Aiglemont, 26 septiembre 1903

--Abuela, abuela--grité aquella mañana al salir de la cama,--felicítame,

porque hoy cumplo veinticinco años...

Y, muy dichosa, me precipité como una tromba en el cuarto de la abuela,

que está al lado del mío. Sorprendida por mi brusca invasión--la abuela

no puede acostumbrarse a mis modales de torbellino--la encontré enredada

en las bridas de su cofia de dormir, y tratando de sujetársela en la

cabeza del modo que convenía a la solemnidad de las circunstancias.

La abuela es aficionada a la etiqueta--con E mayúscula, como ella la

escribe,--y, para ella, estaba yo faltando a las más elementales

conveniencias al anunciarle sin más ceremonia el alba de mi

vigésimasexta primavera.

¡Ay! jamás he podido aprender la calma, esa calma de las tropas

veteranas de que habla sin cesar mi primo el comandante Harmel.

--¿Felicitarte?--articuló por fin la abuela, besándome con todo su

corazón, mientras que su gorro se caía decididamente al

suelo.--¿Felicitarte?... Verdaderamente, señora nieta, no veo por qué.

¡Adiós mi dinero!

Aquel «señora nieta» me indicaba que la aurora de mi vigésimasexta

primavera iba a conocer la reprimenda de que fueron testigos sus

hermanas mayores y que era preciso prestar un oído atento y sumiso a los

consejos matrimoniales de la abuela.

--Sí--continuó, persiguiendo su idea y la colocación del gorro fugitivo

en sus hermosos cabellos blancos,--sí, por mucho que busco, no veo nada

particularmente glorioso en el hecho de tener veinticinco años.

--Abuela--respondí afectando una expresión escandalizada,--a los

veinticinco años es cuando aparece solamente la segunda y durable gracia

de la fisonomía...

--¿Qué estás ahí diciendo, chiquilla?--interrumpió la abuela haciendo un

visible esfuerzo para recordar el autor de esa frase conocida.

--Es una canción de Legouvé, querida abuela--si se puede llamar a eso

una canción--añadí _in petto_.--Legouvé supone que hasta los veinticinco

años no brilla en la mirada de la mujer el fuego de la inteligencia; que

la agudeza del ingenio se revela en las narices más movibles y más

acusadas; que el alma, sobre todo, el alma de abnegación y de ternura,

al asomar a los labios, a la sonrisa y a las lágrimas, muestra a la

mujer con todo el brillo con que Dios la ha adornado al crearla; y, en

fin, que una mujer no está llena de riqueza de sentimientos y de

inteligencia hasta los veinticinco años. Abuela, tú no eres de la

opinión de Legouvé, confiésalo...

--En una mujer casada--respondió la abuela--todo eso puede ser verdad,

pero... en una solterona...

--¡Solterona!--exclamé lanzando una alegre carcajada.--¡Qué gran error,

abuela!... Soltera sí, y a mucha honra; pero solterona, jamás...

Y mostré a la abuela con el gesto la linda silueta que reflejaba el

espejo del armario de familia, una silueta a lo Legouvé. Blanca y

delgada, con mi gran peinador de mañana, no tenía yo verdaderamente el

aspecto de una triste solterona.

Mis ojos negros no hacían pensar que yo me impacientase en las tristezas

de la espera de un esposo soñado; mis cabellos indisciplinados, de

matices cenicientos, no atestiguaban un carácter melancólico, y mi

sonrisa no indicaba ninguna decepción del corazón.

La abuela sonrió maliciosamente sin dejar de mover la cabeza.

--Sí, sí; confieso que no has llegado todavía a la decrepitud.

--¡Decrepitud! malísima abuela, retira pronto esa fea palabra.

--¡Diablo! Una solterona...

--¡Injusto calificativo!... ¿Por qué ese epíteto de viejas en una edad

en que lo somos tan poco?

