¡Nada!... No hay respuesta... Qué largo es esto...
Hoy, el día en que recibe la señora de Brenay, hemos ido a verla.
También ha ido Francisca y su madre, Paulina y la señora de Aimont. Se
habló mucho del baile blanco que da la señora de Geraumont con motivo de
los esponsales de su hija, que se casa con un riquísimo banquero. Los
Geraumont son unos opulentos molineros retirados de los negocios y no
tienen la suerte de agradar a lo que se llama «la alta sociedad,» que
les pone mala cara.
--¿Vas a ese baile, Magdalena?--me preguntó Petra.
--Magdalena no sale más que en la intimidad--respondió la abuela.--Una
huérfana no está en su lugar en reuniones muy numerosas.
--Pero es un baile blanco--observó la de Brenay.
--Sí, lo sé; pero es todavía demasiado mundano para Magdalena. ¿Y usted
ha aceptado?--preguntó la abuela a la de Brenay.
--Los Geraumont no son de nuestra sociedad--respondió la de Brenay
desdeñosa.
--¡Ah!--respondió sencillamente la abuela, que, a pesar de ser
aiglemontesa, no admite tan sutiles distinciones.--¿Y usted,
señora?--preguntó a la de Aimont.
--No me halaga el exponerme a bailar con los proveedores--respondió
ésta.--Es un baile de comerciantes, de modo que...
--Pues nosotros aceptamos--dijo Francisca antes de que se lo
preguntaran.--Siempre encontraremos algunos amigos para hacer banda
aparte, y será divertido...
--Y, sobre todo, muy fino para la dueña de la casa--murmuró la abuela a
la sordina.
--Me hace usted reflexionar--dijo la de Aimont.--Si estuviera segura de
encontrar en casa de esa gente personas conocidas, puede que aceptase
por Paulina... Hay tan pocas distracciones en Aiglemont...
La abuela logró apenas contener una sonrisa que yo adiviné en su mirada
casi maliciosa. Demasiado inteligente para apreciar mucho esas
estrecheces tan en boga en Aiglemont, la abuela cambió la conversación,
que amenazaba ser funesta para los pobres Geraumont.
--¿No hay ningún matrimonio en el horizonte?--preguntó sabiendo que así
complacía a todas aquellas señoras.--La chica de Geraumont no es, sin
embargo, la única joven casadera...
En este momento entraron otros visitantes en el salón, con tal
estrépito, que la conversación se suspendió. Grande fue la sorpresa
general al ver que eran el padre Tomás y la Melanval que se anonadaban
mutuamente de testimonios de finura y se negaban a pasar el uno delante
del otro. Por fin encontraron el secreto de ponerse de acuerdo
precipitándose los dos a un tiempo a la puerta, lo que produjo un ruido
espantoso y provocó una risa enorme en el interior del salón.
En cuanto se restableció la calma, siguió la conversación con toda su
vivacidad.
--Señor cura--dijo la de Brenay,--háganos usted saber lo que piensa del
desgraciado estado de cosas que íbamos a hacer constar una vez más; la
dificultad de casar a las jóvenes que tienen un dote mediano...
--Y a las que le tiene pequeño--añadió la de Dumais con una convicción
de las más sinceras.
--Lo cierto es--prosiguió la de Aimont,--que en nuestra población, como
en otras muchas, hay muchas jóvenes cuyos padres viven en buena
posición... Esas jóvenes no tienen ni más ni menos atractivos que los
que tenían sus madres a su edad, y, sin embargo, no encuentran marido...
--Sí--convino el padre Tomás.--Ya he tenido una larga conversación sobre
esto con la señora de Sermet y Magdalena. Nada se opone a que la
continuemos... Las condiciones de la vida moderna aumentan
considerablemente las probabilidades que tiene una muchacha para no
casarse--dijo mirándonos una tras otra a todas las jóvenes
presentes.--Los hechos están ahí, innegables, casi palpables...
--Destruya usted esos hechos, señor cura, destrúyalos usted--interrumpió
Francisca con su petulancia habitual.--Es horrible condenarnos con
hechos... y con hechos palpables...
