Esta mañana he entrado triunfalmente en el comedor con un gran librote
debajo del brazo. La abuela retrocedió espantada.
--¡Dios mío, Magdalena! ¿te vas a examinar?
--No, abuela querida, estoy haciendo un examen.
--¿A quién? ¿De qué?--exclamó sorprendida.
--De la cuestión de las solteronas...
--Cuestión tonta y detestable idea--respondió la abuela
enfurruñada.--Mejor harías de decirme qué te pareció aquel joven moreno
que estaba ayer en el rosario al lado de la señorita de Sarcicourt.
--Un joven moreno... en el rosario... al lado de la señorita de
Sarcicourt... No le reparé.
--Sí, sí, recuerda bien...
--¡Dios mío! otro pretendiente...
--¿Por qué no?
--Porque no quiero... No me hables de eso, abuela, te lo ruego. ¿Cómo
quieres que haya encontrado a un joven que no he visto?
--Si tú...
--No, no, que no se me hable de matrimonio... Por el momento pertenezco
a las solteronas... Abuela--proseguí tiernamente,--no puedes querer que
me case con un caballero porque es moreno, porque va al rosario y porque
está al lado de la señorita de Sarcicourt...
--Es una garantía.
--¿El ser moreno es una garantía?--dije dando una carcajada.--¡Ah!
querida abuela...
Y aprovechando la alegría que se leía en el semblante de la buena
señora, cambié bruscamente de conversación.
--¿Sabes--dije,--que las leyes, según este librote, se acordaban en otro
tiempo con la religión para condenar el celibato?
--¡Ah!--suspiró la abuela,--eso era sin duda en el tiempo en que se
hacían aún buenas leyes...
--Era en el tiempo feliz en que florecían los hebreos, los indos, los
persas, los griegos, los romanos, los germanos...
--¿Y qué me importa a mí toda esa gente?
--Un poco de paciencia, si quieres--exclamé volviendo unas hojas.--Los
hebreos tenían enteramente tus ideas sobre el matrimonio.
--No te comprendo, Magdalena. ¿Adónde vas a parar?
--Continúo el sermón del domingo.
--¿Cómo?
--Buscando si las leyes estaban de acuerdo con las ideas religiosas...
--Y has encontrado.
--Que todas las legislaciones no han hecho más que confirmar lo que
estaba ya edictado en las diferentes religiones.
--¿Y eso te interesa?
--En extremo.
--¡Qué nieta tan rara!--exclamó la abuela encogiéndose de
hombros.--¿Estás ahora ocupada de las solteronas?
--Sí. Oye cómo comprendían los hebreos el deber de la mujer. Su única
misión, según ellos, era dar los más hijos posibles a la familia y al
Estado... De aquí el matrimonio obligatorio...
--Tenían mucha razón.
--Los indios, abuela, son también, según tú, gente razonable. A los ojos
del legislador indio, todo el destino de la mujer se reduce a dar al
hombre hijos y a perpetuar la especie humana. La mujer no goza de los
favores que la ley le concede hasta que se convierte en esposa y madre.
--Los indios eran gente de buen sentido--dijo la abuela con aplomo.
--¿Y Zoroastro?--exclamé riendo.--Este es tu mejor apoyo... Zoroastro
recomienda a las persas el matrimonio como la obra más meritoria y
declara que la joven que rehusase casarse irá a los infiernos hasta la
resurrección, aunque haya hecho buenas acciones.
--Lo de los infiernos es acaso excesivo--dijo la abuela con
malicia,--pero opino que haga una temporada de purgatorio...
--Entre los griegos--continué libro en mano,--no es ya el infierno lo
que se tiene en perspectiva, sino el Código Penal. Parece que en toda la
Grecia el matrimonio era obligatorio, no sólo para la mujer sino también
para el hombre y para el tutor de la mujer. La ley castigaba...
--A las jóvenes recalcitrantes que...
--Que se negaban a escuchar a su abuela... Es posible. En todo caso
castigaba seguramente al soltero y al tutor que tardaba en casar a su
pupila.
--Ya ves, Magdalena--dijo la abuela sonriendo,--qué culpable eres
conmigo. Si fuese griega, hubiera sido castigada por las leyes sin que
tu estado de soltería me sea imputable.
--Yo lo hubiera proclamado a voz en cuello, y, lejos de castigarte, el
tribunal te hubiera felicitado por el modo que tienes de cumplir tu
misión. Un joven moreno... La señorita de Sarcicourt... el rosario...
Abuela, si yo hubiera sido romana, no hubiera podido reclamar contra ti
ante el magistrado... Y las leyes permitían a la joven romana obligar a
su padre o a su tutor a casarla.
