La abuela ha reanudado sus días de recepción hoy, primer jueves de
noviembre.
Muy de mañana he tenido una larga conversación con la abuela, a
propósito del señor Desmaroy, y aproveché sus buenas disposiciones,
causadas por mi docilidad para sus proyectos, para formular algunos
deseos, el primero de los cuales era continuar mis estudios sobre las
solteronas.
La abuela se encogió de hombros, como de costumbre, al oír ese nombre
aborrecido, pero, a pesar de su antipatía, me permitió hacer lo que
quisiera. Todos estos preliminares no tenían otro objeto que obtener que
la abuela me llamase al salón si se presentaban hoy algunas solteronas,
pues quería hacer mis estudios del natural.
Generalmente a la abuela le gusta recibir sola, y no me llama más que
cuando viene con su madre alguna de mis amigas. Dice, como razón de ese
ostracismo, que sus recepciones serían mortalmente fastidiosas para una
cabeza como la mía, siendo así que el elemento ligero falta en ellas por
completo. Es poco halagüeño para mí...
Las íntimas de la abuela son personas de edad madura. Muchas solteronas
y no pocas señoras ancianas, son asiduas a sus jueves. Los caballeros
son escasos, por el contrario, y la juventud no se muestra más que para
mí. Mis amigas y yo formamos en el salón un grupo especial llamado el
«rincón de las malas cabezas,» según una frase de cierta amiga de la
abuela. Aquel rincón querido está formado por un ancho biombo japonés,
entre cuyos repliegues se esconden las banquetas destinadas a la
juventud, mientras inmensas palmeras proyectan su sombra fantástica
sobre nuestro asilo. Cuando las señoras quieren librarse de nuestra
importuna presencia, la abuela me hace una señal y me voy dócilmente a
nuestro refugio, llevándome a mis amigas encantadas. Dicho sea entre
nosotros, no es siempre divertido oír hablar del sermón del día antes,
del de mañana, de la actitud del señor cura, de las congregaciones, del
Gobierno, de tal señora que espera un nuevo hijo, de una desgraciada,
cuyo marido es borracho, de una tal que es gastadora, de la doncella de
la de fulano que tiene mala conducta, etc., etc.
Estamos lejos de aquellos salones en que se hablaba y de los que mi
imaginación deslumbrada ha conservado un literario recuerdo.
El salón en que se conversa, es la excepción en Provincias; el en que se
chismorrea, es enteramente la regla general... En casa de la abuela se
conversa un poco... a veces; se chismorrea siempre... Con dulzura,
seguramente, sin maldad y con una notoria benevolencia, pero, en fin, se
chismorrea.
Hasta ahora estaba yo casi excluida de esas reuniones, sin gran
sentimiento mío, lo confieso. Hoy han cambiado mis ideas. Con mis
pretensiones al estudio de mis semejantes, mis alas se desarrollan y se
ensanchan y pido conocer el mundo, la vida, las solteronas... y qué sé
yo cuántas cosas... En una palabra, la abuela está un poco asustada al
ver tal actividad intelectual.
--Espero, Magdalena, que no te vas a volver una cerebral--gime aterrada.
Esa palabra en la boca de la abuela, es sinónimo de desequilibrada, pero
yo no me ofendo. Un cumplimiento más de los que tienen poco de
halagüeños... ¡Bah! no hay más que acorazarse...
La primera visita de esta tarde ha sido el padre Tomás. Estaba yo
terminando de arreglar las flores en los inmensos jarrones de los
ángulos, y echando una ojeada a los almohadones para convencerme de que
estaban bien colocados, cuando el cura me sorprendió, en el momento en
que me disponía a subir a mi cuarto a esperar que la abuela tuviese a
bien llamarme. El padre Tomás penetró en el salón con tan prodigiosa
vivacidad, que tropezó en una mesita en la que la abuela expone--pues es
una verdadera exposición,--preciosas miniaturas antiguas. La mesa
retembló en sus patas vacilantes, los caballetes se estremecieron bajo
su gracioso peso de cuadritos y retratos, y el cura se quedó tan
confundido que sus gafas temblaron en la rebelde nariz.
--¡Cómo, Magdalena! vaya un modo de abandonar a las solteronas--me dijo
en cuanto se calmó un poco la emoción de una entrada tan bien combinada
y no bien se hubo sentado en la silla que le indicó la abuela.--Esto es
una traición.
