menos tendrá el mérito de ser brevísimo e histórico -- un documento
humano, como ahora se dice --, que tal vez te interese a ti y a todos
los que estudian en el gran libro del corazón. Te lo referiré tal
como lo he recogido por los senderos campesinos, con las mismas
sencillas y pintorescas palabras sobre poco más o menos de la
referencia popular, y tú preferirás ciertamente encontrarte frente
a frente con el hecho desnudo y escueto, sin buscarlo entre líneas
del libro, a través de la lente del escritor. El simple hecho humano
hará pensar siempre; tendrá siempre esa realidad de lo _sucedido_, de
las lágrimas verdaderas, de las calenturas y sensaciones que han
tomado carne. El misterioso proceso en que se acuerdan, se entrelazan,
maduran y se desenvuelven las pasiones en su camino subterráneo, en
su ir y venir, que parecen a veces contradictorios, constituirá por
mucho tiempo aún el poderoso atractivo del fenómeno psicológico que
forma el argumento de un cuento, y que el moderno análisis se esfuerza
en estudiar con científico escrúpulo. De lo que hoy te refiero te diré
únicamente el punto de partida y el punto de llegada; a ti te bastará,
y espero que algún día baste para todo el mundo.
Nosotros rehacemos el proceso artístico a que debemos tantos momentos
gloriosos, con diferente método más minucioso y más íntimo.
Sacrificamos de grado el efecto de la catástrofe, al desarrollo
lógico, necesario, de las pasiones y los hechos a la catástrofe, menos
imprevista de esta suerte, tal vez menos dramática, más no menos
fatal. Somos más modestos, si no más humildes; pero la exposición de
este enlace obscuro entre causas y efectos no será ciertamente menos
útil al arte del porvenir. ¿Se llegará nunca a tal perfeccionamiento
en el estudio de las pasiones que sea inútil proseguir el estudio del
hombre interior? La ciencia del corazón humano, que será fruto del
arte nuevo, desarrollará de tal modo y tan generalmente todas las
virtudes de la imaginación, que en el porvenir las únicas novelas que
se escriban sean simples _sucesos?_
Cuando la afinidad y cohesión entre cada parte de la novela sea tan
completa que el proceso de su creación quede en el misterio, como el
desenvolvimiento de las pasiones humanas, y la armonía de sus formas
tan perfecta, tan evidente la sinceridad de sus realidad, su modo y
razón de existir tan necesarios, que la mano del artista quede
absolutamente invisible, entonces tendrá el sello del suceso real, la
obra de arte parecerá que _se han creado por sí misma_, haber madurado
y surgido espontáneamente, como un hecho natural, sin conservar ningún
punto de contacto con sus actos, sin mancha alguna del pecado
original.
Hace ya algunos años, allá por el Limeto, andaban a caza de un
bandido, cierto "Abrojo", si no yerro el nombre, maldito como la
hierba que lo lleva, quien de punta a punta de la provincia habría
dejado tras de sí el terror de su fama. Carabineros y soldados,
incluso de caballería, seguíanle dos meses hacía, sin haber logrado
echarle mano; iba solo, pero valía por diez, y la mala planta
amenazaba multiplicarse. Por añadidura, se acercaba el tiempo de la
siega, abandonada la cosecha en manos de Dios, que los propietarios
no se arriesgaban a salir del pueblo por miedo al "Abrojo", de suerte
que las quejas eran generales. El prefecto mandó llamar a todos
aquellos señores de la comisaría, carabineros y gentes de la compañía
de armas, y hete luego en movimiento patrullas y escuadrillas por
todos los barrancos y detrás de cada tapia; iban batiéndole como a
una fiera por toda la provincia, de día, de noche, a pie, a caballo,
con el telégrafo. Pero el "Abrojo" se les escurría de entre las manos
y contestaba a escopetazos si le pisaban demasiado los zancajos. En
los campos, en los pueblos, por las haciendas, bajo los emparrados de
las tabernas, en los lugares de reunión, no se hablaba sino de él,
del "Abrojo", de aquella caza encarnizada y aquella desesperada fuga.
