--Abuela, abuela--grité aquella mañana al salir de la cama,--felicítame,
porque hoy cumplo veinticinco años...
Y, muy dichosa, me precipité como una tromba en el cuarto de la abuela,
que está al lado del mío. Sorprendida por mi brusca invasión--la abuela
no puede acostumbrarse a mis modales de torbellino--la encontré enredada
en las bridas de su cofia de dormir, y tratando de sujetársela en la
cabeza del modo que convenía a la solemnidad de las circunstancias.
La abuela es aficionada a la etiqueta--con E mayúscula, como ella la
escribe,--y, para ella, estaba yo faltando a las más elementales
conveniencias al anunciarle sin más ceremonia el alba de mi
vigésimasexta primavera.
¡Ay! jamás he podido aprender la calma, esa calma de las tropas
veteranas de que habla sin cesar mi primo el comandante Harmel.
--¿Felicitarte?--articuló por fin la abuela, besándome con todo su
corazón, mientras que su gorro se caía decididamente al
suelo.--¿Felicitarte?... Verdaderamente, señora nieta, no veo por qué.
¡Adiós mi dinero!
Aquel «señora nieta» me indicaba que la aurora de mi vigésimasexta
primavera iba a conocer la reprimenda de que fueron testigos sus
hermanas mayores y que era preciso prestar un oído atento y sumiso a los
consejos matrimoniales de la abuela.
--Sí--continuó, persiguiendo su idea y la colocación del gorro fugitivo
en sus hermosos cabellos blancos,--sí, por mucho que busco, no veo nada
particularmente glorioso en el hecho de tener veinticinco años.
--Abuela--respondí afectando una expresión escandalizada,--a los
veinticinco años es cuando aparece solamente la segunda y durable gracia
de la fisonomía...
--¿Qué estás ahí diciendo, chiquilla?--interrumpió la abuela haciendo un
visible esfuerzo para recordar el autor de esa frase conocida.
--Es una canción de Legouvé, querida abuela--si se puede llamar a eso
una canción--añadí _in petto_.--Legouvé supone que hasta los veinticinco
años no brilla en la mirada de la mujer el fuego de la inteligencia; que
la agudeza del ingenio se revela en las narices más movibles y más
acusadas; que el alma, sobre todo, el alma de abnegación y de ternura,
al asomar a los labios, a la sonrisa y a las lágrimas, muestra a la
mujer con todo el brillo con que Dios la ha adornado al crearla; y, en
fin, que una mujer no está llena de riqueza de sentimientos y de
inteligencia hasta los veinticinco años. Abuela, tú no eres de la
opinión de Legouvé, confiésalo...
--En una mujer casada--respondió la abuela--todo eso puede ser verdad,
pero... en una solterona...
--¡Solterona!--exclamé lanzando una alegre carcajada.--¡Qué gran error,
abuela!... Soltera sí, y a mucha honra; pero solterona, jamás...
Y mostré a la abuela con el gesto la linda silueta que reflejaba el
espejo del armario de familia, una silueta a lo Legouvé. Blanca y
delgada, con mi gran peinador de mañana, no tenía yo verdaderamente el
aspecto de una triste solterona.
Mis ojos negros no hacían pensar que yo me impacientase en las tristezas
de la espera de un esposo soñado; mis cabellos indisciplinados, de
matices cenicientos, no atestiguaban un carácter melancólico, y mi
sonrisa no indicaba ninguna decepción del corazón.
La abuela sonrió maliciosamente sin dejar de mover la cabeza.
--Sí, sí; confieso que no has llegado todavía a la decrepitud.
--¡Decrepitud! malísima abuela, retira pronto esa fea palabra.
--¡Diablo! Una solterona...
--¡Injusto calificativo!... ¿Por qué ese epíteto de viejas en una edad
en que lo somos tan poco?
--Es el uso--respondió la abuela en un tono que significaba que no había
nada que replicar.--A los veinticinco años se viste la primera imagen y
se entra en el gremio de las solteronas, por muy joven y muy linda que
una se crea. Pero la belleza y la juventud son cosas fútiles. En vez de
enorgullecerte por tus cualidades físicas, cuida tu belleza moral, hija
mía.
--¿A los veinticinco años?... Tú bromeas, abuela. Si mi belleza moral no
está completa a la hora actual, puedes creer que es inútil que trabaje
en ella. A esta edad no brotan ya esas cosas.
--Anda de ahí, chiquilla--replicó la abuela;--no eres seria.
--Vaya si lo soy--respondí.--La prueba es que ahora mismo me voy a
prender un bonito lazo rosa en la belleza moral. Verás como eso la
realza a los ojos de los mortales. Sabes, abuela, que no todo el mundo
descubre la belleza moral... mientras que un lazo rosa...
--Niña mimada--suspiró la abuela,--no quieres comprender qué feliz sería
yo viéndote casada con un buen marido y...
--¡Oh! abuela querida--supliqué,--soy tan feliz a tu lado... No me eches
de aquí, te lo ruego...
--¡Echarte!--exclamó la abuela con infinita ternura en los ojos.--¿Echa
nadie a su alegría, a su rayo de sol, a su pajarillo parlero?
--No--respondí vivamente afectando un tono de broma,--no se les echa,
pero se les pone bonitamente en la puerta. La cosa es igual aunque no lo
parezca.
--Piensa, Magdalena, que puedo faltarte. ¿Qué sería de ti sola en la
vida?
--¡Oh! abuela, no entristezcas el día de mi cumpleaños, te lo suplico.
No me digas cosas tan horribles. En primer lugar, tú vivirás siempre.
--No, hija mía--respondió la abuela con una conmovedora angustia en la
mirada,--no viviré siempre; no hay que hacerse ilusiones. Soy vieja, me
moriré como los demás y, te lo repito, ¡qué será de ti sin parientes,
sin familia allegada!...