--No, señor cura--respondí alegremente.--Continúo mis estudios, con
permiso de la abuela.
--¿Y el señor Desmaroy, le autoriza a usted igualmente?--preguntó el
cura con tono bastante irónico.
--Se lo ruego a usted, señor cura, dejemos al señor Desmaroy en paz por
ahora, y hasta pasado mañana--imploré más con la mirada que con la
palabra.--Hoy me propongo aumentar mi ciencia del celibato y cuento con
usted para ayudarme, ya que ha venido.
--Muy bien--dijo el cura, comprendiendo que no había cambiado tanto de
ideas como él creía, lo que me valió una dulce sonrisa, pues el cura
detesta a las veletas.--¿Qué desea usted saber de éste su humilde
servidor?--prosiguió, con mirada maliciosa.
--¿Me van ustedes a condenar a otra conversación sobre las
solteronas?--preguntó la abuela descontenta.--Creo, señor cura, que es
usted tan insoportable como mi nieta...
--¿Cree usted?--preguntó el cura con una de esas buenas sonrisas de que
él tiene el secreto.--Y yo que me hacía ilusiones...
La abuela movió la cabeza con expresión de duda, lo que puso el colmo a
la alegría del cura, pues es éste tan feliz como un rey cuando puede
contrariar a la abuela.
--Y bien, Magdalena, ¿en qué está usted?--me dijo por fin, cuando
recobró el aliento.
--Me detiene la dificultad de distinguir las solteronas voluntarias de
las involuntarias...
--¿Cómo es eso?
--En las jóvenes reconozco muy bien las diferentes categorías. Así, por
ejemplo, veo sin microscopio que si Francisca y Petra, sin contar otras
amigas en el mismo caso, no llegan a casarse, serán ciertamente
solteronas involuntarias, recalcitrantes del celibato. Es igualmente
visible a simple vista que si Genoveva y yo no nos casamos, pasamos
inmediatamente a la categoría de solteronas voluntarias. Lo que es
menos claro es lo que pasa con las solteronas llegadas.
--¿Llegadas a qué?--preguntó el cura abriendo los ojos interrogadores
detrás de las gafas.
--Llegadas al pleno esplendor del celibato, a la completa y profunda
posesión de su yo personal.
--¡Vaya! si empiezan ustedes con eso del «yo personal»--protestó la
abuela,--van a decir, ciertamente, muchas tonterías... Estamos perdidos.
--No tanto como usted cree--respondió vivamente el cura.--Si he
comprendido bien--continuó dirigiéndose a mí,--querría usted saber cómo
se distingue una solterona voluntaria de una forzosa, cuando ambas son
de cierta edad...
--Eso es, señor cura, enteramente eso.
--Entonces--replicó el cura sonriendo a medias,--se tiene ya la
murmuración del pueblo como base de información...
--¡Oh!--protesté vivamente, un poco conmovida por semejante frase.
--No deja usted de saber--prosiguió con acento burlón más marcado,--que
la señorita X, que tiene sesenta años, tenía una vocación pronunciada
por el matrimonio; que la señorita Y, de cinco años más que ella, tuvo
un amor desgraciado segado en flor; que la señorita Z, de unas cuantas
primaveras menos, asustó a sus pretendientes por su mal carácter; que
ésta no tenía dote; que aquélla tenía demasiadas pretensiones, etc.,
etc.
--Sí, señor cura, se pueden, en efecto, conocer las hablillas; pero sé
por mí misma lo que valen los chismes de una población pequeña, para
darles ninguna fe. Eso es la fábula, y yo querría la historia.
--Veo--respondió el cura riéndose,--que no ha olvidado usted la
conversación que sorprendió en la víspera de cierta fiesta...
Yo también me reí, pues sabía que la abuela le había contado de cabo a
rabo mi escena de la Catedral.
--Comprendo ese rencor--continuó el cura.
--He perdonado, señor cura.
--Muy bien; digamos entonces su memoria. El consejo de referirse a las
hablillas corrientes ha sido una broma; nada más falso, con frecuencia,
ni más malo siempre. Hay, por otra parte, un medio muy sencillo de
formular el distingo que usted busca. Cuando, por ejemplo, ve usted en
el mundo una madre de familia cuidadosa de sus deberes, celosa de su
dignidad, buena esposa, buena madre, y adicta de una manera absoluta a
aquel cuyo nombre lleva, ¿qué piensa usted?
