Pensaba poder continuar hoy lo que yo llamo con cierto énfasis «mis
estudios históricos,» pero había contado sin la abuela. Lo que le conté
del resultado de mis investigaciones la tenía muy contrariada, según
pude juzgar por su expresión nada satisfecha, al tomar el desayuno.
--Estas chiquillas--murmuró al sentarse a la mesa,--tienen una
independencia y unas ideas...
Y en cuanto terminamos, me dijo sencillamente:
--Ponte el sombrero, Magdalena.
Obedecí de prisa, y la encontré dispuesta a salir conmigo. El sombrero,
puesto ligeramente torcido en la cabeza, indicaba en la abuela ideas
belicosas. No hice ninguna pregunta y la seguí dócilmente, preguntándome
dónde me llevaba. ¿Era al convento para hacerme reflexionar sobre el
matrimonio? ¿Era a la cárcel, para castigar mi falta de vocación
espontánea?...
No era, por fortuna, a ninguno de los dos sitios, sino sencillamente a
casa de su director y amigo, el señor canónigo Tomás, profesor del
Colegio Libre. La abuela tiene la costumbre de consultar con él todos
sus asuntos, pequeños y grandes.
Era, pues, el caso de hacerlo.
En cuanto entramos en su despacho, el padre Tomás comprendió que había
electricidad en el aire.
--¿La señorita Magdalena ha roto su muñeca?--preguntó sonriendo al ver
la seriedad de la abuela.
--Si no fuera más que eso...--suspiró la abuela, sentándose en una
cómoda butaca, mientras yo me instalaba modestamente en una
silla.--Magdalena me tiene consternada.
Y se puso a contar con vehemencia sus penas. Narró al cura su deseo de
casarme, mi poco entusiasmo por obedecerla, mi manía de profundizarlo
todo y el estudio que yo estaba haciendo de las solteronas; en una
palabra, todo salió a relucir.
El cura, repantigado en su butaca, escuchó con atención las quejas de la
abuela. En su buena y plácida cara, iluminada por una mirada de
sorprendente inteligencia, no se hubiera podido leer ninguna impresión
si el brillo malicioso de sus ojos no le hubiera hecho traición. El cura
se divertía.
Cuando la abuela lo hubo dicho todo, el padre Tomás clavó un instante
sus chispeantes pupilas en las de la abuela y se echó a reír.
La abuela dio un salto de indignación.
El cura, que la conocía, vio que no debía tirar más de la cuerda
sensible, y respondió tranquilamente, ajustándose los anteojos:
--Al desear casar a su nieta, señora, cumple usted con su deber...
La abuela me lanzó una mirada de triunfo.
--Pero Magdalena está en su derecho al querer reflexionar--añadió.
Y, a mi vez, levanté la cabeza victoriosamente.
El cura hizo como que no echaba de ver lo que pasaba entre nosotras.
--El matrimonio es cosa tan grave--continuó,--que cierto moralista ha
dicho que no era demasiado toda la vida para reflexionar antes de
comprometerse a él...
La abuela bajó los ojos en señal de desaprobación.
--No digo que ese parecer sea eminentemente práctico... Pero, en
fin--dijo el cura moviendo la cabeza,--no podemos menos de reconocerle
cierta prudencia...
La abuela se estremeció, y yo me eché a reír.
--Sin aconsejar a Magdalena que llevé las cosas tan lejos, es bueno, sin
embargo, que reflexione, y mucho, antes de contraer los lazos sagrados
del matrimonio.
--Pero, padre--interrumpió la abuela, que perdía la paciencia,--¿hacían
falta tantas ceremonias en otro tiempo para casarse? Los padres
presentaban un partido conveniente, y las jóvenes se casaban sin decir
palabra. Nadie pensaba en estas dilaciones de que usted habla, y que no
comprendo más que cuando una joven es llamada hacia Dios...
--Evidentemente--respondió el cura, cogiendo su caja de rapé y tomando
un buen polvo.--Así sucedía y así sucede todavía con las jóvenes
acostumbradas a la obediencia pasiva...
