Empiezan a llegar las respuestas... Soy feliz como el pez en el agua. Mi
dicha está, sin embargo, un poco empañada por el aspecto frío de la
abuela, cada vez más disgustada por las ideas de su nieta; así es que no
me atrevo a hablar de este asunto espinoso y mi alegría es silenciosa.
La de Ribert, que es la bondad misma, ha venido con Genoveva para darme
lectura de los primeros envíos. Hasta ahora no sirven para ilustrar
mucho la situación: egoísmo, filosofía, mal humor y recriminaciones,
esto es lo que nos dan las cuatro primeras muestras. La de Ribert
asegura que esto es ya un éxito enorme que nos promete para los días
siguientes cartas de un interés palpitante. Como yo no pido más que
palpitar, espero...
* * * * *
«Bernardo Monastiel a una persona seria.
»Apreciable persona seria:
»Soy hombre y soltero.
»Confieso francamente que el matrimonio me tentaba bastante y hasta iba
a sacrificar en su altar, cuando el Destino misericordioso me inundó de
luz colocando ante mis ojos dos inocentes frases llenas de
consecuencias.
»Una de ellas estaba concebida de este modo:
»Serás demasiado feliz si no tienes mujer.
»Ya me sonreía el ser feliz; ¿cómo resistir a serlo demasiado?
»La otra, con su laconismo, acabó lo que la primera había empezado:
»No hay nada tan hermoso ni tan bueno como el celibato.
»Menandro y Horacio son los únicos culpables... Sólo a ellos, señora,
debe usted dirigir sus reproches... si los hay.
»Reciba usted, apreciable persona seria, el homenaje de todo mi respeto.
»BERNARDO MONASTIEL.»
* * * * *
--Esto es hablar para no decir nada--dije a Genoveva, devolviéndole la
carta.
--No--replicó la de Ribert,--es el lenguaje de un amable egoísta... La
belleza y la bondad del celibato son la eterna canción de los que
rehuyen las cargas de una familia. Se pueden encontrar mejores
razones...
--Empiezo la otra--exclamó Genoveva.--No nos detengamos en el egoísmo.
* * * * *
«X. Y. Z. a la señora...
»Señora:
»La pregunta que usted hace me hiere en lo vivo y me obliga a confesar
una situación deplorable, en la que nos hallamos muchos jóvenes de mi
edad, sin atrevernos a quejarnos.
»Nadie desea casarse más que yo. Desgraciadamente, no tengo fortuna.
Siendo reducidos mis recursos, me es tan imposible encontrar una mujer
rica, como casarme con una pobre.
»Homenajes respetuosos.
»X. Y. Z.»
* * * * *
--¡Pobre mozo!--exclamé.--¿Cree usted que ese motivo es verdadero?
--Vaya si lo creo--respondió la de Ribert;--ese muchacho es
absolutamente sincero. Ya conoce usted las pretensiones de las mujeres
ricas, que jamás se casan con jóvenes pobres o sin gran porvenir...
¿Cómo casarse con muchachas sin fortuna, cuando la bolsa está mal
provista?... Eso sería, como dice el proverbio, casar el hambre con la
gana de comer.
--Es muy triste para los jóvenes--dije con compasión.--¿Cómo remediarlo?
--Es difícil--respondió la de Ribert. Hay en esto todo un problema de
economía social que hace retroceder a las inteligencias más juiciosas.
--Retrocedamos, entonces, sin vergüenza--dijo Genoveva.--Propongo que
las muchachas ricas se conformen con maridos sin fortuna, a fin de
restablecer el equilibrio, puesto en peligro por la acumulación de
riquezas en las mismas manos...
--¡Miren la socialista!--exclamé riéndome.--Esta Genoveva tiene teorías
aventuradas. Si la oyese la abuela...
--¡Bah!--dijo Genoveva con serenidad.--Mi socialismo no hace daño a
nadie, y estoy segura de que tu abuela lo aprobaría.