--Que está dentro de su vocación, señor cura.
--Tiene usted razón.
--¡Bonitas cosas dicen ustedes!--exclamó la abuela con repentina
energía...--¿Qué cree usted entonces de esas malas cabezas que hacen la
desgracia de su matrimonio?... ¿Que no están dentro de su vocación?...
Entonces, esa vocación... Señor cura, me hace usted ruborizarme...
--No hay por qué, señora--respondió el cura con un dejo de
impaciencia.--Esas malas cabezas, están, sin duda, en su vocación. No se
han engañado más que en la línea general que convenía tomar, puesto que
estaban hechas para el matrimonio; lo que les ha faltado es el marido
que les convenía. Hay mala cabeza con un marido que podía ser una mujer
perfecta con otro. Hace usted más el proceso del matrimonio moderno que
el del matrimonio en sí mismo, ¿sabe usted, señora?
--Cómo me espanta ese matrimonio en que ninguno de los dos se
conoce--murmuré estremeciéndome...
--No hablemos de matrimonios--exclamó el cura.--Estamos en el celibato,
hablemos de él... No tenemos más que transportar a las solteronas las
cualidades de bondad que admiramos en la mujer casada, para darnos
cuenta si está o no en su vocación.
--Eso es muy fuerte--protestó la abuela indignada.--¿Hay, pues, ahora
una vocación del celibato?...
--Puede ser--dijo el cura sonriendo. ¿Qué es la vocación sino la
atracción que sentimos por una vida especial?... ¿Podemos negar que
ciertas almas tienen una simpatía particular por el celibato?
--Pero eso es abominable--exclamó la abuela con espanto.
--No, no tanto como usted supone--respondió el cura un tanto
malicioso.--Lo que estoy exponiendo en este momento son las ideas
nuevas. Ahora bien, estando casi admitida la vocación al celibato, se
puede decir de un modo general que toda solterona agria, malévola y
malhumorada es una solterona involuntaria. No le ha faltado más que el
matrimonio para hacer de ella una mujer encantadora, puesto que _a
priori_, toda mujer debe ser encantadora...
--Sin embargo, señor cura--repliqué sin recoger la alusión a mí
contenida en las últimas palabras,--esa mujer ha podido atravesar
pruebas que hayan transformado su carácter...
--No creo que tales causas puedan producir ese efecto. La desgracia
eleva a las almas hermosas y no abate más que a los caracteres débiles.
Conozco solteronas para quienes la vida ha sido muy dura, y son mujeres
casi perfectas. Así, cuando encuentro a una de esas solteronas buena,
servicial, contenta con su suerte, benévola en sus juicios y caritativa
en palabras y en obras, pienso siempre con satisfacción: He aquí un alma
en su vía... Qué rica naturaleza...
--Pero entonces--interrumpí prorrumpiendo en una carcajada muy poco
reverente,--si lo que usted dice es exacto, como lo moral influye en lo
físico, no hay más que mirar a las solteronas para distinguir la
voluntaria de la que no lo es... Una fisonomía animada, una mirada de
bondad, una sonrisa satisfecha y una conversación amable, deben ser la
característica de la soltera por vocación...
--No tan de prisa--exclamó el cura.--¿Qué hace usted de la enfermedad,
que cambia la animación en tristeza, sobre todo en las nerviosas?...
¿Qué de la sordera que ensombrece la mirada y le da una expresión
inquieta?... No hay que ser tan categórico. El buen fruto se distingue
del averiado por las palabras y los actos. Además, entre las solteras
voluntarias y las que no lo son, hay que colocar a las resignadas.
--¡Ah!--dije interesada,--¿en qué se puede reconocer a éstas; en el
color de sus cintas, en la flor de sus sombreros, en la armonía de su
traje?...
--No--respondió el cura, divertido por mi interés.--Se las conoce...
¿cómo diré yo?... en su resignación, qué diablo... Son blandas,
grisáceas, dulces y borrosas. Son más bien cuadros despintados que
mujeres de edad...
--Sí, comprendo, señor cura--dije conteniendo la risa,--son las
«Flácidas» de la corporación...