--Señor cura, le cojo a usted en flagrante delito de contradicción.
Habla usted de obediencia pasiva... ¿Quién me ha aconsejado desarrollar
la personalidad de mi nieta?... ¿Quién me ha impulsado a formarle un
carácter suyo?... ¿Quién me ha dicho a cada uno de sus caprichos:
«Déjelo usted pasar; será una mujer y no una figurante?...» ¿No ha sido
usted, señor cura?
--Sí, señora--respondió el cura sin confusión alguna.--Y hoy lo
repetiría una vez más. Los tiempos han marchado, y nosotros con ellos.
La vida fácil de otro tiempo se ha acabado, y ante las generaciones
nuevas se abre una vida de combate. Hay que combatir para tener un sitio
al sol, y educar a las jóvenes como se las educaba en otro tiempo, sería
un verdadero anacronismo.
--¿Por qué?--dijo la abuela, no convencida.
--Porque la joven figurante ha dejado de existir. En otro tiempo, la
joven era educada exclusivamente para el matrimonio, y se trataba de
formarle un carácter fácilmente maleable para asegurar la felicidad
conyugal. Las ricas se casaban todas. Hoy no es ya lo mismo. Al lado de
las muchachas sin dote, que no encuentran con quién casarse, existen las
jóvenes de dote pequeño o mediano, que no son más buscadas por los
hombres. Hacer del matrimonio el ideal de todas las jóvenes es, pues, un
grave error, puesto que es condenarlas de antemano a desengaños
ciertos...
--No veo en qué--replicó la abuela.
--¡Que no ve usted en qué!--dijo el cura sorprendido.--Piense usted,
señora, en la crueldad de condenar a una joven al celibato cuando todas
sus aspiraciones y todo su ser tiendan hacia la dicha del matrimonio...
¿Qué quiere usted que haga en la vida una pobre joven cuyo espíritu,
cuya voluntad y cuyo corazón no están formados y necesitan equilibrarse
con el espíritu, la voluntad y el corazón de un hombre?...
--Entonces, usted cree en la dificultad creciente del matrimonio para
las mujeres...--preguntó la abuela.
--Sí, señora, creo en ella.
--Magdalena tiene un bonito dote y...
--Sí, es posible, y se casará fácilmente--respondió el cura.--Pero como
posee un carácter muy personal y fuertemente equilibrado, la dificultad
vendrá de su parte. Querrá reflexionar, elegir, calcular...
--Entonces, Dios mío, ¿qué va a ser de nosotras? Las jóvenes que no
tienen carácter, están expuestas a ser desgraciadas no casándose... Las
que lo tienen, están amenazadas de sufrir casándose... ¡Qué dilema,
señor cura!
--Sí--dijo el cura pensativo;--es cierto que ahí está el escollo. El
matrimonio sufre la suerte común a las cosas de la tierra; está
atravesando una crisis...
--Por eso mismo hay que combatirla--afirmó la abuela con gran energía.
--¿Cómo?--dijo el cura más y más pensativo.--Lo que pasa en los grandes
centros industriales es una imagen de lo que ocurre en todas partes. Hay
tendencias a la huelga general...
--¡La huelga contra el matrimonio!--exclamó la abuela, que no sabía si
reír o enfadarse.
--La huelga contra el matrimonio, sí--articuló claramente el cura.--Lo
que hace al grevista es la conciencia de sus derechos y la posibilidad
de hacerlos valer... Transporte usted la huelga de la industria al
matrimonio, y tendrá la palabra de la situación.
--Entonces--exclamó la abuela desesperada,--Magdalena es una
huelguista...
--No, todavía no--dijo dulcemente el cura,--pero tiene tendencias.
Y añadió designándome a la abuela:
--¿Se puede saber lo que pasa en una cabeza de veinte años?
--Veinticinco, señor cura, veinticinco--rectificó la abuela, un poco
humillada por la cifra respetable de mis primaveras.