--En teoría, puede ser que sí. Pero en la práctica, puedes estar segura
de que no sería lo mismo. Jamás me dejará la abuela casarme con un
joven sin fortuna...
--Pasemos al número tres--dijo la de Ribert.--Es una linda muestra de
los productos modernos, con una ligera tintura de bellas letras.
* * * * *
«Un perfecto egoísta a la Esfinge del Periódico de las preguntas y
respuestas:
»Oh, Esfinge, que se oculta bajo la modesta apelación de «persona
seria,» siento que es usted mujer joven y bonita...»
--Cuando se quiere mostrar ingenio--interrumpió la de Ribert,--se engaña
uno algunas veces...
«Porque es usted esas tres cosas, respondo a su pregunta.
»No soy más que un vulgar egoísta, que, saturado de bellas letras, dice
con Anaxándrides:
* * * * *
»Voy a casarme.--Tanto peor.--¡Cómo tanto peor!--Sí, es abrir tu hogar a
todos los males: Si eres pobre y tomas mujer rica, serás esclavo hasta
la muerte; si la mujer no tiene nada, serás más desgraciado, porque en
lugar de un estómago, tendrás que alimentar dos...»
»Quisiera besar a usted la mano, amable Esfinge, pero no puedo...
»UN PERFECTO EGOÍSTA.»
* * * * *
--El matrimonio pobre--dije riéndome,--es el efecto terrible. No había
yo reflexionado en la cruel necesidad de alimentar dos estómagos, en
lugar de uno...
--¿Dos?...--terminó Genoveva;--di más bien tres... cuatro... cinco...
seis...
--¿Por qué no doce... o dieciocho?...
--Como en el Canadá--hizo observar la de Ribert.--Pero en el Canadá
produciría vergüenza escribir semejante carta. Allí se considera una
familia numerosa como una bendición divina. Mientras que aquí es...
--Una maldición--terminé, un poco pensativa.--Cómo huele esta carta a
decadencia... El retoño de una raza fuerte, no escribiría una carta
semejante.
--El espíritu caballeresco, Magdalena, está muy enfermo--respondió la de
Ribert.--En ninguna de estas cartas se encuentra la más pequeña huella
de él.
Cogí las cartas esparcidas en la mesa, y las recorrí con los ojos
durante unos segundos.
--En suma--dije a modo de conclusión,--es el _yo_, siempre el _yo_ lo
que domina... Ninguna otra razón... ¿Piensan así todos los hombres,
señora?
--Todos no, Magdalena, pero sí muchos. Note usted, hija mía, cómo se
desprende de todas estas cartas el cuidado del bienestar personal...
¡Pobres mujeres!...
--Sí--suspiré.--Y pensar que van tan alegremente al matrimonio con
individuos de ese género...
--Van muy alegres, es verdad... ¿Pero siguen estándolo?...--murmuró la
de Ribert con inconsciente tristeza.
--Dios mío--exclamé para cortar las meditaciones de la de Ribert, que
parecían dolorosas;--qué contenta estoy de aprender a conocer a los
señores hombres... Nuestra averiguación me va a abrir horizontes
enteramente nuevos. Con tal de que todas las cartas no se parezcan a
éstas... Quisiera encontrar mi alma hermana.
--¿Y qué harás cuando la hayas descubierto?
--Nada--aseguré con toda convicción.--Lo quiero por amor al arte, y sólo
para convencerme de que no soy un objeto descabalado en la gran feria
del matrimonio.
--¿Sólo para eso?--repitió la de Ribert mirándome con atención.--¿Está
usted segura de su imaginación y de su corazón, Magdalena?...
--No comprendo--exclamé estupefacta.
La de Ribert me besó con efusión por toda respuesta. Decididamente, cada
vez comprendo menos...
1.º de enero 1904.
El mes de enero ha hecho su aparición esta mañana. La abuela está
desolada.