Los caballos de los carabineros reventaban de cansancio; los de la
compañía de armas se tiraban rendidos en el suelo, por las cuadras;
las patrullas dormían de pie; sólo el "Abrojo" no se cansaba nunca,
ni nunca dormía, luchando siempre, trepando por los precipicios,
arrastrándose entre las mieses, corriendo agazapado en la espesura de
las chumberas, gateando como un lobo por los lechos secos de los
torrentes. En doscientas millas de la redonda corría la leyenda de
sus gestas, de su valor, de su fuerza, de aquella desesperada lucha
de él solo contra mil, cansado, hambriento, abrasado por la sed, en
la inmensa y achicharrada llanura, bajo el sol de junio.
Pepa, una de las chicas más guapas de Licodia, iba a casarse por
entonces con el compadre Finu, "Vela de sebo", que tenía sus buenas
tierras y una mula baya en la cuadra, y era un mozo grandote y
hermoso como el sol, que llevaba el estandarte de Santa Margarita
como si fuese un pilastrón, sin doblarse al peso.
La madre de Pepa lloraba del contento por la mucha suerte que le
había tocado a su hija, y se pasaba las horas colocando y revolviendo
en el baúl el ajuar de la novia, de ropa blanca "bordada como el de
una reina", pendientes que le llegaban a los hombros y anillos de oro
para los diez dedos de la mano; tenía cuanto oro pudiera tener Santa
Margarita, y por Santa Margarita justamente se iban a casar, que caía
en junio, después de la siega del heno. "Vela de sebo", al volver
todas las noches del campo, dejaba la mula a la puerta de la Pepa e
iba a decirle que los sembrados eran un encanto, si el "Abrojo" no
les pegaba fuego, y que las trojes no bastarían para todo el grano
de la cosecha; que se le hacían mil años lo que tardaba en llevarse
a su mujer a casa, a la grupa de la mula baya. Pero Pepa, un buen
día, le dijo:
-- Deja en paz a tu mula, porque yo no quiero casarme.
¡Figúrate el baturrillo! La vieja se tiraba de los pelos, y "Vela de
sebo" se quedó con la boca abierta.
Por sí o por no, a Pepa se le había calentado la cabeza por el
"Abrojo", sin conocerlo siquiera. ¡Aquél sí que era un hombre! "¿Tú
qué sabes? ¿Dónde le has visto?" Nada. Pepa ni siquiera respondía,
con la cabeza baja, la cara dura, sin piedad para su madre, que
estaba como loca y con los cabellos grises al viento parecía una
bruja.
-- ¡Ay! ¡Qué demonio ha venido a hechizarme la hija!
Los comadres, que habían envidiado a Pepa el sembrado próspero, la
mula baya y el buen mozo que llevaba el estandarte de Santa Margarita
sin doblarse al peso, decían toda clase de historias sobre si el
"Abrojo" iba a buscar a la muchacha por la noche a la cocina, y que
lo habían visto escondido debajo de la cama. La pobre madre tenía
encendida una lámpara a las ánimas del purgatorio, e incluso el cura
había ido a la casa de la Pepa a tocarle el corazón con la estola
para espantar a aquel diablo del "Abrojo" que se había apoderado de
ella.
Pero ella seguía diciendo que ni aun de vista conocía al tal
cristiano; pero que pensaba siempre en él, que lo veía en sueños por
la noche, y a la mañana se levantaba con los labios ardientes, como
él sedienta.
La vieja entonces la encerró en casa para que no volviese a oír
hablar del "Abrojo", y tapó todas las rendijas con estampas de
santos. Pepa escuchaba lo que decían en la calle, detrás de las
estampas benditas, y se ponía pálida y colorada como si el diablo le
soplase todo el infierno en la cara.