--¿Y qué quiere usted que yo le haga?--objetó el cura.--En primer lugar,
nacen indiscutiblemente más mujeres que hombres, al menos en Francia...
Después la muerte se lleva más pronto a los hombres que a las mujeres,
lo que hace el elogio de ustedes, señoras--observó graciosamente el
cura,--porque prueba la pureza de su vida. El hombre paga sus locuras o
sus debilidades... En tercer lugar, la aspereza creciente de la famosa
lucha por la vida exalta los sentimientos egoístas en el hombre. «Tengo
bastante para mí--se dice,--pero no para tres o cuatro, si tengo
hijos...» Esta tendencia, por otra parte, no es reciente; Michelet
hablaba de ella en su libro sobre la mujer.
--Y bien, ¿por qué no educar a las jóvenes con arreglo a este nuevo
estado de cosas?--exclamó la Melanval.
--Es verdad--respondió el cura.--Últimamente he leído un artículo de
Marcel Prevost...
--¡Oh!--balbució la Melanval con espanto.--Usted lee a Marcel Prevost...
--¡Los canónigos leen, pues, a Marcel Prevost!--murmuró Francisca con
una apariencia de ingenuidad que no engañó a nadie.
--Los canónigos... no lo sé. En cuanto a los profesores, su deber es
ponerse al corriente de todo lo que puede ser útil al cumplimiento de su
misión y...
--Señor cura--dijo en tono lastimero la de Dumais,--perdone usted a
Francisca.
--No hay nada en todo esto que necesite perdón. Francisca me hacía una
pregunta y yo respondo... Los profesores están hechos para
responder--añadió el cura con una buena sonrisa.--Decíamos, pues--dijo
reanudando el hilo de sus ideas,--que Marcel Prevost se ocupaba en la
cuestión del celibato y va hasta aconsejar que se eduque a las muchachas
para ese estado. El escritor dirige a las jóvenes un discurso, muy bien
hecho a fe mía, en el que les dice poco más o menos:
«Soñad con un marido, unos hijos y un hogar; es legítimo. Tratad de ser
unas muchachas casaderas tan cumplidas, que el dejaros por cuenta
atestigüe una inverosímil ceguera. Pero concebid paralelamente otro
porvenir además del matrimonio para el caso de que no os caséis a pesar
de todo... Sobre todo, no vayáis a meteros en la cabeza que vuestra vida
quedará truncada si no habéis encontrado esposo. Hay algo que el
celibato no perjudicará ni disminuirá, y es vuestra propia personalidad,
o, más sencillamente, las probabilidades de gozar honradamente de la
vida que os ofrecen vuestro corazón, vuestra inteligencia y hasta
vuestras facultades físicas, desarrolladas con cuidado. El celibato no
es, en suma, más que una desgracia negativa, la falta de una añadidura.
Guardaos de jugar todo vuestro destino a un suceso que no depende de
vosotras. Antes de ser esposas, antes de ser casaderas, sois personas;
el perfeccionamiento de esa persona depende sólo de vosotras.»
--¡Bravo por Marcel Prevost!--exclamé con entusiasmo.--Todo eso es
justamente lo que yo pienso... ¡Y qué bien dicho está!...
--Ya tenemos a Marcel Prevost elevado a la altura de un padre de la
Iglesia--dijo la abuela descontenta de sus teorías.--¡Si nos vamos a
preocupar de la opinión de los literatos modernos!...
--Querida señora--respondió el cura, otra vez en discordancia con su
antigua amiga,--esa opinión tiene su valor... Mientras los novelistas
tengan la especialidad de pintar las ideas de una época, habrá que tener
en cuenta lo que ellos indican y...
--¿Son acaso las ideas de nuestra época lo que ese señor ha expuesto en
el discurso que acaba usted de leernos?... ¡Ah! señor cura, jamás,
jamás--respondió la abuela en un acceso de violenta indignación.--¿Qué
madre tendría semejante lenguaje?
--Una madre prudente y lista--dijo el cura muy bajo.--Pero, en realidad,
señora ¿se cree usted de esta época?... Usted, abuela, ¿comprende todos
los pensamientos de su nieta?
