La abuela ha tomado en serio su idea del matrimonio.
Al salir de la primera misa, en la que habíamos hecho nuestras
devociones--hoy es la fiesta del Rosario,--mi querida abuela me condujo
vivamente hacia San José, y yo comprendí inmediatamente de qué se
trataba. San José, protector de los matrimonios, es el más solicitado
de los santos, a pesar de San Antonio, que empieza a hacerle una
competencia temible. Todas las mamás ávidas de casar a su progenitura
están a los pies del santo patriarca, y todas las solteras y solteronas
en busca de un marido le hacen una corte asidua.
Al salir de la Catedral quise darme el placer de parecer ignorar lo que
la abuela podía tener que pedir tan largamente al bueno de San José.
--Muchas coqueterías te traes con San José--le dije en cuanto salimos de
la iglesia.--Supongo que le has pedido muchas gracias en la larga
estación que acabas de hacer delante de él.
--Una sola, Magdalena--dijo la abuela con una convicción absoluta.
--¡Ah!
--La gracia de un buen matrimonio para ti.
--¡Pobre abuela!
La ocasión era tan tentadora, que dije muy de prisa:
--Yo también he rezado por ti, querida abuela, aunque no para obtener la
misma gracia. He suplicado a San José que te quite de la cabeza todo lo
que pueda parecerse a una idea fija.
Si no hubiéramos estado en medio de la calle, la abuela me hubiera
tirado de las orejas; pero no pudiendo administrarme su castigo
favorito, se contentó con sonreír con indulgencia. En esto nos
encontramos de manos a boca a una charlatana, a la que la abuela recibe
sin quererla mucho, la señora Siberot.
--Querida amiga--dijo ésta, apoderándose de la mano que la abuela le
ofrecía;--qué contenta estoy de ver a usted.
--Y nosotras también, amiga mía--respondió la abuela con política.
--¿Conque piensa usted casar a Magdalena?--preguntó aquella buena alma.
--¿Quién le ha dicho a usted eso?--respondió la abuela.
--Tres personas me lo han afirmado después de la misa de ocho.
--¡Ah!--replicó la abuela mirando al reloj.--Hemos salido a las ocho y
cuarenta y son ahora las ocho y cincuenta. En diez minutos se ha hablado
mucho.
--Ha rezado usted tanto tiempo a San José, como decía ahora mismo la
señora de Robertier, que todo el mundo ha deducido que desea usted casar
a su nieta.
--De modo--respondió con complacencia la abuela,--que no se puede rezar
a San José por otros motivos...
--No, señora--dijo la omnipotente charlatana,--sobre todo cuando se
tiene hija o nieta casaderas.
Y viendo a lo lejos a una de sus amigas, saludó con prisa a la abuela
para correr a la recién llegada y emprender con ella el chisme del día.
--Abuela, me pones en evidencia--dije furiosa por las murmuraciones de
que era objeto.
--No te importe, hija mía--dijo la abuela siempre filósofa.--Hay que
saber sufrir lo que no se puede evitar.
De vuelta a casa, encontramos a Celestina, la cocinera, con una
expresión consternada.
--¿Qué hay, Celestina?--le pregunta la abuela.
Celestina no responde y finge absorberse buscando un objeto perdido. La
abuela, que sabe lo que significan los silencios de Celestina, sigue su
camino y se va a su cuarto. Oigo a Celestina murmurar algo sobre San
José, y comprendo. Aquella mujer, ferviente del celibato, está ya al
corriente de la historia de la oración de la abuela y protesta a su
modo.
¡Dichoso país, donde las noticias se propagan con tal facilidad!
Verdaderamente, nos sobra el teléfono.
Esta tarde, en las vísperas, había poca gente, a pesar del atractivo de
un predicador forastero. Apenas han acabado las vacaciones y los
retrasados están gozando de los últimos placeres campestres y de los
penúltimos rayos de sol.
