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Me quedé muy pensativa después de la lectura de esta carta singular que
tan bien concuerda con mis ideas... Genoveva, pues, no se había
engañado; existe realmente un joven que piensa como yo en esta cuestión
del matrimonio... ¡Lástima que el señor Baltet viva en Bellefontaine en
lugar de vivir en Aiglemont!... En fin, qué le hemos de hacer...
Fui por la tarde a dar las gracias a Genoveva por su amable envío, y mi
amiga se arrojó a mis brazos para felicitarme por mi buena suerte,
mientras su madre me preguntaba con interés si estaba satisfecha.
No pude negarlo, puesto que a mi satisfacción de los primeros momentos
se unía otro sentimiento muy comprensible, que era éste; el señor Baltet
empezaba a pertenecerme por derecho de conquista. La de Ribert decía
hablando de él:
--El alma hermana de usted.
Genoveva iba más lejos y decía:
--Tu _alter ego_.
--Figúrese usted, señora, que este señor Baltet no me parece ya un
extraño... Le adopto, le acaparo y hago causa común con él...
--De prisa vas--respondió Genoveva maliciosamente.--¡Qué lástima, mamá,
que el señor Baltet y Magdalena no se conozcan!...
No pude menos de ruborizarme al oír estas palabras que estaban tan en el
tono de mis ideas, y me apresuré a distraer la atención de Genoveva, que
empezaba a pesarme un poco.
--Nuestros estudios adelantan mucho, ¿verdad?--dije con una flexibilidad
de tono digna de Francisca.
--Sí--respondió la de Ribert,--y estoy muy satisfecha al ver que los
hombres no son tan egoístas como yo temía. Decididamente, hay unanimidad
en las quejas contra la educación de las jóvenes actuales... Tengo aquí
otras cartas en el mismo sentido.
--¿Sí?--exclamé esforzándome por olvidar al señor Baltet para no pensar
más que en la correspondencia de la de Ribert.--¿Qué se les reprocha de
nuevo?
--De nuevo, poco. Esos señores se quejan con una notable unanimidad del
espíritu de independencia, de la coquetería y del ardor por los
_sports_ que distinguen a las muchachas... Y el piano, el pobre piano,
qué tempestades levanta...
--Y hay madres que creen que la música es una preciosa añadidura al dote
de sus hijas--dijo Genoveva con una risa que nos puso de buen humor.
--Se equivocan como unas estúpidas--exclamó una voz burlona y vibrante,
la voz de Francisca, que entraba en este momento en el saloncillo.--Y
bien--añadió, después de darnos un vigoroso apretón de manos,--¿hay
indiscreción en preguntar a ustedes qué dicen esos imbéciles?...
Y sin oír el grito ordinario de protesta que se nos escapó a pesar
nuestro: «¡Oh! Francisca,» se instaló cómodamente en un sillón. La de
Ribert le echó una mirada escandalizada al verla sentarse con las
piernas cruzadas, postura con que la incorregible Francisca se complace
en excitar la indignación de las respetables aiglemontesas. La buena
señora se calló sin embargo.
--He encontrado mi alma hermana, Francisca... He...
Una imperiosa mirada de la de Ribert me cortó la frase. Era visible que,
según ella, acababa de cometer otra tontería. No comprendo esos
misterios para una cosa tan sencilla... Pero como ya no podía retroceder
di a Francisca la carta del señor Baltet diciéndole sencillamente:
--De mi alma hermana.
--Entonces será tan mema como tú--respondió Francisca,--y no es poco
decir, mi pobre Magdalena...
Leyó y releyó la carta como para pesar sus términos.
--¿De modo que este majadero es tu ideal?--preguntó en tono burlón en
cuanto acabó la lectura.--¿No ves, inocente, que tiene todas las
cualidades para ser engañado?...
--¿Cómo es eso?--dije admirada por la apreciación de Francisca.
--Ese señor es demasiado cándido--continuó.--Para cogerle y acapararle
no hay más que hacerle creer que se tienen los mismos gustos que él, y
¡pan! ya está pescado...
--Qué cosas dices--murmuré confundida.
--De tu alma hermana... ¿eh?... Si tu abuela te hubiera dejado leer la
mitad solamente de los librotes que yo he leído, razonarías como yo, mi
pobre Magdalena.
--Y sería una lástima--respondió la de Ribert, muy descontenta esta
vez.--Usted, Francisca, tiene un modo de ser poco tranquilizador... No
comprendo...
