MAURICIO BALTET.»

* * * * *

Me quedé muy pensativa después de la lectura de esta carta singular que

tan bien concuerda con mis ideas... Genoveva, pues, no se había

engañado; existe realmente un joven que piensa como yo en esta cuestión

del matrimonio... ¡Lástima que el señor Baltet viva en Bellefontaine en

lugar de vivir en Aiglemont!... En fin, qué le hemos de hacer...

Fui por la tarde a dar las gracias a Genoveva por su amable envío, y mi

amiga se arrojó a mis brazos para felicitarme por mi buena suerte,

mientras su madre me preguntaba con interés si estaba satisfecha.

No pude negarlo, puesto que a mi satisfacción de los primeros momentos

se unía otro sentimiento muy comprensible, que era éste; el señor Baltet

empezaba a pertenecerme por derecho de conquista. La de Ribert decía

hablando de él:

--El alma hermana de usted.

Genoveva iba más lejos y decía:

--Tu _alter ego_.

--Figúrese usted, señora, que este señor Baltet no me parece ya un

extraño... Le adopto, le acaparo y hago causa común con él...

--De prisa vas--respondió Genoveva maliciosamente.--¡Qué lástima, mamá,

que el señor Baltet y Magdalena no se conozcan!...

No pude menos de ruborizarme al oír estas palabras que estaban tan en el

tono de mis ideas, y me apresuré a distraer la atención de Genoveva, que

empezaba a pesarme un poco.

--Nuestros estudios adelantan mucho, ¿verdad?--dije con una flexibilidad

de tono digna de Francisca.

--Sí--respondió la de Ribert,--y estoy muy satisfecha al ver que los

hombres no son tan egoístas como yo temía. Decididamente, hay unanimidad

en las quejas contra la educación de las jóvenes actuales... Tengo aquí

otras cartas en el mismo sentido.

--¿Sí?--exclamé esforzándome por olvidar al señor Baltet para no pensar

más que en la correspondencia de la de Ribert.--¿Qué se les reprocha de

nuevo?

--De nuevo, poco. Esos señores se quejan con una notable unanimidad del

espíritu de independencia, de la coquetería y del ardor por los

_sports_ que distinguen a las muchachas... Y el piano, el pobre piano,

qué tempestades levanta...

--Y hay madres que creen que la música es una preciosa añadidura al dote

de sus hijas--dijo Genoveva con una risa que nos puso de buen humor.

--Se equivocan como unas estúpidas--exclamó una voz burlona y vibrante,

la voz de Francisca, que entraba en este momento en el saloncillo.--Y

bien--añadió, después de darnos un vigoroso apretón de manos,--¿hay

indiscreción en preguntar a ustedes qué dicen esos imbéciles?...

Y sin oír el grito ordinario de protesta que se nos escapó a pesar

nuestro: «¡Oh! Francisca,» se instaló cómodamente en un sillón. La de

Ribert le echó una mirada escandalizada al verla sentarse con las

piernas cruzadas, postura con que la incorregible Francisca se complace

en excitar la indignación de las respetables aiglemontesas. La buena

señora se calló sin embargo.

--He encontrado mi alma hermana, Francisca... He...

Una imperiosa mirada de la de Ribert me cortó la frase. Era visible que,

según ella, acababa de cometer otra tontería. No comprendo esos

misterios para una cosa tan sencilla... Pero como ya no podía retroceder

di a Francisca la carta del señor Baltet diciéndole sencillamente:

--De mi alma hermana.

--Entonces será tan mema como tú--respondió Francisca,--y no es poco

decir, mi pobre Magdalena...

Leyó y releyó la carta como para pesar sus términos.

--¿De modo que este majadero es tu ideal?--preguntó en tono burlón en

cuanto acabó la lectura.--¿No ves, inocente, que tiene todas las

cualidades para ser engañado?...

--¿Cómo es eso?--dije admirada por la apreciación de Francisca.

--Ese señor es demasiado cándido--continuó.--Para cogerle y acapararle

no hay más que hacerle creer que se tienen los mismos gustos que él, y

¡pan! ya está pescado...

--Qué cosas dices--murmuré confundida.

--De tu alma hermana... ¿eh?... Si tu abuela te hubiera dejado leer la

mitad solamente de los librotes que yo he leído, razonarías como yo, mi

pobre Magdalena.

--Y sería una lástima--respondió la de Ribert, muy descontenta esta

vez.--Usted, Francisca, tiene un modo de ser poco tranquilizador... No

comprendo...

