Llueve, hace viento y reina un tiempo frío y obscuro. En la prisión en
que la prudencia manda estarse, vuelvo a ocuparme de la cuestión de las
solteronas. Esta mañana he declarado a la abuela que deseaba estudiar
seriamente ese asunto tan interesante.
--No veo el interés--respondió la abuela.
--Pero, abuela, en una población como ésta, el pueblo de las solteronas,
como le llama Francisca, es...
--Francisca no es seria--exclamó Celestina, que iba a arreglar el fuego
de la chimenea, y aprovechó la oportunidad para mezclarse en la
conversación.
--¿Tú qué sabes?--dije descontenta.
--Sé lo que sé--respondió Celestina con la dignidad de los grandes
días.--Una señorita que no habla más que de casarse, no es una señorita
seria...
--Cállese usted, Celestina--replicó la abuela.--Tú no entiendes nada de
eso, hija mía.
Celestina no dijo palabra, muy ofendida por la observación de la abuela.
Vi, en efecto, por su mirada despreciativa y por su labio en forma de
pila de agua bendita, que las personas que hablaban de matrimonio eran
sospechosas para ella; tan sospechosas, que tomó el partido de volvernos
la espalda sin más ceremonia.
--Sí, abuela--dije en cuanto se fue Celestina,--quiero seguir a las
solteronas a través de las edades. ¿Ves en ello algún inconveniente?
--Veo los de hacer un viaje muy fastidioso y de singularizarte de un
modo ridículo.
--Sin embargo, antes de decir si estoy madura para el matrimonio, me
gustaría saber si el celibato me tienta definitivamente...
La abuela hizo un movimiento de tan excesivo mal humor, que me quedé
ligeramente aturdida.
--¿Es necesario hacer un estudio tan profundo para poner en claro ese
grave problema?... ¡Qué rara eres, hija mía!
--Pero, en fin, tú permites que me ocupe en esto; es todo lo que reclamo
de tu indulgencia...
--¡Ay!--suspiró la abuela,--cuánto preferiría verte reclamar un buen
marido... Sabes que la mujer del coronel Dauvat me ha hablado para ti de
un joven teniente que...
--Me escapo; abuela, me escapo... Nada de tenientes, por amor de Dios...
Por ahora, vivan las solteronas...
--Chiquilla--murmuró la abuela, encogiéndose de hombros.--Mala
chiquilla...
Tranquila con el permiso de la abuela, registré la biblioteca y busqué
con ardor todo lo que pudiera ilustrarme sobre el concepto de la mujer
en la antigüedad respecto del celibato. ¿Aceptaba sin repugnancia la
idea del matrimonio?... ¿Sentía alguna contrariedad al casarse?...
¿Hubiera experimentado cierto alivio sabiendo que estaba libre de una
obligación que le creaban las leyes religiosas y civiles?...
Mis investigaciones me pusieron pronto al corriente.
No hay la menor incertidumbre en estas cuestiones.
El único sueño de la mujer antigua es un marido. Su cerebro está tan
hecho a la idea de la necesidad del matrimonio y su corazón tan
desequilibrado fuera del marido obligatorio, que no puede concebir otro
ideal. Todo su ser moral va todavía a apoyar esas buenas razones por el
terror de los castigos de la otra vida que esperan a la mujer
desprovista de la égida de un marido. La pobre mujer de la antigüedad
está, pues, colocada en el dilema más espantoso: un marido, o nada de
dicha en la tierra, ni de reposo eterno.
El desprecio y la abyección en que viven las mujeres sin marido le dan
desde luego en el mundo una muestra de lo que tendrá que soportar en el
otro. No puede considerar el celibato más que como la más terrible
desgracia, la única que compromete al mismo tiempo el mundo y la
eternidad.
