Nadie se cuidaba del muchacho, que, arañándose la cara, chillaba

como un animal.

-- ¡Toma! -- dijo alguien al cabo --. ¡Si es "Malpelo"! ¿De dónde

habrá salido éste ahora?

-- Si está "Malpelo", no escapa con bien...

"Malpelo" no contestaba nada, no lloraba siquiera; cavaba con las uñas

en la arena, dentro del agujero; la suerte, que nadie le había visto,

y cuando se acercaron con la luz, tenía una cara tan descompuesta,

unos ojos tan vidriados y echaba una espuma por la boca, que daba

miedo; se le habían arrancado las uñas y le colgaban de las manos

ensangrentadas. Cuando quisieron sacarle de allí, fué una cosa seria;

porque, no pudiendo arañar ya, mordía como un perro, y tuvieron que

agarrarlo de los pelos para sacarlo a viva fuerza.

Volvió, sin embargo, a la mina luego de algunos días, cuando su madre,

lloriqueando, le llevó de la mano, porque, a veces, el pan que se come

no se puede buscar donde se quiere. Luego, ya no quiso alejarse de

aquella galería, y cavaba encarnizadamente, como si cada esportilla

de arena se la quitara del pecho a su padre. Muchas veces, según

cavaba, se detenía bruscamente, con la zapa en alto, torvo el rostro

y extraviados los ojos, y parecía escuchar algo que el diablo le

surrase al oído, a través de la montaña de arena caída. Aquellos días

estaba más triste, y era peor que de costumbre, tanto que casi no

comía, y tiraba el pan al perro, como si no fuese _gracia de Dios_.

El pero le quería, porque los perros no miran sino la mano que le da

el pan y los golpes. Pero el burro, pobre animal, derrengado y

macilento, soportaba todo el desahogo de la maldad de "Malpelo"; le

pegaba sin piedad, con el mango de la zapa, y murmuraba:

-- ¡Así reventarás antes!

Después de la muerte de su padre parecía haberle entrado el diablo en

el cuerpo, y trabajaba igual que esos búfalos feroces atados por un

anillo de hierro a las narices. Sabiendo que era de _mal pelo_,

procuraba ser lo peor posible; y si sucedía una desgracia, ya que un

obrero perdiera las herramientas, que un burro se rompiera una pata

o que se hundiera un trozo de galería, se sabía siempre que había

sido él; y en efecto: él cargaba con los golpes sin protestar, igual

que hacen los burros, que enarcan el lomo y siguen con su tema. Con

los demás chicos era lo que se dice cruel, y parecía como si quisiera

vengar en los débiles todo el mal que se imaginaba que los demás le

habían hecho a él y a su padre. A la verdad, experimentaba un extraño

deleite en recordar uno por uno los malos tratos que habían hecho

pasar a su padre y el modo como le habían dejado reventar; y cuando

estaba solo, murmuraba: "¡También conmigo hacen lo mismo! ¡A mi padre

le llamaban "Bestia" porque no hacía lo que yo!" Y cierta vez que

pasaba el amo, acompañándole con una mirada torva: "¡Ha sido él! ¡Por

treinta y cinco tarjas!" Y otra, a espaldas del "Patojo": "¡También

éste! ¡También éste se reía, que yo le oí aquella noche!"

Por un refinamiento de maldad, parecía haber tomado bajo su protección

a un pobre chico que de poco tiempo atrás trabajaba en la mina, y que,

por efecto de una caída desde un puente, se había dislocado el fémur y

no podía hacer de peón. El pobrecillo, cuando llevaba su esportilla

de arena a cuestas, renqueaba de un modo que le habían puesto de mote

el "Rana"; pero trabajando bajo tierra, rana y todo, se ganaba su pan.

"Malpelo", a cuanto decían, le daba también del suyo para darse el

gusto de tiranizarlo.

En efecto: le atormentaba de mil maneras; le pegaba sin motivo, sin

misericordia; y si el "Rana" no se defendía, le pegaba más fuerte,

con mayor encarnizamiento, diciéndole:

-- ¡Mira que eres bestia! ¡Si no tienes valor para defenderte de mí,

que no te quiero mal, quiere decirse que te dejarías pisotear de todo

el mundo!

Y si el "Rana" se limpiaba la sangre que echaba por la boca y narices:

-- A ver si así, cuando te escueza el dolor de los porrazos, aprendes

a darlos tú.