--¡Abuela! ten piedad de mí--supliqué con lágrimas en los ojos;--déjame
gozar de mi vigésimoquinto aniversario... No me obligues a pensar cosas
tristes... No me hables de la muerte, y sobre todo de la tuya...
--Es, sin embargo, una ley de la Naturaleza siempre respetada y siempre
obedecida--respondió dulcemente la abuela.--Tu padre y tu madre te han
dejado. ¿Por qué yo, la abuela, he de ser inmortal?... Los viejos dejan
el sitio a los jóvenes, y los pajarillos vuelan del nido para ir a
construir otro...
--Los pajarillos sin corazón, es posible--dije dejando caer un lagrimón
en la mano que la abuela me ofrecía--pero las nietas agradecidas...
--¡Bah!--respondió la abuela,--ya salió la gran palabra... Por
agradecimiento querrías permanecer a mi lado para cuidarme, para
endulzar mis dolores, para alegrar mis últimos años. Pero yo, por deber,
no quiero tal cosa. Mi deseo es que te cases y pronto. ¿Entiendes?
--Sí, entiendo tu abnegación. Me has recogido a la muerte de mis padres,
me has consagrado veinte años de tu vida que hubieras podido pasar más
tranquilamente; y ahora te olvidas de ti misma una vez más queriendo lo
que crees que es mi felicidad. ¿Estás segura de qué lo será el
matrimonio?
--¡Cómo si estoy segura! Perfectamente, tontilla. No hay más que dos
maneras honradas para una mujer de tomar puesto en la vida: el
matrimonio y el convento.
--No comprendo por qué el celibato no es tan honroso como los otros dos
medios.
--No necesitas comprenderlo--respondió la abuela con energía.--No se
permanece soltera; eso no se hace.
--Entonces, casamiento o monasterio. El convento no me dice gran
cosa--dije bajando la cabeza.--La obediencia no es mi fuerte, la pobreza
me molestaría y sólo me seduce la castidad. Tales gustos son los de una
solterona, pero no son una vocación religiosa. Pero el matrimonio no me
seduce tampoco mucho. ¿Estás segura, abuela, de que tengo la vocación
del matrimonio?
--¡Cómo disparatas, hija mía, cómo disparatas!--suspiró la abuela
encogiéndose de hombros.--Cuando una mujer no está llamada a la más
perfecta de las vocaciones, que es la religiosa, es que Dios la llama al
matrimonio. No hay vocación del celibato. El matrimonio es indispensable
para las mujeres destinadas a vivir en el mundo. Piensa, Magdalena, que
la mujer no es nada por sí misma...
--¿Nada? ¿Yo no soy más que una apariencia? Soy muy real, te lo aseguro.
--Nada en lo moral, hija mía. La mujer necesita un apoyo para
sostenerla...
--Sí, vamos, una especie de tutor.
--Un protector para representarla...
--Como un paraguas...
--No digas tonterías, hija mía, hablo en serio. La mujer necesita hijos
y familia; es preciso que su sensibilidad se emplee en los seres a
quienes ha dado la luz. Esta es la sola dicha de la mujer y su única
dignidad.
--¿Crees, abuela?--articulé pensativa.--Sin embargo, una muchacha de mi
edad que empieza a comprender la vida, y ve de qué regateos son objeto
las jóvenes casaderas, no puede tener prisa por dejarse pesar como un
saco de dinero. Un marido que se compra no es más tentador que un muñeco
de la feria. Y, todavía, se tiene el muñeco por unos cuantos centavos,
mientras que el hombre...
--Sí, ya sé, ya sé--replicó la abuela distraída.--Digan lo que quieran,
siempre ha sido así. Las muchachas con buen dote siempre han sido
buscadas; las otras se casaban como podían. Hoy, el matrimonio no es
fácil cuando no se tiene nada; pero tú no estás en ese caso. Tu pequeña
fortuna y lo poco que yo te dejaré, te permiten hacer una elección
honrosa. No veo nada que se oponga a tu matrimonio.
--¿Nada? ¿Y el marido, abuela, qué haces de él?
--El marido yo lo encontraré--respondió la abuela.--Eso es sencillo y
fácil. Prométeme solamente ser razonable y no rechazar a ciegas
cualquier proyecto de matrimonio.
--Sí, abuela, te prometo tratar de hacerlo--respondí con firmeza.--Pero
concédeme una gracia en cambio de esta promesa. Antes de tomar una
resolución, déjame algún tiempo para estudiarme a mí misma y estudiar a
los demás. Tú estás segura de que seré feliz en el matrimonio; yo lo
dudo, y quisiera ver claro en mi corazón antes de decidir nada. ¿Es
mucho pedir?
--No, querida--respondió la abuela con un relámpago de satisfacción en
los ojos.--Tengo confianza en tu promesa. Estudia todo lo que quieras,
puesto que el estudio es la manía de las jóvenes de ahora; te doy carta
blanca. Vaya, vístete--añadió echando una mirada al reloj,--para que no
llegues tarde a misa de ocho.
--¡Llegar tarde a misa en el día de mi cumpleaños!... No, abuela; Dios
querría castigarme y sería capaz de casarme de repente...
He aquí cómo, a consecuencia de esta conversación con la abuela, he
tomado la resolución de escribir de vez en cuando mi diario, a fin de
darme cuenta de lo que pienso y de lo que deseo. Tengo alguna libertad
para decidir mi porvenir y descubrirme la vocación del matrimonio;
aprovechémosla. Hasta ahora mi vocación es más bien vaga, lo confieso.
¡Qué lástima que la abuela encuentre tan inconveniente el quedarse
soltera! Creo que me estaría como un guante la vocación del celibato.