Mucho la mujer varía,
Loco quien de ella se fía...
La sabiduría de las naciones habla en este momento por mi boca, sin que
mi propia sabiduría la contradiga... Al contrario.
Encuentro tonto el ir así en contra de todo lo que siento; y sin
embargo, por complacer a la abuela, primero, y por otro motivo después,
acepto la entrevista... Me encojo de hombros por adelantado, pero lo
hecho hecho está. Resignémonos a la aventura...
Esta mañana, en la Catedral, mientras esperaba mi vez para confesarme y
estaba meditando sobre los proyectos de la abuela, preguntándome si
debía confiarme o no a mi confesor, fui distraída de mis pensamientos
por un murmullo molesto. Volví discretamente la cabeza para darme cuenta
de lo que pasaba, y vi con terror que me había colocado justamente
delante de las dos peores lenguas de Aiglemont, dos solteronas,
naturalmente. Confieso que mi amor a las solteras se alía muy bien con
un justo conocimiento de los defectos de algunas de ellas. Entre muchos
ángeles hay algunas víboras. Estaban éstas aguzando sus aguijones a
costa del señor cura, del vicario de semana, de cierta capilla mal
arreglada, etc.
No presté al principio gran atención a lo que se decía tan cerca de mí y
me contenté con experimentar una fuerte distracción representándome la
fisonomía feliz de mis dos charlatanas. Sus ojos chispeaban ciertamente
de malicia bajo los párpados devotamente bajos y la sonrisa de sus
delgados labios debía de ser agria. No pude menos de volverme
ligeramente para contemplar el delicioso cuadro que mis falsas santas
ofrecían a las miradas del prójimo... Tan ocupadas estaban con sus
chismes y tan expertas eran en disimularlos, que no vieron mi movimiento
y pude impregnar los ojos a mi gusto en su exquisita hipocresía. Sus
palabras me llegaban ahora distintamente:
--¿Quién se confiesa tan largamente?
--La de Bormel.
--Mucho tiene que decir... Mire usted... agita los pies... No parece que
está muy a sus anchas...
--Lo creo... Si confiesa la mitad de lo que tiene de qué acusarse,
tendrá para toda la mañana.
--¡Es posible!... Es verdad entonces lo que se dice...
--Vaya si es verdad.
--¿Está usted segura de que el capitán Clarmont?...
--Está todo el día metido en su casa...
Púseme en seguida de rodillas para no oír la continuación de la
historia, que prometía ser picante aunque poco a propósito para castos
oídos. Traté de reanudar el curso de pensamientos más serios, pero me
fue imposible... Apenas me había vuelto a sentar el murmullo llegó a mí
más fuerte.
Es el cuarto sombrero desde el mes de junio.
--¿De veras?
--Como usted lo oye, querida... Tiene una rosa, otro negro y otro
encarnado... El que usted ve es el encarnado... Es indigno de una
joven...
Alcé los ojos para contemplar a mi vez el famoso sombrero indigno, y me
vi en la sombra de la capilla el perfil de Francisca Dumais debajo del
sombrero incriminado. ¡Pobre Francisca! Era de ella de quien hablaban...
--Con dos mil pesos de dote es vergonzoso ponerse tan maja--siguió
diciendo una de las solteronas en un devoto susurro.
--Sí--respondió la otra,--así es como se llega insensiblemente a la
perdición... Esa chica de los Dumais tiene la simiente de las malas
personas.
Hice un esfuerzo para no oír más y hasta tosí con furor. Las habladoras
siguieron impertérritas.
--¿Qué le pasa a la chica de Gardier?... Hace un ruido... Es casi
indecente...
--Es que se da importancia--respondió la otra por lo bajo...--Piense
usted, querida, que el señor Boulmet, el notario, se está ocupando de
casarla...
--¿Hace mucho tiempo?
--Me han dicho que estuvo en casa de la señora Sermet, la abuela de esta
chica, el sábado último... Entró a las dos y salió a las tres y trece...
Ya comprende usted...
--¡Digo!... la buena señora estará muy contenta porque se va a
desembarazar de su nieta.
--Lo creo... parece que la muchacha le da una guerra... Tiene un
carácter infernal y no hace más que lo que se le antoja...
--No me extraña, porque está muy mal educada.
--Como todas las jóvenes de ahora. ¿Querrá usted creer, amiga mía, que
esa chica no quiere casarse?
--¿Es posible?... No me gustan nada tales ideas... ¿Y es seria esta
farsante?
--No lo creo.
--Ya decía yo... Habrá probablemente algún oficial bajo cuerda...
Estaba yo tan indignada que me quedé incapaz de todo esfuerzo de
voluntad.
¡Cómo!... Yo doy guerra a la abuela, tengo un carácter infernal y, por
añadidura, no soy seria... La cosa era fuerte.
Detrás de mí seguía el susurro, pero con pausas. Bien necesitaban tomar
aliento... Al cabo de unos instantes las dos buenas almas echaron de ver
probablemente que no estaban nada edificantes o se les acabó el asunto
de la conversación.
--Querida--dijo una de ellas,--me está usted distrayendo.
--Es verdad--confesó la otra,--y voy a rezar humildemente un diez del
rosario para pedir perdón a Dios.
Se puso de rodillas y sentí pasar por mis cabellos su aliento de víbora.
Yo también me arrodillé para evitarlo. Estaba furiosa.