--Es el uso--respondió la abuela en un tono que significaba que no había

nada que replicar.--A los veinticinco años se viste la primera imagen y

se entra en el gremio de las solteronas, por muy joven y muy linda que

una se crea. Pero la belleza y la juventud son cosas fútiles. En vez de

enorgullecerte por tus cualidades físicas, cuida tu belleza moral, hija

mía.

--¿A los veinticinco años?... Tú bromeas, abuela. Si mi belleza moral no

está completa a la hora actual, puedes creer que es inútil que trabaje

en ella. A esta edad no brotan ya esas cosas.

--Anda de ahí, chiquilla--replicó la abuela;--no eres seria.

--Vaya si lo soy--respondí.--La prueba es que ahora mismo me voy a

prender un bonito lazo rosa en la belleza moral. Verás como eso la

realza a los ojos de los mortales. Sabes, abuela, que no todo el mundo

descubre la belleza moral... mientras que un lazo rosa...

--Niña mimada--suspiró la abuela,--no quieres comprender qué feliz sería

yo viéndote casada con un buen marido y...

--¡Oh! abuela querida--supliqué,--soy tan feliz a tu lado... No me eches

de aquí, te lo ruego...

--¡Echarte!--exclamó la abuela con infinita ternura en los ojos.--¿Echa

nadie a su alegría, a su rayo de sol, a su pajarillo parlero?

--No--respondí vivamente afectando un tono de broma,--no se les echa,

pero se les pone bonitamente en la puerta. La cosa es igual aunque no lo

parezca.

--Piensa, Magdalena, que puedo faltarte. ¿Qué sería de ti sola en la

vida?

--¡Oh! abuela, no entristezcas el día de mi cumpleaños, te lo suplico.

No me digas cosas tan horribles. En primer lugar, tú vivirás siempre.

--No, hija mía--respondió la abuela con una conmovedora angustia en la

mirada,--no viviré siempre; no hay que hacerse ilusiones. Soy vieja, me

moriré como los demás y, te lo repito, ¡qué será de ti sin parientes,

sin familia allegada!...

--¡Abuela! ten piedad de mí--supliqué con lágrimas en los ojos;--déjame

gozar de mi vigésimoquinto aniversario... No me obligues a pensar cosas

tristes... No me hables de la muerte, y sobre todo de la tuya...

--Es, sin embargo, una ley de la Naturaleza siempre respetada y siempre

obedecida--respondió dulcemente la abuela.--Tu padre y tu madre te han

dejado. ¿Por qué yo, la abuela, he de ser inmortal?... Los viejos dejan

el sitio a los jóvenes, y los pajarillos vuelan del nido para ir a

construir otro...

--Los pajarillos sin corazón, es posible--dije dejando caer un lagrimón

en la mano que la abuela me ofrecía--pero las nietas agradecidas...

--¡Bah!--respondió la abuela,--ya salió la gran palabra... Por

agradecimiento querrías permanecer a mi lado para cuidarme, para

endulzar mis dolores, para alegrar mis últimos años. Pero yo, por deber,

no quiero tal cosa. Mi deseo es que te cases y pronto. ¿Entiendes?

--Sí, entiendo tu abnegación. Me has recogido a la muerte de mis padres,

me has consagrado veinte años de tu vida que hubieras podido pasar más

tranquilamente; y ahora te olvidas de ti misma una vez más queriendo lo

que crees que es mi felicidad. ¿Estás segura de qué lo será el

matrimonio?

--¡Cómo si estoy segura! Perfectamente, tontilla. No hay más que dos

maneras honradas para una mujer de tomar puesto en la vida: el

matrimonio y el convento.

--No comprendo por qué el celibato no es tan honroso como los otros dos

medios.

--No necesitas comprenderlo--respondió la abuela con energía.--No se

permanece soltera; eso no se hace.

