Francisca está furiosa.
He ido esta tarde a pedirle un dibujo de bordado, que me hacía falta, y
la he encontrado en un estado de irritación indescriptible.
--¡Maldito país! ¡Maldita gente!... Pueblo de chismes!
Por poco me tira de espaldas aquel huracán; pero como conozco a
Francisca, tomé el partido de esperar que hubiese acabado su letanía de
tontunas.
--¿Qué pasa?
--No me hables; estoy furiosa.
--Ya lo veo.
--Tengo una rabia...
--También eso es visible.
--Figúrate que la señorita Bonnetable acaba de venir a traer a mamá un
gran chisme sobre mí...
--¡Ah!... Se puede saber...
--Sí--respondió Francisca, vacilando un poco.--Se trata del capitán
Tronchet, que, según parece, ha pasado dos veces por delante de mis
ventanas, en el momento en que yo las abría.
--¿Y qué?
--Que no es verdad lo que se dice... ¡Oh! esas solteronas...
--¿No has abierto las ventanas, y no ha pasado el capitán?
--Sí--respondió Francisca, con su desparpajo habitual,--pero cuando yo
he abierto la ventana, ignoraba que pasaba el capitán, y cuando éste
pasó, no sabía que yo abría la ventana. Y suponen que estábamos de
acuerdo...
--¿Y qué?
--Que me ofende horriblemente que se crea que hago caso de ese capitán,
que estoy segura que no se ocupa de mí... Es rico, y...
--Y tú no mucho... Piensas, no sin razón, que hay incompatibilidad de
fortuna, y te abstienes de cuidados inútiles.
--Justamente--respondió Francisca un poco dulcificada.--Pero como todo
el mundo sabe que deseo casarme, aprovechan la ocasión para colgarme una
porción de historias a cual más tontas.
--Eso gusta a todo el mundo.
--Eso es precisamente lo que me indigna... ¡Ah! Magdalena, cuándo saldré
de este pueblo, de este medio y de estos inconvenientes... ¡Qué sueño!
--Qué ida la de apurarte de ese modo--dije descontenta.--Se está muy
bien aquí...
--Sí, habla por ti, tranquila y dulce Magdalena; yo me ahogo en medio de
las ideas antidiluvianas que nos rodean. Me horrorizo ante estas cadenas
de prejuicios... Todo esto me irrita, y acabará por volverme mala.
--Qué exageración, mi pobre Francisca...
--¡Cómo!--exclamó Francisca con cólera,--¿encuentras divertido vivir en
medio de los aiglemonteses?... Pues sólo con pasar por las calles un
poco estrechas de este viejo Aiglemont, atrapo yo el _spleen_...
--¡Pobre Francisca!--dije con sonrisa burlona.
--Sí, búrlate de mí, pero eso no quita que esté muy harta de esta vida.
Es divertido... Aquí cada cual vive en familia, o mejor dicho, en
camarilla. No se admite más que un pequeño núcleo de fieles y se cierra
desdeñosamente la puerta a todo lo que huele a nuevo y original. Somos
anticuados como un diablo... Es como si estuviéramos dando vueltas
perpetuamente en un pequeño círculo.
--¡Crimen imperdonable!--murmuró en sordina para no ofender a la
irritable Francisca.
--Sí, crimen imperdonable... Es aburrido estar atada toda la vida;
primero por los prejuicios de educación. Hay que hacer esto o lo otro;
esto no, ni aquello tampoco... Tal cosa es sacrosanta y tal otra levanta
una polvareda general sin que se sepa por qué ni cómo... Sí--continuó
Francisca,--sé por qué y cómo, por el grito de mamá: «¡Oh! Francisca...»
Es cargante esa pobre mamá...
--¡Oh! Francisca...--dije, imitando a la señora de Dumais.
--No me pongas nerviosa, Magdalena... Y después, ¿conoces algo más
inepto que los prejuicios de sociedad? Piensa en los gritos que darían
nuestras amigas si la camarilla llamada alta burguesía se reuniese con
la pequeña, y si la gente aristocrática acogiese al comercio y a los que
participan de las ideas gubernamentales... ¡Dios mío! la mitad de
Aiglemont sucumbiría del ataque causado por la indignación.
--Qué le hemos de hacer--dije con cierta indiferencia;--no querrás
reformar las costumbres y las ideas de las pequeñas poblaciones...
--Sí que querría--replicó Francisca exaltada.--Es insoportable vivir
aquí... Y esas historias sin fin sobre el prójimo, y esa malevolencia
universal... ¡Qué horror!
--Cálmate, Francisca--le dije al besarla para despedirme.--Te aseguro
que los aiglemonteses no son tan malos como crees.
--¡Que no son tan malos!--exclamó Francisca, al salir a
despedirme.--Bien se ve que eres una aiglemontesa... Piensas como yo,
pero no haya miedo de que lo confieses. Anda, eres una hipócrita...
--Gracias--dije con la filosofía que caracteriza mis relaciones con
Francisca.
--De modo que tú encuentras que aquí la gente no es mala--siguió
diciendo Francisca con una recrudescencia de acritud. Pues se pasa la
vida arañándose, mordiéndose, desgarrándose y devorándose.