Al cabo, oyó que habían descubierto al "Abrojo" en las chumberas de
Palagonia.
-- ¡Dos horas ha estado haciendo fuego! -- decían --. Hay un
carabinero muerto y más de tres de la compañía de armas heridos. Pero
le han disparado tal granizada de fusilaría, que esta vez han
encontrado un lago de sangre donde ha estado.
Una noche, Pepa se santiguó ante la cabecera de la vieja y huyó por
la ventana.
El "Abrojo" estaba en las chumberas de Palagonia -- no habían podido
atraparle en aquella madriguera de conejos -- herido, ensangrentado,
pálido por el hambre de dos días, abrasado por la fiebre y con la
carabina cargada.
Cuando la vió llegar resuelta, por entre los espesos matorrales, a la
fosca claridad del amanecer, pensó un momento si disparar o no.
-- ¿Qué quieres? -- le preguntó --. ¿Qué vienes a hacer aquí?
Ella no respondió, mirándole fijamente.
-- ¡Vete! -- dijo él --. ¡Vete, y que Cristo te ayude!
-- Ahora ya no puedo volver a casa -- contestó --; el camino está
lleno de soldados.
-- ¡Qué me importa! ¡Vete!
Y la apuntó con la carabina. Como no se movía, el bandido, espantado,
se fué a ella mostrándole los puños:
-- Pero ¿estás loca... o eres... una espía?
-- ¡No! -- dijo ella --. ¡No!
-- Bueno, si es así, ve a buscarme una botella de agua al torrente.
Pepa fué sin decir nada, y cuando el "Abrojo" oyó los tiros, se
sonrió y dijo entre sí:
-- Esos eran para mí.
Pero poco después vió volver a la muchacha, con la botella en la
mano, herida y ensangrentada. Se abalanzó sobre ella, sediento, y
luego que bebió hasta faltarle el resuello, le dijo al fin:
-- ¿Quieres venir conmigo?
-- Sí -- dijo ella con la cabeza, ávidamente --; sí.
Y le siguió por montes y valles, hambrienta, medio desnuda, corriendo
muchas veces a buscarle una botella de agua y un mendrugo de pan con
riesgo de su vida. Se volvía con las manos vacías, en medio de los
tiros, su querido, devorado por el hambre y la sed, le pegaba.
Una noche en que había luna y se oía ladrar a los perros, lejos, en
la llanura, el "Abrojo" se puso en pie de un brinco y le dijo:
-- ¡Tú quédate aquí, o te mato, como hay Dios!
Ella se quedó pegada a la roca, en el fondo del barranco; él, por el
contrario, salió corriendo entre las chumberas. Pero los otros, más
avisados, le salían al encuentro precisamente por aquel lado.
-- ¡Alto, alto!
Sonaron unos escopetazos. Pepa, que sólo por él temblaba, le vió
llegar herido, arrastrándose apenas, andando a gatas para volver a
cargar la carabina.
-- ¡Se acabó! -- dijo --. Ahora me cogen -- y tenía la boca llena de
espuma, y los ojos relucientes como de lobo.
Apenas cayó sobre las ramas secas como un haz de leña, los de la
campañía de armas se le echaron encima todos a la vez.
Al día siguiente le pasearon por las calles del pueblo en un carro,
herido y sangriento. La gente se agolpaba en derredor para verle, y
también a su querida, maniatada como una ladrona, ¡ella que tenía
tanto oro como Santa Margarita!
La pobre madre de Pepa tuvo que vender todo la ropa blanca del ajuar,
los pendientes de oro y los anillos de los diez dedos, para pagar los
abogados de su hija y llevársela de nuevo a casa enferma, deshonrada
y con el hijo del "Abrojo" a cuestas. En el pueblo nadie volvió a
verla. Estaba arrinconada en la cocina como una fiera, y sólo salió
cuando su vieja se murió de pena y hubo que vender la casa.