--¿Que tenga estas ideas sobre la especie masculina?... ¡Ah!--suspiró

Francisca cómicamente,--yo puedo asegurar que los hombres no valen nada,

puesto que...

--Puesto que no se casan contigo--añadió Genoveva.

--Tú lo has dicho--respondió Francisca imperturbable.--¿Sabe usted lo

que a los mejores les gusta más en nosotras?

--No--contestó la de Ribert divertida a pesar suyo.

--Nuestros defectos.

--Pero, Francisca--dijimos con indignación,--¿cómo puede usted decir una

cosa semejante?

--Dios mío, no griten ustedes tanto--respondió poniéndose las manos en

los oídos.--Certifico que un exceso de cualidades en la mujer aleja a

los pretendientes... En cambio una llena de defectos se casa en

seguida.

--Entonces está usted madura para el matrimonio--respondió la de Ribert

medio enfadada, medio en broma...

--Lo creo... con un poco más de mis 2.000 pesos de dote, hace mucho

tiempo que estaría casada. Esos caballeros me encuentran encantadora.

--Y muy mal educada--añadió la de Ribert.

--Eso es lo más sabroso... Usted, señora, no entiende nada de amor...

--Francisca--replicó la de Ribert, muy severa esta vez,--si sigue usted

así voy a ponerla en la puerta.

--Señora--exclamó Francisca con una flexibilidad enteramente

felina,--hablaba en broma, no me regañe usted... Era para escandalizar a

Magdalena, cuya expresión de inocencia me divierte mucho.

Y Francisca me envió un beso con los dedos mientras la de Ribert seguía

mirándola de un modo poco tierno... Qué idea la de tomar en serio lo que

dice esta loca de Francisca... Es tan niña...

--¿Puedo escuchar aún, algunos párrafos de esa correspondencia de

solteros?--preguntó Francisca.--Prometo ser buena como una imagen y

respetuosa como un leño.

La mirada de la de Ribert se dulcificó ante el tono de la petición, que

produjo en todas una franca carcajada.

--Al lado--dijo,--de todos los motivos de abstención ya enumerados, hay

aquí una carta según la cual se debe atribuir el celibato de muchos al

desarrollo del lujo. Su autor, hijo de un antiguo zuavo pontificio,

cita una frase de Pío IX a la señorita de Gentelles: «Es el lujo lo que

con frecuencia desune a los esposos y con más frecuencia todavía impide

la conclusión de los matrimonios; pues apenas se encuentran hombres que

consientan en cargarse con tan enorme gasto.»

--Pío IX debía de tener la presciencia de mis pretendientes--exclamó

Francisca con graciosa convicción.--¿Y qué van ustedes a hacer de todas

estas noticias?

--Nada--respondió la de Ribert.--Es una satisfacción para mí saber que

los jóvenes tienen buenas razones para no lanzarse a un matrimonio

arriesgado... Las muchachas de la clase media están muy mal educadas y

no quieren a los hombres de posición análoga a la suya.

--Eso no es cierto--dijo Francisca.--Un marido no importa cómo, sea

quien quiera, en cualquier parte que se encuentre, aunque sea en la

China, es todo lo que yo pido.

--¡Qué Francisca ésta!--murmuró la indulgente Genoveva con una mirada

suplicante hacia su madre para que no respondiese a Francisca.

La de Ribert me leyó todas las cartas recibidas, y dejé a aquellas

señoras, llevándome la carta de mi alma hermana, que Genoveva me puso en

la mano en el momento de salir.

Cuando entré en casa, la abuela, que estaba en el salón, notó en seguida

mi alegría y levantó la cabeza tan bruscamente que se le cayeron las

gafas a la alfombra.

--Muy risueña estás, hija mía--me dijo con su bondad habitual.--¿Qué

hay?

Sin tener en cuenta su animosidad por nuestras investigaciones, se lo

conté todo y le leí triunfalmente la carta del señor Baltet. Esperaba yo

un sermón sobre las costumbres actuales y violentos reproches sobre el

modo de ser de las jóvenes modernas, pero, con gran asombro mío, la

abuela se contentó con mirarme con sorpresa y exclamó en tres tonos

diferentes:

--Calla... calla... calla...

Después se aseguró tranquilamente las gafas en la nariz, cogió su labor

y habló de otra cosa...

¡Y yo, que esperaba una reprimenda!...

Las Solteronas · 第 32 / 50 题