Un ruido de pasos, una puerta que se abre, y nuestra conversación queda
interrumpida. Celestina, con su voz especial de los jueves--se anuncia
todavía en casa de la abuela,--anunció:
--La señorita Sarcicourt.
El cura me echó una mirada rápida que significaba: «Va usted a estudiar
en lo vivo.»
Aprovechando las efusiones a que se entregaban la abuela y la señorita
Sarcicourt, el padre Tomás se retiró, con gran desesperación de aquellas
señoras, que querían retenerle.
--¡Oh! señor cura, soy yo quien le echa... Qué lástima...--murmuraba la
señorita Sarcicourt haciendo monadas.
--Nada de eso, nada de eso--respondía el cura, que no entendía de
finuras...--Me voy porque me voy... Buenas tardes... Adiós, señoras.
Acompañé al cura hasta la puerta, y sus últimas palabras fueron:
--Sobre todo, no falte usted a la caridad...
Cuando volví al salón, la conversación era ya animada. La de Sarcicourt
estaba dando a la abuela una receta exquisita para hacer el _pudign_ con
fresas. Volví a ocupar mi puesto, sin intervenir en la tal receta, y me
divertí en observar a la señorita Sarcicourt, como si no la hubiera
visto nunca.
Unos sesenta años. Alta, flaca, después de haber sido delgada, la
señorita Sarcicourt carece de proporciones en lo alto de su larga
silueta. Tiene una cabeza de pájaro en un cuello de jirafa. Su cabeza
está siempre cubierta con un vasto sombrero de plumas desmayadas, que se
agitan en cadencia a cada una de las palabras que pronuncia. La
fisonomía de la buena mujer es más bien simpática, sus frases son
bastante benévolas y sus recetas culinarias, en las que sobresale, son
exquisitas. Los ojos azules, que fueron hermosos, según asegura la
abuela, y la sonrisa, que debió de ser encantadora, son, por el momento,
los primeros muy tiernos y la segunda profundamente melancólica. Se ve
el alma no comprendida a la que ha faltado el alma hermana para ser
dichosa... ¡Pobre señorita Sarcicourt!...
La clasifico inmediatamente y la clavo con un alfiler en mi colección:
«Resignada en toda la línea. Inútil profundizar. Alma grisácea, dulce,
borrosa, cuadro despintado...»
Iba, sin embargo, a escuchar la conversación comenzada para comprobar mi
impresión con todo conocimiento de causa, cuando Celestina introdujo
nuevas visitantes:
--La señorita Bonnetable.
--La señora y la señorita Dumais.
De un salto estuve en los brazos de Francisca y le expliqué en dos
palabras mi estudio del natural y mi deseo de no tomar posesión aquella
tarde del rincón de las malas cabezas. Francisca me echa una mirada de
pesar, lanzando un suspiro hacia nuestro querido biombo, y un gesto
hacia la señorita Bonnetable. Mi amiga se inclina con su gracia habitual
ante la abuela, que la besa en la frente, y va a sentarse a mi lado
después de haber yo saludado a las recién llegadas y preguntado por
Pomme, la gata favorita de la señorita Bonnetable, y por Loustic, su
perro.
La Bonnetable no se parece en nada a la Sarcicourt, de la que es casi
contemporánea. Pequeña y corta, la primera parece un tambor mayor con
las piernas cortadas, pues goza de una estatura desmesuradamente larga,
con relación a los miembros inferiores. En pie es una enana; sentada
parece inmensa. Su voz, retumbante, hace eco en todos los departamentos
que tienen la suerte de recibirla; habla alto y firme y no admite que se
discuta con ella. Sus palabras adquieren así una importancia capital, y
todos la escuchan con respeto. Pero si cuando habla sabe tomar aspecto
de maza, cuando se calla es todavía más aterradora; su silencio es de
plomo.
--¿Qué hay de nuevo, señoras?--preguntó en cuanto estuvo
sentada.--Supongo que sabrán ustedes que la doncella de la Courtin deja
a su ama...
--¿De veras?--exclamó la señorita Sarcicourt.
--Es un desagradable acontecimiento para esa buena señora de Courtin...
--¡Buena!... ¡Buena!...--replicó la Bonnetable, ya a la defensiva.--Si
lo que se dice es verdad, la de Courtin no tiene nada de buena...
