La abuela acepta difícilmente mi negativa respecto del señor de
Baurepois, dice que me porto como un chorlito y lamenta mi deplorable
obstinación.
El padre Tomás, aunque más conciliador, confiesa que le ha sorprendido
desagradablemente lo que él llama el fracaso de mi inteligencia y de mi
razón.
--Rehusar un joven ocupado en cuestiones tan elevadas... Y yo, que creía
que su conversación había encantado a usted...
--Me interesó, señor cura, lo que no es lo mismo. El interés está lejos
del encanto...
Por la gesticulación del cura se ve que no comprende mi estado de alma y
que no se da cuenta tampoco de la psicología de un corazón de muchacha.
La de Ribert y Genoveva son más indulgentes conmigo. Sin dejar de apoyar
a la abuela ponderándome las ventajas de una unión con el señor de
Baurepois, una de las fuerzas del partido militante conservador, han
depuesto las armas las primeras.
--No ha llegado la hora de Magdalena, ha dicho la de Ribert a Genoveva.
Cuando esa hora suene, discutirá menos... Su convicción se formará sola
y ella misma reclamará el derecho de casarse con el que le haya gustado.
--¡Oh! señora--respondí con cierta melancolía,--renuncio a conocer jamás
esa hora... Jamás podré acostumbrarme a ese modo de casarse...
--Pero, Magdalena--dijo la buena Genoveva,--todo el mundo se casa así en
nuestra sociedad.
--Sí--respondí suspirando,--el matrimonio de inclinación es considerado
como un suceso raro y muy peligroso. Todos predican las peores
calamidades a los que se dejan llevar al matrimonio por un cariño
apasionado. Lo que no obsta para que yo encuentre odioso casarse en las
condiciones ordinarias...
Estaba yo tan nerviosa por las interminables discusiones que había
tenido que sostener con la abuela en los últimos días, que me eché a
llorar. Genoveva me abrazó.
--¡Oh! no llores, Magdalena... Qué niña eres... Nadie te obliga a
casarte... Sé razonable...
Razonable... Que si quieres... Cada vez lloraba más... La de Ribert
parecía consternada y Genoveva, para consolarme, acabó por llorar
también.
--No llore usted así, Magdalena, hija mía... Su abuela de usted no
piensa obligarla al matrimonio.
--No, señora--respondí entre dos sollozos,--pero todas ustedes me
encuentran poco razonable y novelesca porque no puedo decidirme a
casarme con un hombre a quien no conozco. Es ese juicio lo que me hace
daño, mucho daño en el corazón...
--¡Bah! tontuela, nadie juzga a usted así--me dijo con bondad la de
Ribert.--No llore usted más, no sea niña...
--Tranquilízate--añadió Genoveva enjugándose los ojos, muy
encarnados.--Te lo ruego; me das pena...
Al fin logré dominarme y me decidí a guardarme el pañuelo en el
bolsillo.
--Vamos, ¿se acabó la pena?--me preguntó amablemente la de Ribert
dándome un beso.
--Así lo espero--dije mientras se me saltaban otra vez las lágrimas por
el tono de la pregunta y por el beso maternal de la buena señora.
En cuanto me tranquilicé un poco, expliqué a aquellas señoras que había
algo en mí que se negaba absolutamente al matrimonio con un desconocido.
--Sí--exclamé,--no puedo, no podré nunca decidirme...
--Pues bien--respondió la de Ribert, que comprendió que no era el
momento de insistir,--espere usted, la cosa no corre prisa... Si Dios
quiere que usted se case, él sabrá enviarle el marido que la convenga.
--Sí, sí--añadió Genoveva.--Hablemos de las solteronas... Eso distraerá
a Magdalena.
Pronto recobró mi alegría su vivacidad habitual. Al contar mis últimas
impresiones sobre mi asunto favorito, hablé del deseo de saber lo que
piensan los hombres que no se casan.
--¿Para qué?--preguntó la de Ribert un poco asombrada.
--Para comprender sus motivos de celibato. Puesto que hay solteronas
recalcitrantes que lo son a pesar suyo, tendría curiosidad de saber los
motivos que alegan esos caballeros para despreciarlas de ese modo.
--La falta de dote y las pretensiones de las jóvenes casaderas son
motivos suficientes--dijo Genoveva.--No veo qué más puedes desear para
informarte...
--Sí--repliqué--hay además otra cosa. No me harás creer que el egoísmo
está bastante extendido en la tierra para que no haya otros motivos
serios que expliquen ese abandono del matrimonio... Además--añadí
bajando los ojos a la chimenea, que ostentaba un hermoso fuego,--no
pueden ustedes figurarse qué curiosa estoy por saber si hay entre los
hombres algunos que piensen como yo... Debo de poseer un alma hermana
que se asuste de casarse con una desconocida.
--¿Y quisieras conocer a esa alma hermana?--preguntó con curiosidad
Genoveva sonriendo.
--Puede ser--dije sintiendo que me ponía colorada.--Quisiera al menos
saber si existe...
--Vean ustedes esta joven razonable que quisiera hacer un estudio del
natural--exclamó la de Ribert sonriendo...--Después de todo--añadió
después de una corta vacilación,--¿por qué no?...
--¡Cómo!--exclamó Genoveva.--¿Qué diría la de Sermet?
--Sí, comprendo, hija mía, pero no se trata de Magdalena... ¿Por qué no
he de hacer yo lo que no puede hacer ella? Yo tengo ya la edad de la
razón.
--¡Oh! señora--exclamé con ardor arrojándome en sus brazos.--¡Qué buena
es usted!...
