¡Cuántas mudanzas en lo que constituye una vida de joven soltera!...
Ayer todo era tranquilidad absoluta; hoy empiezo de nuevo a subir el
calvario de una muchacha casadera... ¡Qué fastidio!... Y pensar que es
el padre Tomás a quien debo esta resurrección de las complicaciones.
Esta mañana me previno la abuela que deseaba hacer conmigo algunas
visitas por la tarde. A las dos subí a mi cuarto para ponerme el traje
de rigor, cuando la abuela me hizo sufrir un examen imprevisto.
--¿Qué vestido te pones?
--El gris, corte de sastre.
--El gris... No, yo preferiría el azul marino con aquella linda pechera
que tan bien te sienta. Debajo del abrigo de pieles ligeramente
entreabierto, hace muy bien...
--Pero yo no tengo conquistas que hacer, abuela... ¿Cree usted útil que
me ponga el traje número uno?...
--Sí... sí... ¿Qué sombrero?...
--El Santos Dumont.
--No, ese no... Ponte más bien el de la pluma amazona que te sienta
maravillosamente sobre tu cabello rubio.
--¿Maravillosamente?... Bueno, abuela.
Me vestí muy pensativa... ¿Qué significaban esas precauciones
inusitadas?... ¿Qué las idas y venidas de la abuela, que ha salido estos
días varias veces de tapadillo?... Verdaderamente todo esto me parecía
poco claro y empezaba a temer seriamente un atentado premeditado contra
mi libertad, cuando tomé confianza al ver que la abuela se dirigía, y me
dirigía por consiguiente, hacia el Colegio Libre.
--En casa del padre Tomás--murmuré para mis adentros,--no hay nada que
temer... La feria del matrimonio no tiene allí puesto.
Llamé, pues, con todo el candor de una perfecta quietud y no encontré
extraordinario que el cura no estuviese solo. Muy ocupado en hablar de
buenas obras con un caballero bastante feo, que parecía un tarro de
tabaco, el cura nos acogió, sin embargo, con una alegría muy
halagüeña... Evidentemente no había la menor mala intención en aquellos
ojos eternamente maliciosos ni en aquella risa tan franca.
La abuela, no queriendo interrumpir la conversación de aquellos señores,
se confundió en excusas y suplicó al cura que nos dejase aprovechar sus
luces comunes continuando su plática.
El caballero tarro de tabaco nos fue presentado. Se llama Teodoro
Baurepois y practica como especialidad la salvación de Francia. Tuvimos
el gusto de oír interesantes cosas sobre el socialismo cristiano, los
círculos obreros, la protección de los patronos, los retiros y un
diluvio de teorías... El caballero habla bien y se expresa con
facilidad y hasta con elegancia. El padre Tomás parece que le da gran
importancia y le exhibe como una coqueta enseñaría una sortija.
La abuela, por discreción, hizo una visita muy corta. Mi inocencia no
sospechó del señor de Baurepois, el cual no me parecía de la madera de
que se hacen los maridos.
En casa de la Bonnetable, olvidada ya de su enfado, esperé en vano al
señor en honor del cual me había puesto mi traje azul y el sombrero cuya
pluma, etc.
En casa de la señora de Ribert, ni sombra de pretendiente.
En casa de la Roubinet, nada más que un diluvio de flores de retórica.
En casa de la Sarcicourt, absolutamente nada...
Me resigné fácilmente a pensar que el pretendiente--porque debía de
haberlo--había llegado tarde al tren.
--Otro día será--pensé con alguna angustia ante la idea de volver a
empezar las fases de mi atavío de conquista.
La abuela se encargó de desengañarme con una pregunta tan brusca como
imprevista.
--¿Qué te parece el señor de Baurepois, Magdalena?
--Muy feo--respondí con indiscutible sinceridad.
--Sí, no es un Adonis, ya lo sé... Pero su corazón... su inteligencia...
--Su corazón, abuela, parece muy vasto a juzgar por la extensión y el
número de las obras a que se dedica... Su inteligencia debe de tener
las mismas dimensiones... Seguramente es un alma poco vulgar...