--Veinticinco años--repuso el cura;--entonces es más grave... A los
veinticinco años no se es ya un alma cualquiera y se tiene una
personalidad... Sí, es más grave... A esa edad se sabe que la vida de la
mujer casada es una vida relativa y que su dicha está a merced de
otro... No hay que extrañar que ciertas naturalezas se subleven y
retrocedan ante esta dependencia absoluta... Note usted, señora, qué
general es la huelga del matrimonio; tan difícil es decidir a ciertos
jóvenes a casarse como a ciertas muchachas a contraer matrimonio.
--Sin embargo, señor cura, todavía se casa la gente--objetó la abuela.
--Sí--respondió el cura con bondad,--todos los obreros no están en
huelga, pero sí muchos. Hay huelguistas hombres y huelguistas mujeres;
entre éstas habrá usted de contar a todas las que no quieren casarse por
motivos de abnegación, de salud, de sentimientos de pureza virginal, de
amor al estudio, de exceso de escepticismo... de menor necesidad de la
persona complementaria, es decir, del marido.
Bajé la cabeza y me ruboricé ante la mirada investigadora del cura.
--Además--prosiguió éste,--hay los huelguistas hombres, de los que no
tenemos para qué ocuparnos, pues los motivos que les impiden casarse
son de interés o de egoísmo, lo que es poco caballeresco... Entre los
huelguistas mujeres y los huelguistas hombres hay, como siempre,
víctimas de la misma huelga, que son algunas buenas y puras jóvenes que
no encuentran con quién casarse por falta de un poco de dinero. Esta es
una de las plagas de nuestra época--concluyó el cura haciendo un gesto
de desanimación.
--Entonces--respondió la abuela con un resplandor de esperanza,--puesto
que usted califica de plaga semejante estado de cosas, es que está por
el matrimonio...
--Sin duda, señora--afirmó el cura,--el matrimonio es una necesidad
social a la que deben someterse los que están llamados a ese estado...
La abuela volvió a tomar aspecto de triunfo.
--Pero no soy de opinión de que se violenten las vocaciones...
A mi vez cobré valor.
--Deje usted a Magdalena estudiar su cuestión de las solteronas, puesto
que eso le interesa. Acaso nos descubrirá cosas asombrosas--añadió con
una risa sonora que hizo temblar los cristales del despacho.
--Señor cura--dije en tono de protesta,--si usted supiera cuánto deseo
complacer a la abuela...
--Eso está muy bien dicho, pequeña--respondió la abuela muy contenta.
--Vaya, la señorita Magdalena no se quedará solterona, lo preveo--dijo
el cura sin dejar de sonreír.
--No será porque no las quiera ni porque no las defienda--contesté
arriesgando una mirada del lado de la abuela.
--Sí, sí, usted quiere jugar a los perros de Terranova--exclamó el cura
satisfecho al ver que estábamos más contentas.--Tiene usted razón. La
solterona de otro tiempo, aquella caricatura física de la mujer, ha
dejado, casi, de existir. Ya no se encuentran aquellos buenos tipos
clásicos de trajes anticuados y estrechos como sus ideas. La solterona
actual es con frecuencia una mujer de gusto, cuando no es la mujer de
todas las caridades y de todas las abnegaciones.
--¡Ah!--exclamé aturdidamente,--siendo el cristianismo el que ha hecho
posible la vida de la solterona, es muy natural que inspire esa vida...
--Otra tontería de Magdalena--murmuró la abuela.
--¿Cómo?--dijo el cura con estupor,--¿encuentra usted que Magdalena ha
dicho una tontería porque quiere que el cristianismo inspire la vida de
la solterona?
--No, señor cura, no es eso. Esta chica nos marea suponiendo que sólo el
cristianismo ha hecho las solteronas...
--¿Y usted quisiera que yo le dijese que se equivoca?--preguntó el cura
maliciosamente.
--¡Oh! sí, señor cura--suspiró la abuela.