--Piensa, hija mía--me dijo, cuando fui a cumplimentarla por el año
nuevo,--piensa que tendrás 26 años en septiembre próximo... Es horrible.
--¿Por qué?... ¿tendré que matarme para no llegar a esta época
nefasta?... Confieso que quiero conservar la cabeza y...
--No digas tonterías, Magdalena, ya me comprendes.... Tener 26 años y no
estar casada, es humillante.
--Pues yo no siento semejante humillación.
--Tú no sientes nada, como todo el mundo... Pregunta a Francisca, a
Petra y a Paulina, y a tantas otras, lo que pensarían si se encontrasen
en una situación tan ridícula.
--¡Bah! se lo preguntaré cuando lo estén, porque llegarán como yo,
querida abuela.
--No será por su culpa--respondió la abuela, dando un gran
suspiro.--¡Ah! Magdalena, si tú quisieras...
Magdalena se hizo la sorda y ofreció a su abuela un almohadón bordado
como recuerdo del día de año nuevo. Recibí, en cambio, un gran cuello
de encaje de Venecia, del que tenía yo mucha gana, y que excedía mucho
de los recursos de mi modesta pensión. La abuela, que es inflexible en
la economía, me asigna 100 pesos al año para vestirme y para mis gastos
personales. Con ningún pretexto puedo gastar más. Pero, por fortuna mía,
están ahí el día de año nuevo y el de mi santo para corregir los rigores
de mi presupuesto. Y la abuela es tan buena con su nieta...
Al salir de misa, las de Ribert me llevaron a su casa, para darme
lectura de dos nuevas epístolas. En cuanto estuvimos instaladas en su
saloncillo, Genoveva me puso en la mano las cartas en cuestión, y
después, quitándome prestamente la corbata, me puso al cuello un
delicioso lazo, obra maestra de sus primorosos dedos.
--Es mi aguinaldo--me dijo, abrazándome con todo su corazón.--Te deseo
un buen año y... un alma hermana...
Sin recoger la broma, puse en las manos de Genoveva mi recuerdo de año
nuevo, que era un velillo de butaca, pintado a mano. Genoveva pareció
contenta de mi trabajo, y fui dichosa al ver su placer.
--¿Y las cartas?--dijo la de Ribert.--Pensemos en las cosas serias...
Iba a abrir una cuando se presentó Francisca.
--Estoy haciendo visitas--nos dijo al entrar,--a todas las personas
queridas, para desearles un buen año.
Genoveva recibió sonriendo su entusiasta abrazo, cambiaron las dos sus
regalitos, y nos pusimos a hablar al lado del claro fuego de los leños
monumentales en uso en Aiglemont.
--¿Vamos a leer estas cartas a Francisca?--exclamó de pronto
aturdidamente.
--«Las cartas a Francisca»--dijo la de Ribert, frunciendo las
cejas,--son la propiedad de uno de nuestros novelistas...
--Sí, señora, pero yo no hablo de Marcel Prevost, sino de las cartas, de
las famosas cartas...
--¡Niña charlatana! exclamó la de Ribert, cuyo fruncimiento de cejas
comprendí entonces. No quería, evidentemente, que Francisca estuviese al
corriente de nuestras averiguaciones, y yo había hablado como una tonta.
Viendo que no había modo de retroceder, la de Ribert explicó a Francisca
el estudio que estaba haciendo sobre el celibato, pero se abstuvo de
hacerme intervenir en el asunto. Francisca se quedó entusiasmada.
--¡Qué gusto, saber lo que piensan esos bribones de hombres, cuando no
las echan de gran corazón!... ¡Cuánto me alegro de que me admita usted a
conocer las lucubraciones de esos caballeros!...
--Y con más motivo--dijo la de Ribert,--puesto que encuentro que las dos
cartas de que se trata, le convienen a usted bastante...