Una desgracia que persigue durante la vida y sigue aún a la eternidad,
es para hacer reflexionar, convengo en ello. Si la abuela, en vez de
prodigarme argumentos discutibles me ofreciese algo semejante, se puede
apostar a que no vacilaría yo lo más mínimo, pues preferiría aventurar
la desgracia de mi existencia mortal a arriesgar la salvación eterna...
Pero el caso es que como no hay nada sólido en el mundo, las ideas han
cambiado de tal modo, que la abuela no puede llamar al Cielo en su
ayuda, aunque no le faltarían ganas. Desde San Pablo... Pero no
anticipemos.
En aquellos abominables tiempos de matrimonio forzoso, las leyes que
regían los bienes agravaban todavía la dependencia de la mujer. Aquellas
leyes, fieles reflejos del pensamiento antiguo, multiplicaban las trabas
en torno del sexo débil y acentuaban en él la creencia en la necesidad
absoluta del matrimonio. No sólo hacía falta un marido para asegurar la
dicha eterna, sino que ese marido era igualmente necesario para ser
admitida al derecho de vivir, implicado en el de poseer.
Cuando, por el mayor de los azares, se encuentra en la antigüedad una
mujer honrada sin casar, la trompeta de la fama invita a la posteridad a
guardar la memoria de un hecho tan sorprendente. No se dice: Tal mujer
no se casó porque no quiso. No. Se busca, se comenta y se considera que
algo sobrehumano protegió una determinación que todos califican de
extraordinaria. Si se trata de la hija de Pitágoras, una de las primeras
que ilustró el nombre de solterona, se cuenta que el filósofo,
suponiendo haber sido mujer en una vida anterior, tenía una alta idea de
la excelencia de la mujer, en lo que difería extraordinariamente de sus
contemporáneos, y había reivindicado la encarnación de la antigua
sabiduría en un hermoso tipo femenino. Ese tipo lo encontró en su propia
familia. Damo, su hija, llegó a ser su discípulo más ardiente; y la
consagró a los dioses por un voto de virginidad perpetua, le confió
todos los secretos de su psicología y se dice que le dejó sus escritos,
haciéndole prometer que no los publicaría jamás. Damo, el asombro y la
admiración de toda la Grecia, tuvo el valor de la obediencia y se llevó
a la tumba los secretos del ilustre anciano.
Aun cuando se debilita en Occidente el culto por los muertos y
disminuye, por consecuencia, la hostilidad que creaba contra el
celibato, la antipatía subsiste, a pesar de todo. Se hace constar con
asombro que una mujer pintora de Grecia, la famosa Lala, de Cycique, que
vivió 80 años antes de Jesucristo, no se casó, y se cuida de hacer
observar que fue su gran fervor por su arte lo que la llevó a esa
extremidad lamentable. Del mismo modo, la hija de Plinio, el célebre
naturalista, necesita la reputación de su padre para hacer aceptar su
situación de solterona.
Si la antigüedad cuida de hacernos notar particularmente ilustres
excepciones a la ley común del matrimonio, no quiere esto decir que esa
ley no haya sufrido ningún eclipse a través de los siglos. Cuando, en el
momento de la decadencia, fue necesario multiplicar las leyes en favor
del matrimonio, es evidente que, esa multiplicación indicaba que el
matrimonio caía en olvido.
Es de notar, en efecto, que la multiplicación de las leyes morales no
prueba que un pueblo se mejore, sino precisamente lo contrario. Cuando
la moral está en peligro, es cuando tiene que pedir socorro. Y toma
entonces de la autoridad de las leyes la última, y casi siempre
impotente sanción.
Este hecho es particularmente cierto cuando se trata de las leyes
concernientes al matrimonio en los pueblos monógamos, como Grecia y
Roma. Cuando el matrimonio se hundió por todas partes fue cuando las
leyes civiles, que no hay que confundir con las religiosas,
multiplicaron sus prescripciones para obligar a realizarlo. ¿Quién
pensaría en buscar penas severas para los recalcitrantes ni en acentuar
los castigos que les están destinados si no hubiese necesidad de
castigar ni de obligar?