Entonces, de noche, se marchó del pueblo, dejando su hijo en el
hospicio, sin mirar atrás siquiera, y se fué a la ciudad, donde le
habían dicho que estaba en el "Abrojo" en la cárcel.
Rondaba en torno al tétrico edificio, mirando las rejas, buscando
dónde podría estar él, con los esbirros siguiéndole los pasos,
insultada y echada de todas partes. Al cabo, supo que su amante no
estaba allí ya, que se lo habían llevado a Ultramar, maniatado y con
el hatillo a cuestas. ¿Qué hacer? Se quedó donde estaba, a buscarse
el pan haciendo algún servicio a los soldados y a los carceleros,
como si formase parte ella también de aquel gran edificio tétrico
y silencioso. Por los carabineros, que habían cogido al "Abrojo" en
la espesura de las chumberas, sentía una especie de ternura
respetuosa, algo así como admiración bruta de la fuerza, y estaba
siempre por el cuartel, barriendo las salas y limpiando polainas,
tanto que "el estropajo del cuartel" la llamaban. Sólo cuando salían
para alguna expedición arriesgada, y les veía cargar las amas, se
ponía pálida y pensaba en el "Abrojo".
GUERRA DE SANTOS
De pronto, según iba San Roque tan tranquilamente por la calle, bajo
su dosel, con los perros alrededor, un gran número de velas encendidas
en torno, la banda, la procesión y el cortejo de devotos, sucedió un
tiberio, una escapada general, una de todos los diablos: curas que
corrían con las sotanas remangadas, trombas y clarinetes por el aire,
mujeres que chillaban, la sangre por los arroyos y una lluvia de
palos, que caían como peras maduras en las propias barbas de San
Roque bendito. Acudieron el pretor, el alcalde, las carabineros;
lleváronse los huesos rotos al hospital, los más levantiscos fueron
a dormir a la cárcel, el santo volvió a la iglesia a la carrera, más
que a paso de procesión, y la fiesta terminó como las comedias de
fantoches.
Y todo por envidia de los del barrio de San Pascual, porque aquel año
los devotos de San Roque se habían gastado un ojo de la cara para
hacer las cosas en grande: fué la banda de la ciudad, se dispararon
más de dos mil morteros, y había incluso un estandarte nuevo, todo
recamado de oro, que pesaba más de un quintal, según decían, y que
en medio de la muchedumbre parecía un ascua de oro mismamente. Todo
lo cual atacábales los nervios de los devotos de San Pascual, hasta
que a uno de ellos, al cabo, se le le acabó la paciencia y se dió a
gritar, pálido de las bilis: "¡Viva San Pascual!". Entonces habían
empezado los palos.
Ciertamente que ir a gritar: "¡Viva San Pascual!" en las mismísimas
barbas de San Roque era lo que se dice una provocación; es como que
le escupan a la puerta de uno, o como el que se divierte pellizcando
a la mujer que uno lleva del brazo. En esos casos no valen cristos ni
diablos, y se hace caso omiso del poco respeto que se tiene por los
demás santos, que, en fin de cuentas, todos son lo mismo. Si es en la
iglesia, salen danzando los bancos; si en la procesión, llueven
pedazos de cirios como murciélagos, y si en la mesa, vuelan las
escudillas.
-- ¡Santo diablo! -- gritaba el compadre Nino, pisoteado y
maltrecho --. Quiero yo ver si hay alguien que todavía tenga valor
para gritar: "¡Viva San Pascual!"
-- ¡Yo! -- respondió furibundo Turi el tundidor, que iba a ser su
cuñado, pero que estaba fuera de sí por un puñetazo que le habían
dado en la pelea, dejándole medio ciego.
-- ¡Viva San Pascual hasta la muerte!
