La abuela afecta una expresión de absoluta seguridad. Celestina, que
sospecha alguna cosa, me mira con lástima, y esta mañana llegó a decirme
mientras la abuela estaba en misa:
--No tenga usted miedo, señorita; San Pablo va a sacarla del mal paso.
--¿Qué quieres decir?
--No estoy ciega--respondió mi vieja Celestina, y su cara tomó una
expresión de astucia tan intensa, que tomé el partido de reír sin pedir
otra explicación.
Estoy muy contrariada, y Celestina lo ve muy bien. Paso los días y las
noches en las más serias reflexiones y no llego a decidir si quiero o no
ver al señorito X...
Para complacer a la abuela, me siento muy capaz de decir sí, y aceptar
la entrevista.
Para complacerme a mí misma, me siento igualmente capaz de gritar no, y
no aceptar nada.
Cambio de opinión cada cinco minutos, lo que no es para llegar a una
solución.
Los estudios que he hecho en estos últimos tiempos sobre las solteronas,
unidos a la intervención del padre Tomás, me ilustran asombrosamente.
Hasta ahora no lograba comprender por qué me era tan indiferente el
matrimonio y, al ver el espanto de la abuela, llegaba a creerme un ser
desequilibrado. Ahora estoy tranquila. Veo muy bien que esta
indiferencia que yo tomaba por una cosa anormal y alarmante no es más
que el resultado de la educación que he recibido y el fruto de una
evolución que todo el mundo echa de ver.
No sé si esto es feminismo; pero, en todo caso, mis reivindicaciones son
modestas. Quisiera solamente que la sociedad cambiase la manera de casar
a las jóvenes y la hiciese más conforme con la educación que recibimos.
Si se nos educa con cuidado, si se trata de aumentar el número de
nuestras cualidades y de disminuir el de nuestros defectos, si se nos da
una educación cuidada y una instrucción extensa, si se nos inicia en el
culto de la belleza en todas sus formas, si, sobre todo, se nos forma
una voluntad y un juicio personales, ¿es para arrojarnos sin más
miramientos en los brazos del primer individuo que pasa?...
Evidentemente, hay en esto una flagrante contradicción.
Para aceptar un matrimonio de este género era necesario que nos
preparase a él una educación especial, la de otro tiempo. Entonces se
formaban generalmente «tipos flácidos,» como dice el presidente
Roosevelt, de esos tipos propios para recibir cualquiera impresión. En
cuanto se les presentaba un marido, las jóvenes de ese tipo le aceptaban
con los ojos cerrados. El mundo, las conveniencias, la familia y la
razón querían ese matrimonio, y era imposible resistir a tales
argumentos.
Ahora se ha hecho una revolución.
Si hay todavía jóvenes del tipo «flácido,» las hay que han aprendido a
bastarse a sí mismas y, por consecuencia, a pasarse sin el apoyo de un
marido.
Esas jóvenes, lejos de ser figurantes, según la graciosa expresión del
padre Tomás, se sienten capaces de ocupar en su hogar una categoría
equivalente a la de su futuro marido. Sin pensar en destronarle y
conservándole las señales exteriores del respeto conyugal más completo,
quieren ser amigas, consejeras, confidentes, y no simples criadas
solamente admitidas al honor de remendar los calcetines del señor o de
presidir al buen orden de las comidas.
Los seres modernos que nos hemos vuelto, las personalidades
perfectamente vivientes que se mueven en nosotras, no pueden ir con
entusiasmo al matrimonio tal como le comprenden las costumbres
provincianas estrechas y desconfiadas, malévolas, celosas y tiránicas.
Sería, pues, preciso tener la facultad de recibir en nuestra casa al
joven con quien pudiéramos casarnos y llegar así por el conocimiento al
amor. Pero esto está terminantemente prohibido. Recibir jóvenes en una
casa donde hay muchachas sin hermanos, sería exponerse a perder la buena
reputación y atraerse toda clase de molestias mezcladas con las más
estúpidas observaciones.
Mi asunto, pues, es claro.
Si quiero complacer a la abuela, no tengo más recurso que el flechazo.
Ver a un caballero, vislumbrarle tan sólo, y enamorarme de él; esto es
lo que necesito...
¡Si yo pudiera sentir y razonar como Francisca y Petra no tendría
dificultades!... Pero nunca, jamás podré ver un salvador en un marido.
¿Qué hacer?... ¿Negarme a la entrevista?... La verdad es que me dan
buenas ganas...