--¡Qué suerte!--dijo Francisca interesada.--¿Hay, pues, personas que me
aprecian?... Esto me hará encontrar una novedad después de mi querida
mamá.
--Genoveva, léenos esas cartas--dijo la de Ribert a su hija.--Francisca
va en seguida a saber a qué atenerse...
--¡Qué!--exclamó Francisca;--si se trata de una reprimenda, me tapo los
oídos; para esa ingrata tarea, basta con mi madre...
Pero era curiosa, y abrió las orejas cuanto pudo, a fin de no perder
sílaba de una lectura tan poco común.
--Qué asombrados se quedarían los aiglemonteses si tuvieran noticias de
una correspondencia escandalosa como ésta...--dijo, todavía, antes de
callarse definitivamente.
--Se trata de un secreto entre nosotras--hizo observar la de Ribert,--y
cuento con la discreción de usted, Francisca.
--A fe de hombre honrado--respondió la aludida,--lo prometo.
--Y la incorregible niña mimada se repantigó cómodamente en un sillón
para escuchar mejor. Francisca asegura que su moral no está a gusto más
que cuando su físico no sufre ninguna molestia.
* * * * *
«Pedro Marcelier,
Registrador de la Propiedad en Santa Rosa,
a una persona desconocida.
»Caballero o señora:
»Empiezo por presentarme.
»Soy soltero, partidario del matrimonio, veintisiete años, 560 pesos de
sueldo y una posición honrosa cuando me jubile; familia considerada y
apreciables probabilidades de fortuna por herencia.
»En lo físico, se me encuentra, generalmente, bien, sobre todo mis tías,
que son tan indulgentes.
»En lo moral, no me conozco ninguna deformidad, pero esta vez, soy yo el
indulgente... signo característico de mi buen temperamento: busco una
mujer, y no un dote...»
* * * * *
--Eso es lo que me hace falta--exclamó Francisca.--Buen muchacho...
--Silencio--dijo Genoveva.--Continúo...
* * * * *
«El sutil talento de usted, señora o caballero, percibirá en seguida la
diferencia enorme, inconmensurable, que me separa de los demás solteros,
y su corazón preverá un éxito fácil.
»Error grave, señora. (Creo decididamente que es usted mujer.)
»Hago a usted juez de la situación.
»Hará unos tres meses, una de esas excelentes tías de que he tenido el
honor de hablar, me hizo insinuaciones a propósito de un proyecto de
matrimonio.
»--Desgraciadamente--me dijo,--la muchacha no tiene otro dote más que
sus veinte primaveras, sus bellos ojos y sus muchas habilidades...
»--Es mucho, tía.
»--¿Cómo mucho?
»--Sí, soy joven, me gusta el trabajo, y en vez de un matrimonio rico,
me contentaré con un matrimonio feliz.
»--Bravo muchacho--respondió mi tía, dándome un abrazo.»
* * * * *
--¡Diablo!--exclamó Francisca,--yo haría otro tanto... Ese Pedro es un
corazón de oro...
* * * * *
«Mi tía corrió a casa de su amiga, madre de la joven, e hizo
triunfalmente su proposición: pero, en lugar del éxito esperado, la
respuesta fue rotundamente negativa. Le dijeron que era yo muy joven y
no bastante rico. Aquella muchacha de tantas perfecciones, no quería
casarse más que con un caballero llegado a la fortuna y... a la edad de
los ataques reumáticos. Evidentemente, no era yo su ideal.
»Mi tía se quedó consternada.
»Para consolarme de aquel fracaso, quiso probarme que no todas las
jóvenes pensaban del mismo modo, y yo la creí de buen grado.
»Pocos días después me anunció el descubrimiento de la mujer soñada, que
era una linda joven, también sin fortuna, hija de una prima de la amiga
de una amiga suya. Yo dejé correr las cosas.