--Ya ves--interrumpió la abuela,--que cumplo con mi deber tratando de
influir sobre ti en favor del matrimonio.
--Sí, le cumples demasiado bien. En esto eres de la opinión de Dionisio
de Halicarnaso, que, compulsando las antiguas leyes de Roma, ha
descubierto una que obligaba a los jóvenes al matrimonio. El tratado de
las Leyes de Cicerón, que reproduce en forma filosófica las antiguas
leyes de Roma, contiene también una sobre el celibato.
--En adelante--repuso la abuela con buen humor,--tendré en gran estima a
Dionisio de Halicarnaso y a Cicerón. Ignoraba que esos señores fuesen
tan amigos míos...
--Hubieras debido sospecharlo... Y te hago gracia de los germanos, pues
eran unos horribles polígamos y por este mismo hecho no admitían la
solterona...
--Y tenían mucha razón--exclamó la abuela.
¿Tenían razón de ser polígamos?... ¡Ah! abuela...
--¡No!--dijo la abuela dando un salto,--no es eso lo que digo. La
poligamia hubiera debido ser siempre un caso de horca; pero, en fin,
las solteronas...
--¿También merecían ser ahorcadas?...
--A medias, para que se les pasase el gusto del celibato.
--¡Qué antigua eres, abuela!... Razonas como los pueblos paganos.
--Cuestión de atavismo. Durante siglos y siglos se ha considerado el
celibato como impío, y me ha quedado algo.
--Pues bien, yo también siento el atavismo.
--Tú eres de la generación nueva, y con esto está dicho todo. No sentís
ni hacéis nada como nosotros. Os pasan por la cabeza ideas que jamás se
nos hubieran ocurrido. Y, todavía, cuando esas ideas son un poco
razonables, como la que ahora te preocupa, no me quejo. Pero,
francamente, Magdalena, me das miedo. Te hubiera, acaso, comprendido
mejor tu madre...--terminó la abuela con una lágrima en los ojos.
--¡No! no creas eso; eres la más perfecta y la más querida de las
abuelas... No puedes tomar a mal que yo estudie la cuestión de las
solteronas.
--¡Ay! en mi tiempo no había semejante cuestión. Todo lo que pedían las
mujeres era un buen marido y unos hermosos hijos.
--Ya ves cómo han cambiado los tiempos... Un buen marido es un mito,
abuela... Por mucho que muevas la cabeza, no puedes menos de reconocer
que los maridos actuales no valen lo que los de entonces.
--Sí, hija mía, sí, valen lo mismo. Solamente, en otro tiempo, las
mujeres tenían... ¿cómo diré yo?... tenían más paciencia... más
dulzura... más abnegación. Estaban menos poseídas de su personalidad y
sabían anularse a tiempo...
--Aquello era la esclavitud, abuela.
--No, querida--dijo la abuela con voz persuasiva;--aquello era el amor.
--¡El amor!--respondí.--¿Qué es eso?... En las novelas veo lo que es;
pero en la vida real...
--Es inútil decírtelo si tú no has de sentirlo; y si lo sientes, es aún
más inútil definírtelo.
Dicho esto, la abuela me dio un beso y me dejó muy pensativa.
¿Ha podido realmente la abuela conocer el amor?... Me parece tan
extraordinario... Es verdad que cuando habla del abuelo su voz toma una
inflección tan profunda que se ve que hay en ella un mundo de recuerdos
dichosos e íntimos ocultos en la menor palabra... ¡Querida abuela!
En el momento en que ella salía, entró en el comedor Celestina y se
acercó a mí tan quedito que casi me dio un susto al exclamar:
--Estoy segura de que la señora acaba de hacer un sermón sobre las
solteras, para el uso de la señorita.
--No, Celestina--respondí maquinalmente;--la abuela me hablaba de amor.
--¡De amor, a una joven como usted!... Nuestra pobre señora pierde la
cabeza...
--¡Una joven como yo, a los veinticinco años!... ¡Vaya una juventud! Hay
que vivir en un medio petrificado como el nuestro, pobre vieja, para no
conocer nada de la vida a mi edad... Algunas veces casi me sublevo, pero
después se me pasa...
--Esas ideas no son de usted, señorita. Me parece estar oyendo a la
señorita Francisca--respondió Celestina escandalizada.--Creo que es esa
una sociedad que no le conviene a usted gran cosa...
No respondí por no envenenar la discusión. Celestina es pudibunda hasta
el exceso y no ve nada más hermoso en la existencia que poseer el
derecho virginal de vestirse de blanco en los días de procesión, a pesar
de su cara apergaminada. Al lado de ese ideal, el matrimonio, que priva
de la dicha de llevar semejante traje, no puede ser evidentemente, más
que un estado reprobado por Dios y legitimado por alguna cosa que está
en el fondo de un falso sacramento.