--Me asombra usted--exclamó la de Dumais.
--Figúrense ustedes, señoras...
--La señora y la señorita Aimont--anunció Celestina en este momento.
Corrí a recibir a Paulina, una de mis buenas amigas, y la coloqué al
lado de Francisca, después de haberme inclinado delante de la de Aimont,
que me respondió con un vigoroso _shake-hand_.
Muy amable y jovial la señora de Aimont. No tiene más que un sueño:
casar a su hija... Pero Paulina tiene 10.000 pesos de dote y cree que
con esa suma puede conquistar un yerno en una posición fantásticamente
hermosa. Lo que la de Brenay y Petra sueñan en aristocracia o en dinero,
la de Aimont lo desea en posición. No tiene más que estas palabras en la
boca:
--Mi hija se casará con una posición.
Si se la incita un poco, se la obliga a precisar:
--Mi hija no se casará más que con un forastero. En Aiglemont no hay
posiciones...
Todos aquí compadecen a esta pobre muchacha destinada a casarse con un
forastero. Es cosa corriente, como un proverbio, que no hay en Aiglemont
ninguna situación digna de la señorita Aimont, y la interesada, que es
de mi edad, no es pedida con frecuencia en matrimonio. Los que pudieran
arriesgarse no se atreven, y los que serían aceptados no se presentan.
Paulina sufre con invariable buen humor los inconvenientes de tener una
madre demasiado ambiciosa y acepta por adelantado la famosa posición
venidera. A todo lo que dice su madre, responde dócilmente:
--Sí, mamá.
Su bonita y agradable cara no refleja más que sentimientos amables y
plácidos. Sin ser preciosa, no es fea, y hasta se parece bastante a un
bombón pequeñito, rosado y apetitoso. Lo que le da sobre todo ese
aspecto es la falta de expresión de su mirada. Sus ojos grises están
invariablemente tranquilos y como fijos en el blanco lechoso que los
rodea. Francisca, que tiene para cada cual su frase picante, exclamó un
día dirigiéndose a Paulina:
--Lo que tú tienes no son ojos, sino linternas sordas...
La frase ha hecho fortuna y es corriente, cuando se habla de Paulina, el
decir, para distinguirla de su prima del mismo nombre, «la de las
linternas sordas.» Su madre lo sabe y es la primera en reírse.
--Linternas de 10.000 pesos--exclamó.--No está tan mal. ¡Cuántas cosas
se pueden alumbrar con ellas!...
Se reanudó la conversación en cuanto se dieron noticias de la salud de
todas, y se supo al fin que la de Courtin pesaba el pan a su doncella,
le medía el vino y no dejaba a su disposición ni el más pequeño terrón
de azúcar.
--Si esa muchacha se hubiera puesto mala en la noche, decía la
Bonnetable en tono trágico, no hubiera tenido azúcar para hacerse una
infusión...
Era lamentable, en efecto.
En resumen, después de diversas peripecias en las que el vino se
mezclaba con el azúcar y el pan, la doncella se había despedido.
Debió hacerlo antes...
--¿No hay ningún matrimonio en el horizonte?--preguntó la de Aimont
queriendo llevar la conversación a su asunto favorito.
--Ni uno--respondió la Bonnetable en tono contundente.
--Sin embargo--insinuó la Sarcicourt,--¿no se habla del matrimonio de la
señorita de Brenay con el capitán Bellortet?
--¡Qué disparate!--exclamó la Bonnetable.--La chica de Brenay no puede
encontrar un marido serio...
--¡Víbora!--murmuró Francisca entre dientes.
--¡Oh!--protestó la abuela,--Petra es amiga de mi nieta y es
encantadora.
--Y muy distinguida--confirmó la de Aimont.
--Enteramente como es debido--afirmó la de Dumais.--¡Ah! si Francisca se
le pareciese...--terminó dando un suspiro.
--La señorita de Brenay puede ser encantadora, no digo que no--dijo
categóricamente la Bonnetable,--pero es gastadora hasta el extremo... Y
después, esa pretensión a millones cuando se tiene un dote modesto...
--No es tan modesto un dote de 20.000 pesos--exclamó la de Aimont pronta
a indignarse.
--Es modesto para la señorita de Brenay que quiere hacer una vida de
10.000--afirmó la Bonnetable con bastante razón esta vez.--No se
comprenden semejantes exigencias... Su cocinera dijo una vez a la mía...
