He pasado una gran parte del día en la Catedral. Hoy era la fiesta de
Santa Catalina, fiesta parroquial tan sólo, pero interesante por el gran
número de personas a quienes se refiere.
¡Cuántas distracciones tuve en la misa mayor!
Aunque salí de la casa con buenas disposiciones de fervor, mi
insoportable imaginación hizo de las suyas. Hasta el Ofertorio todo fue
bien, pero en ese momento, curiosa de reflexionar un poco sobre la
innumerable cantidad de solteronas que desfilaban delante de mi vista,
me extravié completamente.
En seguida clasifiqué a las personas que pasaban en mis tres grandes
divisiones:
Solteronas voluntarias.
Solteronas resignadas.
Solteronas recalcitrantes.
Vuelta a casa, continué mis meditaciones y he aquí lo que llegué a poner
en claro en conjunto.
La solterona voluntaria, diga lo que quiera el padre Tomás, se distingue
a primera vista. Es viva, aunque sea reumática y sobre todo si es
nerviosa. Su fisonomía es apacible y animada, su mirada benévola y su
sonrisa bondadosa.
La resignada es melancólicamente trivial: mirada apagada, sonrisa
triste, modo de andar frío. A diez pasos y aun de más lejos se la conoce
de una mirada.
La recalcitrante es... recalcitrante. ¡Qué aspecto de mal genio!... En
lugar de la sonrisa amable de la primera y de la dulzura borrosa de la
segunda, es enteramente alarmante. Mirada dura, labios secos, modo de
andar irritado. En vano se esfuerza la piedad por dar a su fisonomía un
aspecto de ternura; se ve el esfuerzo y no se adivina la paz.
Irremediablemente formadas en mi mente las tres grandes divisiones, pasé
a las subdivisiones.
Las solteronas voluntarias se reclutan evidentemente entre las que se
han dejado guiar en la elección de su existencia por motivos de
abnegación, o un sentimiento de pureza virginal, o el recuerdo de una
afección muerta, o el amor de la independencia, o ese vago esceptismo
que se apodera de tantas jóvenes, o por el temor de las
responsabilidades, espantosas en efecto para quien reflexiona.
El amor al estudio y a las artes hace descontentas o satisfechas, según
que el celibato proviene de la libre elección o del encadenamiento de
las circunstancias. Estas, según sus tendencias personales, se vuelven
entonces resignadas, si son de humor acomodaticio, o sublevadas si
pertenecen a la categoría de las violentas.
La misma observación respecto de la falta de salud. La solterona se ha
sustraído por sí misma al matrimonio o la han sustraído. En la primera
suposición, su alma tranquila y estoica impone silencio a su corazón y
le da los medios de llegar a las dulzuras del celibato voluntario. En
la segunda, se lamenta, se entristece, no piensa más que en su mala
salud, envidia la suerte de las jóvenes más favorecidas en este concepto
y acaba por dar un ejemplo notable de rebelión en el celibato.
--Sin mi mala salud--murmura,--hubiera podido casarme... A mi mala salud
debo, pues, el tener que vivir sola...
--En cuanto a la insuficiencia de dote o a la exageración de
pretensiones, que hace que una solterona sería feliz al aceptar a los
cuarenta años el partido que ha renunciado a los veinte, no creo
engañarme haciendo de esos dos motivos la causa inicial del gran
ejército de las recalcitrantes.
Estas recalcitrantes no han renunciado al matrimonio; son los
pretendientes los que no han querido presentarse. Por una parte, el dote
era tan pequeño y tan desproporcionado con la fortuna, que era imposible
que los hombres de buen sentido se arriesgasen a la gran aventura del
matrimonio con semejantes jóvenes. Por otra parte, el dote estaba tan
poco en relación con las pretensiones emitidas, que había pretendientes
que no se atrevían a pedir lo que otros no se dignaban solicitar.
En las pequeñas poblaciones es cosa corriente que la joven de buena
familia, sin dote o con uno muy pequeño, participe de la educación y de
los placeres de las muchachas ricas: piano torturado, pintura profanada,
fútiles trabajos de aguja de los que enseñan a una joven a apasionarse
por lo superfino cuando no tiene siquiera lo necesario...
Todos estos tipos de solteronas viven juntas en medio del alegre
concierto de burlas imparcialmente distribuidas a todas sin distinción
de mérito.
Cuando se quiere designar un carácter susceptible se dice:
--Es una solterona.
Cuando se habla de un espíritu estrecho y vulgar, se exclama con mirada
desdeñosa:
--Qué se puede esperar de una solterona...
Si se trata de una devoción mal comprendida, todo el mundo se encoge de
hombros y murmura:--Es una verdadera solterona...
Si por casualidad se hace alusión a costumbres rutinarias, al egoísmo o
a las conversaciones agridulces, todos repiten:
--Qué propio es de una solterona...
Para pintar un traje extravagante se exclama:
--Vaya una facha de solterona...
Si por ventura recae la conversación sobre la pasión de los gatos, de
los perros, de los pájaros o de los cintajos amarillos, brota un grito
unánime:
--Gustos de solterona...
En fin, última y suprema ofensa, si se quiere calificar a alguna persona
profundamente inútil a la sociedad, todos proclaman:
--Inútil como una solterona...
Véase cómo la solterona se convierte en un objeto antipático cuando
debiera ofrecer el más singular de los atractivos, el de un enigma que
descifrar.