--No hay que pensar en el amor, señorita--murmuró mientras yo me
disponía a subir a mi cuarto.--Es la perdición de las jóvenes.
--¿Tú crees?--dije, divertida por los terrores de la buena anciana, cuyo
principal título de gloria--después del derecho de vestirse de
blanco--es el haberme recibido en su delantal el día de mi entrada en
este valle de lágrimas. Celestina deduce de este alto hecho el derecho
de reprenderme en todas las circunstancias notables, y no se priva de
ejercerlo.
En el movimiento febril que agitaba su mano vi bien que tenía que
hacerme un largo discurso--los estremecimientos de la mano traducen
siempre en Celestina un gran deseo de agitar la lengua--pero la voz de
la abuela, que le llamaba, puso término a su comezón de hablar.
Vuelta a mi cuarto, me encuentro más perpleja que nunca y, para no
pensar más en el matrimonio, hago lo que puedo por ocupar el pensamiento
en otra cosa.
¡Qué pesados me parecen ahora mis veinticinco años!... La abuela tiene
razón; llevo un mundo en los hombros...
Cuánto más feliz era cuando, en vez de soñar con un marido por la
voluntad de la abuela, no tenía más preocupaciones que mi muñeca.
¡Mi muñeca!... ¡Qué lejos está!...
Y, sin embargo, me parece que era ayer cuando ese querido objeto,
informe y sin nombre, que había llegado a ser mi hija a consecuencia de
múltiples desgracias, me absorbía hasta tal punto, que a su lado, a
fuerza de amor, no sentía ya que era yo huérfana...
No he conocido a mi madre, que murió al nacer yo. Mi padre, desesperado
por la muerte de su mujer, a la que amaba apasionadamente, no la
sobrevivió más que cuatro años. En unos días fue arrebatado por una
tifoidea, dejándome a mi abuela materna, mi única parienta próxima y a
la que no he dejado desde entonces... No tengo más que cerrar los ojos
para acordarme de la silueta de aquel pobre padre y de aquella mirada
tan triste y tan buena con que todas las noches iba a vigilar el
comienzo de mi sueño llevándome la impresión de una profunda ternura...
¡Pobre padre!... ¡Cuánto tiempo le reclamó mi corazón de niña, no
creyendo ni en la eterna separación ni en la muerte!... Aquel viaje de
que me hablaban debía terminarse para mí por un feliz regreso y, sobre
todo, por un cargamento de numerosos recuerdos después de una ausencia
tan prolongada... ¡Ay! me informaba yo mucho menos de la fecha en que
debía ver a mi padre que de la en que le vería llegar cargado de
muñecas, de globos y de cocinitas... Aun siendo desgraciados, qué
felices son los niños...
Mi querida abuela cuidó de mi infancia y, a pesar de su tristeza y de su
dolor, de ella me vinieron todas las alegrías y todas las felicidades de
niña.
Mi vida entera cabe en esta palabra: la abuela.
Todos mis recuerdos están concentrados en ella, pues no puedo, como la
mayor parte de las niñas, cifrar mi vida en la visión de un alegre hogar
atestado de niños pequeños y protegido por la doble ternura de un padre
y una madre... Tenía, sin embargo, amiguitas que iban a jugar y a reír
conmigo; pero detrás de aquel cuadro de cándida alegría, veo siempre
aparecer la sombra melancólica del largo velo de la abuela.
No se sabe de qué secretas e incomprensibles angustias están formados
los recuerdos de niño cubiertos con un velo de crespón... He esperado
durante años el día glorioso y seductor en que la abuela, como las
madres de mis amigas, llevase por fin un sombrero con un ramo de
flores... Ese día no ha llegado jamás...
Ahora, cuando voy a casa de mis amigas y veo de cerca lo que es la vida
ordinaria para la generalidad de las jóvenes de mi sociedad, cuanto más
sufro por los sitios que hay vacíos a mi lado, más vivo y más profundo
es mi agradecimiento por mi querida abuela, cuya abnegación me ha
rehecho un hogar y reconstituido una familia.
Por eso amo a todo lo que ama la abuela...
A pesar de las ideas que oigo emitir a mi alrededor, coloco la estancia
en nuestro antiguo pueblo por encima de toda otra estancia y la dichosa
posesión de nuestra casa de familia superior a todas las felicidades.
No es muy grande nuestra sencilla casa. Blanca y limpia con sus
persianas inmaculadas y sus cristales brillantes bajo unas cortinas un
poco antiguas, se abre con discreta elegancia en un patio plantado de
árboles y adornado de canastillos floridos, al que llamamos pomposamente
«nuestro jardín...» Tengo en él mis rosas preferidas y mis plantas
favoritas; y cultivo con éxito cuanto tiene la dicha de agradarme, con
tal de que no necesite mucho sol, ni mucha sombra, ni muchos cuidados...
