ciudad se muere la gente como moscas.
El boticario echó el cerrojo a la botica, y el médico escapó antes que
nadie, para que no acabaran con él.
-- No será nada -- decían los pocos que seguían en el pueblo, por no
haber podido escapar al campo --. ¡San Roque bendito guardará a su
pueblo! ¡Y al primero que salga de noche le despellejamos!
También los del barrio bajo corrieron descalzos a la iglesia de San
Roque. Pero de allí a poco empezaron a menudear los coléricos como
los goterones gordos que anuncian temporal; y decíanse de éste que
era un cerdo, y que se había muerto de un atracón de higos chumbos;
y del otro, que había vuelto del campo de noche cerrada. En suma: que
había entrado el cólera, pese a los guardias, y en las propias barbas
de San Roque, no obstante haber soñado una vieja, en olor de santidad,
que San Roque en persona le decía: "No tengáis miedo del cólera, que
yo estoy a la mira, y no soy como ese holgazán de San Pascual."
Nino y Turi no se habían vuelto a ver desde lo de la mula; pero apenas
el labrador supo que los dos hermanos estaban malos, corrió a su casa,
y encontró a Saridda negra y desfigurada en el fondo del cuartucho,
junto a su hermano, que estaba mejor, pero que se tiraba de los pelos,
sin saber qué hacer.
-- ¡Ay San Roque ladrón! -- se puso a gimotear Nino --. ¡Esta sí que
no me la esperaba!... ¡Ay Saridda! ¿Qué, no me conoces ya? ¡Soy Nino,
el Nino de antaño!
La Saridda le miraba con ojos hundidos, que era menester una linterna
para encontrárselos, y a Nino se le hacían dos fuentes los suyos. ¡Ay
San Roque, esto es peor que lo que nos ha hecho San Pascual!
Pero la Saridda se curó y, según estaba a la puerta, con la cabeza
envuelta en un pañuelo, amarilla como la cera virgen, le decía:
-- San Roque ha hecho el milagro, y tú tienes que venir también a
llevarle una vela para su fiesta.
Nino, con el corazón encogido, decía que sí con la cabeza; pero entre
tanto le dió a él el mal también, y estuvo a la muerte. Saridda
entonces se arañaba la cara, y decía que se quería morir con él, y
que se cortaría el pelo y lo echaría a la caja, y nadie volvería a
verla en su vida.
-- ¡No, no! -- respondía Nino con rostro desfigurado --. A ti te
volverá a crecer el pelo; pero quien no te verá más seré yo luego de
muerto.
-- ¡Vaya un milagro que te ha hecho San Roque! -- le decía Turi para
consolarle.
Y ambos a dos, ya convalecientes, según tomaban el sol, apoyados en la
pared, se echaban en cara uno a otro su San Roque y su San Pascual.
Cierta vez pasó Bruno, el carretero, que volvía de fuera, ya acabado
el cólera, y dijo:
-- Tenemos que hacer una gran fiesta para darle gracias a San Pascual,
por habernos salvado a todos los que aquí estamos. De ahora en
adelante no habrá ni tiberios ni peleas, ya que se ha muerto el
vicepretor, dejando el pleito en el testamento.
-- Sí, haremos la fiesta por los muertos -- sugirió con mofa Nino.
-- Y tú, ¿estás vivo por San Roque acaso?
-- ¡Queréis acabar de una vez! -- interrumpió Saridda --. ¡A ver si va
a ser menester otro cólera para hacer las paces!
"PUCHERETE"
(Pentolaccia.)
Ahora le toca el turno a "Pucherete", un buen tipo también, que hace
su papel entre tantos animales como hay en la feria, y todo el que
pasa le dice algo. El mote se lo merecía en verdad, porque tenía su
puchero lleno, gracias a Dios y a su mujer, y comía y bebía a costa
del compadre don Liborio mejor que un rey.
Uno que nunca haya tenido el feo vicio de los celos y ha bajado
siempre la cabeza en santa paz, San Isidoro nos libre si le da luego
la ventolera de hacer una locura, bien empleado le está el ir a la
cárcel.