--¡Ah! querida--exclamó la abuela besándome con efusión.--Qué dichosa
soy al oírte juzgar así al señor Baurepois... Temía que su físico...
--¿Su físico?...--respondí disimulando una sonrisa.
--Sí, temí que te impresionase contra él... Pero el padre Tomás, que es
un hombre de gran talento, me había dicho que él conduciría la
conversación de manera que quedases conquistada...
--¿Conquistada?... Entonces se conquista ahora a las muchachas con
discusiones sociales...
--Las muchachas serias--respondió la abuela ligeramente
ofendida,--tienen así ocasión de apreciar a un pretendiente... ¿Qué más
quieren?
Solté una carcajada vibrante, prolongada, interminable.
--De modo, abuela, que el señor de Baurepois era un pretendiente...
--Ciertamente--balbuceó la abuela.--¿Por qué no?
--¿Y el padre Tomás ha tratado de encontrar una conversación seductora?
--Seguramente--dijo la abuela, que no comprendía mis preguntas.
--Pues bien, el señor de Baurepois es horrible y su conversación...
cargante, como diría Francisca.
--¡Oh! estas muchachas...
--Figúrate una conferencia entre un señor que quiere salvar a Francia y
su pobre mujer... Cada uno de sus desengaños recaerá en la
desgraciada... Cada _meeting_ fracasado será una ocasión de
recriminaciones... Cada _speech_ interrumpido constituirá un motivo de
discordia... Y los artículos de los periódicos... Y los ataques
personales... Y las perfidias de los amigos políticos... Figúrate el
despertar por la mañana: «¡Ah! amiga mía, _La Linterna_ se va a meter
conmigo»--«No, amigo mío.»--«Sí sí, siento que voy a recibir alguna cosa
desagradable.»--«Pero mi pobre Teodoro, te alarmas sin motivo.»--«Pues
si no es _La Linterna_, será _La Acción_.»--«Nada de eso, está
tranquilo. Además, _La Autoridad_ te defenderá si te atanca.»--«¿Tú
crees?»--«_La Autoridad_ está en el caso de administrarme una paliza
disimulada... Me defenderá criticándome.»--«Pues bien, amigo, espera
para apurarte a que ocurran todas estas cosas.»--«¡Ah! así sois las
mujeres, descuidadas, frívolas, egoístas... El padre Tomás me ha
engañado sobre tu carácter. No tienes nada de lo que hace falta para un
hombre de mi valía.» ¡Ay! abuela, no quiero despertar de esta manera...
La abuela se encogió de hombros.
--¡Qué niñada, Magdalena!... Estás desbarrando... Y yo que esperaba que
la belleza moral del señor de Baurepois...
--Permíteme, abuela. No niego la belleza moral del señor de Baurepois...
Es hasta probable que si yo conociera a ese señor un poco más, me
gustaría bastante para olvidar a la larga las imperfecciones físicas que
me ciegan por el momento. Esa belleza moral está demasiado oculta... El
salvar a Francia es hermoso, no digo que no, pero, entre nosotras, yo no
tengo tanta ambición. Mi alma burguesa estaría más conforme con una
dicha más tranquila y menos ilusoria... Un marido que me hiciera feliz
es todo lo que yo pediría.
--Y bien, el señor Baurepois...
--Temo que me aburriría mortalmente.
--Trate usted de gustar a una muchacha...--murmuró la abuela con una
desesperación que hubiera sido cómica a no ser tan sincera.--Oye--me
dijo dejándome para no ceder a la tentación de regañarme,--quiero creer
que no es esa tu última palabra. Tengo los informes más perfectos sobre
el señor de Baurepois. Como fortuna y como relaciones no encontrarás
cosa mejor... Es un hombre serio... Reflexiona.
Y la abuela desapareció sin dejarme decir una palabra.
De modo que estoy lucida... Después del señor Desmaroy, el señor de
Baurepois... De Escila a Caribdis... ¡Qué agradable situación la de una
joven casadera!...