En un rincón de nuestro minúsculo jardín y debajo de un fresno llorón,
tengo hasta un banco, un banco inmenso, una mesa de labor y unos cuantos
sillones de mimbre... En verano, hacemos allí salón, y llevo la fantasía
hasta dar tés... Mis amigas pretenden que una taza de té perfumada con
la fragancia de las rosas que nos rodean, no es ya una taza de té, sino
una taza de néctar... ¡Dichosa ilusión!
Una planta baja muy elevada, un primer piso de una altura inverosímil y
un sobrado que hace la admiración de las lavanderas cuando tienden en él
la ropa mojada y perfumada de espliego y lirio: he aquí todo nuestro
_home_.
La planta baja tiene cuatro piezas inmensas, profundas, frías y casi
desnudas en su inmensidad. La cocina podría albergar un ejército de
marmitones; sólo las cacerolas y los peroles de cobre vigorosamente
frotados ponen en ella una nota alegre que continúa la cocinera,
reluciente como una alhaja. Aquel es el domicilio de Celestina, su
triunfo, su admiración, su gloria, el orgullo y el amor de su vida.
La sala de baños es grande y bien dispuesta; la abuela no deja nunca de
explicarme su comodidad asegurándome que ha empleado en aquel arreglo
las economías de un año de rentas. Por esta confidencia, con frecuencia
renovada, mido yo toda la extensión de la belleza de la instalación y...
la del sacrificio realizado por la abuela, pues las rentas, según ella,
están hechas para ser economizadas y no para ser gastadas...
El comedor, en el que la abuela y yo estamos como alejadas, y el salón,
en el que parecen perdidas las butacas en cuanto estamos solas en él,
completan la planta baja. En el piso primero se encuentran todas las
alcobas, de dimensiones más ordinarias, gracias al cuarto de tocador de
que cada una está provista. Por todas partes un diluvio de armarios y
una inundación de comodidades perfectamente inútiles...
Antes del sobrado, hay una gran pieza abohardillada que es el dominio de
Celestina y en la que las paredes están cubiertas de imágenes sagradas;
hay hasta diecinueve San Antonios en diversas actitudes y ocho San
Benitos; en cambio no hay más que un Sagrado Corazón, una sola Virgen y
un San José. Celestina practica la piedad actual, que exalta a los
santos de moda con detrimento de los demás. ¡Pobres antiguos santos!...
Estos son precisamente mis preferidos.
Exceptuando el cuarto de Celestina, ¿está todo esto al gusto del día?
Para una mujer mundana, no, evidentemente. El mueblaje, que presenta
huellas de las generaciones pasadas, es viejo y está un poco ajado, pero
a mí me gusta tal como es. En cada una de sus arrugas se escribe la edad
de un matiz claro, o en algo más rapado. Yo leo en estos signos
venerables la historia de los que se han marchado; y la forma un poco
anticuada de todo lo que me rodea hace vivir y palpitar en mí el alma
de las cosas viejas que han existido y no existirán más acaso.
En el comedor, la abuela hace admirar como una reliquia la inmensa y
antigua tapicería que ocupa todo un ancho hueco: una historia de caza,
en la que se adivina una historia de amor. He crecido y he vivido
delante de esa eterna historia de una eterna caza y de un eterno amor,
preguntándome sin cesar qué sucedería cuando los personajes en escena
hubiesen vuelto al antiguo castillo de torrecillas que se ven en una
lontananza degradada... Pero jamás mi pregunta infantil tuvo la
satisfacción de una respuesta, y mis sueños siguieron meciéndose con los
sonidos encantadores que yo suponía que debían salir de las diferentes
trompas llevadas por legendarios caballeros. Era yo una bella princesa
encantada que esperaba al hermoso caballero encantador del tapiz, pues
en aquel tiempo--que ha pasado después,--tenía la vocación del
matrimonio, una vocación seria, ardiente y resuelta...
Encontraba al príncipe también en el salón bajo la forma de un joven y
bizarro oficial de la Restauración, mi bisabuelo. Otras lindas damas, de
graciosas papalinas de encajes y bonitas pañoletas de gasa, le formaban
una corte un poco paliducha y envejecida. Cuando se entra en el salón de
la abuela, se hace una reverencia infalible e instintivamente. No le
falta a una nada para levantarse la falda, con un movimiento de
coquetería anticuada, de la que le gusta a la abuela.
Sí, todo es viejo e insípido, y, sin embargo, exquisito.