Se había empeñado en casarse con la Vénera, sin tener sobre qué caerse
muerto, sin más capital que sus brazos para ganarse el pan. Inútil fué
que su madre, la pobre, le dijese:
-- Deja en paz a la Vénera, que no es para ti, que lleva la mantilla
levantada y enseña el pie cuando va por la calle.
Los viejos saben más que nosotros, y por nuestro bien debemos
escucharlos.
Pero a él no se le apartaba del pensamiento aquel zapatito y aquellos
ojos ladrones que se salían de la mantilla en busca de marido; así,
pues, se casó con ella sin querer darse a razones, y su madre se
marchó de casa, después de treinta años de vivir en ella, porque
suegra y nuera son como perro y gato. La nuera tanto hizo y tanto
dijo con su boquita melosa, que la pobre vieja gruñona tuvo que
dejarle el campo libre e ir a morirse en un tugurio; entre marido y
mujer había peleas y cuestiones cada vez que era menester pagar la
mensualidad del tugurio aquél. Cuando al cabo la pobre vieja dejo de
penar, y él corrió al oír que le habían dado el Viático, no pudo
recibir su bendición ni escuchar las últimas palabras de la moribunda,
que tenía ya los labios sellados por la muerte y el rostro
desfigurado, yacente en el rincón de la casucha, ya anochecido, y
solamente conservaba vida en los ojos, con los que parecía querer
decirle tantas cosas.
Quien no respeta a sus padres, hace su desgracia y acaba malamente.
La pobre vieja se murió con el sentimiento de lo mala que le había
salido la mujer de su hijo; Dios le había concedido la gracia de
irse de este mundo llevándose al otro todo lo que tenía dentro contra
la nuera, porque sabía cuánto le habría dolido a él. Apenas Vénera se
quedó de ama de casa y empuñó las riendas, hizo tantas, que la gente
no llamaba a su marido sino con aquel mote, y cuando llegaba a sus
oídos y se aventuraba a quejarse a su mujer, "¿Tú lo crees?", decíale
ella. Y nada más. El, tan contento como unas pascuas.
Así era él, pobrecillo, y con ello no hacía mal a nadie. Si lo hubiera
visto con sus propios ojos, dijera que no era verdad, por gracia de
Santa Lucía bendita. ¿De qué serviría repudrirse la sangre? Era la
paz, la providencia en casa, la salud por añadidura, que el compadre
don Liborio era médico también. ¿Qué más se podía desear, santo Dios?
Todo lo hacía en común con don Liborio: tenía un cercado a medias,
tenía una treintena de ovejas, puntos arrendaban pastos, y don
Liborio daba su palabra en garantía cuando iban al notario.
"Pucherete" le llevaba las primeras habas y los primeros guisantes,
le cortaba la leña para la cocina y le pisaba la uva en el lagar; a
él, en cambio, no le faltaba nada: trigo en la panera, vino en el
barril ni aceite en la orza; su mujer, blanca y colorada como una
manzana, lucía zapatos nuevos y pañuelos de seda; don Liborio no
cobraba sus visitas, e incluso le había apadrinado un chico. En suma:
constituían una sola casa y le llamaba a don Liborio "señor compadre",
y trabajaba a conciencia. En ese aspecto no se le podía decir nada a
"Pucherete". Hacía lo posible por que prosperase la comandita con el
señor compadre, que con ello obtenía su mejor fruto, y todos estaban
contentos.
Ahora bien: acaeció que tan angélica paz se trocó en un tiberio de
todos los demonios; de pronto, en un día tan sólo, en un momento,
según los otros labradores que araban el barbecho charlando a la
sombra a la hora de siesta, dieron por casualidad en hablar de él y
de su mujer, sin darse cuenta de que "Pucherete" se había tumbado a
dormir detrás del seto y nadie le había visto. Por eso suélese decir:
"Cuando comas, cierra la puerta, y cuando hables, mira en tu
derredor."