La verdad exige declarar que en este caso los recalcitrantes fueron los
hombres y no las mujeres. Los solterones son los que han producido las
solteronas.
La mujer ocupaba tan poca plaza en el mundo antiguo, que era fácil
tratarla como una cantidad despreciable; y sin preocuparse de lo que
podía pensar, los señores hombres no pensaron más que en hacer una vida
de placeres y de feliz quietud, exenta de los cuidados de la paternidad
y de las cargas de familia.
Influida todavía por siglos de hostilidad contra el celibato, la mujer
tuvo que sublevarse contra tal abandono. Hay que confesar que todo
concurría a hacerle la resignación difícil. Sin gran esfuerzo de
imaginación, podemos figurarnos el estado de alma de una de aquellas
romanas o de aquellas griegas honradas a quienes las leyes civiles y
religiosas llamaban al matrimonio y que no encontraban marido.
Extrañadas al principio, cada cual podía pensar que siendo más amable y
más bella que su vecina, su juventud no se pasaría en un lamentable
aislamiento. Después, pasada la edad fijada por las leyes, y fuertemente
estropeada la juventud, venían las inquietudes y triunfaban los
cuidados. El deseo de agradar ponía un fulgor febril en la mirada de la
solterona anticipada y en la más estudiada de sus sonrisas había una
crispación. Iba, venía, rogaba a la diosa favorable al matrimonio,
suplicaba a su padre o a su tutor que la encontrasen un marido, los
llevaba en caso de necesidad a los tribunales, y no por eso encontraba
lo que era el objeto de sus sueños. Agriábase entonces su carácter, su
humor se ponía triste y acerbo su pensamiento. Y juventud, belleza y
salud, se consumían en la vana espera del que no venía ni vendría
jamás... ¡Pobres solteronas!
Fue preciso el cristianismo para cambiar el ideal de una gran parte del
mundo. En cuanto apareció, la existencia de la mujer sufrió una
transformación tan completa como prodigiosa; de esclava que era, se
encontró de repente con una personalidad justamente respetada. Después,
la divinización de la virgen echó por tierra todas las ideas admitidas y
fue posible a la mujer vivir honrada y casta al lado del matrimonio.
Bajo la influencia del cristianismo se llegó a comprender que el término
«solterona,» cuyo equivalente existía ciertamente en la lengua del
tiempo, no era en sí mismo nada deshonroso. Una vez admitido el estado
de virginidad, era natural que se envejeciese en él. ¿Qué es una
solterona? Una virgen vieja. Tener cabellos blancos y la cara arrugada
no ha sido nunca una mala acción, que yo sepa.
En esto estaban mis reflexiones, cuando juzgué a propósito hacer
participar de mi admiración a la abuela.
Sorprendida por mi brusca entrada en el salón donde ella estaba, me echó
una mirada interrogadora.
--Abuela--exclamé triunfante,--es el cristianismo el que ha hecho las
solteronas; así, pues...
--¡Qué tonterías dices, hija mía! ¿Cómo quieres que el cristianismo haya
hecho las solteronas?...
--Divinizando la virginidad.
--Ya ves que tú misma te contradices. El cristianismo ha divinizado la
virginidad, es cierto. Pero si ha hecho de la virgen la esposa de Dios,
no ha querido en modo alguno divinizar a las vírgenes mundanas, a las
que uno de vuestros autores de moda llama las «semivírgenes.»
--Yo tampoco, abuela, hablo de las solteronas que conocemos...
--Dejemos en paz sus lenguas, hija mía; no despertemos al gato que
duerme...--murmuró la abuela sonriendo.
Y no quiso oír nada más.
Es obstinada la abuela... No le gustan las solteronas y no consiente en
escuchar nada en su favor. Por fortuna, estoy aquí yo para
rehabilitarlas en mi propia mente.