-- ¡Por amor de Dios! ¡Por amor de Dios! -- gritaba su hermana
Saridda, poniéndose entre su hermano y su novio; que los tres habían
estado tan de acuerdo hasta aquel momento.
El compadre Nino, el novio, voceaba a modo de escarnio:
-- ¡Viva mi pañal! ¡Viva san pañal!
-- ¡Toma! -- gritó Turi echando espuma por la boca, y los ojos
hinchados y lívidos como una berenjena --. ¡Toma! ¡Por San Roque!
¡El del pañal, toma!
Así pues, diéronse de puñetazos, capaces de matar a un buey, hasta
que los amigos consiguieron separarlos a fuerza de empujones y
patadas. Saridda, enardecida a su vez, gritaba: "¡Viva San Pascual!",
y a poco si la emprenden los novios a bofetones, como si hubieran
sido ya marido y mujer. Que en tales ocasiones la emprenden padres
con hijos, y se separan las mujeres de sus maridos si, por desgracia,
una del barrio de San Pascual se ha casado con uno de San Roque.
-- ¡No quiero volver a oír hablar de ese cristiano! -- despotricaba
Saridda, muy puesta en jarras, ante las vecinas que le preguntaban
por qué se había deshecho la boda --. ¡Ni aunque me lo dieran vestido
de oro y plata, ya lo oís!
-- ¡Lo que es por mí, Saridda puede presumir! -- decía por su parte el
compadre Nino, mientras le lavaban en la taberna la cara llena de
sangre --. En ese barrio de tundidores son todos una partida de
pobretes y de holgazanes. Cuando se me ocurrió ir a buscar allí la
novia debía estar borracho.
-- Ya que sucede esto -- había concluído el alcalde -- y que no se
puede sacar un santo sin que haya palos, que es una verdadera
porquería, no quiero más fiestas ni más Cuarenta Horas; y al que
saque ni tampoco un cabo de vela, le meto de cabeza en la cárcel.
El caso se había empeorado, además, porque el obispo de la diócesis
había concedido el privilegio de llevar la muceta a los canónigos de
San Pascual, y los de San Roque, que tenían los curas su muceta, se
habían ido hasta Roma, inclusive, a armar la de todos los demonios a
los pies del Santo Padre, documentos en mano, papel sellado y todos
los requilorios; pero había sido inútil, porque sus adversarios del
barrio bajo, que todo el mundo se acordaba aún de cuando no tenían
zapatos, se habían enriquecido como cerdos con la nueva industria del
curtido de pieles, y ya es sabido que en este mundo se compra o se
vende la justicia como el alma de Judas.
En San Pascual esperaban al delegado de monseñor, que era un hombre de
pro, con dos hebillas de plata de media libra cada una en los zapatos,
y que iba a llevar muceta a los canónigos; por eso habían contratado
también ellos la banda para salir al encuentro del delegado tres millas
fuera del pueblo, y se decía que, por la noche, habría fuegos en la
plaza, con letreros de "¡Viva San Pascual!" en letras luminosas.
Los habitantes del barrio alto estaban, pues, muy excitados, y algunos
mondaban unas varas de peral y de cerezo gordas como tranca, y
murmuraban:
-- ¡Puesto que ha de haber música, hay que llevar la batuta!
El delegado del obispo corría gran peligro de salir con los huesos
rotos en su entrada triunfal. Pero el reverendo, más avisado, dejó
que le esperase la banda fuera del pueblo, y a pie, por los atajos,
llegó poquito a poco a casa del párroco y reunió a los cabecillas
de los dos partidos.
Cuando aquellos caballeros se encontraron frente a frente, con tanto
tiempo como llevaban de pelea, empezaron a mirarse con intención de
arrancarse los ojos el uno al otro, y fué menester toda la autoridad
del reverendo, que se había puesto en aquella solemnidad el ferreruelo
de paño nuevo, para que los helados y refrescos se sirvieran sin
tropiezos.