--No, no tan buena... Sabe usted que hace mucho tiempo que me ocupo en
cuestiones femeninas... Me gusta tener datos precisos. Algunas veces,
esto entre nosotras, he escrito a un periódico para obtener informes...
Ese periódico se llama «Preguntas y Respuestas». Inserta las preguntas
que se le envían, y entre sus lectores o lectoras, hay siempre personas
de buena voluntad que dan una respuesta cualquiera... ¿Quiere usted que
trate de tener lo que desea en su lugar?...
--Sí, pero ¿cómo?--dije interesada.
--No es difícil poner un anuncio pidiendo las noticias que deseamos. Los
que quisieran dar respuesta dirigirían sus misivas al periódico, y éste
me las transmitiría bajo sobre con iniciales.
--¡Oh! sí--respondí llena de entusiasmo.--Haga usted eso por mí,
señora... Genoveva, corramos a pedir permiso a la abuela...
--No, ve tú sola--dijo Genoveva riendo de mi entusiasmo.--Tu abuela se
va a enfadar y no me atrevo a ser yo la que haga semejante petición.
--Anda Genoveva, te lo suplico--dije abrazándola.--La abuela te lo
concederá todo... Sabe que eres tan buena y razonable...
--¿Qué hago?--preguntó Genoveva a su madre.--¿Debo arriesgarme?
--Sí--respondió la de Ribert.--Bien puedes hacer eso por Magdalena.
El tiempo de echarse una falda, de ponerse los guantes y el sombrero, y
Genoveva estuvo pronta a acompañarme a casa de la abuela, que se quedó
sorprendida de nuestra entrada repentina. Costole mil trabajos ponerse
al corriente de lo que queríamos y empezó por llenarse de indignación en
cuanto supo poco más o menos de lo que se trataba. Se calmó un poco al
oír las dulces razones de Genoveva y acabó por enviarnos al padre
Tomás, sin cuya opinión no podía pasarse en semejante caso.
--La cosa se sale tanto de las conveniencias...--murmuró la pobre abuela
consternada.--En verdad, no sé si estáis locas o si soy yo la que no
está en el movimiento de ideas moderno... ¡En qué siglo vivimos!...
Genoveva nos acompañó a casa del padre Tomás, que, felizmente para
nosotras, tiene la indignación menos fácil que la abuela. El cura
escuchó con atención las explicaciones de Genoveva, la cual se abstuvo,
sin embargo, de hablar de mi deseo de encontrar un alma hermana. Un poco
sorprendido al principio, movió largo tiempo la cabeza antes de
responder... Era seguro que vacilaba.
--¡Dios mío!--dijo por fin,--si fuese Magdalena la que pusiera ese
anuncio, diría que era imposible de todo punto...
--Así lo comprende mamá--hizo observar Genoveva.
--Pero la señora de Ribert, a quien todo el mundo conoce como mujer
seria, inteligente y ocupada en trabajos intelectuales, puede
perfectamente hacer lo que le plazca. No veo ninguna razón para negar la
autorización solicitada.
--Entonces, señor cura, suplico a usted dos letras para la abuela...
Sería capaz de no creernos...
--Esperen ustedes--dijo el cura lleno de condescendencia.
Cogió una tarjeta y escribió debajo:
«¿Por qué impedir el vuelo de un pajarillo? Hay más grandeza verdadera
en lanzarse por encima de lo convencional que en permanecer
obstinadamente atado a lo vulgar...
»Todos mis respetos.»
--Gracias, señor cura, gracias de todo corazón--exclamé con un intenso
acento de triunfo.
--Calma, calma...--dijo el cura.--Si su cerebro de usted se pone en
ebullición, retiro el permiso...
Una dulce sonrisa de Genoveva le tranquilizó. Y nos fuimos rápidamente a
casa. Celestina tuvo mil trabajos para seguirnos a nuestro paso.
--Abuela--dije con expresión vencedora dándole la carta del cura,--aquí
tienes la respuesta que esperabas.
La abuela se sujetó las gafas con cuidado, cogió la tarjeta, la leyó, la
releyó, la meditó y dijo finalmente encogiéndose de hombros:
--El cura descarrila... y vosotras también.
--¡Oh! abuela--dije horriblemente alarmada,--¿niegas el permiso?
--No... haz lo que quieras. Francamente, no puedo hacerme a estas
costumbres nuevas... Escribir a un periódico... Poner un anuncio... ¡Y
qué anuncio!...
--Gracias, abuela, gracias de todos modos--exclamé con transporte.
--No hay de qué--respondió la abuela.--Pasa por el mundo entero una
especie de viento de locura... No me habléis más de todo esto--concluyó
volviéndonos la espalda.
La de Ribert, que esperaba una oposición obstinada de la abuela, se
quedó sorprendida de nuestro éxito.
--Bueno--dijo alegremente,--aprovechemos el permiso y ocupémonos del
anuncio. Aquí tenéis el que he redactado durante vuestra ausencia.
* * * * *
«Persona seria que hace estudios sobre las solteronas, desea conocer los
motivos que alejan a los hombres del matrimonio. Respuesta a las
iniciales A. B. C. Oficinas del periódico.»
* * * * *
--¿Qué pensáis de esto?
--¡Perfecto!--exclamé saltando de alegría.--Pronto, un sobre... ¡Oh!
señora, qué agradecimiento... Qué feliz soy...
--Espere usted, Magdalena--dijo la pobre señora de Ribert, aturdida por
mi turbulencia.--Espere usted; hacen falta aún mil cosas. Qué niña...
Por fin salió la carta... Volví a casa, donde encontré a la abuela casi
repuesta de su exceso de indignación, y ya me encuentro alegre como...
me falta término de comparación.
Cuánto quisiera tener rápidamente una respuesta.