»Con 560 pesos y los 240 de renta que me producirían los 8.000 que mis
padres me constituyen como dote, lo que me da 800 pesos, no tengo la
pretensión de hacer una vida brillante, pero puedo bien dar a mi hogar
un aspecto honroso si mi mujer posee las cualidades serias que convienen
a una joven sin fortuna. Ahora bien: he aquí cómo trataban de establecer
nuestro presupuesto la señora X... y su hija:
»--¿Qué pensión piensa usted señalar a mi hija para vestirse?--me
preguntó mi futura suegra.
»--La que ella quiera--respondí galantemente.
»--Muy bien--continuó la señora X,--Susana no es exigente. Ya sabe usted
que se hace ella misma casi todos los trajes, y que no manda hacer más
que los de ceremonia. Una pensión pequeña, bastará. ¿Qué diría usted de
80 pesos?
»--Concedido--respondí, dando gracias a la Providencia por haberme dado
una suegra tan razonable.
»¡Ay! la hora del desengaño llegó rápidamente.
»Ante mis ojos espantados desfilaron cifras amenazadoras:
»200 pesos para los gastos de una criada. Susana había sido demasiado
bien educada, para hacer ella misma los quehaceres de la casa.
»40 pesos para las comidas que tendríamos que devolver. A Susana le
gustaba la sociedad.
»20 pesos para accesorios de pintura, bordado, música, etc. Susana tenía
tantas habilidades...
»80 pesos para veranear. A Susana le gustaban los viajes.
»20 pesos para las buenas obras. Susana daba su óbolo a todo el que se
lo pedía.
»En una palabra, llegamos rápidamente a un total de 440 pesos, y mis
recursos se elevan a 800.
»--¿Ha calculado usted, señora--dije con algún embarazo,--que hemos
gastado ya 440 pesos, y que no quedan más que 360 para la casa, la
comida, mis gastos personales, calefacción, alumbrado, lavandera,
seguro, médico, boticario, etcétera, etc.? Y si nuestra casa se poblase,
si hubiera una cuna... o varias...
»--¡Dios mío! es verdad--exclamó mi futura suegra.--¿Qué hacemos?
»¿Qué hacemos?...
»Yo encontré la respuesta en seguida; no me casé, y no trataré de
hacerlo, mientras la categoría de las muchachas casaderas no se
transforme.
»Puesto que desea usted conocer los motivos que alejan a los jóvenes del
matrimonio, puede poner entre los más frecuentes, el que me atrevo a
exponerle. La educación superficial y brillante de que sufren las
jóvenes sin fortuna, y pertenecientes a cierta sociedad, es ciertamente
una causa de celibato forzoso para ellas.
»Si con 800 pesos no puedo yo nivelar un presupuesto, qué dirán los que
están reducidos a vivir con 400 ó 600 pesos...
»Mientras las muchachas pobres sean la reproducción exacta, en
cualidades, defectos y gustos, de las ricas, que no se extrañen de que
éstas sean preferidas.
»Someto mi caso y mis reflexiones a su alto juicio, y ruego a usted que
se sirva aceptar mis homenajes.
»PEDRO MARCELIER.»
* * * * *
--¿Qué decís de esto, hijas mías?--preguntó la de Ribert.
--Es muy interesante--respondí pensativa. Iba a añadir:--«Y muy
verdad,»--pero me contuvo el pensar que aquella carta aludía
directamente a Francisca. No se podía hacer más claramente el proceso de
su caso particular, y el de las jóvenes educadas como ella. Genoveva se
abstuvo de hacer ninguna observación, por el mismo motivo. Francisca
observó el embarazo general, y con su vivacidad de siempre, se apresuró
a quitar al asunto todo carácter personal.
--¡Vaya un cargante!--exclamó.--Qué manía de hacer sumas y restas...
Solamente en el registro se puede tener un gusto tan pronunciado por el
cálculo y sus complicaciones...
--Siempre es útil saber contar--dijo dulcemente Genoveva.