-- ¡Así me gusta! -- aprobaba el alcalde con la nariz dentro del vaso
--. Cuando me buscáis para que haya paz, me encontráis siempre.
El delegado dijo, en efecto, que él había ido para la conciliación con
el ramo de olivo en la boca, como la paloma de Noé, y pronunciando el
fervorín, distribuía sonrisas y apretones de manos, diciéndoles a
todos:
-- Los señores me harán el honor de pasar a la sacristía a tomar
chocolate el día de la fiesta.
-- Dejemos la fiesta -- dijo el vicepretor --, que si no habrá nuevos
disgustos.
-- ¡Habrá disgustos si hay esa matonería de que uno no sea dueño de
hacer lo que le venga en gana con su dinero! -- exclamó Bruno el
carretero.
-- Yo me lavo los manos. Las órdenes del Gobierno son precisas. Si
hacéis la fiesta, yo mando llamar a los carabineros, porque quiero
que haya orden.
-- Del orden respondo yo -- sentenció el alcalde, dando con la
sombrilla en el suelo y echando una mirada en derredor.
-- ¡Bravo! Como si no se supiese que quien te sopla a ti todo eso es
cuñado Bruno -- replicó el vicepretor.
-- ¡Y tú te opones por el pique de la prohibición de la colada, que no
puedes echar abajo!
-- ¡Señores míos, señores míos -- recomendaba el delegado --, así no
hacemos nada!
-- ¡Haremos la revolución! -- gritaba Bruno, con las manos en alto.
Por fortuna, el párroco había puesto en salvo a toda prisa jícaras y
vasos, y el sacristán había corrido a todo correr a licenciar a la
banda, que, sabiendo la llegada del delegado, acudía a darle la
bienvenida, soplando en cornetines y trombones.
-- Así no se hace nada -- decía el delegado, y le molestaba asimismo
que, por lo que a él competía, las cosas estuvieran ya arregladas,
mientras perdía el tiempo con el compadre Bruno y el vicepretor,
que se comían el uno al otro --. ¿Qué es eso de la prohibición de la
colada?
-- Las injusticias de siempre. Ahora no se puede desdoblar un pañuelo
en la ventana sin que al punto le echen a usted la multa encima. La
mujer del vicepresidente, fiándose de que su marido tenía cargo
oficial y de que hasta ahora había habido siempre un poco de
consideración para las autoridades, solía poner a secar en el
terradillo toda la colada de la semana..., ya se sabe... el poco de
gracia de Dios... Pero ahora, con la nueva ley, eso es pecado mortal,
y se prohiben incluso los perros, las gallinas y los demás animales,
que, con perdón, hacían hasta ahora la limpieza de las calles. A las
primeras lluvias, si Dios quiere, tendremos basura hasta los bigotes.
El delegado del obispo, para conciliar los ánimos, estaba clavado en
el confesonario, como una lechuza, de la mañana a la noche, y todas
las mujeres querían confesarse con él, que tenía absolución plenaria
para toda clase de pecados, como si fuese monseñor en persona.
-- ¡Padre -- le decía Saridda, con la nariz pegada al confesonario --,
el compadre Nino me hace pecar todos los domingos en la iglesia!
-- ¿De qué manera, hija mía?
-- Ese cristiano iba a ser mi marido antes de que hubiera estos jaleos
en el pueblo; pero ahora que se ha deshecho la boda, se planta junto
al altar mayor para mirarme y reírse con sus amigos durante la misa.
Y cuando el reverendo intentaba tocarle en el corazón al compadre
Nino:
-- Si es ella la que vuelve las espaldas cuando me ve, como si fuese
yo un excomulgado -- respondía el villano.
Por el contrario, al pasar la Saridda los domingos por la plaza,
fingía estar y de charla con el brigadier o con cualquier otro pez
gordo, y ni siquiera se fijaba en ella. Saridda estaba ocupadísima en
reparar farolillos de papel, y los colocaba en fila delante de sus
narices, a todo lo largo de la barandilla, con el pretexto de
ponerlos a secar.