--Pues bien, señora, para complacer a usted, quiero recordar a Magdalena
el respeto que debe a esos cabellos blancos--prosiguió el cura con su
franca sonrisa.--Pero no puedo desmentirla por completo en cuanto a lo
demás...
--¡Imposible!--exclamó la abuela.--No va usted a decirme que es el
cristianismo el que ha hecho las solteronas... No, no... Eso es una
herejía...
--Sin embargo, señora, las palabras de San Pablo son formales. «El que
no estando obligado por ninguna necesidad y siendo enteramente dueño de
hacer lo que quiera, ha tomado la firme resolución de guardar su hija,
hace bien. Porque el que casa a su hija hace bien, pero el que no la
casa hace mejor.» ¿Lo oye usted, señora? San Pablo dice «hace mejor...»
--¡Ah!--exclamó la abuela indignada,--jamás hubiera esperado semejante
lenguaje de un apóstol y un santo...
--Cálmese usted, señora--dijo el cura muy divertido,--y observe qué
alivio representaba el consejo de San Pablo a los padres de familia de
la época, obligados por las leyes a casar a sus hijas e impotentes por
las costumbres para hallar el esposo obligatorio...
--No--exclamó la abuela,--no hubiera creído jamás que un apóstol, que un
santo, aconsejase el celibato mundano...
--Y en esto tiene usted razón--respondió el cura.--Tan lejos ha estado
San Pablo de hacer la solterona, que no se encuentran muchas en los
primeros siglos del cristianismo, ni en la Edad Media ni, siquiera, en
los tiempos modernos.
--¿Por qué?--pregunté interesada, mientras la abuela se reponía de su
indignación.
--A consecuencia de los cambios que las invasiones de los bárbaros
trajeron a las costumbres y, sobre todo, a causa de la transformación
propia de las cosas humanas. San Pablo no había dado más que un consejo
y los siglos que siguieron encontraron en él un amplio permiso para
condenar a una cantidad innumerable de mujeres, no al celibato mundano
voluntario, sino al celibato religioso forzado, tan penoso para las
almas a quienes no atrae una vocación especial...
--¿En interés de qué?--dije más y más poseída de mi asunto.
--En el interés personal de las familias de entonces. Vamos a ver,
Magdalena--dijo el cura en tono regañón,--un poco de memoria... Usted
debe de recordar la historia... Pues bien, dígame usted lo que sepa de
la transformación de las leyes en el momento de la invasión de los
bárbaros.
--No es difícil, señor cura--respondí con entusiasmo.--Ayer precisamente
he estado hojeando la «Historia moral de las mujeres» de mi amigo
Legouvé, y he visto que las luchas perpetuas y las guerras continuas
acabaron por poner los bienes en manos masculinas. Entre los invasores,
las hijas estaban excluidas de la propiedad.
--Bien--dijo el cura con satisfacción,--muy bien...
--Los bárbaros decían: «Nada de hijas ante los hijos,» lo que no es
justo--añadí con convicción.
--Eso es un detalle--dijo el cura en tono doctoral.--¿Y qué pasó después
de la conquista?
--Una cosa muy sencilla, señor cura. Los dueños del suelo, en plena y
legítima posesión de sus bienes, no tuvieron más que un deseo, asegurar
la conservación de esos bienes en toda su integridad a una descendencia
única. El feudalismo no dice ya «nada de hijas delante de los hijos,»
sino «nada de hijos delante de los primogénitos...»
--Perfectamente--exclamó el cura.--Va usted a ver en seguida el
encadenamiento de los hechos. Por una rara asociación de ideas, la
dureza del padre de familia, que excluye de su herencia a la totalidad
de sus hijos menos uno, se une a la fe sincera del creyente que quiere
la prosperidad de la religión. Estos dos sentimientos, al parecer,
inconciliables, impulsan al padre de familia a poner continuamente en
práctica y hasta exagerar el consejo de San Pablo... Así pues, no se
casa a las hijas más que cuando se encuentra una unión ventajosa para el
padre o para el hijo mayor; en el caso contrario, se las mete en un
convento, sean los que quieran sus gustos o deseos.