En la calma de la capilla apenas iluminada por el resplandor rojizo que
entraba por los vidrios, me sentía irritada y nerviosa. Quería rezar y
no podía... En vez de formular actos de contrición no hacía más que
repetir:
--Estúpidas, perversas, ridículas... ¡Estas solteronas!...
Mi imaginación excitada no tenía en cuenta el sitio en que estaba; y en
la sombra del altar, apenas visible entre los fieles, me parecía ver
levantarse la silueta de la abuela que me gritaba:
--Ahí tienes lo que tú serás si te obstinas en tus ideas de celibato...
¡Oh! no, no es así. A Dios gracias, no todas las solteronas tienen la
devoción llena de hiel ni son tan falsas y mordaces. Si hay entre ellas
frutas podridas, no lo están todas, por fortuna, y las hay sanas y
agradables de saborear en las relaciones cotidianas... Los pensamientos
se agolpaban en mi pobre cerebro y me hacían sufrir. Me preguntaba lo
que valen a los ojos de Dios las oraciones de esas malas almas... ¿Las
escucha?... ¿Las perdona cuando por toda reparación pasan unas cuentas
del rosario creyendo que eso basta para expiar una calumnia o una
maledicencia?...
Empezaba a sentirme muy severa para todas esas faltas y sus autoras,
cuando me llegó la vez de confesarme.
* * * * *
Las buenas palabras del cura me repusieron tan pronto como las otras me
habían desequilibrado. Encontré por milagro mi serenidad habitual y
perdoné por completo a mis detractoras.
En cuanto entré en casa corrí al cuarto de la abuela y le dije que
estaba decidida a hacer lo que ella deseaba. Le di la segunda edición de
la conversación de mis charlatanas esperando un gran acceso de
indignación, pero no hubo nada de eso. La abuela sonrió con perfecta
tranquilidad.
--¿Tienes la pretensión, Magdalena, de reformar las cabezas y las
lenguas?
--De ningún modo, abuela.
--Entonces, hija mía, ¿qué te importa?
--Me subleva oír hablar mal de todo el mundo... y en la iglesia sobre
todo.
--Dios está en todas partes--respondió la abuela,--y ofenderle aquí o
allá siempre es ofenderle.
Después, cambiando de conversación, la abuela, muy alegre, me anunció
que corría a casa del notario para darle la buena noticia y pedirle
algunos informes complementarios.
Durante todo el día la abuela mostró una actividad febril y estuvo yendo
y viniendo de la casa del padre Tomás a la del notario y viceversa.
Aquello era el cuento de nunca acabar. Era tal su gozo, que no se fijó
en las cosas que más le chocaban habitualmente. No hizo ninguna
observación a propósito de la chimenea, en la que se veía una capa de
polvo que databa de la víspera, y soportó heroicamente el pescado
quemado que Celestina nos sirvió para castigarnos, por tener secretos
para ella.
Parece que el padre Tomás está encantado por la felicidad de la abuela,
aunque no comprende muy bien las causas de mi repentino cambio de
parecer.
--Después de todo--dijo,--una entrevista no compromete a nada...
Como soy absolutamente de su parecer, empiezo a recobrar la libre
posesión de mí misma, que me faltaba esta mañana.
Está convenido que el señor Desmaroy, así se llama el pretendiente,
vendrá el sábado próximo. Después de mil conferencias y reflexiones, la
abuela se ha decidido por una simple entrevista en casa. Con el pretexto
de ver las antigüedades--el tapiz del comedor, por ejemplo, y no a
mí,--el notario nos traerá a su protegido. Es la manera más práctica de
evitar los comentarios de los habladores, siempre en acecho. El tapiz de
la abuela pasa a los ojos de todos por una maravilla, que los amigos de
nuestros amigos están en la obligación de venir a admirar. Así todo será
natural para Celestina, y nos evitará una crisis de indignación de su
parte, que no dejaría de ocurrir si ella supiera...
Ya la alegría de la abuela le parece sospechosa, y esta tarde, en la
mesa, cuando pasó a mi lado para servir el postre, le oí murmurar _sotto
voce_:
--Todos estos misterios huelen a casorio...
Hice como que no comprendía. ¿Para qué?
La imaginación de la abuela tiene alas y anticipa grandemente los
acontecimientos. Ya le parece que me está viendo en el altar, al que
está convenido que debe conducirme nuestro primo el comandante Harmel.
Yo creí que aquí se detendrían los arreglos futuros, pero nada de eso.
Al darme, hace un momento, el beso de la noche, la abuela me ha
preguntado muy seria si me gusta más el terciopelo o el raso...
--¿Para qué, abuela?
--Para tu traje, hija mía, para tu traje de boda.
--¡Mi traje de boda!--exclamé con estupor.--Dios mío, todavía no estamos
en ese caso.
Ante la cara de contrariedad de la abuela, contuve la risa, pronta a
escaparse. La abuela, seguramente no puede imaginar que yo pueda
desagradar al señor Desmaroy, y no se le pasa tampoco por la cabeza que
yo pueda renunciar a un partido tan soberbio.
--¡Cuarenta mil pesos de capital!... Cuatro o cinco mil de
beneficios!... Es el yerno soñado... Positivamente, si yo lo hubiera
encargado a mi gusto, no sería de otro modo... ¡Y sentimientos
religiosos!... ¡Qué suerte tienes, Magdalena!...
Magdalena no dice nada, pero piensa. Todo lo que dice la abuela está muy
bien. La situación es hermosa, no lo niego, y hasta me gusta mucho...
Pero el marido... ¿Me gustará el marido?...