Cuando veía un burro cargado por la áspera subida del subterráneo,

hincando los cascos, agobiado por el peso, anhelante, muerta la

mirada, le pegaba sin misericordia con el mango de la zapa, y los

golpes sonaban secos sobre las canillas y las costillas. A veces, el

animal se doblaba a los golpes; pero exhausto de fuerzas, no podía

dar un paso y se caía sobre las rodillas; había uno tantas veces

caído, que tenía dos mataduras en los manos. "Malpelo" solía decirle

al "Rana":

-- Al burro se le pega porque él no puede pegar; que si pudiera, nos

pisotearía y nos arrancaría la cara a mordiscos.

O también:

-- Si tienes que dar moquetes, da todo lo fuerte que puedas; que así

los demás tendrán miedo y esos menos caerán sobre ti.

Con el pico y el azadón trabajaba con tal encarnizamiento, que parecía

que la tenía tomada con la arena, dando una y otra vez, apretando los

dientes, con los mismos ¡ah, ah! de su padre.

-- La arena es traidora -- decíale al "Rana" en voz baja --; se parece

a todos esos que, si eres más flojo, te pisan la cabeza, y si eres más

fuerte o estás con muchos, como el "Patojo", se dejan vencer. Mi padre

no daba a nadie más que a la arena; por eso le llamaron "Bestia", y la

arena se lo comió a traición, porque era más fuerte que él.

Siempre que le tocaba al "Rana" un trabajo harto pesado, y el chico

lloriqueaba como una mujerzuela, "Malpelo" le daba un empujón y le

regañaba: "¡Calla, pulga!" Y si el "Rana" no cejaba, le echaba una

mano, diciéndole con cierto orgullo: "¡Déjame; yo soy más fuerte que

tú!" O le daba su media cebolla y él se contentaba con comer el pan

seco, encogiéndose de hombros y añadiendo: "Yo estoy acostumbrado".

Estaba acostumbrado a todo: a los pescozones, a los puntapiés, a los

golpes de mango de azada, de cincha de albarda, a verse injuriado y

escarnecido por doquier, a dormir sobre las piedras, rompiéndose los

brazos y los riñones en catorce horas seguidas de trabajo; incluso a

ayunar estaba acostumbrado cuando el amo le castigaba quitándole el

pan y el potaje. Decía que la ración de golpes nunca se la había

quitado el amo, pero que los golpes no cuestan nada. No se quejaba,

sin embargo, y se vengaba a hurtadillas, a traición, en uno de

aquellos inventos verdaderamente endiablados; por eso caíanle encima

todos las castigos aunque él no fuera el culpable. Como si no había

sido, era muy capaz de serlo, no se justificaba nunca; por lo demás,

habría sido inútil. Algunas veces, cuando el "Rana" todo asustado le

conjuraba, llorando, a que dijese la verdad y se disculpase, repetía:

-- ¿Y para qué? ¡Yo soy de _mal pelo_!

Y nadie pudo nunca decir si aquel agachar la cabeza y encorvar la

espalda era efecto de fiero orgullo o de desesperada resignación, que

no se sabía tampoco si era salvaje o tímido. Lo cierto era que ni aun

su madre había probado nunca una caricia suya, y que, por lo tanto, no

se las hacía ella tampoco.

Los sábados por la noche, apenas llegaba a su casa, con aquella cara

sembrada de pecas y de arena roja y aquellos harapos que le colgaban

por todas partes, su hermana agarraba el mango de la escoba al verle

aparecer de aquella catadura, que haría echar a correr a su galán si

veía con qué gente iba a emparentar; la madre siempre estaba en casa

de ésta o aquella vecina, y él íbase, por lo tanto, a acurrucarse en

su jergón como un perro enfermo. Por eso los domingos, cuando todos

los demás chicos del pueblo se ponían la camisa limpia para ir a misa

o para retozar en el corral, no había mejor fiesta para él que andar

errante por los caminos de los huertos a cazar lagartijas u otros

pobres bichos que nada le habían hecho, o a agujerear los setos de

chumberas. Además, las burlas y pedradas de los otros chicos no le

gustaban.