--Sí, lo concedo--respondió Francisca en tono de condescendencia.--Pero
ese señor, en vez de volver la espalda en seguida, pudo decir claramente
lo que pensaba a la madre de la joven. Pudieron entenderse, economizar,
borrar uno de los gastos...
--¿Cuál hubiera usted borrado, Francisca?--preguntó la de Ribert con una
sonrisa ligeramente burlona.
--¿Yo?... Ni uno, señora,--respondió Francisca muy convencida.--Todo eso
es estrictamente necesario...
--Sí--dijo la de Ribert,--un gasto a que se está acostumbrado, se
convierte, en efecto, en una necesidad. El período que precede al
matrimonio es generalmente una amable suspensión de todas las facultades
prácticas, y se tira el dinero por las ventanas... Es, con frecuencia,
una fiebre de las más malignas, de la que las jóvenes se resisten
durante algún tiempo... Y se acostumbra uno pronto a no calcular...
--¡Qué exageración!--exclamó Francisca.
--No, no exagero. Después de los esplendores de unos esponsales
dichosos, vienen los faustos de la boda, completados por los gastos del
viaje obligatorio... Los jóvenes que poseen pocos bienes, hacen las
cosas tan regiamente como aquellos cuya fortuna está sólidamente
establecida... Hace falta voluntad y energía para resistir a la
corriente de los placeres y arreglar los gastos de tal modo, que se
salve el equilibrio del presupuesto, conservando las apariencias de una
vida acomodada... ¿Cree usted que las jóvenes modernas ven bien ese
grave aspecto del matrimonio?...
--La verdad es que no lo sé--dijo Francisca.--Por mi parte prefiero
confesar en seguida que no entiendo nada de todo eso.
--Ya ve usted--respondió sencillamente la de Ribert,--que el señor
Marcelier tenía razón.
--¿Y la otra carta?--preguntó Francisca, queriendo cambiar de
conversación.
Genoveva puso en la mesa la carta que acababa de leer, y cogió la
reclamada por Francisca.
--Te prevengo--dijo riendo,--que esta carta no te va a gustar mucho más.
Escucha.
* * * * *
«Juan Dormal al abonado X. Y. Z.
»Nadie era más partidario que yo del matrimonio. Soñaba yo con amor y
con agua fresca, cuando las muchachas se encargaron de administrarme
dicha agua fresca en forma de duchas desilusionantes.
»Tres intentos de matrimonio a cual más desgraciado, me han desanimado
para mucho tiempo, y he abandonado la idea de casarme.
»Permítame usted que le cuente estos ensayos lo más sucintamente
posible, a fin de contribuir así modestamente a sus interesantes
estudios.
»Hace unos seis meses, mi madre me presentó en una casa donde debía
encontrar una señorita llena de cualidades y limpia de todo defecto.
Encontré, en efecto, una encantadora joven, de una elegancia perfecta,
amable, graciosa, alegre, y, en una palabra, enteramente seductora.
Antes de inflamarme por esta maravilla, el último resplandor de buen
sentido, me hizo averiguar los gustos de la que mi madre llamaba ya en
el fondo de su corazón «mi deliciosa hija.»
»No soy un lobo, ni tengo nada de salvaje, pero tampoco tengo los gustos
de un mundano decidido. Confieso que mi ideal sería un hogar apacible y
dichoso, y que encontraría muy desagradable que mi mujer estuviese
siempre rodeada de una multitud de adoradores.
»Ahora, bien, en pocas horas supe que Gilberta M... era una coqueta
empedernida, muy experta en audaces amoríos... Se citaba el número de
sus adoradores, casi igual al de sus trajes... Se me dijo que aquella
joven tan perfecta, era tan desagradable en el interior de su casa, como
encantadora fuera... Supe que era incapaz de coger una aguja, pero que,
en cambio, sobresalía en el piano, en el _tennis_ y en el _croquet_, que
nadie montaba en bicicleta como ella y que no tenía rival en la
gabota...