--Hasta la vista, Francisca--dije para cortar aquella inundación de
invectivas...--Sin el capitán Tronchet, no dirías todo eso...
--Puede ser--respondió Francisca en un rasgo repentino de buen
humor.--Sabes, Magdalena, que eres una buena persona y que te quiero
mucho--terminó dando una carcajada.
No es muy halagüeño que digamos el cumplimiento de Francisca, y de otra
no le aceptaría, seguramente; pero está convenido que Francisca puede
decir todo lo que se le pone en la cabeza. Esto hace saltar algunas
veces a la abuela, pero como mi amiga ostenta una vocación por el
matrimonio muy caracterizada, la abuela tiene por ella alguna
indulgencia en consideración de sus buenas disposiciones.
No comprendo la antipatía de Francisca por este pobre Aiglemont. Nunca
pierde la ocasión de embestir a la población de las solteronas, como
ella la llama.
Es, sin embargo, muy pintoresco mi pueblo natal y yo estoy muy orgullosa
de él...
Situado en el extremo de una cadena de montañas, a modo de un punto
final, Aiglemont, mi tranquilo pueblo natal, se levanta en la roca con
la majestad de una cosa vieja dormida en la serena conciencia de un
largo pasado. Cuando todo desaparece de las antiguas fortalezas, y la
ciencia militar, tocada por el progreso, destruye todo lo que nuestros
antepasados habían tenido a honor construir, Aiglemont escapa a la
destrucción y sigue presentándose orgullosamente en su recinto de
fortificaciones que la mantienen y la protegen contra una caída posible
en el valle. Limpia y coqueta, sonríe en medio de un cinturón de verdor
del que surgen sus torres grises.
Aquellas fortificaciones son celebradas en diez leguas a la redonda. Son
el paseo favorito de los aiglemonteses, que no se cansan de admirar sus
puntos de vista, y es la primera visita que se impone a los extranjeros
a quienes los azares o las exigencias de la vida conducen hasta nuestra
peña. Se les cuenta la historia de nuestras fortificaciones llenas de
torres y de temerosas prisiones, y las historias que circulan a
propósito de ellas. Se les muestra con orgullo cierta roca que se abrió
para dejar pasar un santo apóstol amenazado por una tropa de bárbaros.
Se les conduce a la famosa torre Sarracena y se les hace admirar la
belleza del paisaje que cambia de aspecto en cada uno de los cuatro
puntos cardinales. Después, si el guía está dotado de un alma
verdaderamente aiglemontesa, pondera el pasado en detrimento del
presente:
--Aiglemont--dice con énfasis en el tono arrastrado y nasal peculiar de
los aiglemonteses,--es la última fortaleza del catolicismo. Hasta la
Revolución éramos posesión eclesiástica y moriremos fieles a nuestros
destinos. Nada de ideas nuevas...
El habitante de nuevo cuño tiene un lenguaje muy distinto:
--Aiglemont--dice,--es la fortaleza del obscurantismo, del clericalismo
y del fanatismo. Es un país de supersticiones; transformémosle en país
de luz.
Y detrás de sus fortificaciones, los aiglemonteses, divididos en dos
campos, miran con malos ojos a todo el que no piensa como ellos. Los
católicos condenan a los librepensadores y éstos tratan a aquéllos de
imbéciles, sin más ceremonias.
Existe un terreno de unión, sin embargo, en los días de grandes fiestas.
Católicos y librepensadores se agolpan con entusiasmo en la antigua
Catedral para oír los incomparables acentos de nuestro incomparable
coro.
--Estáis cogidos, odiosos impíos--parecen decir las caras de los devotos
asiduos ante la invasión de los nuevos filisteos.
--El coro nos pertenece como a vosotros, estúpidos santurrones--parece
que responden los impíos aludidos.
Y unos y otros, al salir de la Catedral, exclaman con satisfacción:
--La verdad es que Aiglemont puede estar orgulloso de su coro.
Se dice Aiglemont y no la Catedral.
En Aiglemont, en efecto, hay dos parroquias, San Aprúnculo, la
Catedral, y San Gengulfo, la parroquia secundaria. La guerra es casi
continua entre aprunculinos y gengulfianos, y los primeros desdeñan a
los segundos por su iglesia, por supuesto. Unos y otros cuentan en sus
filas numerosas solteronas, pues el matrimonio, preciso es confesarlo,
está poco de moda en nuestro pueblo. En teoría se habla mucho de él; las
muchachas pululan en Aiglemont. Pero el número limitado de los jóvenes
casaderos hace que, si son muchos los llamados al sacramento del
matrimonio, son pocos los escogidos.
No sé si es ese medio ambiente lo que me hace ser también refractaria al
matrimonio, o si es la poca costumbre de ver casar a las jóvenes de mi
sociedad lo que me hace considerar mi propio matrimonio como una
eventualidad temible. La verdad es que, a pesar de mi deseo de claridad,
no consigo poner estar cosas en claro.
--Estas muchachas...--diría la abuela,--qué imposibles son...