La viuda de maese Misciu estaba desesperada con aquel hijo

desharrapado, y el chico iba como esos perros que, a fuerza de darles

golpes y pedradas unos y otros, acaban metiendo el rabo entre las

piernas y escapando apenas ven un ser viviente, hasta que se queden

hambrientos, pelados y salvajes como lobos. Al menos, bajo tierra,

en la mina de arena, feo, andrajoso y sucio como era, no se burlaban

ya de él, y parecía hecho para el oficio, incluso por el color del

pelo y aquellos ojos del gato, guiñados si veían el sol. Así están

los burros que trabajan en las minas años y años sin salir nunca, y

en los subterráneos donde el pozo de entrada está a pico, se los baja

con cuerdas y allí se quedan mientras viven. Son burros viejos, es

verdad, comprados por doce y trece liras, cuando los van a llevar al

pellejero a que los cuelgue; pero para el trabajo que allí abajo han

de hacer son todavía buenos; y "Malpelo", ciertamente, no valía más;

si salía de la mina los sábados por la noche, era porque tenía manos

para trepar por la cuerda y tenía que ir a llevarle a su madre el

jornal de la semana.

Ciertamente que habría preferido ser peón como el "Rana", y trabajar

cantando en los puentes, arriba, al azul del cielo, dándole el sol en

las espaldas; o de carretero, como el compadre Gaspar, que iba a

recoger la arena de la mina tambaleándose somnoliento sobre las varas

del carro, con su pipa en la boca, y andaba todo el día por los

caminos; y mejor aún habría querido ser labrador, para pasarse la

vida en los campos verdes, bajo los espesos algarrobos y el mar azul

allá a lo lejos, y sobre su cabeza, el canto de los pájaros. Pero era

aquél el oficio de su padre, y en aquel oficio había nacido él. Y

pensando en todas estas cosas, contábale al "Rana" lo del pilastrón

que se le había caído encima a su padre, y dábale arena fina y

quemada al carretero que iba a cargar con su pipa en la boca,

tambaleándose sobre las varas, y le decía que cuando acabasen de

cavar encontrarían el cadáver de su padre, que debía de tener unos

calzones de fustán casi nuevos. El "Rana" tenía miedo, pero él no.

Pensaba que había estado siempre allí, desde chico, viendo aquel

agujero negro que se ahondaba bajo tierra, adonde su padre solía

conducirlo de la mano. Entonces tendía los brazos a derecha y

izquierda y describía cómo se extendía bajo sus pies, hasta el

infinito, el intrincado laberinto de galerías por aquí y por allá,

hasta donde se veía la jara negra y desolada, sucia de retamas

carbonizadas, y cómo habíanse quedado allí tantos hombres aplastados

o perdidos en la obscuridad, que ha tantos años andan y andan sin

poder descubrir la espiral del pozo por donde han entrado y sin oír

los gritos desesperados de sus hijos, que los buscan inútilmente.

Pero cierta vez que llenando uno de las esportillas se descubrió una

bota de maese Misciu, tomóle tal temblor que tuvieron que sacarle al

aire libre con las cuerdas, como a un burro que estuviese para estirar

la pata. No se pudieron encontrar, sin embargo, ni los pantalones,

casi nuevos, ni los restos de maese Misciu, si bien los prácticos

afirmaron que aquel debía ser el lugar preciso donde se le cayó

encima el pilastrón; un obrero, nuevo en el oficio, observó curioso

cuán caprichosa era la arena que había desbaratado al "Bestia",

tirando las botas por un lado y los pies por otro.

Desde que se encontró la bota, tomóle a "Malpelo" tal miedo a ver

aparecer entre la arena roja el pie desnudo de su padre, que no quiso

volver a dar ni un solo azadonazo, aunque le dieran a él con la zapa

en la cabeza. Se fué a trabajar a otra parte de la galería y no quiso

volver ya por aquel sitio. Dos o tres días después descubrieron, en

efecto, el cadáver de maese Misciu, con los pantalones puestos y

tumbado boca abajo, que parecía embalsamado. El tío Mommu observó que

había debido padecer mucho para acabar, porque el pilastrón se le

había caído encima y le había enterrado vivo; aun ahora se podía ver

que maese "Bestia" había intentado salvarse cavando en la arena,

porque tenía las manos laceradas y las uñas rotas.

-- Lo mismo que su hijo "Malpelo" -- repetía el "Patojo" --: él

cavaba aquí, mientras su hijo cavaba arriba.

Pero nada le dijeron al muchacho, porque sabían cuán malo y vengativo

era.

El carretero se llevó el cadáver de maese Misciu del mismo modo que

cargaba la arena sobrante y los huesos muertos, que esta vez, además

del hedor del cadáver, se trataba de un compañero, _carne bautizada_.