»Como sujeto de amoríos encontré a Gilberta ideal, pero como esposa...
diablo, aquello dejaba que desear. Abandoné, pues, el proyecto de mi
madre, y declaré francamente que no me casaría más que con una joven
seriamente educada... Se casa uno para estar tranquilo, después de todo.
»Mi segundo ensayo fue lamentable, en otro concepto. Di con una joven
profundamente seria, pero una verdadera mujer mecánica. Sofía D... se
había impuesto cinco horas diarias de estudio de piano, dos de pintura,
una de canto y dos de paseo higiénico: total, diez horas de ocupaciones
sagradas que nada ni nadie tenía derecho a distraer... Condiciones _sine
qua non_ del matrimonio; había que tomarla así o dejarla... Yo la dejé
con mucho gusto... ¡Cinco horas de piano!... ¡Cabeza hacía falta!...
»--Búscame--dije a mi madre,--una buena camarada, ni muy mundana ni muy
seria; una joven de buena familia, sin demasiadas habilidades... Una
hija de la Naturaleza...
»Esta perla estaba esta vez en un castillo de la Edad Media, muy
pintoresco, a fe mía... Fui a él en la estación de la caza, y sufrí
desengaño tras desengaño...
»Micaela S..., buena muchacha, fraternal como un diablo, camarada con
exceso; tenía una conversación que indicaba demasiado que era,
realmente, una hija de la Naturaleza...
»No podía decir tres palabras sin añadir una patochada y soltar una
desvergüenza digna de un carretero. No pude hacerme a aquella fantástica
educación, y llegué al colmo del asombro cuando le oí llamar a su padre:
«Mi viejo Teófilo» y a su madre: «La buena Isabel.» Cerré la maleta, y
volví a tomar el tren.
»He aquí el relato muy abreviado de mis tentativas matrimoniales, la más
desagradable de las cuales, fue la de la camarada.
»Una camarada es la mujer a quien se prohíbe tener ese encanto femenino
que nos cautiva; es la loca que firma riendo un contrato de igualdad,
que es para ella un engaño... La camarada es la mujer que renuncia a las
consideraciones que da la ternura, a los miramientos que da el respeto y
a los matices que da el amor... La camarada es la mujer ante la cual se
puede hacer todo, es la mujer con la que nadie debe casarse...
»Rogando a usted que me dispense tan larga misiva, suplícole que acepte
la expresión de mis respetos.
»JUAN DORMAL,
»Capitán de Artillería.»
* * * * *
Cuando Genoveva terminó la lectura, nos quedamos todas en silencio.
Francisca mordisqueaba la punta del pañuelo y columpiaba un pie puesto
sobre el otro. Yo me reía en mis adentros de su evidente disgusto. Ella,
que tiene por principio que la camarada es la mujer del porvenir, no
podía evidentemente conformarse con este nuevo concepto de la camarada,
y esto le hacía perder su buen humor acostumbrado.
--Este señor razona muy bien... ¿Qué os parece?--preguntó la de Ribert,
echando una mirada a Francisca.
--Ese señor es un imbécil--dijo levantándose bruscamente.
--No te enfades, Francisca--exclamé, echándome a reír...--No te he oído
nunca decir las palabrotas de que habla el señor Dormal... No se trata
de ti.
--Sí, sí, sabes bien que todas esas frases sobre la camarada me dan en
pleno estómago. ¡Ah! el muy idiota...
--¿Tu estómago?...
--No, ese capitán del diablo.
--Vamos, Francisca, tranquilícese usted--dijo la de Ribert.--Si hubiera
previsto que estas cartas iban a contrariar a usted tanto, no se las
hubiera leído.
