Día de duelo y de tristeza...
La vida está hoy como suspendida, y todos olvidan los cuidados
cotidianos para no pensar más que en sus queridos muertos, segados por
la inexorable fatalidad y acostados en la tumba donde duermen su último
sueño.
La abuela no hace ninguna alusión al señor Desmaroy, y yo sigo su
ejemplo, contenta por escapar, durante algunas horas, al pensamiento
mortificante del cambio que se prepara.
¡Qué miserables son todas estas fruslerías miradas a la luz de la
muerte!... Hay que vivir, sin duda, y es preciso elegir el género de
vida que se prefiere; pero, pasada aquí o allí, ¿qué importa la vida?...
Lo esencial es evitar el más pequeño mal y realizar todo el bien
posible.
La única cosa cierta en esta pobre vida es la implacable ley de la
muerte. Sé que moriré, mientras ignoro si seré o no dichosa en la vida
que elija. Si me caso, preciso será, tarde o temprano, dejar a mi
marido; si tengo hijos, también a ellos tendré que darles un eterno
adiós... Multiplicar las afecciones es multiplicar las probabilidades de
dolor... ¿Para qué buscar causas de sufrimiento?...
¡Ay!... ¿Qué responder a esto?
Me gusta, en el día de los muertos, una atmósfera gris y obscura, un
cielo cubierto y bajo en armonía con la tristeza de los corazones. En
aquella mañana el sol brillaba y el azul del cielo, apenas velado por
unas nubecillas, se ensombrecía de pálidos tintes bajo la mordedura de
los primeros fríos. Lo mismo en el infinito del horizonte que en un
círculo más reducido, todo revestía una especie de aspecto alegre que
adornaba de poesía a aquella fiesta melancólica de los muertos.
En el camino, atestado de hojas amarillas, desarrollaba sus largos
anillos la procesión lenta y recogida. Los niños de las escuelas,
olvidados de la tristeza ambiente, cantaban el _De Profundis_, y se
sonreían los unos a los otros; en seguida los coristas, muy graves
también, con sus sobrepellices blancas, entonaban el _miserere_. A lo
lejos sonaban por todas partes las campanas, y su fúnebre clamor ponía
una nota sorda en aquellas voces humanas, entonando el canto de los
Muertos... En el cementerio todos se acercaban a las tumbas amadas, en
las que una profusión de crisantemos, en brillantes haces, arrojaban
sobre los difuntos todas las quimeras y las ilusiones de los vivos... De
repente, todo quedó en silencio, y llegaron a nosotras las estrofas del
_Libera_, desgarradoras y monótonas. El velo de la abuela, aquel velo
eterno, se enlutó más todavía bajo el peso de las penas sin cesar
renacientes. Las horas de agonía, implacables y torturadoras volvieron a
empezar... Bajo el aliento de nuestras ardientes oraciones, los muertos
amados volvieron a vivir ante nuestros ojos durante un segundo, para
caer una vez más sin vida en el fondo de sus tumbas, cerradas para
siempre... Sentimos que estaban bien muertos aquellos a quien
llevábamos el fiel tributo del recuerdo... En dulce y plañidera cadencia
cayeron entonces sobre ellos las oraciones finales que entonaba la voz
del que presidía la procesión; diose la bendición, se restableció el
silencio... y cada cual, alejándose del campo del reposo, fue a coger de
nuevo el fardo de la vida, pensando en los que ya no existen...