--¡Infelices!--exclamé llena de conmiseración por aquellas hermanas de
antaño.
--Los siglos pasados--continuó el cura, que se creía en su
cátedra,--están llenos del ruido de esas vocaciones obligatorias,
gracias a las cuales no había entonces más que pocas o ninguna solterona
en el mundo. La totalidad o poco menos de las mujeres no casadas, eran
entonces encerradas en los conventos...
--¡Qué admirado debió estar San Pablo con semejante éxito!--exclamé con
una risa tan ruidosa que la abuela se estremeció.
--San Pablo...--murmuró con rencor,--San Pablo es un mal santo.
--¡Oh! señora--respondió el cura descontento,--San Pablo es la gloria de
la Iglesia... Pero como no quiero que le crea usted el padre de las
solteronas voy a leerle una carta muy curiosa del Papa Inocencio IV a
propósito de las solteronas. Allí verá usted la doctrina de la Iglesia
en plena Edad Media, y, por consecuencia, una rehabilitación de San
Pablo.
El cura desapareció un instante en su biblioteca y volvió con un gran
librote que abrió por la página en cuestión.
--Se trata, señoras--dijo,--de la Princesa Isabel de Francia, hermana de
San Luis. Aquella virtuosa Princesa resolvió no casarse, siendo así que
su hermano deseaba que lo hiciera con el hijo del Emperador Federico II.
Si la Princesa hubiera querido hacerse religiosa no hubiera encontrado
ciertamente ninguna oposición en su familia, pero la desgraciada hablaba
de celibato mundano... «No tendré--respondía a todas las
instancias,--otro esposo más que Jesucristo; sin pasar el resto de mis
días en un claustro, viviré en medio del mundo en un estado de
virginidad.» Blanca de Castilla, su madre, y el Rey Luis IX, su hermano,
a quien esta resolución contrariaba en extremo, se dirigieron al Papa
Inocencio IV para que la combatiese. Inocencio escribió a la Princesa
una carta llena de razón y de dulzura, en la que se esforzaba por
demostrar a la joven qué desagradable sería para la familia real contar
con una «solterona» entre sus miembros.
El cura recalcó la palabra «solterona» con entonación tan burlona, que
la abuela y yo soltamos la carcajada.
--Escuchen ustedes la lectura de esta carta, que va a consolar a usted,
señora. «Me dicen--escribía el Pontífice,--que queréis vivir en el mundo
y que vuestra inclinación os lleva a hacer en él una existencia separada
de los vivos, sin pretender el matrimonio ni las esperanzas de
posteridad. Sin embargo, según me informan, no tenéis la intención de
entrar en un monasterio para vivir en él en la profesión religiosa, sino
que vuestra mente se forma una vida neutra que no es ordinaria en el
siglo y que no puede recibir la aprobación de aquellos a quienes debéis
obediencia.»
--Eso está bien hablado--exclamó la abuela;--Inocencio IV me consuela
de San Pablo... ¿Qué tienes que responder a esto, hija mía?
--Lo que probablemente respondería Isabel de Francia...
--Isabel--continuó el cura,--escribió al Papa una larga carta para
justificar su conducta y solicitar su perdón. «No soy una
rebelde--decía,--ni una desobediente; quiero obedecer y morir a vuestros
pies, cuando me hayáis hecho el favor de oír una sola palabra para mi
justificación.» Inocencio IV había hablado a la Princesa de la
excelencia y de la santidad del matrimonio...
--¡Qué gran Papa!--exclamó la abuela llena de admiración.
--...Isabel respondió en estos términos: «Sé que el matrimonio es
honroso, y el lecho de las esposas castas inmaculado; pero no puedo
olvidar lo que dijo el apóstol San Pablo...»
--¡Otra vez San Pablo!--gruñó la abuela...--¡Qué santo!...