Esta vez parece como si el diablo le hubiera ido a hurgar a
"Pucherete" según dormía, soplándole al oído los improperios que de
él decían y clavándoselos en el alma con un clavo.
-- ¡Pues y ese cabra de "Pucherete" -- decían --, que se está
comiendo a don Liborio!
-- ¡Que come y bebe en el barro! ¡Y que engorda como un cerdo!
¿Qué sucedió? ¿Qué le pasó por las mientes a "Pucherete"? Se levantó
de pronto, sin decir nada, y se echó a correr hacia el pueblo como
mordido por la tarántula, ciego de sus ojos, que hasta la hierba y
las piedras le parecían rojos de sangre. A la puerta de su casa se
encontró a don Liborio, que salía tranquilamente, haciéndose aire con
el sombrero de paja.
-- ¡Oiga, "señor compadre" -- le dijo --; si le veo otra vez en mi
casa, como hay Dios que se arma la fiesta!
Don Liborio se le quedó mirando como si hablase en turco, y creyó que
con aquel calor se le habían hecho los sesos agua, porque, en verdad,
no se podía imaginar que a "Pucherete" se le ocurriera ser celoso
luego de tanto de cerrar los ojos, y siendo, como era, de la mejor
pasta de maridos que podía haber en el mundo.
-- ¿Qué tienes hoy, compadre? -- le dijo.
-- ¡Tengo, que si le veo otra vez en mi casa, como hay Dios que se
arma la fiesta!
Don Liborio se encogió de hombros y se marchó riendo. El entró en su
casa todo descompuesto y repitióle a su mujer:
-- Si veo aquí otra vez "al señor compadre", como hay Dios que se
arma la fiesta.
Vénera se puso en jarras y comenzó a regañarle y a decirle
improperios. El se obstinaba en decir siempre que sí con la cabeza,
pegado a la pared, como un buey que tiene la mosca y no quiere darse
a razones. Los chicos lloraban al ver aquella novedad. La mujer, al
cabo, cogió la tranca y le echó de casa para quitársele de delante,
diciendo que ella era muy dueña de hacer lo que le parecía bien.
"Pucherete" no podía trabajar en el barbecho: siempre pensaba en lo
mismo, y tenía una cara de basilisco que no se le conocía. Un
sábado, antes de anochecer, clavó la azada en el surco e se marchó
sin saldar la cuenta de la semana. Su mujer, al verle llegar sin los
cuartos, y por añadidura, dos horas antes de lo acostumbrado, tornó
a insultarle, y quería mandarle a la plaza a comprar sardinas saladas,
porque tenía una espina en la garganta. Pero él no quiso moverse de
allí, con la niña entre las piernas, que la pobrecita no se atrevía a
moverse, y lloriqueaba de miedo al ver la cara de su padre. Vénera,
aquella noche, tenía el diablo en el cuerpo, y la gallina negra,
acurrucada en la escalera, no cesaba de cacarear, como cuando va a
suceder una desgracia.
Don Liborio solía ir después de su visita, antes de jugar en el café
su partida de tresillo; aquella noche, Vénera decía que quería que le
tomase el pulso, que todo el día había sentido calentura por el mal
que tenía en la garganta. "Pucherete" estaba callado y no se movía de
su sitio. Pero cuando se oyó por la tranquila callejuela el paso
lento del doctor, que se llegaba poco a poco, cansado de la visita,
resoplando por el calor y dándo el aire con el sombrero de paja,
"Pucherete" cogió la tranca con que su mujer le echaba de casa cuando
estaba de sobra y se apostó tras de la puerta. Por desgracia, Vénera
no se dió cuenta de ello, según había ido en aquel momento a la
cocina a echar una brazada de leña bajo el caldero hirviendo. Apenas
don Liborio puso el pie en la habitación, su compadre levantó la
tranca y le dió tal golpe en el cogote que le mató como a un buey,
sin que fuera menester médico ni boticario.
Así fué como acabó "Pucherete" en presidio.
FIN