La viuda achicó los pantalones y la camisa y se los arregló a

"Malpelo", que se vió vestido casi de nuevo por primera vez. Sólo las

botas fueran guardadas para cuando creciese, porque no se podía

achicarlas y el novio de su hermana no quiso las botas del muerto.

"Malpelo" alisaba sobre sus piernas aquellos pantalones de fustán casi

nuevos, y le parecían suaves dulces como las manos de su padre, que,

aunque rudas y callosas, solían acariciarle los cabellos. Las botas

las tenía colgadas de un clavo sobre el jergón, cual si fuesen las

pantuflas del Papa; y los domingos las cogía, les daba lustre y se las

probaba; luego las ponía en el suelo, una junto a otra, y se quedaba

mirándolas, de codos sobre las rodillas y la barba en las manos, horas

enteras, revolviendo quién sabe qué pensamientos en aquel caletre.

¡"Malpelo" tenía unas ideas muy extrañas! Como había heredado también

el pico y la zapa, los utilizaba, aunque eran harto pesados para su

edad, y cuando le preguntaban si quería venderlos, que se los pagarían

como nuevos, contestaba que no. Su padre les había puesto el mango tan

liso y reluciente con sus manos, él no habría podido hacerse otros más

lisos y relucientes que aquéllos, ni aun trabajando doscientos años.

Por entonces se murió, a fuerza de años y de trabajo, el burro

"romero", y el carretero fué a tirarlo lejos en la jara.

-- Así se hace -- murmuraba "Malpelo" --; lo que no sirve, se tira.

Iba a ver a carroña del "romero" en el fondo del barranco, y llevaba

también a la fuerza al "Rana", que no quería ir; "Malpelo" le decía

que en este mundo hay que acostumbrarse a ver frente a frente todo,

lo feo y lo bonito, y miraba con ávida curiosidad de chiquillo los

perros que corrían de todas las haciendas de los alrededores a

disputarse las carnes del "romero". Los canes escapaban aullando

cuando aparecían los chicos, y vagaban gañendo por los ribazos de

enfrente; pero "Malpelo" no dejaba que el "Rana" los espantase a

pedradas.

-- ¿Ves aquella perra negra -- le decía -- que no tiene miedo de tus

pedradas? No tiene miedo porque tiene más hambre que los otros. ¡Mira

las costillas del "romero"! Ahora ya no sufre.

El burro "romero" estaba tan tranquilo, con las cuatro patas

estiradas, y dejaba que los perros se divirtieran vaciándole las

cuencas de los ojos y descarnándole sus huesos blancos; los dientes

que le desgarraban las entrañas no le hacían estremecerse como cuando

le acariciaban las ancas a badilazos para darle un poco de fuerza para

subir el áspero sendero. "¡Así anda el mundo!" También el "romero" ha

sufrido sus golpes de zapa y sus mataduras. También él, cuando se

doblaba al peso o le faltaba el aliento para seguir andando, ponía

unos ojos, mientras le pegaban, como si dijera: "¡No más! ¡No más!"

Pero ahora le coman los ojos los perros, y él se ríe de los golpes y

de las mataduras con esa boca descarnada y toda dientes. Pero si no

hubiese nacido, mejor le habría sido.

La jara extendíase melancólica y desierta, hasta donde alcanzaba la

vista, subiendo y bajando en picos y barrancos, negra y rugosa, sin

un grillo que trinara ni un pájaro que cantase con ella. No se oía

nada, ni los golpes de pico de los que trabajaban bajo tierra. Y

"Malpelo" repetía siempre que por debajo la tierra estaba toda hueca

de galerías por doquier, hacia el monte y hacia el valle; tanto que,

una vez, un minero entró de joven y salió con el pelo blanco, y otro,

a quien se le apagó la luz, se estuvo gritando socorro años y años.

"Sólo oyó sus propios gritos", decía, y a esta idea, aunque tenía el

corazón más duro que la jara, temblaba.

"El amo me mandas lejos muchas veces, a donde los demás tienen miedo

de ir. Pero yo soy "Malpelo", y si no vuelvo, nadie me buscará."

En las hermosas noches de verano, cuando relucían las estrellas sobre

la jara también, y el campo estaba todo negro como la lava, "Malpelo",

cansado de la larga jornada de trabajo, se tumbaba sobre el saco, cara

al cielo, a gozar de aquella quietud y aquella alta luminaria; por eso

odiaba las noches de luna, en que el mar hormiguea de chispas y el

campo se dibuja aquí y allá vagamente -- porque entonces la jara

parece más árida y desolada.