Cierta vez que se encontraron juntos en un bautizo, ni siquiera se
saludaron, como si nunca se hubieran visto, y lo que es más, Saridda
se puso a coquetear con el padrino de la niña.
-- ¡Vaya un padrino de guasa! -- decía Nino --. ¡Cuando nace una
mujer, hasta las vigas del techo se quiebran!
Y Saridda, fingiendo hablar con la parturienta:
-- No hay mal que por bien no venga. A veces, cuando te crees que has
perdido un tesoro, tienes que darle las gracias a Dios y a San
Pascual. Que antes de conocer a una persona hay que comer mucha sal.
-- Di que sí, que las desgracias hay que tomarlas como vienen; lo
peor es repudrirse la sangre por cosas que no valen la pena. A Papa
muerto, Papa puesto.
En la plaza sonaba el tambor de la "meta".
-- El alcalde dice que habrá fiesta -- susurraba la gente.
-- Pleitearé hasta la consumación de los siglos; me quedaré sin camisa
como el santo Job; pero lo que es esas cinco liras de multa no las
pago, aunque tenga que dejarlo dicho en el testamento.
-- ¡Sangre perra! Pero ¿qué fiesta quieren hacer, si este año nos
vamos a morir todos de hambre? -- exclamaba Nino.
Desde el mes de marzo no llovía una gota de agua, y los sembrados
amarillos, que se encendían como la yesca, "se morían de sed". Bruno
el carretero decía que apenas saliera San Pascual en procesión
llovería seguramente. Pero ¿qué le importaba a él la lluvia, si era
carretero, ni a todos los tundidores de su partido?... En efecto:
sacaron a San Pascual en procesión a levante y a poniente, y le
asomaron al cerro para que bendijese el campo, en uno de esos días
ardorosos de mayo, todo anubarrado; uno de esos días en que los
labradores se tiran de los pelos a la vista de los campos
achicharrados, y las espigas doblen la cabeza como si se muriesen.
-- ¡Maldito San Pascual! -- gritaba Nino, escupiendo y corriendo como
un loco por los sembrados --. ¡Me has arrinado, San Pascual, ladrón!
¡No me has dejado más que la hoz para segarme el cuello!
El barrio alto estaba desalado: era uno de esos años largos en que el
hambre empieza en junio y las mujeres se están a las puertas,
despeinadas, sin hacer nada, con mirada estática. La Saridda, al oír
que se vendía en la plaza la mula del compadre Nino, para pagar el
arrendamiento de las tierras, que no le daban nada, sintió que de
pronto se le apagaba la cólera, y mandó a toda prisa a su hermano
Turi para ayudarle con los cuartos que tenían ahorrados.
Nino estaba en un rincón de la plaza, abstraídos los ojos, y las manos
en los bolsillos, mientras le vendían la mula toda enjaezada y con
cabezón nuevo.
-- No quiero nada -- respondió torvo --. ¡Gracias a Dios aun tengo
brazos! Buen santo San Pascual, ¿eh?
Turi le volvió la espalda para no acabar mal, y se marchó. Pero la
verdad era que los ánimos estaban exasperados, después de haber sacado
en procesión a San Pascual a levante y a poniente, con tan buen
resultado. Lo peor era que muchos del barrio de San Roque se habían
dejado arrastrar a la procesión también, dándose golpes como burros y
con corona de espinas en la cabeza, por mor de los sembrados. Y ahora
se desahogaban en improperios, tanto que el delegado de monseñor había
tenido que volverse a pie y sin banda por donde había ido.
El vicepretor, para vengarse del carretero, telegrafió que los ánimos
estaban excitados y comprometido el orden público; así que un buen día
corrió la noticia de que por la noche habían llegado los de la
compañía de armas y que todo el mundo podía verlos en la posada.