--Entonces, casamiento o monasterio. El convento no me dice gran

cosa--dije bajando la cabeza.--La obediencia no es mi fuerte, la pobreza

me molestaría y sólo me seduce la castidad. Tales gustos son los de una

solterona, pero no son una vocación religiosa. Pero el matrimonio no me

seduce tampoco mucho. ¿Estás segura, abuela, de que tengo la vocación

del matrimonio?

--¡Cómo disparatas, hija mía, cómo disparatas!--suspiró la abuela

encogiéndose de hombros.--Cuando una mujer no está llamada a la más

perfecta de las vocaciones, que es la religiosa, es que Dios la llama al

matrimonio. No hay vocación del celibato. El matrimonio es indispensable

para las mujeres destinadas a vivir en el mundo. Piensa, Magdalena, que

la mujer no es nada por sí misma...

--¿Nada? ¿Yo no soy más que una apariencia? Soy muy real, te lo aseguro.

--Nada en lo moral, hija mía. La mujer necesita un apoyo para

sostenerla...

--Sí, vamos, una especie de tutor.

--Un protector para representarla...

--Como un paraguas...

--No digas tonterías, hija mía, hablo en serio. La mujer necesita hijos

y familia; es preciso que su sensibilidad se emplee en los seres a

quienes ha dado la luz. Esta es la sola dicha de la mujer y su única

dignidad.

--¿Crees, abuela?--articulé pensativa.--Sin embargo, una muchacha de mi

edad que empieza a comprender la vida, y ve de qué regateos son objeto

las jóvenes casaderas, no puede tener prisa por dejarse pesar como un

saco de dinero. Un marido que se compra no es más tentador que un muñeco

de la feria. Y, todavía, se tiene el muñeco por unos cuantos centavos,

mientras que el hombre...

--Sí, ya sé, ya sé--replicó la abuela distraída.--Digan lo que quieran,

siempre ha sido así. Las muchachas con buen dote siempre han sido

buscadas; las otras se casaban como podían. Hoy, el matrimonio no es

fácil cuando no se tiene nada; pero tú no estás en ese caso. Tu pequeña

fortuna y lo poco que yo te dejaré, te permiten hacer una elección

honrosa. No veo nada que se oponga a tu matrimonio.

--¿Nada? ¿Y el marido, abuela, qué haces de él?

--El marido yo lo encontraré--respondió la abuela.--Eso es sencillo y

fácil. Prométeme solamente ser razonable y no rechazar a ciegas

cualquier proyecto de matrimonio.

--Sí, abuela, te prometo tratar de hacerlo--respondí con firmeza.--Pero

concédeme una gracia en cambio de esta promesa. Antes de tomar una

resolución, déjame algún tiempo para estudiarme a mí misma y estudiar a

los demás. Tú estás segura de que seré feliz en el matrimonio; yo lo

dudo, y quisiera ver claro en mi corazón antes de decidir nada. ¿Es

mucho pedir?

--No, querida--respondió la abuela con un relámpago de satisfacción en

los ojos.--Tengo confianza en tu promesa. Estudia todo lo que quieras,

puesto que el estudio es la manía de las jóvenes de ahora; te doy carta

blanca. Vaya, vístete--añadió echando una mirada al reloj,--para que no

llegues tarde a misa de ocho.

--¡Llegar tarde a misa en el día de mi cumpleaños!... No, abuela; Dios

querría castigarme y sería capaz de casarme de repente...

He aquí cómo, a consecuencia de esta conversación con la abuela, he

tomado la resolución de escribir de vez en cuando mi diario, a fin de

darme cuenta de lo que pienso y de lo que deseo. Tengo alguna libertad

para decidir mi porvenir y descubrirme la vocación del matrimonio;

aprovechémosla. Hasta ahora mi vocación es más bien vaga, lo confieso.

¡Qué lástima que la abuela encuentre tan inconveniente el quedarse

soltera! Creo que me estaría como un guante la vocación del celibato.

Las Solteronas · 第 8 / 50 题