"Para nosotros, que estamos hecho a vivir bajo tierra -- pensaba

"Malpelo" --, debía estar obscuro siempre por todas partes."

La lechuza graznaba sobre la jara, vagando de aquí para allá; él

pensaba:

"También la lechuza siente a los muertos que están bajo tierra, y se

desespera porque no los encuentra."

El "Rana" tenía miedo de las lechuzas y de los murciélagos; pero

"Malpelo" le regañaba, porque el que está obligado a vivir solo no

debe tener miedo de nada, y ni el burro romero tenía miedo de los

perros que lo mondaban, ahora que sus carnes no sentían va el dolor

de los mordiscos.

-- Tú estabas hecho a trabajar en los tejados como los gatos -- le

decía --, y entonces era otra cosa. Pero ahora que te toca vivir bajo

tierra como los ratones, no hay que tener miedo de topos ni

murciélagos, que son ratones viejos con alas y están muy a gusto en

compañía de los muertos.

El "Rana", por el contrario, experimentaba un gran placer en

explicarle lo que hacían las estrellas allá arriba, y le contaba que

allá arriba estaba el paraíso donde van los muertos que han sido

buenos y no han dado disgustos a sus padres. "¿Quién te lo ha dicho?"

-- preguntaba "Malpelo" --, y el "Rana" respondía que se lo había

dicho su madre.

Entonces, "Malpelo" se rascaba la cabeza, y sonriendo, le hacía un

guiño de chiquillo malicioso que está al cabo de la calle.

-- Tu madre te dice eso porque en vez de pantalones debieras llevar

sayas.

Y después de haber reflexionado un tanto:

-- Mi padre era bueno y no le hacía daño a nadie; tanto que le

llamaban "Bestia". Por eso está enterrado y han encontrado las

herramientas, las botas y estos pantalones que llevo puestos.

De allí a poco, el "Rana", que enflaquecía de tiempo atrás,

enfermó de suerte que por la noche lo sacaban de la mina en el burro,

tumbado entre las aguaderas, temblando de fiebre como un pollo mojado.

Un obrero dijo que aquel muchacho _no haría los huesos duros en el

oficio_, y que para trabajar en una mina sin dejar el pellejo había

que nacer en ella. "Malpelo", entonces, sentíase orgulloso de haber

nacido allí y de seguir tan fuerte y tan sano en aquel ambiente

mefítico y con todos aquellos trabajos. Cargaba con el "Rana" a

cuestas y le daba ánimos a su manera, regañándole y pegándole. Pero

una vez, al pegarle en la espalda, al "Rana" le dió un vómito de

sangre; entonces, "Malpelo", espantado, se afanó en buscarle en la

nariz y dentro de la boca lo que le había hecho, jurando que no podía

haberle hecho tanto daño tal como le había pegado; y para

demostrárselo se daba de puñadas en el pecho y en los riñones con

una piedra. Es más: un obrero allí presente le descargó un puntapié,

que resonó como en un tambor, y "Malpelo" no se movió, y sólo, luego

que el obrero se fué, añadió:

-- ¿Lo ves? ¡No me ha hecho nada! ¡Y te juro que ha pegado más fuerte

que yo!

Entre tanto, el "Rana" no se curaba y seguía escupiendo sangre y

teniendo fiebre todos los días. Entonces "Malpelo" cogió unos cuartos

del jornal de la semana para comprarle vino y potaje caliente, y le

dió sus pantalones casi nuevos, que le abrigaban más. Pero el "Rana"

tosía continuamente y algunas veces parecía ahogarse; luego, por la

noche, no había manera de vencer el temblor de la fiebre, ni con

sacos, ni tapándole con paja, ni poniéndole junto al fuego. "Malpelo"

se estaba callado e inmóvil, inclinado sobre él, con las manos en las

rodillas, mirándole fijamente con los ojos muy abiertos, como si

quisiera retratarlo, y cuando le oía quejarse en voz baja y le veía

aquella cara jadeante y aquellos ojos apagados, lo mismo que los del

burro "romero" cuando respiraba anhelante bajo la carga al subir el

sendero, murmuraba:

-- ¡Mejor es que te mueras pronto! ¡Si tienes que sufrir de este modo,

mejor es que te mueras!

El amo decía que "Malpelo" era capaz de aplastarle la cabeza al chico,

y que había que vigilarlo.