--Verdaderamente no--repuso la abuela confusa.--Todo lo que oigo ahora
es tan contrario a lo que se decía y se pensaba en mi juventud, que no
puedo acostumbrarme... Esta Magdalena me trastorna.
--¿Yo?--balbucí sorprendida.--Diga usted más bien Marcel Prevost... En
cuanto a mí, te engañas seguramente, abuela.
--No, no, sé lo que me digo... Ya estás entusiasmada por las teorías de
ese caballero... ¡Ah! qué jóvenes las actuales...
--¡Ay!--gimió la de Dumais a modo de aprobación.
--¿Por qué educar a las jóvenes como se hace ahora?--dijo la abuela con
más energía.--En mi tiempo éramos más prácticos y no educábamos a las
jóvenes más que para esposas ni les inculcábamos cualidades o talentos
más que para el matrimonio... Aquel era mejor tiempo.
--De eso habría mucho que hablar--respondió el cura moviendo la
cabeza.--En la dichosa época de que usted habla, los prejuicios eran
tales, que los padres no se atrevían a desarrollar en sus hijas una de
las más puras pasiones de un gran corazón, el amor a la belleza...
Entonces existían muchas mujeres para las cuales la cultura de la
inteligencia y la generosidad del alma eran causas incesantes de lucha
y de discordia con sus maridos...
--¿Y cree usted que se han acabado esos tiempos?--preguntó la de Aimont
en tono de burla.--¿Los señores maridos se han vuelto tan perfectos que
pueden apreciar la idealidad en sus mujeres?...
--Eso--dijo el cura confuso,--depende de las mujeres y... de los
maridos.
--Sí--añadió la de Brenay,--sin contar que el intelectualismo exagerado
de que padecemos no es muy apreciado por esos pobres maridos... ¿Qué se
hace con una intelectual?--terminó con una sonrisa llena de malicia.
--Esa es una objeción pueril--respondió el cura.--Nunca el corazón de
las mujeres encontrará mejor sostén ni un alimento más poderoso que el
estudio de la Naturaleza. ¿Verdad, Magdalena?
--Predica usted a una convertida--dijo la abuela.--Magdalena piensa como
usted... Usted es para ella la ley de los profetas... Sin embargo,
admitiendo que tenga usted razón, ¿todas esas bellas cosas mejorarán la
situación de las solteronas?... Esa es la cuestión.
--Por lo menos les harán soportar una situación que muchas de ellas no
han creado ni deseado--respondió el cura,--pues en esta clase de cosas
las costumbres pueden mucho... En Inglaterra una mujer no está obligada
a tomar un nombre que no es el suyo para ser respetada. Los ingleses
llegan hasta a encontrar muy práctica esa multiplicación de las
solteronas...
--No me extraña--dijo Francisca,--los ingleses razonan siempre en contra
del sentido común.
--No tanto, no tanto--murmuró el cura.--En estos tiempos está cada cual
tan absorbido por sus intereses que no tiene tiempo más que para pensar
en sí mismo. Ahora bien, las solteronas, que no tienen nada que hacer,
están destinadas a pensar en los demás.
--¡Es delicioso!--exclamó Francisca con convicción.
--Es hermoso--dijo la abuela levantándose para despedirse.--Pero, sin
embargo, ¿es esa la dicha?...
El cura contempló durante unos segundos la silueta de la abuela plantada
delante de él como una verdadera interrogación.
--¿La dicha?--respondió.--La dicha se encuentra allí donde está el
deber.
--¡Ay!--exclamó Francisca,--esa es la dicha a precios reducidos.
--Yo hubiera preferido otros deberes--replicó la abuela moviendo la
cabeza con melancolía.
--Sí, ya sé... Pero el deber cambia con la época en que se vive.
--Puede ser--respondió la abuela.--La generación actual es eléctrica
hasta en el deber... Tiene usted razón, señor cura, yo no soy de este
siglo...
El saludo de la abuela se resintió de la tristeza de su última frase y
careció, casi, de la tradicional reverencia. Las mías indicaron mi
serenidad habitual. Yo estoy siempre contenta cuando se habla de las
solteronas.
¡Cuánto voy a tener que escribir esta noche!...
Ya acabé... Qué suerte...