Era lamentable para el predicador, que debe de tener una mala opinión de
la piedad de las aiglemontesas, y muy triste para mí, que, si no me
intereso siempre por el sermón, me fijo mucho en la manera especial que
tiene cada cual de escucharle.
Nada más curioso que ver el aspecto de avidez del auditorio femenino por
poco que se trate de un predicador desconocido. Desde el cuarto salmo,
los ojos empiezan a errar desde la gran nave hasta los lados de la
iglesia, con el ánimo de no dejar de ver la subida al púlpito. Se espera
al predicador con impaciencia no disimulada y las plumas y los sombreros
se levantan con un movimiento de ola en el sentido indicado por la
curiosidad del momento. El movimiento de ola era hoy más acentuado que
de ordinario, pues el orador conquistó a su auditorio solamente con el
modo autoritario con que tomó posesión del púlpito. Plumas y flores se
inclinaron con respeto enternecido.
Hay que confesar que el olfato especial de las aiglemontesas en materia
de sermones no les había engañado. El predicador ha hablado muy bien y,
sobre todo, de un modo original, lo que, vista la rareza del caso,
produce siempre placer. A propósito de la vida interior y del alma no
comprendida, el orador encontró el medio de llegar a decir que ésta era
con frecuencia la resultante de un estado no comprendido: el celibato.
El sombrero de la abuela no se movió, pero, delante de mí, una porción
de plumas, opinaron con una elocuente unanimidad en pro de tan deliciosa
explicación. Todas parecían exclamar:
--Sí, el celibato es calumniado, muy calumniado.
El predicador se extendió sobre las ventajas espirituales de la
virginidad y no temió asegurar, con gran escándalo de mi abuela, que se
agitó en su silla, que el horror del mundo por las solteronas, no viene
más que de un resto de paganismo. En cualquiera otra circunstancia, es
probable que todo esto no me hubiera chocado; pero viniendo en seguida
de la reprimenda de la abuela para celebrar mi vigésimoquinto
aniversario, me sentí poseída de una ardiente curiosidad:
--El horror de la abuela--pensé instantáneamente,--¿será un resto de
paganismo olvidado en su cerebro?
Me sonreí ligeramente ante esta sospecha, cómica a fuerza de
inverosimilitud, y eché una mirada a la abuela para ver si se daba
cuenta ella también de que era pagana sin saberlo. Pero vi que afectaba
una expresión un poco incrédula. La gracia no la había tocado y seguía
en sus errores acerca de las solteronas.
Concentré toda mi atención en la idea que expresaba el predicador
tratando de demostrar que esa falta de estima por el celibato venía de
las religiones paganas y estaba en contradicción con el cristianismo.
El origen del desprecio en que se tiene a las solteronas es
verdaderamente curioso y mi memoria ha guardado un recuerdo casi fiel.
Todo lo lejos que se remonta en la historia, se ve que los muertos
pasaban por seres sagrados. Los antiguos les daban los epítetos más
respetuosos que podían encontrar. Los llamaban santos, buenos y
bienaventurados, y tenían por ellos, cualquiera que hubiera sido su
vida, toda la veneración que el hombre puede tener por la divinidad a
quien ama o teme. En el pensamiento antiguo cada hombre era un Dios que,
aun siéndolo, no estaba bastante desprendido de la humanidad para no
tener necesidad de alimento. No sólo, en ciertos días del año, se
llevaba una comida a cada tumba, sino que los vivos debían tener fe en
la presencia continua alrededor de ellos, de los muertos de su sangre.
El padre de familia volvía a ser huésped invisible del hogar que había
habitado, para recibir en él todos los días las primicias de la comida
de la tarde y gozar del cariño fiel de sus hijos y de su viuda.
¡Desgraciado el que faltaba al deber de alimentar a sus antepasados!...
¡Desgraciado el que no era alimentado por sus descendientes!...
Si, por una razón cualquiera, la cadena de las comidas llegaba a
interrumpirse, el alma del muerto salía de su morada apacible y se
convertía en un alma vagabunda cuya única ocupación era molestar y
atormentar a los vivos.