Al cabo, un lunes, el "Rana" ya no fué a la mina, y el amo se frotó

las manos, porque en el estado a que se veía reducido servía más de

estorbo que de otra cosa. "Malpelo" se enteró de donde vivía y el

sábado fué a verle. El pobre "Rana" estaba más con un pie en el otro

mundo que en éste; su madre lloraba y se desesperaba, como si su hijo

fuese de esos que ganen diez liras a la semana.

"Malpelo" no podía comprender tal y preguntóle al "Rana" por qué

gritaba su madre de aquella manera, siendo así que hacía dos meses

que no ganaba ni lo que comía. Pero el pobre "Rana" no le hacía caso;

parecía contar las vigas del techo. Entonces "Malpelo" se dió a pensar

que tal vez la madre del "Rana" chillase de aquella manera porque su

hijo siempre había sido débil y enfermizo, y lo había tenido como a

esos mamoncillos que no se destetan nunca. El, por el contrario,

estaba fuerte y sano, tenía _mal pelo_, y su madre nunca había llorado

por él, porque no había tenido nunca miedo a perderlo.

Poco después dijeron en la mina que el "Rana" se había muerto, y

pensó que la corneja graznaba por él por las noches, y volvió a ver

los huesos mondados del "romero" en el barranco donde solía ir con el

"Rana". Ahora ya no quedaban del "romero" sino los huesos

desparramados, y lo mismo sucedería con el "Rana". Su madre se secaría

los ojos, que también la madre de "Malpelo" se los había secado luego

de muerto maese Misciu, y ahora se había casado otra vez, e íbase a

vivir a Cifali con su hija la casada, y habían cerrado la casa. De

ahora en adelante, si le pagaban, a ellos nada les importaba, y a él

tampoco, que cuando estuviese como el "romero" o como el "Rana", ya

no sentíría nada.

Por entonces fué a trabajar a la mina uno a quien nunca se le había

visto por allí y que se estaba escondido lo más que podía. Los otros

obreros decían que se había escapado de la cárcel y que si le cogían

volverían a encerrarle años y años. "Malpelo" supo entonces que la

cárcel era un sitio donde metían a los ladrones y bribones como él y

los tenían siempre encerrados allí dentro con guardias de vista.

Desde aquel momento experimentó una malsana curiosidad por aquel

hombre que había probado la cárcel y se había escapado de ella. Luego

de unas cuantas semanas, el fugitivo declaró redondamente que estaba

cansado de aquella vida de topo, y que prefería estar en la galera

toda la vida; que el presidio, en comparación de aquella, era un

paraíso, y que a él se volvería por su pie.

-- Entonces, ¿por qué todos los que trabajan en la mina no hacen que

les metan en la cárcel? -- preguntó "Malpelo".

-- Porque no tenemos _mal pelo_ como tú -- respondió el "Patojo" --.

¡Pero descuida, que tú irás y allí dejarás los huesos!

Por el contrario, "Malpelo" dejó sus huesos en la mina, lo mismo que

su padre, pero de diferente manera. Cierta vez había que explorar un

paso de comunicación con el pozo grande de la izquierda, hacía el

valle, y si la cosa resultaba bien, se economizaba la mitad de la mano

de obra en la excavación de arena. Pero, de todas suertes, había el

peligro de perderse y no volver nunca más. Así pues, ningún padre de

familia quería aventurarse, ni habría consentido que se arriesgase

a ello ninguno de su sangre por todo el oro del mundo.

"Malpelo" no tenía ni siquiera quien cobrarse todo el oro del mundo

por su pellejo, aunque su pellejo hubiese valido tanto; así que

pensaron en él. Al echar a andar se acordó del minero perdido años y

años, y que aun camina en la obscuridad clamando socorro sin que

nadie pueda oírlo. Pero no dijo nada. ¿De qué le habría servido?

Cogió las herramientas de su padre, el pico, la zapa, la linterna, el

saco del pan, la botella del vino, y se marchó; nunca más se volvió

a saber nada de él.

Así se perdieron incluso los huesos de "Malpelo", y los chicos de la

mina bajan la voz cuando hablan de él en el subterráneo: que tienen

miedo de verle aparecer ante ellos con su pelo rojo y sus ojillos

grises.

LA QUERIDA DEL "ABROJO"

(L' amante di Gramigna.)

_A Salvador Farina_.

La vida en los campos: novelas cortas · 第 6 / 8 段