--¿Que tenga estas ideas sobre la especie masculina?... ¡Ah!--suspiró
Francisca cómicamente,--yo puedo asegurar que los hombres no valen nada,
puesto que...
--Puesto que no se casan contigo--añadió Genoveva.
--Tú lo has dicho--respondió Francisca imperturbable.--¿Sabe usted lo
que a los mejores les gusta más en nosotras?
--No--contestó la de Ribert divertida a pesar suyo.
--Nuestros defectos.
--Pero, Francisca--dijimos con indignación,--¿cómo puede usted decir una
cosa semejante?
--Dios mío, no griten ustedes tanto--respondió poniéndose las manos en
los oídos.--Certifico que un exceso de cualidades en la mujer aleja a
los pretendientes... En cambio una llena de defectos se casa en
seguida.
--Entonces está usted madura para el matrimonio--respondió la de Ribert
medio enfadada, medio en broma...
--Lo creo... con un poco más de mis 2.000 pesos de dote, hace mucho
tiempo que estaría casada. Esos caballeros me encuentran encantadora.
--Y muy mal educada--añadió la de Ribert.
--Eso es lo más sabroso... Usted, señora, no entiende nada de amor...
--Francisca--replicó la de Ribert, muy severa esta vez,--si sigue usted
así voy a ponerla en la puerta.
--Señora--exclamó Francisca con una flexibilidad enteramente
felina,--hablaba en broma, no me regañe usted... Era para escandalizar a
Magdalena, cuya expresión de inocencia me divierte mucho.
Y Francisca me envió un beso con los dedos mientras la de Ribert seguía
mirándola de un modo poco tierno... Qué idea la de tomar en serio lo que
dice esta loca de Francisca... Es tan niña...
--¿Puedo escuchar aún, algunos párrafos de esa correspondencia de
solteros?--preguntó Francisca.--Prometo ser buena como una imagen y
respetuosa como un leño.
La mirada de la de Ribert se dulcificó ante el tono de la petición, que
produjo en todas una franca carcajada.
--Al lado--dijo,--de todos los motivos de abstención ya enumerados, hay
aquí una carta según la cual se debe atribuir el celibato de muchos al
desarrollo del lujo. Su autor, hijo de un antiguo zuavo pontificio,
cita una frase de Pío IX a la señorita de Gentelles: «Es el lujo lo que
con frecuencia desune a los esposos y con más frecuencia todavía impide
la conclusión de los matrimonios; pues apenas se encuentran hombres que
consientan en cargarse con tan enorme gasto.»
--Pío IX debía de tener la presciencia de mis pretendientes--exclamó
Francisca con graciosa convicción.--¿Y qué van ustedes a hacer de todas
estas noticias?
--Nada--respondió la de Ribert.--Es una satisfacción para mí saber que
los jóvenes tienen buenas razones para no lanzarse a un matrimonio
arriesgado... Las muchachas de la clase media están muy mal educadas y
no quieren a los hombres de posición análoga a la suya.
--Eso no es cierto--dijo Francisca.--Un marido no importa cómo, sea
quien quiera, en cualquier parte que se encuentre, aunque sea en la
China, es todo lo que yo pido.
--¡Qué Francisca ésta!--murmuró la indulgente Genoveva con una mirada
suplicante hacia su madre para que no respondiese a Francisca.
La de Ribert me leyó todas las cartas recibidas, y dejé a aquellas
señoras, llevándome la carta de mi alma hermana, que Genoveva me puso en
la mano en el momento de salir.
Cuando entré en casa, la abuela, que estaba en el salón, notó en seguida
mi alegría y levantó la cabeza tan bruscamente que se le cayeron las
gafas a la alfombra.
--Muy risueña estás, hija mía--me dijo con su bondad habitual.--¿Qué
hay?
Sin tener en cuenta su animosidad por nuestras investigaciones, se lo
conté todo y le leí triunfalmente la carta del señor Baltet. Esperaba yo
un sermón sobre las costumbres actuales y violentos reproches sobre el
modo de ser de las jóvenes modernas, pero, con gran asombro mío, la
abuela se contentó con mirarme con sorpresa y exclamó en tres tonos
diferentes:
--Calla... calla... calla...
Después se aseguró tranquilamente las gafas en la nariz, cogió su labor
y habló de otra cosa...
¡Y yo, que esperaba una reprimenda!...