Unas veces les jugaba todas las malas pasadas posibles aplicándose a
contrariar sus proyectos, a quitarles los objetos que les pertenecían y
a hacer desaparecer las cosas más necesarias para la vida. Otras veces
se les aparecía por la noche en formas pálidas y fantásticas, les
perseguía y les arrancaba gritos de espanto. Después, cambiando de
aspecto, era él quien gemía en la tempestad, quien lloraba con el viento
de la tarde y lanzaba como un ave nocturna esas quejas agrias y
discordantes que hacen pasar por el alma de los vivos, como por las
cimas de los árboles, un largo escalofrío de hielo.
Las ánimas no eran verdaderamente dioses más que en cuanto los vivos los
honraban con un culto fiel, y la primera manifestación de ese culto era
el darles alimento.
Ese culto, que se encuentra en Oriente como en Occidente, tenía por
primera regla el no poder ser tributado por cada familia más que a los
muertos que le pertenecían por la sangre. Si una familia llegaba a
extinguirse, las almas de los antepasados, siempre errantes en la tierra
entre los malos genios, no podían llegar jamás al eterno reposo.
El único gran interés de la vida humana era, pues, forzosamente,
continuar la filiación para perpetuar el culto. El celibato, por
consecuencia, era para la antigüedad una impiedad grave y una desgracia:
una impiedad porque el soltero ponía en peligro la dicha de los manes de
su familia; una desgracia porque él mismo no debía recibir otro culto
después de su muerte y no debía conocer lo que regocija a los manes. Era
a la vez para él y para sus antepasados una especie de condenación.
De aquí la imposibilidad de permanecer soltero.
Confieso que estas nuevas consideraciones sobre las solteronas me
interesaron de tal modo que olvidé que tenía que oír el resto del
sermón. Vi entonces que la peroración había terminado y empujé
dulcemente a la abuela perdida en las dulzuras de un sueño reparador.
Al salir de la Catedral, la voz de Francisca Dumais me interpeló:
--Magdalena, ahí tienes un sermón de tu cuerda. A una amiga de las
solteronas le gusta que se ocupen de ellas.
--¿Por qué no?--respondí alegremente.--¿Y tú?
--Eso no va conmigo--dijo Francisca con una mueca de infinito
desdén.--Además, yo tengo respeto a la familia y no quiero condenar a
mi pobre mamá a andar errante por toda la eternidad, como en otro
tiempo. Los gemidos de mamá son extremadamente penosos.
--Debieras estar acostumbrada sin embargo, Francisca. No pareces
satisfecha más que cuando gime tu madre.
--A mi pobre mamá le gusta eso.
--¡Francisca!--protestó la señora de Dumais que llegó con la abuela
adonde estábamos nosotras.
La abuela sonrió con expresión equívoca, pues no aprecia el carácter
libre de que se jacta Francisca. Pertenece ésta, en efecto, a un género
poco conforme con las sanas tradiciones, que son las que gustan a la
abuela y a sus amigas. No hay, pues, ninguna más criticada ni vigilada
que mi pobre Francisca. Se cuenta el número de sus sombreros y se espía
el color de sus corbatas. A esto hay que añadir que el espíritu infantil
de Francisca le atrae numerosas enemistades. En un país de solteronas
como el nuestro, Francisca lleva la imprudencia hasta burlarse
continuamente de ellas. En misa, cuando se la cree sumida en una seria
meditación, está ahogándose de risa entre las manos piadosamente juntas,
y es el vestido de una o la actitud de otra lo que provoca su
intempestiva alegría. Su madre se pasa la vida murmurando con espanto:
--¡Oh! Francisca...
Y se comprende. La buena y plácida señora de Dumais no puede creer a sus
ojos ni a su oído desde hace veintitrés años que Francisca está en el
mundo. Conserva el asombro de una gallina que ha empollado un huevo de
pato creyendo empollar uno de su raza. No es posible volver jamás de
esas sorpresas... Pobre señora Dumais.