseo ni dote, ni relaciones, ni gran trascendencia intelectual en
mi prometida, y sé que solamente con sentirla en perfecta comunidad de
ideas conmigo, podré amarla.
--Lo mismo que yo con un marido, murmuré con unos latidos del corazón
que no me dejaban respirar.
«Ahora bien, señora, no creo que se puede amar a una joven que en la
primera entrevista aparece desempeñando un papel convenido de antemano.
Cualesquiera que sean sus atractivos, son artificiales, y confieso que,
por mi parte, renunciaría a adivinar lo que pasa en aquel cerebro
velado, como no me arriesgaría a augurar las causas que hacen moverse a
un corazón que vive bajo tan lindos atavíos.
»La joven casadera es un enigma difícil de descifrar, siendo así, que yo
quiero descifrar a mi prometida antes de querer a mi mujer. Para amar
hay que conocer y no basta la etiqueta...
»Como usted ve, señora, tengo la debilidad de desear un matrimonio de
inclinación, pero, desagraciadamente, la vida de nuestras pequeñas
poblaciones se presta poco a ello. En Bellefontaine, donde vivo, los
hombres están agrupados de un lado y las mujeres de otro. Conocemos el
color de los sombreros de esas señoritas, pero no el de sus ideas.
»Me es imposible casarme en esas condiciones.
»Tengo fe, sin embargo, en la Providencia y espero tranquilamente que
suene mi hora. La mujer con quien debo casarme existe seguramente y
vendrá a mí. La espero con confianza y una ternura que no pide más que
entregarse...
»Perdone usted esta confidencia demasiado personal, en gracia de la
intención que la ha motivado. He querido dar a usted parte de esta causa
de celibato, más frecuente de lo que se cree. Nosotros, los hombres,
somos con frecuencia tímidos. ¿Por qué no confesarlo?
»Reciba usted, señora, el testimonio de mis respetos.