--«...Que hay que tener una santa emulación por los dones de Dios y
desear los más excelentes. He oído con frecuencia que la virginidad está
tan por encima del matrimonio como la claridad del sol sobre la de las
estrellas. Es la vida que Jesucristo ha consagrado en su purísima carne
y aquélla de que la Santísima Virgen nos ha dado ejemplo. ¿Qué daño hago
a mi nacimiento renunciando al hijo del Emperador para casarme con el
soberano Monarca del Cielo y de la tierra? El poco conocimiento que
tengo de las letras sagradas no me permite ignorar unas palabras de San
Agustín, que dice: «Más vale dar vírgenes a Jesucristo que Césares al
mundo.»
--Es encantador que también San Agustín se meta en esto--dijo la
abuela.--Y añadió volviéndose hacia mí.--¿De modo que las ideas de la
Princesa son las tuyas?
--No por completo--confesé.--La Princesa es una santa y yo no. Además,
su celibato no es más que una vida religiosa...
--Precisamente--confirmó el cura.--La historia nos enseña que si la
Princesa Isabel ganó su causa, no perseveró en su deseo de celibato
mundano. Rompiendo con aquella vida neutra que afligía al Papa, se hizo
monja, y murió siéndolo.
--¡Bah!--dijo la abuela,--para ser una solterona tan convencida de su
derecho, la Princesa no tuvo mucha perseverancia...
--Es verdad--contestó el buen cura, que no quería contrariar de nuevo a
la abuela.--Note usted, sin embargo, qué progreso en el desarrollo de la
personalidad femenina denota ese proyecto de la Princesa... Cincuenta
años antes supongo que no hubiera habido grandes escrúpulos para vencer
la resistencia de una joven colocada en oposición directa con los
suyos...
--Ese fue entonces el comienzo de la rebelión--objetó la abuela,
levantándose para despedirse del cura, al que habíamos hecho perder un
tiempo precioso.
--Nada de eso, señora--respondió con bondad el cura;--es el primer
vagido de una personalidad que se ignora.
--¡Singular vagido!--dijo la abuela.--En fin... a San Pablo y San
Agustín se lo debemos--añadió con rencor.--Verdaderamente, no puedo
digerir eso...
--Sí, sí--respondió el cura con condescendencia,--ya lo digerirá usted.
Ya verá, ya verá.
Y al acompañarnos galantemente hasta la puerta, nos dijo con malicia:
--Vayan en paz, señoras, vayan en paz...
Aquel deseo no debía realizarse, pues apenas entramos en casa, a la
abuela le faltó tiempo para dar parte a Celestina del supuesto horror
del Papa Inocencio IV por las solteronas.
--¡Eso un Papa!--exclamó Celestina.--Debe de ser, todo lo más, un Papa
falso...
Iba la abuela a protestar vigorosamente, cuando me apresuré a calmar a
Celestina recordándole las palabras de San Pablo: «El que casa a su hija
hace bien; el que no la casa hace mejor.»
Creí que se iba a desmayar de gusto al oír estas palabras.
--Ese es un santo bueno... Ese es un santo grande... Ese es un santo...
santo. No hay como los apóstoles.
--No hay como los Papas--replicó la abuela.
Celestina es tan intransigente en sus ideas que no va a dejar vivir a la
abuela con San Pablo. La guerra está declarada entre el apóstol y el
Papa, ¡Pobre Inocencio IV! ¡Bueno le va a poner Celestina!
Estaba yo escribiendo estas palabras, cuando oí un golpe en la puerta y
me vi entrar a Celestina muy sofocada.
--No comprendo--acabó por decir cuando pudo recobrar el uso de la
palabra,--no comprendo que la señora dé tanta importancia a lo que dice
un «inocente.»
--Inocencio IV no era un inocente--repliqué.--Fue, por el contrario, un
gran Papa que se llamaba Inocente como tú te llamas Celestina.
--¡Bah!--dijo Celestina incrédula;--la señorita no me hará creer que
nadie se llame Inocente sin tener buenas razones para ello.
Y me dejó muy indignada por lo que ella llamaba mi obstinación en
defender a aquel «inocente.» Tenía yo razón al exclamar: ¡Pobre
Inocencio IV!