--Si escucha usted los chismes de las criadas--dijo la abuela,--no oirá
nada serio...
--No los escucho, los oigo--respondió la Bonnetable ofendida por la
observación de la abuela, lo que no es lo mismo--afirmó con un tono de
superioridad aplastante...--Esos chismes, como usted los llama, enseñan
por lo menos a conocer a las personas de que se habla...
--Como no sirvan precisamente para lo contrario--rectificó la abuela
descontenta.
--En todo caso--añadió la Bonnetable más y más ofendida por la oposición
de la abuela,--la de Brenay es ridícula y su hija también...
--¡Oh!--protestaron las señoras en coro.
--Eso se llama ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el
propio--dijo Francisca a media voz.
--Sí, son ridículas, lo mantengo--replicó la Bonnetable, dispuesta esta
vez a dar la cabeza, si era preciso, para sostener su opinión.--Hase
visto querer casarse con un hombre que tenga millones y un nombre
histórico cuando se tiene 20.000 pesos y un nombre que no tiene nada de
eso...
--Los Brenay son de buena familia--dijo la de Aimont.
--No digo que no en cuanto a la honradez--se dignó responder la
Bonnetable.--Pero en cuanto a su partícula--acentuó con perfecto
desprecio,--es una broma. Los Brenay son burgueses de partícula usurpada
y no pertenecen en modo alguno a la aristocracia... Yo soy de tan buena
familia como ellos, y jamás he tenido tales pretensiones... en los
tiempos en que las tenía--añadió la amable vieja.
--Menos mal--dejó escapar Francisca por lo bajo.
--¿Usted ha tenido pretensiones?--preguntó alegremente la de Aimont
tratando de evitar la tempestad que amenazaba.--Yo creí que estaba usted
libre de tales debilidades...
--No...--dijo haciendo monadas la Bonnetable con voz que ella se
esforzaba por hacer aflautada;--he pagado mi tributo a la juventud como
todo el mundo... He sido muy solicitada.
--¡Qué guasa!--exclamó Francisca empujándome con el codo.
--Y muy adulada... Si no he hecho un brillante matrimonio ha sido porque
no he querido.
--Embustera--dijo Francisca a la sordina, mientras yo me mordía los
labios para no reír.
--¡Ah!--gimió la de Dumais,--nuestras pobres hijas no podrán decir otro
tanto...
--Lo diremos de todos modos, mamá. A cuarenta años de distancia se dicen
siempre esas cosas aunque sean inexactas--exclamó Francisca sin poder
contener su maldita lengua.
El silencio, un terrible silencio de plomo se extendió como por encanto
por el salón. La Bonnetable tomó la actitud de una persona gravemente
ultrajada y la de Dumais, aplastada en su butaca, no tuvo siquiera el
recurso de decir como de costumbre:
--¡Oh! Francisca...
--Sí--siguió diciendo la de Aimont, tratando de salvar la situación,--es
indiscutible que el matrimonio es difícil para nuestras hijas. ¡Hay tan
pocas buenas posiciones!... Es imposible casarlas con un empleadillo de
600 o 800 pesos de sueldo. ¿Verdad, Paulina?
--Sí, mamá.
--Sin embargo--se atrevió a decir la Sarcicourt con una apariencia de
valor,--esos son los sueldos ordinarios de los jóvenes. Solamente más
adelante...
--Queremos un marido que haya llegado. ¿Verdad, Paulina?
--Sí, mamá.
--En la industria y en el alto comercio se encuentran muy buenas
posiciones--dijo la de Aimont, que no quería que se creyese la verdad,
es decir, que dejaría a Paulina casarse con un vejestorio con tal de que
hubiese llegado.
--El alto comercio y la industria--respondió victoriosamente la
Bonnetable,--tienen otras pretensiones que las que usted puede
atribuirles. ¿Qué son 10.000 pesos para un industrial o un comerciante
tales como usted los concibe?... Una gota de agua.
--¿Y 2.000 pesos--preguntó Francisca con un candor inimitable,--qué
serán entonces?... Serán la quinta parte de una gota... Una miseria.