--No lo sienta usted, señora--respondió Francisca con una vivacidad
enteramente elástica,--soy yo quien lo ha pedido... Pero ese señor
ridículo que afirma que no se casa nadie con la mujer camarada, se
engaña... Yo me casaré--añadió con una expresión repentinamente
endurecida,--diga lo que quiera ese señor y sus admiradores...
Estas fueron las últimas palabras de la fantástica Francisca, que dijo
que nos dejaba porque tenía que terminar sus visitas de primero de año.
En cuanto se marchó, me levanté para despedirme de aquellas señoras,
pero la de Ribert me detuvo.
--Esta Francisca es alarmante, muy alarmante... Su gana de casarse le
turba el entendimiento--dijo moviendo la cabeza con expresión
meditabunda.
--¡Bah!--respondió Genoveva siempre indulgente.--Es esa una crisis por
la que pasan muchas jóvenes... Ya pasará; te lo aseguro.
--Pero es una crisis peligrosa--observó la de Ribert;--su corazón y su
cabeza se atrofian visiblemente... No se fíe usted, Magdalena... No
debía usted decírselo todo a Francisca como lo hace.
--Siento en el alma haber iniciado a Francisca en nuestras
averiguaciones, puesto que esto contraría a usted--respondí un poco
confusa.--Me he arrepentido en seguida de mi indiscreción, y...
--Sí, hubiera preferido no ponerla al corriente de lo que
hacemos--murmuró la de Ribert un poco ensombrecida.--Pero a lo hecho,
pecho--añadió con su sonrisa habitual.--Esa Francisca desea demasiado
casarse y ese deseo es chocante en una señorita...
--¡Bah! váyase por las que no lo desean bastante--dijo Genoveva.--Hay en
esto un buen sistema de compensaciones...
La de Ribert no respondió, pero su cara expresaba una penosa ansiedad.
--Magdalena--dijo dirigiéndose a mí,--disminuya usted un poco sus
relaciones con Francisca... Casi me dan ganas de hablar de esto con la
señora de Sermet...
Genoveva y yo le suplicamos que no lo hiciese. Francisca es buena en el
fondo, muy amable y muy divertida. No comprendo que se sea tan severa
con ella. La de Ribert es un poco dura...
Por la tarde han venido a vernos todas nuestras amigas, con gran
satisfacción de Celestina, orgullosa de ver tanta gente.
--Hay aquí más visitas que en casa del alcalde--decía.
Francisca ha estado a punto de tener otro pique con la Bonnetable, a la
que se obstina en contrariar en todo; pero la abuela lo ha evitado dos
veces, cortando la palabra a la incorregible niña mimada. La Roubinet,
como de costumbre, ha dicho lindas frases sobre el primero de enero, y
cuando deseó amablemente un marido a las solteras presentes, la virtuosa
Melanval no dejó de exclamar:
--Con el permiso de Dios, por supuesto...
A lo que Francisca, nerviosa, por su comienzo de escaramuza con la
Bonnetable, respondió por lo bajo:
--O del diablo, me importa poco...
La Bonnetable, al oírlo, dio tal salto, que su silla produjo un horrible
gemido y dio ocasión a la abuela para variar de conversación hablando de
la poca solidez de los muebles modernos.
Mientras tanto, Petra y Paulina hablaron mucho de la próxima fiesta del
general. Parece que el regimiento se ha aumentado con un nuevo capitán,
el Barón de Erinois, viudo y padre de cinco hijos, pero poseedor de
12.000 pesos de renta. La de Brenay está tratando de pescar en sus redes
a este incomparable capitalista, mientras la ingeniosa madre de Paulina
ha descubierto en Martimprey, el pueblo de al lado, un joven industrial
cuya posición es tan tentadora, que la de Aimont ha inaugurado su plan
de campaña haciendo la corte al cura del pueblo, que tiene una gran
influencia con el joven en cuestión...
Dios las bendiga... Como en el día de año nuevo se cambian los votos más
estrafalarios, nada se opone a que desee a estas señoras un pronto
éxito.