--Sí, señorita--respondió la Bonnetable lanzando a la pobre Francisca
unos ojos furibundos,--2.000 pesos de dote son la miseria... Por otra
parte--siguió diciendo la dulce solterona,--haría falta una fortuna
para corregir los desastres de la educación moderna. Las jóvenes
actuales están muy mal educadas--terminó con una intención que no se
ocultó a nadie.
--¿Están mucho peor educadas que las de otro tiempo?--preguntó Francisca
en tono de exquisita urbanidad.
--¡Oh! Francisca...--murmuró la de Dumais pálida de espanto.
--Ciertamente--respondió la Bonnetable aniquilándola con la mirada.--En
mis tiempos las jóvenes no preguntaban jamás a las personas mayores y
esperaban modestamente que se les dirigiese la palabra.
--Debía de ser muy fastidioso--dijo Francisca con la modestia de una
sólida convicción.
--En aquellos tiempos--siguió diciendo la Bonnetable más severa que
nunca,--las jóvenes no pensaban más que en la corrección de su actitud.
--Qué mujeres tan distinguidas debían de ser...--suspiró Francisca con
una expresión ingenua que velaba la impertinencia de sus palabras.
La de Dumais parecía literalmente sobre ascuas, la abuela fruncía la
nariz y la de Aimont contenía una enorme gana de reír, mientras que la
de Sarcicourt y Paulina echaban a su alrededor miradas de ciervas
moribundas. Hacer frente a la intrépida señorita Bonnetable... Qué
audacia...
Seguramente, ésta no es del tipo resignado... En su humor agresivo y
autoritario, adivinaba yo una rabiosa recalcitrante. ¿Pero cómo
cerciorarme?
Sin adivinar el precipicio que se abría ante mis pasos, me lancé
inocentemente en la pelea preguntando a la Bonnetable si estaba
satisfecha de haber permanecido soltera.
¡Dios mío, qué éxito!...
Fue aquello un estupor tan general en todo el salón, que comprendí
instantáneamente que había metido los pies en el plato. Preciso era
retirarlos...
La abuela vino por fortuna en mi socorro y reanudó la conversación como
pudo para mantenerla en alturas inofensivas. Y sin la señorita
Bonnetable, que respiraba con ruido como para tragar una píldora enorme,
se hubiera creído que no había pasado nada extraordinario.
Al fin la situación se mejoró por completo en cuanto la inefable
señorita Bonnetable se dignó levantarse para despedirse. Dio un adiós
bastante seco a la abuela, nos volvió la espalda a Francisca y a mí y
apenas estuvo política con las otras personas que allí estaban.
--¡Uf!--murmuró Francisca en cuanto se cerró la puerta después de dar
salida a la dulce señorita Bonnetable.--¡Qué solterona!
Solamente entonces supe que la Bonnetable no se ha consolado todavía de
su situación de solterona, debida a su carácter irascible y
desagradable. «En los tiempos en que tenía pretensiones,» según su
expresión, se dice que puso en fuga a cinco pretendientes; los cinco
habían estado muy enamorados del dote, que era bueno, pero nunca
pudieron resignarse a casarse con la mujer. Hasta se cuenta que uno de
ellos ofreció a su futuro suegro tomar el dote sin la mujer. A lo que el
señor Bonnetable contestó:
--¡Por vida del demonio! ¡Cómo le comprendo a usted, amigo mío!...
--¿Y yo?--respondió Francisca.--En lugar de ese pretendiente hubiera
hecho duplicar el dote y tomado la mujer para ahogarla. Hubiera sido un
servicio a la humanidad.
--¡Oh! Francisca...--protestó su madre angustiada.--No hables así...
La risa que se apoderó de todo el mundo acabó de restablecer el perfecto
equilibrio de la conversación. Cuando todos se marcharon la abuela me
regañó por mi indiscreta curiosidad y por las reflexiones de Francisca.
--Las faltas son personales--hice observar a la abuela.--Bastante tengo
con mi tontería sin echar sobre mis hombros las de Francisca.
Pues, señor, he aquí un feliz estudio del natural...
A pocas torpezas de este género, estoy segura de ser despellejada viva
antes de mucho tiempo... La abuela, que no quiere mi muerte, me ha
impuesto que en adelante haga mis investigaciones con más discreción, y
hasta ha añadido a modo de peroración:
--Ese género de torpezas, Magdalena, son señal de una educación
detestable.
¡Qué humillación!...